La coordinación de la acción caritativa y social

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Ramón Echarren · Year of first publication: 1984 · Source: XXXIX Asamblea de Cáritas Española, 5-7 de octubre de 1984.
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No es fácil hablar de coordinación. Se trata de un término que casi inevitablemente despierta todos los mecanismos de defen­sa de personas e instituciones ante una palabra que se traduce automáticamente por absorción, por pérdida de independencia, por integración o cosas semejantes. También para los llamados a co­ordinar el término tiene o puede tener sus peculiares resonancias en una línea de sentirse superiores, de adquisición de poder o de prestigio. Todo ello hace especialmente difícil hablar de coordina­ción.

Y también cuando hablamos de acción caritativa y social pue­den surgir esos temores, prejuicios y desconfianzas. Porque la ac­ción caritativa y social, aunque se trate de una peculiar actividad evangélica extraordinariamente cercana a lo más nuclear del Men­saje de Jesús, no deja de ser por ello una actividad, y, generalmen­te, una actividad institucional y en cuanto tal sometida a todos los peligros de ese egocentrismo que acompaña al hombre y sus acti­vidades más peculiares.

Hablando de coordinación entran en juego una serie de reali­dades que es necesario contemplar, analizar y jerarquizar a la luz del Evangelio: los pobres y marginados; la misión y los carismas de los cristianos; la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Sacramento de la Salvación querida por Dios para todos los hombres; las institucio­nes caritativas y sociales; el amor de Dios, la caridad que ha sido infundida en nuestros corazones. En la medida en que nuestros ojos acentúen la importancia relativa de una o de otra de esas rea­lidades, en la medida en que esas realidades sean jerarquizadas de una u otra manera, la’ coordinación se hace viable o inviable, se hace necesaria o innecesaria. Dicho de otra manera, si el amor de Dios, que la Iglesia ha de visibilizar a través de la solidaridad práctica con los marginados, se constituye en el centro de nuestras preocupaciones, automáticamente concluiremos en la búsqueda se­ria, responsable y respetuosa para con todos, de la coordinación. Algo parecido ocurre si, partiendo del amor de Dios y avanzando por el amor a los pobres, sacramento de Cristo, como expresión necesaria del amor al prójimo, expresión necesaria a su vez del amor al Señor y al Padre, descubrimos a la Iglesia como Sacra­mento de todo ese misterio de amor que es la Redención.

No ocurre, sin embargo, lo mismo si el centro de nuestra aten­ción se aplica fundamentalmente a cada institución, aun concebida como expresión institucionalizada de la realización carismática de unos cristianos en el seno de la comunidad de los creyentes y como manifestación del fundamental amor de cada cristiano a los marginados, signo necesario del amor a Dios y del amor al próji­mo. En este caso, el testimonio eclesial aparece como la forma no necesariamente coordinada de los dispersos testimonios que los cristianos ofrecen al mundo desde sus propias y diversas platafor­mas institucionales.

Creo sinceramente que todas estas alternativas se pueden de­fender legítimamente en un planteamiento abstracto, y en concreto se han defendido, de hecho y de derecho, en diferentes momentos de la historia de la Iglesia.

La exigencia de la coordinación en nuestro tiempo

El problema, sin embargo, surge con peculiares características de urgencia, si el punto de partida, en el contexto histórico del aquí y hoy que nos ha correspondido vivir, es una doble constata­ción que los creyentes no podemos soslayar por encima de todo legítimo amor a las instituciones que realizan la acción caritativa y social en nombre de la Iglesia:

  1. La urgencia dramática de la pobreza, tal como hoy ha ex­plotado en nuestro país y en el mundo entero.
  2. La urgencia inaplazable de un testimonio de amor por los pobres, por los marginados, que aparezca y se defina, más allá de grupos e instituciones, como el amor de la comunidad cristiana, como amor de la Iglesia, en un momento en que el gran obstáculo para creer, por parte de muchos, o el factor impulsor para sepa­rarse de la fe, por parte de no pocos, es la condición eclesial de la fe.

No se trata, por tanto, de una discusión o de una decisión en el campo abstracto de los principios. A mi modo de ver, se trata más bien de una decisión pastoral en la línea de lo que Dios nos pide en este momento histórico, en orden a que la evangelización y el testimonio evangélico de la Iglesia sean llevados a sus más altas cotas de significación en un mundo que se desespera impotente ante la miseria y en un mundo que no acaba de recibir en plenitud la Buena Noticia y su radical esperanza de salvación, entre otras cosas porque no acaba de percibir a la Iglesia como Sacramento de Salvación.

No se trata, por tanto, de afirmar o de discutir derechos y obligaciones a nivel de teoría. Se trata de convenir lo mejor para los pobres y marginados y lo mejor para los hombres a los que hemos de servir ofreciéndoles en las mejores condiciones la Buena Noticia, imitando así al Señor, que «no vino a ser servido, sino a servir; a salvar y a dar la vida».

Se trata de ponernos al servicio de los marginados y de una acción caritativa y social que pueda alcanzar las máximas cotas de eficacia para bien de ellos, frente a la tendencia de no querer sacri­ficar nada de lo nuestro institucional, apoyándonos, por supuesto, en un pleno derecho a ello. Se trata de ponernos al servicio del hombre de hoy para ofrecerle con una mayor plenitud y transpa­rencia el Evangelio del Señor para bien de todos los hombres, frente a la tendencia de mantener dispersos los testimonios cristia­nos a través de diferentes instituciones, legítimamente constituidas, por supuesto, aunque no aparezca en plenitud un testimonio ecle­sial y comunitario.

La coordinación como exigencia de la evangelización

No se niega en absoluto que cada institución sea Iglesia, ni que cada institución ofrezca un testimonio de amor eclesial. Lo que se afirma es que, inevitablemente, estos testimonios aparecen disper­sos, enlazados, no inmediata sino mediatamente, con la Iglesia y que ello dificulta al hombre de hoy la lectura de la realidad eclesial como «sacramento universal de salvación, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre» (GS, n. 45), como «comunidad de fe, esperanza y caridad» (LG, n. 8), como realidad visible que «abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los po­bres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y pa­ciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo» (LG, n. 8).

El hecho es que en una sociedad tan pluralista como la nues­tra, en la que se multiplican sin cesar las realidades asociativas, no es fácil descubrir la identidad eclesial (y aun la cristiana) en las instituciones caritativas y sociales de la Iglesia, y, aun descubierta esa identidad, no es fácil hacer una lectura de su actividad como actividad propia y específica de la comunidad cristiana. Y esta afirmación no es teórica: no es dificil descubrir, como opinión pú­blica extraordinariamente difundida, el que la Iglesia apenas hace nada por los pobres y marginados o que lo que hace apenas tiene consistencia, o que la Iglesia sigue moviéndose exclusivamente en una acción benéfico-asistencial fundamentalmente paternalista, o que la Iglesia sigue manteniendo la identificación de caridad y li­mosna, o que la Iglesia no aporta esfuerzo alguno en el campo social de la atención a las nuevas formas de marginación, etc. To­davía cuando se habla de acción caritativa y social, hasta la gente de buena voluntad piensa en asilos y orfanatos decimonónicos y en visitas a los pobres, tal como se hacían en el siglo XVIII. Pien­sen ustedes en la visión que el cine, la televisión, la prensa… y otros medios dan de lo que se llama acción caritativa con una pro­funda carga peyorativa.

Y tras esa visión de la acción caritativa late una visión profun­damente desprestigiada de la Iglesia. Ello no se opone a mil es­fuerzos beneméritos de las diferentes instituciones eclesiales para acabar con ese concepto de caridad, por renovar la acción caritativa, por dotar a la caridad de toda su imprescindible dimensión so­cial, por ofrecer otra imagen renovada de la acción caritativa y social. Pero estos esfuerzos no se identifican socialmente, en la opinión pública, con la Iglesia y solamente repercuten en una me­jor visión de las propias instituciones que pueden llegar a ser alta­mente valoradas, pero como fenómenos aislados, propiamente ins­titucionales, como excepciones respecto a lo que es la Iglesia, a lo que es la comunidad cristiana, que sigue apareciendo como un fe­nómeno fundamentalmente retrógado y paternalista en el campo de lo social. Ello demuestra la existencia de un «cortocircuito» en­tre instituciones eclesiales e Iglesia, que rompe la posibilidad de un testimonio eclesial y comunitario a partir de los testimonios insti­tucionales y asociativos en el campo de la acción caritativa y social.

La coordinación, exigencia para Cáritas

Y cuando hablo de instituciones y asociaciones también estoy incluyendo entre ellas a Cáritas. Porque también Cáritas tiene el peligro de constituirse en una institución más y alejarse de su ser expresión fundamental del amor de la Iglesia, de la comunidad cristiana, por los marginados. También Cáritas tiene el peligro de querer «emanciparse» de la Iglesia, no en cuanto que quiera rom­per con ella, sino en cuanto que quiera aparecer como fenómeno autónomo, dinámico y eficaz, frente a una Iglesia conservadora, estática y poco eficaz, con la que de algún modo compite en lugar de identificarse con ella. Y en la misma línea, Cáritas, desde esa misma auto-comprensión, puede sentirse tentada a ser una institu­ción que compite con las demás instituciones y asociaciones de ac­ción caritativa y social de la Iglesia, que intenta mejorarlas y supe­rarlas actuando en los mismos ámbitos funcionales, en lugar de ser la Diaconía de la comunidad cristiana para la puesta en común de bienes de los creyentes con los que nada poseen y que actúa como mero instrumento de esa comunidad al servicio total de la Iglesia y de todas sus instituciones y asociaciones y al servicio total de to­dos los necesitados, aunque para ello tenga que adoptar el paso mesurado por una buena pedagogía que le imponga no el mundo y sus valores, sino la propia vivencia de la caridad de la comuni­dad y de sus expresiones asociativas.

