Luisa de Marillac, Carta 0201: Al señor Abad de Vaux

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Luisa de Marillac .
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Angers

Hoy, día de San Pedro (1647)

Señor:

Ya me figuraba yo que nuestra pobre Sor Petra1 no era tan «criminal» como se la quería hacer aparecer. Es de un carácter extremadamente libre y que manifiesta que no se preocupa demasiado de aquello de que se la acusa, porque no siente en sí la voluntad del mal. ¡Dios mío, señor! ¡Cuánto me hace sufrir este asunto! ¿Cómo sería posible que Dios rechazara de tal forma el servicio que queremos ofrendarle en ese hospital, que llegara a ser el único lugar abandonado de sus manos hasta el punto de permitir que las Hermanas cometan en él faltas tan señaladas? Es indudable, señor, que hay una mala interpretación, y que alguno de esos difamadores se ha empeñado en desacreditarnos con los Padres2 y aun ante toda la ciudad.

Y si es que no quieren ya nuestros servicios, que nos lo digan enhorabuena, pero eso de sufrir tales sospechas y calumnias y que se dé oídos a los que han querido convencer a esos señores de que han visto por la noche a tres Hermanas haciendo paquetes y arrojándolos por las ventanas eso, señor, le suplico que considere usted si se puede tolerar. Dicen que no quieren creerlo, pero de hecho lo creen y quizá más de lo que esas lenguas vierten. Ya sé que es muy fácil dejarse ir a sospechar el mal y a darle crédito, pero en este caso me parece que tiene demasiada importancia.

Ya ve usted, señor, cómo me saca fuera de mí el pundonor; le pido perdón por ello y le suplico, por amor de Dios, que ponga usted remedio a este mal que ahora está en sus comienzos. La experiencia de la pobre Huitmille3 tenía que haber hecho comprender que así como ella no quería salir sino por flojedad y poco afecto a la vocación, lo mismo podía ocurrirle a otra, aun cuando esta última quizá no hubiera tenido voluntad de dejar la Compañía si nuestras Hermanas hubieran sido un poco más tolerantes con ella y se la hubiese puesto en guardia contra las malas personas que no piensan sino en echar abajo la reputación de aquéllos a quienes no pueden achacar con verdad ningún mal. No es, señor, que yo quiera decir con esto que nuestra Hermana está exenta de toda culpabilidad ni que no haya sido ella la primera en dar pie a la difamación; pero como ya he dicho ha sido a impulsos de no sé qué prurito y de su carácter desenfadado, aunque ciertamente muy alejado del mal que se pensaba; y la prueba de ello es que no tiene temor alguno a presentarse ante su padre, al contrario, quiere volverse con él, de modo que la perdemos.

Yo quisiera, señor, que se supiera que nuestras Hermanas no son como se piensa personas desconocidas y recogidas por ahí; puedo asegurarle que no admitimos a ninguna de quien no tengamos los debidos y probados informes. Me dirijo a usted, señor, como a verdadero Padre que Dios nos ha dado. Estoy tan apremiada por el tiempo que no puedo permitirme el honor de escribir al señor Ratier, que tanto se ha afanado por sacarnos de este desgraciado asunto. Verdaderamente me avergüenzo cuando pienso que somos para usted y para él semejante carga, sin darles ningún consuelo a cambio de todo este trabajo, a no ser que Dios les haga comprender que es El quien así lo quiere, como se lo suplico con todo mi corazón, y soy en su santo amor, señor, su muy obediente y humilde servidora.

  1. Petra, de Sedan (Ver C. 195 n. 4).
  2. Los Padres de los Pobres, es decir, los Administradores del Hospital.
  3. Catalina Huitmille que, en junio de 1646, dejó la Compañía de las Hijas de la Caridad. Lo inesperado y rápido de su marcha había impresionado a las Hermanas y a todos los que la rodeaban (así consta en una carta del señor Ratier a Luisa de Marillac).

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