Introducción
Nadie podrá negar el hecho que la ciencia y la tecnología se han desarrollado enormemente en el siglo XXI. La tecnología se ha desarrollado a una velocidad casi sin límites. Los efectos de los avances tecnológicos nos han traído mucho bienestar, todo tipo de lujos y han mejorado la vida y el deseo de vivir durante muchos años. La persona humana, sin duda, es la meta de estos avances y por consiguiente la que se aprovecha más de ellos. Los hombres admiran y codician los últimos inventos. El deseo de poseer el último modelo de automóvil, reloj, trajes, etc., es inimaginable y casi incontrolable. Todo esto atenta contra lo que conocemos como un «estilo de vida sencillo». El poseer se ha convertido en un medio de identificación y de reconocimiento en la sociedad. Y puesto que el deseo de poseer aumenta cuanto más se tiene, el resultado es un deseo incontrolable de adquirir, tener y poseer.
Si esta corriente fuera positiva no habría necesidad de hablar de la mortificación. Pero San Vicente de Paúl, con visión de futuro, reconoció la mortificación como un medio poderoso para adquirir la santidad. La mortificación es una de las cinco virtudes que San Vicente de Paúl recomendó a los miembros de la Congregación. Estas cinco virtudes son valores que nosotros como miembros de la Congregación, nos comprometemos a practicar y a expresarlos en nuestro modo y estilo de vida.
San Vicente y la virtud de la mortificación
Las enseñanzas de San Vicente sobre la mortificación las encontramos en su correspondencia. Utilizando el término latino, mortificare, que significa poner a prueba, San Vicente enseñó que la mortificación es un acto que conlleva el control de los sentidos exteriores, vista, olfato, tacto, gusto y oído. Y también de los sentidos interiores, entendimiento, memoria y voluntad. Y por esta razón San Vicente recomendaba el control de la vista, del oído y del gusto en el hablar y en el deseo desordenado de saberlo todo (scientia inflat).
La conferencia que pronunció el 2 de mayo de 1659 sobre la mortificación, es una reflexión del Capítulo 2, artículo 8 y 9 de las Reglas Comunes, sobre las máximas del Evangelio. La idea de San Vicente sobre la mortificación está basada en la condición de ser discípulo de Jesucristo. «Cristo dijo: quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo y tome su cruz de cada día. Y dentro del mismo espíritu, San Pablo añadió: si vivís según la carne, moriréis; pero si con el espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. Por todo ello, todos nos dedicaremos asiduamente a someter la voluntad y el juicio y a mortificar todos los sentidos» (RC II, 8). En el artículo noveno del mismo capítulo de las Reglas Comunes, la mortificación incluye también el renunciar al amor desmesurado por los padres y parientes.
La mortificación la explica San Vicente a dos niveles: «Hay que hacer dos cosas: la primera, renunciar a vosotros mismos, esto es, dejar al viejo Adán; y la segunda, llevar vuestra cruz, y esto todos los días».1 Como medios para esta negación San Vicente continúa diciendo: «Así pues, ¿qué es lo que quiere decir renunciar a sí mismo? La regla nos dice que es renunciar a su juicio, a su voluntad, a sus sentidos y a sus parientes».2 En cuanto al juicio lo que uno debe negarse incluye la ciencia, la inteligencia y el conocimiento. En la práctica, por ejemplo, el negarse a sí mismo no incluye el decir lo que uno piensa, al contrario San Vicente dice: «Y nosotros para ser verdaderos misioneros y discípulos suyos, hemos de someter el juicio a Dios, a nuestras reglas, a la santa obediencia y a todos los hombres, por medio de la condescendencia».3
En el desarrollo de su enseñanza sobre la mortificación, Vicente dice que la mortificación consiste en el escrutinio del deseo de dar a la razón el lugar que le corresponde en la vida del hombre. Esto es lo que diferencia a los hombres de los animales. El gozo del deseo hace a los hombres comportarse como animales, mientras que la razón, la facultad más alta, lo dirige todo hacia Dios. San Vicente de Paúl recalcó que la práctica de la mortificación está dirigida hacia la meta final es una disciplina que está orientada al desprendimiento de todas las cosas que puedan romper la buena relación con Dios. Con este fin en la mente San Vicente dice: «Padres, tengamos siempre este ejemplo ante nuestros ojos y no perdamos nunca de vista la mortificación de nuestro Señor, ya que estamos obligados a mortificarnos, para poder seguirle. Formemos nuestros afectos sobre los suyos, para que sus pasos sean la regla de los nuestros en el camino de la perfección. Los santos son santos por haber seguido sus huellas, por haber renunciado a ellos mismos y haberse mortificado en todo».4
Una mirada moderna a la Mortificación
En nuestra introducción dejamos claro que vivimos en un mundo donde el desafío a la virtud de la mortificación aumenta cada vez más. Esto quiere decir que a la virtud de la mortificación, tanto para los agentes de la vida pastoral como para la vida espiritual en general, nunca se le podrá dar la importancia que tiene.