Lo que está en juego, por tanto, es hasta qué punto los cristianos que, por razón de sus carismas, actúan en el campo de la ac­ción caritativa y social, están dispuestos a organizarse de tal forma que en el corazón del mundo de hoy aparezca en plenitud un tes­timonio eclesial comunitario de amor a los necesitados, en lugar de una larga serie de testimonios dispersos que la sociedad dificil-mente relaciona con la Iglesia y con su misión, con el Evangelio y con su fuerza transformadora del hombre. Desde esta perspectiva, lo que está en juego es la capacidad de las instituciones y asocia­ciones de acción caritativa y social de la Iglesia para, manteniendo en el centro de la propia atención a los necesitados como expre­sión de una presencia privilegiada del Señor y objeto fundamental de nuestro amor de creyentes, procurar por todos los medios su mejor atención con una clara conciencia de pertenencia a una Igle­sia que ha de ser comunidad de fe, de esperanza y de amor, y ex­presar así la presencia misteriosa del amor de Dios en el mundo mediante el mutuo amor de los cristianos, mediante el amor a to­dos los hombres, para cuya salvación existe como sacramento y mediante el amor a los últimos de este mundo, que son «sacra­mento» de Cristo.

La comunidad cristiana como referencia

Todo ello significa que la acción caritativa y social de la Igle­sia, se exprese como se exprese personal e institucionalmente, nece­sita encontrar su referencia explícita a la comunidad cristiana para que ésta sea la que aparezca ante el mundo, ante los que nos con­templan desde fuera, como radicalmente solidaria con el mundo de la pobreza. Lo contrario supone romper no sólo el testimonio, si­no la posibilidad misma de un testimonio eclesial, ya que a los ojos de los hombres aparecería exclusivamente el engarce entre el amor a los marginados y un movimiento de Iglesia más o menos motivado no tanto por el Evangelio y su realización eclesial cuan­to por una interpretación ideológica del Evangelio mismo en con­traposición y hasta en oposición con otros movimientos de Iglesia que, diciéndose igualmente evangélicos, no aportan el testimonio de un amor a los pobres y marginados. Con ello el amor significa­tivo del amor a los pobres como rasgo de la presencia del amor de Dios en el mundo a través del amor de la Iglesia quedaría trunca­do y la Iglesia no aparecería tanto como la comunidad de los discípulos del Señor cuanto como un conjunto plural de servicios, de agencias, de asociaciones e instituciones «confesionales» (más que «confesantes») que, en su diversidad de lecturas del Evangelio, lo interpretan cada uno a su modo, de tal manera que da lugar a praxis diferenciadas, lejanas entre sí, contrapuestas y que dificil-mente pueden interpretarse como «el testimonio de la Iglesia», sino como unos testimonios de unos grupos o cristianos que dicen per­tenecer a la Iglesia de Jesús, en contradicción práctica y hasta teó­rica con otros cristianos que también dicen pertenecer a la Iglesia de Jesús. Sólo una referencia clara y explícita a una sola comuni­dad eclesial, a la única Iglesia del Señor-Jesús, puede dotar a cada esfuerzo de amor por los más pobres de la necesaria unidad testifi­cal que engarce a los ojos de los hombres el amor a Dios con el amor al prójimo y el amor al prójimo con el amor a los pobres, hasta tal punto que toda acción caritativa y social se convierta sin ambigüedades en signo evangelizador para el mundo.

Todo ello significa que la coordinación de la acción caritativa y social no es una mera exigencia organizativa ni mucho menos res­ponde a un afán sistematizador en orden a encontrar unas claves para mejor jerarquizar la pastoral de la Iglesia, sino a una clara intención evangelizadora en la búsqueda de una Iglesia que sea y aparezca como «sacramento universal de salvación» (GS, n. 45; LG, n. 48).

Y ello tiene una especial importancia en una sociedad que ya no aparece como cristiana, que ya ha dejado de ser «cristiandad» para convertirse en un conglomerado social pluralista, conflictivo y secular, en cuyo seno la Iglesia necesita recuperar su propia identi­dad cristiana diferenciada de otros mil fenómenos asociativos sin relación alguna o con relaciones explícitas o implícitas a unas mo­tivaciones cristianas, pero que ni desean ni buscan su identificación eclesial en una plena integración en esa comunidad de fe, de espe­ranza y de amor que constituimos los discípulos del Señor. Dicho de otra manera, en nuestra sociedad ya no es posible dar por su­puesto la identidad cristiana y eclesial de un servicio, de una aso­ciación o de una institución, por el mero hecho de que así se autodefina, sino que se hace necesaria la explicitación clara y defi­nida de la pertenencia a la Iglesia de Jesús, de una pertenencia que manifieste, más allá de un planteamiento meramente jurídico, una vinculación visible a la comunidad de los creyentes, a la comuni­dad cristiana que permanece asidua a las enseñanzas de los apósto­les, a la oración y a la fracción del pan, a la puesta en común de bienes con los necesitados y a una comunidad de vida (cfr. He­chos 2,42).

Así como «en sus comienzos la Santa Iglesia, uniendo el ágape a la cena eucarística, se manifestaba toda entera unida a Cristo por el vínculo de la caridad, así en todo tiempo se hace reconocer por este distintivo del amor y, sin dejar de gozarse con las iniciati­vas de los demás, reivindica para sí las obras de caridad como de­ber y derecho propios que no puede enajenar. Por lo cual la mise­ricordia para con los necesitados y los enfermos y las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua para aliviar todas las necesi­dades humanas son consideradas por la Iglesia con singular ho­nor» (AA, n. 8; cfr. Juan XXIII, Mater et Magistra).

Se trata, pues, de manifestar al mundo que es tarea específica de la Iglesia, en cuanto tal Iglesia, como derecho y deber propios, el aliviar las necesidades humanas en cuanto manifestación de su vinculación a Cristo y en estrecha unidad con la Cena del Señor.

La coordinación como exigencia de la pastoral de conjunto

Pero la coordinación no es sólo una exigencia fundamental que arranca de la necesidad de vincular toda acción caritativa a la co­munidad cristiana como protagonista del testimonio de amor que ha de dar para que el mundo crea. Es también una exigencia de la Pastoral de Conjunto como característica esencial de toda la Pas­toral de la Iglesia de Jesús.

La vida cristiana es esencialmente vida comunitaria que, en el interior de la Iglesia, se caracteriza por tres valores fundamentales e inseparables que aparecen como componentes de esa vida: la en­señanza o catequesis, la liturgia y la oración, y la puesta en común de bienes. De esta manera, la Iglesia continúa la misión de Cristo de ser Camino, Verdad y Vida. Por la participación de estos tres valores o actos de la vida eclesial los bautizados participan en el testimonio auténtico y completo que da la Iglesia de aquél que nos ha llamado de las tinieblas a la luz. Y este testimonio tiene un auténtico valor de evangelización, es decir, de proclamación, que surge de la misma vida de la Iglesia. Cada una de estas acciones, por separado, no son capaces de dar un testimonio completo. La enseñanza o catequesis sola haría aparecer el cristianismo como una filosofía, como una ideología o como una doctrina. Es esa asiduidad comunitaria en la oración, en la liturgia y en la puesta en común de bienes lo que da a la enseñanza, a la catequesis, un valor de vida, de compromiso, de testimonio de Iglesia. La oración y la liturgia aisladas harían aparecer el cristianismo como una «mística de evasión», sin conexión alguna con los hombres y con la vida humana. Es esa asiduidad comunitaria en la enseñanza y en la puesta en común de bienes lo que hace que la liturgia en­cuentre su verdadero eje de autenticidad que hace de ella una cele­bración de una fe y de una esperanza que nacen de la Palabra y que hacen de ella un impulso para la búsqueda viva y activa de la realización de la voluntad de Dios sobre el mundo, un impulso para colaborar en la construcción del Reino (paz y amor, verdad y justicia, libertad y santidad). La puesta en común de bienes sola, aislada, haría aparecer el cristianismo o como una filantropía o como un programa político. Es la asiduidad comunitaria en la re­cepción de la Palabra y en la oración litúrgica la que proporcionya a la puesta en común de bienes su dimensión trascendente, su ca­rácter visibilizador del amor de Dios en Cristo por la humanidad y por los pobres realizado a través de la Iglesia.

Resumiendo, puede decirse que la Iglesia no aparece como tal Iglesia, no da su testimonio de Iglesia de Cristo más que en la medida en que ella realiza y hace participar a todos los miembros de la comunidad (de una u otra manera) en esas tres acciones fun­damentales. Solamente por la manifestación simultánea de estas tres acciones comunitarias la Iglesia, y cada una de sus comunida­des, da su testimonio ante el mundo, proclama las maravillas del Señor y la vida de la comunidad cristiana alcanza un valor de sig­no, de «sacramento» (de signo del Espíritu que vive en ella como en la mañana de Pentecostés) y puede proclamar ante el mundo con verdad y con veracidad que «Jesús ha muerto, Jesús ha resuci­tado, convertíos y aceptad la Buena Noticia de nuestra salvación».

Tal es el equilibrio querido por Cristo en su cuerpo místico, en su Iglesia. Y en este equilibrio, a la diaconía de la Palabra asumi­da por los apóstoles, a la diaconía de la liturgia celebrada por to­dos, se le une la diaconía de la puesta en común de bienes, tal como nos lo nana el capítulo 4 de los Hechos al instituir el diaco­nado. En este equilibrio san Pablo (Ef 4,12-13) dirá que Dios «equipa a los consagrados para la tarea del servicio y para cons­truir el cuerpo de Cristo».

