En los documentos primeros más autorizados se describen las revelaciones de la Virgen a Santa Catalina usando la palabra «visión» con preferencia a «aparición». Tanto el Padre Aladel como los Padres Etienne y Lamboley tienen frases como éstas: «vio», «creyó haber visto», «tuvo otra visión», etc. Así puede leerse en la carta del Padre Aladel al Abate Le Guillou, en su Notice, y en la Encuesta canónica abierta por Mons. de Quelen, al igual que en la carta del Padre Lamboley, que es el documento más antiguo. Pero Santa Catalina, en fechas posteriores, escribe indistintamente, en sus tres relaciones, palabras aproximadas a «visión» y «aparición». En sus escritos hay expresiones como éstas: «apercibí», «me pareció» al mismo tiempo que estas otras: «en el lugar en que la Santísima Virgen se apareció», «por tercera vez se me apareció».
En el lenguaje corriente, ambas palabras se usan con el mismo sentido, pero, técnicamente hablando, el vocablo «visión» señala un proceso subjetivo en los sentidos o en la imaginación del que ve o cree ver. Este proceso de imágenes puede ser promovido por un agente sobrenatural o motivado por el carácter mórbido y alucinatorio de la persona.
Visión subjetiva
El examen hecho de los textos indican ser contrarios a la objetividad corporal de las apariciones de la Medalla: La Virgen no estuvo allí personalmente. Por un lado, las Hermanas y novicias que meditaban u oían la Santa Misa en compañía de la vidente no vieron nada. ¿amo es posible que ninguno, entre tantos espectadores, se diera cuenta de que la Virgen estaba sobre el altar? Por otro lado, la vidente habla como si todo se hubiera realizado en su interior. ¿No se la presentó como en un cuadro? Ella misma dice: «En aquel instante me pareció que el cuadro se volvía.» Parece algo semejante a la composición de lugar en una meditación; todo se desvanece poco a poco. Por otra parte, finalmente, esta visión, puesta en la retina por una combinación providencial de recuerdos o por una infusión divina está más en conformidad con la doctrina teológica, que juzga que rara vez se aparecen, con sus propios cuerpos, Nuestro Señor y la Santísima Virgen, únicos que actualmente tienen cuerpo gloriosa. Esto nos recuerda al doctor Pedro Querey, que dice: «Las visiones sobrenaturales son alucinaciones divinas. Un juego de imágenes producido y dirigido por Dios que despierta y entrelaza los recuerdos que duermen en el subconsciente.»
Visión sobrenatural
Al ser una visión subjetiva, cabría preguntar, ¿quién la provocó de hecho, una intervención sobrenatural o un estado mórbido por parte de la vidente?
Según los documentos y los estudios llevados a cabo, Santa Catalina no fue víctima de un engaño voluntario ni era una persona anormal. Esto es claro:
- Fue constante en afirmar las apariciones, sin cambiar la información en el más mínimo detalle. Todos los años, el 27 de noviembre, nos dice el P. Chevalier, su último confesor, sentía la necesidad de narrar las apariciones a su Director. Ella instó al Padre Aladel para que acuñara la medarla y después para que la propagara, cosa que ella hizo con celo. Así puede comprobarse en sus biografías y en la Encuesta canónica de 1936 en París.
- El engaño no tendría razón de ser, porque, permaneciendo oculta, sin dar a conocer su identidad, mal iba a poder fo• mentar el amor propio, la vanidad o la ambición. Según consta en la Encuesta canónica y en el Proceso de Beatificación, la vidente había exigido de su confesor la promesa de no declarar ni su nombre ni su identidad.
¿Qué otra razón podía tener para engañar? ¿Malicia? Esto no se compagina con una vida de virtud. Santa Catalina murió afirmando las apariciones y ha sido canonizada como la Santa del Silencio.
El análisis de la persona de la vidente señala igualmente la realidad ‘de los hechos:
- Su temperamento, carácter y virtudes no eran los propensos a las alucinaciones. La ficha personal del Seminario-Noviciado decía así: «Catalina Labouré, robusta, de mediana estatura, sabe leer y escribir regularmente; parece de buen carácter; su ánimo y penetración no tienen nada notable; es piadosa y trabaja por ser buena.» Esto nos dicen los observadores de su conducta exterior. Su confesor declaró, en la Encuesta canónica, bajo juramento, que era sencilla, cándida y en su manera de ser no había nada de extraordinario, que no era de imaginación exaltada; al contrario, era de temperamento frío y de carácter apático». Así pensaba el conocedor de su vida íntima.
- Los estudios que poseía no eran los más propios para imaginar o recomponer la Medalla de la Virgen del Globo con su dogmático simbolismo. Nacida en el campo, donde vivió casi toda su vida hasta las apariciones, apenas sabía escribir y leer. El catecismo sí lo conocía bien, pero sin mayor profundidad que la de un niño de escuela.
