Ignacio de Loyola

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Anónimo · Year of first publication: 1992 · Source: Ozanam, 1992.
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Reinaban en España, Isabel y Fernan­do, cuando en el año de gracia de 1491, vio la luz en Guipúzcoa, Iñigo de Loyo­la.

Fue su padre D. Beltrán Yáñez de Loyola y su madre Dª María Sáez de Lico­na, pertenecientes ambos a ilustres fami­lias.

Iñigo, que es el menor de trece her­manos, apenas tiene tiempo de conocer a su madre. Se encarga al chiquitín al cui­dado de una nodriza, María Garin se lla­maba y era esta la mujer del herrero del caserío de Eguibar. Ella cuida amorosa­mente al pequeño y es la primera perso­na que le enseña a rezar y a elevar los ojos al cielo. En el caserío, más tarde, aprenderá Iñigo la lengua y costumbres de su raza.

Los años de infancia los vive Iñigo, feliz y armoniosamente, entre el verdor del valle en primera y verano, el dorado del otoño y el gris del invierno. Desper­tando así a la vida.

Es su hermano Pero López, el más cercano a él, el que en verano le va en­seriando las ferrerías, los molinos y las tierras que les pertenecen. En el in­vierno, junto a él y a la luz de la lum­bre, leerán los documentos que hablan de los privilegios de su casa, los per­gaminos que recogen las grandezas de sus antepasados y la historia de la fa­milia. Poco a poco, de esta forma Iñi­go va tomando conciencia de su hidal­guía y se enorgullece de su estirpe, co­menzando a soñar con realizar grandes hazañas que contribuyan a la gloria de su casa. Corren tiempos en que enemi­gos no faltan. Pero educado en la fe cristiana es también temeroso de Dios y fiel devoto de su Santa Madre, al igual que toda su familia, con ella asiste los domingos a Misa en la Pa­rroquia de Azpeitia.

Contaba quince años, cuando su padre decide que Iñigo, debe labrarse un futu­ro. Y según la costumbre al uso para los segundos, que recoge un viejo refrán castellano: «Iglesia, mar o casa real», el padre piensa que el porvenir del benja­mín de la familia, puede estar en la ter­cera opción, ya que éste no demuestra ninguna inclinación hacia el sacerdocio y ni siquiera conoce el mar.

D. Beltrán, padre de Iñigo tiene un pariente y buen amigo, D. Juan Veláz­quez de Cuéllar, contador mayor del rei­no, al que pide que le acoja en su casa en calidad de paje, dadas las relaciones que D. Juan tiene con la casa real para ver de, si, en el futuro, Iñigo puede pres­tar su servicio al rey.

D. Juan contesta pronto y con gran generosidad a D. Beltrán, ofreciéndole para su hijo, sustento, afecto familiar y educación acorde con su estirpe y con sus aspiraciones.

Y así, el día 12 de marzo de 1506, abandona Iñigo la casa paterna hacia su nuevo destino, la casa de D. Juan en Arévalo.

Por el camino se van uniendo, la pena de dejar su tierra, a su padre y a los su­yos, la alegría de caminar a un porvenir halagüeño y la sorpresa de Castilla que se extiende ante sus ojos, toda tierra y cielo.

El paisaje de Castilla donde el cielo y la tierra se unen en un horizonte lejano y donde la mirada se pierde, le sobreco­gen.

Llegado a Arévalo, es recibido y acogido como un hijo por Dª. María Velasco, esposa de D. Juan y como un hermano por los hijos de la familia, que compartirán con él juegos y corre­rías.

Acompaña Iñigo a D. María, en las visitas que ésta hace a los reyes y a la pobre reina loca, D. Juana y sirve la mesa al rey cuando éste frecuenta la ca­sa de D. Juan. Once años, pasa Iñigo en estos quehaceres, sirviendo de paje a D.a María y aprendiendo las costumbres cortesanas con entusiasmo, para el día en que el rey le llame a su servicio.

