La Compañía, fundada en el siglo XVII por San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, es conocida en la Iglesia con el nombre de: Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, Siervas de los Pobres.

Orígenes

Nació para dar respuesta a las múltiples necesidades de los innu­merables pobres que existían en Francia en el siglo XVII. San Vicente comenzó fundando las Cofradías de la Caridad en Chátillon les Dombes, hoy Chátillon sur Chalaronne. Las primeras Voluntarias, en los pueblos, fueron mujeres acostumbradas a realizar trabajos duros desde su infancia. En París, fueron las señoras, con frecuencia de alto rango, quienes se adhirieron a las Cofradías. Pero éstas, al tener que compartir el tiempo entre el servicio de la Cofradía, las exigen­cias de su familia y de su vida social, llegaron a descuidar el servicio de los Pobres. Para hacer frente a la miseria, se necesitaban mujeres de los pueblos y del campo, que amaran a los Pobres y que estuvieran totalmente disponibles y dispuestas a realizar las tareas más humil­des, que no eran propias de las «personas de alta condición», como preparar la comida, atender a los enfermos o limpiar una buhardilla.

Durante una misión predicada por el mismo San Vicente, Mar­garita Naseau, joven pastora, autodidacta, natural de Suresnes, oye a San Vicente explicar su proyecto: enviar a jóvenes voluntarias para atender a los Pobres; por otra parte, ella misma perderá la vida en este servicio, al contagiarse de la peste en contacto con una enferma que había alojado en su casa. Margarita llega a París en 1630. San Vicente se la confía a Luisa de Marillac para que la forme en el ser­vicio a los Pobres. Pronto, otras jóvenes se presentan y, juntas, bajo la dirección de Luisa de Marillac, constituyen un nuevo Instituto: la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Para el servicio de los Pobres

Primero se las ve dedicadas a cuidar a los pobres enfermos en sus propios domicilios, por ciudades y aldeas — fue la gran innovación de la institución naciente luego, a medida que van surgiendo las necesidades, pasan a cuidarlos en los hospitales, se hacen cargo de las niñas en las escuelas, de los niños expósitos, de los galeotes, de los soldados heridos en los campos de batalla, de los refugiados, de los ancianos, de los dementes y de otros…

El servicio deberá ser integral, comprendiendo el cuerpo y el espíritu, es decir, un servicio corporal y espiritual. Todo quedó bien plasmado en el artículo 1° de las Reglas Comunes:

El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a Nuestro Señor Jesu­cristo, como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, ya sean enfermos, niños, encarcelados, u otros cualesquiera que por rubor no se atrevan a manifestar sus necesidades…

El servicio prestado al pobre es servicio prestado al mismo Cristo que quiso identificarse con ellos: «Al servir a los pobres se sirve a Jesu­cristo”.

De todos es conocida la rica doctrina que desarrollan los Funda­dores, en sus conferencias y escritos, en torno a la finalidad y a las cualidades del servicio.

San Vicente crea una institución abierta hacia el futuro:

Ya veis — decía — cuáles han sido los comienzos de vuestra Compañía. Y así, como no era entonces lo que es ahora, es de creer que no es todavía lo que será cuando Dios la haga llegar al estado en que la quiere’.

Hoy, continuamos realizando los servicios clásicos que respon­den a las pobrezas de siempre y que están presentes también en nuestros días: el cuidado de enfermos de todo tipo, las escuelas, la atención a la infancia, a la juventud, a los ancianos, a los refugiados. Pero añadimos a ellos, las respuestas a las pobrezas que presentan nuevos rostros: la droga y sus secuelas, los enfermos de sida, los encarcelados; las graves consecuencias de la destrucción de la fami­lia: mujeres maltratadas, niños en dificultad; el desempleo y sus repercusiones, los servicios puntuales con motivo de catástrofes natu­rales, guerras, éxodo de pueblos, refugiados, los sin domicilio fijo, etc., etc.

En los países en los que la Compañía ha servido durante muchos años, incluso durante siglos, las grandes transformaciones políticas, económicas y sociales han llevado a los poderes públicos a hacerse cargo de una gran parte de los servicios sociales, pero sigue habiendo grupos de marginados, excluidos de estos servicios, al mismo tiempo que existen otras necesidades de las que no se hacen cargo los gobier­nos, como la acogida, la escucha. Numerosas Hermanas están reali­zando estas tareas. Cada vez más, nuestras Provincias canónicas de Europa y Estados Unidos ponen en marcha servicios de voluntariado a los que todos estos Pobres tienen libre acceso. Se intenta vivir lo que nos dice el Santo Padre en Vita Consecrata:

Es preciso… ocuparse de aquello que el mundo descuida, res­ponder generosamente y con audacia, aunque sea con inter­venciones obligadamente exiguas, a las nuevas pobrezas, sobre todo en los lugares más abandonados.

