Vicente de Paúl y la Misión (XXII)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. Los POBRES: A ELLOS SE DIRIGE LA MISIÓN

Una vez sentada la identificación del pobre con Cris­to, no resulta difícil comprender que la misión, tal como la entiende Vicente de Paúl, se dirige al pobre, a todos los pobres, allí donde se encuentren, y a los que hay que atender de forma integral (corporal y espiritualmente). con las mismas actitudes y disposiciones de Cristo, el Evangelizador de los pobres.

3.1. A todos los pobres

En la conferencia pronunciada por Vicente de Paúl al final de sus días, sobre el fin de la Congregación de la Misión, que ha sido llamada «testamento de Monsieur Vincent», el anciano misionero enumera en detalle como objeto propio de la labor evangelizadora:

  • Las gentes de los campos.
  • Los ancianos del asilo del Nombre de Jesús.
  • Los habitantes de las regiones devastadas por la guerra.
  • Los locos de San Lázaro.
  • Los jóvenes del reformatorio de San Lázaro.
  • Los niños abandonados.
  • Los pobres de las Indias (Madagascar), los esclavos de Berbería…

Y aún a esta lista podrían añadirse otros varios tipos de pobres que no aparecen en ella, pero que fueron obje­to de la dedicación de Vicente de Paúl y de sus misione­ros: los condenados a galeras, los aristócratas arruinados y emigrados, los refugiados de guerra, los soldados…

Vicente de Paúl reconoce que su comunidad es ala­bada como obra de Dios, porque tiene como caracterís­tica el dedicarse, no a una sola obra concreta cerrando los ojos a otras necesidades, sino «porque se ve que acude a las necesidades más urgentes y más abandonadas».

Y añade que, si ha podido con todas estas obras en favor de los pobres, ahora que su comunidad está en la infancia, podrá con otras cuando sea más fuerte. E invitará, con fuego en sus palabras: «Así pues, hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados».

San Vicente repite a sus misioneros que tienen como lote propio, como heredad, a los pobres: «Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos ha elegi­do para ellos. Esto es capital para nosotros, el resto es accesorio».

«Lo más importante de nuestra vocación es trabajar por los pobres, y todo lo demás es accesorio… ¡Pobres de nosotros si somos remisos en cumplir con la obligación que tenemos de socorrer a los pobres! Porque nos hemos dado a Dios para esto y Dios cuenta con nosotros».

«¡Ay, padres! ¡Qué buen servicio le hacen ustedes al pobre pueblo que sufre, con una ayuda tan saludable! Es una señal de la bondad de Dios sobre él… Cuando en lo más recio de sus miserias corporales les consuela con su palabra y les previene con sus gracias, como un pan santificante que da la verdadera vida… Así, pues, padres y hermanos míos, nuestra herencia son los pobres».

Por ello, no duda en afirmar que es preciso estar dis­puestos a todo para llevar adelante la misión evangeliza­dora de los pobres: “¡Ah, tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria»!

Los interlocutores de Vicente de Paúl reprocharon más de una vez la extensión de la misión a necesidades de los pobres cada vez más amplias. Para Vicente de Paúl no es posible pensar en detenerse ante todas las necesi­dades de todos los pobres. Les dice a las Damas en una conferencia del 11 de febrero de 1649: «Parece como si las miserias particulares nos apartasen de la preocupación por las públicas y que con ellas ten­dríamos un bonito pretexto ante los hombres para reti­rarnos de ese cuidado; pero la verdad es que no sé si será así ante Dios, que nos podría decir lo que san Pablo les decía a los corintios, que se encontraban en parecidas situaciones: ¿Acaso habéis resistido hasta derramar sangre?».

Escribiendo al Papa Inocencio X, el 16 de agosto de 1652, vuelve a hacer Vicente de Paúl una enumeración (no cerrada) del alcance de la misión al servicio de los pobres, de todos los pobres: «Aliviar a los pueblos desolados con tan larga guerra, devolver la vida a los pobres abatidos y casi muertos de hambre, ayudar a los campos totalmente devastados…».

3.2. Allí donde se encuentren

La misión entraña en sí misma movimiento, salir, partir… Vicente de Paúl ve cómo sus obras e institucio­nes, surgidas para hacer presente el Reino de Dios en una situación concreta, van desplazándose, movilizándose, para responder con agilidad a las nuevas necesidades evangelizadoras.

