La participación

Francisco Javier Fernández ChentoAsociación Internacional de Caridades, Formación CristianaLeave a Comment

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Author: Ch. Gielen, C.M. · Year of first publication: 1976 · Source: Encuentro Internacional AIC. Méjico, 1976.
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En el momento actual, un número creciente de seres huma­nos quieren hacerse dueños de su propio destino. Todos quieren gozar de sus derechos; un menor número pretende igualmente asumir la parte de responsabilidad que les corresponde por su condición de hombres. En cualquier caso, estamos asistiendo en nuestros días a una especie de despertar colectivo en este sentido.

Es como si en una inmensa sala de teatro, la mayor parte del público, que hasta este momento se había contentado con divertir­se o con pagar por asistir al espectáculo, se pusiera de repente a reclamar el derecho a participar, como si estos espectadores, hasta ahora más o menos pasivos, quisieran subir al escenario.

Esta toma de conciencia, si no general al menos muy generali­zada, no se produce, por supuesto, sin tensiones ni conflictos. Por todas partes hay revueltas: todas las estructuras, ya se trate de la familia, de la escuela, de la empresa, del Estado e incluso de la Iglesia, están sujetas a contestación. Una especie de desconfianza sistemática parece instalarse hacia los que ejercen la autoridad o el poder.

¿De qué modo nosotros, miembros de la A.I.C., nos coloca­mos frente a esta toma de conciencia casi general? ¿Tenemos la sinceridad de interpelarnos acerca de las causas que la han desen­cadenado? ¿Sabemos reconocer los signos de los tiempos?

Y cuando se trata de los desheredados y de los excluidos, ¿caemos en la tentación —como algunos lo hacen— de decir que a éstos no les atañe porque un gran número de ellos no reclama esta participación y, por otra parte, algunos no tienen suficiente capa­cidad?, o bien ¿estamos entre aquellos que han percibido que para los marginados el tema de la participación es más urgente que para los otros, incluso aunque para ellos sea más dificil realizarla?

El tema de la participación, que vosotros habéis elegido como materia de reflexión para vuestro coloquio, es particularmente vas­to y complejo. Tanto más que, viniendo de horizontes tan diver­sos, hemos de tener en cuenta la enorme diversidad de las situa­ciones concretas en cada país.

Sin embargo, no debemos perder de vista que nuestro mundo se va reduciendo cada vez más y que, para lo fundamental, los hombres se acercan unos a otros. Poco a poco se va creando, para ciertas materias, un consenso mundial.

El objetivo de estas jornadas ha de ser el ver concretamente cómo podemos participar en la promoción de los necesitados, cómo podemos hacer participar a ellos mismos en su propia pro­moción y, en fin, cómo podemos hacer participar a toda la socie­dad en la promoción de los más desposeídos.

Sobre estas preguntas, esencialmente concretas, es preciso que busquemos, que reflexionemos y que pongamos en común el resul­tado de nuestra investigación. Yo trataré de hacer seguidamente la síntesis, pero antes de abordar estas preguntas más prácticas, voso­tras ya habéis discutido sobre ciertos aspectos, más bien teóricos, del problema de la participación.

Yo desearía hacer con vosotras una lectura del Evangelio a propósito de este tema. Os confieso que he quedado sorprendi­do, por lo que a mí se refiere, al descubrir una dimensión en la que, hasta el momento presente, no había apenas fijado mi aten­ción.

Evangelio y participación

No es tan sencillo, para nuestras organizaciones de ayuda recí­proca, situarnos frente al problema así planteado; algunas de entre las nuestras se encuentran incómodas oyendo hablar de participación, de cogestión, de política. ¿Qué tiene que ver la caridad con todo eso? Y de hecho, una larga tradición nos ha mantenido ale­jados de lo que concierne, de cerca o de lejos, a la «política»: te­nemos la sensación de que estos problemas tan complejos nos des­bordan y posiblemente la impresión de que nos metemos en un terreno lleno de peligros.

Para muchos, la política es el arte de hacer triunfar un partido, incluso el arte de hacer prosperar ciertos convenios a costa de compromisos a veces escandalosos. En realidad, la política es el arte de administrar la ciudad, y este arte, ya lo decía Pío XII, es la forma más eminente de la caridad. Tomás de Aquino decía igualmente que «la caridad es política».

Asimismo, antes incluso de ver cómo responder a este llama­miento casi general a la participación, es necesario que reconside­remos también nuestro campo de trabajo.

Caridad: virtud individual

Por lo pronto vamos a rehacer el boceto de la caridad tal como se la veía no hace tanto tiempo, a fin de discernir mejor la evolución que se ha operado en las ideas.

Tradicionalmente se definía la caridad como una virtud ejerci­tada entre individuos, en las relaciones de hombre a hombre. Po­día, sin embargo, tomar igualmente a su cargo a grupos de indivi­duos, a colectividades o a instituciones, pero no tenía por qué preocuparse de la organización de la sociedad.

Entre la caridad, virtud para las relaciones individuales, y la justicia y el derecho, se había trazado una frontera; la desigualdad estaba insertada, se creía, en la naturaleza de las cosas, y el infor­tunio de los desheredados se justificaba hasta cierto punto por la fatalidad. Esta fatalidad recibiría su compensación en el más allá. Hasta se consolaba a los necesitados diciéndoselo. No se advertía que el orden social era a menudo un desorden establecido.

En esta óptica, la labor de la caridad consistía en reducir y mitigar un poco la fatalidad, sin comprometer todavía un sistema del que se creía que funcionaba normalmente. Los necesitados no eran considerados como compañeros, en sentido estricto hablando, no tenían derechos. Se rehuía el interesarse en el aspecto político de las realidades sociales por miedo a los conflictos, sin ver o sin que­rer ver que este rechazo de todo conflicto tenía ya un sentido polí­tico; este rechazo significaba que las cosas estaban bien tal y como estaban y que no era preciso cambiar nada. Al mismo tiempo se podía definir la caridad como «el arte de conservar una sociedad tal y como es por miedo a promover una sociedad conforme de­biera ser». En fin, el gesto de caridad se presentaba igualmente como un gesto de virtud individual. Se trataba de servir al Señor en la persona del otro, de santificarse haciendo el bien. En reali­dad, esta óptica desviaba la atención de lo que debe ser el primer objetivo del amor, conocer al otro; ella se incorporaba a una aproximación sentimental de la compasión que lleva a veces a so­correr al prójimo más con el deseo de sentirse útil, de perfeccio­narse uno mismo que de ayudar al prójimo de manera eficaz.

Así concebida y practicada, a pesar de todo, la caridad ha sus­citado mucha generosidad y ha aliviado gran cantidad de miserias, pero no ha luchado contra las injusticias y no ha contribuido sino con moderación a la promoción de los más necesitados. En el momento actual, los problemas se plantean a partir de los dere­chos del hombre, y una caridad que hiciera abstracción de ellos sería considerada como un atentado a la dignidad del hombre. Nadie se atrevería hoy a hablar de caridad sin hablar de justicia.

La aproximación actual del tema

Antes de concretar en detalle la aproximación actual del tema :s necesario acentuar el error fundamental de pensar que la verdad 3e ha dado a la Iglesia de una vez por todas y que con los elemen­tos de que ella dispone en la Revelación ha definido desde sus orí­genes definitivamente todo lo que es necesario pensar y hacer. En realidad, contrariamente a lo que muchos piensan, la fe no se re­duce a un código de verdades abstractas bien definidas. La fe es, primeramente, una vida, un compromiso, una actitud global ante la Historia, actitud que traduce la respuesta a la llamada de Dios.

«Es necesario, por tanto, discernir e interpretar con la ayuda del Espíritu Santo los múltiples signos de nuestro tiempo y valorarlos a la luz de la palabra de Dios» (Gaudium et Spes, 44).

Se parte, por tanto, de la vida. A partir de los acontecimientos se reflexiona a la luz de la palabra de Dios. Ahora bien, uno de los hechos significativos de nuestro tiempo es que los hombres buscan liberarse de todo un conjunto de formas de alienación; ellos mismos quieren participar en su propia liberación y en la de los demás; quieren llegar a ser los agentes de su propio destino. Esta liberación que los hombres quieren realizar se sitúa en un plano socioeconómico: no se limita solamente a suprimir las con­secuencias del mal, sino que quiere destruir hasta las raíces de la injusticia y la opresión.

El destino humano es, a la vez, personal y colectivo. No es po­sible reducir el acercamiento cristiano al hombre a un acercamien­to al individuo, a reducirlo a la esfera privada sin tener en cuenta que el individuo está ampliamente condicionado por la sociedad.

No es posible separar como a cordel lo espiritual de lo tempo­ral, lo profano de lo sagrado, lo público de lo privado. La Iglesia no quiere limitar su acción a la vida espiritual del hombre y tam­poco a la esfera de su vida privada; la Iglesia no quiere construir nada fuera de la realidad, marcada por múltiples injusticias socia­les; concebir una Iglesia que hiciera abstracción de esta realidad no sería más que una evasión de lo real y no respondería a lo que Cristo espera de ella.

Toma de posición de la Jerarquía

Desde hace muchos lustros, las declaraciones oficiales de la Iglesia hablan en este sentido.

«Ante el sufrimiento de nuestro pueblo, humillado y oprimido desde hace tantos siglos en nuestro país, la palabra de Dios nos urge a tomar una postura. Tomar posición al lado del pueblo. Tomar posición al lado de todos aquellos que con él trabajan en su verdadera liberación…»

Así se expresan los obispos del NE de Brasil y tienen el valor de agregar: «Es evidente que, conscientes de nuestras omisiones y de nuestros errores a lo largo de la historia de nuestra Iglesia de Brasil, nos sentimos impotentes y temerosos de acometer una tan gran tarea.» Más bien que citar gran cantidad de textos diversos, ofrezco a vuestra consideración lo que escribía Pablo VI en su car­ta Octogesima AdveMens al cardenal Roy el 15 de mayo de 1971.

Compartir responsabilidades

«El paso a la dimensión política expresa, asimismo, un reque­rimiento actual del hombre: una mayor participación de las res­ponsabilidades y de las decisiones. Esta legítima aspiración se va manifestando más a medida que crece el nivel cultural, a medida que se desarrolla el sentido de libertad y que el hombre percibe mejor cómo en un mundo abierto a un porvenir incierto las op­ciones de hoy condicionan ya la vida de mañana.»

«Ya en la Mater et Magistra Juan XXIII subrayaba cómo el acceso a las responsabilidades es una exigencia fundamental de la naturaleza del hombre, un ejercicio concreto de su libertad, un camino para su desarrollo, y él indicaba cómo en la vida económi­ca, y en particular en la empresa, se debía asegurar esta participa­ción en las responsabilidades.»

«Hoy día su alcance es más vasto, se extiende también al cam­po social y político en los que debe ser instituida e intensificada una participación razonable en las responsabilidades y en las deci­siones.»

«Ciertamente las opciones propuestas para decidir son más y más complejas; las consideraciones para tomar en cuenta, múlti­ples; la previsión de las consecuencias, aleatorias, aun cuando las ciencias nuevas se esfuerzan en iluminar la libertad en estos mo-, mentos importantes.»

«Por consiguiente, aunque se imponen a veces algunas limita­ciones, estos obstáculos no deben retardar una difusión cada vez mayor de la participación en la elaboración de las decisiones, como en la elección de las mismas y en su aplicación.»

«Para contrarrestar una tecnocracia creciente, es preciso inven­tar formas de democracia moderna, no sólo dando a cada hombre la posibilidad de informarse, sino incluso comprometiéndole en una responsabilidad común.»

«Así los grupos humanos se van transformando poco a poco en comunidades de participación y de vida. Así la libertad que se afirma demasiado frecuentemente como una reivindicación de autonomía frente a la libertad de otro, se dilata en su realidad humana más profunda: comprometerse y entregarse para construir solidaridades activas y vividas.»

«Pero para el cristiano, perdiéndose en el Dios que le libera, es cuando el hombre encuentra una verdadera libertad, como nueva forma de la muerte y resurrección del Señor.»

Pensamiento profundo de Cristo: Juntar, unir a los hombres y hacerlos a todos participantes

Después de haber escuchado a la Iglesia jerárquica, intentemos lo que es todavía más importante: descubrir el pensamiento pro­fundo de Cristo tal como lo encontramos expresado en el Evange­lio. ¿Cómo ve El su misión? ¿No habría en su mensaje una invita­ción o una consigna que marque la manera cómo El ve la partici­pación de los hombres en la sociedad como tal?

