«Todos la amaban, pues nada había en ella que no fuera amable» (S. Vicente de Paúl).
Una mujer para los demás
Una y otra vez asegura Kierkegaard en el «Diario de un seductor» que «la mujer es un ser que existe para otros seres», «una especie de ser cuya finalidad está fuera de sí». Sospecho que cierto feminismo leerá estos juicios con alguna desconfianza. También sospecho que toda persona humana es alguien que «existe para los otros». Jesucristo fue el hombre «para los demás».
Al margen de sectoriales cotilleos, es claro que Margarita Naseau fue una mujer que se resolvió a vivir para los demás. Esta es su desnuda verdad, su secreto vital, su amable misterio, y este es el difícil, gozoso y decidido poema de su vida. Ella es una «perla preciosa» y quien la encuentra se llena de alegría y de gratitud a Dios por habernos dado a esta joven llamada Margarita. «Todo el mundo la amaba porque no había nada en ella que no fuera amable «, nos dirá San Vicente. Y el perfume de esta humilde margarita continúa esparciéndose por los siglos. Tan humilde que no ha sido oficialmente canonizada, aunque yo, confiada y alegremente, me encomiendo a ella con piadosa devoción.
La historia no siempre es generosa con los mejores. En este caso nos oculta muchos datos sobre Margarita que nos gustaría conocer. Pero la historia no es, gracias a Dios, el tribunal definitivo. Es más un cementerio que una resurrección, y Margarita pertenece al «tiempo» vivo y perdurable del corazón de Dios.
En la Casa Madre de las Hijas de la Caridad, en París, hay un cuadro idealizado de Margarita Naseau. Pero, el real y auténtico nos lo dejó san Vicente de Paúl en sus comentarios, y a ése nos vamos a atener.
A pocas leguas de París
Margarita Naseau, hija de Leufroy y de Denise, fue bautizada en Suresnes el 6 de julio de 1594. Era la primogénita. Había nacido, seguramente, el día anterior. El bautismo, según la costumbre del tiempo, se celebraba tan pronto como fuera posible. El sacerdote oficiante, y al mismo tiempo padrino, era Guillermo Gloria, hermano de su madre y tío de Margarita.
Los historiadores se mesan las cejas mientras discuten si el apellido paterno era Naseau o Nezot. Nosotros, después de darles las gracias, podemos pasar de estas precisiones. A San Vicente, cuando ella le dijo su apellido, le sonó simplemente Naseau y así se quedó para la historia.
Suresnes, entre el monte Valeriano y el río Sena, se acerca hoy a los 40 mil habitantes; cuando nació Margarita no pasaba del millar. Hoy es un populoso barrio lindante con París; entonces era una aldea rodeada de viñedos, de tierras de sembrar y de campos de pasto para el ganado.
Margarita se quedó pronto huérfana de madre y tuvo que hacerse cargo, juntamente con el señor Leufroy, de sacar adelante a su familia. No tenemos, sin embargo, datos concretos sobre esta etapa de su vida. No era una princesa, con escribanos al lado, sino una humilde campesina.
En su niñez, no pudo ir a la escuela y se quedó sin aprender a leer, escribir y a multiplicar 9,40 por 365. Estaba en compañía de 18 millones de franceses contemporáneos suyos. De unos 20 millones de habitantes que entonces tenía el país, sólo dos millones estaban alfabetizados. Margarita era una más entre la gran masa de los «sin-escuela», y así llegó a su juventud.
Discuten algunos si Margarita se encontró primero con Vicente de Paúl o con la Señorita Le Gras. Todo está a favor del encuentro con Vicente. Sea de ello lo que fuere, no vamos a gastar demasiadas líneas en el tema. Es de escasa importancia para la historia de Margarita que aquí nos interesa.
Las circunstancias y los signos
El retrato real de Margarita —decíamos- nos lo dejó San Vicente en sus comentarios. Sus pinceladas no se entretienen en los detalles o sólo en aquellos que van a lo esencial del alma y del carácter. San Vicente amó a Margarita como un padre ama a su hija predilecta o como se ama el agua porque es pura y servicial, y porque refleja el cielo. Y así era Margarita: un riachuelo campesino que levanta flores y cosechas por donde pasa, un fino reflejo de la bondad del buen Dios.
Para mejor comprender esos comentarios vicencianos necesitamos situarnos en los trabajos que entonces traían entre manos Vicente de Paúl y la señorita Le Gras o Luisa de. Marillac. Estaban metidos, entre otras cosas, en la creación y la animación de las Caridades y estaban avistando la fundación de las Hijas de la Caridad. Los pobres, que son «nuestros amos y señores», los interpelaban y los urgían.