Veamos cómo lo expresa en la conferencia del 18 de octubre de 1655 a las Hijas de la Caridad: «Vosotras, mis queridas hermanas, os habéis dado prin­cipalmente a Dios para vivir como buenas cristianas, para ser buenas Hijas de la Caridad, para asistir a los pobres enfermos, no en una casa solamente… sino en todas partes como nuestro Señor, que no hacía distin­ción alguna pues asistía a todos los que recurrían a Él. Es lo que comenzaron a hacer nuestras hermanas con los enfermos, asistiéndoles con tanto esmero; y Dios, al ver que lo hacían con tanto cuidado, yéndoles a ver en sus propias casas, como hacía nuestro Señor muchas veces, dijo: ‘Estas hermanas me agradan; cumplen a la perfección con esta misión; voy a darles una nueva’… Y entonces vinieron, hermanas mías, esos pobres niños abandonados, que no tenían a nadie que se cuidara de ellos; y nuestro Señor se quiso servir de la Compañía para cuidarles, por lo que le doy las gracias a su bon­dad… Y luego, al ver cómo habíais abrazado todo esto con tanta caridad, dijo: “Todavía quiero darles un nuevo empleo”. Sí, hermanas mías, es Dios el que os lo ha dado, sin que nosotros pensásemos en ello; pues así es como se hacen las obras de Dios, sin que los hombres piensen en ellas… ¿Cuál es este empleo? Fue la asisten­cia a los pobres condenados a galeras. Hermanas mías, ¡qué dicha servir a esos pobres galeotes, abandonados en manos de personas que no tenían piedad de ellos! Yo he visto a esas pobres gentes ser tratados como bes­tias; eso fue lo que hizo que Dios se llenara de compa­sión por ellos. Le dieron lástima y luego su bondad hizo dos cosas en su favor: primero hizo que compra­ran una casa para ellos; segundo, quiso disponer las cosas de tal modo que fueran servidos por sus propias Hijas, puesto que decir una hija de la Caridad es decir una hija de Dios… Todavía quiso daros una nueva ocupación: asistir a los ancianos pobres y a esas pobres gentes que han perdido la razón. Sí, hermanas mías, es Dios mismo el que se ha querido servir de las Hijas de la Caridad para cuidar a esos pobres dementes. ¡Qué dicha para vosotras! ¡Qué gran favor es para todas las que están ocupadas en eso, tener un medio tan her­moso para hacer un servicio a Dios y a nuestro Señor Jesucristo, su Hijo!

3.3. Corporal y espiritualmente

La misión, tal como la percibe y vive Vicente de Paúl, no queda reducida a un anuncio de palabra o doctrinal, ni sólo a un alivio de las necesidades más urgentes de los pobres. Para Vicente de Paúl, la misión va encaminada a la totalidad de la persona a la que, como le gusta decir, hay que atender corporal y espiritualmente.

Se lo señala con toda claridad a sus misioneros sacer­dotes, inclinados tal vez a contentarse con la predicación: «Venir a evangelizar a los pobres no se entiende sola­mente enseñar los misterios necesarios para la salvación sino hacer todas las cosas predichas y prefiguradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio».

«Si hay algunos entre vosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cui­darlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano juez de vivos y muertos: ‘venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está preparado, por­que tuve hambre y me disteis de comer, estaba desnu­do y me vestisteis, enfermo y me cuidasteis’. Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto y es lo que nuestro Señor practicó…».

Se lo señala con la misma claridad a las Hijas de la Caridad que podrían pensar que su misión era aliviar únicamente los cuerpos de los pobres: «Vosotras no estáis solamente para atender a los cuer­pos de los pobres enfermos, sino también para darles instrucción en lo que podáis».

«Tenéis que llevar a los pobres enfermos dos clases de comida: la corporal y la espiritual…».

Y, con la misma claridad, en los reglamentos elabora­dos para las Cofradías de la Caridad, muestra que la asociación existe para servir a los pobres corporal y espiri­tualmente. Los dos aspectos de la evangelización van siempre juntos. Por eso, Vicente puede preocuparse por asuntos como el aseo y la cantidad de carne para cada pobre. En otros momentos puede hablar de levantar el ánimo de los enfermos. Pero, a la vez, puede mencio­nar la catequesis y la preparación espiritual de los enfermos. Y es que, en la mente de Vicente de Paúl, servi­cio espiritual y corporal no constituyen fines separados, sino dos aspectos del mismo fin, de la misma misión evangelizadora.

