Vicente de Paúl, Conferencia 101: Repetición De La Oración

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Muerte de Catalina Butefer, madre de Juan y de Felipe Le Vacher. Elogio de Juan Le Vacher.

Después de haber encomendado a las oraciones de la comunidad a la madre de Juan y de Felipe Le Vacher, Catalina Butefer, que acababa de morir e iba a ser enterrada, según sus deseos, en la iglesia de San Lázaro, el padre Vicente añadió:

Celebraremos a continuación la recepción, el funeral y el sepelio de esta buena madre de tan dignos hijos, pero sobre todo de los dos que son sacerdotes de la Misión, presente uno en el altar, y el otro en Túnez, donde está haciendo un bien indecible. Tiene una fuerza maravillosa para las cosas, incluso temporales.

Un capitán francés les tomó a los turcos un barco con ciento cincuenta turcos, y se los llevó junto con el barco a Túnez, para venderlo allí todo; como para esto necesitaba el permiso del cónsul, el padre Le Vacher, que en ausencia del señor Husson, que había vuelto a Francia hacía el oficio, recibió del capitán el aviso para que fuera a hablar con él a bordo. Pero él le indicó que la práctica era que los capitanes fuesen primero a visitar personalmente al cónsul, que representa a la persona del rey. Vino pues el capitán y después de un largo coloquio, le manifestó sus deseos. Pero el padre Le Vacher le replicó que todo aquello le pertenecía al rey, que le había armado y equipado, y que la ley del mar era aquella.

Aquel persiste en su idea, y éste insiste en su réplica. Finalmente, el capitán dijo que lo quería y que lo haría.

El padre Le Vacher, apelando a todas sus fuerzas interiores, le dijo: «Señor, usted tiene la fuerza en la mano y puede hacer lo que guste; pero le manifiesto que yo no consentiré eso jamás; por el contrario, me opondré con todas mis energías. He de permanecer fiel al rey».

El otro, al ver aquello, no se atrevió a insistir. Más aún, el padre Le Vacher, al despedirle, le dio a conocer los medios que Dios le había puesto en las manos para rescatar a muchos desgraciados cristianos, entregando a los turcos que él tenía. Y creo que él entonces entregó la tercera parte, y además no vendió a ninguno.

Ya veis la fuerza y la generosidad del hijo de una madre tan buena. Así pues, se los ofreceremos a todos ellos al Señor, junto con los esclavos con quienes trabajan y consumen su vida estos dos hijos suyos tan bendecidos por Dios.

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