El trabajo que presento se divide en dos partes: El tema de la pobreza en Lucas: Evangelio y Hechos de los Apóstoles y, en segundo lugar, el estudio de la perícopa Lc 4,14-30, en la que se encuentra la expresión: «Evangelizare pauperibus misit me» (Lc 4,18).
A la hora de redactar este trabajo, al que me propongo dar lectura, he tenido en cuenta las aportaciones de los exégetas y comentaristas de la obra de Lucas, Evangelios y Hechos, y, en particular, los estudios elaborados por especialistas sobre la perícopa Lc 4,14-30. Esto supuesto, me parece oportuno decirles que he decidido con toda intención evitar todo aparato crítico y la multiplicación de citas. Se trata de una exposición en la que nos interesa destacar algunas líneas generales en los dos apartados de esta ponencia y, en particular, los contenidos básicos de un determinado pasaje del Evangelio de Lucas (Lc 4,14-30), teniendo en cuenta la naturaleza de este Mes Vicenciano y las conveniencias de los participantes en el mismo: un grupo de misioneros jóvenes, deseosos de extraer de las fuentes lo viejo y lo nuevo, para acrecentar la propia identidad vicenciana y continuar entregándose de lleno a la misión evangelizadora de los pobres.
El tema de la pobreza en san Lucas: Evangelio y Hechos
La comunidad a la que Lucas dirige su Evangelio estaba formada por gentes pobres y, en buena medida, por ricos. Familias enteras de la clase media y alta habían recibido el bautismo. Algo semejante ocurría en las demás comunidades cristianas antiguas: las formaban pobres y ricos. No solo pobres, como se viene diciendo reiteradamente. Conocemos los nombres de Bernabé, un rico hombre judeo — helenista; de Sergio, cónsul romano; de Cornelio, procónsul de Chipre; de Aquila y Priseilla, comerciantes judeo cristianos que ayudaban a Pablo. Por otra parte los «temerosos de Dios», en general de buena posición, pasaron con frecuencia a engrosar las filas de las comunidades cristianas.
Lucas, conocida la base social de su comunidad, no dejará de aludir al peligro de las riquezas.
El hecho de la presencia de pobres y de ricos en una misma comunidad generaba tensiones y levantaba interrogantes: ¿cómo puede ser cristiano el rico? San Lucas en su inigualable relato evangélico y en los Hechos de los Apóstoles nos dará una respuesta matizada y gradual.
En primer lugar pone delante de la comunidad a la que escribe el Evangelio el ejemplo de los discípulos de Jesús, quienes practicaron una pobreza radical y voluntaria. Así, en el relato de la vocación de los cuatro primeros discípulos (Lc 5,1-11), en el último versículo, da cuenta de la radicalidad de las pobreza de aquellos seguidores de Jesús: «llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron» (Lc 5,11). Poco después Lucas relata la vocación de Leví (Lc 5,27-28) y concluye la narración con esta expresión: «él, dejándolo todo, se levantó y le siguió» (Lc 5,28).
Para los cristianos que leían el Evangelio de Lucas, los primeros discípulos de Jesús aparecían como dignos des ser imitados; como las personas ejemplares a las que había que remitirse y secundar siempre.
Pero, además de imitar a los discípulos de Jesús, la vida misma de Jesús es propuesta por Lucas como paradigma, que primeramente habían presenciado los discípulos, y que ahora ha de ser tenida en cuenta por los cristianos de la comunidad de Lucas. Imitada, si no al pie de la letra, sí ha de considerarse al menos como el auténtico ejemplo al que remitirse siempre. La pobreza de Jesús, tal como él la experimentó, es y será siempre un elemento crítico en la vida de la comunidad de Lucas.
En tercer lugar, Lucas subraya mucho el peligro de las riquezas. La parábola del sembrador se escribe con esta intencionalidad (Lc 12,13-21). Comienza con estas expresiones: «mirad, guardaos de toda codicia, porque aún en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (v. 15). A continuación propone la parábola del hombre rico, que siembra los campos, espera y recibe una buena cosecha, amplía los graneros, intenta llevarse una buena vida, pero Dios le llama pronto, y resulta que el rico en bienes materiales es pobre ante Dios.
Aquí Lucas critica la avaricia del especulador, su vida superficial y la necedad de sus comportamientos.
A continuación Lucas incluye el extenso relato sobre el abandono en manos de la Providencia (Lc 12,22-32): «No andéis preocupados por vuestra vida, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis, porque la vida vale más que el alimento» (Lc 12,22-23).
