Capítulo cuarto
Las líneas que acabamos de citar de aquella carta dirigida a su hermana, atestiguan en nuestro seminarista el estado de un alma dispuesta para cualquier sacrificio. Dios le había llamado a la gracia del sacerdocio, su vocación era evidente, y el subdiaconado que acababa de recibir era un compromiso definitivo y conforme a sus más íntimos sentimientos. No bastaba eso; su vocación de misionero había de ser tal, que no pudiese resistir a ella. He aquí en qué circunstancias se declaró. El Ilmo. Sr. Dubourg, uno de los sacerdotes que se aprovecharon de su destierro, en tiempo de la Revolución francesa, para evangelizar a los Estados Unidos, había sido nombrado Obispo de Nueva Orleans y consagrado en Roma el año de 1815. En 1816 se había detenido en Lyon, la antigua Roma de los galos.
Su narración sobre la situación religiosa, tan deplorable en los Estados Unidos, había enternecido los corazones hasta disponerlos al sacrificio, y en la organización regular de la obra de la propagación de la Fe, su influencia no había sido inútil. Se ocuparon con mucho interés de la situación de aquella Luisiana, perdida para Francia, es verdad, pero que ella había conquistado. La caridad de los fieles había dado generosa y abundantemente recursos materiales para las Misiones; pero mucho más hizo el Seminario mayor, suministrando personal, pues seis o siete jóvenes fueron los que se decidieron a partir, y hallamos entre ellos dos nombres ya conocidos, el del Sr. Blanc, que había sido enviado como vicario a Ambierle, esperando la partida y consultando con Dios su vocación, y el de un joven clérigo de Montbrison, llamado Portier, que aún no había acabado sus estudios. Más tarde recordaremos esos dos nombres en nuestra narración.
Grande y profunda fue la impresión que este acontecimiento causó en el Seminario, y bien puede afirmarse que el Ilmo. Sr. Dubourg dejaba el germen de otras vocaciones. En casas donde no entran los rumores mundanos, como lo es un Seminario, los acontecimientos son raros; y cuando hay alguno extraordinario, como el hallarse en él un Obispo de América, es objeto por muchos años de las conversaciones, y materia de la correspondencia. En 1822, el Ilmo. señor Dubourg había venido de nuevo a Europa. Recorrió Bélgica, Austria, Italia, Francia, y vino a Lyon, donde trató con tantas almas que se interesaban en sus Misiones. Visitó el Seminario, que seis años antes había sido tan generoso, y que le había de dar nuevos y preciosos aspirantes. El Sr. Odin se sintió llamado a la evangelización de aquellas lejanas tierras, y fue contado en el número de esos nuevos apóstoles.
¿En qué circunstancias había la Providencia hablado misteriosamente a aquella alma? No lo sabemos de una manera precisa; lo cierto es que la vocación del Sr. Odin fue seria. La imaginación no tenía mucho imperio sobre su carácter; no había leído a Chateaubriand ni vagado tras él en los grandes desiertos del Nuevo Mundo, embelesado de las maravillas de una naturaleza desconocida a nuestros antepasados; ni los reflejos mágicos que se habían escapado a la pluma entusiasta del escritor, le habían deslumbrado. El oír hablar al Sr. Blanc en la Casa rectoral de Ambierle en las conversaciones que sus ardores apostólicos hacían tan interesantes; la presencia en el Seminario del hermano de este último, que también iba a ser un apóstol; la lectura de las muchas cartas que le enviaban de América, y que eran leídas por sus amigos, todo eso debió ser para él una preparación providencial. No queremos detenernos más sobre la parte exterior de su vocación; preferimos citar la carta que el recién subdiácono dirige a sus padres desde París. Había salido de Lyon sin haber tenido el valor de ir a darles un abrazo en Ambierle; la separación habría sido demasiado sensible a una y otra parte, sin ningún provecho real. Todavía nos acordamos de cuando, en 1867, de regreso de Lyon, nos refería sencillamente el dolor de su despedida, y de cómo había llegado a París, partido el corazón, temiendo siempre sucumbir al dolor. He aquí la carta escrita a su familia:
«CARÍSIMOS PADRES:
Algunos instantes después de haber tenido el consuelo de ver a mi tío y a mi tía de San-Haon-il-Vie mis Superiores me notificaron que el Obispo de la Luisiana pedía a alguno para fundar Seminarios en su diócesis, y fueron de parecer que aceptase aquel empleo; ese es un muy grande favor que el cielo me concede, y que mi indignidad jamás me hubiese permitido esperar. No obstante, la alegría que debería haberme causado aquella noticia, fue no poco turbada por el presentimiento de que no os había de ser muy agradable. Es tan grande el cariño que me tenéis, que una separación por algunos años me temo os afecte demasiado y os cause algún disgusto o alguna inquietud. Pero no: la voluntad de Dios fue siempre para vosotros amable, y la habéis cumplido siempre de buena gana. Este pensamiento me anima; y os confieso, mis carísimos padres, que si acepto este empleo lo hago después de serias reflexiones; después de haberlo consultado con mis maestros y con mi director; después de haber reconocido que no podía negarme sin resistir a la voluntad del Señor. Oh I Si con tantas señales positivas de la voluntad de Dios me hubiese todavía atrevido a titubear y vacila ¿no habría obrado contra vuestro gusto y contra vuestros deseos?