El 23 agosto de 1617, en Chatillon-lesDombes (diócesis de Lyon), Vicente de Paúl reúne a un grupo de doce señoras y las entusiasma con un proyecto nuevo. Se trata de crear una Asociación para servir a los pobres de la población. Al día siguiente, y por turno, iban a comenzar su trabajo. Muy pronto tendrían un reglamento de cómo servirlos «por pura caridad y no por respeto humano». San Vicente lo escribe desde la ternura, el realismo y con mil detalles prácticos. Era la primera de las Caridades. Años después fundará la de Villepreux y, al poco tiempo, las primeras de París. Y las Caridades se pondrán de moda entre las damas parisinas. ¿No es, acaso, hermoso que el amor se ponga de moda? Pero hay cuidados que los pobres necesitan y que sólo pueden prestárselos personas de heroico amor y mucha libertad. ¿Permitirá este importante marido —en un mundo de sustantivos machistas- que su esposa o su hija «se rebaje» a prestar esos servicios? El «lavatorio de los pies» de la Última Cena no es una asignatura de fácil aprendizaje. Y su práctica supone antes una revolución mental y del corazón. Es seguro que no tenemos derecho a culpar a aquellas damas por lo que «no podían» hacer; son admirables por lo que hicieron. Pero es claro, pronto fue claro para Vicente y Luisa, que las damas necesitaban de unas ayudantes especiales para el «trabajo sucio». Esas serían, con el tiempo, las Hijas de la Caridad. Libres —sin marido que las atara-, liberadas de los propios intereses y con un apasionado amor por el Jesucristo que se apasiona por los pobres. Y en estas circunstancias y signos y trabajos de Vicente y Luisa, una joven se acerca, toca la puerta y entre en escena. Se llama Margarita Naseau.
La vaquerita de Suresnes
Esta joven «no era más que una pobre vaquera sin instrucción. Movida por una fuerte inspiración del cielo, tuvo el pensamiento de instruir a la juventud; compró un alfabeto y, como no podía ir a la escuela para aprender, fue a pedir al señor párroco o al vicario que le dijese qué letras eran las cuatro primeras; otra vez les preguntó sobre las cuatro siguientes, y así con las demás. Luego, mientras seguía guardando sus vacas, estudiaba la lección. Veía pasar a alguno que daba la impresión de que sabía leer y le preguntaba: «Señor, ¿cómo hay que pronunciar esta palabra? «. Y así, poco a poco, aprendió a leer. Luego instruyó a otras muchachas de su aldea…» (IX, 88).
El amor es inventivo
De esta forma lo trasmite el testimonio de San Vicente, en julio de 1642. Vicente ya sabía para entonces que «el amor es infinitamente inventivo». En la experiencia de Margarita lo aprendió de nuevo. Y nos comenta, primero y de forma sumaria, la realidad social de Margarita: «no era más que una pobre vaquera sin instrucción». ¿Qué podía hacer una joven semejante ocupada en guardar el ganado y sin instrucción? Desde luego podía refugiarse en el «no sé», «no puedo» y «no tengo tiempo». Ella -que no sabía leer- había leído, sin embargo, la realidad de sus vecinos más jóvenes. Había palpado en su propia experiencia y en la de ellos la necesidad de formarse. Y, entonces, «movida por una fuerte inspiración del cielo, tuvo el pensamiento de instruir a la juventud». Dios tiene, como siempre, la iniciativa. Llama. Podemos aceptar su llamada o negarnos bajo el pretexto de que ese trabajo es para otros mejor preparados. El bien-humorado amor de Dios convoca a los débiles, a los que no son, a los pobres para evangelizar y enriquecer a los pobres. A quien no sabe leer, a Margarita, la llama para que enseñe a otros a leer. Y la joven vaquerita de Suresnes se abre a esa iniciativa de Dios, se fía de él y la acepta. Pero, ¿por dónde comenzar? ¿Cómo hacer para realizar lo que parece imposible? ¿Tendrá que cambiar de ocupación y liberarse del cuidado de las vacas?
Quien ama, inventa y se divierte; quien no ama se aburre y sestea en las dificultades. Y Margarita ama. E inventa la sencilla manera de ir aprendiendo. Un día, unas letras; otro día, otras, mientras sus vacas pastan. No ambiciona brillar: se habría desesperado con la lentitud del método. Ambiciona servir. Éste es su único propósito. Y se atiene al ritmo de Dios, no al del ávido orgullo. Busca los intereses de Jesucristo en los más pobres, no los suyos propios. Es una joven liberada de sí y dada a los demás.
Por eso, en cuanto ella aprendió, «instruyó a otras muchachas de su aldea «. No era fácil. Había que ganarlas primero, convencerlas, ayudarlas a superar las dificultades que surgían en las familias y contagiarlas de entusiasmo. ¿Cómo amar a los pobres de verdad sin la pasión por involucrar a otros en su servicio? Y Margarita sabía convencer: disponía del argumento transparente de su vida.
Misiones culturales
«Y entonces se resolvió a ir de aldea en aldea para enseñar a la juventud con dos o tres jóvenes que había formado. Una se dirigía a una aldea y otra, a otra «. El amor cristiano, en cuanto lo es, busca ser eficaz. «No me basta amar a Dios si mi prójimo no lo ama», dirá también San Vicente. No me basta amar y servir a los pobres si los demás no lo hacen. Y así, y por eso, comienzan, en equipo, las misiones culturales de Margarita y de sus amigas. Parecen un milagro de creatividad. ¿Acaso no lo son? Alfabetizan y evangelizan. Los instrumentos escolares de la época unían con naturalidad ambas cosas. Y estas maestras misioneras y misioneras maestras lo hacían, además, por íntimo convencimiento. Los resultados no dejan lugar para las dudas. Pero todo esto requiere de medios. Hacen falta para viajes, para vivienda, para alimentación, para todo. ¿Comenzaría Margarita buscando medios para realizar la misión o comenzaría primero la misión fiándose del Dios que la había llamado?