Pero las esperanzas quedaron trunca­das. El 23 de enero de 1516 moría el rey D. Fernando, a su cabecera se encontra­ba su fiel amigo D. Juan Velázquez. Con la muerte del rey entraría la desgra­cia en su casa. Intrigas y ambiciones fueron acabando poco a poco con el pa­trimonio y con la vida de D. Juan. De manera que un día, Iñigo hubo de partir. D. María de Velasco, a pesar de su mermada hacienda, diole quinientos escudos de oro, dos caballos y una carta para Antonio Manríque de Lara, duque de Nájera.

Con gran pena y rotas las ilusiones de un porvenir cortesano partió Iñigo de Arévalo, llevando su desengaño por tie­rras castellanas. A veces, es difícil en­tender los caminos que Dios va prepa­rando, mucho menos cuando estos están empedrados por el dolor.

Y de esta guisa llegó Ignacio a Pam­plona.

Una vez que Iñigo hubo llegado a Pamplona, se presento ante el duque de Nájera, que le dio asilo en su casa, siendo recibido en ésta con gran cordia­lidad, al igual que ocurriera en la de D. Juan, en Arévalo.

En ese momento, en Pamplona, se vivía un clima de preguerra y preponderaba lo militar a lo cortesano. El rey de Francia, bajo el pretexto de devolver Navarra al hijo del destronado Juan D’Albert, pero con el empeño manifiesto de acosar a su rival Car­los V, va a intentar tomar la plaza. Iñigo, se prepara para pelear al lado del duque. An­tes de entrar en la batalla, en la que va a ser gravemente herido en una pierna, confiesa sus pecados y al no haber sacerdote en el castillo, lo hace con un compañero de ar­mas según costumbre consagrada, siglos ha, por los paladines Oliveros y Roldan de Roncesvalles, que así lo hicieron antes de morir.

La herida que sufrió Iñigo en esta batalla era grave y sumamente dolorosa, la sufrió en silencio, con el valor que se presupone a un soldado. Una vez realizadas las primeras curas decidieron trasladarle a Loyola para que allí recobrará, poco a poco, la salud en­tre los suyos.

En esto, Iñigo, había cumplido ya los treinta años y parecía que una etapa de su vida se cerraba. Físicamente adolorido por la herida y melancólica el alma, repasaba ese tiempo ya vivido, en la quietud del va­lle. Muchos de los que había querido, falta­ban: su padre, hermanos, sobrinos, amigos, el herrero de Aguibar y su mujer, María Garin, que había sido su nodriza.

Mientras, la herida de la pierna empeora­ba. Los médicos aconsejaban intervenir, si es que Iñigo deseaba volver a andar. Este no se opuso aún a sabiendas del calvario que tendría que soportar. Esta intervención casi le cuesta la vida, pero una fuerza inte­rior le determinaba a seguir vivo, como si supiera o presintiera que aún le quedaba mucho por hacer.

La convalecencia era larga y había que llenar el tiempo de un hombre acostumbra­do a la acción. Precisamente la actividad, había hecho que Iñigo no se interesara en exceso por la lectura, a excepción de aque­llos libros de caballería como el Amadis, los Lancelot y otros similares, tan del gusto de la época.

Cuando pidió a sus familiares cosas para leer, su cuñada le ofreció los libros que ha­bía en la casa, lecturas piadosas como «Vita Christi «y el» Flos Sanctorum», ambos en romance, y que en un principio no entusias­maron para nada a Iñigo.

En la «Vita Christi» de Ludolfo de Sajo­nia lee Iñigo por primera vez la palabra je­suita, probablemente quedó ésta en un rin­concito del subsconciente, para años más tarde atravesar la barrera y hacerse mani­fiesta en la denominación de la fundación de la compañía.

Un año estuvo, postrado en la cama, con­valeciente. Vagando por los caminos del pensamiento; cuando, estos, eran mundanos le invadía la tristeza, cuando eran divinos, Iñigo se alegraba. Algo se conmovía en su alma, la reflexión y la gracia iban poco a poco penetrando e impregnando el espíritu de Iñigo. Al tiempo que esto ocurría en el ánimo, el cuerpo iba también sanando. De manera, que ya podía levantarse y acompa­ñar a su familia en aquellas veladas en que junto al fuego se contaban historias y se re­pasaban las vidas, evocándolas, de aquellos que habían sido o estaban lejos.