Seculares, no religiosas

Es el primer Instituto cuyos miembros, mujeres totalmente entregadas a Dios, seculares, no enclaustradas, no religiosas, están dispuestas a servir a los Pobres a domicilio. Una verdadera revolu­ción con relación al concepto de religiosas de la época.

San Vicente indica a unas Hermanas enviadas a provincias lo que deben responder al Sr. Obispo si éste les pregunta si son religiosas:

Si os pregunta qué sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios, y que no se trata de que no estiméis a las religiosas, pero que si lo fueseis, tendríais que estar encerradas y que por consiguiente tendríais que decir: adiós al servicio de los Pobres. Decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad, que os habéis entregado a Dios para el servicio a los Pobres.

En otra ocasión dirá San Vicente:

Una Hija de la Caridad está siempre en medio del mundo. Vuestra vocación os obliga a asistir indistintamente a toda suerte de personas, hombres, mujeres, niños y en general a todos los pobres que tienen necesidad de vosotras.

Este estar «en medio del mundo» y «asistir a toda suerte de per­sonas» no era compatible con la condición de la «religiosa» de la época, obligada a la clausura. Hubiera impedido el movimiento de «idas y venidas»6 que Santa Luisa había percibido ya en su ilumina­ción mística.

Uno de los textos en los que más categóricamente expresa nues­tro Fundador el carácter secular de la Compañía es su respuesta a Santiago de la Fosse, el 7 de Febrero de 1660:

… las Hijas de la Caridad no son religiosas, sino personas que van y vienen como seglares.

El Fundador expresa de manera extraordinaria en las Reglas de las Hermanas de las Parroquias los elémentos que en la vida secular de las Hermanas equivaldrían a la protección que la religiosa encuen­tra en su clausura. Texto que ha pasado a nuestras Constituciones:

Considerarán que no se hallan en una religión, ya que ese estado no conviene a los servicios de su vocación.

Sin embargo, como quiera que se ven más expuestas a las oca­siones de pecado que las religiosas obligadas a guardar clau­sura, puesto que tienen:

por monasterio las casas de los enfermos y aquella en que reside la Superiora;

por celda un cuarto de alquiler;

por capilla la iglesia de la parroquia;

por claustro las calles de la ciudad;

por clausura la obediencia, sin que tengan que ir a otra parte más que a las casas de los enfermos o a los lugares necesarios para su servicio;

por rejas el temor de Dios;

por velo la santa modestia;

y no hacen otra profesión para asegurar su vocación más que:

por esa confianza continua que tienen en la divina Provi­dencia, y

el ofrecimiento que le hacen de todo lo que son y de su ser­vicio en la persona de los Pobres;

por todas estas consideraciones deben tener tanta o más virtud que si fueran profesas en una orden religiosa;

por eso,  procurarán portarse en todos esos lugares por lo menos con tanta modestia, recogimiento y edificación, como las verda­deras religiosas en su convento.

Hoy son muchas las religiosas que no están obligadas a vivir en clausura y, por lo tanto, están libremente dedicadas a servicios exte­riores según su carisma. Las Hijas de la Caridad seguimos siendo seculares puesto que nuestros votos no tienen carácter religioso, aunque la gente no percibe estas distinciones.

En comunidad

A partir de la fecha oficial de fundación, el 29 de noviembre de 1633, las Hermanas se reúnen para vivir el ideal de la vida comuni­taria con miras a un mejor servicio de los pobres. Los dos Fundado­res tienen mucho empeño en ello. Dirán a las Hermanas que han sido «llamadas y reunidas para el servicio de los Pobres». San Vicente dedica a este tema varias de sus conferencias. Explica su excelencia, sus dificultades, las soluciones a las mismas, insistiendo especial­mente en el perdón mutuo. Santa Luisa realiza un admirable acom­pañamiento de las comunidades por medio de su correspondencia.

Hoy, después de cuatro siglos, se le sigue concediendo a la vida comunitaria, en nuestras Constituciones y Estatutos, la importancia que le corresponde. La misión no puede prescindir de ella. Los ser­vicios realizados en situaciones cada vez más exigentes y estresantes, hacen que las Hermanas necesiten del reconocimiento, comprensión, escucha y apoyo de la comunidad fraterna. La participación en la Comunidad es una de las maneras de concretizar la pertenencia a la Compañía, tan importante en un mundo en el que acechan constan­temente el anonimato y la soledad. Esto, aparte del valor de la vida comunitaria como medio de evangelización: «Que sean uno para que el mundo crea».

Es cierto que los modos de vivir la vida comunitaria no son los mismos ni tan uniformes como en los tiempos de la fundación y durante muchos años después. Las formas de servir han variado y, por la misma razón, las formas de vivir en Comunidad. Son muchas las variantes que se van introduciendo conforme lo exigen las situa­ciones diversas en que prestan sus servicios.