La mortificación permanece pues como una barrera que refrena el deseo incontrolable de los bienes materiales con los que vivimos. Dada la importancia que viene, nos servirá como una gran ayuda para controlar la búsqueda de los bienes materiales y del bienestar que estos puedan traernos. Esto no quiere decir, sin embargo, que no podamos gozar con mesura del bienestar que nos proporcionan, que al fin y al cabo, es un derecho inalienable del individuo.
Nadie duda que vivimos en un momento en el que la identidad cristiana poco a poco está siendo erosionada por un secularismo sin restricciones. No hay por qué extrañarse que Benedicto XVI insista en la restauración de la identidad cristiana como la meta de su papado. Jesucristo puso la mortificación como la base para su discipulado (cf. Mt 16,24). Esto significa que la mortificación puede ayudar en gran medida a la restauración de la identidad Cristiana en la sociedad. Las personas que la practican son testigos vivientes de las enseñanzas del Evangelio.
Nuestros contemporáneos piensan en los valores y miran a la vida desde otro punto de vista del de San Vicente en el siglo XVII. Y sin embargo, esta virtud todavía es un medio muy importante para controlar nuestras tendencias al placer. Si hacemos o conseguimos todo lo que deseamos, probablemente surgiría el caos en una sociedad sin valores y una rotura en el orden moral. San Pablo lo dice escuetamente: «Yo puedo hacer todo lo que quiera, pero no todo es bueno para mi. Soy libre de hacer lo que quiera pero no debo dejar que nada me domine» (1 Cor 6,12). La virtud de la mortificación es la solución a este dilema humano. La mortificación nos enseña que no todas las pasiones pueden consentirse.
En nuestro tiempo hay un gran respeto y apreciación por la belleza de la naturaleza y por la vida en particular. Pero existe el desafío de un modo diferente de vivir, una vida de mortificación sin idolatrar las bellezas naturales. Algunos consideran el regalo divino del placer sexual como el «dios de nuestro tiempo», pero las enseñanzas de San Vicente sobre la mortificación, enraizadas profundamente en el evangelio, requieren el regalo divino para un fin divino (Rom 11,29). La sexualidad es una bendición de Dios que toma su realidad como tal en la mortificación.
Aun más, los agentes de pastoral vicentina necesitan esta virtud para poder ser relevantes. Nuestra época necesita testigos y escuchará a los predicadores solamente si al mismo tiempo, estos son testigos. La mortificación me dice… libérate de la comodidad de tu casa para poder experimentar la incomodidad en la misión. Me grita… libérate de las personas perfumadas, ricas y con poder, para experimentar, con frecuencia, los malolientes olores de los pobres, de los enfermos, de los prisioneros y de los enfermos del VIH-SIDA. La mortificación me libera para poder renunciar inmediatamente a la gratificación a favor de metas más importantes, en lugar de buscar solamente lo que me agrada aquí y ahora. Me dice… libérate de la tendencia natural del gusto y del deseo a querer conseguirlo todo. Por consiguiente, un vicentino, viviendo una vida mortificada a cualquier nivel predica todo lo que conlleva una vida cristiana e ipso facto, restablece su relevancia en nuestros días. El mundo no busca teorías y palabras, lo que el mundo busca con intensidad son testigos.
