La justicia brota de la fe

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Francesc Riera i Figueras, sj · Year of first publication: 1988 · Source: XVI Semana de Estudios Vicencianos.
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0. ¿Hablar de justicia hoy?

JusticiaEn la década de los 60 era fácil creer y luchar por la justicia, la libertad, la solidaridad…, la Utopía. En esta lucha estaban in­teresados gran cantidad de hombres, colectivos y pueblos. Se com­batía seriamente por los derechos humanos, los derechos de los pueblos, los derechos de los obreros, del Tercer Mundo, el derecho a la democracia… Fue una época de optimismo. Parecía que apli­cando las «leyes» descubiertas por la Ilustración y la MODERNIDAD, en el mundo nuevo se nos acercaba de verdad; entre todos, soli­dariamente y científicamente, lo podíamos y lo teníamos que em­pujar. Para muchos cristianos, este combate era «sacramento» (sig­no sensible) del combate de Jesús por el Reino de Dios.

En los años 80 soplan aires muy diversos. La Modernidad ha dado paso a la POSTMODERNIDAD. El «mundo nuevo» predicado por los teóricos de la ilustración no nos va llegando. La filosofía del «sistema» (promocionada por los neo-liberalismos) nos dice que no busquemos utopías: es imposible crear un orden social justo. Seamos pragmáticos: ¡en nuestro mundo la felicidad no puede llegar a todos…! Dejemos a un lado la solidaridad y retirémonos a la vida privada: que yo medre… (y si es a cuenta de los otros, ¡qué le vamos a hacer!). Uno en principio no quiere hacer mal a nadie, pero «horno homini lupus» (el hombre es un lobo para el hombre). Se impone la ley de la selva, la ley de Rambo.

Pues bien, justo hoy en que ya no está de moda hablar de justicia, el cristiano ha de continuar levantando — ¡y como nunca! — la bandera de la justicia y la solidaridad. Ha de mostrar cómo la justicia brota de la fe. No se ha de dejar fascinar por el oropel que promete la sociedad de consumo, como nuevo opio para adormecer los sueños de libertad. No se ha de dejar atraer por los nuevos movimientos religiosos (cristianos o paganos) neoconservadores que pretenden con sus espiritualismos esconder el auténtico rostro del Dios cristiano: hay que «buscar a Dios no en el «espiritualismo», sino en el Espíritu Santo».

En este trabajo vamos a seguir algunos puntos del evangelio de Marcos para mostrar cómo su Autor (probablemente en la Roma de fines de los anos 60, y con una problemática en muchos puntos cercana a la que acabamos de describir) muestra que sólo en la entrega y la solidaridad, en el combate por el Reino… se contempla el rostro glorificado de Jesús. Que fe y justicia coin­ciden. Que el Dios de Jesús no se encuentra simplemente en los sábados, cultos, templos y leyes —aunque sean cumplidos pia­dosamente—, sino en la entrega y solidaridad.

1. ¿Qué pretendió Jesús de Nazaret?

Una de las constataciones humanas más claras es que el hom­bre no consigue ser feliz, amar…, no consigue una relación fraterna digna…; no consigue pan, cultura y sanidad para todos, a pesar de que sabe que en nuestro hoy habría suficiente para todos; no sabe vivir en la paz: se arma y constituye bloques imperialistas. Esta situación de nuestro mundo la ha analizado preciosamente y con gran detalle la última encíclica del Papa. (Sollicitudo rei socialis, nn. 11 a 26).

Pues bien, en medio de un mundo en muchos puntos análogo al nuestro se presenta Jesús de Nazaret con una sorprendente buena noticia (Mc 1,15): «Se ha cumplido el plazo, el reinado de Dios está cerca. Arrepentíos y creed en la buena noticia»:

  • Se ha acabado el tiempo de espera (de adviento), se le ha cumplido ya el plazo al reino del mal.
  • Llega el Reino de Dios, se nos está acercando! Es irrenunciable.
  • Es posible un mundo nuevo, diferente, una nueva situación donde cada persona, que ahora vive infrahu­manamente, sea imagen del Dios vivo.
  • ¡Convertíos al estilo del Reino. Creed en la buena noticia!

