Vicente de Paúl y la Misión (XXIII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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CONCLUSIÓN

La experiencia misionera de Vicente de Paúl y su teo­logía de la Misión nos siguen planteando hoy algunos retos. La reciente reflexión teológica sobre la Misión a la espiritualidad misionera nos invita a recogerlos y actuali­zarlos como Familia Vicenciana.

  1. ESTAR ABIERTOS A LAS LLAMADAS DE DIOS EN LOS ACONTECIMIENTOS, SOBRE TODO EN LA VIDA Y SUFRI­IENTOS DE LOS POBRES

Para los que queremos seguir a Jesucristo al estilo de Vicente de Paúl, los acontecimientos, sobre todo los relacionados con la vida de los pobres, son mediacio­nes a través de las que el Señor va manifestando su Voluntad.

Juan Pablo II acuñó la expresión nuevos areópagos cul­turales y fronteras de la historia para referirse a las nuevas realidades de la civilización actual donde ha de hacerse presente la semilla del Evangelio: la familia, la cultura, el mundo del trabajo, los bienes económicos, la política, la ciencia, la técnica, las comunicaciones sociales, los grandes problemas de la vida, de la solidaridad, de la paz, de la ética profesional, de los derechos de la persona humana, de la educación, de la libertad religiosa.

El anuncio misionero ha de alcanzar a los sectores de la humanidad que se encuentran al margen del Evange­lio, sea porque se han educado fuera de la tradición cris­tiana, sea porque han crecido en valores y actitudes auténticamente paganos: las grandes ciudades, donde surgen nuevas costumbres y modelos de vida al margen del Evangelio; los jóvenes, a quienes ya no es posible lle­gar con los medios ordinarios de pastoral; las situaciones de inmigración, injusticia y marginación, que interpe­lan a la comunidad cristiana y la fuerza liberadora del mensaje del Evangelio que proclama; las organizaciones internacionales v las redes de solidaridad, donde los cris­tianos liemos de ser capaces de aportar testimonio de fe, caridad evangélica, así como una acritud respetuosa para un intercambio cultural.

En los últimos años, particularmente en Europa, encontrarnos aún un nuevo campo misionero: los sectores a los cuales hay que ‘salir’ se han acercado a nosotros, se encuentran entre nosotros. Va creciendo el número de adultos no bautizados, a los que es preciso anunciar a Jesucristo. Numerosos inmigrantes están llegando hasta nosotros, a quienes debemos acoger, pero también pro­mocionar humanamente v evangelizar.

La acción misionera de la Iglesia debe ser entendida como un camino a recorrer: atendiendo a las realidades diversas de las culturas y de los pueblos, adaptándose al paso de Dios por las personas y grupos, escuchando las llamadas de las necesidades más urgentes, cultivando la participación de todos y el respeto a todos…

  1. VIVIR EN DISPONIBILIDAD PARA RESPONDER A LOS REQUERIIENTOS DE LA MISIÓN EN FIDELIDAD SIEMPRE RENOVADA Y EN LA CREATIVIDD.

Las llamadas del Señor y, por tanto, la Misión, no puede quedar reducida a un lugar ni a una sola actividad ni a una única forma de evangelización o servicio. La fidelidad a la Misión exige disponibilidad personal, fide­lidad renovada y creatividad.

El anuncio del Evangelio requiere anunciadores, la mies necesita obreros, la misión se hace, sobre todo, con hombres y mujeres consagrados de por vida a la obra del Evangelio, dispuestos a ir por todo el mundo para llevar la salvación.

La inquietud misionera en nuestras comunidades aparece con frecuencia de forma intermitente. Ante una situación especialmente grave, cercana o lejana, se dan respuestas generosas verdaderamente ejemplares. Pero no siempre llega a ser la Misión el criterio de nuestros programas y tareas pastorales de forma permanente, la clave o el eje vertebrador que mantiene a la comunidad entera en pie de creatividad y que suscita respuestas de por vida.

Vicente de Paúl supo caminar al paso de la Providencia y crear respuestas nuevas antes las nuevas situaciones

Entrega personal, trabajo a destajo, ilusión creadora, niego pastoral… siguen siendo las disposiciones apropia­das para afrontar los nuevos requerimientos de la Misión.

