Vida fraterna en común (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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De todo lo anterior, podemos concluir con facilidad, que la comunidad por deseo expreso de los fundadores es un elemento básico de nuestra vida vicenciana. Vivir la unidad en el amor se con­vierte en el corazón mismo de nuestra existencia y constituye el signo fundamental (de servicio y evangelización práctica) en medio de nuestro mundo y sociedad. Creo que podemos dilatar sin temor a equivocarnos y, mucho menos, a traicionar nuestro carisma que:

1.- Estamos llamados a vivir el valor de la comunión en comu­nidad; a formar una familia comunitaria donde se viva la fraterni­dad, donde nos humanicemos mutuamente y favorezcamos, como signo de identificación, la unidad en la diversidad verdadero rostro del amor de Jesucristo Evangelizador y Servidor de los Pobres. Recordad lo que nos pedía san Vicente: «… Hermanos míos (…) os ruego que roguéis a su divina bondad que dé a la Compañía el espí­ritu de unión, que no es otro más que el mismo Espíritu Santo, para que estando ella muy unida entre sí, pueda unir a los de fiera, ya que hemos sido fundados para reconciliar a las almas con Dios y a los hombres entre sí» (SVP, XI, 702). Esta «comunión en comuni­dad» es fundamental porque la convivencia fraterna es el alma de la vida común. Más todavía, podemos afirmar que no hay comunidad cristiana ni vicenciana sin esa caridad fraterna. No nos vendría nada mal recordar y leer-meditar lo que san Pablo escribe a los Corintios en el capítulo 13.

2.- Nuestro estilo de vida se fundamenta en la comunión como valor y en la comunidad como estructura. Dos elementos claves y perfectamente en sintonía con nuestra sociedad actual. La comunión como valor supone la vivencia de nuestro estilo propio con las vir­tudes propias hacia dentro: amor mutuo, unión, acogida, compren­sión, diálogo, intercambio, capacidad de pedir perdón y capacidad de darlo… A san Vicente no le temblaba el pulso a la hora de pre­sentar los medios para lograr esta comunión: la estima mutua, el respeto, la deferencia de unos con otros… y combatir incesantemen­te… la murmuración… fuente de la división y el veneno de las comunidades (SVP, XI, 408) junto a la envidia… «si hacemos la anotomía de las antipatías y disensiones, veremos que todo provie­ne de la envidia» (SVP, XI, 409).

  1. La comunión como valor hace que no se confunda la comu­nidad con cualquier otra agrupación, como puede ser un equipo, una cooperativa, una ONG… etc. Por eso, el orden, la disciplina, el proyecto… no ayudan ni construyen comunidad vicenciana (serían canales secos o tubos vacíos), si mis hermanos no me ayudan a lograr las grandes metas que libremente hemos escogido al entrar en la Comunidad. Todos los miembros de la Comunidad deben ser compañeros de viaje, constructores del mismo proyecto, participantes de los gozos y las fatigas que van a surgir irremediablemente en el camino. De aquí, esta firme convicción: la comunión no se establece sobre la mera obediencia sino sobre la fidelidad a la palabra dada, sobre el respeto mutuo y la participación gozosa en lo conve­nido. Nuestro modo propio nos lanza una llamada urgente a integrar las diversidades en la unidad. No cabe la menor duda que la diver­sidad es una riqueza pero su integración en la unidad, que promue­ve el Espíritu, requiere esfuerzo constante: «… esforzaos por man­tener la unidad que crea el Espíritu» (Ef.4, 3). Esto exige la aten­ción al cultivo de los valores personales de cada miembro, así como la ayuda requerida para lograr su integración en el proyecto común. Tratándose de la unidad que crea el Espíritu, habremos de pensar siempre en una integración libre y voluntaria, en la que su funda­mento no es la «mera obediencia» sino el discernimiento y acogida en el diálogo, de tal finilla que se comprendan mejor las demandas de la misión y las posibilidades y exigencias de respuesta con las que debe comprometerse cada miembro de la Comunidad.

