1. La humildad a ejemplo de Cristo, Adorador del Padre

Nuestra espiritualidad de Hijas de la Caridad se caracteriza ante todo por una actitud profunda de acogida de la presencia de Cristo Resucitado antes de ser un obrar. Se enraíza en una fe viva en su presencia, ya que continúa encarnándose en la historia de los hom­bres, en la realidad sencilla de las alegrías y penas cotidianas, así como en las Sagradas Escrituras y en los Sacramentos.

La acogida del Espíritu de Jesucristo

Lo esencial de nuestra espiritualidad está en esta actitud de «vaciarnos de nosotros mismos para llenarnos de Dios» y «revestirnos del espíritu de Jesucristo» (SV XII, 107 / ES XI, 236). En nuestra vida cotidiana, nos entregamos a Dios, nos disponemos a acoger su Espí­ritu para vivir en comunión profunda con Él a fin de servirle en los Pobres.

Depender del Espíritu Santo es dejarle crear en nosotras la seme­janza con Cristo humilde, sencillo y caritativo (cf. C 1,10; 2,3). «Mis queridas Hermanas, entregaos a Dios para hacer bien lo que vais a hacer. Pedidle el espíritu de su Hijo, para que podáis ejecutar vuestras acciones, lo mismo que él ejecutó las suyas…» (SV IX, 534 / ES IX, 498). «Dios quiere que las Hijas de la Caridad se dediquen especial­mente a la práctica de tres virtudes, la humildad, la caridad y la sen­cillez» (SV IX, 596 / ES IX, 537).

Los tiempos de oración personal y comunitaria son tiempos pri­vilegiados para contemplar a Cristo encarnado y acogerlo tal como se revela en el Evangelio y en la vida de hoy, especialmente en la vida de los Pobres. Con un espíritu de humildad, reconocemos el Amor del Padre que no cesa de salir a nuestro encuentro, de unimos a Él. Nos dejamos encontrar por Cristo Servidor, aprendemos con Él a mirar el mundo como Él y a entrar más en su humildad y su caridad.

Una mirada de fe sobre las personas y los acontecimientos

La humildad es esta actitud del corazón que nos orienta hacia Dios, hacia los demás. Desarrolla en nosotros una capacidad de diri­gir una mirada de fe que conduce a descentramos de nosotros mis­mos con una dinámica positiva ya que nos ayuda a reconocer la presencia operante del Padre en la persona y en la vida de los Pobres. A ejemplo de los Fundadores, vivimos un auténtico encuentro con Dios al encontrar y servir a los Pobres. «Sirviendo a los Pobres, se sirve a Jesucristo» (SV IX, 252 / ES IX, 240). Cuando acogemos a los Pobres, acogemos al Señor tal como se deja ver hoy en nuestro mundo.

Nutridas por la oración y por la Eucaristía, en la que descubri­mos el cuerpo del Señor en los signos de los Pobres y sencillos de la Palabra, del pan y del vino bajo los que Él se presenta, aprendemos a reconocerlo más en el cuerpo y el espíritu de los más pobres así como en la opacidad de tantas situaciones difíciles en que vivimos: «En una mirada de fe ven a Cristo en los Pobres y a los Pobres en Cristo, y se esfuerzan por servirle en sus miembros dolientes ‘con dul­zura, compasión, cordialidad, respeto y devoción»‘ (C 1,7). «Dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son esos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre…» (SV XI, 32 / ES XI, 725).

En la Fe, cualquiera que sea su tipo de pobreza, estamos invita­das a contemplar en el rostro de los Pobres humillados y desfigura­dos el rostro del Crucificado: Jesucristo pobre, humillado y desfigu­rado por su Pasión. Creemos que Jesús Resucitado continúa deján­dose ver en todo hombre herido por la vida (heridas físicas, psicoló­gicas, afectivas, morales, espirituales). ¡Habiendo acogido su Espí­ritu, podemos, como Tomás, reconocerlo como «Mi Señor y mi Dios» y decir con San Vicente: «Ellos son nuestros Amos y Señores». Al vivir esta actitud de fe que consiste en reconocer y acoger a Cristo encar­nado en la oración, en los acontecimientos y la vida de los hombres, nos convertimos en «Adoradoras del Padre» y hacemos de toda nues­tra vida un lugar de unión con Dios.

