Vida fraterna en común (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Espiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Al estilo de los fundadores

Ambas Comunidades han asumido el espíritu de lo que san Vicente de Paúl escribió en el capítulo VIII de las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión: «Sobre el trato mutuo entre nos­otros». En este capítulo, se nos invita a mirar a la Comunidad de aquellos 12 apóstoles y a contemplarlos como modelo. Un grupo difícil por la diversidad de origen y de mentalidad. Un grupo plura­lista e irregular en su cultura y en su preparación. De este grupo, el Señor, quiere hacer una comunidad fraterna. Pero diversas tenden­cias atentan permanentemente contra ese ideal: deseo de protagonis­mo y rivalidades (Mc 9, 33-38); ambiciones humanas (Mc 10, 35); dificultad para reconciliarse (Mt 18, 21), etc. La actitud pedagógica del Señor es realmente digna de imitación: crea relaciones de amis­tad con cada uno y lo hace abriéndose (Jn 15, 15) y hablándoles con toda claridad (Jn 16, 25-29), logrando así el fin perseguido: la formación de una comunidad (Jn 21,2-3), basada en el servicio (Jn 13, 1-3) y en un ambiente de sencillez, cordialidad y amor. Teniendo todo esto presente, los fundadores y la tradición de nuestra familia asientan los criterios de la convivencia fraterna: el amor mutuo, el servicio humilde entre todos, la reconciliación y el acompañamien­to. Por otra parte, se enuncian las normas sobre las relaciones interpersonales: cuándo se debe hablar y callen; lo que se debe decir y silenciar el respeto a la persona para no lesionar jamás el buen nombre de nadie, no meterse en lo que no le corresponde, y ser cui­dadosos en manifestar las opiniones sobre los acontecimientos sociales y políticos’. Todos estos criterios nacen como fruto de la experiencia de vida en común que los miembros de la Congregación comenzaron a tener desde el primer momento fundacional.

La formulación de las Constituciones de las que actualmente hacemos gala, nos ha ofrecido la ocasión propicia para reflexionar sobre la vida fraterna en común, de clarificar la íntima relación que, en la mente de los fundadores, existe entre la vida comunitaria y la misión; así como de potenciar todos aquellos elementos que hacen crecer las mutuas relaciones entre los miembros que constituyen las comunidades locales. Esto lleva consigo una intuición profunda: dotar a ambas Comunidades de estructuras que faciliten el queha­cer específico donde se supere la idea de comunidad como «lugar reglado» tendiendo a buscar, favorecer y potenciar todos los dina-mismos que conducen a la fraternidad. Por eso, desde el espíritu propio, no nos suena bien y se suprimieron de nuestros esquemas propios dos grandes tentaciones:

  • Imitar la vida religiosa conventual con todas sus expresiones.
  • Descafeinarse tanto que nos llevase a portar­nos como miembros de institutos seculares o, incluso peor, como personas que conviven bajo un mismo techo pero sin contacto pro­fundo alguno.
  1. ¿Qué modelo o tipo de comunidad quisieron los fundado­res? Sin duda, tanto san Vicente como santa Luisa conocieron la diversidad de modelos de vida comunitaria que había en su tiempo. De tal forma que, bajo el pensar de la época, san Vicente implantó prácticas que provenían de otras comunidades pero siempre inten­tando concretar y hacer visible lo que pertenecía al carisma recibi­do aun cuando, esta fidelidad le llevó a buscar la forma de romper con lo establecido en aquel entonces.

Podemos afirmar que nuestros fundadores tuvieron la gran intuición que, varios siglos más tarde retomarán muchas congrega­ciones e institutos, y que se basa en concebir la comunión de la vida .fraterna como comunión de amor al servicio de misma misión, sos­tenida por la participación común de un mismo espíritu. El mismo san Juan Pablo II, refiriéndose a la Iglesia universal (y que encon­tramos también aplicado a la vida Consagrada en «Vida Fraterna en Comunidad»), no dudó en afirmar: «… toda comunidad religiosa, incluso la específicamente contemplativa, no se repliega sobre sí misma, sino que se hace anuncio, diakonía y testimonio profético» (núm. 58). Contemplado de esta forma, la comunión ha de manifes­tarse como un intercambio de vida y de acción entre los diversos miembros que forman la fraternidad.

