Capítulo XXI: La insurrección de Junio
To pity distress is but human. To relieve it is godlike.1 H. Mena
Cuenta el P. Lacordaire, en sus memorias, que la revolución de 1848 había dejado su espíritu sumido en la mayor perplejidad, sin que le fuese posible definir qué camino precisaba tomar. Encontrándose en ese estado, llamaron a su puerta el abate Maret y Federico Ozanam, quienes venían a comunicarle que los católicos estaban dominados por la angustia y la incertidumbre y que esa confusión de los espíritus podría acarrear serias consecuencias, «haciéndonos hostiles al régimen nuevo y exponiéndonos a perder las posibilidades que podríamos tener con el actual Gobierno de lograr las libertades que el anterior nos había negado obstinadamente».
Continúa diciendo el P. Lacordaire, que sus visitantes encontraban que la República estaba bien dispuesta a favor de los católicos, no pudiéndosele reprochar ninguno de los actos de irreligión y de barbarie que habían señalado la revolución de 1830. Pensaban ellos, además, que la República era el régimen natural de una sociedad que ha perdido todo apoyo y toda tradición. «Mis dos interlocutores iban más lejos aún: mientras yo tan sólo veía en la República una necesidad del momento que había que aceptar con sinceridad hasta que las cosas y las ideas hubiesen tomado otro curso natural, ellos tenían otras miras más altas y más generales sobre el porvenir democrático de Europa. Esto creaba entre nosotros una grave divergencia que imposibilitaba toda labor común bajo una misma bandera. Sin embargo, el peligro urgía… y mis amigos también me urgían para que me decidiese. Al fin, cedí por la fuerza de las circunstancias y, aunque la carrera periodística repugnase con mis gustos, enarbolé junto a ellos un estandarte en el que la religión, la República y la libertad, se entrelazaban en los mismos pliegues».
El prospecto de l’Ere Nouvelle apareció el 1 de marzo. En él se declaraba que el periódico no pertenecía a ningún Partido y que siempre se mantendría por encima de ellos, para tener derecho a decir siempre la verdad con imparcialidad, al mismo tiempo que con moderación y caridad.
1.— L’Ere Nouvelle
Uno de los primeros grandes trabajos de Ozanam en l’Ere Nouvelle fue una serie de artículos sobre el divorcio, como respuesta a la proposición que el ministro de Justicia, Cremieux, presentara a la Asamblea a favor de ese atentado moral contra la familia y la sociedad. Cremieux presentaba su ley en nombre del liberalismo y de la democracia. Ozanam repudió ese viejo liberalismo, que tuvo siempre más odio contra la religión que amor por la libertad, consagrándose a la ruina de las instituciones vitales del país, como se consagró la filosofía del siglo XVIII a la perturbación de las creencias.
Y lo repudió también en nombre de la joven República: «La reciente revolución se hizo contra la corrupción —dice—, corrupción de una sociedad relajada que ya ni siquiera tenía el valor de detestar el mal. Y esa revolución puede tan sólo terminar por el resurgimiento de una sociedad mejor, sociedad que haya crecido en el trabajo, en las privaciones y en todo lo que contribuye a reafirmar las conciencias y formar el carácter. Esa sociedad es pobre, es laboriosa. Le falta tan sólo el ser casta para poseer todas aquellas cualidades que hacen a las naciones fuertes. Precisa que ella se resguarde por medio de leyes severas y que crezca entre costumbres varoniles, para que logre así las promesas de la Providencia. Ya que si la Providencia permitió semejantes acontecimientos como los últimos acaecidos, no fue para una obra mediocre».
Así se expresaba Ozanam en l’Ere Nouvelle, porque ese periódico por un lado y las Conferencias de San Vicente de Paúl por otro, debían servirle para ese doble apostolado de la caridad corporal y espiritual que era necesario ejercer, no sólo cerca de las clases indigentes, sino también de las dirigentes de París y de Francia.
Jamás hizo, en ninguno de sus artículos, concesiones de principio a los errores que circulaban en las reuniones políticas. Así, habiendo oído cierto día unas declaraciones acerca de la limosna, se apresuró a contestar:
«Deber de nadie y derecho de todos, era la limosna en la Roma pagana. Derecho de nadie y deber de todos es la limosna en la economía cristiana. Es deber y deber sagrado. Es precepto y no consejo. Precepto evangélico. Es un deber hacia el pobre anónimo universal; ese pobre que se llama Cristo y que está representado en todos los pobres, Cristo que es el único acreedor y que tiene su Tribunal donde habrá de ser juzgado el mal rico».
Pedía con insistencia, en sus artículos, que se dedicasen los católicos a realizar el mejoramiento del pobre y que no se contentasen con la obra incompleta de depositar una limosna en sus manos.