Atención, no se trata, por necesidad, de hacer concordar nues­tras vistas actuales con el Evangelio, de querer rebuscar gestos o palabras de Cristo, queriéndoles atar preocupaciones que en reali­dad les serían ajenas. No buscamos, traduciendo tal o tal texto, introducir por grado o por fuerza la palabra misma de participa­ción. Nos esforzaremos simplemente en enseñar la participación tal cual está concebida en nuestros días; es el límite y la conclusión lógica de la enseñanza de Cristo referente a la Caridad.

Efectivamente, se puede afirmar que reduciendo principalmente la práctica de la caridad a su sentido individual, se restringe singu­larmente la visión de Cristo. Su mirada va mucho más lejos. El abraza los aspectos comunitarios de la vida humana; si El ve a cada individuo, ve también a la humanidad en su conjunto. La quintaesencia del mensaje de Jesús es que, como hijos de Dios, los hombres deben tener confianza en el Padre que los ama y amarse mutuamente. El quiere esta caridad, incondicional y sin limitación, pues según El hay que amar al modo de Dios: «Sed misericordio­sos como vuestro Padre celestial es misericordioso» (Lc 6,36). «Amaos los unos a los otros como Yo os he amado» (Jn 15,12).

Sin duda que Cristo ama a cada hombre en particular, pero El no concibe su misión como la de un Salvador que viene a liberar a una muchedumbre de individuos asegurándoles la salvación en un más allá y una cierta libertad interior y desde ahora. La muche­dumbre por la cual El da su vida y a quien quiere liberar (Mt 20, 28) la quiere como a un pueblo, del que quiere hacer un pueblo unido. «Para que todos sean uno, como Tú, Padre, que estás en. Mí y yo en Ti, que ellos también sean una misma cosa, en nos­otros, para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Jn 17,21). Cristo se presenta como quien viene a reunir a los hijos de Dios dispersos (Jn 2,52). Y la imagen perfecta del amor de Jesús, la que El mismo ha escogido, es la imagen del Buen Pastor que conoce a cada una de sus ovejas y que da su vida por el rebaño (Jn 10,1-16). El ‘amor que lleva al Pastor a correr tras la centésima oveja perdi­da prueba que cada oveja merece su atención, tanto como el amor que tiene a todo el rebaño, puesto que no quiere que ninguna se extravíe. Es a todo el rebaño y no a algunas de las ovejas a quien El quiere salvar. La misma idea se encuentra en la imagen de la gallina que quiere reunir a todos sus polluelos bajo sus alas (Mt 23,37).

La caridad cristiana integral no tiende a cultivar sólo al indivi­duo. Tiene el sentido del conjunto, de la unión. Las palabras de Cristo que expresan su profunda preocupación, su obsesión fun­damental de unir a los hombres, son a menudo citadas en un con­texto de problemas ecuménicos, pero su aplicación no se limita a este sólo problema de la unión de las Iglesias cristianas. Quieren decir que Cristo viene a liberar a los hombres uniéndolos, que los salva enseñándoles a vivir con y para los demás.

Si san Pablo nos va a decir un poco más tarde que Cristo es la cabeza del Cuerpo constituido por el conjunto de los fieles, ¿no ha sido el mismo Señor quien se ha comparado a la vid, de la cual nosotros somos los sarmientos?

En una familia unida todos se ponen instintivamente al servicio del miembro enfermo o disminuido, del hijo peor dotado o retar­dado… No se trata aquí de un simple movimiento de compasión; espontáneamente la fuerza y la inteligencia de algunos y los talen­tos de todos se ponen al servicio del conjunto. Y por supuesto, en primer lugar, de los más desvalidos.

En una familia unida todos reconocen a todos el derecho y el deber de participar. Estos derechos y estos deberes, reconocidos instintivamente en el marco limitado de una familia —y aun no es éste siempre el caso—, lo son mucho menos en el marco de comu­nidades más amplias y menos naturales. En la realidad de la vida ordinaria, los fuertes se imponen y los débiles son aplastados. A estos. hombres, obsesionados continuamente por ponerse en prime­ra fila, sin consideración a los demás, y así inclinados a falsear el juego de los grupos, a comprometer la paz y la unión en la comu­nidad, es a quienes Cristo recuerda, con oportunidad y sin ella, el precepto del amor. Es la comunidad la que marca las dimensiones y las exigencias de la caridad.

Si Cristo frecuenta el trato de publicanos y pecadores; si asigna un papel importante a los samaritanos (reprobados); si se acerca a los leprosos; si no condena en bloque a las prostitutas y pecadores; si se interesa por una pobre vieja enferma; si se rodea de niños; en una palabra, si toma sistemáticamente el partido de los margina­dos, de los oprimidos; si va hasta definirse como el que anuncia la buena nueva a los pobres (Lc 4,16-21 y 28-30); si llega hasta iden­tificarse con los abandonados y los excluidos (Mt 25); si acepta, en su lucha por la justicia, enfrentarse a los poderosos, aun sabiendo que ello le va a acarrear la muerte, es porque sabiendo que la ba­lanza se inclina siempre del lado del más fuerte, quiere restablecer el equilibrio. Era la única manera de vivir y de promover el amor que predicaba.

Para asegurar la participación, revolucionar las prioridades y los valores

El propone, asimismo, consignas que constituyen una revolu­ción radical de las prioridades y de los valores. «Los primeros —dirá El— son los últimos, y los últimos, los primeros» (Mt 19, 30). Para quien lee atentamente el Evangelio es evidente que no se trata aquí de una declaración precisa, hecha para’ impresionar la imaginación. Se trata realmente de una regla de vida. Esta regla de vida es de aplicación en todos los campos en los que se fija la atención de los hombres. Todas las veces, la imagen convencional, clásica, del éxito humano es trastocada. Así, para Cristo, el secreto de la felicidad no está en la fortuna amasada, sino en el despren­dimiento de los bienes materiales. «Bienaventurados los que tienen corazón de pobre» (Mt 5,3). No hay que buscar a los amigos en proporción a sus bienes de fortuna.

«Cuando des un almuerzo o una comida, no convides a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ri­cos, no sea que ellos te inviten a su vez y con ello quede pagada tu cortesía. Cuando des un banquete invita más bien a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; tendrás la suerte de que ellos no te pueden corresponder y así serás recompensado en la resu­rrección de los justos» (Le 14,12-14).

Lo que Cristo dice del poder es, incluso, la antítesis de la opi­nión general. Para El, el hecho de tener puestos de mando no es necesariamente señal de éxito. Lo que prueba la grandeza de uno es poderlos poner al servicio de la comunidad.

Esta enseñanza se renueva en varias circunstancias y los evan­gelistas la expresan con algunas variantes. Cuando la madre de los hijos de Zebedeo viene a pedir para sus hijos puestos de relum­brón, Cristo pone fin a la disputa entre los discípulos haciendo la siguiente reflexión:

«Vosotros sabéis bien que entre los paganos, los jefes hacen sentir su dominio y los grandes su poder. No ha de ser así entre vosotros. Al contrario, quien quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; el que quiera ser el primero, que sea vuestro siervo. A ejemplo del Hijo del Hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención de muchos» (Mt 20,25-28).

En otra circunstancia vuelve a suscitarse la misma cuestión: ¿quién es el más grande en el Reino de los Cielos? Entonces Jesús llamó a un niño y les dijo: «En verdad os digo, si no cambiáis y no os hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3 y 4).

Todavía vuelve a desarrollar el mismo tema en la Ultima Cena, con ocasión del lavatorio de los pies. A Pedro y a los demás que no comprenden su actitud, Jesús les explica:

«¿Comprendéis lo que he hecho? Me llamáis Maestro y Señor y decís bien porque lo soy. Por consiguiente, si os he lavado los pies Yo, el Señor y el Maestro, vosotros debéis asimismo lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis lo que os he hecho. En verdad, en verdad os digo no es el siervo mayor que su Señor, ni el enviado mayor que quien lo envía. Sa­biendo esto, seréis dichosos si lo ponéis en práctica» (Jn 13,12-17).

La verdadera sabiduría, para El, no está en el hecho de brillar por la inteligencia, y por lo común despreciar a los pequeños. Está del lado de los humildes, que con menos sabiduría y conocimien­tos ven a menudo con exactitud porque se mantienen en la pers­pectiva recta y no pierden de vista lo esencial. Con claridad ven que la condición humana es esencialmente una condición de po­breza y de dependencia y no se creen el centro del universo. «En­tonces Jesús tomó la palabra y dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sa­bios y prudentes y las has revelado a los pequeñuelos» (Mt 2,25).

Las perspectivas de Cristo han sido reducidas

Cristo sabía muy bien que estas consignas iban a contrapelo de la conducta humana habitual. No ocultaba que ellas suponían una nueva mentalidad que chocaba con las posturas convencionales. Así, para El, el amor al dinero es incompatible con el amor a Dios y con el amor verdadero a los hombres. «No podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6,24).

Las mismas relaciones entre amigos y familiares no deben in­terferirse en la práctica de las consignas evangélicas. «No vayáis a creer que he venido a traer la paz sobre la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. He venido a oponer al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra, y los mismos de tu casa serán tus enemigos. Quien ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí. Quien ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de Mí. Quien encuentre su vida la perderá y quien haya perdido su vida por mi causa, la encontrará» (Mt 10,34-39).

Se propone fatalmente esta pregunta: ¿cómo es que los juicios de valor, tan claros en Cristo, y sus consignas tan imperativas, ha­yan tenido en los mismos cristianos un impacto tan limitado? ¿No será, al menos en parte, porque estos últimos no han visto —o no han tenido el valor de ver— la dimensión comunitaria? En el fer­vor de los comienzos, los primeros cristianos han tomado al pie de la letra las enseñanzas del Maestro. Han constituido pequeñas co­munidades que no hacían distinción de clases sociales, ni de razas diversas. Lo ponían todo en común, tenían un solo corazón y una sola alma. Participaban realmente.

Posteriormente se han relegado las enseñanzas de Jesús a la es­fera privada; se les ha situado en el ámbito de lo facultativo y de la perfección religiosa. No se ha visto que Cristo asumía la defensa del pobre desde el ángulo del derecho, se ha querido hacer un tema de simple sentimentalismo, hasta de compasión. Se ha llega­do hasta hacer creer que, para El, la miseria y el sufrimiento no era ante todo un mal a combatir, sino que constituía de alguna manera un valor en sí mismo, haciendo creer que existe en el Evangelio, en el pensamiento de Cristo, una especie de culto al pobre y al marginado, como si el paralítico, el ciego o el leproso fueran unos seres privilegiados. Este culto al pobre no se encuentra en el Evangelio.

Sí se encuentra la consigna imperativa del respeto al hombre por frágil y pobre que sea; el respeto preferencial al más «peque­ño» y al más «pobre» porque a causa de su debilidad y de su po­breza se llegaba hasta no considerarle como hombre. Así, Cristo reacciona con indignación contra los que le reprochaban el curar en sábado a una pobre mujer enferma y completamente encorvada desde hacía dieciocho años. «Hipócritas, cada uno de vosotros. ¿No suelta su buey y su asno del pesebre, aunque sea sábado, y los lleva a abrevar? Y esta hija de Abraham, a quien, como veis, ha tenido atada Satanás por espacio de dieciocho años, ¿no será per­mitido desatarla de esos lazos un día de sábado?» (Lc 13,15-16).

No se trata, en efecto, desde el punto de vista de Cristo, de salvar y de recuperar simplemente algunos marginados, de colocar­los, por decirlo así, sobre un pedestal, sino de exigir el respeto ha­cia los «más pequeños hermanos» (Mt 25,40). Así pues, la centé­sima oveja tiene tanta importancia, porque no se puede perder ninguna, porque el Pastor ama a todo el rebaño. La utopía de Cristo y la paradoja de su Evangelio son la conclusión lógica de la misma esencia de su mensaje: si somos miembros de una misma familia, la de los hijos de Dios, es normal que la fortaleza de los fuertes se ponga a disposición de los débiles. Es, por consiguiente, una concepción de la vida, un modo de vivir la vida en sociedad lo que Cristo enseña cuando dice: «Amaos los unos a los otros como Yo os he amado.»

Algunos tienen tendencia a situar la enseñanza de Cristo en el terreno de lo discrecional, quieren hacer creer que Cristo sólo se dirige a una «pequeña minoría atraída por la perfección religiosa». Para ellos su enseñanza no se refiere a la organización completa y corriente de la vida del hombre en sociedad, enfrentada diariamen­te a las realidades de la vida, ésta que aparece tan distinta de la realidad religiosa.

