Luisa de Marillac, Carta 0129: A mi querida Sor Magdalena

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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Hija de la Caridad sierva de los pobres enfermos en el hospital de San Juan, Angers

Hoy, 27 de junio de 1645

Mi querida Hermana:

Me sorprende mucho que me diga que no ha recibido contestación acerca de las Hermanas que piden para Beaufort1. Con este motivo he escrito al señor Gouin y me han asegurado que las cartas han llegado bien a Angers y a (mano de) ustedes; a usted también le he escrito o mandado escribir dos o tres veces. He comunicado al señor Abad de Vaux la contestación sobre este asunto; dígaselo, por favor, al señor Gouin.

¡Dios mío!, mi pobre Hermana, no puedo ocultarle que su última carta me ha apenado mucho al ver las faltas que en ella me dice. Yo la creía por encima de esas pequeñeces y debilidades. ¡Pues qué!, querida Hermana, ¿pensaríamos que nunca se nos ha de contradecir? ¿Pensamos que todo e! mundo tiene que ceder ante nosotras, estar obligado a encontrar bien cuanto decimos o hacemos y que, por nuestra parte, podemos hacer cuanto queramos sin tener que dar cuentas a nadie? ¿No sería eso ir en contra de la obligación que tenemos de imitar la vida y manera de obrar de Nuestro Señor que siempre estuvo sometido y que pudo decir que había venido a la tierra no para hacer su voluntad, para servir y no para ser servido? Y nuestras pobres Hermanas, ¿qué han hecho durante ese tiempo? ¿el ejemplo de usted no les ha perjudicado? Suplico a nuestro buen Dios que las fortalezca. Tengo que decirle de todas formas que no creo que el mal sea tan grande como usted me lo pinta; consuélese, pues, querida Hermana, y no se llene de amargura por esa falta, admire más bien la bondad de Dios que ha permitido caiga usted en ella para enseñarle a humillarse mejor que hasta ahora lo había hecho. Quiero creer que no ha dejado usted de hacer el acto de humillación que debía ante aquellos a quienes puede haber dado mal ejemplo y que Dios le habrá infundido nuevos ánimos en su servicio y en el adelantamiento de usted en la perfección que El le pide. Tenga un corazón lleno de afecto para con nuestra querida Sor María Marta2 a quien Dios le ha dado uno tan grande para la caridad.

No hay que creer que ella haya dejado de prestar todos los servicios que haya podido a nuestras queridas Hermanas; a todas las saludo afectuosamente y les suplico que se renueven en el espíritu de fervor y de humildad, de dulzura cordial y en una obediencia sencilla y verdadera. ¡Ay, queridas Hermanas!, no es bastante ser Hija de la Caridad de nombre, no es bastante estar al servicio de los pobres en un hospital, aunque esto sea para ustedes un bien que nunca podrán estimar suficientemente, sino hay que tener las verdaderas y sólidas virtudes que ustedes saben deben poseer para llevar a cabo esa obra en la que tienen la dicha de estar empleadas; sin ello, Hermanas mías, su trabajo les será casi inútil.

Y no es que quiera desalentar a las que trabajan con cierta lentitud en su perfección, si alguna hubiere entre ustedes; pero sí hacerles participar en un reproche que Dios hace con frecuencia interiormente, a mi flojedad. Tomemos todas juntas la firme resolución de deshacernos de nuestros propios juicios y quereres, de nuestras perezas, nuestras brusquedades y sobre todo de nuestro orgullo que es la fuente de todas nuestras imperfecciones; tomemos también la sólida resolución de trabajar de veras en la práctica de las virtudes contrarias. Queridas Hermanas, ya saben que a causa de mi edad, tengo hábitos inveterados, por eso necesito grandemente la asistencia de sus oraciones; se la pido por el amor de Jesús Crucificado, en el que soy, queridas Hermanas, su muy humilde Hermana y servidora.

P.D. Nuestra buena Sor Ana Moisson ha fallecido, el viernes hizo quince días, a medio día, después de haber dado grandes muestras de virtud. Nuestra Sor María3, de Sedan, está muy enferma, y el señor de Vinsy en sus últimos momentos; rueguen por todas estas almas. Presenten mis respetuosos saludos al señor Abad y al señor Ratier. No me encuentro hoy con fuerzas para escribirles.

  1. Ver C. 124.
  2. Sor María Marta Trumeau (ver C. 72, n. 4).
  3. Sol María Joly, que estaba en Sedan (ver C. 45, n. 1).

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