2.— Días de miseria
La insurrección de junio, con sus fatales consecuencias, sumergía a Francia y, particularmente, a París, en un lamentable abismo de miseria y de dolor. Había sonado más que nunca para Ozanam la hora de trabajar, acercándose a ese pueblo pobre, para aliviarlo en sus males y para iluminarlo en sus errores.
«Fatigado de las controversias que, a diario, agitan a París, me siento destrozado por el espectáculo de la miseria que lo devora —escribe a Foisset—. La Sociedad de San Vicente de Paúl se encuentra llena de obligaciones. Tal vez si Dios concedió a esta Sociedad un progreso tan rápido fue para prepararla a la tarea que le reservaba. Además, es conveniente para todos ver de cerca y desarmados, rodeados de sus esposas y de sus hijos, a toda esa pobre gente que tan a menudo hemos visto en los cabarets y en las barricadas. Así se observa con asombro todo el cristianismo que late en nuestro pueblo y, por consiguiente, todo lo que de él se puede esperar».
La Sociedad de San Vicente de Paúl acababa de recibir del Gobierno una gran prueba de confianza. Habiendo sido votadas por la Asamblea nacional diversas asignaciones para los dirigentes del departamento del Sena, la distribución a domicilio de esas asignaciones fue confiada al cuidado de los vicentinos, ya que ellos se encontraban siempre en contacto con esos desgraciados. Hicieron lo mismo diferentes alcaldes de París y, en especial, el Dr. Trelat, médico de la Salpetriere y alcalde del Distrito XII. Este célebre doctor era todo, menos hombre religioso. Pero sabía y decía que misión tan delicada no podía ser confiada en manos más honorables y más experimentadas.
Bajo esas impresiones tuvo lugar, el 2 de agosto, la Asamblea general de la Sociedad, en una sala de la iglesia de San Sulpicio. La hora era solemne… Adolfo Bando, que había reemplazado con fecha 14 de febrero de aquel año, al venerable Gossin, en la presidencia general, no pudo asistir, debido al accidente que sufriera frente a una de las barricadas de París. Dada su calidad de vicepresidente, tuvo Ozanam que sustituirlo. Ozanam tomó la palabra, y sus primeras frases fueron un saludo para el presidente enfermo y un recuerdo para los socios inmolados en esos días de lucha.
3.— Deberes de los vicentnos
En seguida habló de los deberes del momento. Recomendó especialmente a los encargados de distribuir los socorros del Estado entre los insurrectos, el presentarse ante ellos como mensajeros de paz, como mediadores entre los vencedores y los vencidos. No habrá de consistir únicamente su tarea en ejercer la caridad, sino que esa misma caridad tendrá que ser rehabilitada ante esos pobres obreros prevenidos, agitados, a quienes es preciso mostrarles una caridad pronta, compasiva, clemente y olvidadiza del pasado. Cristiana, ¡en una palabra! «Hijos de San Vicente de Paúl —terminó Ozanam— aprendamos de él el olvido de nosotros mismos, la abnegación en servicio de Dios y en provecho del prójimo y esa santa parcialidad que concede mayor amor a todo aquél que sufre más.» En seguida, tuvo Ozanam su palabra de agradecimiento para la caridad privada y también para la caridad extranjera.
El año anterior, Ozanam había multiplicado sus esfuerzos, ¡y con qué ardor!, a favor de Irlanda, diezmada por el hambre y el tifus. Pudo entonces enviarse al Consejo central de las Conferencias de Dublín 150.000 francos. Dublín pensó, a su vez, en París, en aquellos momentos. Se apiadó de sus males y le suplica que acepte lo que de aquella suma le queda, 50.000 francos, para aliviar la situación de sus heridos y de sus obreros sin trabajo. Ozanam fue de opinión que se aceptara tan generoso sacrificio, ejemplo raro de esa fraternidad compasiva que no conoce diferencias de naciones ante Dios.
Ese mismo día, después de Ozanam, dejó oír su palabra ardiente e ilustrada Agustín Cochin. En su relación sobre el estado general de la Sociedad, manifestó que habían sido fundadas 65 Conferencias en 1847, lo que elevaba a 363 el número total de Conferencias. De ese número correspondían a Inglaterra 17, a Holanda 16 y a Canadá 11. Y, exaltado por el entusiasmo, agregó: «Pronto no habrá un día en el año, pronto no habrá una hora en el día, durante los cuales no se encuentren en algún punto del mundo cristiano, algunos hombres que, bajo el patrocinio de San Vicente de Paúl, animados por la misma fe, armados con las mismas oraciones y sujetos a las mismas reglas, se ocupen en practicar obras que alivien al hombre y glorifiquen a Dios. El horizonte se ensancha ante la caridad y, gracias a ella, aparecen, cada día, nuevas constelaciones de amor».