Esa no ha podido ser la intención de Cristo porque en todos los tiempos lo sobrenatural estaba presente en todas partes; así, el Templo, símbolo y lugar de la presencia divina, era igualmente el centro del poder público e incluso del poder económico. «No era posible, por consiguiente, actuar sobre el plano religioso sin actuar igualmente sobre los dos planos. Las distinciones que nosotros co­nocemos entre los terrenos espiritual y temporal, entre lo político y lo religioso, entre las instituciones especializadas y entre los diver­sos campos de las actividades humanas, no existían en la sociedad donde Jesús vivía… Es falsear la realidad del Evangelio el dar una interpretación puramente espiritual al hecho de que Jesús tome partido en favor de los pobres y mucho más al hecho de que se oponga a los grupos de los saduceos y de los fariseos. La elección de los apóstoles es del mismo modo simbólicamente significativa respecto a la sociedad de su tiempo.»

«El hecho de anunciar un mesianismo que no es el de la res­tauración del davidismo está lleno también de significación… Es evidente que Cristo se ha situado fundamentalmente en el terreno de lo religioso, pero este terreno religioso en la sociedad palestiniana tenía una resonancia bien distinta que la del campo religioso en muchas sociedades contemporáneas.»

«Es igualmente interesante observar que la muerte de Jesús ha sido el resultado de una coalición entre las fuerzas del Imperio romano, lo más distinguido de la sociedad judía (el Sumo Sacerdo­te, los saduceos), los fariseos y hasta la multitud que eligió a Ba­rrabás. Por consiguiente, parece claro que el mensaje de Jesús haya ido más allá de todos los proyectos que pudieran tener estos diferentes grupos sociales y que la subversión del orden social que su mensaje y su aplicación significaban, bien interpretada por estos diferentes grupos que le han llevado a la muerte, iba más lejos, no sólo que una referencia a las creencias religiosas, sino incluso de una reorganización del orden existente. ¿No pudiéramos decir, a este respecto, que el planteamiento fundamental de Cristo iba hacia una utopía que podríamos expresar, en lenguaje moderno, como la sociedad sin clases?» (Fr. Houtart, conferencia a Justicia y Paz, 11-11-1975).

Ideal y realidad

Considerando el hecho de que las realidades de la vida se si­túan al revés de las exigencias de Cristo, nos preguntamos si ellas son completamente aplicables; también nos preguntamos si las exi­gencias de Cristo no comprometen toda la problemática de las obras de caridad y, en particular, a la manera como ellas se acer­can a la miseria y a los necesitados.

Lo que Cristo nos propone ¿no es asumir la defensa de los de­rechos de los marginados y de compartir su condición? Todo lo demás ¿no es simplemente paliativo, es decir, una huida de los verdaderos problemas? Ante todo observemos que el radicalismo de Cristo ha hecho que los discípulos planteen unas preguntas bas­tante semejantes. Cuando el joven rico se va triste, sin responder a la invitación de Jesús, éste constata: «En verdad os digo que difí­cilmente entrará un rico en el Reino de los cielos. Y aún os digo más: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que entre un rico en el Reino de Dios.» Oyendo esto, los discípulos quedaron sorprendidos de estupor. Decían entre sí: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Pero Jesús, elevando hacia ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres esto es imposible, pero a Dios todo le es posible» (Mt 19,23-26).

En su contestación, Cristo no disminuye en nada sus exigen­cias. Y, por otra parte, no entrega a todos los ricos al oprobio. Lo que pasa es que El tiene una sola solución. La aplicación de un ideal depende de todo un conjunto de factores. El ideal es esen­cialmente la regla hacia la que hay que aspirar; sucede, a la vez, el no negarlo y al mismo tiempo evaluar las posibilidades de cada uno para llevarlo a la práctica. Por otra parte, el situar la defensa de los más desheredados solamente sobre el terreno del derecho no responde ni a todas las necesidades de los menesterosos ni a las posibilidades de los hombres de buena voluntad que quieren con­tribuir a la solución de sus problemas.

No basta con defender los derechos de los más necesitados; es necesario incluso ayudarlos inmediatamente cuando se encuentran en necesidad y se les puede socorrer. Y tengamos en cuenta que ayudar a los hombres no se reduce a defender sus derechos.

Es asimismo absurdo pretender que la única manera de ayu­darles es la de compartir enteramente su condición. ¿Será necesario hacerse analfabeto para ayudar a los analfabetos? ¿Será necesario hacerse paralítico para ayudar a otro paralítico a llevar su coche de ruedas? ¿Será necesario estar hambriento para dar de comer a un hambriento? ¿O estar preso para visitar a quien está en prisión? Una igualdad absoluta en las condiciones no es, ni en la línea de la naturaleza, ni aun absolutamente en cualquier caso, lo mejor para la participación. Ni tampoco por el hecho de que algunos tengan la suficiente grandeza de alma y se sientan con vocación de com­partir hasta las últimas consecuencias la existencia de ciertas cate­gorías de desheredados es necesario que todos deban comprome­terse de esta manera.

Un mismo ideal es susceptible de ser aplicado de diversas ma­neras. La única condición es que ninguna aplicación reniegue de la esencia de ese ideal. Pero es cierto que las organizaciones de cari­dad deben reconsiderar su ideología y sus métodos teniendo en cuenta que la doctrina evangélica sobre la caridad es de múltiples dimensiones, que responden a la multitud de necesidades humanas.

Las personas mayores inválidas en sus casas están a menudo abandonadas a su suerte; una visita personal les satisface enormemente; pero es asimismo importante crear un ambiente permanen­te de cordialidad, un cierto espíritu de participación en la institu­ción donde viven. Los disminuidos tienen necesidad de que se les hagan algunos servicios que les supla su incapacidad; pero tienen necesidad también de que sean reconocidos como hombres en ple­nitud. El hombre de la calle es a menudo cruel con ellos; ni si­quiera desea encontrarlos en su camino; prefiere ignorar sus dere­chos.

La falta de participación de muchas organizaciones de caridad en el mejoramiento propiamente dicho de la sociedad; el hecho de que muchas de esas organizaciones vivan a menudo en medios ais­lados, cerradas sobre sí mismas, preocupadas en no violar sus re­glamentos, tomando actitudes que, sin estar desprovistas de signi­ficado, cuando se limitan a ellas, están desfasadas de lo que exigen nuestros tiempos, es la circunstancia que pone riesgo a estas orga­nizaciones de caridad de quedar por sí mismas marginadas.

Debemos, pues, estudiar conjuntamente cómo crear y realizar esta apertura de los equipos de la A.I.C. a la participación con todos aquellos que tienen las mismas preocupaciones, con y en la sociedad en que viven aquellas personas a las que queremos ayudar.

Qué significa «participación»

¿Qué entendemos por participar? Si yo reflexiono sobre el sig­nificado de esta palabra, observo que se parece un poco a una lla­ve inglesa, que es una llave de dimensiones variables. Las palabras «participar» y «participación» son susceptibles de significados bas­tante diferentes. En primer lugar, pueden significar el simple hecho de tomar parte en alguna cosa: en una comida, en un juego, en una discusión, en un acontecimiento cualquiera. En último térmi­no esta presencia, esta participación, puede comprometer sólo débilmente o incluso nada en absoluto al que es participante. Pue­de incluso ser fortuita y entonces su densidad será casi nula. Así se puede participar en una fiesta aun teniendo el pensamiento en otra parte y teniendo el corazón dispuesto a todo excepto a la alegría. Pero en realidad el hecho de participar significa a menudo algo más que la simple presencia. En el verdadero sentido de la pala­bra, participar quiere decir conseguir la parte de bienes que for­man la trama de la existencia y la felicidad del hombre: la parte de bienes materiales, la parte de instrucción y de conocimientos, la parte de iniciativa y libertad, la parte de seguridad y la parte de esperanza y de alegría.

Pero para participar, para estar verdaderamente presente en el mundo de los hombres, no basta tan sólo con recibir en exclusiva la parcela de todos estos bienes.

Participar al fin y al cabo significa usar esta parte de bienes en comunicación, en comunión con los otros, porque la vida es un intercambio y la vida se vive en común. Por consiguiente, partici­par es todavía más, es recibir la consideración y el respeto de los demás, tomar parte en la responsabilidad e intervenir en las deci­siones que conciernen a la comunidad.

Este último matiz es muy importante. El hombre no nace y se convierte en un individuo más que por y en sus relaciones con los demás. Esto es cierto no sólo para el niño en el primer estado de su existencia, cuando ésta se identifica prácticamente con la de su madre o la de su padre, ni incluso más tarde, cuando depende to­davía ampliamente de su ámbito familiar. Esto vale incluso para el adulto.

Cuando se hable de participar se puede hacer hincapié sobre la parte que se obtiene para sí y sobre la circunstancia de tener esta parte compartida con los otros, sobre el hecho de no estar aparta­do del grupo, de no estar excluido (lo que muy bien puede ocurrir, incluso aunque se disponga de un cierto número de bienes).

Sin embargo, hoy mismo se pierde frecuentemente de vista que el hombre no se realiza solamente haciendo valer sus derechos; es llevando a cabo un cierto número de tareas cuando el hombre, cuando la mujer, se realizan ellos mismos. La participación com­prende necesariamente dos vertientes: la de los derechos y la de las obligaciones.

Participando es como se realiza totalmente el ser humano

Frecuentemente los seres humanos tienen sólo una débil cons­ciencia de estos lazos que les unen a los otros. Con la excepción, sin embargo, del momento en que ellos descubren el amor; enton­ces, en ocasiones de una manera repentina y deslumbradora, per­ciben que llegan a ser plenamente ellos mismos, que se realizan gracias a su participación en la existencia del otro. Sin embargo, no es simplemente en una relación amorosa o en algunas relacio­nes privilegiadas cuando los hombres y las mujeres participan y se realizan ellos mismos participando.

Desde el momento en que ellos cesan de estar integrados en la trama de un grupo, ya se trate de una familia, de una comunidad de vida, de tiempo libre o de trabajo, se hacen vulnerables, ya no disponen de la totalidad de sus recursos.

No son ellos auténticamente sino cuando están unidos a otros, haciendo causa común con ellos, estando integrados en ellos. Por otra parte, esta adopción recíproca les parece como una solidari­dad normal. No debe basarse sobre condiciones previas, no deben estar obligados a merecerla. Es la exclusión de una comunidad, el rechazo de poder participar lo que no debe ser, lo que es contra la naturaleza. El ser humano es un ser participante.

Pero la realidad de la participación no juega solamente a nivel de los individuos; incluso los grupos, de la clase que sean, y a todos los niveles —y hasta los países—, no existen plenamente sino en la medida en que se sitúan en un conjunto.

Participando en este conjunto no sólo adquieren sencillamente una mayor importancia, una fuerza con la que hay que contar, ellos llegan a ser todavía más auténticos, acceden a su verdadera identidad. Así, la participación en las organizaciones internaciona­les, incluso en las Naciones Unidas, para los países es no sólo un medio para hacer oír sus voces, es una manera de alcanzar la ma­durez.

Necesidad de participación, necesidad de apropiación, necesidad de afirmación de sí

Sin embargo, no se puede comprender Lo que es participar sin advertir que los hombres y los grupos humanos no sólo sienten la necesidad de participar, de hacer causa común con los otros, de formar un cuerpo con ellos. La participación no es un simple me­canismo que por sí solo baste para definir al hombre o a los grupos.

Paralelamente al instinto de participación, y equilibrándole al mismo tiempo, se desarrolla en el ser humano un instinto contra­dictorio. De un modo especial trata de distinguirse de los otros, particularmente de los de su medio ambiente.

Poco a poco, el niño empieza a vivir y a pensar de modo autónomo, hace su elección cada vez más personal. Para llegar a ser él mismo pone ciertas distancias respecto de sus padres, se afirma colocándose en su lugar e imponiéndose a ellos. Se esfuerza por sobresalir del grupo del que forma parte, se apropia de los objetos y los guarda aparte, lo cual es exactamente lo contrario de la participación; llega a descubrir, unos instantes después, que una de las mejores maneras de disfrutar es compartiéndolos.

Para llegar a formarse, para entrar en la realidad esencial de la vida, necesita esta alternativa, mezcla de autonomía y de participa­ción. Más tarde en la vida, ya de adulto, conservará esta necesi­dad, tanto de participar como de conservar ciertas distancias res­pecto a los demás.