3.4. Como lo haría Cristo

Para llevar a cabo la misión evangelizadora en favor de los pobres, continuación de la misión de Jesucristo, es preciso entrar en los sentimientos y disposiciones del mismo Cristo.

Les dice a las Hijas de la Caridad en la conferencia del 18 de octubre de 1655: «Vosotras, mis queridas hermanas, os habéis entregado principalmente a Dios para vivir como buenas cristia­nas… para asistir a los pobres enfermos en todas partes como nuestro Señor».

«Es Dios el que os ha encomendado el cuidado de sus pobres y tenéis que comportaron con ellos con su mismo espíritu, compadeciendo sus miserias y sintién­dolas en vosotras mismas en la medida de lo posible, como aquel que decía: ‘yo soy perseguido con los per­seguidos, maldito con los malditos, esclavo con los esclavos, afligido con los afligidos y enfermo con los enfermos”.

Y en la conferencia a las mismas hermanas, el 11 de noviembre de 1657: «Vuestro principal empleo, después del amor de Dios y del deseo de haceros agradables a su Divina Majestad, tiene que ser servir a los pobres enfermos con mucha dulzura y cordialidad, compadeciéndoos de su mal y escuchando sus pequeñas quejas, como tiene que hacer­lo una buena madre; porque ellos os miran como a sus madres nutricias y como a personas enviadas por Dios para asistirles. Por eso estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de esos pobres enfermos. Pues bien, como esta bondad se comporta con los afligidos de una forma dulce y caritativa, también vosotras tenéis que tratar a los pobres enfermos como os enseña esa misma bondad. Esto es, con dulzura, con compasión y con amor: pues ellos son vuestros amos y también los míos… Así pues, esto es lo que os obliga a servirles con respeto, como a vuestros amos, y con devoción, porque representan para vosotras a la persona de nuestro Señor… Según eso, no sólo hay que tener mucho cui­dado en alejar de sí la dureza y la impaciencia, sino además afanarse en servir con cordialidad y con gran dul­zura, incluso a los más enfadosos y difíciles, sin olvidarse de decirles alguna buena palabra… No decir muchas cosas a la vez, sino ir poco a poco dándoles la instrucción que necesitan».

También a los misioneros les pide Vicente de Paúl entrar en los sentimientos y disposiciones de Jesucristo para con los pobres.

Escribe a Fermín Get, superior de Marsella, el 8 de marzo de 1658: «¡Que Dios nos conceda la gracia de enternecer nues­tros corazones en favor de los miserables y de creer que, al socorrerles estamos haciendo justicia y no misericor­dia».

Y, al final de sus días, en la conferencia del 30 de mayo de 1659 a los misioneros:

«Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo!, ¡qué llama de amor! Jesús mío, dinos, por favor, ¿qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la mal­dición de la tierra y todas las persecuciones y tormen­tos que has recibido? ¡Oh Salvador! ¡fuente del amor humillado hasta nosotros y hasta llegar a sufrir un suplicio infame por nosotros! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a padecer por nosotros una muerte ignominiosa; ¿hay amor semejante? ¿Quién podría amar de una forma tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros, por su ejemplo y su palabra, la caridad para con el prójimo. Ese amor fue el que le crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿Dejaría­mos morir a todos los que podríamos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación de los demás y a su ayuda».

La entrega misionera en favor de los pobres exigirá esfuerzo, «amándoles a costa de nuestros brazos, con el sudor de nuestra frente».

Más aún, «nuestra es la culpa de que ellos sufran, si no sacrifica­mos toda nuestra vida por instruirlos».

Y es que «somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios».

Sólo si se revisten de las mismas disposiciones y acti­tudes de Jesucristo serán los servicios de la Hija de la Caridad verdaderamente evangelizadores: anunciarán la bondad de Dios, la presencia de su Reino: «Los pobres asistidos por la hija de la Caridad dirán al buen Dios: Ésta la que nos asistió por tu amor; ésta es la que nos enseñó a conocerte; ésta es la que mostró tu bondad a través de la suya».

  1. EL POBRE, DESTINATARIO Y AGENTE DE LA MISIÓN

Para Vicente de Paúl, el pobre no es sólo destinatario de la misión. Vicente de Paúl está convencido de que «sólo con los pobres podré salvar a los pobres».

