(París)
22 de abril (1641)
Señor:
En el momento mismo en que recibí la carta que me ha dispensado usted el honor de escribirme, tenía presente en el espíritu una advertencia que me hizo su caridad, lo que me confirmó en el pensamiento que le expuse la última vez que tuve el honor de verle y le hablé del asunto de su carta. Siendo así, señor, y ya que lo desea, escribiré para el miércoles a nuestras Hermanas dejando el nombre en blanco, para que Dios se digne darnos a conocer cuál de nuestras Hermanas Cecilia o Magdalena1 quiere El que ocupe el puesto de nuestra querida Sor Isabel cuya separación me enternece verdaderamente el corazón. La tengo por buena y verdadera sierva de Dios. Así pues, su caridad se tomará la molestia si hace el favor de rellenar el nombre. Estoy extrañada de que esos buenos señores no me digan nada del estado de su enfermedad al enviarme los documentos del establecimiento, que recibí la semana pasada2 y que por no venir dirigidos a usted, me hicieron dudar si habría usted regresado ya. Quiera Dios que los asuntos que le retienen por aquí redunden en su gloria. No quisiera señor hacerle perder un tiempo que le es tan precioso; me basta con el conocimiento que Dios me ha dado de su caridad para estar cierta de que la ejerce en favor de la que es, verdaderamente, en el amor de Jesús Crucificado la última y más obediente hija y servidora.







