La formación permanente (desde ahora: FP) no es un fin en sí mismo, es un medio. Mantiene una estrecha relación con la pastoral, los diversos apostolados y ministerios de los vicentinos. La FP alimenta y sustenta la globalidad de la misión. Más aún, proporciona consistencia y seguridad al misionero en cuento cristiano y vicentino, en orden al servicio. La FP es un conveniencia, una urgencia, mejor, una necesidad. No es una moda que en un momento determinado se lleva todo por delante, para pocos años después caer en el olvido. Diversos factores llaman hoy a la puerta de la FP. Lejos de mí enumerarlos todos. Señalo algunos: los sucesivos e imparables cambios sociales, el avance global de las ciencias y las técnicas, el repunte de una nueva sensibilidad religiosa y humanista en el caso de los fieles a los que atendemos y la evolución de la ciencia teológico-pastoral que se lleva a cabo en el seno de la Iglesia. Otros factores nos piden formación permanente: la necesidad de ponernos al día y de ser más eficaces en nuestras empresas apostólicas. Pero el motivo primero para dar cabida a la FP lo encontramos en la necesidad de crecer vocacionalmente en cuanto cristianos y vicentinos. En otros términos, la FP viene exigida por la fidelidad a la vocación. Tan interesante cometido se logra a base de sucesivos éxodos y de un proceso ininterrumpido de conversión.
En la XXXII Semana de estudios vicentinos escuchábamos las siguientes proposiciones: «Ya no se trata tanto de estar actualizado, cuanto de capacitarse para responder adecuadamente a la gracia de la vocación. La FP aparece así como una continuación natural y necesaria de aquel proceso de de estructuración de una personalidad cristiana que se inició en el bautismo y se concretó en nuestra vocación. Tiende, por lo tanto, la FP a mantener vivo un proceso general e integral de constante maduración mediante la profundización tanto de los diversos aspectos de la formación (humana, espiritual, apostólica, profesional y vicentina) como de su específica orientación vital e íntima a partir de la vocación de evangelizar y servir a los pobres y en relación con ella».
Según esto, la FP sirve para actualizarnos y responder a la gracia de la vocación, en continuación con la vida cristiana, iniciada en el bautismo y corroborada en nuestra vocación particular. Pretende la FP animar de continuo un proceso integral de crecimiento a base de cultivar las diversas dimensiones: humana, espiritual, intelectual-profesional y apostólica, sin olvidar el eje vicentino. específico nuestro.
La FP se lleva a cabo a través de ciertos medios ordinarios o extraordinarios. Lo que sucede es que la FP por su propia dinámica resulta compleja: se adquiere al ritmo de los días y de las ocupaciones ordinarias, de los meses y de los años. La FP es a la vez intervención de Dios en nosotros y tarea humana. Pide que nos dejemos moldear por el Señor a fin de nacer nosotros a una vida nueva. Es, como queda dicho, cosa de todos los días, sin interrupciones ni saltos en el vacío.
El Magisterio se pronuncia
En muy diversas circunstancias y momentos el magisterio eclesial nos ha ofrecido sabias orientaciones sobre este particular. En un punto coinciden las diversas intervenciones: en la necesidad y la urgencia de dar cabida a la FP. Veamos algunos pasajes que testimonian el interés de los papas y obispos sobre este asunto.
Exhortación Apostólica: «Pastores dabo vobis». Juan Pablo II firmó este documento el 25 de marzo de 1992, solemnidad de la Anunciación del Señor. Son sus destinatarios los obispos, el clero y los fieles. Trata de la formación de los sacerdotes. Los contenidos de la exhortación se encuentran distribuidos en la introducción, seis capítulos y la conclusión. Las indicaciones a la FP quedan recogidas en el capítulo VI, n. 70, que lleva el siguiente título: Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti. A partir de estas palabras de Pablo a Timoteo encontramos no pocas y atinadas indicaciones sobre el tema que nos interesa. Los sacerdotes se forman de continuo «en razón del don de Dios que han recibido con la ordenación sagrada». Con la ordenación sacerdotal se confia al presbítero «un ministerio pastoral que… es también permanente». «De esta manera la FP encuentra su propio fundamento en… el dinamismo del sacramento del orden».