  1. La sencillez, siguiendo a Cristo Servidor del Designio de Amor del Padre

La C. 2,1 dice: «La imitación de Jesús Servidor es el fundamento que San Vicente y Santa Luisa proponen a las Hermanas para vivir como buenas cristianas, para ser buenas Hijas de la Caridad». La C. 2,2 insiste: «Contemplan a Cristo en el anonadamiento de su Encarnación Redentora, maravillándose de que ‘Dios, en cierto modo, no pueda o no quiera estar nunca separado del hombre'». «Del Hijo del Hombre aprenden a revelar a sus hermanos el Amor de Dios por el mundo ».

Una actitud de siervas para continuar la misión Cristo Servidor

Nuestro ser de Hijas de la Caridad debe traducir, prolongar en nuestro tiempo, el ser de Servidor de Cristo. Por eso nuestra espiri­tualidad de Hijas de la Caridad no se expresa solamente por una aco­gida, sino también por una actitud, un ser de siervas. Al contem­plar la actitud de Cristo, Servidor del designio de Amor del Padre, aprendemos progresivamente a tratar de no hacer más que lo que le agrada y desear hacer su voluntad a la manera del servidor. Esta virtud de la sencillez nos conduce a ser cada vez más Siervas del Designio de Amor del Padre, tratando de ir rectas a Dios con un comportamiento que sea legible para todos. La C 2,2 dice: «Se esfuer­zan por ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu, convencidas de que llegarán a ser instrumentos de sus obras sólo en la medida en que le sean fieles. Luisa de Marillac… deseaba que la Compañía fuese depen­diente del Espíritu Santo, para que pudiera realizar el designio de Amor del Padre y dar testimonio del Hijo Resucitado».

Esta actitud del corazón que nos hace buscar la voluntad de Dios nos ayuda a descubrir más profundamente el misterio de la Cruz de Cristo y nos lleva a seguirle en sus combates, en sus sufrimientos, a través de resoluciones concretas y de la práctica de los Consejos Evangélicos. Nos esforzamos por tender hacia el gesto de Jesús que se entrega totalmente al Padre para salvar a los hombres. La virtud de la sencillez nos recuerda que lavar los pies de los Pobres con humildad no es posible más que si vivimos en comunión constante con Jesús Servidor.

  1. La Caridad, a ejemplo de Cristo Evangelizador de los Pobres

Nuestra misión de Hijas de la Caridad prolonga, en nuestro tiempo, el misterio de la Encarnación redentora, es decir, el compro­miso de Dios en la historia de los hombres. Por eso nuestra espiri­tualidad de Hijas de la Caridad no se expresa solamente por una acogida y un ser de siervas, sino también por un actuar.

Enraizadas en Cristo Servidor que es «la fuente y el modelo de toda caridad» (C 2,1 – último §; C 1,4), al tratar de dejarle crear en nosotras su semejanza, podemos servirle en la persona de los Pobres. Toda nuestra vida expresa «el estado de caridad» de la que Cristo es la fuente y el modelo. El amor inseparable a Dios y al prójimo que se expresa en nuestro servicio a los Pobres, da todo su sentido a nuestra vocación. Ser «siervas de los pobres» no es el acto de un momento, sino que nos introduce en un «estado de Caridad» (C 2,9 § 1) que engloba toda nuestra vida. No hay que confundir caridad con gene­rosidad o incluso con solidaridad. La caridad es a la vez visión de fe y puesta en práctica del amor de Dios.

Servir a todo el hombre y a todos los hombres

«Apóstoles de la Caridad», somos enviadas por Cristo junto a los pobres para prolongar su obra de liberación y manifestarles con ello su rostro de amor. La caridad de Cristo crucificado nos apremia a amar a todo hombre y a «ayudarle a realizar su vocación de hijo de Dios», como dice la Constitución 2,3.