Y después ¡qué porvenir se me ofrecía! ¡Miles de protestantes y de idólatras nos necesitan en esas pobres diócesis; el infierno engulle a muchas de esas almas redimidas con el precio de la sangre de Jesucristo! Dios me hace la gracia de destinarme a formar ministros capaces de salvar a esas gentes infortunadas: ¡qué responsabilidad si me negara a seguir esta vocación! ¿No se ofrecería en cada instante a mi memoria este pensamiento? ¿Y no llenaría de tristeza y de inquietud lo restante de mi vida? ¿Podría yo disfrutar ni un solo momento de paz y de descanso en un estado en el cual Dios no me quería? Y a la hora de la muerte, en aquel momento terrible que me separará de vosotros de una manera más absoluta, ¡qué remordimientos destrozarían mi corazón! ¡Qué porvenir tan espantoso se habría presentado delante de mí! ¡Qué cuenta tan terrible tendría que dar de aquellas pobres almas para cuya salvación se sirve Dios destinarme! ¡Oh, mis amados padres! ¡Vosotros mismos seréis los primeros en animarme a secundar las miras de la divina Providencia sobre mí, porque al permitirme entrar en el estado eclesiástico quisisteis consagrarme por entero a la salvación de las almas y al servicio de la Iglesia.
Ese es un sacrificio que hicisteis a Dios: vuestra intención no era otra que la de hacerme un buen ministro de los altares y dar a la sociedad un obrero dispuesto a serle útil en el negocio más importante.
Claro está que habría sido de gran consuelo para mí el vivir a vuestro lado; el Señor lo dispone de otra manera, sometámonos a su santa voluntad. Cuanto mayor fuere nuestro sacrificio, tanto más agradable será a los ojos del Señor. ¡Oh! Yo espero que será para mí y para toda la familia un manantial de favores y de bendiciones; ¡tanta es la liberalidad con la que Dios recompensa los sacrificios hechos por su gloria!
Una gracia solicito de parte de mis hermanos y hermanas, con la más viva instancia, y es que pongan gran empeño en trabajar para la salvación de sus almas; y por el amor que siempre me han tenido, les ruego encarecidamente que sean la alegría de mis padres y les ayuden en todas sus necesidades. Era para mí un grande motivo de alegría el pensar que un día me hallaría en el caso de suavizar las penas que por mucho tiempo amargaron sus días; tal vez no podré hacerlo de la manera que me proponía; pero, cuando menos, en mis oraciones rogaré al Señor que les proteja en todas sus necesidades, así espirituales como temporales. Ruego también a mi tía de Saint-Haon-le-Vieux, a mi tío, y a mi prima de Seyrol, que tanto derecho tienen a mi reconocimiento, como también a todos mis tíos y tías, que reciban los sentimientos de mi gratitud. Toda la familia, y en gran número de personas, se han interesado siempre mucho por mí, de lo cual estoy muy reconocido, y no dejaré en toda mi vida de rogar a Dios que les dé sus gracias y sus bendiciones: esa es la única señal de gratitud que exigen de mí. Habría sido para mi corazón de gran consuelo el ver a toda mi familia antes de mi partida; yero ha sido demasiado apresurada. Dignaos, mis carísimos padres, escribirme de cuando en cuando, y no miréis en mi modo de portarme sino la orden y voluntad de Dios. ¡Oh si conocieseis el trastorno, el temor y la pena que he pasado pensando que este alejamiento podría tal vez inquietaros por algún tiempo!
«Adiós, mis queridos padres; recibid los sentimientos del acendrado y ardiente amor que os profesa vuestro obediente y amantísimo hijo, q. b. V. m., —= ODÍN JUAN-MARÍA, sub- diácono.»
A continuación de esta despedida, en la que se ve luchar la más ardiente fe contra los sentimientos más tiernos de su corazón, escribe a su hermana Benita, que era la mejor dispuesta para comprender la excelencia de la vocación de Misionero, comunicándole en el seno del amor fraterno más sincero, las angustias y sufrimientos que había experimentado en la realización de su heroico sacrificio:
«PARÍS, 3 de Mayo de 1822.