Y poco después vuelve a intervenir el evangelista invitando a vender los bienes y a practicar la limosna: «Vended vuestros bienes y dad limosna». «Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón y la polilla, porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12,33-34). Dos capítulos más adelante Lucas vuelve a insistir con parecidas consignas: «Cualquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío» (Lc 14,28-33).
Parecido significado encierra la perícopa acerca del buen uso de las riquezas (Lc 16,9-13). Lucas alude a las riquezas adquiridas injustamente y termina con la consabida requisitoria: «Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro…, no podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 9,13).
Todavía es más significativa la conocida parábola del rico malo y Lázaro el pobre. En este extenso relato, que tan grabado ha quedado en la mente y en el recuerdo de los lectores del Evangelio, Lucas no pretende tanto consolar al pobre cuanto exhortar al rico a la conversión. En la segunda parte de la parábola Lucas insiste sobre un hecho socialmente frecuente: los ricos, en este caso el rico de la narración, no escuchan ni se convierte (Lc 16,19-31).
Los datos precedentes nos dan pie para pensar que en la comunidad en la que Lucas se encuentra al escribir el Evangelio hay personas ricas y gentes pobres.
Del relato sobre los invitados que se excusan (Lc 14,15-24) se deducen conclusiones semejantes a las anteriores. De hecho, vemos que no acuden al banquete, al que habían sido invitados. Lo mismo el campo, que la yunta de bueyes recién comprados, que el banquete de bodas, es decir, los bienes en general, impiden acudir con prontitud. Lucas formula aquí una serena advertencia a los pudientes de su comunidad.
Algo semejante ocurre en el discurso de las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de los cielos» (Lc 6,20-23). Las riquezas obstaculizan la venida del Reino de Dios y el consiguiente cambio de criterios que ese Reino de Dios debe provocar en la comunidad.
Parecidas consignas recoge el discurso de las maldiciones: «Ay de vosotros, los ricos», «ay de vosotros, los que estáis hartos» (Lc 6,24-25).
En resumen, Lucas se dirige a gentes de clase media y alta, a las que recuerda con insistencia la presencia de los pobres y hace de estos punto obligado de referencia para los ricos.
Repercusiones del Evangelio de Lucas
¿Cómo repercutieron en la comunidad lucana toda esta larga serie de orientaciones precedentes? ¿Aquellos cristianos modificaron sus coportamientos y sus criterios de vida?
Deber y práctica de la limosna
Lucas reitera las consignas sobre la limosna. Así, en 6,38 le oímos la invitación: «Dad y se os dará». Más adelante el Evangelio redunda en este mismo tema: «Vended vuestros bienes y dad limosna» (Lc 12,33). Algo semejante nos dirá en 16,9: «Haceos amigos con el dinero injusto» ¿cómo?, entregándolo. Aún es más explícito Lucas en 11,41. Al ver los fariseos que Jesús se sienta a la mesa sin atenerse a las prácticas de las abluciones rituales, éste les recrimina diciéndoles que mucho más decisivo que las abluciones es el hecho del amor fraterno, del que una manifestación importante es la práctica de la limosna: «Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros» (11,41).
Si del Evangelio pasamos a examinar los Hechos de los Apóstoles, la segunda obra de Lucas, nos encontramos con consignas semejantes. Había en la Ciudad de Joppe una discípula llamada Tabita, de la que Lucas desea destacar una cualidad: «Era rica en buenas obras y en limosnas que hacía» (Act 9,36).
De la misma manera, encontramos en Hechos otro par de alusiones. Del Centurión romano Cornelio, convertido por Pablo a la fe, se destaca una buena cualidad: era «piadoso y temeroso de Dios, como toda su familia, daba muchas limosnas al pueblo y continuamente oraba a Dios» (Act 10,2).
Pero no solo las personas particulares practicaban la limosna. En ocasiones eran las comunidades las que entregaban limosnas a otras comunidades. Es, por ejemplo, el caso de los cristianos de Antioquía, a los que vemos enviando socorros a la comunidad de Jerusalén, sumida esta última en una grave necesidad: «Los discípulos determinaron enviar algunos recursos, según las posibilidades de cada uno, para los hermanos que vivían en Judea» (Act 11,29).
A tener en cuenta que la práctica de la limosna no se conocía en ambientes helenistas, griegos o romanos. Sí era práctica corriente entre los judíos. Pues bien, uno de los frutos de las reflexiones de Lucas sobre la pobreza fue la introducción de la práctica de la limosna en el mundo griego y romano. Este hecho demuestra la capacidad de innovación del Evangelio en ambientes no cristianos. No está demás recordar aquí y ahora que la limosna entre los hebreos tuvo un sentido religioso y humanitario. En nuestros ambientes, cambiadas radicalmente las circunstancias del mundo, puede verse en esta práctica un hecho de paternalismo por parte de quien da limosna. Pero, desde luego, no era este al caso de Lucas.