3.- LLENARNOS DEL ESPÍRITU DE NUESTRO SEÑOR, DE CRISTO, EL MISIONERO DEL PADRE; ENTRAR EN SUS SENTIMIENTOS  Y  EN SUS DISPOSICIONES, PARA  CONTINUAR SU MISMA MISION EN LA HISTORIA

Jesucristo es el camino-maestro para la Iglesia. Es nuestro camino hacia la casa del Padre y es el camino para todo hombre.

Cristo, el primer y más grande evangelizador», que anunció la llegada del Reino de Dios con palabras y con obras, recorría las ciudades y aldeas curando todos los moles y enfermedades, en prueba de la llegada del Reino de Dios. Las gentes acudían a él al oír lo que hacía y percibieron que era un hombre que pasó haciendo el bien.

Jesús vive su vocación en fidelidad al Padre y a su pro­vecto de Amor y en entrega hasta la muerte y muerte de cruz por sus hermanos. Ungido por la fuerza del Espíri­tu Santo, revela al Padre que le ha enviado. Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena”.

Su cercanía a los pobres, a los marginados, su convivialidad con los pecadores, su predilección por los peque­ños, los que no cuentan (los niños, las mujeres…), es el distintivo de la misión de Jesús, la práctica de Jesús: El evangelio de San Mateo ha sintetizado la misión de Jesús en la respuesta dada a los enviados del Bautista: Id a con­tar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noti­cia. Y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropie­zo! .

El mismo Jesús invita a todos los que quieran seguir­le a cultivar sentimientos de solidaridad, de entrega a los demás, de respeto para con los más débiles, de cercanía a los pobres», como expresión del amor de Dios, Padre de todos, que a todos ama, acoge y busca.

La Misión es siempre prolongación de la acción del Misionero Cristo Jesús. El misionero, sólo en la medida en que se revista de Cristo y entre en sus mismas dispo­siciones y adopte sus actitudes, podrá hacer de su vida verdadera Misión.

4.- SENTIR CON LA IGLESIA Y SENTIRNOS IGLESIA ENVIADA A LA MISIÓN POR TODO EL MUNDO

Quien acepta a Jesús se reúne en su nombre con los hermanos para buscar juntos el Reino, construirlo, vivirlo. La Iglesia es la comunidad que históricamente hace presente a Jesucristo y vive la responsabilidad de prolon­gar su Misión. La presentación del mensaje evangélico no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo; está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor con vistas a que los hombres crean y se salven». La Misión constituye la misma razón de ser de la Iglesia, que existe para evangelizar. La evangelización es la gracia y la dicha de la Iglesia; es su vocación e identidad. Dar a conocer a Jesucristo es el primer deber de la Iglesia para con todas las generaciones.

La Misión es acción de la Iglesia. Evangelizar no es una cuestión privada, sino un acto profundamente eclesial. Es la Iglesia quien envía al misionero. Y el fin de toda actividad misionera es la proclamación de Cristo y la Formación de la comunidad eclesial’.

Dios es amor y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él, asegura la primera carta de Juan. El descubrimiento del amor de Dios es el que lleva a los cristianos, en todas las épocas de la historia, a extender la Buena Nueva por todo el mundo. Lo más profundo de la vida de la Iglesia y del cristiano es com­partir el amor de Dios, Padre de buenos y malos, que quie­re la salvación de todos los hombres. Los mejores cristianos, en la medida en que han vivido este misterio de comunión con el amor de Dios y de Cristo, se han sentido enviados al mundo, solidarios con los sufrimientos y las esperanzas de los unís pobres y necesitados, responsables de alguna manera, juntamente con cristo, de la liberación y salvación de todos.

La Misión de los seguidores de Cristo, corno los demás aspectos de la vida y compromiso cristianos, ha de ser comunitaria y eclesial. También en la acción misionera es bueno y hermoso vivir los hermanos unidos. Es el amor del mismo Padre, es el seguimiento del mismo Cristo, es la unción del mismo Espíritu quien nos mueve al amor a nuestros hermanos y a la Misión.