«Sé de quien me fío»
«Cosa admirable, emprendió ` todo esto sin dinero y sin más provisión que la Providencia. Ayunó muchos días enteros, habitó en sitios en donde no había más que paredes. Sin embargo, se dedicaba a veces de día y de noche en la instrucción, no sólo de las niñas, sino también de las personas mayores, y esto sin ningún motivo de vanidad o de interés, sin otro plan que el de la gloria de Dios, el cual atendía a sus necesidades sin que ella se diese cuenta «. Yo, Señor, parece decir Margarita, hago lo que tú me pides, y no sé cómo, pero sé que tú me darás los medios para llevarlo a cabo. Sé de quien me fío, sé de quien es la mano que me lleva y, por eso, camino confiada…
Pero Margarita será probada y purificada. La confianza en la Providencia no pertenece al mundo de la magia. Hay días enteros que carece de lo mínimo y tiene que ayunar. No ayuna para hacer penitencia, ayuna porque ama su misión y no puede dejarla aunque tenga que ayunar. A veces no tiene donde cobijarse. Se arrima a unas viejas paredes y ésa es su casa. Pero nada la detiene. Atiende a los niños y atiende a los mayores. Y esto «sin ningún motivo de vanidad o de interés «. La vanidad o el interés propio no aguantan el ayuno, la escasez o las risas burlonas de los demás. Cuando ése es el caso, uno coge su morral y se va entre una letanía de quejas sobre la ingratitud ajena. Y, en medio de la noche, Margarita vislumbra los signos de la luz. «Ella misma contó a la señorita Le Gras que una vez, después de haber estado privada de pan durante varios días, al volver de misa, se encontró con qué poder alimentarse por bastante tiempo «. Son signos, pequeños y maravillosos signos. La Providencia, Margarita, te prueba, pero no te abandona; mueve corazones anónimos para que te ayuden. Y es importante ese alimento que te proporcionan para el hambre, pero es aún más importante el signo que conlleva para la confianza. La Providencia está contigo; has confiado en ella y ella no sabe defraudar.
«Al volver de misa» sucedió ese signo. San Vicente, en su comentario, no se detiene en la vida sacramental de Margarita. La da por conocida. Es su alimento seguro, su acción de gracias, su escuela diaria, su hábito. Allí calienta su espíritu, allí bebe su entusiasmo, allí recibe a Jesucristo para servirlo con finura durante el día. El es su amigo y ella es su amiga. El la espera en la eucaristía del sagrario y en la eucaristía de los pobres y bajo las especies de sus necesidades. Y Margarita lo comulga. Primero a él, al amigo resucitado «que me amó y se entregó por mí a la muerte», y después también a él, al comulgarlos a ellos como son, como están de crucificados, y servirlos.
La prueba de las calumnias
Pero, «cuanto más trabajaba en la instrucción de la juventud, más se reían de ella y la calumniaban los aldeanos «. ¿Quién se ha creído que es esta vaquerita? ¿Qué busca? ¿No la hemos vistc crecer entre nosotros y guardar las vacas como otra cualquiera? Algo así le dijeron también a Jesús sus paisanos (Mc 6, 1-5). No fueron suficientes las pruebas primeras de un proyecto humanamente descabellado. Tampoco las siguientes de pobreza y desamparo. Ahora a Margarita la esperan las peores. Están hechas de machismo, discriminación social, envidias, recelo y chismes calumniosos de los que pueden herir a una muchacha sola.
El amor desestabiliza los intereses creados. Y si los niños, niñas y jóvenes no se instruyen y forman, será más fácil tenerlos de sumisos y baratos criados. Además, ¿no es una señal peligrosa que las mujeres tengan ante sí un modelo de mujer liberada, capaz de iniciativas riesgosas y ajena al dominio masculino? Margarita, sin proponérselo, rompe costumbres, mentalidades, inercias y ancestrales sumisiones. ¿Cómo no van a protestar los afectados? Ella, que «no tenía otro plan que la gloria de Dios «, no sabía darse por derrotada. Vivir el evangelio es impregnarse de fuerza radioactiva y contagiosa. La persecución acrecienta el amor verdadero. «Ladran, luego cabalgamos» decía el famoso Hidalgo. ¿Nos persigue la envidia, el machismo, los intereses egoístas? ¡Es señal de que vamos bien, de que se hace la obra de Dios! Y Margarita se crece ante las dificultades. La pisan y esta flor humilde suelta gratuitamente más olor de Cristo. Santa Luisa, después maestra de Margarita, dirá que «las dificultades» son «parte de la comunidad de bienes» con el esposo Jesucristo (Pensamientos, 124), y Margarita así las vive.