4.- Unidad en la diversidad. El fuerte individualismo que marca nuestra cultura contemporánea ha de ser una llamada de aten­ción a pretensiones individualistas que disgregan la comunidad (vengan de donde vengan: superiores, hermanas sirvientes, particu­lares…). La unidad no se logra por la imposición de obediencia reli­giosa sino por la integración. No todo lo que sea distinto (o moder­no) debe ser promovido, precisamente por serlo, sino tan solo en cuanto sirva al proyecto común de servicio-evangelizador del pobre. Ya aquel famoso documento «Vida Fraterna en comunidad» decía: «Quien pretende vivir una vida independiente, al margen de la Comunidad, no ha emprendido ciertamente el camino seguro de la perfección de su propio estado» (n. 25). Una de las grandes aporta­ciones de nuestro estilo de vida propio es favorecer esta unidad como continuación de la misión común que reclama a la Comunidad vicenciana revestirse de los mismos sentimientos de Cristo, vivir en la unidad de espíritu, de vida y acción.

5.- Desde aquí aportamos otro elemento importantísimo: el sentido de pertenencia. Sin él no existe comunidad. Pero pertenecer a la Comunidad es mucho más que vivir en ella y trabajar con ella. Radicalmente es encontrarse afectado por la misma llamada y la misma misión. Se recibe el mismo don que los demás hermanos para vivirlo fraternalmente unidos en Comunidad. Así, la vocación es un don de Dios a la persona, concebida no como individuo aisla­do para vivir con otro individuo aislado sino en referencia a la Comunidad. Jesús no llamó a Pedro para que estuviera con Juan; ni a Juan para que estuviese con Santiago, ni a Santiago para que com­partiese trabajo con Andrés… como si buscara un grupo de amigos idealistas y capaces de hacerse mucho bien si se relacionaban entre sí, si se enriquecían mutuamente desde lo que cada uno quisiera aportar, si se ayudaban entre sí a caminar y tenían un lugar para recuperar las fuerzas… No se trataba de eso. Jesús, como dijimos al principio, los llamó «para estar con Él». Claro, la consecuencia de esta construcción de unidad fue que formaron una Comunidad donde todos tenían como referencia fundamental a Cristo Jesús, eje principal de la relación que se estableció. Y, desde ese «eje fundamental» se actuaba. Soy consciente que les estoy intentando comunicar que es preciso revalorizar el eje teológico de la pertenencia porque los elementos jurídicos no tendrán valor ni consistencia si no preñados de los valores teologales que supone la entrega a Dios el servicio evangelizador de los pobres. Esto supone una donación total (entrega generosa) de sí a Dios para el servicio evangelizador  de   los pobres.

De aquí el siguiente punto que también podemos aportar como

6.- La comunidad como estructura, no se fundamenta en la sino en la fraternidad. Exige de nosotros que la Dad sea verdaderamente centro de referencia fundamental amar. organizar, vivir… El servicio realizado tiene que de dos elementos claves: familia y responsabilidad forma que todo se «ponga sobre la mesa» para ser analizado y realizado. Nuestros documentos constitucionales, en este orden, nos abren unas posibilidades inéditas en otras Congregaciones religiosas: discernimiento, diálogo, reflexión común, diversidad, valores personales… y, personalmente, me atrevo a afir­mar que si estas son meras palabras sin un contenido profundo, asu­mido y asimilado, buscando una verdadera «corresponsabilidad» fra­terna… haciendo basar todo en una «mera distribución de tareas» no seremos comunidad fraterna y como mucho nos convertiremos en «empleados de una empresa que, más o menos, va tirando».

En esto estoy de pleno acuerdo con una frase que he copiado en mi cuaderno y no he tenido la precaución de anotar su procedencia: «es preferible lo más imperfecto en unidad que lo más perfecto en desunión». Creo que, desde nuestro carisma vicenciano, nuestros fundadores, estarían muy satisfechos si viesen en nosotros un testi­monio auténticamente fraterno, actuando desde la unidad y hacién­donos conscientes de la gravedad de nuestras respuestas… más que de una eficiencia extraordinaria pero actuando aisladamente. Pienso que la «polilla que puede corroer nuestra vida» tiene su «caldo de cultivo» alimentándose en esas grandes capacidades que muchos Vicencianos tienen pero «en solitario», a su aire, haciendo prevale­cer su proyecto… y no siendo conocidos, ni actuando como miem­bros de la Comunidad.

