Capítulo noveno
Deseaba el Sr. Odín con mucho anhelo volver a Europa para recobrar la salud, y mucho más aún para despertar vocaciones de sacerdotes y religiosos para el país que llamaba con mucha ternura «su pobre América». Debía acompañarle el Sr. Bouillier, según consta de una carta de 1830. Estaba encargado del Seminario, del Colegio y de la parroquia, pues el Obispo de San Luis no podía detenerse mucho tiempo en los Barrens. Gran parte de sus Hermanos habían sido sucesivamente relevados y enviados a su país natal por motivos de salud. El Sr. Neckere de quien antes hicimos mención, había vuelto a Bélgica, su país, pasando después a Francia, al Seminario mayor de Amiens. Más tarde, movido por las instancias del Ilmo. Sr. Rosati, hubo de volver a América para morir en ella en 1833, siendo Arzobispo de Nueva Orleans. Estaba el Sr. Odín del todo sacrificado al bien espiritual de los Barrens. Tres Hermanos, nuevamente venidos; le animaban en sus múltiples ocupaciones,- y entre ellos el Sr. Timón, Lazarista o Paúl muy celoso, y lleno de piedad y de ciencia.
Su salud estaba muy quebrantada, le molestaban frecuentes accesos de calentura, y algunas veces le atormentaba la jaqueca terriblemente y le hacía muy pesado el ministerio que desempeñaba. a todo, sin embargo, hacía frente. En una carta refiere una misión dada en Nuevo-Madrid:
«He dado una misión a cien millas de aquí, en un lugar llamado Nuevo-Madrid, a orillas del Mississipí. Hay en él cerca de ochenta y cinco familias diseminadas a un lado y a otro del río. Este punto estaba floreciente cuando dominaban los españoles en la Luisiana; había entonces una iglesia y un Sacerdote; pero ahora, cuando yo estuve, no hallé en materia de religión sino ideas muy vagas, débiles y sin arraigo, pues los infelices han estado por espacio de treinta años sin Cura párroco y sin otra asistencia que la que les prestaban algún que otro Misionero, deteniéndose uno o dos días para administrar el santo Bautismo a los niños. Derribada la iglesia del pueblo, los muertos enterrados en los huertos y en los campos, ningún vestigio religioso quedaba de su estado anterior. ¡En cuánta ignorancia vivían esos pobres cristianos! Nuestra llegada fue motivo de mucha alegría para ellos. Una casa inhabitable, abierta a los cuatro vientos, fue el lugar destinado para la celebración de los sagrados Misterios.
Dos veces cada día los muchachos se reunían para asistir a las lecciones de Catecismo, siendo edificantes por la aplicación y por las buenas disposiciones que manifestaban. Dios bendijo, al parecer, su atención y sus buenos deseos. En un me/ muchos se hallaron bastante instruidos para hacer su primera Comunión. Quince de ellos fueron admitidos a ella, y creo que participaron en ese Santísimo Sacramento de los sentimientos de piedad y de fervor de que son capaces las personas educadas en el seno del Cristianismo. Algunas otras personas tuvieron también la dicha de acercarse a la sagrada Mesa. La ceremonia fue muy tierna para aquel pobre pueblo; ¡treinta años habían transcurrido sin que se hubiese visto entre ellos cosa semejante! Si hubiese estado más tiempo con ellos, me habría procurado el consuelo de preparar a un número mucho mayor para recibir los Santos Sacramentos; pero el Sr. Rosati me llamó al Seminario para que ocupase su lugar entretanto que él hacía un viaje a Nueva-Orleans.
Yo me proponía ir a visitar antes de mi regreso una tribu de indios que habita a treinta millas de Nuevo-Madrid. Ya estaba en camino, pero las aguas y la contraorden de S. Ilma. me impidieron la ejecución de mi proyecto. Es necesario atravesar pantanos, ríos, para llegar a la morada de aquellos salvajes, y en aquella época los caminos estaban tan malos, que no se podía emprenderlos sin correr mucho peligro.