A continuación la Exhortación Apostólica nos ofrece otros motivos para cuidar la FP: «es una exigencia de la realización personal progresiva, pues toda la vida es un camino incesante hacia la madurez»; es también una exigencia del ministerio sacerdotal ya que no hay «cargo o trabajo que no nos exija una continua actualización, si se quiere estar al día y ser eficaz». Por otra parte, con el sacramento del orden el nuevo presbítero comienza a dar una respuesta que «deberá renovarse y reafirmarse continuamente durante los años del sacerdocio». El documento que comentamos sigue proponiendo nuevas razones, unas teológicas y otras prácticas, para valorar al FP. La hemos de considerar como un acto de «fidelidad al ministerio sacerdotal y como un proceso de continua conversión». También es «un acto de amor al pueblo de Dios, a cuyo servicio está puesto el sacerdote». Más aún, es un acto de justicia, pues el pueblo de Dios tiene derecho a que el sacerdote le sirva con acierto la palabra de Dios. Termina el n. 70 de la Exhortación diciendo que «la FP es una exigencia intrínseca del don del ministerio sacerdotal recibido».
Otros documentos posteriores del Magisterio eclesial se han pronunciado en términos parecidos. Nos limitamos a recordar el autor, el título y la fecha. La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, 2 de febrero de 1994, ofrecía al público un documento con el título siguiente: La Vida fraterna en comunidad. Los números 43-46 atribuyen a la FP no pocos frutos: en general la renovación de la vida comunitaria y más en concreto la formación de «comunidades maduras, evangélicas, fraternas, capaces de continuar la FP en la vida diaria». El encuentro con el carisma del Fundador se debe también en buena medida a la FP.
La Exhortación Apostólica: Vita Consecrata, de Juan Pablo II, dada a conocer el 25 de marzo de 1996, también incluye en sus páginas sabias orientaciones sobre la FP. Comienza diciendo que «el objeto central del proceso de FP es la preparación de la persona para la consagración total de sí misma a Dios en el seguimiento de Cristo, al servicio de la misión» (n. 65). La FP afecta a la totalidad de la persona en todo su proceso vital. Se ha de proporcionar a cada sujeto: «una preparación humana, cultural, espiritual, pastoral, poniendo sumo cuidado en facilitar la integración armónica de los diferentes aspectos» (n. 65). El proceso de formación «no se reduce a la fase inicial… que debe engarzarse con la FP». Refiriéndose a las diversas agrupaciones este documento pide que «cada Instituto incluya, como parte de de la Ratio Institutionis, la definición de un proyecto de formación permanente lo más preciso y sistemático posible» (n. 69). A continuación la Exhortación nos recuerda la conveniencia de una buena FP en las diversas fases de la vida: en los primeros años de apostolado, durante la edad madura e incluso avanzada. Termina la Exhortación con una consideración sobre las dimensiones de la FP: espiritual, humana y fraterna, apostólica, cultural, profesional y carismática propia (n. 71).
Otra Exhortación Apostólica, dada a conocer por Juan Pablo II el 30 de diciembre de 1988, la Christifideles Laici, contiene alusiones a la FP de los laicos. Las diócesis se emplearán a fondo en la formación de los laicos, considerando este menester como una prioridad (n. 57). La FP intelectual, en sus diversas dimensiones: humana, espiritual, doctrinal, a tono siempre con la propia condición laical, es responsabilidad de la Iglesia universal y local.
Las Asamblea Generales de la Congregación de la Misión también han insistido sobre este particular. La AG de 1986 suscribió estas afirmaciones: «La FP es absolutamente necesaria en un mundo y en una Iglesia que camina constantemente. Nos capacita para estar presentes como sacerdotes y hermanos en la misión de este mundo e Iglesia de hoy. Es, además, indispensable para conservar nuestra identidad vicentina y para hacer eficaz la proclamación del evangelio» (n. 29).
La AG de 1992 incluyó entre las diversas conclusiones la siguiente: «Que la C. M y cada provincia se comprometan a elaborar, lo más pronto posible, proyectos de FP, que sean también caminos de conversión, de tal forma que ayuden a los misioneros a profundizar el carisma y la vocación vicentina y a acrecentar su nivel de competencia para la Nueva Evangelización» (Hombres nuevos, n. 4).