  1. No dejemos de meditar aquella llamada de atención que escribió nuestro fundador: «Estad siempre unidos y Dios os bende­cirá… El Espíritu de Cristo es un espíritu de unión y de paz. ¿Cómo podríais atraer a las almas a Jesucristo si no estuvieseis unidos entre vosotros y con él mismo? De ninguna manera. Por tanto, no tengáis más que un mismo sentimiento y una misma voluntad; si no, seríais como los caballos que, atados a un mismo carro, se pusie­ran a tirar los unos de un lado, los otros de otro, y acabarían por estropearlo y destrozarlo todo. Dios nos llama para que trabajemos en su viña. Id, pues, como si no tuvierais en él más que un solo cora­zón y una misma intención; de esta manera es como produciréis fruto» (SVP, XI, 71).

Y si queréis esta otra del Papa Francisco: «Gracias a Dios vos­otros no vivís y no trabajáis como individuos aislados, sino como comunidad: y… ¡dad gracias a Dios por esto! La Comunidad sos­tiene todo el apostolado. A veces las comunidades religiosas atra­viesan tensiones, con el riesgo del individualismo y de la disper­sión, mientras que se necesita una comunicación profunda y rela­ciones auténticas. La fuerza humanizadora del evangelio es testi­moniada por la fraternidad vivida en comunidad, hecha de acogi­da, respeto, ayuda mutua, comprensión, cortesía, perdón, alegría… si a vuestra vida ordinaria le falta el testimonio y la profecía, enton­ces os repito otra vez, ¡es urgente una conversión.

8.- Centralizar la mirada en Jesucristo, Evangelizador y Servidor de los Pobres.

He aquí el secreto específico de nuestro aporte comunitario. A veces da la impresión que nuestra mirada se queda en los alrededores la vida y con una fijación exclusiva sobre algunos aspectos enfoques diversos, enfrentamientos, valoraciones, infantilismos relacionales, exclusivismos contradictorios nos llevan a la descentración de la llamada del Señor a colaborar en su viña. Nuestro aporte específico pasa por no perder Hijo con el Padre y el Espíritu Santo. Jesús no quería que sus discípulos se quedasen atrapados en las perspectivas meramente humanas de la relación mutua preguntándose quién es el mayor o de las aspiraciones y pretensiones de algunos… les llamaba fuertemente la atención y trataba de volver —de continuo— a la fuente: estar con Él”.

Al mismo tiempo que el Señor envía a sus discípulos a predicar, a toda criatura, los llama a estar con Él y a vivir unidos para que el mundo crea que Jesús es el enviado del Padre, al que se debe prestar la plena adhesión de la fe. El signo de la fraternidad es, por lo mismo, sumamente importante, porque es el signo que demuestra el origen divino del mensaje cristiano y posee la fuerza para abrir los corazones a la je. Por fecundidad de la vida religiosa depende de la calidad de la vida fraterna en común» (VFC 54).

Todos nos damos perfecta cuenta que si no conseguimos una renovación «de calidad» de la vida fraterna, como valor y como estructura, a la luz del Evangelio y del espíritu de los fundadores, nuestros actuales problemas de crisis: identidad, pertenencia, servicio evangelizador; apostolado, etc., irán adquiriendo grados insospechados que lejos de introducirnos en un dinamismo y vitalidad nueva, nos conducirán a languidecer porque, desde la unidad centralizada en la mirada de Cristo, se pueden asumir con esperanza todos los problemas pero, sin dicha unidad, el deterioro de las relaciones y del testimonio es constante. Los fundadores intuían todo esto y nos enviaron a preguntarnos sobre la presencia activa de Cristo en la vida de la comunidad. Recordad el sabio consejo de san Vicente a aquel joven superior cuando le recomendaba que se preguntase cómo se comportaría Cristo: «¿Es esto conforme con las máximas del Hijo de Dios?» (SVP, XI, 239-240). He aquí la máxima, desde mi punto de vista, para lograr la renovación provocativa y profética de nuestra vida fraterna vicenciana. Permitidme que lo enuncie así: el trato con Dios para ser fiel al propio modo de vida no es facultativo sino indispensable para fundamentar nuestra vida fraterna con miras al servicio siendo testigos en medio de nuestro mundo.

 

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