Frente al desamor, más amor
«Su celo iba creciendo cada vez más ardiente. Tenía un despego tan grande que daba cuanto tenía, aún a costa de carecer ella de lo necesario «. Ante la persecución…, más celo, mayor desprendimiento, creciente pobreza de la que nace del compartir. No es la pobreza que uno decide, es la pobreza que a uno le imponen las necesidades ajenas hechas propias. No se trata de un adorno del que se puede presumir; se trata del amor que tiene hambre de más amor. «Daba cuanto tenía, aún a costa de carecer ella de lo necesario».
Ante los calumniadores no se enreda Margarita en razonamientos que los contradigan o que dejen en mal lugar a los chismosos; a ellos también los ama y sólo quiere que se sumen al «plan de Dios» y, por eso, hay que redoblar el celo y el desprendimiento a fin de que también ellos sean alcanzados por la misericordia. Las estrategias de Dios no se parecen a las defensas de nuestros pobres intereses. Y Margarita está metida en las estrategias de Dios. Y ésas las dicta el amor, no el orgullo herido que revuelve su cabeza viperina dispuesta al mordisco.
Ensayos de seminario menor
«Hizo estudiar a algunos jóvenes que carecían de medios, los alimentó por algún tiempo y los animó al servicio de Dios. Y esos jóvenes son ahora buenos sacerdotes». ¡Cuantas cosas en tres líneas de comentario vicenciano! En otro pasaje de su comentario, San Vicente dice también de ella: «Atrajo a otras jóvenes, a las que había ayudado a desprenderse de todas las vanidades y a abrazar la vida devota».
¡Cuánto celo, cuánta creatividad, cuánto trabajo por formar y por encontrar los medios! He aquí a Margarita creando una especie de seminario menor, siendo maestra llena de celo, buscando alimentos y administrándolos, animando a sus alumnos al servicio de Dios. «Y esos jóvenes son ahora buenos sacerdotes «. La que no tenía nada, alimentaba material y espiritualmente a éstos que carecían de casi todo. No sabía decir «no puedo más», «ya hice todo lo que podía». Ella, porque amaba mucho, siempre podía más. Ese era su secreto y por él caminaba cada día con más garbo. Y como el amor evangélico busca ser eficaz, atrae a otros y forma agentes multiplicadores. Ella no era miembro de algún equipo de «promoción vocacional»; era fuego de Dios que atrae, calienta, ilumina y enciende la llama en otros y en otras que también quieran arder. No daba dinámicas, daba llamaradas. Tenía la pedagogía irresistible que nace del amor más desinteresado, del más generoso, sacrificado y transparente. Así era esta joven amiga de Jesucristo llamada Margarita.
Los inicios de un encuentro
El domingo anterior al 19 de febrero de 1630, Margarita había ido a París a ver a San Vicente (I, 138). Hacía ya algunos años que se conocían. Ella se había dedicado a la enseñanza de niños y mayores desde su juventud. Ya lleva muchos años en esa tarea. Ahora tenía ya 35 años. Y seguía aún, en Villepreux, dedicada a la enseñanza. Pero, pronto iba a cambiar de rumbo, aunque no de amor. La esperaban otros pobres, llagados y hambrientos, en las calles y en los tugurios de París. Más de cincuenta mil mendigos extendían sus manos y sus miserias ante los vecinos de la ciudad.
San Vicente había dado, hacía tiempo, una misión en la aldea de Villepreux. Allí funda la segunda de las Caridades. La primera había sido la de Chatillón. «Después de algún tiempo (IX, 233) al ir a una misión en Villepreux, tuvimos ocasión de fundar allí la Caridad, la segunda. Luego pudimos establecerla en París, y San Salvador fue la primera parroquia que la tuvo; siguieron luego todas las principales parroquias». En las misiones «me encontré con una buena joven aldeana que se había entregado a Dios para instruir a las niñas de aquellos lugares» (IX, 202). Esta joven era Margarita.
El encuentro de Margarita con Vicente tuvo lugar en esta aldea de Villepreux donde Margarita ejercía su trabajo de misionera-maestra y donde Vicente daba la misión. Esta misión, en que se funda la segunda de las Caridades, es, desde luego, bastante anterior a 1629, y Luisa no era aún supervisora de las Caridades. «Cuando (Margarita) aprendió a leer, vino a vivir a cinco o seis leguas de París, (a Villepreux). Fuimos allí a tener una misión; se confesó conmigo y me expuso sus ideas. Cuando fundamos allí la Caridad, se aficionó tanto a ella que me dijo: «Me gustaría servir a los pobres de esta manera» (IX, 542). Entre las diversas alusiones que San Vicente hace, en sus Conferencias, sobre Margarita Naseau, ésta es, sin duda, la más precisa en sentido histórico.
San Vicente pudo haber dado otra misión posterior en esa aldea. De hecho, mientras permaneció en la casa de «Bons Enfans», él y sus compañeros dieron, en diversos lugares cercanos, 140 misiones entre 1625 y 1632. Esto explicaría los diversos tiempos que usa en sus Conferencias. La otra explicación sería el posible olvido de los detalles a causa del tiempo pasado. Pero algunos de sus comentarios se sitúan antes de la fundación de la primera Caridad de París -como hemos visto- y otros después, como se puede ver en IX, 202; 233, etc.
