En la carta de convocatoria del Año de la Fe, «Porta fidei», Benedicto XVI invitaba a «las comunidades religiosas, así como a las parroquiales, y a todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas (…) a profesar públicamente el Credo. Deseamos –dice– que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza».
Antes de adentrarnos en cada uno de los artículos del Credo, es importante que nos preguntemos: ¿Qué estamos diciendo cuando decimos «creo» o «creemos»? ¿Qué es el Credo o símbolo de la fe?
El Catecismo lo explica así: «Quien dice «Yo creo», dice: «Yo me adhiero a lo que nosotros creemos». La comunión en la fe necesita un lenguaje común de la fe, normativo para todos y que nos una en la misma confesión de fe.
Desde su origen, la Iglesia apostólica expresó y transmitió su propia fe en fórmulas breves y normativas para todos. Pero muy pronto, la Iglesia quiso también recoger lo esencial de su fe en resúmenes orgánicos y articulados destinados sobre todo a los candidatos al bautismo.
A estas síntesis de la fe se les llama «profesiones de fe» porque resumen la fe que profesan los cristianos. Se les llama «Credo» por razón de que en ellas la primera palabra es normalmente: «Creo». Se les denomina igualmente «símbolos de la fe»» (CIC, artículos 185-187).
El Symbolon
La palabra griega symbolon significaba la mitad de un objeto partido (por ejemplo, un sello) que se presentaba como una señal para darse a conocer. Las partes rotas se ponían juntas para verificar la identidad del portador. El «símbolo de la fe» es, pues, un signo de identificación y de comunión entre los creyentes.
Creo en Dios
La primera afirmación del Credo es también la más fundamental: «Creo en Dios». Todos los artículos del símbolo de la fe dependen del primero al igual que todos los mandamientos son explicaciones del primero de ellos.
Creemos en un solo Dios que se reveló como el Único: «Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6, 4-5). Por eso, el catecismo nos recuerda que la «fe en Dios nos mueve a volvernos sólo a Él como a nuestro primer origen y nuestro fin último; y a no preferirle a nada ni sustituirle con nada».
Y ¿cómo es Dios? ¿Qué podemos saber de Él? A pesar de que sigue siendo un «Misterio inefable», es decir, que no se puede explicar con palabras, el Dios de nuestra fe se ha revelado como «El que es» –Él es la plenitud del ser y todas las criaturas hemos recibido de Él todo nuestro ser– y como «rico en amor y fidelidad».
Creer en el Dios Único tiene unas consecuencias prácticas en nuestra vida como «vivir en acción de gracias», «reconocer la dignidad de todos los hombres que han sido hechos a imagen y semejanza de Dios»,»usar bien las cosas creadas» y «confiar en Él en todas circunstancias, incluso en la adversidad». (Artículos 199-231 del CIC)
Padre
Llamar a Dios padre no es patrimonio exclusivo de los católicos. Muchas religiones lo invocan así, aunque no en el mismo sentido que nosotros.
Cuando llamamos a Dios padre, desde el lenguaje de la fe, estamos indicando dos aspectos: que Dios es origen de todo y autoridad, y que es al mismo tiempo bondad y amor para sus hijos. «Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad que indica más expresivamente la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios trasciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios».
«Dios es Padre todopoderoso. Su paternidad y su poder se esclarecen mutuamente. Muestra su omnipotencia paternal por la manera como cuida de nuestras necesidades, por la adopción filial que nos da («Yo seré para vosotros padre y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso», 2Co 6,18)» y por su misericordia y poder en el más alto grado perdonándonos libremente los pecados. (Artículos 232-267; 270 CIC)
Todopoderoso
De todos los atributos divinos, sólo la omnipotencia de Dios es nombrada en el Símbolo. Confesarla tiene un gran alcance para nuestra vida.
Como proclama el Catecismo Romano: «Nada es, pues, más propio para afianzar nuestra fe y nuestra esperanza que la convicción profundamente arraigada en nuestras almas de que nada es imposible para Dios».
Sin embargo, la constatación del mal en el mundo ha cuestionado seriamente la fe de generaciones de cristianos. El catecismo reconoce que «a veces, Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Ahora bien, Dios Padre ha revelado su omnipotencia de la manera más misteriosa en la humillación voluntaria y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido al mal». Sólo desde una fe que se gloría de sus debilidades (2 Co 12, 9) puede entenderse este aparente silencio de Dios. De esta fe, la Virgen María es el modelo supremo: ella creyó que «nada es imposible para Dios» y pudo proclamar las grandezas del Señor: «El Poderoso ha hecho grandes cosas en mí, su nombre es santo».
