Hoy, 26 de julio (1644)
Mis queridas Hermanas:
No puedo por más tiempo ocultarles el dolor que causan a mi corazón las noticias que he tenido de que dejan ustedes mucho que desear. ¡Pues qué!, pobres Hermanas mías, ¿habrá de decirse que nuestro enemigo prevalece sobre ustedes? ¿Dónde está el espíritu de fervor que las animaba en los comienzos de su establecimiento en Angers y que tanta estima les merecía por parte de sus señores directores, cuyas indicaciones eran para ustedes órdenes que no dejaban nunca de cumplir con el respeto y el agrado que debían? ¿No está completamente fuera de razón el que se opongan a sus consejos y ordenanzas? Y me refiero lo mismo a sus superiores espirituales que temporales. ¿Dónde están la dulzura y la caridad que han de conservar tan cuidadosamente hacia nuestros queridos amos los pobres enfermos? Si nos apartamos, por poco que sea, del pensamiento de que son los miembros de Jesucristo, eso nos llevará infaliblemente a que disminuyan en nosotras esas hermosas virtudes.
¿Sería posible que un apego cualquiera a las criaturas las pusiera a ustedes en peligro de perder el preciado tesoro de su vocación? Tengan cuidado, queridas Hermanas, porque ese peligro es invisible, de la misma manera que no se perciben las vanidades que pueden ocultarse bajo esos pobres hábitos y ruin cofiado si no se pone cuidado en ello, con pretexto de limpieza y orden se cometen grandes faltas en este punto. No puedo creer que ni una sola de ustedes dé entrada en ella a pensamiento alguno contrario a su santa vocación ni que a este respecto les ocurriera complacerse en hablar con personas que podrían perjudicar la pureza del amor que deben tener a Dios, tan celoso de las almas a las que llama a su santo servicio. Y si algunas se vieran tentadas por esa pasión ¡ah! amadas Hermanas, no den cobijo en su seno a esa víbora, descubran los pensamientos de su corazón a la persona que Dios les ha dado como director, que es el que el señor Abad de Vaux les ha señalado. Dios no dejará de consolarlas y ayudarlas tanto como necesiten.
Renuévense, pues, mis queridas Hermanas, en su primer fervor y empiecen por el verdadero deseo de agradar a Dios, recordando que El las ha conducido, por su Providencia, al lugar en que se encuentran y las ha unido juntas para que se ayuden mutuamente en su perfección. Pero para cumplir su divino designio, del que depende su salvación, tienen que tener una gran unión entre ustedes que les hará tolerarse una a otra; es decir que no tendrán nada que objetar cuando se les adviertan sus faltas o se les mande hacer algo. Y de la misma manera, cuando vean algún defecto en una u otra, sabrán excusarlo. ¡Dios mío, Hermanas! ¡Qué razonable es esto, puesto que nosotras cometemos las mismas faltas y necesitamos que se nos excuse también! Si nuestra Hermana está triste si tiene un carácter melancólico o demasiado vivo o demasiado lento, ¿qué quiere que haga, si ese es su natural?, y aunque a menudo se esfuerce por vencerse, no puede impedir que sus inclinaciones salgan al exterior. Su Hermana, que debe amarla como a sí misma, ¿podrá enfadarse por ello, hablarle de mala manera, ponerle mala cara?
¡Ah, Hermanas mías! cómo hay que guardarse de todo esto y no dejar traslucir que se ha dado usted cuenta, no discutir con ella, sino más bien pensar que pronto, a su vez, necesitará que ella observe con usted la misma conducta. Y eso será, queridas Hermanas, ser verdaderas Hijas de la Caridad, ya que la señal de que un alma posee la caridad es, con todas las otras virtudes, la de soportarlo todo. Hagan también gran aprecio de lo que Dios les dice a través de la que hace con ustedes las veces de Superiora, quienquiera que sea en un momento o en otro.
Y cuando la obediencia la cambie, no recordar ya la forma con la que la anterior gobernaba, sino seguir en todo el parecer de la que actualmente tienen, a menos de que pretendiera hacerles quebrantar sus reglamentos y forma de vida que les ha sido prescrita, lo que espero no ha de ocurrir nunca si somos fieles a Dios. No me cansaría de seguirles hablando en presencia de Dios, tan grande es el deseo que tengo de que sean agradables a su bondad. Se hace tarde, les ruego que pidan por toda la familia de aquí, que son más de treinta y cinco.
Nuestras dos Hermanas Bárbara y María Daras1 han regresado bien, gracias a Dios, de la visita que han hecho a todos los Niños Expósitos que están criándose en casas de nodrizas, en la que han invertido exactamente seis semanas. Den gracias a Dios por los favores que nos ha concedido en ellas. No sé dónde se halla el señor Abad de Vaux. Sor Turgis2, le ruego me dé usted noticias de él y le salude respetuosamente, si es que se encuentra en Angers; dígale que durante bastante tiempo he estado en la creencia de que se hallaba en París, y no sé todavía si es así. Mucho sentiría que se apartara tanto de nosotras que no tuviéramos ya el honor de verle. Presente nuestros respetos al señor Ratier3, a todos los demás que sabe usted, así como a las señoras. Tengan todas la seguridad, queridas Hermanas, de que soy de todo corazón, en el amor de Jesús Crucificado, su muy humilde hermana y servidora.