Como virtud, la mortificación siempre se encuentra en el medio. La mortificación contemporánea ayuda a los creyentes quienes pudieran malentender la virtud y dedicarse, por una parte, a un ascetismo riguroso, y por otra parte, tratar de infundir el espíritu vicentino de la caridad en los ricos. La mortificación tiene como meta la caridad (Lc 21,14), y ciertamente prepara a los agentes de pastoral para la misión. Y mientras el mundo continúa siendo testigo de una separación cada día mayor entre los ricos y los pobres, la mortificación puede ayudar a restablecer cierto grado de igualdad y justicia social especialmente en los países del tercer mundo.
Según el P. Robert P. Maloney, C.M., la mortificación se practica a favor de alguien o de algo. Nos privamos de cosas buenas ciertamente no porque pensemos que sean malas. Reconocemos que son buenas aun cuando nos privamos de ellas porque preferimos algo mejor. Esto se hace evidente en las opciones que tomamos cada día. La mortificación consiste en tomar opciones y en el fin de esas opciones. En el contexto vicentino, esas opciones se hacen en solidaridad con y por los pobres. Un cohermano, por ejemplo, que opta por volar en la clase económica en lugar de en primera clase, aún cuando pueda costearla, lo hace así en solidaridad con los pobres.
Resumiendo, la mortificación entra en juego en las opciones que hacemos. Alternativas mejores y mucho más placenteras se evitan en respuesta a las llamadas interiores para crecer en esta virtud.
Conclusión
La opinión de San Vicente de que los verdaderos discípulos de Jesús y los verdaderos misioneros deben vivir sometiéndose a Dios, a las reglas, a la santa obediencia, a la santa vocación, a la estabilidad, a la cortesía con todos, etc., es todavía valida hoy. La Mortificación será un verdadero medio que hace que la obediencia aun siendo dialogada, refleje la voluntad de Dios concretizada en las acciones y decisiones del superior. Cuando se obedecen las Reglas florece una comunidad armoniosa basada en el amor fraternal. La mortificación ayudará a los agentes de pastoral y a los misioneros a permanecer firmes e inquebrantables en medio de las dificultades (cf. Jn 16,33).
La enseñanza de San Vicente y la insistencia en la necesidad de la mortificación le hace un hombre para todos los tiempos. Su enseñanza tiene aun una mayor relevancia en nuestro tiempo cuando el placer ocupa un lugar muy por encima de los límites que el cristianismo admite. La autentica espiritualidad es aquella que está enraizada, se vive y está centrada en la persona de Jesucristo. La necesidad de abrazar la virtud de la mortificación se basa en el hecho de que Jesucristo la hizo una condición para ser su discípulo. Nuestro tiempo necesita esta virtud.
Los agentes de pastoral necesitan la mortificación en el ministerio parroquial porque hay una creciente necesidad de una comunidad más participativa. Los capellanes de las cárceles tienen que enfrentarse a las condiciones desagradables de los prisioneros oprimidos y en algunos países del tercer mundo, a las condiciones de falta de higiene en el ambiente. Los formadores serán capaces de inculcar esta virtud en los formandos sólo cuando la practican ellos mismos. Los misioneros que trabajan en situaciones difíciles necesitan la mortificación para enfrentarse a esos desafíos. Los que trabajan en hospitales, escuelas y en otros apostolados, también necesitan esta virtud. Así mismo los que trabajan por la justicia social. En fin, lo que necesitamos es ser otro San Vicente y otro Jesucristo para poder dar testimonio de esta virtud, pues esta es la lengua más universal y la más inteligible en nuestro tiempo.