Parece lo más probable que fuera en la primera o única misión dada en Villepreux cuando Margarita se encontró con San Vicente. Acababan de fundar allí la segunda de las Caridades. Margarita se confesó con San Vicente y hablaron largamente. «Me expuso sus ideas «, dice Vicente. Margarita se sintió atraída por la forma como servían a los pobres desde la Caridad recién fundada. Pero ella siguió ejerciendo por un tiempo más el amor a los pobres a través de la enseñanza. Posiblemente hasta 1631. Es lo que expresa otro de los comentarios de Vicente: «Cuando tuvo ya algunos conocimientos, sintió devoción de enseñárselos a los demás, y vino a buscarme, en donde yo estaba misionando. «Padre, me dijo, yo he aprendido a leer de esta manera. Tengo muchas ganas de enseñar a otras jóvenes del campo que no saben. ¿Le parece bien? Desde luego, hija mía —le dije-, yo le aconsejo que lo haga» Entonces se fue a vivir a Villepreux, en donde estuvo enseñando durante algún tiempo» (IX,416-417). Entretanto fueron surgiendo las Caridades en París y surgió la necesidad de alguien que ayudara a las damas. Margarita, a veces, iba a París a verse con San Vicente.
Luisa se encarga de la animación de las Caridades en mayo de 1629. En una de sus visitas a la Caridad de Villepreux conocería a Margarita —de quien ya le habría hablado San Vicente- y luego siguieron relacionándose. La carta de San Vicente a Luisa (19, febrero, 1630; I, 137-138) habría que situarla en este contexto. En ella le habla de si «esa buena muchacha de Suresnes, que otras veces la ha visitado y se dedica a la enseñanza de las niñas, la ha ido a ver, como ella me lo prometió el último domingo, cuando estuvo aquí»… Y este prolongado encuentro con Vicente y Luisa iba a cambiar radicalmente el campo de trabajo de Margarita.
«Y Dios lo quería de esta manera»
«Finalmente, cuando se enteró de que había en París una cofradía de la Caridad para los pobres enfermos, fue allá, impulsada por el deseo de trabajar en ella; y, aunque seguía con gran deseo de continuar la instrucción de la juventud, abandonó sin embargo este ejercicio de caridad para abrazar el otro, que ella juzgaba más perfecto y necesario; y Dios lo quería de esta manera, para que fuera ella la primera Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos de la ciudad de París. Atrajo a otras jóvenes, a las que había ayudado a desprenderse de todas las vanidades y a abrazar la vida devota» (IX, 90).
«Aquello no iba bien»
Los pobres y enfermos eran cada día más numerosos. París parecía una ciudad de pequeñas islas de opulencia rodeadas de miseria. San Vicente y los suyos se multiplicaban para buscar remedios. Fueron apareciendo, entre otras obras, las Caridades.
Esforzadas damas parisinas se dejaron contagiar del amor vicenciano a los pobres. Y ponían, para servirlos, trabajo, cuidados, sacrificios, alhajas y dineros. «Pero, como hay gran número de enfermos en París, estaban mal servidos, porque las damas no podían sujetarse a ellos: la esposa por causa de su marido y de su casa, la hija por causa de su padre y de su madre. En fin, que aquello no iba bien, porque Dios quería que hubiera una Compañía de Hermanas que se dedicase expresamente a servir a los enfermos bajo aquellas damas» (IX, 233) Las damas «servían ellas mismas a los pobres, les llevaban el puchero, los remedios y todo lo demás; y, como la mayor parte eran distinguidas y tenían marido y familia, muchas veces les resultaba molesto llevar aquella olla, de forma que esto les repugnaba, y hablaban entre sí de buscar algunas criadas que lo hiciesen en su lugar» (IX, 416). «Algunas señoras tuvieron este deseo de asistir a los pobres de la parroquia, pero, cuando llegaron a la ejecución, se vieron impedidas de hacerles los servicios más bajos y penosos» (IX, 203). Así expone San Vicente la problemática realidad – maravillosa, pero escasa- del servicio que prestaban las damas de las Caridades.
Y Margarita será la «criada» que hará «en su lugar» «los servicios más bajos y penosos». Cuando ella oyó hablar de este proyecto de criadas ayudantes, «deseó que la ocupasen en él y que las damas la recibieran «. Hacía años que Margarita conversaba, de cuando en cuando, con San Vicente: era su «dirigida». Y, si fue Vicente quien le habló de este proyecto, fue ella quien aceptó muy libremente el hacerlo suyo. Las referencias vicencianas basculan, una y otra vez, entre esta iniciativa como propia de Margarita y como sugerida e indicada por él. No hay contradicción. Por una parte, Margarita era una mujer muy libre, arriesgada en sus decisiones, dueña de su destino según el Señor se lo iba mostrando. Por otra parte, San Vicente sabía exponer las urgencias de los enfermos y las dolorosas deficiencias de los servicios que recibían. Margarita tenía un corazón para los demás y no estaba atada a lo que hacía, sino al Señor por quien lo hacía.
