Compendio De La Vida Del V. J. Gabriel Perboyre. Capítulo 5

Francisco Javier Fernández ChentoJuan Gabriel PerboyreLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1890.
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Capítulo quinto: Su viaje desde el Havre a Macao y de Macao a su destino (1835-1836)

1. Salida para el Havre, y comienzo de su travesía. — 2. Violenta tempestad que se levanta. — 3. Su salud, ocupaciones y virtudes que practica durante su travesía. — 4. Detiénese en Java. — 5. Llegada a Macao. — 6. Acogida que le dispensan sus compañeros; mutua edificación. — 7. Estudio del chino. — 8. Santa indiferencia. — 9. Salida de Macao. — 10. Atraviesa la provincia de Kiang-Si. — 11. Se detiene en Hou-Pé no lejos del sepulcro del venerable Clet. — 12 Consuelos y dificultades del viaje. — 13. Llegada a Nan-Yang -Fou; su destino a Ho-Nan.

1. Habiendo llegado al Havre el 16 de Marzo de 1835, el Sr. Perboyre se embarcó con dos Sacerdotes compañeros suyos, y con otros cinco de las Misiones extranjeras el viernes siguiente en el Edmond, navío francés que partía para Java y que levantó anclas el día siguiente. El día 21 de Marzo, pues, que cayó en sábado, poniéndose bajo los auspicios de la Santísima Virgen, dejó las playas de la Francia, con un gozo tranquilo y dulce, que la gracia sola sabe inspirar. «Yo admiraba, dice él mismo en una relación de su viaje a Batavia, aquellas disposiciones que Dios nos había concedido, cuando un recuerdo tierno y apacible, como un pensamiento que desciende del cielo, preocupó repentinamente mi espíritu. Tal era el recuerdo de que no hacía aún cinco años, mi amado hermano Luis se había embarcado en el mismo puerto para hacer el mismo viaje que nosotros comenzábamos, habiendo recibido su recompensa y corona antes de llegar al término de sus deseos. Sentíme interiormente movido a colocar debajo de su protección nuestra travesía; elevóse luego mi alma hacia él con mucha confianza, y mis ojos se inundaron de lágrimas, pero dulces y deliciosas.» No le abandonó este recuerdo, y escribiendo a su tío le decía: «No podía yo dirigirme a la China sin pensar frecuentemente en mi querido Luis; complacíame en considerarle haciendo rumbo delante de nosotros, e indicando el camino que yo había de seguir. Pero ¡ah! como la estrella que conducía a los magos, desapareció en medio del camino ¡Oh, qué gozo tan incomparable experimentaré cuando le vea resplandeciendo con nueva y hermosa claridad y mostrándome al divino rey Jesús. »

Los primeros días de travesía fueron un tanto pesa­dos; la fuerza del viento, aunque favorable, de tal modo agitaba el navío, que los nuevos pasajeros, asaz molestados, hubieron de pagar su tributo al mar. Pero desde el octavo día, frente a la Isla de la Madera, se restableció la calma y los misioneros pudieron decir la Santa Misa, cada uno a su turno, casi todos los do­mingos y días festivos. «Cuán feliz se halla uno, es­cribe en la mencionada relación, en este vasto desierto del Océano cuando puede de tiempo en tiempo estar en compañía de nuestro Señor«. «Nuestro Señor al descender a nuestros corazones, dice en otra carta a un sobrino suyo, nos hacía olvidar todas las penas y fatigas pasadas, y parecíanos que cuanto hacíamos por él era nada en comparación de lo que él había hecho por nosotros.» El día de Pascua, 19 de Abril, atravesaban el Ecuador y un mes después doblaban sin dificultad el Cabo de Buena Esperanza.