Por su parte la AG de 1998 en muy diversos lugares del documento final trae a colación la FP de los misioneros y de los diversos colectivos de la Familia Vicentina, tarea ésta que exigirá de nosotros una pronta y sistemática colaboración. Finalmente, la AG de 2004 en grado menor afirma que los misioneros de la C. M. estamos llamados a «promover los grupos de la Familia Vicentina en nuestra obras, ofreciéndoles una sólida formación vicentina» (Fieles a nuestra vocación, p. 10).
De la documentación eclesial y congregacional invocada anteriormente se deducen algunas conclusiones:
La FP es abarcante, más amplia que la simple adquisición de conocimientos durante un tiempo dedicado al estudio.
Se forja viviendo con intensidad y coherencia el día al día de nuestra vida cristiana y vicentina.
No se circunscribe a un período de la vida, sino a todo el proceso vital.
La FP pretende alcanzar una meta: que los misioneros sean decididos seguidores de Cristo, pasen a ser hombres nuevos, en orden a la misión.
La FP viene exigida por la necesidad de conservar viva la identidad vicentina.
Algunas puntualizaciones
Las proclamas, a veces un tanto voluntaristas, y las buenas intenciones no bastan. A pesar de todo lo anteriormente dicho, la FP en no pocas ocasiones se asume con poco entusiasmo. A veces entramos en ese territorio buscando únicamente resultados prácticos de carácter puramente funcional. En ocasiones la FP es urgida desde arriba y no tanto por los miembros de pie. En otras ocasiones es vista no como una oportunidad, sino como una carga. Todas estas corruptelas habría que superarlas.
La formación dura toda la vida
La formación inicial es para nosotros fundamental. Nos marca para el resto de nuestra vida. Pero la formación inicial no basta. No vale vivir de rentas. Los huertos si nos se cultivan a diario producen espinas. El adelgazamiento de la FP nos conduciría sin duda al campo de la inercia, a la jubilación anticipada y al repliegue personal. La FP trata de invertir esa dinámica y así superar una visión reductiva de la persona, en este caso del misionero. Sin FP nos quedaríamos cortos y amedrentados ante el curso que toma la vida de la calle.
La vocación cristiana exige formación permanente
La respuesta de fe a la llamada de Dios no es cosa de un día. Es más bien un proceso, un seguimiento continuado de Jesucristo. Requiere sucesivas adhesiones al Señor. Sólo así se llega al final del camino. El ascenso hacia la cumbre de la identificación con Cristo viene exigido por el dinamismo inherente a la vida cristiana. La fe en nada se parece al agua estancada, es agua viva. De ahí la necesidad de una formación permanente ininterrumpida y gradual, en orden a lograr una meta en lo concerniente al seguimiento de Jesucristo. El que no avanza retrocede.
La formación permanente se fragua en la vida diaria
No podía ser de otra manera. La vida diaria es un libro abierto en el que un día y otro también escribimos nuevas páginas. En sus páginas blancas consignamos las sucesivas y heterogéneas respuestas que vamos dando al Señor en lo concerniente a la oración, celebración de la fe, trabajo, estudio, convivencia fraterna, anuncio de la palabra de Dios, y servicio. La vida diaria es el hogar de la formación. En su ámbito crecemos y nos realizamos. No se vislumbra otra posible alternativa.
La formación permanente proporciona vida nueva
Todo ser humano experimenta en sí mismo una tensión entre las tendencias al bien y a al mal, entre las aspiraciones a la santidad y la inclinación al pecado. Somos, de hecho, santos y pecadores. La FP no se contenta con detectar y presenciar esa confrontación que nos afecta y esa ambigüedad que nos envuelve. La FP pone en pie las condiciones adecuadas para descubrir las opciones falsas, las desviaciones y las parcialidades. Y, esto supuesto, para aplicar con paciencia y perseverancia los remedios adecuados en orden al crecimiento y la preponderancia de la vocación cristiana. Es por eso que la FP alcanza el rango de mediación imprescindible para dar el paso a una vida nueva.