Fueron sus familiares los primeros que se sorprendieron al oír hablar a Iñigo de Dios y de los santos con convicción y entu­siasmo, de forma que fueron, ellos, los pri­meros receptores de su apostolado.

Al tiempo, Iñigo, dedicaba horas a escri­bir un libro piadoso y en sus ratos de con­templación, cuando su alma se inundaba en la paz, iba poco a poco, tomando fuerza la idea de que su camino no era otro que se­guir a Cristo. Pero seguir a Cristo era re­nunciar a muchas cosas, a la comodidad de su casa, al cariño de sus familiares, a los bienes terrenales. Pero ya estaba tocado por este amor, que le iba a conducir como pere­grino hasta Tierra Santa, a Jerusalén.

Y así, el año del Señor de 1522, en el mes de febrero, Iñigo parte otra vez de su casa. Aunque con destino muy diferente. Le acompañan su hermano. Pero y dos ser­vidores. Llegados al Santuario de Aránza­zu, y cuando sus acompañantes se han reti­rado a descansar, Iñigo hace ante la Señora voto de castidad perpetua, comprometién­dose con una promesa, porque él, bien sa­be, lo débil que es la carne.

En Navarrete despide a los criados, antes había quedado su hermano Pero en casa de una de las hermanas. Y en esta ciudad se en­cuentra con su amigo el duque, éste se desa­hoga con él como con un hermano, contán­dole sus cuitas y los desdenes que ha tenido que sufrir. Iñigo que ahora tiene la cabeza en otros intereses, le escucha educadamente, a la vez que piensa que lo que le cuentan no es más que, vanidad de vanidades.

Cuando parte de Navarrete esta dis­puesto a llegar a Barcelona para tomar én este puerto un barco. Como en el camino a la ciudad está Montserrat, decide al igual que muchos romeros hacer una pa­rada allí. De camino al Santuario. Iñigo se encontró con su moro y fueron los dos charlando amigablemente. Iñigo le habla­ba sobre la virginidad de la Virgen, el moro respetuoso, aceptaba la virginidad antes del parto pero no después. De esta guisa y llegando a un cruce de caminos se separaron. Pero Iñigo comenzó entonces a pensar que no había defendido con el valor que debía la honra de su Señora y dudaba de ir a buscar al moro para matar- le.

Instalado en esta duda estaba, cuando de­cidió en otro cruce de caminos dejar suelta la rienda de la cabalgadura, de modo que si ésta se desviaba del camino real, Iñigo iría en busca del moro para matarlo. Quiso Dios que el caballo siguiera por el camino real y el moro vivo.

Llegado a Igualada, hizo un alto para comprar allí, tela de saco para hacerse un sayal, también compró el bordón, y la cala­baza y las esparteñas, que era el atuendo or­dinario de los peregrinos. Pero no lo cam­bio aún por sus ropas de caballero ya que quería, una vez llegado al Santuario de Montserrat, rendir armas ante la Señora. Ante ella oró toda la noche entregando a la Virgen la espada, el puñal y sus galas exte­riores de hidalgo.

Al alba, Ignacio compuso la oración que más tarde insertaría en los ejercicios y que reza así:

«Tomad Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi vo­luntad, todo mi haber y poseer. Vos me lo distéis, a Vos, Señor, lo torno, todo es vues­tro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto me basta».

Después hizo una extensiva declaración de sus pecados anotándolos todos, lo que le llevo tres días. Una vez hecho esto confesó y recibió la absolución. Depositó las armas como exvotos en el camarín de la Virgen y repartió sus ropas entre los mendigos que por allí estaban. Y vestido con su nuevo uniforme «el de la pobreza» comenzó a ca­minar el hombre nuevo, el viejo había que­dado ya abandonado en un primer paso en Loyola y, definitivamente, aquí, en Montse­rrat.

