Capítulo décimo: Veneración al señor Perboyre después de su muerte y hechos extraordinarios que parecen autorizarla (1840-1885)
1 — Veneración inspirada por el mártir antes de su muerte y que se torna en culto después de ella. — 2. Aparición de una cruz luminosa. — 3. El siervo de Dios se aparece a un pagano, que se convierte. — 4 Curación extraordinaria de la hermana Antonieta Vicent en Constantinopla. — 5. Otra curación no menos extraordinaria de Sor Margarita Bouyssié en la Casa-Madre de las Hijas de la Caridad en París. — 6. Castigos con que la Divina Justicia hiere a los perseguidores del señor Perbovre. — 7. Traslación de sus preciosas reliquias a la Casa-Madre de la Congregación de la Misión en París. — 8. Esperanza de su próxima beatificación.
1. Viviendo, y antes de haber sufrido tantos tormentos por el nombre de Jesucristo, ya inspiraba el Sr. Perboyre una verdadera veneración a todos cuantos se le acercaban. Con frecuencia se oyó decir al Padre Rizzolati, misionero capuchino que se hallaba de paso en la residencia de Tcha-Yuen-Keou cuando estalló la persecución, y que después fue Vicario Apostólico en Hou-Kouang: «Aunque el Sr. Perboyre no hubiera obtenido la palma del martirio, sus virtudes heroicas le hubieran merecido subir a los altares.»
Pero después que tan generosamente confesó la fe y habiendo coronado el Señor con muerte preciosa sus gloriosos cómbales, cambióse esta veneración en una especie de culto. Dios mismo parece que la autoriza por hechos extraordinarios, que no pertenece a nosotros calificar, pero que llevan en sí todas las señales de una intervención sobrenatural.
2. Tal es, en primer lugar, la aparición de una cruz luminosa que un misionero de la China refiere en los siguientes términos: «Cuando el Sr. Perboyre fue martirizado, una cruz grande y luminosa apareció en el cielo. Fue observada por muchos fieles que habitaban diversas cristiandades, muy distantes las unas de las otras.» También fueron testigos de este prodigio muchos paganos, de los cuales algunos gritaron: «He ahí el signo que adoran los cristianos; yo renuncio a los ídolos, y quiero servir al Señor del cielo.» Abrazaron efectivamente el Cristianismo, y Mr. Clauzetto les administró el Bautismo. Cuando Su Ilustrísima supo estos acontecimientos no les dio grande importancia; mas después, impresionado por el número y calidad de los testigos y de sus testimonios abrió una verdadera información, de la cual resulta claramente: que apareció en los cielos una cruz grande, luminosa y bien formada; que fue vista al mismo tiempo, de la misma manera y forma, en el mismo punto del cielo y del mismo grandor por un gran número de testigos cristianos y paganos; que estos testigos habitaban distritos muy distantes unos de otros, y que no pudieron tener entre sí ninguna comunicación. Además, Su Ilustrísima ha preguntado a los cristianos que conocían al Sr. Perboyre, y todos han declarado que siempre le miraron como a un gran santo.
3. El mismo siervo de Dios apareció después de su muerte a varias personas, cuyos testimonios no pueden ponerse en duda. También le manifestó una vez a un pagano, a aquel pagano misericordioso llamado Lieu-Kioun-Lin, el cual le había hecho llevar a expensas suyas en una litera desde el mercado de Kouang-In-Tam a la ciudad de Kou-Tchagn-Kieng. He aquí cómo supo pagarle con usura la deuda del reconocimiento. Habiendo Lieu-Kioun-Lin caído enfermo algunos años después de la muerte del siervo de Dios, se vio muy pronto a las puertas de la muerte. Hallándose desahuciado por completo y absorto en pensamientos desoladores, apareciósele el Sr. Perboyre en lo alto de una escalera de color rojo, junto a la cual había otra de color blanco y le invitaba a que por ésta fuese a juntarse con él. Decíale: «Ahí donde estás sufres mucho, ¿no es verdad? Pues bien: ven por esa escalera blanca aquí, en donde yo estoy, y serás dichoso.» Trató entonces de subir el enfermo, pero como el demonio se esforzase en impedirlo bajo una forma horrible, pronunció el nombre de Jesús, cuya virtud omnipotente le habían hecho conocer los cristianos, y al punto desapareció la visión. Recordando entonces todas las circunstancias de la aparición, así como las reiteradas exhortaciones por las cuales el siervo de Dios, cuando vivía, trató de abrir sus ojos a la luz, declaró ante todos los suyos, con grande sorpresa de éstos, que quería hacerse cristiano. Hizo luego venir a un catequista, quien hallándole suficientemente instruido le administró el bautismo: algunos días después entregó al Señor su alma regenerada.