Para el oyente de Jesús Reino era un concepto claro, al menos desde la tradición profética que recoge Jesús. Reino es la ma­nifestación del señorío de Dios; es la llegada de una humanidad donde el hombre es «imagen» de Dios; es, por tanto, la superación de toda «infrahumanidad» en que la persona ha sido colocada a causa del mal físico, o por el egoísmo de los hombres; es «per­mitirle a Dios ser Padre, gozar de su paternidad, porque los hijos son hermanos entre ellos».

Antes de analizarlo con cierta detención en Marcos, veámoslo definido en textos centrales de Mateo y Lucas.

Reino es la realización de la utopía del «ario de gracia» (Lc 4,18) en que todos los israelitas vuelven a ser iguales, se perdonan las. deudas, liberan a los que han ido cayendo en esclavitud y se redistribuyen de nuevo en partes iguales las tierras, volviendo al socialismo original, a la libertad y fraternidad del día en que llegaron a la Tierra Prometida, cuando dejaron atrás el país de la esclavitud.

Es el momento en que cada hombre vale no por lo que tiene sino por su humanidad.

Por esto el Evangelio entiende el Reino como liberación para los cautivos, vista para los ciegos, buena noticia para los pobres (Lc 4,18); desbaratar los planes de los arrogantes, derribar del trono a los poderosos, levantar a los humildes, colmar de bienes a los hambrientos, despedir a los ricos con las manos vacías (Lc 1,51). Y en palabras resumen de Mateo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resuci­tan… a los pobres se les proclama la buena noticia (Mt 11,5). El infrahumano es reconocido como persona y empieza a serlo de verdad.

2. En Marcos Jesús predica el Reino con «hechos»

Parece que ante una inflación de «palabras» en la comunidad de Marcos, éste decide no poner discursos en labios de Jesús. Jesús va a predicar el Reino con «hechos»: éstas van a ser las «palabras de autoridad» que proclamaba y que el pueblo admira (1,27). El evangelio va a ser el relato de la praxis de Jesús poniendo un límite al poder marginador del reino de Satán. Jesús actúa ya desde la «nueva situación», desde el Reino, y anima a sus oyentes a que hagan lo mismo, que empiecen a funcionar en sus vidas desde esta nueva perspectiva: pretende provocar una reacción en cadena que amplíe cada día el número de los que se miden como el Reino y no desde la pequeñez de sus egoísmos.

2.1. La primera página de Marcos

Vamos a verlo con un cierto detalle analizando la primera página del evangelio, la primera jornada de Jesús:

Notaremos en cada fragmento tres niveles: a) el histórico: vamos a procurar imaginar qué pudo pasar en los días de Jesús; b) el teológico: veremos como los recuerdos que llegan a la co­munidad de Mc, ésta los adapta para expresar un punto catequético; c) el actual: nos preguntaremos como nosotros en el s. XX re­petimos aquella manera, tan propia de Jesús, de estar entre los hombres.

2.1.1. El loco marginado de la sociedad y despreciado por todos (Mc 1,21-28)

A) Tras el fragmento del endemoniado de la sinagoga, po­demos imaginar que se conserva la historia de tantos locos dia­blillos, subnormales, endemoniados, («el tonto del pueblo»)…, a los que Jesús supo acoger incondicionalmente porque eran hombres… hijos del Padre. Esta acogida fue para ellos huma­nizadora: alguien —¡el Maestro!— les sacaba de la marginación a que el pueblo les había reducido, les reconocía al fin como humanos, como dignos de derechos, como iguales a los consi­derados «normales».

Podemos permitirnos imaginar que tras este fragmento se conserva el caso de uno que entra en la sinagoga para estar con los «normales»; pero los religiosos le echamos porque tememos que dificulte un culto digno (?). Pensamos que no tiene un puesto en la casa de Dios.

Si fuera esta la historia es fácil imaginar que Jesús debió de reaccionar:

  • Diciendo: «No habéis entendido nada, este marginado es el preferido de Dios!».
  • Valorando al hombre, dándole confianza y estima…, y el pobre desgraciado empieza a sentirse y ser persona…

Y el infrahumano se sienta al lado de Jesús reconocido como persona, como ser humano, como poseedor de derechos, como capaz de escuchar la palabra de Dios en la Sinagoga.