Somos muchos (personas, grupos, asociaciones e insti­tuciones) los que en el seno de la comunidad cristiana asu­mimos iniciativas de evangelización. Como comunidad de hermanos, en seguimiento de Cristo Jesús, aunemos fuerzas, busquemos la comunión, tratemos de comple­mentarnos mutuamente. Dejando de lado sentimientos de competitividad, avancemos en colaboración; superan­do la ilusión de que solos podríamos ser más eficaces, pongamos las bases de la efectiva coordinación; quera­mos ser colaboradores más que protagonistas; vivamos en disponibilidad para la misión compartida, la misión común confiada por el Señor.

  1. PREFERIR, EN NUESTRO COMPROMISO MISIONERO, A LOS MÁS POBRES, A LOS MÁS ABANDONADOS

El desarrollo socioeconómico actual parece asegurar el bienestar cada vez mayor de un sector de la población, mientras otro queda amenazado o excluido: son muchos los que, por diversos vectores, quedan marginados o son abandonados en su necesidad: trabajadores en paro, familias rotas, ancianos mal atendidos, jóvenes con futu­ro incierto, marginados sociales, víctimas de la violencia, mujeres humilladas, presos…»

Cuantos creemos en Dios y en la Buena Noticia de Jesucristo no podemos dar la espalda a la amarga realidad de la pobreza. Está en juego la dignidad de la persona humana, cuya defensa y promoción nos ha sido confiada por el Creador y de la que rigurosa y responsablemente son deu­dores los hombres y mujeres de cada coyuntura histórica.

Jesús se da a conocer como Mesías precisamente por la evangelización de los pobres, por el anuncio redentor a los cautivos, ciegos y oprimidos; es decir, por su amor preferencial a los más necesitados. Para continuar y prolongar en nuestro mundo la Misión de Cristo, habremos de estar atentos y poner en juego nuestra creatividad, imagina­ción, fidelidad siempre renovada, de modo que, en pala­bras de Juan Pablo II, nadie se sienta tranquilo mientras haya en nuestra patria un hombre, una mujer, un niño, un anciano, un enfermo, ¡un hijo de Dios!, cuya dignidad humana y cristiana no sea respetada y amada».

Para que la Misión llegue a ser verdaderamente uni­versal, los más pobres deben ser evangelizados, invitados a participar de la plena comunión de los bienes del Reino.

 

  1. INCREMENTAR LA PARTICIPACIÓN y COLABORACIÓN DE LOS SEGLARES EN LA MISIÓN

Todos los cristianos, por el hecho de formar parte de la Iglesia, somos responsables de la Misión. Ha dicho Juan Pablo ll: La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión. La Iglesia es misionera y la obra de la evangelización es deber fundamental del Pueblo de Dios.

La participación de los laicos en la transmisión de la fe y en la evangelización forma parte de la historia del cristianismo desde los primeros siglos. Los laicos coope­ran a la obra de evangelización de la Iglesia y participan de su misión salvífica a la vez como testigos y como instrumen­tos vivos… La Iglesia no está verdaderamente fundada, ni vive plenamente ni es signo perfecto de Cristo entre las gentes, mientras no exista y trabaje con los Pastores un laicado propiamente dicho.

Los laicos están especialmente llamados a participar en todas las iniciativas misioneras, no porque existan ahora menos sacerdotes, sino por el deber-derecho que brota del bautismo, por el que tienen la obligación gene­ral, y gozan del derecho, tanto personal como asociadamen­te, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más en aquellas circuns­tancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo. Porque el Evange­lio no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y en los trabajos del pueblo sin la presencia activa de los seglares.

San Vicente de Paúl tuvo la audacia de incorporar en la acción misionera a los laicos. La Familia Vicenciana constituye hoy un potencial misionero gracias a los millares de laicos que quieren asumir su responsabilidad en fidelidad a las inspiraciones de san Vicente. La Misión, o se hará con los laicos, o no se hará’.

  1. VIVIR LOS MINISTERIOS Y CARISMAS PROPIOS EN CLAVE MISIONERA

Obispos, presbíteros, consagrados, sociedades de Vida Apostólica, Institutos misioneros, movimientos eclesiales y nuevas comunidades, todos hemos de sentir­nos comprometidos en la Misión.

En un mundo que, con La desaparición de las distancias, se hace cada vez más pequeño, las comunidades eclesiales deben relacionarse entre sí, intercambiarse energías y medios, comprometerse aunadamente en la única y común misión de anunciar y de vivir el Evangelio… Las llamadas Iglesias más jóvenes necesitan la fuerza de las antiguas, mientras que éstas tienen necesidad del testimonio y del empuje de las más jóvenes, de tal modo que cada Iglesia se beneficie de las riquezas de las otras Iglesias.