Esta Pastoral de Conjunto, que no es otra cosa que la realiza­ción simultánea y armónica en cada comunidad y por cada comuni­dad de las tres acciones esenciales básicas, exige romper radical­mente con una visión de la acción caritativa y social que no pasa de ser una estructura dispersa de agencias de servicios sociales sin una vinculación expresa entre sí y la comunidad que celebra la fe y proclama la Palabra, que es y debe aparecer como comunidad de fe, de esperanza, de culto y de amor, única realidad que puede y debe dar unidad y coherencia interna a sus propias actividades esencialmente evangelizadoras. Es y debe ser una la Iglesia que en cuanto tal enseña a través del misterio catequético. Es y debe ser la Iglesia en cuanto tal la que celebra la Cena del Señor y los sa­cramentos y la que reza al Padre por mediación de Jesús a instan­cias del Espíritu. Es y debe ser una la Iglesia que en cuanto tal ama a los necesitados, comparte sus bienes con ellos. Y debe ser la misma Iglesia la que, con todos sus miembros, como comunidad, aparece ante el mundo enseñando, transmitiendo la fe, celebrando la Cena del Señor y los sacramentos, rezando, testificando y com­partiendo los bienes con los marginados, amándose y amando a los enemigos y a los más necesitados.

Y esta articulación conjuntada de las acciones eclesiales básicas que constituyen el testimonio evangelizador de la Iglesia no será nunca posible en el mundo de hoy (un mundo plural, conflictivo, competitivo y secular) si cada acción concreta no aparece abierta­mente, explícitamente vinculada no tanto a un grupo que se auto-denomina confesional cristiano (más o menos estrechamente rela­cionado a una Iglesia desarticulada en grupos en competencia o en oposición, en cuanto a la manera de entender la fe y la praxis cris­tiana), cuanto a la comunidad o a la comunidad de comunidades que el mundo claramente identifique como la Iglesia del Señor-Jesús.

No es de extrañar por ello que el Concilio haya insistido en que se fomente «la coordinación e íntima conexión de todas las obras de apostolado bajo la dirección del obispo, de suerte que todas las empresas e instituciones (catequéticas, misionales, carita­tivas, sociales, familiares, escolares y cualesquiera otras que persi­gan un fin pastoral) sean reducidas a acción concorde, por la que resplandezca al mismo tiempo más claramente la unidad de la diócesis» (ChD, n. 17). «Foméntese una ordenada cooperación entre los varios institutos religiosos y entre éstos y el clero diocesano. Establézcase además una estrecha coordinación de todas las obras y acciones apostólicas, la cual depende sobre todo de la disposi­ción sobrenatural, arraigada y fundada en la caridad, de las almas y de las mentes. Ahora bien, procurar esta coordinación para la Iglesia universal incumbe a la Sede Apostólica, a los Sagrados Pas­tores en sus respectivas diócesis, a los Sínodos Patriarcales y a las Conferencias Episcopales, finalmente, en su propio territorio» (ChD, n. 35-5).

Y en la misma línea, el Concilio ha afirmado que «en las dió­cesis, en cuanto sea posible, deben crearse Consejos que ayuden a la obra apostólica de la Iglesia, tanto en el campo de la evangeli­zación y de la santificación como en el campo caritativo, social y otros semejantes; cooperen en ellos de manera apropiada los cléri­gos y los religiosos con los seglares. Estos Consejos podrán servir para la mutua coordinación de las varias asociaciones y obras se­glares, respetando siempre la índole propia y la autonomía de cada una» (AA, n. 26).

La Pastoral de Conjunto, exigencia fundamental de toda ver­dadera pastoral de la Iglesia, exige, por tanto, una estructura de coordinación interna en toda actividad pastoral de la Iglesia, de forma que se haga visible y significable el engarce entre las tres acciones básicas de la Iglesia, de forma que la comunidad cristiana aparezca como la protagonista de la misión evangelizadora, que es continuación en el tiempo de la misma misión de Cristo-Jesús.

La coordinacióm como exigencia del amor a los necesitados

Decíamos al principio que la exigencia de la coordinación tenía un doble punto de partida: de una parte, la urgencia inaplazable de un testimonio de amor por los pobres que aparezca y se defina como el amor propio de la comunidad cristiana en el seno de una sociedad pluralista, conflictiva y secular, que ya no es ni aparece como cristiana; de otra parte, la urgencia dramática de la pobreza tal como hoy ha explotado en nuestro país y en el mundo entero. Pienso que todos somos conscientes de que las situaciones de pobreza, de marginación, de verdadera miseria, constituyen un es­cándalo insufrible para la sensibilidad no sólo de los cristianos, sino de todo ser humano, de todos los hombres de buena voluntad de nuestro mundo actual.

La pobreza no es una realidad nueva. Pero lo que es nuevo es el brutal contraste que hoy se da en nuestra sociedad y en el mundo entero, entre las posibilidades y realidades de bienestar y las situa­ciones de carencia de un mínimo de recursos para subsistir en una parte importante de la población. Lo que es nuevo del todo es que, en el hoy que vivimos, hay recursos sobrados para resolver los pro­blemas de la pobreza; hay posibilidades técnicas sobradas para acabar con la miseria en todas sus formas; hay bienes suficientes para paliar o eliminar las situaciones de pobreza. Y, sin embargo, la pobreza lo llena todo, se multiplica por doquier, está «rompien­do» en pedazos a millones de seres humanos.

Ello significa que vivimos una sociedad radicalmente injusta, una sociedad en la que nunca se ha hablado tanto de justicia, de respeto a la persona, de derechos fundamentales de la persona humana y en la que, sin embargo, se siguen conculcando, de he­cho y de derecho, las más mínimas exigencias de dignidad de una multitud de seres humanos. Tal vez pocas veces, a lo largo de los siglos, la Iglesia se ha tenido que enfrentar con una sociedad tan profundamente hipócrita como la nuestra, en la que las palabras y los gestos se mueven en campos tan lejanos, tan extranjeros los unos a los otros. Se podrían señalar muchas formas de hipocresía típicas de nuestro tiempo.

Las coartadas para no amar

Por una parte, sigue habiendo cristianos y no cristianos que re­chazan plantearse con todo rigor el problema de la pobreza ape­lando no tanto a la caridad cuanto a una mera filantropía, con un radical olvido de las exigencias de la justicia. Son fundamental­mente los que piensan que, desprendiéndose de unos pocos bienes ya han hecho lo suficiente; son los que buscan, llenos de egoísmo, tranquilizar sus propias conciencias individuales, religiosas o no; son los cristianos que se engañan pensando que puedan comprar a Dios su salvación entregando unas monedas que apenas resuelven nada y que dejan intacta la situación de injusticia en la que unos poseen de todo mientras otros carecen de todo, olvidando que Dios hizo a todos los hombres iguales en su dignidad y creó todas las cosas para que fueran disfrutadas por todos de forma que nin­gún hombre viviera inferiorizado merced al egoísmo de los que tienen mucho más de lo que necesitan; son los que no han com­prendido que amar, tal como Dios nos lo ha revelado, supone y exige recomponer el «jus» original creado por Dios y construir, en consecuencia, un mundo en el que ningún hombre, imagen y seme­janza de Dios, viva en situaciones de infradesarrollo, viva involun­tariamente sometido a una larga serie de carencias que le impiden realizarse mínimamente como persona humana en cuanto a la ali­mentación, al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la familia, a la cultura, etc.

Por otra parte, sigue habiendo cristianos y no cristianos que rehuyen plantearse con todo rigor el problema de la pobreza y lo hacen apelando a la justicia, a la utopía de una sociedad radicalmen­te justa en la que no exista la pobreza, la desigualdad, la injusticia, el dolor…, olvidando que, mientras no se llegue a esta situación definitiva, es necesario compartir, solidarizarse, desprenderse de lo poco o mucho que se posee en favor de los que carecen de todo. Son fundamentalmente los que piensan que luchando por una fu­tura sociedad justa ya hacen lo suficiente; son los que tranquilizan su conciencia, no sin una buena dosis de egoísmo, a través de una serie de compromisos, sin apenas aportar nada de lo que son o de lo que tienen en un compartir personal con los que nada tienen; son los que, en nombre de la justicia, dicen amar abstractamente a todos los pobres del mundo, pero sin molestarse en amar a ningún pobre concreto, sin compartir nada de lo que tienen con un pobre concreto, sin concretar nunca su amor en gestos concretos de soli­daridad personal.

Si el Señor repitiera hoy la parábola del Buen Samaritano nos diría que los primeros arrojarían unas monedas al herido y conti­nuarían su camino. Los segundos pasarían de largo, haciendo grandes planes para construir una sociedad en la que no se dieran los asaltos a los caminantes. Ni los unos ni los otros recogerían al herido y lo pondrían en una situación en la que pudiera rehacer su vida una vez curadas sus heridas. Y esta afirmación es aplicable también, no pocas veces, a nuestras propias Cáritas y a no pocas asociaciones caritativas.

La misión de la Iglesia ante la pobreza

El hecho es que nuestra sociedad, llena de palabras bieninten­cionadas, pregonera sin descanso de la justicia y de la solidaridad, de los derechos fundamentales de la persona, es una sociedad radi­calmente injusta en la que cientos de miles de personas viven en una grave situación de indigencia.

,,La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que la asignó es de orden reli­gioso. Pero precisamente de esta misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina. Más aún, donde sea nece­sanks según las circunstancias de tiempo y de lugar, la misión de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear obras al servicio de to­dos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de misericordia u otras semejantes» (GS, n. 42).