4. Vamos a citar en otro orden de cosas un hecho no menos extraordinario, una curación declarada por muchos médicos milagrosa.
Había en Constantinopla en una casa de Hijas de la Caridad una hermana llamada Antonieta Vincent, aplicada a la clase de los niños. Todo el mundo la apreciaba, así por su bondad y dulzura, que eran grandes, como a causa de la abnegación sin límites con que trataba de cumplir con su oficio. Así es que todos sintieron mucho que cayese enferma. La indisposición que padecía databa ya de bastante tiempo. Sentía con alguna interrupción agudísimo dolor al costado, y cuando desaparecía por breves momentos, sólo era para volver a acometerla con más violencia. Habíanse pasado ya nueve años en estas alternativas, cuando en Diciembre de 1841 se tornaron los dolores tan fuertes y continuos, que no dejaban a la paciente momento de reposo. En medio de tan espantosos padecimientos, la hermana, llena de valor y de virtud, todavía pudo hacer su clase por espacio de tres semanas enteras. Pero, al fin, vencida por el mal, tuvo que rendirse a la cama y entonces fue cuando se conoció el verdadero carácter del mal. Era una apostema interior que, después de muchos años de formación lenta y progresiva, acababa de abrirse, y merced a la gangrena ya inevitable, ponía en peligro inminente los días de la enferma. Así lo aseguraron los médicos, según el testimonio de su Superiora: «Desahuciada Sor Antonieta, dice, por muchos médicos, llamamos a otros, los cuales juzgaron unánimemente en presencia mía que la apostema formada al lado izquierdo había ulcerado el bazo, produciendo tal desorden en la región del corazón, que su existencia no podía prolongarse más allá de algunos días. No quisieron firmar su consulta, porque decía que eso sería firmar una partida mortuoria. Uno de ellos tuvo el valor verdaderamente cristiano de manifestárselo a la enferma, y dijo tomando el Crucifijo: «He ahí el que sólo puede volveros la salud en defecto de la ciencia impotente.» La hermana Antonieta recibió entonces los últimos Sacramentos, con disposiciones verdaderamente edificantes, y después de ellos la indulgencia plenaria en el artículo de la muerte. Todos temíamos a cada instante verla exhalar el último suspiro.
Antes, empero, que el médico desconfiase de los remedios humanos, habíamos recurrido a los sobrenaturales, y ya se habían comenzado dos novenas de oraciones al Venerable Perboyre, la una por las Hermanas de la enferma, la otra por las niñas discípulas suyas. Estas hacíanla con tanto fervor que, uniendo el sacrificio a la oración, hasta se privaban de las cosillas a que en su edad se tiene, tanto afecto para poder comprar las velas de la novena.
Era viernes en la noche del 21 de Enero de 1842, quinto día de la novena de las Hermanas y tercero de la de las niñas, y la enferma perdía más y más; el estertor que comenzaba, el color terroso de su cara, el olor a cadáver que exhalaba ya, todo anunciaba que le quedaban tan sólo algunas horas de vida, y he aquí que repentinamente duerme un sueño profundo, dulce y tranquilo, que duró tres horas. Cuando despertó era ya media noche: sintióse aliviada y fortificada, sentóse en la cama y se tocó el lado, en donde ningún dolor sentía. Procuró entonces tomar algún alimento, caldo, uvas, cuarterones de naranja, que era lo que tenía a mano; todo le parecía de un gusto excelente. Barruntaba que algo de extraordinario se había operado en ella; pero temiendo ser el juguete de su imaginación, no osaba creerlo, ni mucho menos decirlo. Estaba, por lo demás, tan conforme con la muerte, habíala aceptado tan generosamente y aún con tal gozo, que sentía ver prolongado su destierro y así prefería creerse víctima de una ilusión.