La divina Providencia, querida hermana, a pesar de mi indignidad, se ha dignado asociarme a los celosos misioneros de América; habiéndome elegido, a no dudarlo, para que vaya a socorrer, en la medida de mis débiles fuerzas, con ayuda de la divina gracia, a los pobres salvajes de aquellos infortunados países. Por el mucho amor que profesas a Dios, y por el aprecio y cariño que siempre me has manifestado, permíteme que te haga diversas peticiones, que no dudo recibiré de tu acreditada bondad, la que no abrigo la menor duda te ha de obligar a concedérmelas gustosa.
Mi partida será para ti, si la consideras con los ojos de la fe, un nuevo y poderoso motivo para alabar a Dios; mas nuestros queridos padres, hermanos y hermanas, y demás familia, descubrirán en mi separación un gran motivo de tristeza y de pena. ¡ Ah, querida Hermana! Yo confío y espero de tu amabilidad que los consolarás y les harás considerar y comprender la estrecha y grave obligación en que me hallaba de secundar y llevar a feliz término los adorables designios de la divina Providencia respecto de mí.
¡Cuán lastimoso y patético es, querida hermana mía, el desconsolador estado a que se hallan reducidos los infelices habitantes de América! Solamente en la diócesis en que me ha colocado la divina Providencia hay millones de idólatras y protestantes, precipitándose a los infiernos muchas de estas infortunadas almas, por falta de sacerdotes que las saquen del infeliz estado en que se hallan, por medio de la predicación de la divina palabra y administración de los Santos Sacramentos; pues ¡pásmate! sólo hay cincuenta sacerdotes para el cuidado y vigilancia de tanta gente, necesitada indudablemente de la palabra evangélica y del fortificante alimento de los santos Sacramentos. ¿Y cómo puede bastar para una diócesis tan vasta como la mitad de Europa, un tan reducido número de ministros evangélicos? ¿Se puede, por ventura, presenciar sin enternecerse en extremo la condenación de estas pobres almas, para quienes nuestro amantísimo Jesús dio su vida en una cruz y redimió con el valor de su sangre adorabilísima y preciosísima? Si estos hermanos nuestros han sido redimidos, como nosotros, con la sangre del Hijo de Dios, ¿cómo no hacer cualquier sacrificio, por costoso y heroico que sea, a trueque de salvarlos y conducirlos a una eterna felicidad y ventura? ¡Ah, hermana mía! ¡Cuánto debemos bendecir y alabar a la divina Providencia por haberse dignado fijar en mí sus ojos misericordiosos, destinandome a tan excelso e incomparable ministerio! Temo, en verdad, hacerme indigno de tan gran vocación por mi tibieza y flojedad en corresponder a los designios de Dios! Yo no puedo admirar y agradecer bastantemente las ocultas trazas de que se ha servido el Señor para que yo viera realizado lo que por tanto tiempo y con tanto anhelo había deseado. Durante las vacaciones ya te había manifestado mis deseos e inclinación a las Misiones de China, en las que hubiera podido obtener la palma del martirio; y cuando más olvidado me hallaba de mis proyectos, cuando aguardaba con resignación y paciencia que Dios me diera a conocer su voluntad adorable, de repente e inesperadamente he sido elegido para enseriar la sagrada Teología en la Luisiana, en donde me espera con indecible ansia un santo Obispo y algunos venerables misioneros, muy recomendables y dignos -de alabanza por sus largas y penosas tareas apostólicas desean impacientes la llegada de nuevos obreros evangélicos.
¡Ah mi querida hermana! No consultemos lo más mínimo los sentimientos de la naturaleza; no escuchemos las voces de la carne y de la sangre; lejos de nosotros el entristecernos poco ni mucho por nuestra separación temporal: nuestro único pensamiento, nuestras más fervientes aspiraciones sean servir y trabajar con todas nuestras fuerzas por la gloria de Dios. Acuérdate de la alegría y fervor con que San Luis Gonzaga hacía por Dios los más penosos sacrificios; quien, como todos los Santos, renunciaba de buen grado a lo que le era más querido en el mundo, para manifestar a su Redentor que le amaba y estaba dispuesto a amarle aun a costa de la pérdida de la propia sangre. Estos nobles y generosos sentimientos de sacrificarse por un Dios que se ha inmolado todo por nosotros, únicamente a los pies del Crucifijo es en donde se experimentan con mayor intensidad. Cuando se ve la sangre de un Dios-Hombre fluir a borbotones, ¿podemos, por ventura, permanecer asidos a las cosas terrenas, y no desear tener millones de vidas para consagradas entera y absolutamente a procurar la gloria de tan bondadoso Maestro? Ruégote encarecidamente, querida hermana, que no omitas diligencia alguna, a fin de endulzar y suavizar la pena que mi separación ha causado a nuestros amados padres. Consuela a mi padre, y haz otro tanto con mi tierna y cariñosa madre».