La cara multiforme de la participación

Hace falta, igualmente, hacer notar que la participación de los individuos en las diferentes formas de la vida social no se expresa de la misma manera en todas las civilizaciones, países y distintos sistemas. Incluso el equilibrio entre la necesidad de participar y la necesidad de conservar la autonomía no se establece por todas partes del mismo modo.

Así, aunque la necesidad fundamental, visceral puede decirse, de participar se encuentra en todas partes, la inserción de los indi­viduos en las comunidades adopta formas diferentes. Incluso la familia, que parece ser la célula fundamental de la sociedad, no presenta siempre la misma imagen (existen en el mundo más de 200 formas de familias).

En algunas civilizaciones no es el padre el que conecta al niño con el clan, sino el tío materno. En otro orden de ideas, el am­biente de trabajo no representa en absoluto la misma cosa para el obrero de Japón que para el de nuestros países. Mientras que en­tre nosotros la participación se formula fundamentalmente a nivel de la clase social, en Japón esta solidaridad se manifiesta ante todo a nivel del ambiente de trabajo. Los obreros y los patronos de una misma fábrica se sienten solidarios, y en ellos la necesidad de participar se manifiesta coaligándose en contra de la compe­tencia.

Participación instintiva

Parece, sin embargo, que en las sociedades primitivas la ten­dencia a la participación sea mayor que en las sociedades más evo­lucionadas.

En un artículo recientemente publicado en los «Estudios» (marzo 1976), René Bureau hace observar que el hombre primitivo presenta una cualificación superior a las capacidades técnicas del hombre moderno; emplea su inteligencia en el conocimiento del hombre y es eminentemente capaz de comprender al otro y de en­trar en comunicación con él. En mucho mayor grado que el hom­bre marcado por la sociedad de producción ha conservado el sen­tido de los valores comunitarios, de los valores de la participación.

Escuchad este texto de Kenneth Kaunda, presidente de Zambia:

«Yo me acuerdo del asombro que me produjo cuando tomé contacto por vez primera con este fenómeno occidental: la casa de reposo para ancianos. La idea de que el Estado o cualquier otro organismo deba asumir la obligación de atender a los ancianos se me apareció como una monstruosidad. En realidad, esto deja en­trever que estas personas de edad constituyen una carga, un peso que es conveniente sacudírselo, con objeto de que su presencia no sea un obstáculo para la alegre expansión de sus hijos.

En las comunidades tradicionales como lo son las nuestras, los ancianos son atendidos y respetados y se considera un privilegio el poderles proporcionar los cuidados que necesitan.

Se les consulta en múltiples circunstancias y, por débiles que estén, ellos desempeñan un preciado y constructivo papel en la educación de sus nietos. Privar a las personas ancianas de la pre­sencia de sus nietos, de la alegría que esto les produce, es verdade­ramente un horrible pecado.

Aunque ellos no puedan ya seguir trabajando, aunque su cere­bro no funcione con la misma agilidad que antes, incluso aunque estén profundamente disminuidos por la vejez, todo eso no puede ejercer ninguna influencia sobre la consideración que les debemos. No podremos hacer nunca lo bastante para pagarles todo lo que ellos han hecho por nosotros.

Los expertos poseen toda clase de fórmulas para medir el gra­do de civilización de un pueblo. Mi criterio personal es el siguien­te: ¿de qué manera tratan las comunidades a sus ancianos y, de un modo más general, los que no son ya útiles y productivos, en el más estricto sentido del vocablo?

Meditando sobre este criterio, los países llamados desarrollados tienen aún mucho que aprender de los llamados atrasados.»

Este ejemplo merece retener nuestra atención.

Está situado en una zona de nuestro particular interés, la de la ayuda recíproca; pone en evidencia que el desarrollo material no va siempre unido al verdadero progreso, y que para nosotros el contacto con las civilizaciones aparentemente menos desarrolladas puede ser, en realidad, una vuelta a las fuentes.

Las motivaciones particulares de los cristianos

Siendo cristiano, el hombre es doblemente un ser participante

Para el creyente, la fe no proporciona solamente motivaciones suplementarias para participar en todas las manifestaciones de la actividad humana para construir un mundo mejor; hace descubrir nuevas dimensiones de esta participación, incluso hasta un nuevo campo de actuación. Para él, la fraternidad humana tiene sus raí­ces en la pertenencia a una familia de la que él conoce al Padre, un Padre que le ama hasta el punto de hacer de él un co-partícipe de su Reino.

Haría falta afianzar con viveza las manifestaciones de este espí­ritu de participación que es parte integrante de la identidad cris­tiana. Impulsado por su deseo de construir el Reino de Dios, el cristiano se compromete a construir una ciudad temporal más humana. Si quiere trabajar para transformar la sociedad, es sin duda por un sentimiento de solidaridad humana, mas también porque en tanto es cristiano percibe esta sociedad como un mundo de pecado —un orden aparente que es un desorden establecido—, un mundo que Dios no acepta tal como es y que nos invita a cambiarlo.

El compromiso cristiano en la sociedad es una de las caracte­rísticas de nuestro tiempo y con frecuencia se traduce en una par­ticular solidaridad con los necesitados.

Pero recalquemos también cómo la actividad propiamente reli­giosa del cristiano es esencialmente participante.

La oración es una acción muy personal, pero al mismo tiempo es la acción de un pueblo que, unido, reza: «Padre nuestro»; la fe es una andadura del individuo, pero en esta andadura necesita el apoyo de una comunidad de fe; entre Dios y el cristiano se esta­blece una relación muy personal, pero ello no impide que esta re­lación se inserte en una Iglesia y que sea en comunidad en la par­ticipación del Pan eucarístico —sacramento de participación—donde tiene lugar este encuentro. Cada vez más se constituyen pe­queñas células cristianas, de las que la razón de ser es, precisa­mente por esta reducción de comunidades a una talla humana, el hacer posible una participación verdadera e intensa. Y de repente, como en los tiempos de los primeros cristianos, vuelven a encon­trar «un corazón y un alma» y sienten espontáneamente la necesi­dad de ciertas puestas en común.

Después del Concilio, un creciente número de cristianos son conscientes de ser participantes del Espíritu y se sienten co-respon­sables del pueblo de Dios, del que ellos forman parte. Y, lo que es igualmente un signo de los tiempos, se sienten frustrados cuando no se les trata como compañeros.

Los excluídos de la participación

En todas las sociedades humanas, de cualquier época o cual­quiera que sea su grado de desarrollo, hay marginados y excluidos, y sin duda alguna los habrá siempre. La marginación es un con­cepto relativo: consiste en no poder seguir el ritmo común. En comparación con este nivel medio, seguramente que hay enormes variaciones de país a país, de época a época, de civilización a civi­lización.

Hay personas que están discriminadas o excluidas a título indi­vidual; hay grupos enteros a los que se les mantiene aparte (escla­vos, pigmeos, parias, razas discriminadas, prisioneros, ciertas cate­gorías de minusválidos, madres solteras, drogados, emigrantes, etcétera…); hay países enteros que están marginados.

Hay marginados que lo son a título permanente y otros que lo son a título pasajero; hay diferentes grados de marginación y toda una gama de exclusiones.

Lo que es grave es que el proceso de marginación está lejos de pararse, incluso en los países desarrollados. El grupo de los reza­gados que la columna de la humanidad va sembrando en su mar­cha hacia adelante no reduce poco a poco su retraso; por el con­trario, este último se acentúa; los rezagados, los marginados son cada día más numerosos.

«Las estadísticas descubren que un francés de cada diez, si nos limitamos a la inadaptación social, y uno de cada cinco si se añade la debilidad física o mental, forman parte de esta otra Francia, y que esta Francia, doblemente inquietante por su naturaleza y su volumen, lejos de decrecer, no cesa de extenderse» (Los excluidos, de René Lenoir, pág. 10).

En los países llamados en vías de desarrollo, la exclusión toma giros más espectaculares y dramáticos. La separación entre los paí­ses llamados desarrollados y clasificados como en vías de desarro­llo está aumentando continuamente; en estos últimos los débiles disponen de menos medios de defensa; a menudo son las trágicas víctimas del poderío del dinero manipulado por los poderes polí­ticos.

En un documento difundido en 1973 por los obispos y los su­periores generales del nordeste de Brasil se pueden leer las siguien­tes precisiones sobre lo que suele llamarse el «milagro brasileño» (documento «Yo he oído los gritos de mi pueblo», págs. 26 y 27).

«Privado de crédito, de interés y de esperanza» por el lado del pueblo, el «milagro brasileño» tiene como consecuencia, por el otro lado, el favorecer a los que no están necesitados. Por añadi­dura, hay que hacer cargar el peso de su éxito sobre los que están sacrificados y sufren una maldición que ellos no han merecido.

«El empobrecimiento relativo y absoluto del pueblo sigue las huellas del milagro. La concentración de la renta ha alcanzado ni­veles que traducen mejor que nada la verdadera significación de la política económica del Gobierno. Entre 1960 y 1970, el 20 por 100 de la población que forman la sección de las rentas más elevadas han visto pasar su participación en la renta nacional del 54,4 por 100 al 64,1 por 100, mientras que el 80 por 100 restante ha visto bajar su participación desde el 45,5 por 100 al 36,8 por 100; el fe­nómeno de la concentración se manifiesta de modo más evidente todavía si se tiene en cuenta que, durante el mismo período, el 1 por 100 de la población que constituye el grupo social de los más ricos ha visto aumentar su participación en la renta nacional del 11,7 por 100 al 17,7 por 100, en tanto que la mitad de la pobla­ción brasileña, que compone el grupo social de los ingresos más bajos, ha visto reducir su participación desde el 17,6 por 100 al 13,7 por 100. Esta inversión relativa de las posiciones ha hecho que en 1970 el 1 por 100 de los brasileños ha llegado a ganar más que la mitad del total de la población del país» (de «Aspectos de la distribución de las rentas en Brasil en 1970», por Duarte Joao Carlos).

La marginación provocada por el «progreso»

El retraso y la exclusión de los grupos desfavorecidos tienen su origen en la naturaleza de las cosas (un hándicap físico o intelec­tual, la pobreza del suelo, etc.), pero también tienen su origen en la conducta de los hombres. Los más fuertes y los más astutos han tenido siempre tendencia a ocupar los primeros puestos y a adjudicarse la mejor parte; para alcanzar este objetivo ha ocurrido algunas veces que todos los medios les hayan parecido buenos.

Para convencerse mejor de que la marginación está lejos de ser siempre la consecuencia de un fatalismo, sino más bien una reali­dad vivida y manipulada por los hombres, haría falta estudiar su mecanismo al detalle. Entonces veríamos cómo la concentración abusiva del haber, del poder y del saber en las manos de una pe­queña minoría conduce a ensanchar el foso que separa a los ricos y a los pobres. No es dificil así comprobar cómo los países ricos y poderosos imponen a los países pobres unas tarifas aduaneras per­judiciales; cómo ofrecen por sus materias primas sólo precios insu­ficientes e inestables; cómo al final, en sus transacciones comercia­les, favorecen a sus compañeros ricos en perjuicio de aquellos que son clientes menos interesantes. Cuando se reflexiona sobre estos antecedentes del problema se comprende que haya mucha verdad en la afirmación de Mons. Ruiz (Méjico) cuando dice: «El desarro­llo existe porque hay subdesarrollo y la riqueza existe porque hay pobreza.»

En los países llamados desarrollados, el bienestar federalizado oculta con frecuencia un proceso creciente de marginación de un sector de la población. Es importante que nos detengamos unos instantes en uno de los factores más virulentos de la desintegración de la sociedad, a saber, la concepción puramente materialista del trabajo. En las sociedades de lucro y de producción, el hombre y la mujer están a menudo reducidos a no ser más que un instru­mento de la producción del que se trata de aumentar el rendimien­to y de disminuir el costo.

Y como todo gira alrededor de la producción, hay que elimi­nar a los que han dejado de ser productivos, y puesto que la pro­ducción es la principal escala de valores, el anciano improductivo se siente menospreciado y lo está tanto —si no todavía más—como los emigrantes y los parados, que en la fuerza de la edad no encuentran dónde trabajar. ¿Y qué decir del hecho, que ocurre con frecuencia, de no haber contratos incluso para los jóvenes? Todo está planeado no para construir una comunidad humana donde todos puedan participar, sino para edificar una comunidad huma­na capaz de producir un máximo de bienes materiales en beneficio de los que se los pueden proporcionar.