IGNACIO decide ir a Barcelona como primera etapa, en su deseo de peregrinar a Tierra Santa. Pero dos circunstancias le obligan a recalar en Manresa: por una parte su quebran­tada salud, por otra la epidemia de peste que asolaba en ese momento la ciudad de Barcelona.

Y es, en su estancia en Manresa donde comienza a concebir y perge­ñar lo que fueran y son los famosos Ejercicios. Pero si bien la idea nace en esta ciudad, él los ira complemen­tando en otros lugares y a lo largo de su camino. También va tomando cuer­po el proyecto de fundar una Compa­ñía para ejercer y dar cauce a su apos­tolado, también este proyecto ira fra­guándose lentamente en la andadura de su vida.

En Tierra Santa: una vez supera­das todas las dificultades de un viaje largo y peligroso, Ignacio llega a Tie­rra Santa. Una vez allí, es tal el entu­siasmo y dicha de encontrarse en los lugares en los que vivió y padeció Je­sús que determinó quedarse, pero los Hermanos Franciscanos que custodian los Santos Lugares deciden, en contra de su deseo, que Ignacio debía marcharse. Pero era tal la voluntad de Ig­nacio que el provincial hubo de ame­nazarle con la excomunión si no obe­decía y dejaba Jerusalén. Entendiendo que podía ser Dios el que hablaba por boca del superior decide marcharse.

Volvió, pues, Ignacio a embarcar rumbo a Italia. Una vez allí cruzó a pie el país, con el ánimo puesto en lle­gar a Barcelona.

De vuelta a España: Contaba en­tonces treinta y dos años, una salud mermada y las condiciones eran duras en este momento de la historia. Sin embargo su fe, su amor a Cristo y una confianza ciega en Dios, arrinconaban todos los obstáculos. A pesar de ha­berse quedado sin dinero, que había repartido entre los pobres, el encuen­tro con un vizcaíno conocido hizo el milagro de procurarle un pasaje en un barco que zarpaba rumbo a Barcelona.

Es la Cuaresma del año 1524 cuan­do Ignacio desembarca en Barcelona.

Su estancia en esta ciudad la va a dedicar al estudio, preferentemente del latín. Visto su provecho, es aconse­jado por uno de sus maestros para proseguir estos estudios en la Universi­dad de Alcalá.

RUMBO A ALCALÁ

Vuelve Ignacio a emprender viaje, sin mirar atrás, confiando en la Divina Providencia.

Los seiscientos kilómetros que se­paran Barcelona de Alcalá los recorre a pie, cargando con su cojera, mendi­gando y pasando privaciones, pero siempre con ánimo fuerte, forjado en las dificultades vividas.

En Alcalá se hallaba en este mo­mento la Universidad más joven de España, una Universidad abierta a las nuevas ideas, a un humanismo emer­gente, a la renovación científica, a la reforma espiritual.

Llega Ignacio a ella con el deseo de estudiar y a la vez hablar a las gentes de Dios. Pobremente vestido con un sayal modo de hábito comienza esta labor de evangelización, pero pronto es acusado ante la Santa Inquisición, junto a otros compañeros de iluminado. ¿Cómo unos pobres mendigos, sin letras, sin califica­ción académica alguna, se atreven a ha­blar a las gentes de cosas del espíritu?

Pero los inquisidores, después de oír a numerosos testigos no encuen­tran nada que condenar, y se les deja proseguir con lo que estaban hacien­do, únicamente se les impone una obligación, deben teñir los hábitos que llevan, unos de negro y otros de leo­nado.

Pero no queda aquí la cosa y una nueva denuncia hace que Ignacio de con sus huesos en la cárcel durante cuarenta y cinco días y esto no es lo grave de la condena, para él, sino la prohibición de testimoniar y predicar su Amor a Cristo y su doctrina.

Por una parte Ignacio debe obede­cer, pero por otra él mismo se pregun­ta ¿cómo se puede prohibir a alguien que hable de Dios?

Ante este dilema decide ponerse otra vez en camino para recurrir al Ar­zobispo de Toledo, Alfonso de Fonse­ca y Acevedo, que se encuentra en ese momento en Valladolid.