B) Sea cual sea la anécdota histórica que este fragmento recuerda, lo cierto es que la comunidad de Marcos ha meditado teológicamente estos «recuerdos». En este texto ha expresado la hondura del misterio de Jesús:

  • Al imperio del mal
    • Jesús le pone un «límite».
    • Lucha contra todo lo que provoca infrahumanidad.
    • El «demonio» (el orgullo, el odio, la destrucción…) se ve vencido cuando se topa con Cristo (=con el cris­tiano).
    • Protesta desesperado: «has venido a perdernos».
  • Cristo (=el cristiano)
    • Increpa con valentía al diablo de la mentira y le obliga a callar y a dejar tranquilo al hombre.
    • Pero el diablo se resiste…, y no sale sin dar cole­tazos.
    • Quien se pone con Jesús a libertador recibirá sus coletazos.
    • Ninguno de los presentes se va a enterar de que Jesús es el Cristo (así podrá continuar como el «compañero entre los compañeros»), ¡sólo la Cruz revelará su divi­nidad!).

El cristiano de la época de Marcos sí sabe que Jesús es el Santo de Dios y le adora: «¡nunca se había visto nada semejante en israel!».

C) Es fácil traducir este «milagro» al s. XX; buscar «signos» analógicos que muestren que al Reino de Satán se le ha puesto un límite1.

2.1.2. Una viejecita que renace a la esperanza (Mc 1,29-31)

A) Podemos pensar que la anécdota base sea el problema de los ancianos solitarios, tristes… Jesús se hace presente y la vie­jecita se lleva tal alegría que olvida sus males…, se pone a servirles, se siente útil.

B) La interpretación cristiana que da Marcos es la siguiente: Jesús integra al marginado. A una mujer anciana, doblemente marginada —por su ancianidad y fiebre, y por ser mujer—, se le devuelven la alegría y la capacidad de servir. (Uno podría pensar que será la primera diaconisa que sirve al que el evangelio acaba de proclamar el Santo de Dios; mientras que la mujer en Israel no puede entrar en el Templo más que hasta un cierto espacio, ahora esta mujer sirve al Sancta Sanctorum). Al poder del mal se le está poniendo un límite, es un signo del Reino!

C) También aquí es fácil traducir este signo de la llegada del Reino, del acogimiento incondicional de esta «nueva sima­ción» de la humanidad que llamamos Reino.

2.1.3. Cura a muchos enfermos (Mc 1,32-39)

Ante la puerta, cuando ha caído ya la tarde y se ha terminado el sábado se le acercan todos los enfermos, endemoniados, etc. Hay que saber ver a Jesús ante tanta pobreza humana, para todos tiene su palabra y su gesto acogedor y humanizador. En aquel pueblo la alegría del Reino va llegando.

2.1.4. El leproso de quien todos huyen (Mc 1,40-45)

A) Tal vez la anécdota que hay detrás nos habla de un Jesús que rompiendo las leyes religiosas, las costumbres y convencio­nalismos sociales…, el asco, el miedo a contaminarse…, se acer­ca al leproso. En Israel la lepra excluye del pueblo con una marginación absoluta, se perdían los derechos de ciudadanía y los derechos religiosos. El leproso era temido de una manera que tal vez nosotros podamos entender al ver las reacciones viscerales que se están dando ante los enfermos de SIDA.

B) Para Marcos la curación de la lepra es signo claro de la llegada del Reino (así habla el A.T.): se rompe la raíz de la peor de las marginaciones. El evangelista quiere dejar claro que para Jesús primero es el amor que las leyes religiosas, sociales, mo­rales…, ¡y médicas! Parece como que Jesús se admire (otros manuscritos dicen «indigna» y algunos exegetas piensan que es esta la lectura original (v. 41) porqué exista la marginación radical en el pueblo de Dios. Jesús no soporta que un israelita esté segregado de su pertenencia a la sociedad civil y religiosa de su Padre Dios.

Tras tocar al impuro, Jesús va a quedar mal visto por haber roto la ley y por haber quedado a su vez contaminado, «impuro». A partir de ahora parece que ya no puede entrar abiertamente en las ciudades.

C) Hoy en día hay muchas nuevas lepras fruto de degene­raciones físicas y morales que hacen «impuro» y marginan irre­misiblemente de la sociedad a los que las padecen.

2.2. Conclusiones

Su «mensaje», las «palabras dichas con autoridad» que ad­miran…, son la realización de la justicia, humanizar, integrar a los infravalorados, a los infrahumanos en la sociedad.