2. Pero poco tiempo después, el último día del mes de María, experimentaron violentísima tempestad, de la cual sólo se libraron por la visible protección de la Santísima Virgen. He aquí cómo se explica el mismo venerable en la carta ya citada: «El 31 de Mayo, entre 6o° y 7o° de longitud oriental, hacia la Isla de Amsterdam, experimentamos violenta tempestad. Nuestro capitán, que anda a bordo hace ya treinta y seis años, jamás la había visto tan terrible. Su mayor intensidad duró doce horas; enormes ondas subían hasta por cima de los mástiles y caían sobre el puente, en donde hacían rodar de una parte a otra en confusa mezcolanza, hombres, jaulas de gallinas, y todo lo que no estaba bien amarrado. Una de ellas, después de dar tan violenta sacudida al flanco del navío que todo su lastre se fue a un lado de la cala, llevó en pos de sí y arrojó sobre el toldo a los dos hombres que tenían el gobernalle y que felizmente no experimentaron otro mal, arrastrando consigo una barquilla que no se volvió a ver. Las altas montañas formadas por espumosas olas, que a cada instante se elevaban hasta lo más alto por delante y por detrás de nosotros, al sepultarnos en los profundos abismos, parecían al mismo tiempo espantosas y admirables y nos obligaban a exclamar con el profeta: Mirabiles elationes maris, mirabiis in altis Dominus. Admirables son las ondas del mar; admirable es el Señor en el cielo. Sin embargo de esto, poseíamos en paz nuestra alma, abandonándonos dulcemente en las manos de aquel Señor, que conduce a las puertas del sepulcro, para librar de ellas, y que nos concedió la gracia de que saliéramos todos sanos y salvos de tan terrible crisis. Por la noche todos los misioneros rezaron las letanías de la Virgen, el Ave, maris stella, y la oración Oh María, sin pecado concebida; rogad por nosotros que recurrimos a Vos.»

Esta tempestad fue el único acontecimiento notable que alteró la monotonía de la navegación entre Francia y Java. El martes 27 de Junio entraba el buque en el estrecho de la Sonda, y el viernes siguiente llegaba a Batavia.

3. La salud del Sr. Perboyre, que al tiempo de su partida inspiraba tan serios temores, nada tuvo que sufrir del viaje: soportó sin grande fatiga los rigores del vómito y el calor extremado de la zona tórrida. El cambio de aire hasta pareció haberle hecho mucho bien y se encontró menos molestado de ciertas indis­posiciones que le aquejaban hacía ya muchos años. Así se cumplió la palabra del médico, que contra toda humana previsión le abrió el camino de la China.

Estos tres primeros meses de navegación no fueron inútiles para el fervoroso misionero, el cual supo dis­tribuir entre la oración y el estudio el tiempo de que le permitían disponer las incomodidades del viaje. La lectura de la vida de San Vicente de Paúl era su ocu­pación principal y servíase de todo para elevarse a Dios, cuya imagen parecíale ver en la inmensidad del Océano. Esto escribía a su hermano el 1° de Julio: «Antes de haber navegado no podía yo pensar en la mar sin un secreto espanto; pero después que me embarqué, ni la inmensidad de su extensión, ni la profundidad de sus abismos, ni la agitación de sus olas me han causado el menor susto. Así también después de haber temido tanto el comparecer ante Dios, hemos de gozar un día en su amoroso seno de un reposo incomparable hasta entonces desconocido.» Nunca se permitía conversaciones inútiles, sino que siempre se le veía o arrodillado en su gabinete, o sentado sobre cubierta con un libro en la mano, o meditando sobre el grandioso espectáculo que se ofrecía a su vista, o dirigiendo a los marineros palabras de vida eterna, que ellos oían con grande respeto. Notábase especialmente el ánimo con que sufría el vómito que terriblemente le acometió en las primeras semanas de navegación. Los que lo han experimentado saben a qué estado de postración conduce ese mal, y conocerán qué esfuerzos hubo de hacer el siervo de Dios sometido a sus malignas influencias, para no acostarse nunca durante el día, ni a pesar de él interrumpir sus estudios y ejercicios de piedad. No es de extrañar, pues, que fuese la admiración de toda la tripulación, la cual exclamaba: «Este es un verdadero Santo.»

4. Llegados a Batavia, en la isla de Java, los misioneros dejaron el Edinond para subir a bordo del Royal-Georges, navío inglés que iba con rumbo a Macao. Levantaron anclas el 5 de Julio para ir a tomar cargamento en la parte oriental de la isla, en el puerto de Surabaya. Habiendo aportado allí al 14 de Julio, fue preciso permanecer tres semanas en este puerto, tiempo que los piadosos misioneros supieron aprovechar muy útilmente tomando tierra para decir Misa, y ocupándose a bordo lo demás del tiempo, como podrían hacerlo en su celda los religiosos más observantes.

