III.- EL POBRE, PROTAGONISTA DE LA MISIÓN
La fundamentación teológica de la Misión, tal como la entendió y vivió Vicente de Paúl, integra el mundo de los pobres como elemento constitutivo esencial.
Cristo es el Misionero del Padre, que ha sido enviado a este mundo para evangelizar a los pobres. La Iglesia, continuadora en la historia de la misión de Cristo, se debe a los pobres.
La centralidad de los pobres en la misión de Cristo y de la Iglesia ha sido un descubrimiento que ha ido madurando en la experiencia de Vicente de Paúl.
- EL DESCUBRIMIENTO DE LOS POBRES EN LA EXPERIENCIA DE VICENTE DE PAÚL
Como señala J. Corera, «Vicente de Paúl pasó los primeros treinta años de su vida apeteciendo un lugar confortable y estimado en la sociedad respetable de su tiempo». El Señor, a través de acontecimientos y personas, le fue llevando al descubrimiento de su verdadera vocación. «Para dedicarles su vida tuvo, primero, que descubrir la existencia de los pobres, pues no era nada difícil en su tiempo adoptar un estilo de vida y unos ideales que le protejan a uno de la presencia molesta de los pobres».
El descubrimiento de los pobres llevará a Vicente de Paúl a confesar: «Los pobres, que no saben a dónde ir, ni qué hacer, que sufren y que se multiplican todos los días, constituyen mi peso y mi dolor».
Y empeñará todas sus fuerzas en la liberación y salvación de los pobres, porque «No es suficiente ser salvados, hay que ser salvadores con Cristo».
Convencido como está de que «No me basta con amar a Dios, si mi prójimo no le ama”.
Este descubrimiento le llevará a constatar con dolor que «los grandes sólo piensan en honores y riquezas».
- Los POBRES SON LOS MIEMBROS DE CRISTO
El descubrimiento de los pobres y de su sufrimiento no bastaría para explicar la entrega de toda la vida a su evangelización y servicio. Si Vicente de Paúl dedica a los pobres su persona y las instituciones por él fundadas, es porque viendo las cosas en Dios los pobres nos representan a Jesucristo, son sus miembros sufrientes.
Vicente de Paúl nos advierte que hay que ver las cosas como las ve Dios, «como son en Dios, y no como aparecen al margen de Él, porque, si no es así, podríamos engañarnos, y obrar de manera distinta de la que Él quiere».
Y nos invita a juzgar desde esa perspectiva: «Atengámonos al juicio que Dios tiene de las cosas… Ajustemos nuestro juicio, lo mismo que nuestro Señor, al juicio de Dios, tal como lo conocemos en las Sagradas Escrituras… Entonces, en el nombre del Señor, podemos formar nuestro razonamiento según el sentido más conforme con el espíritu del Evangelio. Sólo desde Dios, sólo desde la fe, es posible descubrir a Cristo en el pobre.
Vamos a recoger ahora una muestra de textos vicencianos espigados de entre sus conferencias, en distintas épocas de su vida, para caer en la cuenta de la importancia que concede a la identificación del pobre con Cristo.
Dice a las Hijas de la Caridad en la conferencia del 16 de marzo de 1642: «Los pobres tienen el honor de representar a los miembros de Jesucristo, que considera los servicios que se le; hacen como hechos a Él mismo».
Y a las mismas hermanas el 14 de junio de 1643: «¡Qué felicidad, hijas mías, servir a la persona de nuestro Señor en sus pobres miembros! El nos ha dicho que considerará este servicio como hecho a Él mismo».
En la repetición de la oración, tenida con los misioneros el 25 de octubre de 1643, exclama: «¿Verdad que nos sentimos dichosos, hermanos míos de expresar al vivo la vocación de Jesucristo? ¡Quién manifiesta mejor la forma de vivir que Jesucristo tuvo en la tierra sino los misioneros?… ¡Oh! ¡qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas palabras de nuestro Señor: Evangelizare pauperibus misit me Dominus! Ved, hermanos míos, cómo lo principal para nuestro Señor era trabajar para los pobres. Cuando se dirigía a los otros, lo hacía comen de pasada».