En el primer caso será un pobre loco endemoniado al cual se le devuelven todos sus derechos humanos. En segundo lugar, una mujer anciana, doblemente marginada. El tercer caso nos lo muestra ante la población entera que se agolpaba para presentarle sus enfermos y endemoniados. Todos van recuperando su hu­manidad. En el último Jesús, aunque le toque a él mismo quedar impuro, se indigna activamente por la marginación radical en el Pueblo de su Padre. El Reino se va acercando; se le está poniendo un límite al Reino del Mal.

Predicar al Padre, predicar el Reino es humanizar. Lo ex­presará más tarde Ireneo con frase lapidaria: «la gloria de Dios es que el hombre viva – la vida del hombre es la gloria de Dios». La fe es la justicia. Hay que buscar a Dios no en los espiritualismos desencarnados, sino en el dinamismo del Espíritu Santo2 presente en este Jesús que actúa en Galilea. Con la actuación de Jesús el pueblo «huele» Reino, Padre, Imagen de Dios.

Pero en esta primera página de predicación con actos, Jesús ha roto dos veces los preceptos más sagrados de la ley, ha que­brantado los «derechos» de Dios (el derecho de Dios a que se cumpla el sábado, el derecho de Dios a que su pueblo sea «puro»: «derechos» a los que era tan exigente el Dios de los piadosos israelitas). Marcos no lo propone de manera claramente provo­cativa: la primera actuación en la sinagoga es claramente delictiva para la ley de Moisés; tocar al leproso hace impuro y no permite merzclarse con el pueblo sin previa purificación. Jesús ha que­dado impuro y en «pecado» por quebrantar el sábado.

Marcos no quiere mostrar ya desde la primera página —y luego el tema recorrerá todo el evangelio— que el Dios de Jesús no se encuentra en los cultos, templos, leyes…, sino en la justicia que humaniza a los hombres, y en la entrega, la donación a fondo perdido por el hermano.

2.3. La gran polémica de Jesús con las autoridades reli­giosas (2-3,6)

Esto es de tal manera así que el capítulo siguiente va a ser una gran polémica de Jesús con las autoridades religiosas (los responsables de la religión de su Padre!). En cinco escenas nos muestra que Jesús entiende la práctica de la fe como promoción de la justicia, de la humanización, de la liberación de los mar­ginados por el pecado o la enfermedad (dos realidades a menudo tan interrelacionadas).

  • Ante el paralítico Jesús proclama que Dios es más grande que su pecado; que el pecado ya no le pesa y que puede levantarse con su camilla. Los teólogos presentes intuyen que este estilo acabará con el Templo sagrado de Dios y sus sacrificios por el pecado (Jesús no sólo perdona el pecado, sino que lo perdona en la «casa», prescindiendo del Templo el lugar del sacrificio propiciatorio por el pecado): declaran a Jesús blasfemo. Se van mostrando dos maneras de interpretar la fe que resultan irrecon­ciliables (2 , 1-12).
  • Enseguida tras rodearse de «chusma» (como Levi, el recaudador de impuestos a favor del imperialismo, —recuérdese además que los recaudadores abusaban notablemente de su au­toridad) come con ellos. (El evangelista nota que en el convite en realidad eran muchos los publicanos). Se hace «chusma»: le declaran borracho y comilón. Jesús, con la comparación del paño y los odres nuevos, les muestra que ha llegado una manera ra­dicalmente nueva de religiosidad muy distante de sus leyes de la pureza: la religiosidad de estarse con lo perdido y marginado de Israel y así recuperarlo. Este vino nuevo rompe todos los odres tradicionales (2,13-17).
  • En tercer lugar se nos muestra a un Jesús que no practica los ayunos en honor de Dios como piadoso israelita: Los «pia­dosos» le acusan de irreligioso (2,18-22).
  • La polémica acaba con dos anécdotas más en las que Jesús transgrede claramente el culto al sábado debido a Dios, porque para él es más importante el hambre de los hombres —en el primer caso—, o el brazo enfermo de una persona —en el segundo—, que los «derechos» de Dios que defienden los hom­bres religiosos de Israel (2,23-3,5).

Para Jesús la fe se coloca en la justicia, para los fariseos y herodianos en el culto.

La polémica acaba con la decisión de estos dos grupos de dar muerte a Jesús (3,6).

Lo curioso del caso (¡y podemos ver como la historia se repite!) es que los fariseos son un grupo religioso de gran calidad, de ideología de centro, fuertemente nacionalista, fiel a las más puras tradiciones de Israel. Y los herodianos son un grupo político declaradamente derechista, colaboracionista del imperialismo de los romanos; es el grupo «traidor» a Israel.