La eficacia nunca ha sido un criterio evangélico. Afrontar desde la Iglesia la injusticia de nuestra sociedad con criterios políticos, económicos y sociales nos conducirá siempre a un callejón sin sa­lida. No es ésa la misión de la Iglesia. Pero es misión de la Iglesia, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclamar los dere­chos del hombre y reconocer y estimar en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales dere­chos (cfr. GS, n. 41). Es misión de la Iglesia el proclamar que, para satisfacer las exigencias de la justicia y de la equidad, hay que hacer todos los esfuerzos posibles para que, dentro del respeto a los derechos de las personas y a las características de cada pueblo, desaparezcan lo más rápidamente posible las enormes diferencias económicas que existen hoy y frecuentemente aumentan, vincula­das a discriminaciones individuales y sociales (cfr. Gs, n. 66). Es misión de la Iglesia abrazar con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana, reconocer en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, y esforzarse en reme­diar sus necesidades procurando servir en ellos a Cristo (cfr. LG, n. 8).

Ante la tremenda realidad de la pobreza, la Iglesia, Cáritas, las asociaciones de acción caritativa y social tienen que aprender a en­contrar su propio lugar, su clave de actuación, su manera cristiana de estar en nuestro mundo. Y tal vez en ello está la clave para encontrar la razón de una coordinación.

Sentido cristiano del compartir

Todos recordamos el milagro de la multiplicación de los panes y los peces realizada por Jesús, tal como nos lo narra el evangelis­ta san Juan (Jn 6,1-21).

Sabernos que Jesús nos llama a la construcción del Reino, que es Reino de paz y de amor, de verdad y de justicia, de libertad y de santidad. Pero la llamada a la construcción del Reino está siempre condicionada a la respuesta que demos a las tentaciones que amenazan la vida del cristiano. No puede ser de otro modo, ya que por esas mismas tentaciones pasó Jesús. Son tentaciones que también amenazan la vida de las primeras comunidades cris­tianas, a las que se dirigía san Juan, y son tentaciones nuestras y de nuestras comunidades de hoy.

Jesús se encuentra con una gran muchedumbre que le sigue y que está necesitada, hambrienta. Se trata de buscar la subsistencia para aquellas personas que no pueden cubrir sus necesidades por sí mismas. Y Jesús enfrenta a la comunidad de sus discípulos con el problema: ¿Con qué podríamos comprar pan para que coman éstos? Es la pregunta de entonces y de ahora: ¿Cómo solucionar el problema de los necesitados?, ¿cómo construir un mundo más humano y más justo?, ¿cómo construir aquí en la tierra el Reino de Dios?

La comunidad no encuentra otra solución que el dinero: «Me­dio año de jornal no bastaría para que a cada uno le tocara un pedazo.» Y como no lo tienen se declaran impotentes para toda acción. En una perspectiva política, social o económica, a la co­munidad le resulta imposible remediar las necesidades de los po­bres. Sólo podría remediarlo el dinero, y ellos no lo tienen. Lo ló­gico sería pensar en buscarlo, en hacer cristianos a aquellos que lo tienen en su mano o meterse en operaciones financieras para con­seguir el dinero, pues sin él -no parece que se pueda hacer nada. En el fondo, la comunidad se plantea la limosna… o cosas pareci­das.

Pero Jesús no cae en la tentación y quiere ayudar a la comuni­dad a que tampoco caiga en ella. Le ofrecen lo poco que tienen, insuficiente a todas luces para remediar el mal. Y Jesús lo acepta: es muy poco, pero no importa. No se trata del dinero y de su eficacia, sino de unas actitudes, de unas actitudes a compartir lo poco. Ante los cinco panes y los dos peces, Jesús manda que se sienten, «toma los panes en la mano, pronuncia la Acción de Gra­cias y se pone a repartirlos entre los que estaban recostados».

Jesús pone remedio a la escasez, recogiendo lo poco que tiene la comunidad, aceptando aquella puesta en común de aquellos po­cos bienes; entonces pronuncia la Acción de Gracias: todo lo que se posee es don recibido de Dios, es muestra de su amor. El es el dueño de todo, no los hombres, que sólo somos administradores; El lo ha creado todo para provecho de todos los hombres. Cuan­do deja de ser pertenencia egoísta de unos pocos, cuando se mani­fiesta como don de Dios, entonces llega a todos y sobra. Cuando el hombre se dispone a compartir lo que es y lo que tiene es cuando el amor de Dios se manifiesta y en el hombre se prolonga el amor de Dios. Así nos enseña Jesús que no es el dinero, el poder, el prestigio personal o institucional lo que soluciona los problemas, sino un corazón desprendido que comparte lo que es y lo que tiene. El milagro de Jesús no consiste en buscar dinero, sino en liberar la creación del acaparamiento egoísta de unos pocos para que se convierta, por el libre desprendimiento, en don de Dios para to­dos. El milagro es así la manifestación del amor por parte de Dios y por parte del hombre. El milagro es así una llamada a cambiar las estructuras con las que funciona nuestra sociedad y con las que funcionamos nosotros.

La lección de Jesús es no idolatrar nada: ni el dinero, ni el po­der, ni el prestigio. Es una prueba de que el dinero no es un cauce necesario de evangelización. Lo que nos dice es que es más impor­tante compartir que tener, dar que buscar, amar que recibir, poner en común que protagonizar, creer en el hombre que humillarlo con una limosna. Con el dinero, con, el poder, con el prestigio, no se construye el Reino: se construye con el amor, con el amor que comparte lo que se es y lo que se tiene, sea mucho o poco, que crea unas actitudes nuevas de solidaridad. Evangelizar es cambiar el corazón y hacerlo disponible; construir el Reino es amar y estar dispuesto a compartir con los que se ama, en la comunidad y en el mundo.

En la Iglesia todos hemos de aprender esta lección: la lección de poner en manos de Jesús los pocos panes y peces que posee la comunidad, para que sea posible el milagro. Desprenderse de lo que uno es y tiene personal e institucionalmente, reunirlo y ofrecerlo a la bendición del Señor es abrir el camino al milagro de alimentar a la multitud. Si los anónimos donantes de los panes y de los peces no hubieran entregado lo suyo y hubieran intentado ofrecérselo al vecino o quedarse con ello, el milagro de Jesús no se hubiera producido. Así nos llama Jesús también a que trabajemos de tal forma que los pobres sean protagonistas de la acción social, que participen desde lo poco que puedan ser y tener, a que se aso­cien en tareas de desarrollo comunitario que sea respuesta a los problemas de la pobreza.

La coordinación en el compartir

Decía antes que la eficacia humana nunca es un criterio evan­gélico. La eficacia, irremediablemente, busca el dinero, el poder, el prestigio, para realizarse. Pero el verdadero amor busca siempre hacer el máximo bien a los que ama, es decir, busca sacrificar lo suyo, lo propio, en favor del máximo beneficio de los que necesi­tan su ayuda.

Ante la gravedad de las situaciones de pobreza, ante la exten­sión de la miseria, ante la profundidad de los problemas de margi­nación, ni el mundo ni los mismos necesitados pueden comprender que sea auténtico un amor que, teniendo la misma fuente para to­dos los cristianos, las mismas características y exigencias, los mis­mos objetivos e idénticas finalidades, aparezca disperso en su reali­zación, roto en su necesaria unidad, parcelado en una larga serie de instituciones que dicen ser una sola comunidad cristiana, divi­dido en acciones muchas veces idénticas y que recaen sobre los mismos beneficiarios, protagonizado por diversas asociaciones que se afirman pertenecer a la misma Iglesia. No es fácil comprender que los que tienen como signo específico el mutuo amor y el amor a los enemigos y a los necesitados; que los que tienen una sola esperanza, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de to­dos (cfr. Ef 4,4-6), aparezcan divididos, lejanos los unos de los otros, en desacuerdo teórico y práctico, cuando se trata de ayudar a los mismos hombres que, por su situación de pobreza, son para nosotros «sacramento» de Cristo. Dicho de otra manera, un amor que no busca por todos los medios el máximo bien de las personas amadas, que no busca la máxima eficacia, no para bien propio, sino para bien de las personas amadas, difícilmente será entendido como verdadero amor o, mejor, difícilmente será un verdadero amor.

Ante la magnitud tremenda de los problemas de la pobreza, un verdadero amor no puede menos que sacrificar lo más personal, lo satisfactorio de la propia obra, toda búsqueda de prestigio institu­cional, toda forma de protagonismo, en bien de unos seres huma­nos que lo necesitan todo. Y ello es especialmente urgente cuando la totalidad de los recursos de todo tipo que la comunidad cristia­na pone en común con los necesitados representa una cuantía del todo insuficiente no sólo para acabar con la pobreza, sino simple­mente para paliarla.

Difícilmente podremos levantar nuestras cabezas con alegría cuando el Señor nos examine de amor al final de los tiempos si habiéndole encontrado con hambre, sin vivienda, con sed, desnu­do, drogadicto, enfermo, en la cárcel, extranjero, marginado de mil maneras, no fuimos capaces de amarle hasta el fin buscando su bien total, por razones jurídicas, personales, institucionales, asocia­tivas o de cualquier otro tipo, que nada tienen que ver con un verdadero amor. El escándalo del «capillismo» y de la dispersión de esfuerzos en detrimento del Jesús que sufre en cada necesitado; el escándalo de una ineficacia en el amor por razones de prestigio o de un amor propio asociativo o institucional; el escándalo de no entregar todo lo que somos y poseemos en la búsqueda del mayor bien posible en favor de los necesitados, constituirá siempre un pe­cado de acción o de omisión contra las exigencias insoslayables de un amor a los marginados, que ha de ser expresión de nuestro amor al prójimo, expresión, a su vez, del necesario amor a Dios.

Cáritas, instrumento de coordinación

La Iglesia, a través de la Conferencia Episcopal Española, quiso que Cáritas fuera el instrumento eclesial para llevar a cabo esa coordinación. Instituida por la Conferencia Episcopal en Es­paña y para cada diócesis en su territorio, Cáritas tiene por objeto promover y coordinar la comunicación cristiana de bienes en todas sus formas y de ayudar a la promoción humana y al desarrollo integral de todos los hombres (cfr. artículos 10 y 34 de los Esta­tutos).