5. Por fin, habiendo salido el Sr. Perboyre de Su­rabaya el día 7 de Agosto, abordó a Macao el 29 del mismo, sábado y día en que la Iglesia celebra el mar­tirio de su augusto Patrón San Juan Bautista. ¿No era esto un presagio para él de la gloriosa muerte que le esperaba en la nueva tierra donde ponía sus pies?

Grande fue su gozo al verse, por fin, en el término de sus deseos, y pocos días después de su desembarco escribía, el 9 de Septiembre, al Sr. Le Go, uno de los asistentes de la Congregación:

«Heme aquí; tal es la primera palabra por la cual he de comenzar a dar señales de mi vida en Macao. Sí, heme aquí; y bendito sea el Señor por haberme conducido y traído aquí Él mismo: Si sumpsero pennas meas dilucuto et habítavero in extremis maris, etenim illuc manus tua deducet me et tenebit me dextera tua. Si cada día tomare yo mis alas para ir a vivir en las extremi­dades de los mares, vuestra mano poderosa será, Se­ñor, la que allí me conducirá, vuestra mano poderosa me sostendrá. Aunque estábamos dispuestos a emprender una navegación cien veces más larga, si tal fuera el orden de la obediencia, os aseguro, no obstante, que hemos sentido grande satisfacción al ver terminado nuestro viaje, y que nuestros corazo­nes se han holgado mucho al poner el pie en esta tie­rra, por la cual tanto tiempo hace suspirábamos.»

6. El santo misionero fue recibido en Macao del modo más afectuoso por sus compañeros de Congregación y por el Superior de éstos, Sr. Torrette, que había recibido juntamente con él el presbiterado. Obligado a permanecer en esta ciudad por algunos meses a fin de instruirse en la lengua y usos de los chinos, empleó el tiempo en la santificación de su alma, e hizo una especie de ejercicios espirituales bien largos. Esto es lo que escribía a París al que le había sucedido en el cargo de Director del noviciado: «Aunque la divina bondad nos ha concedido muchas gracias espirituales durante nuestra larga navegación, sin embargo, hemos reconocido la verdad de esta máxima: «rara vez se santifican los que mucho peregrinan. Qui nzultum peregrinantur raro sanctificantur». Teníamos, pues, necesidad, antes de comenzar nuestra campaña en la China, de recogernos un poco en la soledad, y de sacar de ella nuevas fuerzas para el alma, más que para el cuerpo. El buen espíritu y el fervor que reinan en nuestro Seminario chino han renovado en nosotros toda la satisfacción que nos proporcionaba el de París. Aquí, como allí, la sencillez y la piedad, la modestia y la dulzura, la humildad y la caridad han creado un paraíso terrestre, que es preciso habitar para formar alguna idea de él.»

Sin embargo, no era menos la edificación que él producía. Todos los esfuerzos del Sr. Torrette para que aceptase algunos cuidados debidos a sus achaques y a sus virtudes fueron vanos, y acabó por conseguir que se le tratase como al último de los misioneros. Los hijos de San Vicente, portugueses, que en esta ciudad dirigían el Seminario diocesano, entre los cuales estuvo algunos días, quedaron tan prendados y embalsamados con el perfume de sus virtudes, que después no podían hablar de él sin lágrimas de ternura.

7. Empleaba el tiempo en los ejercicios de piedad y en el estudio de la lengua china, que le era muy dificultosa a causa de su edad y del dolor de cabeza que sentía casi continuamente. «Hemos comenzado a estudiar el chino, decía en la citada carta al señor Le Go; pienso que me costará mucho aprenderlo, según indican los primeros ensayos. Dícese que el ve­nerable Clet lo hablaba con mucha dificultad. Mis precedentes tienen algunos rasgos de semejanza con él; ¡ojalá que hasta el fin me parezca al santo compañero, cuya vida apostólica ha sido coronada por la gloriosa palma del martirio!«. Pero su trabajo y per­severancia suplieron tan bien la facilidad de que ca­recía, que a los tres meses ya se expresaba regular­mente. Continuó dedicando a este estudio todos los instantes que le permitían los ejercicios de piedad y otras funciones que tenía que cumplir; y de tal modo bendijo el Señor sus desvelos, que bien pronto se puso en estado de predicar, de oír confesiones y de ense­ñar la doctrina. Todavía más: en los largos y múlti­ples interrogatorios que sufrió más tarde durante su cautividad, quedaron sus jueces tan admirados y sor­prendidos del conocimiento que poseía de su lengua, como del valor heroico que manifestaba en medio de los tormentos.