Siempre será en función de su trabajo como el individuo ten­drá que elegir el emplazamiento de su vivienda y muchas veces cambiarla, lo cual desarticulará su hogar. En muchos casos estará obligado a hacer grandes desplazamientos; no verá a su mujer y a sus hijos más que en breves espacios de tiempo; su casa no estará preparada para acoger a sus ancianos padres. Todo arraigo huma­no quedará debilitado.

La concentración del trabajo alrededor de las ciudades ha pro­vocado igualmente la afluencia humana en ciudades tentaculares, donde el hombre no dispone del mínimo espacio vital que, como todo ser viviente, necesita. En las ciudades se ha rebasado am­pliamente el margen de tolerancia a la proximidad de los otros. De repente, se multiplican la agresividad y los trastornos nerviosos. Nuestra sociedad urbana segrega una nueva categoría de excluidos: los aislados, los deprimidos y los enfermos mentales. Los países en vías de desarrollo conocerán también rápidamente esta realidad. Sin llegar hasta la enfermedad mental o la depresión, millones de seres humanos se ven más o menos despersonalizados, se convier­ten en objetos pasivos de la socialización, aclaman a las mismas vedettes, consumen el mismo pan y el mismo jabón, soportan la imposición de una publicidad chillona. Como los objetos en serie que producen sus fábricas, los seres humanos se convierten en in­dividuos en serie.

Otra consecuencia desastrosa de la moderna organización del trabajo: el hombre se convierte en un simple engranaje de la pro­ducción, no experimenta ya la alegría en el trabajo, como era el caso, antiguamente, del artesano; lo que ha ganado como consu­midor lo ha perdido como productor, ya que para alegrar su cora­zón no tiene tanta necesidad de ver ascender su capacidad de con­sumo, de disponer de un coche, de un frigorífico; lo que necesita sobre todo es que su trabajo sea para él una fuente de alegría, lo que verdaderamente necesita para participar es ser creador y res­ponsable.

La participación, reacción contra la «masificación» y contra la exclusión

Contra estos excesos se dibuja cada vez más una reacción en el sentido del despertar de la conciencia individual; las personas no quieren seguir siendo solamente engranajes pasivos y opacos, aplastados por otros engranajes en la inmensa máquina de pro­ducción en que se ha convertido la sociedad. Necesitan otra cosa que consumir, quieren, en primer lugar, participar en comunidades más restringidas, auténticas para escapar a la «empresa» de las ma­sas y de la muerte por falta de cambio.

Los solteros y las familias constituyen comunidades a dimen­sión humana donde cada uno puede recuperar su identidad. Los obreros piden una cierta co-gestión, los minusválidos, las personas de edad, los emigrantes desean estar implicados en la dirección de los organismos que les conciernen; las mujeres quieren construir la sociedad con los hombres, los países en vías de desarrollo quieren fijar ellos mismos el precio de las materias primas de su suelo, e incluso quieren decidir sobre la aplicación de los fondos que se ponen a su disposición.

De todas partes se levantan voces reclamando una mayor par­ticipación en todos los sectores de la vida. Esto se confirma a todos los niveles de la sociedad, en todos los ambientes y en todos los países del mundo.

Esta conmoción general es el resultado, ante todo, de un ma­yor conocimiento del mundo por parte del hombre. La informa­ción, que alcanza a todos los campos de la existencia y a todos los países del mundo, permite a un número siempre creciente de seres humanos el tomar conciencia de los problemas y de las posibilida­des que se les abren.

Después, una vez aseguradas sus necesidades fundamentales, el hombre, la mujer, tienen el tiempo y la afición para interesarse por los múltiples aspectos de su propio desarrollo; como dice Jean Fourastié, a partir de un cierto nivel de vida, los problemas del ser tienen preferencia sobre los del tener.

En tanto que el hombre tenía que luchar para sobrevivir, no se le presentaban todavía un cierto número de interrogantes; pero una vez que lo esencial está asegurado, una vez que ha alcanzado un cierto grado de desarrollo y de cultura, él reclama en todos los terrenos que su persona y que su libertad sean más respetadas; él quiere tener un estatuto, reclama una cierta autonomía, quiere in­tervenir en la dirección de los negocios…, quiere participar.

En los países comunistas y en los países dictatoriales los deseos de participación se expresan sobre todo por una exigencia de ma­yor libertad. Incluso en estos países se elevan algunas voces para reclamarla; en los países occidentales, una mayor libertad de ex­presión permite que no sean algunas voces dispersas las que se ha­gan oír, es un verdadero concierto de voces que, desde todas par­tes, reclaman una mayor participación en todos los sectores de la vida. El concierto gira, además, algunas veces a la cacofonía.

En estos tiempos la palabra «participación» adquiere un signi­ficado todavía más limitado que nos falta por precisar. Cuando en el momento actual los trabajadores sociales, socioculturales y co­munitarios hablan de participación, ellos creen evocar esta necesi­dad vivamente sentida y esta voluntad claramente expresada por un número creciente de mujeres y de hombres de tomar una parte activa, consciente y responsable en los asuntos en que están impli­cados, sean los que sean; esto, para ser plenamente humanos y para contribuir a la construcción de una sociedad mejor; podrá tratarse, en el cuadro del servicio social, de hacer al individuo más consciente de sus derechos y de sus deberes y de ayudarle a inser­tarse mejor en un grupo; se tratará, en el cuadro del servicio socio­cultural, de ejercitar la influencia sobre grupos enteros, educándo­les y concienciándoles; se tratará, en fin, en el cuadro de las activi­dades de desarrollo comunitario, de actuar sobre las mismas es­tructuras de la sociedad.

Cuando las Voluntarias hablan de participación, es frecuente que se refieran simplemente a su propia contribución para la me­jora de la sociedad. Se acentúa entonces, principalmente, sobre sus propios esfuerzos. Voluntariado viene a ser sinónimo de partici­pación.

En el sector social, el nuestro, es importante no perder de vista que ésa no es la óptica actual. Queremos no solamente ser de nuestra época, sino también estar en comunicación con las aspira­ciones profundas de nuestros contemporáneos, contribuir a la so­lución de los problemas de nuestro tiempo. Para lograrlo también nosotros tendremos que concebir nuestra participación no sola­mente como una obligación al servicio de los otros, por desintere­sada que sea, sino como un compromiso que contribuya a inser­tarlos en la sociedad y a hacerles participar.

La promoción de los más necesitados

Participar requiere, ante todo, un punto de vista peculiar. Esta óptica nos lleva a ver los problemas y sus soluciones en función de los otros, replanteándolos en su conjunto para obtener verdaderas soluciones y, si fuera posible, soluciones de conjunto.

Para mayor claridad en la exposición, distinguiremos en la par­ticipación tres aspectos o, mejor, tres dimensiones. Debemos, en primer lugar, participar nosotros mismos en la promoción de los necesitados; en segundo lugar, debemos hacerles participar a ellos mismos en su propia promoción; finalmente, debemos hacer parti­cipar a toda la sociedad en esta misma promoción.

I. PARTICIPAR EN LA PROMOCION DE LOS NECESITADOS

Para aportar nuestra contribución a la solución de los proble­mas de los más desamparados, sería necesario aplicarse a com­prender a los que los padecen.

Hablando en tono idealista, para conseguirlo deberíamos vivir con ellos, compartir su existencia, y ni siquiera así bastaría, pues nosotros partiríamos no de cero, sino de una base de la que ellos han estado privados la mayor parte del tiempo. Así, un hombre sano se engañaría si creyera comprender a un enfermo crónico por haberle sobrevenido a él una enfermedad grave. Un rico se equivo­caría si pretendiera conocer lo que es la pobreza tan sólo porque un día hubiera perdido su cartera.

Mademoiselle Bollaerts ha analizado las principales caracterís­ticas de la mentalidad de los hombres que se encuentran en situa­ción de inferioridad crónica. Hélas aquí a manera de ejemplo:

  • viven esencialmente su momento presente y son incapaces de sustraerse a él;
  • no manifiestan ningún interés por todo aquello que no les interpela «hic et nunc»;
  • tienen poco desarrollado el sentido de planificación, de programación;
  • todo su interés se concentra en lo concreto, en lo que se palpa;
  • experimentan gran dificultad en mirar con suficiente pers­pectiva su propia situación;
  • muchos ni siquiera aciertan a expresarla bien;
  • sus relaciones son vividas únicamente en función de la per­sona con la que se relacionan;
  • son incapaces de pensar de distinta manera a como lo hace su propio ambiente;
  • son incapaces de resistir a las circunstancias, impotentes para dominarlas;
  • están convencidos de que no pueden influir en su propio destino; creen que fatalmente tienen que sufrirlo;
  • experimentan la necesidad de un apoyo, de una autoridad.

Haciendo reflexión sobre estas observaciones, nos damos cuen­ta de que la estructura mental de estas personas, en condiciones de inferioridad crónica, es muy distinta de la nuestra. Las mismas pa­labras que nosotros usamos tienen en ellas otro significado, como si se tratara de un lenguaje diferente. ¿Cómo, pues, podremos comprenderlas de verdad? El hecho de estar en situación de infe­rioridad, de miseria o de sufrimiento, nos marca, necesariamente el espíritu de los que son así probados. Hay grandes disminuidos, aislados, etc., que están en nuestro mismo plano mental. Antes de emitir un juicio aprendamos a observar y escuchar pacientemente.

El esfuerzo de comprensión nos llevará a un mayor respeto por los necesitados, por los «pobres»; aprenderemos a descubrir y ad­mirar sus propios valores, sobre los cuales edifican su vida.

La palabra «respeto» viene del latín «respicere», que quiere decir «mirar hacia arriba, a lo alto», hacia alguna cosa o hacia al­guien que nos impone el respeto. ¿Cómo estos pobres, estos deshe­redados, a quienes ponemos en el último grado de nuestra escala de valores, a quienes miramos con una cierta condescendencia, por no decir desprecio, podrían imponernos respeto?

Sin embargo, el Evangelio es terminante. Cristo nos afirma que los pobres y los «pequeños» tienen intuiciones que nosotros no te­nemos, que su visión de las cosas es, con frecuencia, más verdade­ra que la nuestra.

«Yo te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has ocul­tado estas cosas a los sabios y a los prudentes y las has revelado a los pequeños.» Y más aún: «Bienaventurados los pobres de espíri­tu, porque ellos verán a Dios», es decir, bienaventurados los po­bres porque ellos son los únicos que ven claramente, ven las cosas tal como Dios las ve, y finalmente se unen a Dios en esta visión de las cosas.

Así se debe entender también la palabra de san Vicente «los pobres son nuestros amos y señores». Más que amos y señores que mandan son «maestros» que nos instruyen y a quienes los alumnos escuchan, porque ellos tienen algo que enseñar.

El padre Wrezinski, fundador- de «Aide á toute détresse» (Ayuda a toda necesidad), cuenta en un vivo ejemplo tomado de la vida de los pobres cómo su juicio difiere del nuestro y está, en definitiva, mucho más cercano de la visión de Dios. Una chica de quince años se une con el hijo de un vecino. Para todos nosotros, dice él, la cosa ya está juzgada de antemano… «Para estas pobres muchachas, la cosa es normal… no tienen moral… En cambio, el medio ambiente de los desheredados permanece silencioso. Sabe que para esta joven esta unión prematura es la única forma de huir de la vida imposible que lleva en casa de sus padres. El am­biente del cuarto mundo guarda la convicción profunda de que esta adolescente tiene derecho a la felicidad. Tiene profunda nece­sidad de que ella sea feliz. Su silencio es la prueba de un amor profundo, de un amor condenado a permanecer oculto como si fuera vergonzoso, porque nada le permite manifestarse a la luz del día. Pero es necesario creer en el corazón de los pobres.»

Sin duda, esta joven y su medio viven al margen de una ley moral, pero ello no les impide cultivar auténticos valores y nos muestran cómo Cristo se complacía en hacerlo notar así. Pense­mos en el óbolo de la viuda.

Sin un profundo respeto por la persona humana, sin la capaci­dad de descubrir y admirar los aspectos positivos de las personas a cuyo servicio nos comprometemos, nos es imposible participar en su promoción.

Abandonar definitivamente el sistema practicado hasta ahora como régimen social es otra forma de este mismo respeto. Esto no quiere decir que haya que excluir todo gesto espontáneo de limos­na silenciosa. A veces será una obligación moral y es necesario sa­ber ser generoso. Pero la limosna como sistema no es una solu­ción. Todos los hombres, aun los más desamparados, tienen estric­to derecho a un mínimo vital. Los que tienen, deben encontrar normal que el Estado grave sus riquezas para asegurar a todos un mínimo de vida digna. Más adelante veremos que es deber nues­tro, como organización de ayuda social, luchar para que el Estado cumpla esta obligación.