«Sierva de los pobres enfermos»
Luisa se Marillac «se encargó de tomarla bajo su dirección» y de formarla «en la manera de servir a los pobres» enfermos. Le enseñó «a utilizar remedios y a hacer todos los servicios necesarios, y lo aprendió todo muy bien» (IX, 416; 542) Algunas otras jóvenes su sumaron al mismo proyecto. Y Luisa formó, con ellas, la primera germinal «escuela de enfermeras» de la historia moderna. Margarita, la inteligente autodidacta, la que «no había tenido otro maestro o maestra más que Dios», ahora tenía, por disposición del Señor, una directora culta, delicada y especialmente amorosa. Y la arraigada entrega de Margarita, la práctica diaria y las enseñanzas de Luisa hicieron de ella una consumada «sierva de los pobres enfermos de la ciudad de París». Pues «aunque seguía con gran deseo de continuar la instrucción de la juventud, abandonó este ejercicio de caridad para abrazar el otro, que ella juzgaba más perfecto y necesario «.
No es fácil dejar lo que se ama, lo que se ha comprobado necesario y eficaz y aquello que ha constituido una hermosa parte de la propia vida. Margarita, para esta época, era ya una joven mujer con prestigio en Villepreux. La amaban los alumnos y la respetaban y amaban los demás. Ya habían pasado las risas y las burlas y las calumnias. Y, ahora, el Señor parece pedirle, como a Abrahán, que deje su pasado y que camine «al país que yo te indicaré». Que peregrine a los «santos lugares» de las heridas de los pobres enfermos. Y esta peregrinación requiere no poco desprendimiento. Abandonar rentas de prestigio, de caminos conocidos, de relaciones hechas, para internarse hacía un país desconocido y dificil. San Vicente ya le había enseñado, y lo había visto en ella, que hemos de hacer nuestras obras, más que por verlas hechas, para encontrarnos con el Señor y servirlo. Y que el Señor no necesita de nuestras obras ni de nuestras listuras, sino de nuestro corazón «y éste no lo quiere sino donde nos lo pide». Margarita estaba preparada. Había realizado un largo proceso de entrega amorosa en manos de la. Providencia. Fuera de casos especiales, nada grande se improvisa. El perseverante «sí» de ayer y el «sí» de hoy son el abono natural del «Sí» grande de mañana. Y Margarita había sido un perenne «fiat» al llamado de Dios. Estaba preparada para dar el salto y embarcarse en las apestosas bodegas de los más abandonados. Cuidarlos será, en adelante, su residencia.
Ella, que había gastado sus anos en obras de promoción de la juventud, ahora se internaba en obras de asistencia a los enfermos. Pero no organizó ningún congreso para discutir qué era más importante o más urgente. Ella sabía que lo más urgente y lo más importante y eficaz es aquello donde Dios nos quiere. Lo demás, todo lo demás, es fiarse de nuestro pequeño y adiposo ego antes que de Dios. Y Margarita había hecho un prolongado ejercicio de adelgazamiento. Estaba, humilde y dócil, en las cálidas manos del Señor «y no tenía otro plan que el de la gloria de Dios «.
«Lo aceptó en seguida con agrado»
Así lo dice San Vicente: «Le propuse el servicio de los enfermos. Lo aceptó en seguida con agrado, y la envié a San Salvador, que es la primera parroquia de París donde se ha establecido la Caridad» (IX, 203). «Aquella buena mujer, al oír que atendían a los enfermos en París, tuvo deseos de ir a servirlos. Hicimos que viniese, y la pusimos bajo la dirección de la señorita Le Gras y al servicio de los pobres enfermos» (IX, 234). «Entonces vino aquella pobre muchacha a ver a la señorita Le Gras. Esta le preguntó… si quería servir a los pobres. Ella aceptó de buena gana» (IX, 542). ¿Iniciativa de San Vicente o de Margarita o de Luisa? Primero, ¡iniciativa de Dios! Después, y por eso, no hay contradicción en que los tres tuvieran iniciativas consonantes y coincidentes. Margarita se internaba más adentro y más abajo en el cuidado de los pobres. ¿Hasta dónde se dejará llevar de la mano que la guía?
A las órdenes de las damas
Y Margarita fue a la parroquia de San Salvador a servir a los enfermos «bajo las damas» y en obediencia a sus disposiciones. ¡Cuántas difíciles y simultáneas obediencias! Obediencia a las necesidades de los pobres, a San Vicente, a Santa Luisa, a la presidenta de la Caridad y a ésta y a la otra dama. Casi me recuerda el humorístico inicio de la novela «Estupor y temblores» de Amélie Nothomb: «El señor Haneda era el superior del señor Omochi, que era el superior del señor Saito, que era el superior de la señorita Mori, que era mi superiora». Es seguro y normal que una dama quisiera las cosas de esta manera, la otra las exigiera de forma distinta y una tercera las pretendiera al revés. Pero no debemos equivocarnos: Margarita tenía una sola y unificada obediencia porque no tenía más que un Señor y ningún «otro plan que el de la gloria de Dios».