Pues bien: los religiosos nacionalistas se alían con la derecha política imperialista para matar a Jesús y suprimir esta peligrosa doctrina. A unos y a otros les interesa que lo de Dios se juegue en los cultos, en los templos… «en la sacristía». No pueden soportar una fe que encuentra a su Dios en el combate por la justicia del Reino.

3. Dos teologías de fondo

A lo largo de toda la historia de Israel se muestran dos estilos de religiosidad, dos espiritualidades. No que se presenten quí­micamente puras. Tal vez sería mejor decir que son dos talantes. Resumiendo muy brevemente:

3.1. Espiritualidad sacerdotal del culto, del Templo, de la Ley, de la pureza…

Podríamos buscar sus cimientos en la época de David y Sa­lomón. Ellos se acaban de construir un magnífico palacio y ven que su Dios sólo tiene una tienda, todavía de la época del desierto: quieren construirle un palacio soberbio a su Dios.

En ello hay un deseo profundamente religioso, la necesidad mística de adorar al Dios Misterio Inefable, y ofrecerle lo mejor que el hombre sabe construir, rodeado de oro y plata y de los materiales más nobles.

(Pero podemos suponer que hay también el deseo del Rey de quitarse escrúpulos por el palacio que se ha hecho construir con el que aparecer omnipotente ante el pueblo. Hay además un cierto deseo —consciente o inconsciente— de controlar a Dios: de tenerlo en el Templo del Rey, quien será su Gran Sacerdote, de sacarlo así de las manos de los «santones», de los místicos más liberales, de los profetas…, o de los arrebatos y caprichos del pueblo. Ahora Dios estará controlado por los eclesiásticos, una clase social definida. Hay también un deseo profundo de hacer del Dios del Templo el garante del orden establecido por la monarquía).

Sea lo que sea de las afirmaciones de este último párrafo, lo cierto es que el Dios del Templo va a ser un Dios lejano como el Monarca, encerrado en el sancta sanctorum, ante el cual hay que temblar religiosamente y adorar. Para llegar a él habrá que pasar todo un ritual de purificaciones, de sacrificios por el pecado.

Para esta espiritualidad ser santo será ser puro, cumplidor, asistir a los rituales del Templo, cumplir las leyes.

3.2. Espiritualidad profética de la justicia y la entrega

Podemos encontrar sus bases en la época del desierto. Dios vive con el Pueblo, «está con nosotros», es un beduíno como el pueblo, en una tienda, junto a las otras (por más que esté rodeada de respeto sagrado), corre la suerte de los emigrantes, etc.

En el desierto lo que produce vida es el compartir, luchar juntos por el Reino, ser justo con el hermano.

Para esta espiritualidad que recogen los profetas ser santo es practicar la justicia. Fe es primariamente justicia, ‘ que luego habrá que celebrar sin duda en la liturgia. Para la otra espiritua­lidad, Fe es primariamente culto, que puede tener sus exigencias éticas posteriores.

Los dos estilos de espiritualidad están muy bien reflejados en la descripción del tercer mandato del Decálogo, en sus dos redacciones la del Exodo y la del Deuteronomio.

En efecto para Dt 5,12-15 el descanso del sábado tiene como finalidad el reposo del trabajador que el amo le ha de conceder, igual que Dios se lo concedió a si mismo, la justicia con el trabajador. Por esto le dice al amo que recuerde que en su día él también fue esclavo de Egipto, de donde Dios le sacó.

Guardarás el día del sábado para santificarlo como te lo ha mandado Yahvé tu Dios.

Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para Yahvé tu Dios.

No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu siervo, ni tu sierva, si tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, ni el forastero que habita en tu ciudad;

de manera que puedan descansar como tú, tu siervo y tu sierva. Acuerdate que fuiste esclavo en el país de Egipto y de que Yahvé tu Dios te saco de allí con mano fuerte y brazo tenso; por esto Yahvé tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado.

Para Ex 20,8-11 el descanso del sábado tiene como finalidad el dar culto a Yahvé, consagrarle el día que Dios hizo sagrado, que se reservó para sí; Dios tiene sus derechos que el hombre ha de respetar. El día del sábado nadie tiene derecho a trabajar. Para la redacción de Dt, en cambio, los únicos derechos de Dios son que el hombre viva con plenitud, y por ello el derecho del tra­bajador al descanso, que se recuerde al amo.