Un pasaje significativo es el de Zaqueo (Lc 19,1-10). Este hombre, jefe de publicanos, es decir, recaud4dor de impuestos, y, por lo tanto, odioso para el pueblo, era a su vez rico. Se subió a un árbol para presenciar el paso de Jesús. Al verle Jesús le llamó y le dijo que quería hospedarse en su casa. Zaqueo lo recibió con alegría. La gente murmuraba al ver a Jesús dar la mitad de sus bienes a los pobres y, puesto que ha robado, ahora devolverá cuatro veces más.
En este y otros casos Lucas está pidiendo a los cristianos de su comunidad una pobreza exigente, pero no una pobreza inalcanzable y utópica; no demanda Lucas a su comunidad una pobreza en todo igual a la de los primeros discípulos. Lucas utiliza el principio de acomodación a las circunstancias, si bien la validez de los principios sigue inalterable.
Hacia la igualdad como ideal
Encontramos en los Hechos de los Apóstoles unos pasajes a los que los estudiosos suelen denominar «Sumarios». Se trata de ciertos versículos que sintetizan con brevedad y concisión todo un tema de por sí más amplio. Este es el caso del pasaje de los Hechos de los Apóstoles sobre cómo vivían los primeros cristianos. Lo encontramos en Act 2,42-47. Les unía la misma fe, la enseñanza de los Apóstoles, la fracción del pan, la oración compartida y, sobre todo, la comunión de vida, pues, «tenían todo en común» (2,44), «vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Act 2,45).
En este pasaje mencionado no se describen los hechos tal como sucedían en la práctica, sino un ideal de vida que Lucas propone a la comunidad. En realidad este texto, tomado de Act 2,42-47, cuenta con el respaldo de Deuteronomio 15. Lucas nos da a entender que el compartir los bienes y tender a la igualdad en este orden de cosas es un alto ideal al que hay que aspirar.
Para concluir este apartado, digamos que este interclasismo de las comunidades cristianas era sumamente original y sorprendente en los ambientes paganos. De esta manera los cristianos, Lucas en su Evangelio, ponían las bases de un cambio fundamental en la sociedad de su tiempo.
San Vicente de Paúl fue sensible a las necesidades de los hombres de su tiempo. Encontró iluminación en la lectura atenta del Evangelio y, en particular, del Evangelio de Lucas, pues, un texto tomado del capítulo cuarto fue el lema de toda su vida: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).
La expresión «Evangelizare pauperibus misit me». Comentario a Lucas 4, 18) dentro de la perícopa Lc 4,14-30. Significado
El lector atento del Evangelio de Lucas se percatará enseguida de que el lema vicenciano «evangelizare pauperibus misit me» (Lc 4,18) se encuentra en la amplia sección del tercer Evangelio titulada: «La predicación inicial de Jesús» (Lc 3,21-9,50). Más en particular, el texto que desde los orígenes vicencianos figura en el escudo de la Congregación de la Misión, fue tomado por el Santo Fundador de una perícopa lucana, denominada por los estudiosos: «Presentación programática de Jesús en Nazaret» Lc 4,16-30). En consecuencia, concentramos nuestra atención en un pasaje concreto (Lc 4,16-30), el que a su vez se encuentra inserto en una sección del tercer Evangelio (Lc 3,21-9,50), titulada, como queda dicho: «La predicación inicial de Jesús».
Comienzo de la predicación de Jesús (Lc 4,14-15)
Lucas, lo mismo que Mateo, al redactar el tercer Evangelio se sirve de diversas fuentes: de Marcos, de la llamada fuente Q y de otras documentaciones de difícil identificación. Se trata de la conclusión más verosímil, compartida hoy por la mayoría de los estudios del Nuevo Testamento, a la hora de dilucidar el llamado Problema Sinóptico. Por otra parte, la obra de Lucas, como es natural, va diriga a determinada comunidad. Sumados a los factores anteriores este particular y la personalidad de Lucas, autor literario, el resultado es un Evangelio con sello propio.
Inicia Lucas la narración sobre el ministerio de Jesús en Galilea con un sumario: «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu Santo y su fama se extendió por toda la región. El iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos» (4,14-15).