La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la gloria del hombre no puede consistir en otra cosa que en unirse a la gloria de Dios y, por lo tanto y ahora, en esforzarse para que el hombre tenga vida y vida en abundancia. Y este es el trabajo de Margarita: procurar la gloria de Dios procurando la vida de los enfermos. Esa es su sola obediencia. Y cuando obedece a este enfermo, a Vicente o a Luisa o a esta o la otra dama, sólo obedece a Dios. Y no es porque la voz de los superiores sea por naturaleza la voz de Dios, sino porque la voz de Dios se le muestra en los ecos de la voz de los superiores. Pero no cualquiera la percibe, pues es siempre oscura y crucificada. Hace falta un radar especial que sólo la fe vivida proporciona. Sin él, la propia razón se convierte en la diosa dictadora que pone a Dios a su servicio.
A Margarita le tocó vivir el misterio de la fe en el trenzado y difícil nudo de la obediencia. No es fácil descubrir en el crucificado al Hijo de Dios y, por eso mismo, no es fácil descubrir, en las disposiciones de los superiores, las indicaciones de Dios. Cuando asoma la ensangrentada cruz, la razón padece daltonismo y se inventa sabios colores más cómodos, y los defiende. Pero Margarita estaba lista; el Señor la había preparado -con su decidido consentimiento- para obedecerle sólo a él en las diversas obediencias a los demás. ¡No tenía más que un Señor y ella era su criada para servirlo en su miembros más dolientes y necesitados! Y Ellos, los crucificados por el hambre, la enfermedad y el abandono, eran los señores vicarios de su Señor.
«De buen grado y con pena»
Y la obediencia a su Señor la llevó de aquí para allá como a criada ante la indicación de sus dueños. «Era tan poco apegada a las cosas que cambió de buen grado, en poco tiempo, de tres parroquias, a pesar de que salía de cada una de ellas con gran pena «. Iba con gozo hacia los pobres que la esperaban, y le dolían los que dejaba. Dios quería su dulzura y su testimonio para alentar, aquí y allá, la esperanza de los necesitados. Y ella estaba dispuesta y obediente, como quien deja inmediatamente las redes para seguir a su Señor por donde él lo disponga… La gente «intentaba retenerlo para que no se les fuera. Pero él les dijo: También tengo que ir a los otros pueblos para anunciarles el Reino de Dios; para eso fui enviado» (Lc 4, 43). Así le sucedió a Jesús de Nazaret y así a esta su fiel seguidora llamada Margarita.
Primero fueron los enfermos de la parroquia de San Salvador, después, ¡y de nuevo!, hubo de volver a la enseñanza de la juventud en Villepreux, después, ¡y de nuevo!, a servir a los enfermos, pero ahora en las parroquias de San Nicolás du Chardonet y San Benito. Y todo, en el corto lapso de tres años. El Señor, ¿jugaba caprichosamente con su amiga Margarita o la quería preparar para la obediencia mayor de dar la vida?
En Villepreux, quienes se ocuparon de su trabajo -Germana, Laurent, Belin- hubieron de irse por distintas causas. Y San Vicente no tuvo otro remedio que pedirle a Margarita que regresara hasta que dispusieran de otra maestra. El 12 de octubre de 1631 Vicente la envía de nuevo a Villepreux. Con el gozo del reencuentro se mezclaban los misterios dolorosos de la obediencia realizada «de buen grado». Y así, en cada cambio.
«No podía rehusar nada»
«En las parroquias se mostró siempre tan caritativa como en el campo, dando siempre, cuando se presentaba la ocasión, todo lo que podía tener; no podía rehusar nada, y le hubiera gustado tener a todo el mundo en su casa». Su oficio permanente consistía en compartir lo que era y lo que tenía. El amor se muestra en lo que das, se vive en lo que te das, se mide por lo que te reservas. Y ella, como la viuda de los dos «lepta» (Lc 21, 1-4), no se reservaba nada. Y, porque todos tenían posada en su corazón, «le hubiera gustado tenerlos a todos en su casa». Así era Margarita: amor gratuito, alegre servicio y acogedor hospedaje.
«Tenía gran humildad y sumisión…, mucha paciencia y no murmuraba jamás». Es otra forma, con palabras de San Vicente, de decir lo mismo. Sin la humildad, la sumisión y la paciencia no podría desear «tener a todo el mundo en su casa», -«todo el mundo» significaba: todos los pobres- y ella no hubiera podido servirlos. Aparecerían la murmuración y las quejas, pues unos u otros eran desagradecidos o ineducados o faltos de detâlle o voraces. Les das la mano y te arrebatan el brazo. Margarita no tenía tiempo para fijarse en lo que los demás le hacían o dejaban de hacerle de negativo, sólo tenía tiempo para lo que ella quería hacerles por el amor de Dios y según sus necesidades. Ese era su secreto. No se preguntaba, ¿qué pueden o deben hacer los otros por mí?, ¿qué muestras de agradecimiento deberían darme? Sólo sabía preguntarse, ¿qué quiere mi Señor que haga por los demás?, ¿qué necesitan? Y la humildad, la sumisión y la paciencia fueron las alegres compañeras de su amor encarnado en servicios.