Según la constitución de la Comunidad, por ejemplo si se trata de una Comunidad de Hermanas mayores que disponen de más tiempo para sus encuentros comunitarios o de Hermanas en activi­dad que deben conjugar los tiempos de servicio con los momentos de encuentros de oración, comidas, expansión, etc., las fórmulas son múltiples y variadas. Lo importante es encontrar la medida justa sin caer en el exceso ni en la escasez y, sobre todo, en la carencia. Nues­tras Hermanas jóvenes reclaman la vida comunitaria. El Proyecto Comunitario es un instrumento eficaz que permite regular sus moda­lidades salvando lo esencial según las Constituciones y Estatutos.

Con un espíritu propio

Una vez bien definido el carisma: «El servicio a los Pobres, a los más abandonados, víctimas de toda clase de miserias», es necesario no olvidar el espíritu con el que deben hacer este servicio. San Vicente hace consistir el espíritu en tres virtudes: la humildad, la sencillez y la caridad, virtudes específicas que capacitan a las Hermanas para realizar su misión de servicio a los más pobres, no siempre fácil. Estas virtudes ayudan a las Hijas de la Caridad a reconocer la dig­nidad de los pobres, sus «amos y señores». La sencillez, a la que San Vicente llama su Evangelio, hace posible que las Hijas de la Caridad se acerquen con facilidad a los Pobres y establezcan con ellos unas relaciones fraternas y sinceras. Estas virtudes permiten a las siervas de los Pobres cumplir su misión en condiciones difíciles, a veces. Les ayudan a volver la medalla, en determinados momentos.

Con un estilo de vida sencillo, sobrio

Un estilo de vida sencillo y sobrio es uno de los aspectos en el que insisten los Fundadores. En la conferencia del 25 de enero de 1643: «Sobre la imitación de las jóvenes campesinas», San Vicente expresa su pensamiento sobre el modo de vida que deseaba para los miembros de la Compañía. Deben poseer las virtudes de las jóvenes campesinas: humildad, sencillez, sobriedad en la comida, pureza, modestia, pobreza, obediencia… Y termina esta conferencia di­ciendo:

Sabed, hijas mías, que si alguna vez os he dicho algo impor­tante y verdadero, es lo que acabáis de oír: que os tenéis que ejercitar en manteneros en el espíritu de las verdaderas y bue­nas campesinas. Vosotras, a las que Dios, por su gracia, lo ha dado naturalmente, dadle gracias por ello, y las que no lo tenéis, trabajad en adquirir la perfección que os acabo de indi­car en las verdaderas campesinas. Si alguna de familia más elevada se presenta en vuestra casa, con el deseo de entrar en vuestra Compañía, hermanas mías, es preciso que sea para vivir en el cuerpo y en el espíritu como las jóvenes que tienen verdaderamente las virtudes de las campesinas.

San Vicente y Santa Luisa edifican una Compañía sólida, apta para el duro trabajo que exige su carisma. Una Compañía fundada sobre la roca de la caridad, la humildad, la sencillez, la audacia, la prudencia, la sobriedad, la pobreza y la sensatez de los campesinos. Lo muestran algunas de sus frases lapidarias: «No tenéis derecho más que a alimentaros y vestiros; el sobrante pertenece al servicio de los Pobres». «¿Quién querrá ser rico después de que el Hijo de Dios quiso ser pobre?», dirá el Fundador. No hay lugar para lo superfluo ni para el despilfarro.

Santa Luisa nos dice: «… la santa pobreza y la confianza en Dios… son los dos puntales de la Compañía de las Hijas de la Caridad».

Una Compañía misionera

Los Fundadores, convencidos de que la Caridad de Cristo, que nos apremia, no conoce fronteras, envían hasta Polonia un primer grupo de Hermanas. La Compañía es misionera desde su nacimiento. Este carácter queda confirmado en nuestras Constituciones:

La Compañía es misionera por naturaleza; por eso se empeña en conservar la agilidad y flexibilidad necesarias para respon­der a las llamadas de la Iglesia frente a todas las formas de pobreza. Trata, como sus Fundadores, de buscar a los Pobres donde se hallan y de salir al encuentro de los más necesitados e ignorados. Con la audacia de los Apóstoles, San Vicente, desde los orígenes, lanzó a sus hijas por los caminos del mundo.

Actualmente, la Compañía continúa su misión sin fronteras, ni en cuanto al tipo de servicio ni en cuanto al país a donde es llamada. Como se dice en nuestras Constituciones:

Del Hijo de Dios aprenden las Hijas de la Caridad que no hay miseria alguna que puedan considerar como extraña a ellas… múltiples son las formas de pobreza, múltiples también las for­mas de servicio…

El 18 de Enero de 1655 la Compañía es aprobada por el Cardenal de Retz, arzobispo de París, y el 8 de Junio de 1668 recibe la apro­bación pontificia del Papa Clemente IX.

En la actualidad, la Compañía está reconocida en la Iglesia como Sociedad de Vida apostólica en comunidad, que asume los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia que reciben del servi­cio de los pobres su carácter específico.

Juana Elizondo, H.C.