Los sumarios suelen revestir ciertas caraterísticas: presentan en síntesis diversas actividades de Jesús, sirven para interrelacionar distintos momentos del ministerio de Jesús y dan estructura literaria a`los relatos. Este sumario recuerda a Mc 1,14-15: «Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,14-15). Ha de considerarse como una presentación global del inicio del ministerio de Jesús en Galilea.
Ténganse en cuenta ciertas ausencias en el sumario que comentamos, si lo comparamos con su equivalente en Mc 1,14-15. En Lc 4,14-15 no está presente la alusión a la llegada del reino de Dios, a la Buen a Nueva, a la llamada a la conversión. Lo que ocurre es que, en vez de una proclamación kerigmática, Lucas ofrece en este resumen una declaración más bien programática.
«Jesús volvío a Galilea» (Lc 4,14). Los tres Sinópticos coinciden al situar en Galilea el comienzo del ministerio público de Jesús (Mc 1,14-15; Mt 4,12-13). Sin embargo es en el Evangelio de Lucas donde la estancia de Jesús en Galilea y su posterior viaje a Jerusalén recobran una relevancia particular. Fue en Galilea donde Jesús comenzó el ministerio público (Lc 4,14-15); de esta región proceden sus discípulos (Lc 8,1-3); aquí instruyó a quienes después serán sus testigos. En fin, la Galilea de los Gentiles será el centro de sus actividades y punfo de partida del viaje definitivo a Jerusalén.
«Con la fuerza del Espíritu Santo» (Lc 4,14). Con la alusión en el sumario al Espíritu Santo aparece en escena uno de los temas básicos de la cristología y la pneumatología según Lucas. En este contexto Lucas se refiere al Espíritu Santo recibido por Jesús con ocasión del Bautismo en aguas del Jordán (Lc 3,22) y cuya plenitud experimentará a lo largo de su ministerio público. La intervención del Espíritu Santo tiene lugar, según Lucas, durante toda la vida de Jésus, pero de modo preponderante al inicio de los momentos más significativos de la vida del Hijo de Dios encarnado y venido a este mundo: en la encarnación (Lc 1,35), al recibir el bautismo (Lc 3,22), al comienzo del ministerio público de Jesús en Galilea (Lc 4,14) y el día de Pentecostés (Act 2,1-13). La dinámica o fuerza del Espíritu Santo se manifestará no solo en los hechos taumatúrgicos realizados por Jesús, sino también al enseñar e interpretar la Escritura (Lc 4,18-19).
«E iba enseñando en sus sinagogas» (Lc 4,15). La actividad pública de Jesús se presenta como una enseñanza. Jesús es ante todo el didáscalos, es decir, el maestro por excelencia. Por otra parte su enseñanza cuenta con todas las garantías, pues sus palabras son fruto de la conciencia misionera de Jesús, asistida siempre por la acción poderosa del Espíritu Santo.
Jesús visitaba las sinagogas. En tiempo de Jesús la sinagoga era el lugar donde los judíos se reunían para celebrar las funciones religiosas. El propio Lucas refleja esta interpretación cuando escribe en el libro de los Hechos que: «Durante muchas generaciones se ha leído y proclamado la ley de Moisés todos los sábados en las sinagógas de cada ciudad» (Act 15,21). La sinagoga nace como institucifi durante la cautividad de Babilonia y permanece vigente hasta nuestros días. Por lo regular se erigía una sinagoga en cada lugar donde hubiera una comunidad de judíos. A veces dos o más sinagogas coexistían en una misma población. Los fieles se reunían en la sinagoga cada sábado y en otras ocasiones para participar en la oración común y en la acción litúrgica no sacrificial. También se acercaban los fieles a la sinagoga con otros fines: el estudio de la ley, las costumbres y las tradiciones; incluso se acudía a la sinagoga para dictar las sentencias judiciales.
Eran responsables en la sinagoga el presidente, los ancianos y los encargados: sirvientes y sacristanes, a quienes, entre otras funciones, les correspondía cuidar los libros y ponerlos en el momento oportuno a disposición de los lectores.
El servició religioso se desenvolvía por lo regular a tenor de los siguientes actos: cántico de un salmo, recitación de la profesión de fe y de las bendiciones; lectura de la ley y los profetas y exhortación homilética, realizables estas dos últimas por todo israelita varón y capaz de hacerlo. La reunión litúrgica concluía con la plegaria y la bendición final impartida por el presidente de la Asamblea. Varios objetos servían para el desenvolvimiento del culto: los asientos, la tribuna, el atril, los volúmenes enrollados y el arca donde estos se guadaban.
Lucas da especial relieve a la entrada de Jesús a la sinagoga porque será sobre todo en este lugar donde Israel va a escuchar la Buena Nueva de la salvación en los tiempos mesiánicos.