El servicio a todo el hombre

Cuando Jesús Resucitado se apreció a los Apóstoles, «les mostró sus manos y su costado» (Jn 20,20). Después dijo a Tomás: «Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo sino creyente…» (Jn 20,27). Como Tomás, estamos llamados a acercarnos a Cristo acercando nuestras manos a las heri­das de los hombres, a tener en cuenta sus sufrimientos y a socorrer­los poniéndonos a su servicio en la actitud de Cristo Servidor. Ani­madas por la Caridad derramada en nuestro corazón por el Espíritu Santo, unimos el servicio corporal y espiritual.

El servicio a todos los pobres

La Caridad de Jesús crucificado nos apremia a servir a todos los Pobres sin excepción, ni de personas, ni de lugares, dando «la prio­ridad… a los verdaderamente pobres» (C 1,8 § 2): «Tenéis una voca­ción que os obliga a asistir indiferentemente a toda clase de personas, hombres, mujeres, niños y en general a todos los pobres que os nece­siten» (SV X, 452 / ES IX, 1010). Este servicio se vive en la recipro­cidad del intercambio: nos evangelizamos mutuamente. Los Pobres nos evangelizan, nos interpelan, nos dinamizan.

  1. María, maestra de vida espiritual

María, primera cristiana, Consagrada por excelencia

Se sitúa en el punto de partida y en el centro mismo del Misterio de la Salvación. Su misión fue hacer entrar a Cristo en la historia humana. Y naturalmente, nuestras Constituciones nos recuerdan el lugar que Ella ocupa en nuestra vida de Hijas de la Caridad: «Quien quiere seguir a Jesucristo, encuentra a la que lo recibió del Padre. María, la primera cristiana, la consagrada por excelencia, está presente en la vida de la Compañía desde sus comienzos» (C 1,12).

Nuestros Fundadores descubrieron y contemplaron el lugar que María ocupaba en el corazón de Dios, especialmente a través de los textos de la Anunciación y de la Visitación. Al ver en María la sierva por excelencia del Señor, ven en su persona a la que podía indicarnos mejor cómo realizar nuestra vocación, puesto que su presencia es totalmente evangélica. «… que actúen como se imaginarán que podía actuar la santa Virgen; que consideren su caridad y su humildad, y que sean muy humildes ante Dios y cordiales consigo mismas, bienhecho­ras para con todos… » (SV I, 514 / ES I, 509).

La Constitución 2,16 nos invita a tomar a María como maestra de vida espiritual. María es maestra de vida espiritual no solamente en el aprendizaje de una vida de unión con Dios sino también en el de un compromiso total de sierva. Por eso, la Constitución 1,12 podría parafrasearse así: «Quien quiere seguir a Jesucristo, Adorador del Padre, Servidor de su Designio de Amor y Evangelizador de los Pobres, encuentra a María, Inmaculada, Adoradora del Padre, Sierva de su Designio de Amor y… Madre de misericordia y Esperanza de los pequeños, o Evangelizadora de los pobres».

María Inmaculada, Adoradora del Padre

El texto de la Anunciación nos confirma la relación de María con el Señor: «llena de gracia», «el Señor está contigo». Vacía de todo lo que no es Dios, María nos muestra lo que el Espíritu puede hacer en una creatura. Totalmente abierta al Espíritu, sabe que ella sólo existe en segundo plano, en respuesta a una llamada. Su corazón está libre, vacío, para acoger en Ella sin restricción, con alegría y gratitud, el Don mismo de Dios. El texto de la Anunciación nos revela también la manera de estar de María ante el Padre: profundamente atenta a Dios, escucha, ajusta sus latidos a los del corazón de Dios y se une a su presencia operante en el corazón y en la vida de los hombres. Totalmente orientada hacia Dios, está también como su hijo, total­mente orientada hacia los hombres, sus hijos. Profundamente reco­gida y totalmente abierta a los demás, María tiene esa mirada que está a la vez orientada hacia dentro y hacia afuera. Su encuentro con Isabel nos deja entrever su manera de vivir relaciones humanas auténticas y profundas, hechas de reciprocidad. Igualmente, en la Natividad, María deja transparentar un sentido ilimitado de la aco­gida con relación a los pastores y a los magos. En Caná, su disponi­bilidad atenta y discreta le permite ver lo que nadie en realidad había visto: que la reserva de vino se había agotado. María es sensible al momento humano de la existencia, atenta a las situaciones concretas, a las personas y a las cosas. María, Adoradora del Padre, es modelo de cercanía a Dios, de unión con Él. Nos enseña a darnos a Dios para servirle en la persona de los Pobres, a escuchar su Palabra a través de la palabra de los Pobres y a través de los acontecimientos.