Los testigos de esta escena tampoco se atrevían a creer en la curación: «Observábamos perfectamente, dice su Superiora, que la respiración y todos los rasgos de su cara habían tomado su estado natural, pero no nos fiábamos de estos síntomas consoladores, pues que muchos enfermos se hallan al parecer mejor poco antes de morir. »
Sin embargo, muy pronto ya no fue posible la duda; llegada la mañana, quiso levantarse; habiendo obtenido el permiso, se vistió sola, arregló su cama, subió sin apoyo alguno tres pisos que la separaban de la capilla, y después de haber agradecido al Señor el bien que se había dignado concederla, fue a visitar a una de sus compañeras enferma. La Superiora, las Hermanas, las niñas, todo el mundo estaba lleno de admiración. No estaba menos sorprendido el médico de la casa, pero antes de pronunciarse acerca de un hecho tan extraño quiso examinar a la enferma. Habiendo, pues, palpado el sitio en donde radicaba el mal, declaró que no tenía más que una parte del bazo, pero que la llaga estaba enteramente cicatrizada y la curación era perfecta, lo cual sólo podía explicarse por un milagro. Del mismo parecer fueron los otros médicos de la consulta, entre los cuales se hallaba un judío; uno de ellos hasta se negó a recibir los honorarios, diciendo que se avergonzaría de recibir cosa alguna por una operación cuyo autor era solo Dios.
5. Hacia la misma época hubo en París otra Hija de la Caridad objeto de una curación tan maravillosa como la anterior. Llamábase Margarita Bouyssié, y en 1842 contaba veintiún años. De salud débil, dice el Sr. J. Ratheau que la asistía, de temperamento linfático, con muchas enfermedades, de las cuales especialmente era bastante grave una que padecía en el hospital en donde hacía la prueba para ser Hija de la Caridad, el 2 de Abril cayó con una pleuro-pneumonía gravísima. A pesar de las sangrías, ya generales, ya locales y de las bebidas atemperantes, se agravó el mal de tal modo, que fue necesario administrarla. Sin embargo, poco a poco fue disminuyendo la intensidad de los accidentes y llegó a una cuasi convalecencia; entonces se la prescribió el aire del campo, que no la hizo bien alguno. Por esta época, es decir, en los primeros días de Agosto, dejó el hospital en donde hacía su postulado para ir a la Casa-Madre con el fin de comenzar el noviciado. También comenzó entonces el Dr. Ratheau a prodigarla sus cuidados.
«Fácil cosa fue, dice él, establecer el diagnóstico. Vimos que teníamos que habérnoslas con una pleuro-pneumonía mal juzgada, por un infarto de pulmón y por un derrame de pus que ocupaba las tres cuartas partes de la pleura izquierda y en un sujeto hasta mal constituido y amenazado de tubérculos en la parte superior de los pulmones, si es que ya no existían.
Añadamos a esto el estado general de la paciente, y nuestro pronóstico no podía ser agradable. Sin embargo, aconsejamos todos los medios empleados por el arte; vejigatorios al costado enfermo, diuréticos calmantes, acción general sobre la piel por medio de los baños. Ningún medio interior ni exterior pudo ser continuado, y por consiguiente, ninguno produjo efecto. La enferma se debilitaba cada día más; se determinó enviarla a tomar los aires del campo a algunas leguas de París, y consentí en ello. Partió el 16 de Agosto, pero su estado se agravó; se aumentaron los vómitos. Volvió a París cuatro días después, no queriendo, decía ella, morir en otra parte más que en su casa. Así continuaron los síntomas hasta el 22 de Agosto, día en que deseó hacer una novena para invocar la intercesión de un nuevo confesor de la fe, martirizado en la China (Juan Gabriel Perboyre). Hasta el día 25 fueron los dolores aumentando, y en la mañana de ese mismo día llegaron a un grado supremo. Habiendo querido levantarse para que la hicieran la cama, no pudo resistir más que algunos minutos: la asfixia era inminente. Tan pronto como volvió a acostarse, se aletargó, cubrióse instantáneamente la piel de un sudor frío, y luego salió bruscamente de este estado, diciendo: «He sanado; traedme de comer, pues tengo ganas.» Eran las doce menos cuarto. Creyóse que deliraba; pero viendo su buen estado real, las compañeras diéronla una copa, una chuleta y un buen pedazo de pan; y no bastando todavía esto, para satisfacer un hambre que la devoraba, añadieron tres patatas asadas. Todo esto lo digirió perfectamente.
