(Angers)
Hoy, 28 de enero de 1641
Señor:
Le doy las más rendidas gracias por la molestia que se ha tomado en darme noticias de nuestras Hermanas, señalándome también sus defectos. Es uno de los mayores testimonios que puedo recibir de que desea usted nuestro bien y el perfeccionamiento de esas almas hacia las que Dios le da tanta caridad. Ve usted en esto, señor, la bondad de la divina Providencia que las ha puesto bajo su dirección. ¡Sea por ello eternamente glorificada!
Nuestra Sor Magdalena1 me hace ver las faltas de que se las acusa; de modo que veo muy difícil que puedan hacerlo mejor, ya que hay demasiadas personas para mandarlas. Y esto fue una de las observaciones que hice a los señores Administradores: que nunca podrían quedar del todo satisfechos de los servicios que las Hermanas prestarían a los enfermos, mientras no se fiasen de ellas para esto. Porque, con mucha frecuencia, lo que uno manda, otro lo prohíbe.
Y no es, señor, que quiera excusar sus faltas, al contrario, estoy convencida de que cometerán más de las que yo sé. ¿No habría medio, señor, si esos señores se quejaran a usted, de proponerles que en lo que atañe al servicio de los enfermos, sea uno solo, por turno, el que ordene esas cosas menos importantes que pueden ocurrir, y que permitan que lo ordenado por el médico se ejecute siempre que sea posible a las Hermanas según su método general? Respecto de la desunión entre ellas, nada me dice, ni tampoco de la queja que tienen de Sor Clemencia2, aunque si me dice de ella que está muy mal de una caída que tuvo en la fuente; y también alguna queja sin importancia que tuvo Sor Cecilia3 estando enferma.
Pero lo que pienso que no es el menor mal es que acuestan a las Hermanas enfermas en las salas con los demás. No sé si esto se les puede tolerar. Supongo que lo hacen para aliviarlas. Cuando tengan una Hermana más, lo que será pronto, si Dios quiere, tendrán más medios de cuidarse mutuamente. Ellas y nosotros tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios, porque el descuido que produjo el fuego no ha causado mayores daños, según me dicen. Estoy segura de que existen todavía algunas envidias que son la causa de todas esas murmuraciones de la ciudad. Suplico a Dios que hagamos su santa voluntad, en la que, señor, soy su servidora muy humilde y obediente.
P. D Nuestras buenas Hermanas me dicen que nunca hacen tanto bien como el día en que su caridad las visita; no le digo esto, señor, para aumentar el trabajo que ya se toma, sino para señalarle una debilidad de nuestro sexo. Si ellas llegaran a darse cuenta de ese defecto, creo que seria motivo para darle ánimo a usted.
- Magdalena Mongert, de Sucy en Brie Fue enviada a Angers en marzo de 1640; nombrada Hermana Sirviente en octubre de 1641, al marchar Isabel Martín. Tuvo dificultad en dirigir la pequeña Comunidad: la Señorita la llamó a París durante unos meses, en 1644. Después de cambiar a varias Hermanas en el Hospital de Angers, volvió a tomar la responsabilidad de la Comunidad hasta 1648. Su estado de salud requirió entonces que la reemplazara Sor Cecilia Angiboust. Murió en Angers, a fines del año 1648.
- Clemencia Ferré (ver C. 40 n. 1).
- Cecilia Angiboust (ver C. 26 n. 2).