María, Sierva del Designio de Amor del Padre

El texto de la Anunciación nos muestra que después de haber escuchado y reflexionado, María decide: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». A través de esta palabra, María pone a la luz su identidad de sierva obediente del Padre. Acogiendo libremente en su corazón el Designio de Amor del Padre, se entrega total­mente a Él manifestando su total disponibilidad. Deja que el Amor de Dios obre en su vida. No se trata de un «actuar» cualquiera, sino de una obediencia llena de amor a la Voluntad de Dios, de una res­puesta a su petición, de una adhesión a su Designio de Amor.

Su viaje a Aïn Karim expresa, a su manera, que una vida según la caridad supone siempre dejarse a sí mismo, salir de sus costumbres, deshacerse de todo lo que impide la marcha. No hay unión con Dios sin una renuncia a sí mismo. María es el modelo de la adhesión al Designio de Amor de Dios. Esta actitud fundamental es la que debe guiarnos y animarnos siempre. No podemos ser verdaderamente sier­vas de los pobres sino en la medida en que nos hagamos siervas del Señor, que es como acogemos desde la humildad las manifestaciones de los deseos de nuestro Maestro.

María, Madre de misericordia, Evangelizadora de los Pobres

Después de haber escuchado la Voluntad de Dios y de haber reflexionado, María actúa. Su decisión pasa inmediatamente a la obra. Su ser de sierva se expresa a través de los gestos concretos de servicio. La vida con el Espíritu la proyecta siempre al exterior de sí misma para realizar su tarea humana. Por eso, impulsada por el Espíritu, María se pone en camino y se va «de prisa» para ayudar a su prima de edad avanzada.

  • Con Isabel, María pone de relieve dos aspectos importantes de nuestro servicio a los pobres:
  • Su saludo nos inicia a una calidad de presencia junto a los Pobres, a dejarlos hablar, a escucharlos, a considerarlos por lo que son, a intercambiar en profundidad con ellos;
  • Sus gestos concretos de servicio traducen un amor que no teme cansarse, repetir los gestos que gastan el cuerpo.

María nos enseña a vivir de manera extraordinaria la vida ordi­naria, a vivir relaciones auténticas y profundas con los pobres, a ponernos concreta y valientemente a su servicio para revelarles la ter­nura que Dios les tiene.

  • En Caná, María nos hace entrar en una conversión de la mirada para mirar a los pobres de otra manera y estar atentas a sus necesidades esenciales. Nos lleva también a pedir ayuda a las com­petencias de los demás, esto con delicadeza, sin buscar el interés personal.
  • Al pie de la Cruz, lejos de huir del desprecio, del sufrimiento, María está presente, acompañando a Jesús condenado.
  • En el Cenáculo, María está presente, al servicio de todos, signo visible de Cristo invisible. Es un lazo de unión entre los discípulos, un fermento de unidad.
  • En Pentecostés, María cree que el Espíritu de su Hijo continúa comunicándose y actuando en el corazón de los hombres ayudándo­les a reconocerse hijos de un mismo Padre y a vivir juntos como hermanos.

Conclusión

Así, descubrimos en María la actitud justa de la sierva. Ella, que se dejó modelar por el Espíritu, nos enseña a dejarnos modelar por el mismo Espíritu para continuar la misión de su Hijo entre los pobres, en este comienzo del tercer milenio. Por eso nos gusta meditar coti­dianamente dos oraciones evangélicas que son el Rosario y el Ánge­lus, como una manera entre otras de ayudarnos, no solamente a ajustarnos al paso de Dios que se acerca a nuestra humanidad invi­tándose a casa de María, sino también a aprender de María Sierva.

Anne Prévost

Vincentiana, 2001