- No hay ninguna señal de estado enfermizo en su vida. Era robusta y sana, muy dueña de sí misma, según confirman los testigos oculares. Tampoco se sabe que hiciera mortificaciones indiscretas que a fuerza de debilitar sus fuerzas la derrumbaran en la ilusión.
Todas estas razones nos llevan a la conclusión de que la Santa no pudo ni quiso engañarnos, sino que nos dijo unos hechos que le habían ocurrido con sencillez y objetividad, en muchos casos sin ella conocer el alcance y significado de cuanto había visto. Estos hechos tan relevantes señalan una intervención sobrenatural que así combinaba los acontecimientos, ya presentándoselos de súbito, ya combinando las ideas que latían en el subconsciente.
Visión dinámica
Las imágenes que se han hecho de las visiones de Santa Catalina son como cortes fotográficos de una misma secuencia. La Virgen aparecía en movimiento: sus labios musitaban plegarias y ofrecían el globo de sus manos a Dios; los ojos se entornaban al cielo y a la tierra, y las manos, que, juntas, presentaban el mundo, se tendían luego cargadas de gracias. Esto explica por qué se adoptó la última actitud de la Virgen, la de las manos tendidas, para ser grabadas en la Medalla. Era como el término de una actuación. Podían, sí, hacerse fotos, imágenes, de los distintos momentos de una misma actuación. Y esto es lo que se ha hecho, pero al hacerlo hemos corrido el riesgo de separar demasiado las cosas y de desintegrar el mensaje. Si los ojos dé Santa Catalina hubieran sido no sólo un receptor de cine, sino también un proyector, nos hubiera podido proyectar la visión exacta y en acción durante aproximadamente una hora. En nuestro libro Mariología en símbolos expusimos esta idea bajo el título de Principio y fin de una actuación.
¿Qué escenificaba la visión? La respuesta adecuada a esta pregunta estaría en una explicación global y particular de los símbolos en ella representados. Pero de momento baste con saber que la Señora es el símbolo de la Mujer bíblica, esa mujer que camina por toda la historia de la humanidad. Simboliza la Mujer del Protoevangelio, de los principios de la historia, madre de vivientes y, con ellos, vencedora del enemigo (Gen., III, 17). Simboliza a la Mujer que «estaba junto a la Cruz», según San Juan; la Madre de Cristo y de sus discípulos, la Mujer en la cumbre de la historia, con una vertiente hacia los orígenes del hombre y otra hacia la Parusía gloriosa (In., XIX, 25-28). Y simboliza a la Mujer del Apocalipsis, esa Mujer arquetipo de la Iglesia, Mujer protegida y glorificada por Dios (Apc., XII, 1-17). Los demás símbolos aparecen en función de este de la Mujer que se muestra actuando ante Dios en favor de la humanidad, representada en las esferas.
Manifestación real
Seguramente que alguno argüirá: «¿Cómo entonces Santa Catalina afirmó a una religiosa de su Comunidad que «La Hermana que había visto a la Santísima Virgen la había visto en carne y hueso?» Tal afirmación parece derrumbar las teorías del subjetivismo de la visión.
Todos los videntes hacen semejantes declaraciones; a ellos les produce la sensación de haber visto a la Virgen con su mismo cuerpo. Pero la verdad es que la Virgen se ha aparecido con muy’ distintos tipos. ¿Cuál entonces es el auténtico, real y físico? Aun las visiones de los videntes más cualificados son menos extramentales de lo que se piensa.
Sin embargo, se trata de visiones reales. Pongámonos, por ejemplo, ante la pantalla de la televisión. El presidente del Gobierno nos habla. Nosotros diremos con toda verdad que le hemos visto y oído. Con el televisor hemos franqueado la distancia, y hemos presenciado la actuación de un personaje. Ahora bien: a los videntes también les llega una imagen real, auténtica, instantánea, producida de una forma u otra. Pero hay dos notables diferencias: primera, él presidente de Gobierno no ve a los telespectadores, no hay reciprocidad de visión; la Virgen, por el contrario, veía a Santa Catalina, a quien se manifestaba; segunda, la imagen de la Virgen se reproduce no en una pantalla exterior, sino en los sentidos de la vidente, lo cual produce una sensación más profunda de realidad. La Virgen María, que vive en la eternidad de Dios, después de su Asunción, no estaba sujeta a estas coordenadas nuestras de espacio-tiempo, y, no obstante, se manifiesta según nuestros modos de ser y de pensar. Todos los atavíos y posturas adoptados por ella son un signo, una emanación de su persona, para poder ser reconocida por Santa Catalina y poder insertarse en la iconografía y en el culto de la Iglesia.
Se trata, pues, de una manifestación providencial, de carácter subjetivo. El Relator del Oficio de la Medalla seleccionó cuidadosamente la palabra Manifestación, con exclusión de la de Aparición o Visión, dejando así el campo libre a la discusión.
Bibliografía:
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