Al volver de mi misión me era preciso atravesar uno de aquellos pantanos; las avenidas del Mississipi lo habían de tal manera llenado de agua, que en el espacio de muchas millas los caballos desaparecían a cada instante bajo las olas. Sin un hábil práctico que supiese dirigirme a través de aquella masa enorme de agua, y en medio de los árboles, creo que hubiera infaliblemente perecido. Afortunadamente nuestros caballos están ya tan acostumbrados al agua, que pueden nadar sin dificultad y sin peligro, aunque sea por mucho tiempo. En tiempo de vacaciones debo hacer otra Misión en Nuevo-Madrid, donde se están preparando para la primera Comunión cerca de sesenta personas. También se predicará allí el Jubileo, y tengo mucha confianza de que todos harán las paces con Dios. Entonces visitaré la tribu salvaje, y espero que a mi vuelta podré darle buenas noticias.
Continuaremos dando alguna misión los días de vacaciones, entre los protestantes vecinos al Seminario. Parece que se hallan de día en día mejor dispuestos. El Sr. Bouillier bautizó a trece en dos o tres salidas. La última semana fui todavía llamado para bautizar a tres niños enfermos, cuyos padres no pertenecen a secta alguna.
Sus amigos de León, encargados cada uno de parroquias dispersas, trabajan con valor, como el Sr. Odín; por esto añade: «Los Sres. Blanc han hecho edificar en Punta Cortada, en Pequeña Roca y en otras partes iglesias sólidas y cómodas. El Sr. Bouillier, por su parte, ha hecho levantar una magnífica en la Misión que le está confiada. Raras veces nos es fácil aquí el reunirnos. Hace cerca de siete u ocho años—dice—que no he visto al Sr. J. Bautista Blanc, estando separados por una distancia de ochocientas millas. El Sr. Antonio Blanc (antiguo Vicario de Ambierle ) el último año pasó con nosotros muchas semanas en Barrens. He sabido, hace poco, que el invierno pasado se halló a las puertas de la muerte; pero después se ha puesto perfectamente bien«.
En Barrens la población aumentaba, y se conocía la necesidad de edificar una iglesia grande y cómoda, y hasta hubo empeño de hacerla magnífica. El Ilmo. Sr. Rosati había presentado el plan y comenzado la ejecución; se había de tardar diez años en su construcción, y la había de consagrar el Ilmo. Sr. Bruté.
«Es considerable el número de iglesias que se edifican en los Estados Unidos — añade el Sr. Odín en una carta — de la cual tomamos estos pormenores; las Comunidades religiosas se multiplican, se fundan nuevas parroquias y se hallan en todas partes verdaderos adoradores de Dios vivo, debido a esa rápida y fecunda expansión del Catolicismo. Ruega al Señor, mi cara hermana, que proteja a nuestra Iglesia naciente y que propaguen en todas partes los dogmas consoladores de nuestra fe«.
Las cartas de aquella época nos ofrecen ciertos puntos de contacto sobre el progreso del Catolicismo que nos servirán para calcular en un capítulo especial los progresos y las pérdidas del Catolicismo en la América del Norte: en ellas hallamos también pormenores cuya sencillez revela, más que todo, lo que podíamos llamar secretos íntimos del corazón del apóstol.
He recibido con mucho agradecimiento las camisas que mi buena madre tuvo la bondad de enviarme. Las que había traído de Francia estaban ya gastadas. Tengo muy presentes todos los sacrificios que mis buenos parientes han hecho por mí; por eso os ruego que no hagáis más gastos por mí y que no me enviéis nada; nuestro buen Obispo me da de lo poco que tiene. Por otra parte, un Misionero necesita pocas cosas, y la Comunidad le provee de lo necesario. En los más largos viajes no me llevo sino dos camisas, dos pañuelos y lo que es necesario para celebrar la santa Misa, habiéndome ya acostumbrado a esto.