«Se levantó en seguida, habiendo recobrado sus fuerzas, asistió a recreación con sus compañeras y durmió con perfecto sueño. Al día siguiente trabajó sin cesar en tender ropa, y por la noche ya veló a los enfermos.»
Algunos días después, en primer lugar, y otra vez el 4 de Octubre, el doctor Ratheau, queriendo asegurarse bien de la realidad de esta curación, sometió a la hermana Bouyssié a un examen de los más minuciosos, y pudo certificar que todos los órganos que habían estado tan gravemente comprometidos se hallaban a la sazón perfectamente sanos y sin conservar resto alguno de afección morbosa. Así escribió él con fecha 5 de Octubre de 1841:
«Ruego yo a todo médico probo y concienzudo: ¿es esta la terminación natural de enfermedad semejante? Cierto es que algunos curan de ella; pero también sabemos cuántos cuidados exigen y después de qué convalecencias tan interminables, que bien frecuentemente acaban con la muerte; innumerables son los médicos que tienen todos los días la triste experiencia de ellos. Conocemos cuán largas son las convalecencias de estas enfermedades; y en nuestro caso, ¿dónde está la convalecencia? Solamente vemos aquí el tránsito brusco de la enfermedad más grave a la más perfecta curación. De todos estos hechos incontestables, debemos deducir la conclusión siguiente: Esta curación debe ser considerada como efecto de una causa que no es natural, y para hablar más claramente, como efecto de un milagro.»
6. A estas conversiones o curaciones extraordinarias con que plugo a la divina misericordia manifestar el poder de su siervo, podríamos añadir los golpes con que la divina justicia ha castigado a sus perseguidores, y por los cuales ha vengado aquí mismo en la tierra su inocencia. El mandarín de Kou-Tcheng-Kieng, que le hizo arrestar, fue poco después destituido de su empleo, y desesperado, se ahorcó. El Virrey de Ou-Tchang-Fou, verdadera bestia carnicera que había consumido contra este tierno y manso cordero todos los dardos más crueles de una rabia bárbara y feroz, fue bien pronto desterrado por el Emperador a causa de sus crueldades; y el pueblo, juzgando que este castigo era harto suave, hubiera querido descuartizarle. Así es como en otro tiempo murió Herodes vergonzosa y cruelmente devorado de gusanos, y como Pilatos, desterrado a las Galias por el Gobierno romano, acabó, según se dice, por matarse a sí mismo.