A la nueva época misionera de la Iglesia correspon­den no sólo nuevos métodos o nuevas expresiones, sino principalmente el nuevo fervor de caridad y comunión, ya que el amor es y sigue siendo la fuerza de la MiSiÓN.

Cada uno de los miembros de la Iglesia, de acuerdo con su propio ministerio y carisma, ha de ser verdadera­mente misionero, animado del celo pastoral del mismo Cristo, que será atención, ternura, compasión, acogida, disponibilidad, interés por los problemas de la gente… fer­vor del Espíritu, entusiasmo interior que nada ni nadie puede apagar.

 

  1. ARTICULAR ARMÓNICAMENTE MISIÓN Y CARIDAD EN NUESTRAS OBRAS Y ACTIVIDADES

Las palabras y los signos de Jesús, el Hijo de Dios Encarnado, revelan el proyecto de Dios y constituyen Buena Noticia para los pobres. Esos mismos signos y palabras señalan la mentira y pecado de las personas y estructuras que los marginan. En seguimiento de Cristo, nuestras comunidades tendrán que acertar a unir: a la promoción de los pobres, el anuncio explícito de Jesu­cristo; al compromiso efectivo en la lucha contra la pobreza, el análisis de sus causas; a la solidaridad con los marginados, la denuncia del pecado personal, comunita­rio y estructural que genera exclusión y dependencia. En efecto, si el mensaje cristiano sobre el amor y la justicia no manifiesta su eficacia en la acción por la justicia en el mundo, muy difícilmente obtendrá credibilidad entre los hombres de nuestro tiempo.

Las palabras y los gestos salvadores de Jesús suscitaban esperanza entre los pobres y afligidos que a Él acudían. Después de haber realizado varios signos en favor de los marginados, responde Jesús a los enviados del Bautista: Id y contad a Juan lo que estáis viendo y oyendo. Como seguidores de Cristo Jesús, también nosotros esta­mos llamados a ser instrumentos de esperanza hoy con nuestras palabras y con nuestras actividades.

Es verdad que el extraordinario desarrollo científico-técnico de las últimas décadas no ha conseguido erradi­car la pobreza, que sigue siendo un fantasma de mil ros­tros. Es verdad que la injusticia, la violencia, las desigualdades siguen cuestionando nuestro desarrollo y nuestra civilización. Pero los seguidores de Jesús no pode­mos dejar de hablar, no podemos acallar la Buena Nueva, no podemos dejar de hacer creíble el evangelio con obras concretas, con signos elocuentes de amor que promue­van una nueva solidaridad.

La encíclica fledemploris Missio de Juan Pablo II con­sidera la promoción humana corno uno de los caminos de la Misión hoy, que se orienta a la proclamación del Evangelio, del que recibe su dinamismo.

El testimonio de la caridad hace visibles los signos del Reino de Dios en medio del mundo: Al anunciar el Reino, los cristianos tenemos que hacerlo ya realidad entre nosotros y con todos los hombres, especialmente con los más pobres y necesitados, de manera que aparezcan signos reales de la pre­sencia del amor y de los dones de Dios como invitación a la fe, estímulo para la esperanza, anticipo de la paz y de la feli­cidad eterna que Dios ha preparado para todos.

Así la Misión resulta un proceso en el que han de estar presentes:

  • El anuncio de Jesucristo muerto y resucitado.
  • La liberación del hombre de todo aquello que amenaza su integridad.
  • La eliminación de todos los obstáculos a la reconciliación.
  • El diálogo con los miembros de otras religiones.
  • La defensa de la creación sometida a la explotación del egoísmo humano.
  • La incorporación a la comunidad y a la celebración de la fe.
  • Elementos todos que constituyen el entramado de la acción misionera de la Iglesia enviada a anunciar a Jesucristo a todos los pueblos de la tierra.

Vicente de Paúl acertó en su tiempo a articular armó­nicamente Misión y Caridad. Cuantos formamos parte de la Familia Vicenciana estamos llamados a recrear hoy su misma experiencia espiritual y misionera.

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