«La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna». (Artículos 268-278; 309-324 CIC)
Creador
«En el principio, Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1,1). Con estas palabras solemnes comienza la Sagrada Escritura. La creación es el fundamento, el comienzo de la historia de la salvación que culmina en la nueva creación en Cristo.
«La catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han formulado: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es nuestro origen? ¿Cuál es nuestro fin? ¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe? Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar». (Art. 282 CIC)
«La cuestión sobre los orígenes del mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas que han enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre. Estos descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza del Creador, a darle gracias por todas sus obras y por la inteligencia y la sabiduría que da a los sabios e investigadores». (Art. 283 CIC).
Del cielo y de la tierra
«En la Sagrada Escritura, la expresión «cielo y tierra» significa: todo lo que existe, la creación entera.
Indica también el vínculo que, en el interior de la creación, a la vez une y distingue cielo y tierra: «La tierra», es el mundo de los hombres. «El cielo» o «los cielos» puede designar el firmamento pero también el «lugar» propio de Dios: «nuestro Padre que está en los cielos» y por consiguiente también el «cielo», que es la gloria escatológica. Finalmente, la palabra «cielo» indica el «lugar» de las criaturas espirituales —los ángeles— que rodean a Dios». (Art. 326 CIC)
La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. Los ángeles son criaturas espirituales que glorifican a Dios sin cesar, rodean a Cristo, su Señor y le sirven. Desde su comienzo hasta la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión.
En el mundo visible, «la tierra», Dios quiso la diversidad de sus criaturas y la bondad peculiar de cada una, su interdependencia y su orden. Destinó todas las criaturas materiales al bien del género humano. «Respetar las leyes inscritas en la creación y las relaciones que derivan de la naturaleza de las cosas es un principio de sabiduría y un fundamento de la moral». (Art. 354 CIC)
Creo en Jesucristo
«Jesús quiere decir en hebreo: «Dios salva». En el momento de la anunciación, el ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión. Ya que «¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?», es Él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre «salvará a su pueblo de sus pecados». En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres». (Art 430 CIC)
«Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». Pasa a ser nombre propio de Jesús porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino.
El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey». (Art 436 CIC).
Su único Hijo
Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el Bautismo y la Transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su «Hijo amado». Jesús se designa a sí mismo como «el Hijo Único de Dios» y afirma mediante este título su preexistencia eterna.
Pide la fe en «el Nombre del Hijo Único de Dios». Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios», porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título «Hijo de Dios». (Art. 444 CIC)
Por su parte, Pedro confiesa a Jesús como «el Cristo, el Hijo de Dios vivo», a lo que Jesús le responde con solemnidad: «no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?», Jesús ha respondido: «Vosotros lo decís: yo soy».
Ya mucho antes, distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás «nuestro Padre» salvo para ordenarles «vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro»; y subrayó esta distinción: «Mi Padre y vuestro Padre» (Jn 20, 17).
Nuestro Señor
En la traducción griega de los libros del Antiguo Testamento, el nombre inefable con el cual Dios se reveló a Moisés: «YHWH», es traducido por «Kyrios», «Señor». Señor se convierte desde entonces en el nombre más habitual para designar la divinidad misma del Dios de Israel.
El Nuevo Testamento utiliza en este sentido fuerte el título «Señor» para el Padre, pero lo emplea también, y aquí está la novedad, para Jesús reconociéndolo como Dios. (Art. 446 CIC).
A lo largo de toda su vida pública, Jesús mostró su dominio sobre la naturaleza, sobre las enfermedades, sobre los demonios, sobre la muerte y el pecado, demostrando su soberanía divina. Con mucha frecuencia, en los evangelios, hay personas que se dirigen a Jesús llamándole «Señor». Este título expresa el respeto y la confianza de los que se acercan a Jesús y esperan de Él socorro y curación.
Desde el comienzo de la historia cristiana, la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino sólo a Dios Padre y al Señor Jesucristo: César no es el «Señor». » La Iglesia cree que la clave, el centro y el fin de toda historia humana se encuentra en su Señor y Maestro» (Art. 450 CIC).
Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo
La Anunciación a María inaugura «la plenitud de los tiempos», es decir, el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. La respuesta divina a su «¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?» se dio mediante el poder del Espíritu.