Algunos ingredientes y disposiciones requeridas para la formación permanente
Puestos a definir la FP diríamos que es un proceso de conversión y crecimiento integral que, una vez concluida la formación básica, se prolonga de por vida.
Enumeremos algunas disposiciones personales que la hacen posible:
- En primer lugar la disponibilidad para recibir orientaciones y lecciones provenientes de los demás y del mundo que nos rodea.
- Es necesaria, además, no poca apertura para dejarse remodelar por la vida. Aquí entra en juego la libertad interior de cada persona..
- Percatarse de que cada uno es responsable primero de la propia formación permanente.
- Aprovechar los medios y las oportunidades al alcance de cada cual. Vivir de continuo en estado de formación.
- Ver con realismo las carencias y flaquezas personales a este respecto e intentar superar de buen grado las inercias que tal vez nos afectan.
- Asumir algún método en ayuda de las etapas sucesivas de la vida.
- Elaborar, ya sea la comunidad provincial ya sea la comunidad local, un proyecto de FP que ampare a la persona particular en tan notable tarea, como es el viaje hacia la madurez cristiana.
- Avanzar y avanzar el la FP, teniendo en cuenta la etapa de la vida en la que cada uno se encuentra, lejos lo mismo de la nostalgia del pasado que de un futuro ilusorio.
Dimensiones de la formación permanente
La FP, válida y eficaz, ha de afectar a la globalidad de la vida del misionero, en equilibrio y en armonía. Los humanos somos una entidad única y unida. Sin embargo, al diseñar los caminos adecuados para avanzar por ellos hacia la formación, aun respetando la unidad de la persona, nos vemos obligados a señalar diversas dimensiones de la formación. La Ratio Formationis Vincentianae para el Seminario Mayor de la Congregación de la Misión, publicada en 1988, da nombre a seis dimensiones. El apartado II lleva este título: El eje vicentino de las cinco dimensiones de nuestra formación. Tratándose en nuestro caso, no de la formación inicial, sino de la formación continua, el reparto en dimensiones permanece invariable. Hoy los tratadistas e incluso el Magisterio eclesial siguen refiriéndose a las cinco consabidas dimensiones; en nuestro caso también a la dimensión vicentina.
Formación vicentina
Nos corresponde impregnarnos día a día del carisma de san Vicente, echando mano de los diversos instrumentos, ordinarios o extraordinarios, que tenemos al alcance de la mano: la consulta frecuente de los escritos del Fundador y el aprecio positivo a la tradición vicentina. Hoy disponemos de medios adecuados en orden a la FP vicentina: cursos, jornadas, retiros, semanas vicentinas, celebraciones de las fiestas propias y e incluso de una vida comunitaria inspirada por un mismo ideal vicentino. Por otra parte, contamos con bibliografía abundante y de calidad. La lectura orante de las conferencias de san Vicente y de las Constituciones produce en nosotros efectos muy positivos. Estos medios, bien aprovechados nos ayudan a ir perfilando nuestra propia identidad vicentina dentro de la Iglesia.
Formación humana
Se ha dicho que el hombre cuando nace es un diamante en bruto, pero diamante. Esa materia prima, bien remodelada, dará lugar a una obra de arte de valor incalculable. Algo parecido sucede con el hombre. Bien orientado, alcanza un alto grado de madurez y libertad. A este fin conviene comenzar reconociendo los propios dones y carencias, las cualidades y las deficiencias personales. Es de sabios conocerse con libertad en lo positivo y en lo negativo. Se han de sopesar las aptitudes corporales, espirituales e intelectuales. También las limitaciones: temores, reacciones defensivas, cerrazón, capacidad o no de escucha, amor o no a la verdad y capacidad o no de iniciativa. Supuesto este primer paso, la formación humana intentará por un parte impulsar el desarrollo de los dones recibidos de Dios y por otra ayudar a la persona a superar las limitaciones propias. La formación humana permanente pone y refuerza los fundamentos sobre los que se asentarán las demás dimensiones de la persona y de la formación.