8. Ocupado en estas cosas, esperaba sin impacien­cia que se le designase alguna misión. «Me preguntáis ya, escribía al Sr. Le Go, cuál será mi destino en este nuevo mundo; preciso es que os confiese mi completa ignorancia respecto de este punto. Hace mucho tiem­po que mi resolución era la práctica de la santa indi­ferencia, y al llegar aquí he tratado de atenerme a ella con más firmeza que nunca. Cuando abrí, como por casualidad en los primeros días, el libro de la Imita­ción, dieron mis ojos con estas palabras: «Hijo mío, permíteme que yo obre contigo según mi beneplácito; yo sé bien lo que .más te conviene». Y me apresuré a responder con el versículo siguiente: «Señor, con tal que mi voluntad vaya siempre recta y constantemente unida a la vuestra, haced de mí lo que os plazca». Siento particular satisfacción en este misterio de la Providencia, que tiene a bien hacerme vivir de algún modo al día. Cuando llegare el momento, cada uno recibiremos nuestra misión; no me preocupo en lo más mínimo de cuál será la que me caiga en suerte.» Ese momento no estaba ya lejos. Las necesidades del Ho-Nan exigían un misionero de virtud consumada y tal como el Señor le había preparado en el venerable Perboyre; y a principios de Diciembre fue señalado para esta misión.

9. Dejó, pues, Macao el 21 de Diciembre para dirigirse a su nuevo destino, lleno de toda suerte de peligros. Fue preciso partir a favor de la obscuridad y ocultarse más de una vez durante el viaje para librarse de las visitas oficiales de las autoridades chinas, o de miradas indiscretas que pudieran fácilmente comprometer mucho. En efecto, las leyes del Imperio prohibían bajo pena de muerte la entrada en el país a todo europeo.

Al principio se hizo el viaje por mar, costeando sucesivamente la provincia de Kouang Tong y la de Fo-Kien, siguiendo los mil rodeos que presentan, lo cual hacíalo pesado y monótono. Pero el Sr. Perboyre supo evitar el enojo, entregándose con ardor al estudio del chino, y hasta contentándose, según dice una de sus cartas, con hacer solas dos comidas, una hacia las nueve de la mañan a, y otra a cosa de las siete de la tarde, con objeto de tener más tiempo para el dicho estudio.

10. Por fin, el 22 de Febrero de 1836, más de dos meses después de salir de Macao, llegó al término de esta navegación, a la ciudad Fou-Ning, situada sobre la costa oriental de la China y a la extremidad septentrional del Fo-Kien. Dejando esta ciudad a la derecha, penetró en el interior de las tierras, e hizo una parada de algunos días en la residencia de Monseñor el Vicario Apostólico de esta provincia, el cual le recibió del modo más caritativo. El 15 de Marzo volvió a ponerse en camino para el Kiang-Si, provincia que había de atravesar a costa de nuevos peligros y fatigas. «Al reconocer un país cuya lengua no podíamos hablar ni imitar sus costumbres, escribía después a su tío, y cuya entrada está prohibida a todo europeo bajo la pena de muerte, íbamos al principio con la incertidumbre y desconfianza de aquel que camina sobre tierra movediza. Pero a medida que aumentaba la experiencia y la libertad en presentarnos, aumentaba también nuestra seguridad. Por otra parte, la confianza que poníamos en la divina Providencia era proporcionada a la desconfianza de nosotros mismos y de nuestros guías.»