Mientras tanto, las obras privadas tienen una tarea subsidiaria que cumplir. Sin embargo, si esas obras quieren cumplir su misión con el respeto que se merece la persona humana de los más des­amparados, no pueden contentarse con hacer simples repartos de limosnas. Deben ayudarles a planear su presupuesto y, poco a poco, a subvenir a sus propias necesidades.

Con este mismo espíritu, se debe respetar también la libertad de las personas a quienes se ayuda. Y así es conveniente no impo­nerse nunca, no ayudar más que lo que hace falta y no impedir a nadie hacer por sí mismo aquello de que es capaz. La ayuda ideal es la que se ofrece sin que el beneficiario apenas se dé cuenta de ello… Así Dios participa en nuestra vida respetando y ayudando nuestra libertad. Esto supone una actitud fundamental de pacien­cia y de discreción, que es la que puede asegurar la promoción. No siempre somos libres de ayudar o no, pero la ayuda que apor­tamos debería siempre dejar libre a aquel a quien ayudamos. No participamos en la vida del otro si nos imponemos a él.

Pero para participar en la promoción de los necesitados, ¿bas­taría comprenderlos y respetarlos? Pero ¿es incluso posible el comprenderlos mientras nos quedamos como en la periferia de su vida, sin compartir su condición? Es una cuestión tratada frecuentemen­te en nuestro tiempo y no simplemente a propósito de los margi­nados. Para establecer el diálogo entre el mundo obrero y la Igle­sia, el hecho de que haya sacerdotes obreros ha hecho más impac­to que múltiples declaraciones solemnes de solidaridad de parte de la jerarquía. Y esto no es un fenómeno propio de algunos países. Recientemente un obispo de Tanzania ha decidido dedicar la mi­tad de su tiempo a vivir como agricultor para compartir así la condición de su pueblo.

En los países en vías de desarrollo, los cooperadores que parti­cipan, aunque sea sólo en una parte, de las condiciones de existen­cia del pueblo hacen un trabajo más eficaz y son más amados que los que no se avienen a renunciar a su confort y a una parte de su superioridad técnica. Estos últimos, sin quererlo, aplastan a menu­do al indígena más de lo que le ayudan en su desarrollo. Sucede, por otra parte, que ciertos antiguos cooperadores, médicos, profe­sores, abogados, descubren esta verdad y se van a vivir en sus ba­rrios pobres cuando regresan al país. Ellos trabajan con honora­rios moderados y comparten, aun parcialmente, la existencia del pueblo al que quieren ayudar.

Tales ejemplos nos deben interpelar tremendamente. Ellos cues­tionan no sólo nuestros métodos de acción, sino incluso el valor mismo de nuestro compromiso. Es necesario, sin embargo, matizar convenientemente.

Compartir enteramente la existencia de los desheredados, que viven todavía al margen de la sociedad o que son los subdesarro­llados de ésta, puede ser para algunos la mejor manera de colabo­rar en su promoción. Es verdad que pocas personas tienen la fuer­za de voluntad y sienten la vocación de comprometerse en este camino. Se trata, tal vez, de un ideal, pero este ideal no excluye un compromiso menos exigente. Hay incluso un cierto absurdo en pretender que nada se puede hacer en favor de alguien sin com­partir enteramente la condición de aquél. Los necesitados no espe­ran que compartamos completamente su situación de marginados para poder participar en su promoción. Ellos quieren sentir que nos ponemos a su lado, que nos solidarizamos profundamente con ellos, que somos comprensivos y, si hace falta, indulgentes, que nos mostramos disponibles y eficaces. En lo que a nosotros toca, si nuestro compromiso nos trae problemas en nuestro propio ambiente será señal cierta de nuestra sinceridad a su lado. Si, por el contrario, nuestro servicio a los más desamparados se nos aparece como inofensivo, si nuestro compromiso no pasa de ser una mane­ra interesante o útil de ocuparnos, si las personas en cuyo favor nos ocupamos no son para nosotros nada más que «casos», clien­tes o, peor aún, «protegidos», entonces temamos fundadamente que nuestro compromiso no pasa de la superficie de las cosas.

II. Hacer participar a los más necesitados en su propia promoción

No es raro oír decir que los más necesitados prefieren a menu­do que sus bienhechores se ocupen de ellos antes que trabajar en su propia promoción.

Preciso es reconocer que entre las personas que forman la clientela de las organizaciones de ayuda social el gusto de la parti­cipación es a menudo débil.

Y ello por un conjunto de causas. El corto nivel de inteligencia y de instrucción crea a veces una inferioridad y desde su mismo punto de partida. La debilidad fisica arrastra consigo la apatía; por ejemplo, una disminución física puede crear dependencia, tan­to del hecho del hándicap como del hecho de una educación equi­vocada. Las mismas condiciones de un trabajo pueden poner a alguien al margen de la comunidad.

Esta dificultad real para suscitar la participación de los más necesitados no cambia en nada el hecho de que nosotros no los valorizaremos sino en la medida en que ellos cooperen a lo que por ellos hacemos.

En la base de toda acción de promoción hay un acto de fe en el valor de las personas, un acto de fe en sus propias capacidades. Con frecuencia tendremos que hacerles descubrir éstas para permi­tirles salir del círculo vicioso de la dependencia. El ideal es ayudar­les a descubrirse, a encontrar en lo más profundo de sí lo mejor que tienen.

Prescindiendo de algunos casos particulares, es preciso ayudar a los desheredados a descubrir en sí mismos el manantial de donde pueden sacar su propio conocimiento y a encontrar respuesta a las preguntas que les surgen. Si nosotros actuamos en lugar de ellos, otras dificultades brotarán y no podrán acudir siempre a nosotros. Pero si encuentran en sí una fuerza, entonces podrán hacer frente a todo.

Sólo a partir del momento en que valorizamos las cualidades de aquellos a quienes queremos ayudar nos hacemos aptos para ayudarles de verdad, pues sus cualidades son los materiales con que deben edificar su existencia. Lo que hacemos en su lugar, juz­gándolos incapaces, corre el riesgo de mantenerlos en la apatía.

Felizmente, no todos los necesitados han abdicado de su digni­dad. El informe del Congreso de la Mujer, organizado por «Aide á toute détresse» en Perrelaye (Francia), revela que el cuarto mundo se siente profundamente extrañado por la incomprensión que de­muestran las organizaciones de ayuda social: los mejor situados para ayudar a los pobres son los mismos pobres. En lugar de im­pedírselo haría falta animarlos a hacerlo así. Ayudar sin dar la po­sibilidad de participar quita al acto su propio valor. En el sentido más profundo del término, ello no significa tanto «dar» sino «to­mar», tomar a estos hombres y a estas mujeres su dignidad.

Creer a los pobres capaces de una ayuda mutua eficaz está jus­tificado frecuentemente. Con ocasión del terremoto de Guatemala, a 40.000 huérfanos se les proporcionó alojamiento en pocos días entre las familias de los campesinos que viven en una región de las más pobres del mundo. El cardenal Silva Henríquez, arzobispo de Santiago de Chile, subraya así la importancia de la mutua ayuda espontánea de barrio y de vecindad y concluía así un informe: «Una vez más, ha sido enseñada la Iglesia por la generosidad de los pobres.»

Pretender más la eficacia material que el desarrollo humano, sin precipitarse en acudir en su socorro, dando más importancia al servicio que hay que hacer que a la valorización de la persona son los dos riesgos, de freno o de obstáculo, en la participación de los más desamparados para su propia promoción.

Aun contando con el riesgo que comporta, nos hace falta abso­lutamente descubrir esta necesidad: dar la prioridad al desarrollo humano sobre la eficacia material. Incluso, como dice Nyerere, presidente de Tanzania, sería preciso no razonar en términos de rendimiento humano. Los hombres nunca serán lo secundario. No se les puede obligar a desarrollarse; tienen que ser ellos mismos los que se desarrollen.

El fracaso, parcial o total, de la obra colonial procede en gran parte de que ha faltado la suficiente educación popular. En algu­nas antiguas colonias se puede constatar, desde la salida de los blancos, fábricas abandonadas, hermosas construcciones en ruinas. Después de la cólera o el desánimo, uno se pregunta: ¿no era ello inevitable? Los colonizadores se proponían, sobre todo, el rendi­miento y la eficacia; ellos prescindieron excesivamente del nivel de desarrollo y, mucho más aún, del alma profunda, de la cultura autóctona; más bien utilizaron que desarrollaron a los pueblos.

En presencia de personas menos inteligentes o expeditivas que nosotros, todos hemos hecho más o menos lo mismo. Les hemos hecho razonar de esta manera: «Déjeme hacer, yo solo lo habría hecho mejor y más de prisa.» Esta táctica quizá ha conseguido ciertos resultados en un plano material, pero no ha consolidado los fundamentos de un desarrollo estable.

Solamente una dedicación muy individualizada y una paciencia infinita, la voluntad de pasar con ellos el tiempo que sea necesario, comprenderlos según su propio criterio, aceptando sus propias in­capacidades y su peculiar manera de pensar y de obrar, permitirán despertar y poner en acción sus propias virtualidades. Conviene, por tanto, no ponerse en el lugar de los necesitados, sino hablar con ellos, explicarles y convencerlos, hacerles proposiciones cons­tructivas, mostrarles con obras lo que ellos mismos podrían rea­lizar.

Ya hace bastante tiempo que en muchos países nuestras aso­ciaciones así lo han entendido: la limosna, sistema asistencial que envilece, ha sido sustituida por métodos educativos de ayuda. Se han creado cooperativas, como en México, estimulando así el espí­ritu de ahorro, de co-responsabilidad y de ayuda mutua. En algu­nos países se han transformado los roperos gratuitos en roperos en los que se solicita una pequeña cooperación. En otros sitios inclu­so, como en Bélgica, se .ha instituido el llamado «ahorro de car­bón» (épargne-charbon), es decir, que se concede una prima a quienes previsoramente se surten de carbón durante los meses de verano, cuando el presupuesto familiar está más desahogado. En Colombia, las Voluntarias de las Caridades ayudan a los pobres a edificar sus propias viviendas; a este efecto, ellas solicitan la inter­vención de los municipios, pero como condición previa exigen una contribución financiera de los clientes y la ejecución de una parte del trabajo por el cabeza de familia.

En el mismo sector de la vivienda, Bélgica ofrece otra iniciati­va, en que los interesados se asocian para la ejecución de un pro­yecto. Numerosas familias de inmigrantes tropezaban con dificul­tades para encontrar alojamiento en una pequeña ciudad. Habién­dose constatado importantes desperfectos en las casas, los propie­tarios temían alquilarlas a inmigrantes norteafricanos. Se propuso reunir a los jefes de familia para reflexionar sobre el problema. Se acordó que la responsabilidad del alquiler y de la buena conserva­ción de las casas se asegurarían colectivamente. Los propietarios, con estas seguridades, volvieron sobre sus decisiones.

Este ejemplo muestra bien a las claras que es conveniente aso­ciar a los más desamparados a su propia promoción, evitando a toda costa ponerse en su lugar; esclarece, asimismo, la dimensión comunitaria de esta promoción. La acción episódica, e incluso re­gular, de una asistencia social o de una asociada de buena volun­tad raramente llegará a insertar en la sociedad a una persona o a una familia marginada. Toda educación parece que debe pasar por la mediación de un grupo o de una comunidad. El hombre tiene necesidad de otros hombres para realizarse. Mientras permanece aislado tiende a marginarse más.

«Una civilización del bienestar que quiere dar a cada uno, in­cluso a los minusválidos, la posibilidad de realizarse, debe basarse necesariamente sobre la participación de todos. El proceso de for­mación de grupo y el trabajo creativo nunca podrán ser suficien­temente estimulados. Ellos pueden realizar y acrecentar el papel y la responsabilidad de la población» (Informe del Año de la Justi­cia 73-74, pág. 30).

«Tratando con el «pobre» solamente a título individual, sin in­sertarlo en un grupo, se le aisla y se le despersonaliza. Ahí está, dice el padre Wresinski, una de las formas más sutiles de la segre­gación.»