Tampoco faltan en este sumario que comentamos una alusión al universalismo del mensaje de Jesús cuya «fama se extendió por toda la región» (Lc 4,14), siendo «alabado por todos» (Lc 4,15). Lucas ya desde ahora enfatiza la apertura de Jesús a todos los pueblos y, en particular, la reacción favorable de estos ante las actividades ministeriales desplegadas por Jesús.
En resumen, Lucas por medio de un sumario ha presentado a Jesús en el momento de comenzar su ministerio en Galilea. A este propósito la narración de Lucas incluye ciertos detalles que facilitan al lector la comprensión de los hechos ocurridos: se desarrollan en Galilea: «Jesús volvió a Galilea»; el clima espiritual de Jesús: actuaba «por la fuerza del Espíritu Santo»; la reacción favorable de los oyentes: «su fama es extendió por toda Galilea», era «alabado por todos»; su programa consistente ante todo en enseñar: «iba enseñado en sus sinagogas».
Cabe preguntarse: ¿cuáles son los contenidos de esa declaración programática de Jesús, narrada por Lucas en 4,14-15? ¿Dónde se encuentran los núcleos • de la enseñanza de Jesús? En cierta medida el evangelista va a responder a estos interrogantes en los versículos que siguen a continuación (Lc 4,16-30).
Jesús en Nazaret (Lc 4,16-30)
Visita la Sinagoga de Nazaret.
«Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito» (Lc 4,16-17).
Las palabras «donde se había criado» remiten a Lc 2,51. Según costumbe, Jesús asistió al culto de la sinagoga el sábado y aprovechó la oportunidad para anunciar su propio mensaje. Jesús recibió el libro con el texto hebreo del profeta Isaías. A la lectura de Is 61,1-2 siguió la explicación homilética pronunciada por Jesús.
Texto de Isaías (61,1-2)
«El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los_cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).
En los versículos 18-19 Lucas cita literalmente a Is 61,1-2, con algunas variaciones y omisiones. En Lc 4,18 se cita a Is 61,1, omitiendo la expresión: «para sanar los corazones quebrantados», que se encuentra en el original. Por el contrario en Lc 4,18 se incluye la frase: «para dar la libertad a los oprimidos», que no se encuentra en Is 61,1, sino en Isaías 58,6. A su vez en Lc 4,19 se omite el texto: «día de la venganza de nuestro Dios», que formaba parte de Is 61,2.
Esta Escritura se ha cumplido hoy
«Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy. Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca» (Lc 4,20-22a).
Para dar lectura al texto bíblico había que ponerse de pie, mientras que el comentario se pronunciaba y escuchaba sentado. Los ojos de los presentes estaban clavados en Jesús cuando empezó a hablarles. Se trata de una mirada intensa, que denota estima y confianza. Es una manera de expresar la reacción favorable de la Asamblea, que era de admiración y agradable sorpresa. Aquí y ahora se ha cumplido este pasaje de la Escritura, dirá Jesús sin vacilar. La consolación prometida por Isaías es ya una realidad. Todos alababan a Jesús y aprobaban sus palabras. Admiraban con beneplácito cuanto salía de sus labios, debido a su mensaje de gracia y al favor de Dios.
¿No es éste el hijo de José?
«Y decían: ¿No es éste el hijo de José? El les dijo: Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria. Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4,22b-24).
Se decían unos a otros: ¿No es éste el hijo de José? Se trata de una interpretación corriente de la personalidad de Jesús. En este contexto la frase expresa una reacción negativa ante el comentario de la Escritura propuesto por Jesús. La pregunta en cuanto tal da a entender un sentido de indignación y de distanciamiento de los nazarenos con relación a Jesús. Todo lo que has realizado en Cafarnaún, hazlo también aquí. En definitiva los nazarenos no dan tánto crédito como parecía a las palabras de Jesús. Para creer exigen señales que le acrediten como profeta. La condición de Jesús es, en cierto sentido, parecida a la de los profetas, quienes, por lo regular, no eran bien considarados en su patria chica.
Muchas ciudades había en Israel
«Os digo de verdad: Muchas ciudades había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio» (Lc 4,25-27).
La situación de Jesús es comparable a la de los grandes profetas de Israel: Elías y Eliseo. Israel por su pecado no mereció la ayuda de Elías y Eliseo, sino que la recibieron dos extranjeros: la viuda de Sarepta y Naamán el sirio. De la misma manera, Jesús rechazado por sus paisanos, partirá hacia los gentiles. Las dos comparaciones anteriores, pronunciadas por Jesús, contribuyeron a ahondar definitivamente la separación entre Jesús y sus paisanos.