Los caminos de Castilla son partíci­pes de su pensamiento. Atrás deja Al­calá donde durante año y medio ha morado. Sin hacer grandes progresos en sus estudios, perseguido por la In­quisición, pero dónde ha conocido a tres hombres, que con el andar del tiempo han de ser sus compañeros y puntales en la compañía: Laínez, Sal­merón y Bobadilla. No todo ha sido  negativo.

POR EL MUNDO

Por los caminos de Dios llega Ignacio a París. Allí, contando 38 años, se matricula en artes, escogiendo como maestro a Juan de la Peña, que tenía por entonces la tu­toría de Javier y Favro. Sigue Igna­cio en su empeño de hablar de Dios a las gentes, contagiando el amor y en­tusiasmo que él mismo siente por Je­sucristo. De tal forma hablaba que algunos le apodaban «El seductor». Oliverio Manareo escribe así de él:

Admirable era en su hablar, grave y autorizado, no rápido ni precipita­do, ni insustancial, sino eficaz, pro­pio de un Hombre Santo. No se le es­capaba una palabra casual ni de im­proviso, sino que aquella boca bie­naventurada sólo profería palabras sensatas y bien intencionadas. Y por  eso nadie se apartaba de él, sino muy consolado, provisto de saluda­bles consejos y enteramente satisfe­cho, consiguiese o no lo que preten­día, porque aquel bienaventurado varón poseía una maravillosa gracia de hablar.

Poco a poco va formando y culti­vando a los que serían sus primeros compañeros. Entre ellos está Javier. Pero este joven, «inclinado a la honra y fasto del mundo», aunque gran amigo y admirador de Ignacio no era fácil de convencer.

Una frase de Ignacio se abriría pa­so entre el mundo y su placer y llega­ría al corazón de Javier: ¿Qué apro­vecha al hombre ganar todo el mun­do si pierde el alma?

Poco a poco se van uniendo a Ignacio varios jóvenes más, que le siguen embelesados en el tirón de su palabra y creyendo en su men­saje.

Son siete, todos abrigan un mismo ideal de vida: trabajar para mayor glo­ria de Dios. Oración, ayuno, votos y promesas van consolidando el grupo.

Pobreza, castidad y peregrinar a Jerusalén son los tres votos que ha­cen juntos el 15 de agosto de 1534. Son los famosos votos de Mont­martre. Ninguno de ellos tenía con­ciencia de que esta primera asocia­ción acabaría dando lugar a una or­den religiosa: La Compañía de Je­sús.

Seis años han de pasar hasta que el 27 de septiembre de 1540 se fir­mó en Roma la Bula mediante la cual quedaba fundada la Compañía de Jesús.

En Roma quedó Ignacio junto al Pontífice, a quien les ligaba el cuar­to voto, para atender sus órdenes.

Mientras sus hermanos recorrían el mundo para evangelizar: Javier, en la India; Favro, en Alemania… La Compañía seguía creciendo, a ella llegarían en sus comienzos Francisco de Borja y Pedro Canisio, hoy tam­bién en los altares.

En un pequeño despacho, en Ro­ma, con la salud quebrantada pero el ánimo firme, este hombre va forman­do espiritualmente a sus «Hijos» for­taleciendo sus voluntades, de él dirá Ribadeneyra:

Este amor de nuestro padre no era flaco, ni remiso, sino vivo y eficaz, suave y fuerte, tierno como amor de madre y sólido y robusto como amor de padre. A los que en virtud eran niños daba leche; a los más aprove­chados pan con corteza; y a los per­fectos trataba con más rigor, para que corriesen a rienda suelta a la perfección.

Mientras, la Compañía crece en hombres y obras por todo el mundo hasta nuestros días.

Miles de Jesuitas hoy, como en los comienzos de la orden, inician el no­viciado por el mes de ejercicios, se atienen a las reglas, y se comprome­ten a vivir según las constituciones que dictó San Ignacio. Y acercan al mundo el amor a Cristo que sintió este vasco: Iñigo de Loyola.

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