Los Estatutos vigentes perfilan no sólo unas funciones y unos objetivos propios de Cáritas, sino un determinado modo de ser. Cáritas no es una asociación de acción caritativa y social. No es tampoco una especie de estructura directiva que se impone regla­mentariamente a la variedad de realidades asociativas, que en el campo de la acción caritativa y social existen en la Iglesia en Es­paña o en cada Iglesia diocesana. Tampoco es una institución que, con pretensiones de ser mejor que las demás, compite con el resto de las instituciones de acción caritativa y social de la Iglesia. Mu­cho menos es algo así como el monopolio oficial de la acción carita­tiva y social de la Iglesia. Tampoco es una asociación exclusiva­mente abierta a determinados cristianos que libremente se incorpo­ran a un estilo concreto de realizar, de acuerdo con una particular espiritualidad, la acción caritativa y social. En modo alguno Cári­tas puede convertirse en un equipo cerrado de cristianos que se apropian indefinidamente de la institución, imponiendo su peculiar forma de entender la Iglesia, el testimonio y la misma acción cari­tativa y social (y éste es un mal demasiado frecuente en nuestras diócesis).

Los Estatutos vigentes que quisieron definirla nos dicen que Cáritas se identifica con todo el Pueblo de Dios, realizando la ac­ción caritativa y social y que, por ello mismo, se constituye como diaconía de la comunidad para la realización de la acción caritativa y social de la Iglesia, incorporando a su propio ser todas aquellas personas y entidades que desean llevar a cabo esa acción no en nombre propio, como simples organizaciones confesionales, sino en nombre de la Iglesia misma. Este es el sentido que tiene la defi­nición de Cáritas Española como «la Confederación oficial de las entidades de acción caritativa y social de la Iglesia católica en Es­paña, instituida por la Conferencia Episcopal» (art. 1). Cáritas es, por tanto, la diaconía, el servicio de la Iglesia para la. realización de la acción caritativa y social del Pueblo de Dios, o, dicho de otra manera, las comunidades cristianas, realizando su acción ecle­sial de comunicación cristiana de bienes (de los cristianos con los necesitados), constituyen las Cáritas, las cuales, para la realización completa de esa corriente de amor que nace de la Iglesia (Cuerpo de Cristo) y va a parar a los necesitados («sacramento de Cristo»), cuentan, por volunad de la jerarquía, con un instrumento coordi­nador y ejecutivo que hoy denominamos Cáritas (cfr. Presentación de los Estatutos por la Comisión Episcopal de Acción Caritativa y Social).

Carácter coordinador de Cáritas

Pero en la exposición de motivos de los Estatutos, cuando tra­ta de las Cáritas Diocesanas y de las Parroquiales, la afirmación de este carácter coordinador de Cáritas es mucho más terminante y esclarecedor: «… para que la acción caritativa diocesana y parro­quial no pierda su sentido de testimonio comunitario y eclesial es necesario que Cáritas, en la diócesis y en la parroquia, se concrete funcionalmente en una acción coordinada, espacial y temporalmente ordenada, y tendente a la obtención eficaz de unos objetivos co­munes (de acuerdo con las Bases —Base quinta— para el Regla­mento de Cáritas en la diócesis: la realización a la acción caritativa y social; promover, coordinar e instrumentar la CCB en todas sus formas y ayudar a la promoción humana y al desarrollo integral de todos los hombres). Esta es la misión y la razón de ser de Cári­tas Diocesana como diaconía para la acción caritativa y social. Por ello, las Cáritas Diocesanas y Parroquiales han de relacionarse funcionalmente con las asociaciones y grupos de acción caritativa de forma que respeten su idiosincrasia, sus finalidades, su espíritu fundacional y su espiritualidad específica, pero asumiendo la mi­sión de coordinarlas en la acción, impulsarlas hacia un funciona­miento más perfecto, consultarlas y promover un diálogo abierto a la hora de programar la acción caritativa de la Iglesia en la dióce­sis y relacionarse permanentemente con ella para buscar una ma­yor eficacia en la acción caritativa de la comunidad eclesial. Esta concepción de la doble naturaleza «comunitaria» y «diaconal» de Cáritas Diocesana supera tanto una concepción asociativa de la misma como la idea de una Cáritas que se justifica exclusivamente por razones pragmáticas en el sentido de que la caridad es más eficaz cuando se organiza; y, por otra parte, no resulta dificil en­troncarla con la estructura de una Pastoral de Conjunto. Conviene subrayar que, si a Cáritas Diocesana no se le da ese carácter de «Diaconía» que encabeza una función eclesial o acción pastoral básica y se la considera como una especialidad apostólica más, pa­ralela a las asociaciones de acción caritativa existentes, sería inclu­so conveniente plantear su propia eliminación.»

La afirmación es, pues, terminante. Si Cáritas no es capaz de perfilarse a sí misma como la diaconía, el servicio de toda la co­munidad cristiana, coordinando respetuosamente en su seno todos los esfuerzos institucionales que tienen el deseo de aparecer y de ser como de la Iglesia, y se autodefine como un organismo que, en solitario y al margen de los diferentes esfuerzos personales y aso­ciativos de acción caritativa y social que realizan los cristianos, de­sea protagonizar el testimonio eclesial del amor y la solidaridad por los marginados, está traicionando su vocación esencial y ten­dría que plantearse seriamente o convertirse y encontrar su verda­dera naturaleza o desaparecer.

Estas afirmaciones están en plena consonancia con las ense­ñanzas sobre la identidad de esta diaconía eclesial que llamamos Cáritas. A propósito de la coordinación en la Iglesia, nuestro Papa Juan Pablo II ha dicho en su discurso a la XII Asamblea de Cari­tas Internationalis: «Los esfuerzos de Cáritas hay que situarlos en el cuadro de la Pastoral Social de la Iglesia, y la elección del tema de vuestra Asamblea, «Realidad y futuro en la Pastoral Social», os ha permitido, creo, profundizar este aspecto. Esta Pastoral Social incluye muchos sectores, obras y servicios; lleva a compromisos muy diversos por parte de los laicos, de los que están organizados en movimientos y de los que no lo están, pero también por parte de religiosos y religiosas que tienen a su cargo obras sociales; a título especial, están interesados también los sacerdotes y, eviden­temente, los diáconos. A nivel diocesano, es el obispo quien coordi­na esta Pastoral Social, como todo lo que es apostolado, según lo recuerda el Decreto Christus Dominus. Sin su acuerdo, no se po­drían tomar las múltiples iniciativas en la base. La Cáritas partici­pa con él en ello, entre otras cosas, pero con un carisma particu­lar, para recordar el lugar primordial de la caridad, para despertar la conciencia de los cristianos y de los no cristianos, ayudando a descubrir las exigencias del amor ante las multiformes necesidades del prójimo, a suscitar una eficaz voluntad mutua y a coordinar es­tos esfuerzos» (n. 3, cit. en «Corintios XIII», n. 30, Cáritas Inter­nacional, 1984, págs. 237-242).

Una necesaria revisión de vida

La lectura reposada y serena, una lectura hecha con sentido cristiano y eclesial, de los Estatutos, debiera llevar a Cáritas Espa­ñola, a las Cáritas Diocesanas, a las asociaciones de acción carita­tiva y social a hacer un largo examen de conciencia o una profun­da revisión de vida, en orden a reencontrar su propia fisonomía fundacional. No se trataría sólo de describir la realidad tal y como nos la encontramos hoy día, sino de profundizar en las causas por las que esa realidad de Cáritas presenta los rasgos concretos que hoy la definen.

Cáritas Española ha sido definida como la Confederación de las entidades de acción caritativa y social de la Iglesia católica es­pañola (art. 1); pero esta definición, en la práctica, es más teórica que real. De hecho, Cáritas Española no está prácticamente consti­tuida, de acuerdo con su proyecto fundacional, por todas las Cári­tas Diocesanas, por los organismos nacionales de las asociaciones e instituciones de acción caritativa y social y por las órdenes e ins­titutos religiosos específicamente dedicados a la acción caritativa y social (art. 3). Ello puede significar que su estructura orgánica no es la adecuada para que Cáritas se constituya no tanto como un organismo coordinador cuanto como el resultado final de la coor­dinación de los organismos o entidades que la constituyen. Porque Cáritas en su origen no se perfiló tanto como una institución que, en la cúspide de una organización, coordinara directamente a unos organismos ajenos cuanto como la comunidad cristiana que, en­globando todos los esfuerzos de acción caritativa y social que en la Iglesia se realizan, fuera la resultante coordinada de un testimonio comunitario de amor a los marginados realizado por la, totalidad del Pueblo de Dios en sus diversas manifestaciones de acción cari­tativa y social. Dicho de otra manera, el protagonismo de Cáritas Española no lo puede tener una Cáritas Nacional que en los Esta­tutos no existe, que dejó de existir en los Estatutos, sino la Asam­blea Nacional, que establece criterios, programas de acción y orientaciones prácticas, el Consejo General y su Comisión Perma­nente, que actúan como órganos ejecutivos de la Asamblea y que concretan las decisiones de la misma, y la Secretaría General y sus Servicios Centrales, que ejecutan las tareas que le sean confiadas por los órganos superiores y ayudan a todos los componentes de Cáritas Española. Es decir, Cáritas Española está perfilada en una línea de absoluta colegialidad, en la que todos sus miembros son corresponsables de unas actividades que deben ser programadas entre todos, orientadas entre todos y ejecutadas por aquellos orga­nismos a los que se encargue la realización o a los que correspon­da por Estatutos.