Todos se llenaron de ira
«Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó» (Lc 4,28-30).
Oyendo esta palabras se llenaron de ira. La narración entra en una dimensión cada vez más provocativa. La última reacción de los compatriotas de Jesús cobra acentos de verdadera hostilidad y de rechazo total. Le echaron de la ciudad con la intención de despeñarle. Pero Jesús, «pasando por medio de ellos, se marchó». De momento Jesús sigue su camino, el que terminará por llevarle hasta Jerusalén, donde consumará su ministerio.
Reflexión conclusiva
Concluída una visión rápida del texto bíblico en cuestión, me permito dar lectura a una reflexión conclusiva, haciendo hincapié en las enseñanzas subyacentes a lo largo de la perícopa y, en particular, en los versículos 18-19.
Nos dice Lucas que Jesús comenzó su ministerio en Galilea (Lc 4,14), pero, más en particular, en la ciudad de «Nazaret donde se había criado» (Lc 4,16). De hecho, Jesús, según lo da a entender Lucas en 4,23, antes de actuar en Nazaret ya había ejercido su ministerio profético en ,otros lugares de Galilea. Por otra parte Marcos y Mateo narran las actividades de Jesús, ordenando los acontecimientos de manera distinta a la de Lucas. Marcos adopta en su relato la siguiente disposición de los heChos: Bautismo de Jesús (Mc 1,9-11), tantaciones (Mc 1,12-13), ministerio en Galilea (Mc 1,14-15), vocación de los discípulos (Mc 1,16-20), enseñanza en Cafarnaún (Mc 1,21 ss), visita a Nazaret (Mc 6,1 ss).
Mateo, por su parte, ordena los hechos de manera semejante a Marcos: bautismo de Jesús (Mt 3,13-17), tentaciones (Mt 4,1-11), vuelta a Galilea (Mt 4,12-17), llamamiento de los discípulos (4,18-22), enseñanza en Galilea (Mt 4,23-25), visita a Nazaret (Mt 13,53 ss).
Lucas, por el contrario, cuenta lo sucedido siguiendo una sucesión de los hechos distinta de la adoptada por los otros dos Sinópticos: bautismo de Jesús (Lc 3,21-22), tantaciones (Lc 4,1-13), Jesús en Nazaret (Lc 4,16-30), Jesús enseña en Cafarnaún (Lc 4,31 ss), vocación de los discípulos (Lc 5,1 ss).
Ante esta cronología diversa cabe preguntarse: ¿sucedieron los acontecimientos según el orden adoptado por Lucas¿ ¿O, por el contrario, se encuentra más cerca de la realidad histórica la ordenación asumida por Marcos y Mateo? Como es natural, las opiniones de los estudiosos no son coincidentes. Sin embargo los autores más cualificados aproximan sus puntos de vista a la hora de responder a estos o parecidos interrogantes.
Por parte de Lucas el hecho mismo de colocar en Nazaret el primer episodio del ministerio público de Jesús, y de acumular hechos muy dispares en esta narración, aún a sabierndas de que en realidad no habían sucedido así, obedece a una clara intencionalidad.
Lucas reconstruye una escena y dramatiza los acontecimientos con toda intención. Lucas nos da cuenta de unos hechos reales, acontecidos en momentos y circunstancias diversos, sin dejar de someterlos a la interpretación personal, a tenor de las conveniencias de la comunidad destinataria del Evangelio.
De hecho, Lucas en el relato 4,16-30 anticipa la visita de Jesús a Nazaret, a pesar de que esa visita debió de producirse hacia finales del ministerio de Jesús en Galilea (Mc 6,1-6a).
Seguimos preguntando, en cuanto lectores del Evangelio: ¿Supuesto lo anterior, cómo sucedieron los hechos? ¿Qué pretende Lucas decir con su propia ordenación de los acontecimientos, tal como vienen presentados en esta perícopa? Intentemos responder.
Los respectivos relatos de Marcos y Lucas coinciden, no en los detalles, pero sí en lo fundamental: la visita a la sinagoga de Nazaret, ciudad natal de Jesús; la reacción de la gente ante sus enseñanzas; el reconocimiento por parte de Jesús de su propia ciudadanía; el proverbio según el cual «nadie es profeta en su tierra» y la ausencia total de «signos», en Nazaret.
Sin embargo, la extensión de la narración de Lucas duplica a la de Marcos. Esto suscita una serie de interrogantes sobre las posibles fuentes de Lucas y sobre la función del presente realato dentro del tercer Evangelio.