«La muerte de mi padre me hizo derramar muchas lágrimas. Spiritus quidenz promtus est caro autern, infirma. Aquella triste noticia me afligió sensiblemente; escríbame usted si tuvo la dicha de recibir los últimos Sacramentos. Yo no cesaré de rogar por el descanso de su alma. ¡Oh, si pudiéramos todos estar un día reunidos en el seno de Dios!„» (Barrens, 28 de Enero de 1833.) La Iglesia de América se organizaba, y ya en 1829 se tuvo un Concilio provincial en Baltimore, donde estaban reunidos todos los obispos. El Sr. Carriére, Superior General de San Sulpicio, cuando visitó las Misiones de su Compañía en los Estados Unidos y en el Canadá, fue invitado al Concilio, al cual trajo las luces de su vasta ciencia teológica.
Tres años después, el Ilmo. Sr. Rosati fue acompañado al segundo Concilio de Baltimore por el Sr. Odín, como teólogo. La cuestión que, desde aquel momento, preocupaba la Iglesia de América, y que la tuvo agitada por espacio de cincuenta años, era la participación de los legos en el gobierno de las parroquias, bajo el nombre de trusteos. Los legos habían frustrado en general las esperanzas que los primeros pastores habían concebido al confiarles la administración de los bienes de las iglesias.
En las cuestiones mixtas, sus exigencias quisquillosas ataban en más de un punto la acción apostólica de los Misioneros, y desde aquella época se miraba como un verdadero peligro para la organización del culto católico el poder que se les había concedido, y hablaban ya de un principio del cisma que se amenazaba. Eso era en -miniatura la lucha del sacerdocio y del imperio.
El imperio en la América, ese era el sistema laical sostenido por la opinión, que se excitaba, y que se creía como necesaria al gobierno del Catolicismo. En aquel Concilio provincial se trató mucho de los medios que se habían de tomar para impedir las usurpaciones de los seglares. Las otras medidas eran más generales, respondiendo a las necesidades de los pueblos: la evangelización de los salvajes; la disciplina interior del Clero y la adaptación de las antiguas leyes del derecho común a la vida nueva que los Sacerdotes debían llevar en lo sucesivo.
El Sr. Odín, autorizado por su Obispo y por su Superior el Ilmo. Sr. Rosati para volver a Europa, recibió del Concilio el encargo de llevar los decretos a Roma, para que su aprobación, emanada del Papa, les diese fue.rza de ley. Había de ocuparse, además, de las necesidades de las Diócesis de la Luisiana, de procurar vocaciones y de solicitar la caridad de los fieles de Francia y de Italia. Partía con el bastón de viajero, preocupado de las necesidades de aquella Iglesia naciente, de su pobre América, según su expresión tan tierna y tan apostólica. Entraba en las miras de todos aquellos sacerdotes y de aquellos obispos, la mayor parte amigos suyos y algunos compañeros. Ya, en 1826, había escrito a sus padres algunas líneas, que son como un programa que está encargado de realizar:
«Nuestros Sres. Obispos tienen muchos proyectos, los cuales, puestos en ejecución, no dejarían de extender el reino de Jesucristo; pero la falta de dinero y de obreros no les permite llevar a cabo sus grandes designios. Las enfermedades y los achaques que sobrevienen aquí a los sacerdotes europeos obligan a casi todos a volverse a su patria; las fatigas anejas al ministerio en estos climas extranjeros rinden a los más robustos; de manera que, lejos de poder llevar las luces de la fe a nuevos lugares, los misioneros apenas pueden servir a las Congregaciones ya formadas.
La muerte, en el discurso de este año, nos ha arrebatado a dos de nuestros Seminaristas que estaban estudiando la Filosofía y hacían concebir grandes esperanzas. ¡Cuán desconsoladoras son estas pérdidas para nuestros obispos«.