Pero una cosa es hablar de la participación a nivel de grupos y otra cosa es realizarla. Se trata, por ejemplo, de conducir a los miembros de un club, de un hogar para personas de edad, de una fraternidad de minusválidos, de una casa de jóvenes, o incluso a los habitantes de una barriada amenazados de expulsión:

  • para reflexionar juntos sobre sus problemas;
  • para dar su opinión sobre una propuesta concreta, o para buscar otras soluciones distintas a aquellas que se han pro­puesto;
  • para contribuir a que una decisión sea tomada a nivel de dirección;
  • para colaborar en la acción emprendida;
  • y seguidamente a participar en su evaluación.

Será necesario ayudar a los interesados a formular sus aspira­ciones, sus críticas y sus reivindicaciones; suscitar entre estas per­sonas una participación en la vida social de la cual puede haber cierta tendencia a excluirles; facilitarles las gestiones conducentes a superar su situación de dependencia y de socorridos.

¿Cuál es nuestro papel en todo esto?

  • Un acercamiento a título puramente individual, prescin­diendo del ambiente en el que viven las personas en dificul­tad, es insuficiente. Si nosotros queremos ayudarles eficaz­mente tenemos que comprender y aceptar esta realidad.
  • Una visita a una persona de edad en un «Hogar» le da una gran alegría. Pero cuánto más útiles podemos serle si le ayudamos a reconciliarse con el personal o con la direc­ción, o con tal o cual residente que comparte sus días. Po­demos contribuir a mejorar todo el clima de un «Hogar», creando un ambiente optimista y fraterno y estimulando nuevas actividades y la buena armonía.

En la actualidad, las personas están especializadas en el trabajo de grupo y no podemos olvidar que nosotros podemos ser invita­dos a colaborar con algunos de ellos. Incluso podemos hacer nues­tros alguno de sus métodos de trabajo. Esto se hace ya, a veces incluso de manera espontánea. Es posible que podamos vigilar, de manera sistemática, para que nuestros equipos estén atentos a esta dimensión comunitaria en cualquier parte donde estén trabajando. Cada uno debe mejorar la pequeña sociedad en la que vive, sin encerrarse en una triste resignación, sino remontando la corriente, por dificil que esto sea.

Recordemos que la formación de los trabajadores sociales está cada vez más y más orientada hacia la animación, y que el conjun­to del sistema escolar evoluciona en un sentido menos dirigido y menos individualista. De esta manera, la participación estará facili­tada en el futuro. Además, una visión más democrática de la so­ciedad y una nueva idea del hombre refuerzan esta corriente de ideas. El hombre moderno rechaza el estar alienado, quiere ser responsable.

Para nosotros, trabajadores sociales voluntarios, la aparición y la multiplicación de los trabajadores socio-culturales profesionales es, a la vez, una señal de una necesidad y una interpelación. En algunos países las voluntarias rechazaron a las primeras asistentas sociales; en otros, por el contrario, las obras asistenciales fueron el origen de la formación de las profesionales del servicio social indi­vidual. ¿Cómo acogemos nosotros en la actualidad a estos traba­jadores socio-culturales que tienen como objetivo final el desarro­llo comunitario?

Puede ser, objetarán algunos, que hacer a los pobres más cons­cientes de su situación de inferioridad, para ayudarles a superarla, es una espada de dos filos; en efecto, sabiéndose en una situación de alienación se pueden sentir más desgraciados y más frustrados, sobre todo si se ve incierta la salida.

Un tal trabajo socio-cultural también provoca frecuentemente reacciones; los intereses de las personas situadas son atropellados. La animación ocasiona con frecuencia conflictos, pero el conflicto es a veces la mejor —y a veces la única— manera de crear un grupo, de darlo a conocer, de instaurar nuevos círculos de comu­nicación, de multiplicar y de enriquecer las relaciones, tanto en el interior como las exteriores. Desgraciadamente el miedo al conflic­to ha sido con frecuencia origen de muchos abusos y explotaciones.

También a veces los malos pastores desvían hacia fines egoístas lo que ellos presentan como una lucha en favor del bien común. Pero el mal uso ¿descalifica una cosa buena en sí? Los hombres están formados para hacerse adultos, pero no llegan a serlo si no son participantes. La organización de ayuda recíproca que nos­otros somos tiene el deber de permitir a los hombres el serlo.

A título de ilustración, he aquí un ejemplo típico de trabajo comunitario en un ambiente desheredado:

En la mayor parte de las ciudades modernas, la especulación sobre el alza de los terrenos ha dado lugar a expropiaciones masi­vas, principalmente en los barrios pobres. En muchos lugares, bajo el impulso de los trabajadores sociales y algunas veces de sacerdo­tes, los pobres amenazados en su derecho elemental de alojamiento han cerrado sus filas para defenderse contra la avaricia de los promotores. Han provocado reuniones de sensibilización y han es­timulado una toma de conciencia colectiva de los habitantes del barrio amenazado, han emprendido acciones sobre varios frentes a la vez.

A nivel del barrio, se había puesto en marcha toda una cam­paña de renovación y de sensibilización:

  • los jóvenes emprendieron una operación para limpiar las casas;
  • se constituyeron equipos para ponerlas en forma adecuada; se «publicó» un periódico del barrio;
  • se organizó una fiesta;
  • se acompañó a las personas de mayor soledad.

Simultáneamente se emprendió una acción cerca de la opinión y de los poderes públicos:

  • una presencia numerosa y pasiva cuando los lanzamientos;
  • la prensa fue convocada;
  • se defendió en justicia el derecho a unos alojamientos de acuerdo con las necesidades y con los ingresos;
  • los poderes públicos, tanto los municipales como los del Estado, fueron interpelados;
  • las organizaciones de ayuda social fueron puestas en estado de alerta.

Casi siempre han dado un bello testimonio de solidaridad y de caridad humanas.

III. Hacer participar a la sociedad en la promoción de los menos favorecidos

Cuando las organizaciones de caridad abordan los problemas de la justicia se les echa frecuentemente en cara que el aspecto es­piritual de estos problemas les rebasa, que siendo la política una cosa turbia es preferible no mancharse las manos, y que el trabajo concreto les atañe más que los discursos sobre la justicia. En reali­dad, estas objeciones revelan a menudo una falta de información y de formación, encubren una falsa sensación de buena conciencia y son prueba de una actitud profundamente individualista.

En realidad la prudencia y la clarividencia consisten en no en­frentar tareas que son complementarias las unas de las otras, sino en asociarlas y en tener el valor de ocuparse de ellas al mismo tiempo.

Entre los motivos alegados para acentuar la importancia de una toma de conciencia del papel de la sociedad en la promoción de los menos favorecidos, me permito subrayar uno que surgió de la lectura de las respuestas al cuestionario preparatorio de este coloquio.

Al margen del relato donde una de vuestras asociaciones daba cuenta de la acción llevada a cabo con vistas a aliviar los sufri­mientos de los primeros habitantes de su país (es decir, los indios), yo había escrito: «¿,Por qué esta acción, emprendida para aliviar sus sufrimientos, no se encamina también para hacerles justicia?…» Y he aquí que uno de los grupos de trabajo hace notar que «la visión demasiado sensible de los problemas retrasa la toma de conciencia de los mismos». En tanto el corazón nos empuja rápi­damente y con generosidad a la acción, esta acción corre el riesgo de ser superficial y pasajera, no teniendo nuestras motivaciones otro origen sino la sensibilidad.

Por consiguiente, necesitamos no renegar, sino ir más allá de nuestra sensibilidad. Esto es indispensable para comprender los problemas en su conjunto y en su profundidad. En este capítulo donde yo intento demostrar por qué y cómo hacer participar a la sociedad en la promoción de los menos favorecidos, yo quisiera, antes que nada, ser claro y práctico. Por lo tanto, yo os propongo una toma de conciencia por etapas.

PRIMERA ETAPA: Tomar conciencia del hecho de la excesiva repetición, incluso del carácter masivo de algunas miserias

Las personas que disfrutan de toda clase de bienes y de pre­rrogativas no son conscientes de lo exorbitante de sus privilegios. El contacto con algunas miserias extremas es para ellas la primera etapa en el descubrimiento de la realidad y el primer paso hacia un cambio de mentalidad, cambio de mentalidad que no es, ni más ni menos, que una conversión, en el sentido evangélico del vocablo.

Cada país tiene sus propias miserias, incluso los países privile­giados, como hace notar la señora Grangy hablando de las pobre­zas de los ricos.

Pensemos en la situación de los que no producen, de las per­sonas de edad, las personas en paro, los enfermos, especialmente los enfermos psíquicos; pensemos en los emigrantes, cuya condi­ción crea problemas, tanto en su comarca de origen como en el país de inmigración; pensemos en los problemas de trabajo y de alojamiento, que son causa de tantas miserias.

Hace falta estar ciego para no descubrir alrededor de uno mismo unas miserias que son verdaderas interpelaciones para las personas felices y colmadas.

En fin, traspasando las fronteras, el pavoroso problema del hambre se impone a la atención de todos los hombres de buena voluntad.

Entre todas estas formas de pobreza, cada una de nuestras asociaciones debería elegir una de ellas y llevar a cabo un estudio detallado, profundo. Muy diferente cosa, en efecto, es saber que las personas mayores sufren de soledad y el constatar que en nues­tra ciudad cada año se suicidan tantas decenas o centenas de per­sonas.

SEGUNDA ETAPA: Por el análisis de una forma de miseria, descubrir la naturaleza de una injusticia

Hay a menudo una relación de causalidad entre riqueza y po­breza de la que no hemos tomado conciencia suficientemente: al­gunas formas de pobreza existen porque hay ciertas formas de riqueza.

Así, una cosa es saber que tantos millones de seres humanos mueren de hambre o que se convierten en disminuidos mentales por falta de proteínas en su infancia y otra cosa es saber que este hambre y esta deficiente nutrición están en parte causadas por el hecho de que el ganado de los países ricos consume un tercio de la cosecha mundial de cereales. Para que nosotros, los ricos, poda­mos comer la carne a nuestra voluntad (para producir un kilo­gramo de carne se necesitan ocho kilogramos de cereales), los paí­ses pobres, como consecuencia, deben pasar hambre.

Este ejemplo, entre un centenar de ellos, demuestra que la so­lución de los problemas de los países en vías de desarrollo exige una mutación en las mentalidades de los habitantes de países ricos. Este es el estribillo de hombres como Helder Cámara. Hay ya un cierto número de jóvenes que desea llevar una vida más sobria y no seguir los imperativos de la sociedad de consumo.

Una cosa es saber que existen salarios de hambre y pensiones que son insignificantes y otra cosa es saber que estos salarios y estas pensiones son insuficientes porque hay asignaciones y pen­siones escandalosamente altas.

Vuestros grupos de trabajo han recalcado que los impuestos castigan sobre todo a los pobres; que los abusos de poder son principalmente obra de los poderosos —en parte por la corrupción administrativa—; que la ignorancia no es solamente una de las causas de la miseria, sino que es, en algunos casos, consecuencia de la mala voluntad de los hombres; que la instrucción es con fre­cuencia un privilegio de los ricos; que la propaganda está en ma­nos de los poderosos del dinero para manipular a los pueblos.

Esta toma de conciencia invierte, evidentemente, nuestra escála de valores. Hay que hacer notar también que «los jóvenes encuen­tran normal y natural este compromiso». De todas maneras, con­cordar nuestro comportamiento con esta nueva manera de ver las cosas nos ocasionará forzosamente algunas rupturas.

TERCERA ETAPA: Descubrir que el no oponerse a la injusticia, en la medida que nos sea posible, equivale a pactar con ella

A decir verdad, somos insuficientemente conscientes de nuestra responsabilidad. Nos fiamos de nuestros sentimientos, de una bue­na conciencia individual y nos quedamos muy pasivos. «La socie­dad en la que vivimos —constata uno de los grupos de trabajo—ha heredado un sistema que procuramos no denunciarlo y que nosotras encontramos normal, aunque seamos conscientes de M­guna de sus injusticias.»

Si queremos ser honrados debemos aceptar la discusión de un sistema que las más de las veces nos privilegia; no debemos esca­motear los verdaderos problemas, sino tener valor de hacer la luz en nuestra conciencia. Tenemos, por tanto, que informarnos bien y formular nuestras convicciones. Después tomaremos posición, primero a título personál en nuestro propio ambiente familiar, cua­lesquiera que puedan ser las reacciones; después, como asociación que trata de promover el bien de los más desheredados.

Haremos esto invitando a nuestros miembros a participar en campañas de opinión, por ejemplo, para la promoción de la mu­jer. Lo haremos estimulando a los miembros de nuestros equipos a participar en la vida cívica y a asumir sus responsabilidades en este plano, bien siendo consejero en un consejo municipal o bien gu­bernamental, como muchos lo hacen ya.