¿No teníamos, pues, razón en afirmar que Dios mismo parece autorizar por los milagros de su misericordia o de su justicia la especie de culto con que el venerable siervo de Dios, Juan Gabriel Perboyre, ha sido honrado después de su muerte? Así es que a nadie puede extrañar que la Casa-Madre de la familia religiosa a la cual pertenece, y que se gloría de contarle entre sus hijos, se complace hoy en poseer sus preciosas reliquias. Desde 1858 fueron exhumadas por los cuidados de Monseñor Spelta, Vicario Apostólico de Hou-Pé, reconocidas por Monseñor Laplace, Vicario Apostólico de Tche-Kiang, y arrebatadas a esa tierra china, tan inhospitalaria, para ser devueltas a Francia, su cara patria. He aquí como el Sr. Etienne, que a la sazón gobernaba las dos familias de San Vicente, hace conocer esta traslación en una carta circular de 1° de Enero de 1861:
7. «Al comenzar este año de 186o, el 6 de Enero, la divina bondad ha tenido a bien realizar nuestros deseos más ardientes y nuestras más dulces esperanzas. Este día, aniversario del nacimiento de nuestro venerable mártir Sr. Juan Gabriel Perboyre, fue en el que tuvimos la satisfacción de ver entrar en nuestra Casa-Madre el precioso cuerpo traído de la China por nuestro compañero de Congregación, Monseñor Danicourt, Vicario Apostólico de la provincia de Kiang-Si. Sería difícil expresar la emoción de todos los corazones en el momento en que nos vimos poseedores de tan rico tesoro. Estando de rodillas, alrededor de la caja, que respiraba santidad, ¡con qué veneración tan afectuosa procurábamos cubrirla de nuestros homenajes! Parecíanos que desde el cielo se sonreía de nuestra dicha, y que correspondía a nuestra acogida tan piadosamente fraternal. ¡Qué gozo para todos nosotros el que haya vuelto a nuestro seno rodeado de la aureola del apostolado y del mártir, el mismo que hace veinticinco años habíamos visto salir de esta misma casa para dirigirse a través de los mares a lejanas tierras, con el objeto de llevar la buena nueva de salud, consumar una carrera de trabajos, de privaciones y de sufrimientos por la gloria de Jesucristo, y sellar con su propia sangre su fe y su amor a las almas…! Antiguo director del Seminario interno, después de haber mostrado a las nuevas generaciones por medio de sus ejemplos y enseñanzas lo que debe ser un Misionero, volvía a enseñarles cómo deben sufrir y morir por la gloria de Dios y por la salud de sus hermanos.
«El día 25 de Enero, día memorable de la fundación de la Compañía, fue el señalado por Su Emma. el Sr. Cardenal Morlot para proceder al reconocimiento canónico del cuerpo del venerable mártir, según instrucciones venidas ad hoc de Roma. Él por sí mismo tuvo la bondad de presidir esta ceremonia. Después que la identidad del cuerpo fue reconocida canónicamente, se le transportó a nuestra Capilla y fue depositado en un sepulcro al efecto preparado para recibirle. En él deberá permanecer hasta que sea del agrado de la divina bondad permitir que lo coloquemos sobre los altares y le asociemos a los honores y a la gloria del cuerpo de San Vicente.»
8. Esta esperanza del digno Superior general parece estar ya próxima a realizarse. Ya antes de la muerte del siervo de Dios, habiendo el Papa Gregorio XVI oído su cautividad y algunos de los trabajos que padecía, recomendó que con mucho cuidado se recogiesen todos los datos que un día pudieran servir para el proceso de su beatificación; manifestando con esto la intención que tenía de favorecer la introducción de la causa lo más pronto posible, si el martirio llegaba a realizarse. No olvidó su promesa el Sumo Pontífice; y dos años después de la muerte del confesor de la fe, en 1843, habiéndose ya tomado los primeros testimonios, firmó el Decreto que introducía la causa de la beatificación. Este fue el primer acto oficial de la Santa Sede, y desde entonces el Santo mártir pudo ser llamado venerable.
Después, la distancia de los lugares, la condición de los testigos cuyas deposiciones se habían de recibir, la pérdida de piezas importantes que ha sido necesario reconstituir, si bien pronto volvieron a aparecer, las formalidades, en fin, múltiples que requieren estos procedimientos y la sabia lentitud con que marcha. Roma en estos asuntos, han impedido hasta el presente la realización de un hecho tan deseado por todos los hijos de San Vicente de Paúl. Un trabajo muy reciente, en el cual el Sr. D. Fernando Moroni, Abogado de la causa, resume todas las informaciones canónicas hechas anteriormente sobre el martirio del siervo de Dios y los milagros obtenidos por su intercesión, será muy pronto presentado a la Sagrada Congregación de Ritos. Las pruebas que en ella desenvuelve el sabio Abogado, revisadas por S. E. el Vicepromotor, y ya hechas del dominio público, parecen tan fuertes y sólidas, que en Roma nadie duda del próximo feliz resultado de la causa. ¡Quiera el Señor realizar nuestras esperanzas, y, por consiguiente, darnos un nuevo modelo que imitar y un Santo más a quien invocar para sostener y confirmar nuestros pasos en el camino de la virtud!
FIN
DE LA VIDA DEL VENERABLE SIERVO DE DIOS
JUAN GABRIEL PERBOYRE.