Recuerda el día del sábado para santificarlo.

Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para Yahvé, tu Dios.

No harás ningún trabajo, ni tu, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahvé el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por esto bendijo Yahvé el día del sábado y lo hizo sagrado.

Jesús funciona desde el segundo talante que hemos expuesto y toma una postura tremendamente crítica ante la espiritualidad del sábado, del culto, del Templo, de la Ley.

En Mc 7 cuestionará la espiritualidad de lo puro, lo sa­grado… Asegura que lo único que hace impuro son las actitudes humanas que hieren a los otros. Todo lo demás lo declara puro (7,18-23).

4. Jesús predica el Reino en Jerusalem

Al llegar a Jerusalén se dirige al Templo. Llega para pre­dicar a Dios y la proximidad del Reino… y se encuentra con el negocio del Templo. Para el Dios del culto eran indispen­sables las mesas de cambistas (no se iba a comprar el animal puro para el sacrificio con la moneda idolatra romana, en donde aparecía la imagen del divino Augusto), era indispensable la venta de animales para que el sacerdote los sacrificara. Jesús no lo soporta. Tira las mesas, no permite cruzar la explanada del templo (,se trató de una ocupación temporal del templo realizada por Jesús y sus acompañantes galileos?). «La casa de mi Padre es para la oración», no para el negocio del culto.

Esta escena lleva a sus últimas consecuencias la manera de funcionar de Jesús que hemos descrito anteriormente. Los sacerdotes y letrados buscan como perderle. Jesús, por la noche se ha de refugiar en la semiclandestinidad que no dejará hasta que sea descubierto en el Huerto.

En la explanada del templo (Mc 12) discute nuevamente sobre la justicia del Reino, y (Mc 13) anuncia el final de este mundo y de su Templo, necesario para que pueda llegar el Reino.

Cuando intuye que puede estar cercano su fin, se reune el jueves santo en una cena con los suyos, para dejarles el tes­tamento. A partir de ahora el único culto será un pan que se rompe por los otros. En este momento supremo nos dice que en el sacramento del Reino coinciden fe y práctica de la justicia. Resumen de toda su doctrina: «Este es mi cuerpo, esta es la sangre que se derrama por vosotros…» (14,22-26).

Al morir con un grito fuerte en los labios (grito que recoge toda la tragedia y desesperación de la humanidad) el velo del Templo se rasga. A partir de ahora el Sancta Sanctorum ya no recoge la presencia de Dios. La presencia de Dios está en aquel cuerpo muerto —solidario de todo dolor y de toda tragedia humana. Ahora, el Centurión reconocerá la presencia de Dios en este cuerpo «entregado» (15,39).

Es el fin de la espiritualidad del culto y el inicio de la espiritualidad de la entrega. O mejor, en la Eucaristía las dos espiritualidades se han fusionado: el único culto cristiano es el que es memorial real de la entrega de Jesús y de la entrega de los hombres.

Así, con estos gestos y con pocas palabras, el Jesús de Marcos ha continuado explicando en Jerusalem que el Reino es irrenunciable, que se nos acerca, que hemos de dejarle a Dios que lo traiga, que hemos de seguir la dinámica de hu­manización que él ha ido mostrando desde Galilea.

5. Cómo tener la experiencia mística del Cristo resucitado

5.1. Previo: el hecho de los panes (6,30-52)

En el desierto donde Jesús predica, los discípulos han apren­dido ya a descubrir el hambre de la gente. Se presentan a Jesús para decirle: «no tienen pan» y sugerirle que despida a la gente para que vayan a comprarlo. Pero han de dar un paso más para comprender a Jesús.

Lo vamos a ver en un diálogo precioso entre Jesús y los discípulos sobre la solidaridad del reino:

  • «Dadles vosotros de comer» / «¡Se necesitaría medio ario de jornal!».
  • «¿Cuántos panes hemos traído para nosotros?» / Jesús los bendijo y partió, y los discípulos los repartieron.

Comieron todos y sobraron doce canastas, como para ali­mentar a las 12 tribus. Cuando los pobres lo poco que tienen lo reparten, basta y sobra. Es el milagro de la solidaridad: el Reino ha llegado en el desierto. Dios se ha hecho presente.