Todo ello significa que la organización de Cáritas Española, su estructura y sus funciones deben permitir a los miembros confede­rados coordinarse de hecho y no sólo de derecho y actuar con li­bre iniciativa y responsabilidad propias en el seno mismo de Cáritas y como parte constitutiva de la misma con pleno respeto a los Estatutos de Cáritas Española y a las normas de sus respectivos Reglamentos (art. 5). No puede negarse que este camino colegial va en detrimento, con no poca frecuencia, tanto de una eficacia, tomada esta palabra en sentido empresarial, como de la posibili­dad de actuar con unos criterios amplios y de vanguardia que difi­cilmente se acomodan a la marcha inevitablemente más lenta de una institución compleja y pluralista por el número y diversidad de sus miembros. Se trata, por tanto, inevitablemente, de sacrificar en no pocas ocasiones la eficacia empresarial y la espectacularidad de una marcha vanguardista (en el mejor sentido de la palabra) en favor de la colegialidad, de la corresponsabilidad, del verdadero ser comunitario de la institución.

Es necesario, por tanto, que el funcionamiento ordinario de Cáritas Española (y por idéntica razón el de las Cáritas Diocesa­nas) sea fruto directo de una organización, es decir, de una estruc­tura y de una función que sean estrictamente confederales, de for­ma que se programe, se revise y se actúe no como lo hace una institución paralela a las demás organizaciones de acción caritativa y social, sino como propio del resultado final coordinado de una confederación de diferentes instituciones.

Ello supone que Cáritas Española ha de realizar la acción cari­tativa y social de la Iglesia en España no tanto por sí misma cuan­to a través de sus miembros confederados (art. 10). Y es a través de sus miembros confederados como Cáritas Española ha de po­nerse al servicio del Pueblo de Dios, con el fin de promover y co­ordinar la CCB en todas sus formas y de ayudar a la promoción humana y al desarrollo integral de todos los hombres (art. 10). Ello debe llevar a Cáritas Española a no protagonizar nunca la CCB, dejando que el protagonismo lo asuman sus miembros con­federados y, todavía más que ellos, la comunidad cristiana misma, la Iglesia, procurando evitar la tentación de marcar caminos idó­neos de la acción caritativa y social desde su propia y exclusiva realidad institucional, dejando al margen otras instituciones de la Iglesia confederadas en Cáritas, dedicadas a la CCB y a ayudar a la promoción humana y al desarrollo integral de todos los hom­bres.

Y lo mismo habría que decir en cuanto a esa tarea central de Cáritas Española de difundir el espíritu de caridad y de justicia so­cial, procurando formar la conciencia de los jóvenes católicos en orden a la CCB y al cumplimiento de los deberes de la justicia (art. 11). Se trataría de realizar una larga serie de actividades que han de ir dando el anuncio gozoso de la Buena Noticia en su con­creción de amor al prójimo en el amor a los necesitados hasta la denuncia profética de la pobreza y de la injusticia, a través de unos programas pensados, estudiados y aprobados por la totalidad de los miembros confederados en Cáritas Española, de tal forma que la Iglesia, en cuanto tal, y no Cáritas, apareciera como la voz de los que no tienen voz.

Y la exigencia de un actuar colegiado y corresponsable alcanza cotas de especial significación cuando se trata de estudiar los pro­blemas que plantea la pobreza, de investigar sus causas y de pro­mover, animar y urgir soluciones conformes a la dignidad de la persona humana y a la justicia (art. 11). Tampoco en este campo se trata de buscar la mera eficacia, por muy importante que ello sea, a la hora de investigar la pobreza y sus causas. Se trata de las dificultades objetivas que esta investigación plantea a una sola ins­titución, de la necesaria superación de los posibles sesgos ideológi­cos que la observación de la realidad de la pobreza conlleva casi inevitablemente y de la riqueza carismática que la Iglesia en su to­talidad ofrece —y, en consecuencia, las diferentes instituciones que constituyen Cáritas— cuando se trata de promover, animar y urgir soluciones conformes a la dignidad de la persona humana y a la justicia.

La coordinación en el interior de Cáritas

Teorizar sobre la coordinación, y más en concreto sobre la co­ordinación de la acción caritativa y social, no es dificil: los cristia­nos rara vez somos insensibles a esa doble exigencia de un testi­monio de Iglesia y de la búsqueda del máximo bien de los necesita­dos, en especial cuando todos somos conscientes de la inmensidad de los problemas de la marginación y de la pobreza.

Pero la veracidad de nuestras actitudes siempre tendrá su «test», su «piedra de toque», en el compartir. Es algo que san Juan expresa perfectamente: «Hemos comprendido lo que es el amor porque aquél se desprendió de su vida por nosotros; ahora también nosotros debemos desprendernos de la vida por nuestros hermanos. Si uno posee bienes de este mundo y viendo que su hermano pasa necesidad le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar con él el amor de Dios? Hijos, no amemos, con palabras y de bo­quilla, sino con obras y de verdad» (1 Jn 3,16-18).

Los Estatutos definen a Cáritas como el conjunto confederado de las Cáritas Diocesanas, los organismos nacionales de las asocia­ciones e instituciones de acción caritativa y social y las órdenes e institutos religiosos específicamente dedicados a la acción caritativa y social. Y aunque sea un tópico, hay que recordar que no sólo el panorama de la pobreza es apabullante, sino que las desigualdades de diócesis a diócesis, de institución a institución, de sectores mar­ginales a sectores marginales, son de tal naturaleza que podemos decir que resultan irritantes porque irritante es que, dada la esca­sez de recursos en proporción con las necesidades, esos recursos no se distribuyan de una manera más racional y justa.

Coordinar exige sin duda compartir, exige proporcionar, con una mayor justicia, recursos y necesidades, exige una puesta en común basada en una fraternidad cristiana que permita equilibrar activi­dades, servicios, prestaciones, para el conjunto de elementos coor­dinados, con los ojos puestos prioritariamente en las diferentes gravedades que presentan los marginados y las áreas de la pobreza.

Ese es el espíritu del artículo 31 de los Estatutos, es decir, ése es el espíritu con el que se creó el Fondo Nacional de Comunicación Interdiocesana de Bienes, un Fondo que ha de ser expresión de un compartir que de verdad, «no de boquilla, sino con obras y de verdad», manifieste la autenticidad de una coordinación que de­muestra que Cáritas es la diaconía (el servicio) para la acción ecle­sial comunitaria de la comunicación cristiana de bienes (art. 12).

Más clara tiene que resultar esta intención si se tiene en cuenta que se trata tanto de sostener unos Servicios Centrales, que fun­damentalmente han de existir para ayudar a los diferentes miem­bros de Cáritas Española (art. 30, c) como de ayudar a los miem­bros confederados, financiando sus programas comunes de activi­dades y concediéndoles subvenciones en la forma que la Asamblea Nacional establezca por iniciativa del Consejo General (art. 32).

La pregunta que cabe hacerse ante este espíritu es si el funcio­namiento del conjunto de Cáritas Española ha respondido hasta el momento a sus exigencias más profundas, o si, por el contrario, se ha dado un creciente replegamiento por parte de las mismas Cári­tas Diocesanas a sus propios territorios, rompiendo con esa diná­mica llena de amor (art. 39), de un compartir, que debe ser la ex­presión primera de la veracidad de un deseo y de una vocación de coordinación. En todo caso, hay que afirmar que, si no hay un esfuerzo de constitución seria y responsable del Fondo Nacional ello significa que Cáritas ha prescindido de hecho de toda inten­ción coordinadora y que se ha auto-perfilado como una institución más o un conjunto de instituciones de acción caritativa y social y no como la diaconía de la comunidad cristiana para esa acción. Y todo ello dicho sin apelar a la solidaridad con ese «tercer mundo» o «cuarto mundo» que, dentro y fuera de nuestras fronteras, ago­niza en la más absoluta de las miserias, explotado por todos los imperialismos que hay en nuestro mundo.

Las Cáritas diocesanas

Todo lo dicho, en lo que a criterios se refiere, es perfectamente aplicable a las Cáritas Diocesanas, en sus relaciones con las Cári­tas Parroquiales y con las asociaciones e instituciones de acción caritativa y social de la Iglesia.

La Cáritas Diocesana es el organismo oficial de la Iglesia para coordinar, orientar, promover y, en su caso, federar la acción cari­tativa y social de la propia diócesis (art. 34). Lo que es claro es que los Estatutos establecen que, en sus planos diocesano y parro­quial, Cáritas coordina y, en su caso, federa las asociaciones e ins­tituciones de acción caritativa de la Iglesia, así como las activida­des de acción caritativa y social de las órdenes e institutos religio­sos dedicados a esas actividades (art. 35), y no sólo las coordina, sino que también las representa (art. 36).

Hay que señalar que en la Exposición de Motivos de los Esta­tutos se afirma que dichos Estatutos parten de la base de que la diócesis es la unidad pastoral por excelencia de la Iglesia (n. 6) y que, para que la acción caritativa diocesana y parroquial no pierda su sentido de testimonio comunitario y eclesial, es necesario que Cáritas, en la diócesis y en la parroquia, se concrete funcionalmente en una acción coordinada, ordenada en el espacio y en el tiem­po y tendente a la obtención eficaz de unos objetivos comunes (número 7).

Pero ello tiene sus consecuencias para Cáritas Diocesana. En la XXI Asamblea Nacional de Cáritas dedicada a «La coordinación de la acción caritativa de la Iglesia», en la ponencia titulada «Fun­damentos y forma de coordinación» (elaborada por Manuel Goi­colea y Ramón Echarren y presentada por el primero, 1967), se decía que Cáritas alcanzaría su plenitud como diaconía coordi­nando a todas las asociaciones, incorporándolas respetuosamente a su vida, ya que de esta manera su acción será más comunitaria y la caridad de la Iglesia brillará de un modo especial cuando la ac­ción caritativa esté realizada por cristianos que quieren seguir más de cerca al Señor.

Pero —se añadía— este planteamiento tiene sus exigencias para Cáritas:

1) Precisamente porque Cáritas se identifica con la Iglesia rea­lizando la acción caritativa, todas las asociaciones que realizan esa acción y que desean actuar en la Iglesia son Cáritas con pleno y absoluto derecho por su parte.