Nuevamente a las Hijas de la Caridad, en la conferencia del 13 de febrero de 1646: «Al servir a los pobres se sirve a Jesucristo. Hijas mías ¡cuánta verdad es ésto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que esta mos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios…».
«Si Dios da una eternidad bienaventurada a los que no han ofrecido más que un vaso de agua, ¿qué dará a una Hija de la Caridad, que lo deja todo y se entrega a sí misma para servirle durante toda la vida?… Tiene motivos para esperar ser de aquellos a los que se dirá: `Venid, benditas de mi Padre, poseed el reino que os está preparado… Los pobres asistidos por ella serán sus intercesores delante de Dios; acudirán en montón a su encuentro; dirán al buen Dios: ‘Dios mío, ésta es la que nos asistió por tu amor.
Comentando el nombre de «Hijas de la Caridad», les dice en la conferencia del 30 de mayo de 1647: «¡Ah, qué hermoso título! Hijas mías, ¡qué hermoso título, qué hermosa cualidad! ¿Qué habéis hecho a Dios para merecer ésto? Sirvientes de los pobres, que es como si se dijese sirvientes de Jesucristo… Conservad bien este título, porque es el más hermoso y el más ventajoso que podríais tener… Vosotras, hijas mías, os podéis poner siervas de los pobres, que son los predilectos de Jesucristo.
Y con toda sencillez en la conferencia del 18 de octubre de 1655: «Cuando servís a los enfermos, tenéis que acordaros también de que es a nuestro Señor a quien representa ese pobre».
Argumenta a los misioneros en una charla de enero de 1657: «Dios ama a los pobres, y por consiguiente ama a quienes aman a los pobres; pues, cuando se ama mucho a una persona, se siente también afecto a sus amigos y servidores. Pues bien, esta pequeña compañía de la Misión procura dedicarse con afecto a servir a los pobres que son los preferidos de Dios; por eso tenemos motivos para esperar que, por amor hacia ellos, también nos amará Dios a nosotros».
Y unos meses más tarde, a los mismos misioneros, en la conferencia del 27 de abril de 1657, les dice: «No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios… ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables».
Y, animando a las Hijas de la Caridad a entregarse al servicio de los pobres, en la conferencia del 11 de noviembre de 1657, les asegura: «Hijas mías, ¡si supieseis qué gracia tan alta es servir a los pobres, haber sido llamadas por Dios para eso!». «Los pobres son los grandes señores del cielo; a ellos les toca abrir sus puertas…».
También a las Damas les anima con parecida argumentación el 11 de julio de 1657: «El mismo Cristo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona… ¿Y qué amor podemos tenerle nosotros a Él si no amamos lo que Él amó? No hay ninguna diferencia, señoras, entre amarle a Él y amar a los pobres de ese modo; servirles bien a los pobres, es servirle a Él…».
Para Vicente de Paúl, pues, no hay ninguna duda: los pobres nos representan a Cristo; servir a los pobres es servir a Jesucristo.
De esta identificación del pobre con Cristo, Vicente de Paúl deduce una importante consecuencia: Si el servicio al pobre así lo requiere, habrá que dejar la oración e incluso la eucaristía. Obrar así no será descuidar los deberes de la religión, sino dejar a Dios por Dios.
«Si fuera voluntad de Dios que tuvieseis que asistir a un enfermo en domingo, en vez de ir a oír misa, aunque fuera obligación, habría que hacerlo. A eso se le llama dejar a Dios por Dios».
«Si hay algún motivo legítimo, mis queridas hijas, es el servicio del prójimo. El dejar a Dios por Dios no es dejar a Dios, esto es, dejar una obra de Dios para hacer otra, o de más obligación o de mayor mérito».
Y es que, acudir a servir al pobre es acudir al encuentro con Dios: «Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto… Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios…».







