Vicente de Paúl, Conferencia 060: Repetición De La Oración Del 24 De Agosto De 1655

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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El señor de Flacourt ha traído cuatro jóvenes malgaches a San Lázaro. Reprimenda a un hermano coadjutor.

El padre Vicente recomendó con mucha insistencia que pidieran a Dios por cuatro jóvenes negros que había traído consigo el señor de Flacourt, comerciante de esta ciudad de París, que acababa de llegar de Madagascar, y a los que había enviado desde Nantes para que se presentasen al padre Vicente, para que quisiera su divina Majestad darles la gracia de ser buenos cristianos y verdaderos católicos, puesto que decía , si Dios les daba esa gracia, bastaría con esos cuatro para convertir a todos los de su país y nación. Para ello el padre Vicente recomendó a la compañía que les dieran buen ejemplo y que no los convirtiera en su pasatiempo; que él no sabía a quién podría encomendarle su dirección e instrucción, ya que se necesitaría un ángel para ello, debido a la dificultad que preveía tendrían aquellos jóvenes para entregarse como es debido a la práctica de las virtudes cristianas, según lo que podría observarse por su espíritu; tenía dudas de si los pondría a estudiar o les enseñaría algún oficio; que los padres jesuitas siempre han puesto muchas dificultades para admitir en las órdenes sagradas a las personas de aquellos países de Indias, puesto que han visto que los hombres de aquellos países no están dotados ordinariamente de las cualidades requeridas en un sacerdote, y sólo han admitido a los hijos de un padre o de una madre que fuese europea. Por ejemplo, un portugués que se hubiera casado en las Indias con una indiana, o un indiano casado con una mujer portuguesa: los hijos nacidos de esos matrimonios han sido admitidos y algunas veces incluso titulados y recibidos entre ellos.

Nota: El mayor de los jóvenes negros, que no sabía la edad que tenía, parecía tener unos quince o dieciséis años: todavía no está bautizado. Los otros tres, que son más pequeños, fueron bautizados en su país por el difunto padre Nacquart, sacerdote de la Misión, que fue el primero de la compañía que marchó a las Indias, acompañado del difunto padre Gondrée, también sacerdote de nuestra compañía.

Un hermano coadjutor se acusó públicamente de una falta, y el padre Vicente le dijo:

Hermano mío, ciertamente es una falta de importancia, una falta grande que no sé que se cometa ni siquiera entre las pobres gentes del mundo: ¡desgarrar un hábito! ¡desgarrar un regalo que le han hecho! Debería usted haberse alegrado de que no era como a usted le gustaba. ¡Pero romperlo en pedazos! ¡Oh Salvador! ¡Hermano mío! ¡Qué falta tan grande! Humíllese mucho por ella. ¿Se ha visto alguna vez que un campesino, un aldeano, haya roto el traje que le daban, por pobre que haya sido? Y usted, hermano, ha roto un hábito que le han dado; quizás usted lo necesitaba, pero en vez de utilizarlo, fuera como fuera, y de aceptarlo con todo el corazón, lo ha destrozado. ¡Pobre hermano mío! Es una gran falta, por la que tiene que humillarse mucho.

¿Pero no provendrá esta falta de otra mucho más grave todavía, que cometió usted el día antes? Hermano mío, ¿la diré? ¡Oh Salvador!, ¿la diré? ¿Podré decirla sin enrojecer? Hermano mío, yo soy tan culpable como usted, por no haberle dado buenas instrucciones. ¿Podré decirla? Tendré yo también que sentir esa confusión lo mismo que usted, porque también soy culpable de ella. Hermano, anteayer bebió usted excesivamente, hasta darlo a conocer, por no poderlo disimular. ¡Oh Salvador! ¡Tomar demasiado vino, sin poderlo disimular! ¡realizar las acciones de un borracho! ¡Miserable de mí! Soy yo la causa de ese desorden; eso no habría ocurrido sin los pecados de este miserable. Hermano mío, ¡llenémonos los dos de confusión! Después. de eso, se echó usted a dormir en la cocina ante nuestros hermanos; ¡qué ejemplo para los nuevos! ¿Qué dirán de usted? ¿qué dirán de mí, por tener tales individuos en la Misión? ¿Así es como se vive aquí? ¿Se toleran y permiten estos vicios? ¡Oh Salvador! ¡Qué escándalo para los recién venidos! ¡Qué escándalo! Hermanos, rezad por nosotros; tened compasión de nuestro hermano y pedid fuerzas a Dios para soportarnos. Es hermano nuestro; tengamos piedad de su miseria, por amor de Dios. ¡Pobre hermano mío! Seguramente esto viene de lejos; es imposible caer de golpe en estas faltas tan graves, que son el castigo de otras faltas anteriores. Hermano mío, ahora se siente usted, gracias a Dios, muy humillado; seguramente es que se ha relajado usted y es infiel a Dios. ¿Qué vamos a hacer ahora, hermano mío? Tiene usted defectos y pasiones y se ha dejado llevar de ellos a pesar de todas estas humillaciones, plegarias, recomendaciones y resoluciones que ha hecho. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Qué ha pasado con ese espíritu de humildad? iDónde han ido a parar todas las recomendaciones? ¿Qué ha pasado ellas? ¿Dónde están ahora todos esos propósitos? ¿Dónde están, hermano mío? ¿Dónde están esas resoluciones que usted tomó de servir a Dios? ¿Qué ha ocurrido con todo ello? ¡Pobre hermano mío! ¿Y qué pasará con esta humillación de ahora? ¿En qué acabará esta confusión que estamos bebiéndonos? ¿Cambiará usted con esto? Así lo hemos de esperar, puesto que Dios le ha dado la gracia de humillarse. Acepte con gusto esta confusión delante de todos y acéptela como satisfacción. Rezaremos a Dios por usted y esperemos que él nos conceda, si usted quiere, la gracia de portarse mejor en el futuro.

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