2) Cáritas debe estar plenamente abierta a esas asociaciones, no cerrarse en una línea determinada que excluya a una o varias de ellas, convertirse en una diaconía de todas ellas, ayudarlas cuanto sea posible, especialmente en lo que se refiere a servicios y a programas.

3) Cáritas debe contar con las asociaciones en la elaboración de sus programas, programas que no deben ser tanto de Cáritas cuanto programas diocesanos o parroquiales, es decir, programas de acción caritativa y social de la Iglesia. Y Cáritas debe contar igualmente con las asociaciones a la hora de ejecutar los progra­mas, poniéndose de acuerdo con ellas, coordinando y coordinán­dose a la hora de realizarse la distribución de tareas, de áreas de acción y de definición de responsabilidades de esos programas, que deben ser, como antes se decía, no tanto de Cáritas cuanto de la Iglesia diocesana y parroquial.

Y cuando una o varias asociaciones se hagan cargo de determinadas acciones programadas como de Iglesia, tendrán pleno de­recho a recibir y administrar los medios económicos que Cáritas ha destinado a financiar esas acciones.

4) Cáritas, como diaconía de la Iglesia, debe respetar al má­ximo la idiosincrasia concreta de cada asociación, su autonomía jurídica, sus cuadros organizativos, etc. Podría decirse todavía más. De algún modo, Cáritas debe considerar como propio el con­junto que fórman los diferentes elementos constitutivos de cada una de las asociaciones de caridad: su espiritualidad, su forma es­pecífica de actuar, sus Reglamentos y Estatutos, su espíritu funda­cional, etc. Por eso mismo que es una diaconía, un servicio de la Iglesia o de la comunidad eclesial, Cáritas no puede identificarse de tal forma con determinada corriente u orientación concreta que excluya radicalmente a otras, salvo que sea una decisión que se tome en perfecto diálogo, en comunión consciente, en pleno acuerdo de Iglesia. Mientras no sea así, debe admitir en su seno todas aquellas orientaciones y tendencias que la Iglesia admite en su vida y que la jerarquía admite como parte de la comunidad.

Estas afirmaciones de aquella ponencia de la XXI Asamblea Nacional traslucían un espíritu, que fue el que dio lugar a los Es­tatutos hoy vigentes, y suponían una concepción de Cáritas como institución eclesial abierta que se sentía no tanto protagonista de una coordinación impuesta o a imponer a las instituciones cuanto constituida por la totalidad de esfuerzos que, en el interior de la Iglesia, con mayor o menor acierto, se orientaban ilusionadamente para servir a los pobres y marginados. Cáritas no intentaba susti­tuir, ni someter, ni dirigir coactivamente cuando hablaba de coordi­nar, sino simplemente poner de acuerdo, constituirse desde la plura­lidad de asociaciones, abrir en el interior de la Iglesia un espacio de coincidencia, de diálogo, de posibilidad de acuerdo para una realiza­ción eclesial de la caridad más eficaz (para bien de los necesitados) y más testifical (para bien del Evangelio).

Lo que tendría que revisar hoy Cáritas, y en especial las Cári­tas Diocesanas, es si el desarrollo de su vida, su proceso evolutivo, a lo largo de estos casi veinte años, ha respondido a este espíritu o, por el contrario, se ha desvirtuado, caminando por derroteros propios de una competitividad poco eclesial y de un exclusivismo poco evangélico. Habría que revisar con profunda humildad la capacidad demostrada por las Cáritas Diocesanas para abrirse llenas de amor:

  • A las parroquias, procurando intensificar seriamente que las comunidades cristianas parroquiales sean no sólo comunidades de fe, de esperanza y de culto, sino también comunidades de amor que saben que celebrar la Eucaristía representa una exigencia in­soslayable de amor a los más necesitados, que ha de manifestarse por la CCB, por la construcción de la justicia, por la denuncia profética, por el anuncio alegre de la salvación de Dios para los pobres y los oprimidos, por la promoción incansable de movimien­tos de desarrollo social y comunitario que protagonicen los mis­mos necesitados.
  • A las asociaciones e instituciones de acción caritativa y social de la Iglesia, evitando convertirse en un equipo monopolizador de Cáritas; en un equipo cerrado que no incorpora nuevos cristianos a sus tareas y que permanece idéntico durante años; en un equipo que no abre espacios a los jóvenes que pueden aportar sus criticas y su imaginación creadora; en un equipo de profesionales, más o menos bien situados, que bloquean la posibilidad de evolución de la propia Cáritas, que impiden de hecho el diálogo con las asocia­ciones, que permiten con su instalación un continuo empobreci­miento de Cáritas como diaconía de la comunidad diocesana.
  • A las demás Cáritas Diocesanas, comenzando por las más próximas, las que corresponden a la misma nacionalidad o región y llegando a todas las que constituyen Cáritas Española, expresan­do así un amor que, cuando es auténtico, supera toda frontera y particularismos para abrirse al mundo entero, algo que ya san Pa­blo supo exigir a través de las colectas por los pobres de la comu­nidad de Jerusalén y que hoy tiene una especial significación por­que los problemas superan los línites de cada diócesis; porque las causas de los problemas no se encuentran localizadas en las pro­pias diócesis; porque la solidaridad, cuando es auténtica, va siem­pre buscando los más necesitados; porque los problemas de pobre­za son extraordinariamente desiguales a lo largo y ancho de la geografía nacional y los más pobres no necesariamente están loca­lizados en la propia diócesis.

Esta triple apertura será efectivamente el «test» de que existe una verdadera voluntad de coordinación por parte de las Cáritas Diocesanas. Si esas tres dimensiones de apertura no existen, Cári­tas Diocesana será el nombre vacío de una institución empobreci­da que ha perdido el sentido de su más propia y específica voca­ción de Iglesia.

Asociaciones e Instituciones

El artículo 46 de los Estatutos de Cáritas expresa las relaciones de las asociaciones e instituciones de acción caritativa y social con Cáritas: «Es deseo de la jerarquía, con el fin de que la acción cari­tativa y social de la Iglesia sea testimonio comunitario de su amor por los necesitados, que las asociaciones e instituciones de acción caritativa y social se coordinen en el nivel de Cáritas que corres­ponde al ámbito y sector de sus actividades, exteriorizando así su voluntad de formar parte de la acción caritativa y social de la Igle­sia.»

Como ántes indicaba, no se trata de que Cáritas sustituya, ab­sorba, subsuma ni someta a esas instituciones. Se trata de que, respetando sus Estatutos y Constituciones, Cáritas asuma y coor­dine funcionalmente la acción de las asociaciones e instituciones a través de programas elaborados conjuntamente (art. 47), sin que dejen de gozar por ello de plena autonomía en la administración de sus propios bienes y recursos (art. 48).

En la ponencia antes indicada, después de hablar de las exigen­cias que la coordinación plantea a Cáritas, se señalaban también las exigencias paralelas que la coordinación bien entendida plantea a las asociaciones e instituciones de acción caritativa y social:

  1. Precisamente porque Cáritas se identifica con la Iglesia rea­lizando la acción caritativa, las asociaciones que realizan esa ac­ción y que desean actuar en la Iglesia por amor a ella y por amor a los necesitados, deben buscar sin prejuicios coordinarse en Cá­ritas.
  2. Las asociaciones de acción caritativa deben tener concien­cia de que la coordinación de sus acciones con Cáritas, ésta la po­tenciará de tal manera que los necesitados saldrán beneficiados al máximo, a la par que la Iglesia aparecerá ante el mundo dando un testimonio de unidad y de amor más verdadero y eficaz.
  3. Por ello las asociaciones deben colaborar con Cáritas en la elaboración de los programas y en su ejecución, programas que no han de ser de Cáritas, sino de la Iglesia. Sólo así además podrán evitarse duplicidades innecesarias en la acción caritativa, olvido de campos de especial necesidad, visiones parciales de los problemas y de la propia actividad, deficiencias todas ellas que suponen un per­juicio para la Iglesia misma.
  4. En una visión amplia de Iglesia, cada institución, y como manifestación de su espíritu de caridad, deberá poner en común con Cáritas y con las demás instituciones sus experiencias, sus ras­gos de espiritualidad, sus técnicas de acción social, su conocimien­to de los problemas. Sólo así se hará más consciente en todos el espíritu de colaboración «en la obra de los santos para la edifica­ción del Cuerpo de Cristo en la comunidad».

Conclusión

Decía al principio que no es fácil hablar de coordinación. Pero todavía más difícil es realizarla. No se trata de un problema exclu­sivo de la acción caritativa y social, o de Cáritas. Como ocurre en tantas realidades y exigencias de la vida cristiana y de la pastoral de la Iglesia, el problema de la coordinación es también un pro­blema de conversión, de conversión personal y de conversión insti­tucional, tal vez la más dificil de todas las conversiones. Una con­versión a la humildad, al anonimato, a la sencillez, a la obediencia. Una conversión al amor, al amor a la Iglesia y al amor a Dios y al prójimo, ese amor que ha de pasar necesariamente por el amor a los enemigos y por el amor a los pobres.

No son difíciles de descubrir las bases de la necesidad de la co­ordinación de las actividades de acción caritativa y social:

  • Un común protagonista de la acción caritativa: la Iglesia, la comunidad cristiana o cada comunidad cristiana, el Cuerpo Místi­co de Cristo.
  • Un deseo común del verdadero amor: hacer el máximo bien a los marginados, a los necesitados, a los oprimidos, que son «sacramento» de Cristo.
  • Una intención común para todos: dar un testimonio eclesial del amor de los cristianos por los necesitados.
  • Un mismo espíritu para todos: la caridad de Cristo nos ur­ge y constituye la esencia de la ley de nuestra vida cristiana. Un mismo amor ha sido infundido en nuestros corazones.