Esta confianza no salió fallida, y pasando felizmente todas las aduanas, llegó el Sr. Perboyre el 15 de Abril sin percance alguno a la cristiandad de Han-Kheou, cerca de Ou-Tchang-Fou, en donde se detuvo uno o dos días. Este país, regado con la sangre de un mártir, y en el cual había él mismo de verter un día la suya por la fe, le excitó un recuerdo de familia bien caro y glorioso. «El primer oficio que recé allí, escribía a su tío, fue el de San Cleto, papa y mártir. No me era necesaria una aproximación tan sorprendente para recordar que me hallaba en aque­llos mismos lugares, en donde nuestro amado mártir Sr. Clet dio su vida por Jesucristo. ¡Oh! ¡cuánto deseaba yo ir en peregrinación a su tumba, que está dos leguas cortas de la casa en que vivía! Pero se juz­gó conveniente aplazarlo para más adelante.» Este adelante sólo había de tener lugar, según los designios de Dios, después de su muerte; pues, en efecto, en­tonces, por una feliz coincidencia, compartió la sepul­tura de aquél, cuyos ejemplos había tanto admirado y seguido.

12. A principios de Mayo tuvo el Sr. Perboyre el consuelo de ver en aquellas montañas a dos compañeros suyos, los Sres. Baldus y Rameaux, con los cuales permaneció algunas semanas, y a los que acompañó también en sus misiones, juzgándose dichoso de formarse así en su escuela y de aprovecharse de su experiencia. Pero bien pronto el principio de una per­secución les obligó a separarse para mejor librarse de las pesquisas, y el Sr. Perboyre hubo de continuar solo su viaje: «Salí en una barca cristiana, de la que acababa de servirse un mandarín, y durante esta na­vegación, que duró ocho días, ocupabáme como en los otros viajes en aprender el chino. El 26 de Ju­nio abandoné para siempre el río y emprendí, con el amo de la barca únicamente, un nuevo viaje a pie. Como la falta de ejercicio en la barca había debilita­do mis piernas, me hallé fatigadísimo por la tarde. Al día siguiente teníamos que andar diez leguas a través de ásperas montañas; llegué al pie de la última, después de muchos esfuerzos y penas, y ya no podía moverme de allí. Al ver su elevación acordéme de que llevaba conmigo una pequeña Cruz, a la cual estaban aplicadas las indulgencias del Vía Crucis; el momento era oportuno para ganarlas. Pasadas algunas horas sólo podía arrastrarme con ayuda del paraguas, del cual no podía servirme contra una lluvia que caía a chaparrones. Me sentaba en todas las piedras que encontraba; y después trepaba algunas veces con las manos. Si así me es permitido hablar, yo hubiera trepado hasta con los dientes, a trueque de seguir la vía que la Providencia me había trazado. Mi pobre conductor se veía reducido a prestarme el servicio que se presta a un caballo viejo, al cual se le levanta y se le empuja hacia adelante; pero fue relevado por un joven que bajó de la montaña. Muchos cristianos guardaban sus ganados sobre aquellas alturas. Al ver mi equipaje, adivinaron quién era yo, porque me esperaban, y pronto se acercaron a nosotros. Como nada había podido comer en todo el día, quisieron hacerme tomar alguna cosa, pero lo poco que pude pasar echélo en seguida. Me sentía más animado con lo que ellos referían, es a saber: que en la falda de las montañas en donde estabámos no había más que cristianos y que lo mismo sucedía en los alrededores. Por fin, llegué a lo alto de la terrible montaña y al otro lado encontré escondida en un bosque de bambús nuestra residencia, en la cual el Sr. Rameaux y un compañero chino me recibieron con los brazos abiertos. Pronto olvidé mis fatigas en su compañía. El Sr. Baldus vino también a respirar el aire de la comunidad en nuestra Cartuja, en donde estábamos reunidos veinte personas entre misioneros, catequistas, estudiantes, etc., etc.»

13. Pero esta morada entre sus hermanos, cuya compañía le era tan agradable y tan útil, no fue de larga duración. Tuvo que dejarles hacia mediados de Julio, y cinco días después llegó a media noche a la residencia de Nan-Yang-Fou, que le estaba designada, y que era la casa misma en donde el Sr. Clet fue preso..

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