Así surgieron estas dos realidades comunitarias vicencianas que buscan favorecer un lugar a construir por todos teniendo como base fundamental el seguimiento de Cristo Evangelizador y Servidor de los Pobres. O dicho de otra forma, que estas dos formas comunitarias vicencianas tuviesen como novedad la evangelización y el servicio a los pobres de tal forma que este fuese el hilo conduc­tor de todo el entramado de la vida comunitaria y que diera sabor, forma, color al contenido y a la imagen de las comunidades locales.

Esta nueva forma de vida fraterna y en común rompió todos los esquemas. Por aquel entonces no había en la Iglesia ninguna comu­nidad o grupo que hiciese pivotar todo su estilo de vida sobre el ser­vicio y la evangelización directa a los pobres y, desde ahí, que fuese el criterio determinante de su estilo de vida, de servicio, de adminis­tración, de gobierno, de espiritualidad y de formación. Dicho de otra forma, como afamaba tantas veces el recordado Padre Flores: «que la evangelización y el servicio fuera el alma, el corazón, la cabeza y los brazos de la Comunidad vicenciana». Luego, la novedad de este estilo de vida fraterno se encuentra en que la verdadera entrega (consagración) de los miembros de ambas comunidades se basa en que todo gira alrededor del pobre, pero no como pobre en sí sino como persona a ser evangelizada y por eso mismo, para llegar a ella, se la sirve. Sin duda alguna, podemos afirmar que si se perdie­se este sentido evangelizador no tendría sentido una vida fraterna en común para la misión.

Ambas Comunidades deben partir de esta experiencia espiritual de los fundadores, tomando una clara conciencia de la misma para que llegue a ser «experiencia espiritual propia», de cada uno en par­ticular, de la realidad comunitaria en general. Si esto se hace así, el futuro se abre con fuerza de vida pero, si no existe esta experiencia espiritual, hay razones muy serias no solo para preocuparse por el futuro sino para entender que está muy cerca la fecha de caducidad y de muerte.

  1. Apoyaturas «base» de la vida fraterna según el propio modo de vida.

El capítulo II de las Constituciones de la Congregación de la Misión y el V de la Compañía de las Hijas de la Caridad, tratan de la relación entre la vida comunitaria y la misión: el servicio a Jesucristo en los pobres es el que constituye como tales a los Vicencianos. La vida fraterna en comunidad la quisieron los Fundadores con miras a la evangelización y al servicio de los pobres. Podemos afirmar que, con algunas diferencias entre Paúles e Hijas de la Caridad, el proyec­to de vivir comunitariamente fue experimentando un «in crescendo» ya desde el mismo origen de ambas Comunidades.

Recordemos como a las primeras jóvenes que se presentaron a los Fundadores se las enviaba a servir a los pobres en las diferen­tes parroquias bajo la autoridad de las señoras aun cuando santa Luisa intentaba formarlas y acompañarlas lo más posible. Muy pronto, santa Luisa, se dio cuenta que las asolaba, entre otras difi­cultades, el peligro de la soledad y la falta de fortaleza en el servi­cio a los pobres. De aquí su fuerte deseo de reunirlas recordando la intuición de la luz de Pentecostés que ella narra así: «Se me advir­tió… que llegaría un tiempo en que estaría… en una pequeña comunidad en la que algunas harían lo mismo. Entendí que sería esto en un lugar dedicado a servir al prójimo; pero no podía com­prender cómo podría ser porque debía haber idas y venidas». Esto suponía un fuerte interrogante para santa Luisa porque en aquella época, ni la sociedad ni la normativa de la Iglesia, estaban prepara­das para favorecer este estilo de vida fraterno desde la misión. Por eso, el mismo san Vicente, tarda en acceder a la intuición de santa Luisa.

También entre los miembros de la Misión, desde el contrato de fundación, este acto de asociación de los primeros misioneros y la aprobación pontificia por parte del Papa Urbano VIII (Bula Salvatoris Nostri), dejan bien claro que la misión y la vida en común van unidas entre sí, de tal forma que la vida en común no es un sim­ple medio para la misión y la misión no puede desvirtuar la vida en común y, mucho menos, anularla. Esta conciencia en la práctica fue creándose muy poco a poco desde 1633 hasta la presentación de las Reglas Comunes en 1658.

