Hoy, día de San Lorenzo (10-8-1640)
Señor:
Veo que aún no sabe usted que en cuanto pongo yo la mano en cualquier obra buena, las faltas que en ella cometo atraen siempre de la justicia divina alguna prueba, como para darme a entender que no hago cosa de provecho. Así pues, yo soy la causa de esas murmuraciones en esos pequeños establecimientos. Le pido perdón por el disgusto que éstas le causan. Pero, señor, ¿no ha podido usted dar satisfacción a su Obispo con la razón que su caridad me dio cuando yo le propuse ir a visitarle? es decir, que como el Hospital no parecía estar tan enteramente bajo su dependencia como debiera, no era oportuno que él diera la autorización.
En cuanto al establecimiento de las Arrepentidas, no sé nada más que lo que usted me ha escrito; que, según parece, no son más que un grupo de jóvenes que viven juntas en una casa, pero no sé si guardan clausura. Permítame que le diga que me extraña que su caridad no haya ido a verlas para que ese pequeño disgusto no se haga mayor; que a nuestro buen Dios le desagradaría, porque ¿qué podría hacerse sin usted? y ¿qué hubiéramos hecho sin su dirección? que Dios solo es quien nos la ha dado, ¡sea por ello bendito! ¿No se comentará la visita del señor Lamberto?1. Parece, por carta de Sor Turgis, que de esa visita no les ha de venir ningún mal. Ya me he dado cuenta de que ella no sabe que se piensa en su regreso, lo que me parece muy conveniente. Me habla de cinco o seis muchachas; pero importa mucho conocerlas bien o, si no, admitirlas con la condición de poderlas despedir. Le ruego se tome usted la molestia de sondearlas un poco sobre este particular y averiguar si la mucha locuacidad de esa de quien me habla su caridad, se debe a ligereza o bien a hábito contraído en las casas donde ha estado sirviendo, lo cual no nos convendría de ningún modo. No solemos recibir a ninguna en la que se dé la menor sospecha de que haya tenido algún desliz, porque esto es de la mayor importancia para todas las demás. Me ha contrariado un poco que se haya dado tanta prisa en servirle el que2 le ha proporcionado las obras del señor de Marillac; yo no tenía la menor noticia de que estuviesen impresas sus cartas. Le agradeceré me diga quién es el librero.
Permítame le confiese que mi corazón se ha conmovido al saber que ha tenido usted el pensamiento de resignar en manos de nuestro buen Dios la carga que su voluntad quiso imponerle. ¡Ah, señor! ¡Cuánto bien puede usted hacer, a usted mismo y al prójimo, según creo! Aunque muy indigna, no dejaré de ofrecer a Dios mis pobres oraciones por esta intención. No sabría decirle el gozo que he tenido al saber que su señora hermana se encuentra en París. Espero tener el honor de verla; pero le he suplicado que sea después de que se falle su pleito; entonces, le recordaré que nos ha prometido pasar unos días en nuestro pequeño retiro, donde podría ver al señor Vicente.
Le agradezco humildemente, señor, los informes de nuestras Hermanas que ha dado al señor Lamberto; creo que era de todo punto necesario. Espero que la buena Hermana de Richelieu4 lo ha de hacer muy bien, si Dios permite que vaya por fin a Angers. Es una Hermana de buen juicio y a quien no asusta el ruido, aunque ella no lo hace, y también tiene mucha virtud. La habíamos propuesto para ahí desde el principio. Suplico a Dios que le inspire su santa voluntad sobre este particular y en esa santa voluntad soy, señor, su muy humilde hija y servidora.
P. D. ¿No han vuelto a decir nada los señores padres Administradores sobre los artículos? A no ser que estén pensando otra cosa… Le ruego me diga su parecer sobre esto. Creo conveniente que las Hermanas no sepan que llamamos a Sor Turgis hasta pocos días antes de salir de ahí.
- El señor Lamberto acababa de hacer la visita a las Hermanas de Angers (ver C. 22 n. 1).
- Se trata de Miguel Le Gras, el hijo de Luisa de Marillac
- Bárbara Angiboust (ver C. 7 n. 1). Los Fundadores pensaron varias veces en enviarla a Angers3ver Síg. Il, p. 20 y p. 29).