Formación espiritual
La vida espiritual intenta alcanzar una meta: revestirse de Jesucristo. Toca a cada uno poner en práctica los medios adecuados. Entre estos se encuentra la apertura a las inspiraciones el Espíritu Santo, profundizar en la consagración bautismal, asimilar el misterio de la muerte y resurrección de Cristo y participar en las prácticas espirituales: oración personal y comunitaria, liturgia de las horas, lectura orante de la palabra de Dios, eucaristía y búsqueda del perdón de Dios, honrar e imitar a la Madre de Dios.. Por otra parte, la contemplación de Jesucristo evangelizador de los pobres es pieza fundamental de la espiritualidad de un vicentino.
Formación apostólica
El fin de la Congregación de la Misión es seguir a Jesucristo evangelizador de los pobres. Las energías del misionero vicentino se orientan en esta dirección. De ahí que hayamos de estar siempre en disposición de aceptar la misión pastoral de la Congregación. En la práctica, habrá que servirse de los medios aptos para alcanzar este fin: amor desinteresado a los humildes, preferencia clara por el apostolado entre los pobres, sentido comunitario de las obras, cierta participación en la condición de los pobres, conciencia crítica de las causas de la pobreza, actualización de los métodos pastorales y colaboración con los laicos, e sintonía siempre con la iglesia local. En la actualidad son notorios los cambios rápidos experimentados por la sociedad en sus diversas vertientes: cultural, social y de costumbres. El misionero vicentino procurará con toda diligencia examinar esa realidad cambiante. Su apostolado dependerá en buena medida de la aplicación de métodos adecuados a la nueva situación. La FP en lo concerniente al apostolado afecta a los misioneros de todas las edades, jóvenes, adultos y entrados en años.
Formación intelectual
La formación inicial nos marca para siempre. Pero no basta. No podemos vivir de las rentas. Necesitamos de continuo un suplemento de FP en el campo de los saberes teológicos y pastorales. De ahí la conveniencia de incidir en la parcela de la formación intelectual y profesional. Un ejemplo aclara lo que decimos. Hoy no nos es permitido hablar a los fieles acerca de Dios y de las antaño llamadas verdades eternas en los términos y con los tonos que lo hacían nuestros misioneros y formadores del Seminario Interno. Podríamos aducir otros ejemplos. Tengamos en cuenta, por otra parte, que la conceptualización de la teología y la nomenclatura en uso han experimentado cambios significativos. Puestos a concretar me aventuro a sugerir un esfuerzo suplementario de formación en los siguientes bloques: la asimilación con mayor claridad del misterio de Cristo, la comprensión actualizada de la palabra de Dios, un conocimiento global y renovado de la doctrina católica, más y mejor conocimiento teórico y práctico de la liturgia y una ulterior reflexión sobre la doctrina social de la Iglesia. Sin olvidar, por supuesto, las nuevas metodologías pastorales y las técnicas al servicio de la evangelización. En la actualidad contamos con medios para efectuar una formación continua eficiente: el estudio personal, la asistencia a cursos de muy variada índole, el intercambio con otros presbíteros y la lectura de libros y revistas bien seleccionados. Hoy se nos pide una sensibilidad abierta para percibir las nuevas situaciones en lo referente a los avances en la ciencia teológica y a la espiritualidad. No quepa la menor duda que sin suficiente formación permanente nos sentiríamos relegados y distantes de los foros en los que se fraguan las sucesivas innovaciones
Conclusión
De lo dicho hasta ahora se deduce que la FP no es algo puntual, esporádico, extraordinario. Se trata de un proceso de crecimiento continuado que nos acompaña de por vida. Tampoco tiene como fin único acumular conocimientos, dejando al margen el desenvolvimiento de otras vertientes de nuestro ser. El crecimiento, y la FP que lo apoya y hace posible, viene exigido por la vocación cristiana y vicentina que pide respuestas en fidelidad. Viene requerido incluso por la condición propia de todo ser vivo. Quien no avanza retrocede. En la actualidad calificamos a la escuela de la vida diaria, con sus proyectos, actividades, situaciones y vivencias, de lugar apropiado para la formación permanente. En ese ámbito se fragua el recorrido hacia la madurez vocacional. Hablamos, por supuesto, de la vida del misionero en sus diversas fases: joven, adulto, anciano. Todo momento es apto para crecer en cuanto cristianos y vicentinos a base de una formación permanente de calidad.