De todo ello, podemos afirmar que la novedad de nuestra vida comunitaria se encuentra en que, toda ella, debe tener como meta fundamental preparar a sus miembros para el servicio y la evange­lización, fomentándolo y ayudándolo de forma constante. Pero, es preciso recordar que de forma complementaria. Si quieren se puede formular, para evitar las dudas razonables que tantas veces nos for­mulamos: ¿qué es primero la comunidad o el servicio/apostolado?, de esta forma: la comunidad es para la misión y la misión exige comunidad: movimiento circular. No podemos, ni debemos, subor­dinar la comunidad a la misión como si fuese una «estación de ser­vicio» donde «repostar» cuando se necesita. Comunidad y misión son dos elementos constitutivos de la vocación vicenciana, coexisten corno verdadero manantial de vida y de energía espiritual y apostólica, nos conducen a la santidad a la que estarnos llamados. No podemos considerarlos corno «competidores entre sí» sino como «necesariamente complementarios». Permítanme, nueva­mente, acudir a la experiencia y autoridad del P. Miguel Pérez Flores cuando en un artículo sobre la vida Comunitaria» no duda en afirmar: «una vida comunitaria, replegada sobre sí misma o centra­da en ofrecer a sus miembros bienestar; corre el riesgo de padecer de esclerosis espiritual y apostólica».

Desde toda esta perspectiva, nuestro estilo de vida fraterno aporta una novedad que, a mí juicio, no hemos sido todavía capa­ces de gestionar bien y es el siguiente: la vida fraterna en común, según el propio modo de vida, debe tener en cuenta algo tan impor­tante como el para qué estamos en la Iglesia de Dios: servicio y evangelización pero sin perder la referencia fundamental. El Papa san Juan Pablo II pedía a las personas consagradas que fuesen expertas en comunión, que «vivan la respectiva espiritualidad como testigos y artífices de aquel proyecto común de comunión que cons­tituye la cima de la historia del hombre según Dios«. Ya en GS, núm. 40 se dice: «… la Iglesia en efecto está presente ya aquí en la tierra, formada por hombres, es decir; por miembros de la ciudad terrena que tienen la vocación de firmar en la propia historia del género humano la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumen­tando sin cesar hasta la venida del Señor». Así, pues nuestra «comunión fraterna» se entiende esencialmente como misionera, donde se realiza la misión y, a la vez, se abre a la misión. A la vida consagrada en general, a nosotros en particular, se nos pide que sea­mos anticipo y signo de esta meta y de esta vocación.

Tanto la Congregación de la Misión como la Compañía de las Hijas de la Caridad, asumiendo esta petición de la Iglesia y fieles al carisma recibido, hemos ido releyendo nuestro estilo de vida y plas­mándolo con un marcado sentido de participación en el Misterio y en la Misión de la Iglesia, insertándonos en el Cuerpo Místico desde la diversidad de dones, haciendo gala del vínculo fundamental del amor que nos une y de la aceptación de las diversidades como enri­quecimiento común (Cfr. CM, 19; HC, 32). En todo ello somos ins­truidos desde los inicios de nuestros pasos comunitarios. Los funda­dores insistían mucho en descubrir el vínculo del amor que une y a manifestarlo en la entrega de unos a otros, en orden a un mismo pro­pósito: la misión. Recordad:

… Hijas mías, sería mucho decir: «Amaos como hermanas»; pero todavía puede apremiar mucho más vuestro corazón el deciros: «Como hermanas que Jesucristo ha unido con el vínculo de su amor» (SVP, IX, 40).

«…El seguimiento comunitario de Cristo evangelizador, que crea en nosotros especiales vínculos de amor y afecto; por eso unire­mos el mutuo respeto a un sincero afecto «a manera de amigos que se quieren bien» (RC VIII, 2) — (C. 25).

Es decir, el «propio modo de vida» no se puede fundamentar en la mera acción-ejecución de nuestros ministerios o servicios sino que, de forma muy importante, entra la totalidad de nuestra vida: espiritualidad-oración, preparación-discernimiento, ayuda-inter­cambio de ideas, toma de decisiones, descanso, expansión… Si uno de los datos básicos de la comunidad religiosa es la distribución de tareas por parte de la autoridad bajo el voto de obediencia, el de la comunidad vicenciana es que todos y cada uno de los miembros, constituidos en comunión fraterna, se esfuerzan por conseguir el fin propio. El Padre McCullen en la carta de Adviento de 1991 escribía:

«…la evangelización, con ser importante, no se puede invocar con ligereza como un motivo de dispensarnos de las exigencias de la vida común, ni tampoco se puede buscar en la vida comunitaria un medio para aislarnos del clamor de los pobres». Luego, la aporta­ción específica de nuestro estilo comunitario pasa irremediablemen­te por ver y vivir la vida comunitaria como un valor en sí misma donde, ella misma, se convierte en instrumento idóneo y necesario para el servicio-evangelización de los pobres. Por eso, no puede definirse nuestro estilo propio por ser una vida paralizada por el cumplimiento sino en continuo movimiento de renovación de tal forma que responda, eficazmente, a la evangelización de los pobres.