La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: «Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios».
La Anunciación a María inaugura «la plenitud de los tiempos», es decir, el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. La respuesta divina a su «¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?» se dio mediante el poder del Espíritu: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti».
«La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es «el Señor que da la vida», haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya». (Art 485 CIC)
El Hijo único del Padre, al ser concebido como hombre en el seno de la Virgen María es «Cristo», es decir, el ungido por el Espíritu Santo, desde el principio de su existencia humana, aunque su manifestación no tuviera lugar sino progresivamente: a los pastores (cf. Lc 2,8-20), a los magos (cf. Mt2, 1-12), a Juan Bautista (cf. Jn 1, 31-34), a los discípulos (cf. Jn2, 11).
Nació de Santa María Virgen
«María «fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre»; ella, con todo su ser, es «la esclava del Señor»».
«De la descendencia de Eva, Dios eligió a la Virgen María para ser la Madre de su Hijo. Ella, «llena de gracia», es «el fruto más excelente de la redención»; desde el primer instante de su concepción, fue totalmente preservada de la mancha del pecado original y permaneció pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida». (Art 508 CIC). «María es verdaderamente «Madre de Dios» porque es la madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo». (Art 509 CIC)
«María «fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto, Virgen siempre»; ella, con todo su ser, es «la esclava del Señor».» (Art 510 CIC)
María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe no adulterada por duda alguna y de su entrega total a la voluntad de Dios. Su fe es la que le hace llegar a ser la madre del Salvador.
«María es a la vez virgen y madre porque ella es la figura y la más perfecta realización de la Iglesia, como señala la Lumen Gentium: «La Iglesia […] se convierte en Madre por la palabra de Dios acogida con fe, ya que, por la predicación y el bautismo, engendra para una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. También ella es virgen que guarda íntegra y pura la fidelidad prometida al Esposo»» (Art 507 CIC).
Padeció bajo el poder de Poncio Pilato
La Iglesia permanece fiel a «la interpretación de todas las Escrituras» dada por Jesús mismo, tanto antes como después de su Pascua ((Lc 24, 27. 44-45): «¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 26).
Los padecimientos de Jesús han tomado una forma histórica concreta por el hecho de haber sido «reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas» (Mc 8, 31), que lo «entregaron a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle» (Mt 20, 19). (Art. 572 CIC)
Desde los comienzos del ministerio público de Jesús, fariseos y partidarios de Herodes, junto con sacerdotes y escribas, se pusieron de acuerdo para perderle.
Para Dios, todos los momentos del tiempo están presentes en su actualidad. Por tanto establece su designio eterno de «predestinación» incluyendo en él la respuesta libre de cada hombre a su gracia: «Sí, verdaderamente, se han reunido en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, que tú has ungido, Herodes y Poncio Pilato con las naciones gentiles y los pueblos de Israel, de tal suerte que ellos han cumplido todo lo que, en tu poder y tu sabiduría, habías predestinado». Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera para realizar su designio de salvación. (Art. 600 CIC).
Fue crucificado, muerto y sepultado
La muerte violenta de Jesús en la cruz no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés.
La muerte redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (cf. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35). La Iglesia enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo».
«Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de todos» (Hb 2, 9). En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente «muriese por nuestros pecados» (1 Co 15, 3) sino también que «gustase la muerte», es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20)». (Art 624 CIC).
Descendió a los infiernos
«Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús «resucitó de entre los muertos» presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos.
Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos». (Art 632 CIC). «La Escritura llama infiernos, sheol, o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios.
Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el «seno de Abraham» (cf. Lc 16, 22-26). «Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos». Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación sino para liberar a los justos que le habían precedido». (Art. 633 CIC).
Al tercer día resucitó de entre los muertos
La Resurrección de Jesús es la verdad, culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición y establecida en los documentos del Nuevo Testamento.
El misterio de la Resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas.
La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones de la hija de Jairo o Lázaro . Estas personas, en cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de la muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio.
«Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe» (1 Co 15,14) . La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó y es principio y fuente de nuestra resurrección futura. En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En Él, los cristianos saborean los prodigios del mundo futuro «para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5, 15).
Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso
Durante el tiempo entre la Resurrección y la Ascensión a los cielos, la gloria del Resucitado no ha terminado de manifestarse en su totalidad.
De ahí las palabras misteriosas que dirige a María Magdalena: «Todavía […] no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.