Resulta apropiado afirmar que la narración lucana de la visita de Jesús a Nazaret se inspira en parte en Marcos 6,1-6a, en parte en una fuente particular y, en buena medida, se debe a la mano del evangelista. Parece inegable, en consecuencia, que Lucas elabora una buena porción de elementos suministrados por el relato de Marcos 6,1-6 y por tras fuentes de información.
La narración de Lucas tiene todos los signos de ser una composición acumulativa. Prueba de ello es que incluso la hilazón gramatical de las frases no es suficientemente fluida, aunque se comprende con facilidad su significado. Lucas recoge en esta perícopa 4,16-30 episodios ocurridos en diferentes ocasiones, insertándolos en el relato sobre el inicio del ministerio público de Jesús en Nazaret.
Esto supuesto, ¿Qué intencionalidad encierra la narración acumulativa de Lucas? El lector se percatará, apenas comenzada la lectura de la perícopa, de que Lucas nos da cuenta a lo largo de toda la sección, por un lado, del triunfo de Jesús, y por otro, del rechazo por parte de sus conciudadanos.
Por otra parte, en la redacción actual de los episodios que comentamos se puede percibir una progresividad en las propuestas que formula Jesús y en la reacción de los oyentes, quienes toman posiciones ante Jesús en medio de un clima de aceptación y de conflicto. Lucas con toda intención se encarta de evidenciar cómo ya desde el inicio el ministerio público de Jesús, comenzado en Nazaret, suscita, por una parte, aceptación, y, por otra, rechazo. De hecho la reacción al mensaje de Jesús será parecida a lo largo de su vida e incluso al tiempo de la pasión y muerte.
La gradación progresiva de Lucas presentando las diversas reacciones contra Jesús son fruto de una cuidadosa composición literaria. La narración de Lucas va adquiriendo tintes dramáticos a medida que se suceden los distintos episodios.
No cabe duda que toda la sección 4,16-30, elaborada por Lucas, encierra una clara intencionalidad programática. La enseñanza de Jesús se desenvuelve en cumplimiento de la Escritua, lo cual debería ser valorado por los conciudadanos de Jesús. De hecho, su enseñanza encontró reacciones opuestas: una acogida calurosa o, con mayor frecuencia, un rechazo total.
En suma, Lucas coloca en primer lugar la predicación de Jesús en Nazaret, sin atenerse al orden cronológico. Motivos: en primer lugar esta escena sustituye con creces a Mc 1,14 ss, al presentar al lector un sugestivo cuadro programático de la predicación de Jesús. Al mismo tiempo queda colocado al inicio de la narración del ministerio de Jesús un acontecimiento de carácter típico, ya que la acogida dispensada a Jesús en su ciudad natal no es más que un preludio de todo su destino posterior. Se trata de un episodio de capital importancia en el Evangelio de Lucas. En cierto sentido es prefigurativo de todo el camino futuro de Jesús, quien suscitará entusiasmo y, a veces, oposición.
Una lectura atenta de la perícopa que comentamos nos da pie para ampliar el valor prefigurativo y simbólico de sus contenidos. La aceptación por parte de unos pocos simboliza la aceptación de quienes, sin que nunca hayan faltado, se declaran seguidores de Jesús. El rechazo inical por parte de otros muchos anticipa simbólicamente la oposición que su ministerio ha provocado antes y ahora entre los humanos.
La escena de Nazaret viene a ser algo así como una síntesis del Evangelio dentro del entero Evangelio de Lucas. De alguna manera el pasaje en cuestión ostenta el carácter de síntesis y anticipo de lo que de hecho va a suceder a Jesús a los largo del ministerio público: aceptación, rechazo y, como consecuencia de esto último, el posterior paso a los gentiles.
Permítaseme, siguiendo la línea de interpretación adoptada, avanzar hasta las últimas consecuencias. Algunos autores han detectado en el texto lucano alusiones veladas a ciertos acontecimientos futuros referentes a Jesús y a la vida de la Iglesia Apostólica. El simbolismo y el paralelismo entran en juego. El rechazo de Jesús por sus paisanos de Nazaret simboliza la persecución definitiva de Jesús en Jerusalén. Jesús llevado fuera de la ciudad a una altura escarpada prefigura la pasión y crucifisión posterior. Jesús pasando por medio de ellos y alejándose es un anticipo de su resurrección futura y, en el caso de la Iglesia Apostólica, del paso decidido a la evangelización de los gentiles.