Los discípulos, y quizá el pueblo, parece que quieran ma­nipular la situación (Jn 6,15 —paralelo a Mc 6,45— nos dice que le quieren hacer Rey; él les solventará los problemas. Jesús con el milagro de la solidaridad debió de pretender hacer brotar la solidaridad entre los hombres, no la solución facilitona de que otro «nos saque las castañas del fuego»). Sea lo que sea, Jesús les despide a toda prisa con una cierta dureza y marcha a orar. No han entendido.

Por la noche en medio del mar encrespado se acerca Jesús a los discípulos en una aparición pascual anticipada. Pero su pre­sencia de Señor Resucitado, Rey del Universo, sólo les causa perplejidad. El evangelista indica: «es que tenían ofuscado el entendimiento, tampoco habían comprendido lo de los panes» (51-52). Si no entendieron que en la entrega, en la solidaridad está Dios presente, el reino llega…, ¿cómo podrán reconocer su presencia en una aparición de la gloria de Jesús? No hay fe posible en el Resucitado si no se le ha visto antes en la práctica de la justicia.

5.2. Mc no tiene apariciones pascuales: «En Galilea le veréis» (Mc 16)3

Aunque conozca las tradiciones de apariciones del Resuci­tado, Marcos no quiere dar razón de ellas en su evangelio (el apéndice de Mc 16,14-20 es un añadido redactado a mitad del s. II en donde se resumen las diversas apariciones que traen Mateo, Lucas y Juan). Parece que éste es uno de los intentos importantes de su teología. Como correctivo a ciertos espiritua­lismos de su comunidad, el evangelista quiere expresar que al Señor resucitado se le reconoce —como el Centurión— a los pies de la cruz, o se le encuentra cuando el discípulo vuelve a Galilea y allí recomienza al lado del Señor Jesús el combate por el reino, el combate por anunciarlo y hacerlo presente con obras (milagros) análogas a las de Jesús y siguiendo una suerte análoga a la suya. Entonces, día tras día, uno va reconociendo que Jesús es el Señor, el exaltado a la derecha del Padre.

Cuando las mujeres van al sepulcro encuentran al Angel de Dios (=la presencia de Dios) que les anuncia:

«el crucificado ha resucitado…, irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis».

Pero las apariciones de ángeles (la fuerza) de Dios no pro­vocan la experiencia mística de la resurrección. Sólo les va a provocar perplejidad, miedo y huida. («Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo»: con estas palabras tan llenas de perplejidad acaba el evangelio (v. 8). Las mujeres continúan en la incredulidad.

La tesis teológica de Marcos es que la comunidad de Jesús sólo se reencontrará con el Resucitado cuando vuelva a Galilea y reemprenda su causa; allí le verán. Allí día a día irán experi­mentando que el Señor vive y está sentado a la derecha del poder de Dios; que con él el Reino ha empezado.

Marcos repite de nuevo el tema que hemos citado en 5.0. En el anuncio del Reino con «hechos», en la solidaridad, en el recuperar a los marginados para la sociedad, en la lucha por la justicia…, se muestra la gloria de Jesús. Si no se ha acompañado previamente a Jesús en la misión de anunciar el Reino, de des­demonizar, de ir estableciendo una comunidad de solidaridad… cualquier aparición pascual será incomprendida; a lo máximo, como a los discípulos en la barca, la aparición les parecerá un fantasma.

El evangelio de Mc no termina, pues, con la visión pascual de Jesús, sino con el reto de volver a Galilea en donde pro-seguir el combate de Jesús. Allí le verán, allí se les mostrará su gloria. La experiencia mística de Cristo resucitado se da en la lucha por el reino y su justicia.

  1. Remito a la ponencia de J. N. García-Nieto, y a todo su análisis del paro, la pobreza y la marginación de nuestro mundo actual. Y en concreto a sus publicaciones en los «Cuadernos Cristianisme i justicia»: Paro, trabajo, planificación de futuro (n. 8): Pobreza y exclusión social (n. 20).

    El reto de nuestro final de s. XX es realizar «milagros» en este ámbito. Estas serían las «palabras de autoridad» que la comunidad eclesial debería de realizar en medio de nuestro mundo para mostrar que el reino es irrenunciable, aunque los aires que respiremos sean de desmarcarse de todo ello.

  2. Ver Buscar a Dios no en el espiritualismo, sino en el Espíritu. Manifiesto contra un cristianismo espiritualista, «Cuadernos Cristianisme i Justicia», n. 21.
  3. Ver el estudio de X. Alegre en el libro citado ¿Naufragio de Utopías?

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