Esta «eficacia» nos lanza a no perder de vista los pilares sobre los que se deben asentar todo nuestro proceso vital. A saber:

A imitación de la unión de las tres divinas Personas en la Santísima Trinidad.

«Como la Iglesia y en la Iglesia, la Congregación descubre en la Trinidad el principio supremo de su acción y de su vida…» (CM-C. 20)

«La Comunidad local quiere reproducir la imagen de la Santísima Trinidad, según la expresión de los Fundadores que deseaban que las Hermanas fueran como un solo corazón y obraran con un mismo Espíritu» (HC-C. 32a)

Esto, entre otras cosas, afirman nuestras Constituciones. Es ver­dad que este ir hacia la Santísima Trinidad se intensificó mucho a raíz de la renovación que todas las Congregaciones experimentaron de sus estilos de vida y Constituciones, a partir del Concilio Vaticano II. La misma Exhortación Apostólica Vita Consecrata (C. I) desarro­lla una teología de la vida consagrada donde la comunidad adquiere una importancia central, tomando como modelo a la Trinidad. En ella se nos recuerda que a nuestra vida le corresponde mostrar a Dios como Amor-Comunidad-Familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así pues, tomando como modelo a la comunidad trinitaria, estamos lla­mados a ser testigos de comunión y de comunidad.

La vida trinitaria es presentada en la Exhortación como mode­lo y clave de comprensión teológica de la vida religiosa. Esta, en su ser y vivir, está llamada a mostrar la comunión trinitaria y su amor. De la misma forma la misión también se lee en clave trinitaria como expresión salvadora de la comunidad de amor de la Trinidad hacia toda la humanidad. Vocación, consagración y misión adquieren un fuerte sabor trinitario.

La pregunta que se nos puede plantear es la siguiente: Todo esto es ¿novedad para nosotros, Vicencianos? La respuesta es: No. Porque ya san Vicente nos decía a los miembros de la Congregación de la Misión:

«mantengamos este espíritu (unidad) si queremos tener entre nos­otros la imagen de la adorable Trinidad, si queremos tener la santa unción con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo» (SVP, XI, 548).

De aquí podemos deducir, sin ninguna dificultad, que el eje fundamental de la comunidad vicenciana es el amor del que proce­de la unidad. La santísima Trinidad es el modelo por excelencia de unidad y la fuente del Amor. Así pues, el amor comunitario que esta­mos llamados a expresar cotidianamente proviene del «amor de Dios que ha sido derramado en vuestros corazones» (Rom 5, 5). Este amor es el que recoge también el gran maestro san Agustín cuando acude al misterio trinitario para fundamentar la fraternidad: «La santísima Trinidad la contempla como la familia de Dios, en la que no hay más que un solo corazón y una sola alma y en la que Lada miembro regala a los demás su realidad y sus posibilidades. De esta forma, viven en un encuentro de amor, en un proceso de generosidad (generación) y acogida (filiación) que desemboca en la plena transparencia y comunicación del Espíritu Santo».

San Vicente tiene muy claro que nuestra vida debe apoyarse en este amor a imagen de la Trinidad porque solo así, la fraternidad se convierte en condición absoluta para nuestra vida capaz de alimen­tar y fortalecer la misión de cada uno en particular y de todos en general. Es una firme convicción que tenemos muy asumida: no nos reunimos para «estar a gusto juntos» sino para dar testimonio (hacer vida), en familia, siendo testigos del amor que Dios nos tiene. Recordad lo que san Vicente mismo nos decía:

«… ¿qué es lo que forma esa unidad y esa intimidad en Dios sino la igualdad y la distinción de las tres personas? ¿Y qué es lo que constituye su amor, más que esa semejanza? Si el amor no existie­se entre ellas, ¿habría en ellas algo amable?… en la santísima Trinidad se da la uniformidad: lo que quiere el Padre, lo quiere el Hijo, lo que hace el Espíritu Santo, lo hacen el Padre y el Hijo. todos obran lo mismo; no tienen más que un mismo poder y una misma operación. Allí está el origen de nuestra perfección y el modelo de nuestra vida» (SVP, XI, 548-549). Allí está el origen de nuestra perfección y el modelo de nuestra vida (SVP, XI, 548-9).

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