La herida de Baudon, al prolongar su ausencia, prolongó también el ejercicio de la vicepresidencia de Ozanam. Ozanam se felicitaba de ver todavía las Conferencias en pie, en medio de tantas ruinas. Al mismo tiempo, animaba a sus compañeros a trabajar con redoblada energía, ya que eran dobles las miserias. «No podemos devolverle menos a la Providencia que nos conserva, cuando tantas instituciones han perecido. ¿Será suficiente continuar haciendo el poco bien que solíamos hacer? Y, cuando la desgracia de los tiempos no cesa de inventar nuevos sufrimientos, ¿vamos a contentarnos con aplicar nosotros tan sólo los viejos remedios?».
¿Qué más quería él? ¿Cuál era su intención? Se proponía un reclutamiento más activo de las Conferencias y también una investigación más ardiente de los desgraciados que se esconden, de los pobres vergonzantes, de los obreros honorables, acostumbrados a vivir de su trabajo, a quienes el paro forzoso ha reducido a la última indigencia. «Vayamos a esos desgraciados —les dice—, llevémosles nuestra ofrenda, por módica que sea. Aunque sólo tengamos algo mínimo que ofrecerles, vayamos a ellos. Al menos, les habremos prodigado el consuelo de un apretón de manos, habremos dejado caer en sus oídos alguna palabra cristiana. Y nosotros habremos aprendido a honrar la pobreza, como se honra la corona de espinas del Salvador».
4.— Actividades de los vicentinos durante la epidemia de cólera
No había pasado mucho tiempo cuando se declaró en París una epidemia de cólera. Inquieto Ozanam por su mujer y su hija, las instaló en Versailles, mientras él, el 22 de abril de 1849, convoca y organiza con sus colegas del Consejo general un cuerpo de cuarenta valientes y abnegados que habrán de procurar los consuelos corporales y espirituales a todos aquellos que, atacados por el mal, no podrían, por motivos particulares, ser transportados a los hospitales. Para la Asamblea general siguiente, que tuvo lugar el 19 de julio, ya se habían convertido aquellos cuarenta valientes, en ciento doce.
«Ciertamente que era poco —dice Ozanam—. Era poco para socorrer a un pueblo diezmado, en medio de una administración desconcertada y de la ciencia acorralada».
Sin embargo, aquellos ciento doce tuvieron la sabiduría de no establecer comparación entre su debilidad y la magnitud del peligro y de la necesidad. Divididos en nueve secciones, que se repartieron entre los distritos más azotados, se pusieron a la disposición de las Hermanas de la Caridad y de las ambulancias médicas. En el espacio de dos meses, recibieron sus cuidados más de doscientos enfermos. De ese número, más de las tres cuartas partes se salvaron. Los otros murieron en la paz del Señor, confortados con los Sacramentos de la Iglesia.
5.— Miseria y caridad
Lamenta Ozanam el no poder relatar detalladamente los horrores y los consuelos de esos días de luto: «Calles enteras despobladas en pocas noches, pero, al mismo tiempo, la gracia cosechada por todas partes. Toda aquella pobre gente quería morir con el sacerdote al lado. Luego, el recuerdo imborrable de aquel pueblo que gritaba e imploraba a Santa Genoveva durante la procesión que tuvo lugar en aquellos días. A esto se agrega el agradecimiento de las familias, las manifestaciones de las muchedumbres entusiasmadas y asombradas, al ver a aquellos jóvenes que, impulsados únicamente por la gloria del Salvador Jesús, se habían desprendido de los brazos de sus padres, para dirigirse a los barrios contaminados a socorrer a los enfermos y a enterrar a los muertos».
6.— Richelieu y San Vicente de Paúl
Aquella Asamblea del 19 de julio, fue memorable. Allí, al comparar la acción de la política y la acción de la caridad, brotaron de los labios de Ozanam los nombres de Richelieu y de San Vicente de Paúl, de aquellos dos hijos de los mismos días, copartícipes de los mismos peligros de la Guerra de los Treinta Años y de las divisiones políticas. «Es verdad —dice Ozanam al terminar—, es verdad que fuE glorioso el papel desempeñado por el gran primer Ministro, pero ¿quién querría, quién podría desempeñar hoy ese papel?… Richelieu fue el hombre de un país, de un siglo, de algunos años. San Vicente de Paúl, por el contrario, pertenece a todos los países y a todos los siglos. Su nombre se ve celebrado en todo lugar donde ilumine el sol de la Cruz de un campanario. Su espíritu visita los hospitales y las escuelas de los barrios más apartados donde se encuentren las cornetas blancas de sus hijas, ya sea en las misiones del Líbano, como en las de la China y de Tejas. Su obra no envejece. ¿Quién no querrá tomar parte en ella?… Y al que lo quiera, ¿quién podrá impedírselo?…».