Los pobres no pueden ser destinatarios pasivos de la acción evangelizadora; ellos han de corresponder en la medida de sus posibilidades y de sus fuerzas. Indica con claridad Vicente de Paúl: «No hay que asistir más que aquellos que no puedan trabajar ni buscar su sustento, y que estarían en peligro de morir de hambre si no se les socorre. En efecto, ape­nas tenga uno fuerzas para trabajar, habrá que com­prarle algunos utensilios conformes con su profesión, pero sin darle nada más. Las limosnas no son para los que pueden trabajar… sino para los pobres enfermos, los huérfanos o los ancianos».

Vicente de Paúl recuerda a las Hijas de la Caridad que Dios ha querido escogerlas de entre los pobres: «El espíritu de la Compañía consiste en entregarse a Dios para amar a nuestro Señor y servirle en la persona de los pobres corporal y espiritualmente, en sus casas o en otras partes, para instruir a las jóvenes pobres, a los niños y en general a todos los que la Providencia os envía. Fijaos, mis queridas hermanas, esta Compañía de Hijas de la Caridad se compone en su mayoría de jóvenes pobres. ¡Qué excelente es esa cualidad de jóve­nes pobres, pobres en sus vestidos, pobres en su alimento!».

La que es sin duda una de las más geniales intuicio­nes de Vicente de Paúl, la Compañía de las Hijas de la Caridad, está conformada por jóvenes aldeanas pobres. Estas jóvenes pobres resultan ser para Vicente de Paúl los mejores agentes de evangelización de los pobres: «Sabed, hijas mías, que me he enterado que esas pobres gentes están muy agradecidas a la gracia que Dios les ha hecho y, al ver que van a asistirlos y que esas Hermanas no tienen más interés en ello que el amor de Dios, dicen que se dan cuenta entonces de que Dios es el pro­tector de los pobres. ¡Ved qué hermoso es ayudar a esas pobres gentes a reconocer la bondad de Dios! Pues comprenden perfectamente que es Él el que las mueve a hacer ese servicio. Y entonces conciben elevados sen­timientos de piedad y dicen: ¡Dios mío, ahora nos damos cuenta de que es cierto lo que tantas veces hemos oído predicar, que te acuerdas de todos los que necesitan socorro y que no abandonas nunca a una per­sona que está en peligro, puesto que cuidas de unos pobres miserables que han ofendido tanto a tu bon­dad’. He sabido, incluso por medio de personas que fueron atendidas por nuestras hermanas, y por medio de otras muchas, que se sentían muy edificados al ver cómo esas Hermanas se preocupaban de visitarles, reconociendo en ello la divina bondad y viéndose obli­gados a alabarle y darle gracias».

  1. Los POBRES ME HAN EVANGELIZADO

«Los pobres son para san Vicente el lugar de la fe: sólo en ellos encuentra a Jesucristo y en Jesucristo al Dios vivo».

«Entre los pobres se encuentra la verdadera religión, una fe viva».

En la conferencia del 13 de diciembre de 1658, no duda en confesar a sus misioneros: «Los pobres nos disputarán algún día el paraíso y nos lo arrebatarán, porque existe una gran diferencia entre su manera de amar a Dios y la nuestra. Su amor se manifiesta en el sufrimiento, en las humillaciones, en el trabajo y en la conformidad con la voluntad de Dios. Y el nuestro, si es que tenemos alguno, ¿en qué se da a conocer?».

Siente, y lo dice al final de su vida, que ha sido evan­gelizado por ellos, o sea, que a través de ellos ha aprendi­do por fin lo que significa el verdadero evangelio y lo que significa la verdadera fe. No tiene ya otra seguridad en su vida que la dedicación a los pobres; incluso espera a tra­vés de ellos su propia salvación definitiva. Porque «No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres”.

  1. SÍNTESIS

El Señor fue conduciendo a Vicente de Paúl al descu­brimiento de los pobres. Cristo, el Misionero del Padre, vino a evangelizar a los pobres y quiere ser representado por los pobres.

Servir a los pobres es, por ello, servir a Jesucristo. La Misión se dirige a los pobres como primeros y principa­les destinatarios.

Los pobres descubrirán a Cristo en el servicio que se les presta.

Ellos finalmente señalarán a Cristo al propio misio­nero. Porque en los pobres encuentra el misionero a Jesu­cristo.

Así son los pobres, no únicamente destinatarios de la Misión, sino sus verdaderos protagonistas.

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