Un Vicenciano comenta a Lc 4,18-19
Estos dos versículos, citados por Lucas, formaban parte de un poema escrito por el profeta Isaías (Is 61,1-11), en el que se describía la misión del profeta. Al retornar del exilio, después de cincuenta años en Babilonia, Isaías proclama un mensaje de consolación y de reconstrucción. Is 61,1-11 contiene diversas metáforas sobre la regeneración del nuevo Israel y sobre la salvación integral: corporal y espiritual, individual y social. Una salvación que alcanza a los que ahora retornan del exilio, pero que a su vez se proyecta hacia los tiempos futuros. Se trata de un tiempo favorable para los exiliados y de un tiempo de venganza de Dios contra los enemigos de Israel.
En realidad, el evangelista Lucas adopta el texto de Isaías para describir la actuación de Jesús al inicio de su ministerio público en Nazaret.
El texto de Isaías, debido el momento histórico en el que fue formulado, tenía su propio y particular grado de significación. Lucas con toda intención asume literalmente el texto original, purificado y retocado, aplicándolo a Jesús en otro contexto histórico, sin olvidar la realidad cualitativamente distinta de Jesús, el Mesías. Así, por ejemplo, Lucas omite toda alusión al nacionalismo y triunfalismo religioso; toda llamada a la destrucción de los enemigos de Israel; toda referencia a la venganza de parte de Dios. Al contrario, Lucas pone en labios de Jesús palabras de apertura al universalismo salvador que trae Jesús a todos los humanos.
Por razones metodológicas y prácticas no parece conveniente elaborar una exégesis minuciosa de cada palabra y concepto de Lc 4,18-19. Es preferible extraer unas conclusiones generales en las que, respetando el texto, quede de manifiesto el significado global y verdadero de los pasajes leídos y comentados por un Vicenciano.
La era escatológica y, en particular, el inicio del ministerio público de Jesús comienza con la irrupción del Espíritu Santo, quien recayó sobre Jesús el día del bautismo (Lc 3,22) y continúa actuando a partir del inicio mismo por parte de Jesús de su ministerio en Nazaret (Lc 4,14; 4,18).
El ministerio de Jesús se realiza en cumplimiento de la Escritura y, en particular, en la línea profética abierta por Isaías 6,1-2, y proseguida por los gestos polivantes de Elías y Eliseo, de quienes, superándolos, Jesús se siente continuador.
La era escatológica comienza con la evangelización de los pobres. Es este uno de los signos que más y mejor la ponen en evidencia ante el mundo. Conviene destacar que uno de los puntos fundamentales incluidos en el programa de Jesús, anunciador de la Buena Nueva, es la evangelización liberadora de los pobres (Lc 4,18-19).
Lo que Isaías anunció proféticamente a sus contemporáneos, los desterrados que volvían a Jerusalén: la liberación integral, individual y social, Jesús lo anuncia y hace realidad ahora en favor de los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos de ahora y de todos los tiempos.
La expresión de Lucas 4,18: «me ha enviado para evangelizar a los pobres», asumida por San Vicente como lema de su propia vida y de la Congregación de la Misión, se refiere, a tenor del significado auténtico del texto bíblico, a la evangelización que comporta liberación integral del mal que afecta a todas las dimensiones del hombre: espiritual y corporal, individual y social, presente y futuro. El gran regalo que hace Jesús a los pobres es la liberación del pecado, de la ceguera del espíritu, pero también de la ceguera corporal.
Jesús realiza la salvación a través de la proclamación verbal, predicación y anuncio, y por medio de los hechos, sanaciones y liberaciones parciales, De este y de otros pasajes del Evangelio de Lucas, se deduce que la respuesta a la llamada de Jesús a la conversión, con tánto énfasis repetida al comienzo del ministerio públiCo de. Jesús, se habrá de traducir también, para ser verdadera, en cambios sociales: pobres y oprimidos liberados, o no habrá tal conversión.
No deja de ser alentador y significativo para un misionero vicenciano constatar que el primer mensaje, proclamado por Jesús al inicio de su ministerio, un sábado por la tarde en la sinagoga de Nazaret, fuera dirigido en favor de los pobres de entonces y de todos los tiempos.
El Santo Fundador de la Misión, guiado por el sensus ecclesiae, acudió, con todo acierto, a este pasaje bíblico para entresacar el lema misionero de la Congregación de la Misión, que reza así: a «evangelizar a los pobres nos envió» el Señor.
Si las palabras anteriores se traducen en hechos, habrá que admitir que continúa abierto el «Año de gracia del Señor», es decir, el tiempo de la salud que Jesús inició y Vicente de Paúl continuó.