El hecho de pregonar nuestras convicciones y nuestras tomas de posición es algo más que una simple declaración platónica, a condición, por supuesto, de esforzarnos en conformar nuestra conducta con nuestras declaraciones. Estas últimas nos comprome­ten, en el buen sentido de la palabra, y son una contribución a la formación de una opinión pública favorable, condición indispen­sable para la reforma de las instituciones.

CUARTA ETAPA: Analizando un cierto número de injusticias, comprobar que sólo pueden remediarlas los poderes públicos

El bien que hacemos impide, a veces, descubrir el que priorita­riamente hubiéramos debido realizar.

Organizaciones privadas de caridad acuden en ayuda de cientos de personas de edad. A largo plazo, esta carga que asumen acaba­rá por plantearles problemas insolubles. Sin embargo, no es sufi­ciente acudir en ayuda de algunas centenas de privilegiados; sin la intervención de los poderes públicos serían centenares de miles de personas mayores las que en la mayor parte de los países vivirían en la miseria. La caridad privada no puede hacer frente a la-mag­nitud del problema. Incluso aunque estuviera suficientemente mo­tivada y organizada para hacerlo, poderosos intereses creados le cerrarían el paso. Su papel es el de remediar el caso urgente y an­dar el camino necesario para que sea tomado a cargo de los servi­cios organizados para el bien común de la comunidad civil.

La seguridad social, instaurada ya en un cierto número de paí­ses, absorbe sumas astronómicas. Con todo, es el único camino para asegurar al conjunto de la comunidad humana un mínimo de bienestar. Y a pesar de todo, los más desheredados se quedan con frecuencia enredados en las mallas de sus previsiones, pues la mar­ginación no tiene ningún derecho.

Yo no me atrevo a aventurarme a decir lo que sería preciso hacer en los países que sólo de nombre son democráticos o que son sencillamente dictaduras. En los países democráticos es preciso constatar que la preocupación por los más necesitados no se inclu­ye en la línea habitual de la política. Creer que de por sí, por su propia virtud, el sistema democrático conduce necesariamente a mejorar las condiciones de vida de los más necesitados sería un grave error. Ni los dirigentes en el poder, ni la oposición, se pre­ocupan demasiado del bienestar de los humildes, de los que no sa­ben defenderse. Emprender una acción, hacer presión sobre los poderes públicos recordando que nosotros somos el Estado ha lle­gado a ser indispensable. En efecto, en las democracias los dirigen­tes son particularmente responsables, los contribuyentes tienen el derecho de votar y la opinión pública es una fuerza auténtica que es preciso saber utilizarla para el bien.

Al lado del mundo de la política, el mundo de la industria y de las finanzas ejerce sobre la sociedad una decisiva influencia. Y como lo ha recordado un grupo de trabajo, la sociedad industrial ha llegado a convertirse en una sociedad sin fronteras. Una socie­dad industrial sin fronteras corre el riesgo, si se la deja actuar, de aplastar a los más débiles.

QUINTA ETAPA:. Tomar conciencia del papel profético de la Iglesia, la Iglesia que nosotros constituimos

En una carta, titulada «Los Sud-Africanos se dirigen a los Sud-Africanos», se trata de los problemas raciales y de las responsabi­lidades en este campo. Se puede leer en ella: «No es el Gobierno el que debe entrar el primero en la vía del arrepentimiento. Es al pueblo en general al que incumbe esta actitud y en primerísimo lugar a la Iglesia.»

Por supuesto que la Iglesia no se debe inmiscuir en la vida de los partidos políticos; sin embargo, sí es de su incumbencia y de su obligación el recordar las reglas de la justicia, que son de aplica­ción tanto para la sociedad como para los individuos.

Así, es un deber de la Iglesia el tomar posición contra el ra­cismo y contra todas las formas de opresión. Cristo lo hizo; tam­bién la Iglesia debe hacerlo. Afortunadamente, en muchos países ha tomado claramente partido a favor de los pobres.

¿La Iglesia? Es decir, ¿la jerarquía? Las declaraciones de esta última son ciertamente indispensables; sin embargo, ellas no re­suelven los problemas si los miembros del pueblo cristiano no las aprueban y no las aplican en la vida.

SEXTA ETAPA: Obligación de las organizaciones de caridad en la Iglesia de aliviar las miserias y reformar la sociedad

Este último punto no ha preocupado apenas a nuestros antece­sores. En los informes de los grupos de trabajo vamos a llamar la atención sobre las reflexiones siguientes:

  • no hemos tenido suficientemente el sentido de responsabi­lidad;
  • hemos trabajado más desde el punto de vista asistencial que en la solución de los problemas;
  • no somos una fuerza organizada para ejercer una presión contra la injusticia.

El mundo obrero se ha organizado en sindicatos para la defen­sa de sus derechos. Constatemos de antemano el hecho tremendo de que casi todas las mejoras en la existencia de los trabajadores han sido conseguidas por la lucha, por la reivindicación y por la amenaza. La contestación y a veces el odio han sido, al parecer, más eficaces que el amor, a no ser que admitamos que en el fondo de la rebelión de los pobres hay también un fermento de amor. El sindicalismo obrero defiende los intereses de los trabajadores, pero no todos los desheredados pertenecen al mundo de los trabajado­res. Haría falta, de alguna manera, un sindicato de los más menes­terosos, pero precisamente por ser menesterosos no se les toma en serio. Aquellos que desean ayudarles deberán, como decía el Abbé Pierre, «dar voz a los que no tienen voz». El dar voz a los hom­bres sin voz me parece, en el contexto actual, que debe inscribirse entre los objetivos de las asociaciones de caridad

Las organizaciones de ayuda recíproca tienen un retraso que recuperar y el tiempo apremia para deshacer el error que todavía subsiste en muchos sitios. No pueden definirse como obras que se contentan con remediar a los más necesitados sin preocuparse de atacar el mal en sus raíces; no pueden enmascarar lo odioso de la injusticia con los paliativos de la caridad.

Por otra parte, predicar un sistema de valores y aplicarse a conformar su vida con los principios del amor evangélico en las relaciones individuales y adoptar al mismo tiempo otro sistema de valores radicalmente diferente, en lo que concierne a la organiza­ción de la sociedad es testimonio de una flagrante inconsecuencia.

¿Cuál es la situación de nuestras asociaciones? Sin poder afir­mar que nos hemos comprometido audazmente en la reforma de la sociedad, yo creo que se puede decir que el movimiento es atracti­vo y más que atractivo.

De hecho, están en la cima un cierto número de asociaciones nacionales. Estas últimas padecen en muchos casos algunas dificul­tades en hacerse seguir por la base.

En muchos casos se han emprendido acciones en colaboración con otros grupos. En efecto, una acción sobre la opinión o sobre los poderes públicos exige una cierta amplitud, y si nuestras aso­ciaciones las realizan por sí solas no serían capaces de conseguirlo en la mayor parte de los casos.

Así, el deseo de atacar un mal en sus causas, por ejemplo, el alcoholismo o el aborto, ha tenido el efecto beneficioso de hacer salir a nuestras asociaciones de un cierto aislamiento.

Esto es lo que dicen muchas de las respuestas al cuestionario preparatorio del coloquio. Numerosas intervenciones concretas de las asociaciones, en participación con otros organismos, están lle­nas de interés. Se refieren, por ejemplo, al aborto, a las pensiones de las personas mayores, la mendicidad, las compras a crédito, las discriminaciones con respecto a la mujer, a los inmigrantes, formas de carencia en la educación, en los servicios públicos, etc…

Conclusión

Al esforzarnos en hacer participar más a los necesitados en sú propia promoción y al intentar contribuir por todos los medios, incluidas las gestiones políticas, para mejorar sus condiciones de existencia, no deformamos los objetivos ni el primitivo espíritu de nuestra Asociación.

Semejante re-orientación es una sencilla vuelta a las fuentes. ¿No afirmaba san Vicente que «es preciso considerar que al soco­rrer a los pobres realizamos una obra de justicia y no de miseri­cordia»? (SV VII, 98). Si él viviera de nuevo no concebiría el com­promiso en la práctica de las asociaciones de caridad sin la pre­ocupación de la participación y de la sed de justicia.

En los tiempos de san Vicente la sociedad entera estaba orga­nizada desde arriba. La base apenas si era escuchada y no tenía ningún derecho a hablar. Las consignas referentes a una acción sobre las estructuras de la ciudad por la vía de la democracia no se hallan, por tanto, en los reglamentos de las Caridades. Sin em­bargo, todos los comportamientos de nuestro fundador reflejaban su deseo de arreglar los problemas en profundidad. El quería que se reservasen papeles activos y de responsabilidad para las perso­nas mayores, en la organización interna de los asilos necesarios para los ancianos. El tenía el sentido de la participación. Se valía de los medios políticos de su tiempo. No se contentaba con pedir dinero a los poderosos, él llegó hasta discutir con el cardenal Ma­zarino, que sitió por hambre a la ciudad de París para forzarla a su rendición.

En esta ocasión, san Vicente utilizó su influencia política para ayudar a los más necesitados: Para ser fieles a su espíritu, tenemos que atrevemos a traducir en términos contemporáneos la acción política que él llevó realmente a cabo.

En lo que a mí respecta, encuentro doloroso y paradójico que el nombre de san Vicente de Paúl esté a veces asociado, en la opinión pública, a una acción puramente curativa e incluso palia­tiva de tipo conservador; encuentro que es penoso el oír afirmar que algunas obras vicencianas, con el pretexto de guardar la iden­tidad vicenciana, se muestran reticentes a unirse a las acciones emprendidas, por un conjunto de organismos, con vistas a realizar proyectos más amplios, o para influir sobre los poderes públicos.

San Vicente estaba preocupado, ante todo, por ver el bien rea­lizado; no le inquietaba que se dijera que él lo había hecho. Tenía el espíritu grande y el corazón ambicioso. «Señor —decía, diri­giéndose a Cristo—, haz que, ayudado por tu gracia, lleve a todos los hombres en mi corazón.»

Si, al igual que san Vicente, también nosotros queremos llevar a todos los hombres en nuestro corazón, no tenemos que elegir entre una práctica meramente individual de la caridad y una cari­dad de dimensión social.

Tendremos que afrontar la una y la otra. Tendremos que hacer participar a toda la sociedad en la promoción de los necesitados.

Puntos para el trabajo por grupos

1.° Evangelio y participación

Conviene leer despacio el contenido de la primera parte de la ponencia y fijarse en las citas bíblicas que nos dan una dimensión más comunitaria de la caridad. La quintaesencia del mensaje de Jesús es que todos somos hijos de Dios y, por tanto, hermanos unos de otros. Si somos miembros de una misma familia, la de los hijos de Dios, es justo que la fortaleza de los fuertes se ponga a disposición de los débiles.

2.° ¿Qué es participar?

«Es tomar parte en la responsabilidad e intervenir en las decisiones que conciernen a la comunidad,» (Octogesima ad­veniens, de Pablo VI).

PARTICIPANDO ES COMO SE REALIZA TOTALMENTE EL SER HUMANO.

3.° La promoción de los más necesitados

Para mayor claridad en la exposición, distinguiremos tres aspectos:

a) Participar nosotros mismos en la promoción de los ne­cesitados.

b) Hacerles participar a ellos mismos en su propia pro­moción.

c) Hacer participar a toda la sociedad en dicha promo­ción.

Preguntas para la reflexión personal o comunitaria

  1. ¿Crees que se ha tomado conciencia en la Aso­ciación de que a nuestros hermanos necesitados no sólo hemos de ayudarles asistencialmente, sino que también hemos de trabajar para que ellos to­men parte en dicha promoción?
  2. ¿En qué consiste la verdadera promoción? ¿En el tener mucho o en el ser?
  3. ¿Cómo llevar a cabo la participación en la promo­ción de los más necesitados bajo distintos aspec­tos? Sugerir casos concretos.
  4. ¿Consideras conveniente la colaboración con otras asociaciones y movimientos que tienen las mis­mas preocupaciones que nosotros, aunque no sean de signo cristiano y se esfuerzan por la pro­moción y participación de los desheredados? En caso afirmativo, ¿cómo y en qué grado?
  5. Al hacer participar a los necesitados en su propia promoción y al intentar contribuir por todos los medios a mejorar sus condiciones de vida, ¿de­formamos los objetivos y el primitivo espíritu de la Asociación?

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