«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la «Casa del Padre», a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre. Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: «Por derecha del Padre –explica San Juan Damasceno– entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fuera glorificada».
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos
Cristo reina ya mediante la Iglesia. Él «murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos» (Rm 14, 9). Posee todo poder en los cielos y en la tierra. Sin embargo, este Reino no está todavía acabado.
Hasta que todo le haya sido sometido y, como señala el Concilio Vaticano II, «mientras no […] haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios». Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía, que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican: «Maranatha» (Ven, Señor Jesús).
Jesús anunció en su predicación el juicio del último día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. «Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en Él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor». (Art 679 CIC)
Creo en el Espíritu Santo
«Espíritu Santo», tal es el nombre propio de Aquel que adoramos y glorificamos con el Padre y el Hijo. El término «Espíritu» traduce el término hebreo Ruah, que en su primera acepción significa soplo, aire, viento…
«Aquel al que el Padre ha enviado a nuestros corazones, el Espíritu de su Hijo (cf. Ga 4, 6) es realmente Dios. Consubstancial con el Padre y el Hijo, es inseparable de ellos, tanto en la vida íntima de la Trinidad como en su don de amor para el mundo. Pero al adorar a la Santísima Trinidad vivificante, consubstancial e indivisible, la fe de la Iglesia profesa también la distinción de las Personas. Cuando el Padre envía su Verbo, envía también su Aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo quien lo revela». (Art. 689 CIC)
«»Dios es Amor». Este amor «Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» El primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La comunión con el Espíritu Santo es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado.
Creo en la Santa Iglesia Católica
«Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia (LG 1), anunciando el Evangelio a todas las criaturas.»
Con estas palabras comienza la «Constitución dogmática sobre la Iglesia» del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio, muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol». (Art 748 CIC)
«Creer que la Iglesia es «Santa» y «Católica», y que es «Una» y «Apostólica» (como añade el Símbolo Niceno-Constantinopolitano) es inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una Iglesia Santa (Credo […] Ecclesiam), y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia (cf. Catecismo Romano, 1, 10, 22)». (Art 750 CIC)
Creo en la comunión de los santos
Después de haber confesado «la Santa Iglesia Católica», el símbolo de los apóstoles añade «la comunión de los santos». Este artículo es, en cierto modo, una explicitación del anterior: ¿Qué es la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos? La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.
Asimismo, «hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos peregrinan, unos en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando «claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es». Pues todos ellos, los que son de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en Él».
Pablo VI lo resumió muy bien en el «Credo del Pueblo de Dios»: «Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones».
Creo en el perdón de los pecados
«El Símbolo de los Apóstoles vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a sus Apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23)». (Art 976 CIC)
Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados. Sin embargo, la gracia del Bautismo no libra a la persona de todas las debilidades de la naturaleza. Al contrario […] todavía nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia. Por medio del sacramento de la Penitencia, el bautizado puede reconciliarse con Dios y con la Iglesia.
No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. «No hay nadie, tan perverso y tan culpable que, si verdaderamente está arrepentido de sus pecados, no pueda contar con la esperanza cierta de perdón».
Creo en la vida eterna
El catecismo afirma que «Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo», bien a través de una purificación (Purgatorio), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del Cielo; bien para condenarse inmediatamente para siempre (Infierno)».
«Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado: La Iglesia […] «sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo […] cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo» (LG 48)». (Art 1042 CIC)
«La sagrada Escritura llama «cielos nuevos y tierra nueva» a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo. En este «universo nuevo», la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado».
Amén
Cerramos esta sección con la que durante 25 semanas hemos profundizado en lo que significa cada uno de los artículos del símbolo de nuestra fe, el Credo.
El Credo, como la Biblia, como la mayoría de las oraciones cristianas, termina con la palabra hebrea Amén. En hebreo, Amén pertenece a la misma raíz que la palabra «creer». Esta raíz expresa la solidez, la fiabilidad, la fidelidad. Así pues, el «Amén» final del Credo recoge y confirma su primera palabra: «Creo».
Creer es decir «Amén» a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de Él, que es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad.
Este domingo, también llamado de Santo Tomás por el Evangelio de la Misa de hoy, escucharemos al apóstol recitar su particular y resumida proclamación de fe: ¡Señor mío y Dios mío! En este Año de la Fe, proclamemos con su misma pasión este tesoro que hemos recibido de quienes nos precedieron en la fe, el Credo. Amén.