No me extrañaría que no pocos de ustedes pensaran que todo lo dicho no pasa de ser un conjunto de afirmaciones teóricas más o menos sabidas.

Por ello mismo me atrevería a pedirle al Señor, con todo amor para los pobres y para su Iglesia, con todo amor a todos ustedes, a los que colaboran en Cáritas y los que lo hacen en asociaciones y organizaciones de acción caritativa y social, que abra el corazón y la inteligencia de ustedes a las consecuencias prácticas y concre­tas que el plánteamiento hecho lleva consigo.

Ante todo, planteándose ya desde ahora que Cáritas, en todos sus niveles, debe estar realmente integrada por todos aquellos cris­tianos que representan auténticamente a todas las entidades de ac­ción caritativa y social que desean actuar en nombre de la comu­nidad cristiana, de forma que sea la Iglesia, la comunidad, la que aparezca solidarizándose con los pobres y marginados, procurando incluso que se hable del amor de los cristianos por los pobres y marginados y no de Cáritas ni de las diferentes instituciones.

Ello debe concretarse en algo que siempre nos resulta muy di­ficil a los cristianos que trabajamos en cualquier institución: hemos de organizarnos prácticamente de tal manera que las decisiones (que en el fondo no son otra cosa que el ejercicio del poder) sean tomadas corresponsablemente por todos los que deben constituir Cáritas y nunca en solitario por una o varias personas que de al­gún modo aparecen representando a Cáritas en exclusiva. Dicho de otra manera, es absolutamente preciso que sustituyamos de ver­dad toda actitud de dominio, de poder, por unas actitudes de servicio, de humilde disponibilidad, convirtiendo a Cáritas en espacios abier­tos a la creatividad de todos los que dan testimonio de amor en este campo, de forma que las decisiones sean el resultado final de un diálogo en el que participen todas las entidades de acción cari­tativa y social que desean sinceramente que la Iglesia, la comuni­dad cristiana, sea la protagonista del testimonio del amor de los cristianos por los necesitados. En esta linea, especialmente en las diócesis y en las parroquias, será necesario potenciar con toda in­tensidad unas verdaderas Asambleas.

Una consecuencia inmediata de estas actitudes, tal vez la prueba fundamental de la sinceridad de nuestra fe y de nuestro amor, no va a ser otra que una verdadera comunicación cristiana de bienes, una verdadera comunicación cristiana de dinero, en cada nivel y entre todos los niveles. A fuerza de sentirnos muy espirituales, los cristianos, que incluso somos capaces de compartir a nivel perso­nal nuestros bienes, tenemos un gran y farisaico pudor al hablar de dinero y de compartir el dinero y caemos en tremendos egoís­mos institucionales. Dadas las situaciones tan dispares de necesi­dad que se dan en cada parroquia, en cada diócesis, en las diócesis de cada nacionalidad, entre las diócesis de la nación, entre las mismas naciones, el amor nos exige que el dinero (y otros bienes, por supuesto) circule de verdad entre las distintas instituciones e Iglesias diocesanas. Si no ocurre así es que nuestro amor se mueve en cotas muy bajas, en cotas poco cristianas.

Por último, me atrevería a decir que los que estamos en este momento en Cáritas y los que estamos o están en diferentes enti­dades de acción caritativa y social de la Iglesia, debemos plantear­nos la permeabilidad real que se da en nuestras instituciones, en orden a programar de verdad un esfuerzo serio en favor de esa multitud de pobres y marginados que sufren en nuestra sociedad. El amor a los necesitados debe obligarnos a superar —respetando, por supuesto, carismas específicos— todo enquistamiento institu­cional, toda vanidad institucional, todo lo que sea encerrarse en la propia institución, abriéndonos o abriendo nuestras instituciones al mundo para que, fundamentados en un mismo Evangelio, en un mismo amor, en una misma esperanza, brille en plenitud el amor de Dios por los más pobres.

Resumiendo, les diría que las consecuencias de lo dicho debe­rían plasmarse en la construcción de una estructura organizativa de Cáritas mucho más abierta y participativa, más asamblearia, más en línea de un Pueblo de Dios que en su totalidad se solidari­za con los necesitados. Y deberían plasmarse en un funcionamien­to más ágil y corresponsable, más dinámico e imaginativo, más cercano al Pueblo de Dios y más cercano a los que sufren la po­breza, más profético y más animado de un compartir constante e incansable, más social en línea de, una verdadera promoción y, al mismo tiempo, más evangélico.

Las exigencias a las que debe someterse la acción caritativa son las mismas ‘para todos y nos han sido dichas por el Concilio:

«La acción caritativa puede y debe abarcar hoy a todos los hombres y a todas las necesidades. Dondequiera que haya hombres carentes de alimento, vestido, vivienda, medicinas, trabajo, instruc­ción, medios para llevar una vida verdaderamente humana, o afli­gidos por la desgracia o por la falta de salud, o sufriendo el destie­rro o la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristia­na y consolarlos con diligente cuidado y ayudarlos con la presta­ción de auxilios. Esta obligación se impone ante todo a los hombres y a los pueblos que viven en la prosperidad. Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca como tal, es ne_ ?sanó ver en el prójimo la imagen de Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor, a quien en realidad se ofrece lo que al necesitado se dé; respetar con máxima delicadeza la libertad y la dignidad de la persona que recibe el auxilio; no man­char la pureza de intención con cualquier interés de la propia utili­dad o con el afán de dominar; cumplir antes que nada las exigen­cias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que se debe dar por razón de justicia; suprimirlas causas y no sólo los efectos de los males y organizar los auxilios de tal forma que quie­nes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependen­cia externa y se vayan bastando por sí mismos» (AA, n. 8).

Las raíces últimas de una unidad que debe ser la plataforma de apoyo de toda coordinación son también comunes y nos las expre­sa san Pablo:

‹‹En consecuencia, un favor os pido, yo, el prisionero por el Se­ñor: que viváis a la altura del llamamiento que habéis recibido; sed de lo más humilde y sencillo, sed pacientes y conllevaos unos a otros con amor. Esforzaos por mantener la unidad que crea el Es­píritu, estrechándola con la paz. Hay un solo cuerpo y un solo Es­píritu, como una también la esperanza que os abrió su llamamien­to; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, que está sobre todos, a través de todos y en todos. Pero cada uno he­mos recibido el don de la medida con que Cristo nos lo dio… Fue él quien dio a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, a otros como pastores y maestros, con el fin de equipar a los consagrados para la tarea del servicio y construir el cuerpo de Cristo, hasta que todos sin excepción alcancemos la unídad propia de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, la madu­rez del adulto, d desarrollo pleno de Cristo… Siendo auténticos en el amor, crezcamos en todo aspecto hacia aquél que es la cabeza, Cristo. De él viene que el cuerpo entero, compacto y trabado por todas las junturas que lo alimentan, con la actividad peculiar de cada una de las partes, vaya creciendo como cuerpo, construyéndo­se él mismo por el amor,(Ef 4,1-16).

Efectivamente, no son difíciles de descubrir las bases que apo­yan la necesidad de una coordinación de las actividades que con­cretan la acción caritativa y social. Pero otra cosa es llevarlas a la vida.

Puntos para el trabajo por grupos

1. Principios doctrinales que exigen la coordinación:

a) Necesidad de dar testimonio de amor hacia los pobres en nombre de la comunidad cristiana.

b) Urge coordinar fuerzas para una mejor atención mate­rial y espiritual al necesitado, que es «sacramento» de Cristo.

c) Un mismo amor ha sido infundido en nuestros cora­zones.

d) Los Estatutos definen a Cáritas como el conjunto con­federado de las Cáritas Diocesanas, los organismos nacionales de las asociaciones e instituciones de ac­ción caritativa y social y las órdenes e institutos reli­giosos específicamente dedicados a la acción caritativa y social.

2. Medios para lograr la coordinación:

No es fácil hablar de coordinación y menos realizarla, pero vamos a intentar conseguirla. Para ello ofrecemos los si­guientes medios:

a) Asimilar los principios doctrinales expuestos anterior­mente.

«Los pobres han sufrido más por falta de organización en el campo de la caridad que por falta de personas caritativas» (san Vicente de Paúl).

b) Es preciso también la conversión personal e institucio­nal, tal vez la más difícil de todas las conversiones. Una conversión a la humildad, al anonimato, a la sen­cillez, a la obediencia. Una conversión al amor, al amor a la Iglesia y al amor a Dios y al prójimo, ese amor que ha de pasar necesariamente por el amor a los enemigos y por el amor a los pobres.

c) Poner en práctica la conclusión de la XXXVI Asamblea General de Cáritas:

«Constatamos que en todas las diócesis hay obras de caridad, caritativo-asistenciales, institucionalizadas, de inspiración netamente cristiana, promovidas por per­sonas entregadas al servicio de los hermanos y de la Iglesia, especialmente obras promovidas por las fami­lias religiosas. Todas ellas son expresión de la caridad de la Iglesia local y, como tales, han de ser valoradas y aceptadas. A todas les invitamos a que, en el respeto a su carisma y dinamismo propio, se integren y coor­dinen dentro de los proyectos comunes y globales de la pastoral caritativo-social de la diócesis.

Esto nos exige a todos un esfuerzo, que consideramos prioritario, de mejora de nuestras estructuras y de los cauces de diálogo y coordinación.»

Preguntas para la reflexión personal o comunitaria

  1. ¿Te parece conveniente la coordinación en la ac­ción caritativa y social de la Iglesia? ¿Por qué?
  2. ¿Qué dificultades encuentras en la realización de la misma?
  3. ¿Qué medios sugieres para conseguirla a nivel diocesano y parroquial?
  4. ¿Qué es la Asociación respecto de Cáritas y vice­versa?

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