Como un pan para todos
«Todo el mundo la amaba, porque nada había en ella que no fuera amable «, dice San Vicente. Mas, ¿es acaso posible que alguien tan amable, humana y servicial no suscitara en algunos el deseo de tenerla para sí? En cualquier caso, ella, que amaba y servía a los muchos, no tuvo tiempo de enamorarse de ninguno. Lo mismo que daba a los necesitados lo que tenía, aunque ella padeciera necesidad, así hacía con su mundo afectivo. Porque tenía una gran pasión por su Señor y por los pobres, no le quedó tiempo para entretener las pequeñas
pasiones. Se debía a los demás y a su único plan de la gloria de Dios. Y no podía distraerse consigo misma. Le hubiera parecido un robo hecho a los pobres que la necesitaban más que nadie. Su gran amor la liberó, entre las predecibles luchas, de los pequeños enamoramientos, y la empujó al amor concreto a los menesterosos concretos. Dios le dio ese don de ser don para todos y -por eso- de no dejarse apropiar en la apropiación de alguien. «Si no fuese Dios el que realiza lo que se ve en vuestra vocación —explicaba San Vicente, ¿podría suceder que una mujer abandonase su país, sus padres y los placeres del matrimonio…, sus pequeñas comodidades, las diversiones con sus amigas…, para entregarse, en medio de la pobreza voluntaria, al servicio de los niños abandonados por sus parientes, de los pobres enfermos que se pudren en la suciedad?» (IX, 235). Sólo el amor de Dios pudo liberarla para el total servicio de los pobres. Y ella consintió poniendo su activa participación. En los testimonios que nos quedan, siempre la vemos libre, decidida, dueña de sí, emprendedora, servicial y unificada en la entrega radical a Dios para el servicio de los necesitados. Era una mujer de una pieza. Y «todos la amaban, porque nada había en ella que no fuera amable».
El Señor llamó, disfrazado, a su puerta
Margarita regresó de Villepreux y fue enviada a servir a los pobres a la parroquia parisina de San Nicolás; y lo hizo con el mismo celo que ya había mostrado antes en San Salvador. Pero, en esos días —estamos ya a principios de 1633- no pocos fueron alcanzados por la peste. Una joven mujer tocó su puerta. Estaba contagiada. Margarita la introdujo y la acostó en su cama o, como lo dice un texto. de San Vicente «se acostó con una mujer apestada y se contagió también ella» (IX, 542). Así de sencillo. El amor, a veces, no conoce la prudencia. Es posible que la pobre señora viniera tiritando de frío. Era el invierno sobre París. Margarita quiso arroparla. Y quedó contagiada. Al final, seremos examinados en el amor, no en si fuimos muy prudentes.
Los diversos testimonios de San Vicente sobre Margarita pueden producirnos sospechas de panegírico o de exagerada admiración. Pero, esta última entrega de Margarita confirma su autenticidad y su exactitud. No hay panegírico, hay verdad desnuda. «No hay amor más grande que el de dar la vida por sus amigos», dijo Jesús. Pero, ¡una entrega así no se improvisa! Supone una vida de continuo consentimiento y docilidad al amor de Dios. Ese amor llenó a Margarita y con él amó a Dios y los pobres. No le puso obstáculos. Y Dios amó a Dios desde la libertad de Margarita y Dios ejerció su gloria dando vida a los pobres a través de Margarita. Ella estaba preparada. Llegó el Señor, en aquella señora enferma de peste, y Margarita le dio posada y calor y cuidados. La amó con el amor de Dios que calentaba el hogar de su corazón. Y pagó el precio. Amó a los pobres «con el esfuerzo de sus brazos y el sudor de su frente». «No importa que muramos antes con tal de que muramos con las armas en la mano», decía su amigo y maestro Vicente. Nos gustaría amar así sin los costos que conlleva. Pero, no es posible. Y supone además, como nos lo enseña Margarita, una vida de largo entrenamiento.
«Con el corazón lleno de alegría»
«Contagiada de aquel mal, dio adiós a la hermana que estaba con ella, como si hubiese previsto su muerte, y se marchó a San Luis, con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dios «. Allí falleció, a finales de febrero de 1633, en el hospital de San Luis. Tenía aún 38 años. Todos la lloraron, pues todos la amaban. Pero ella, «con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dios», se fue al Hogar de la dicha, el que está hecho del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu. «¿Acaso es una desgracia para una esposa desterrada ir a reunirse con su esposo? ¿Es una desgracia para un viajero acercarse a la patria o para el navegante llegar al puerto?» (XI, 58).
Y los pobres, estoy seguro, la recibieron con especial fiesta. Y algo así le decían al buen Dios: ésta es la que nos mostró cuánto nos amas con el amor que nos tenía, y la que nos enseñó a amarte viendo cuánto te amaba ella. Y, gracias a ella, creímos que la Iglesia es la casa de los pobres y nos llenamos de esperanza.
«La que muestra el camino»
Y Dios la quiso de esta manera `para que fuese ella la primera Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos «, «la que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás, tanto para enseñar a las jóvenes, como para asistir a los pobres enfermos, aunque no tuvo casi ningún maestro o maestra más que Dios» (IX, 88).
Ella, con su vida y su entrega, «muestra el camino a las demás». Nos lo muestra a todos. Ese camino que es Jesucristo y que se anda amando y sirviendo a los pobres como él. La que nos enseña a meternos en la escuela de Jesús y a aprender del único Maestro. A la luz de su vida, me parece tan pobre la mía que le pido disculpas por oscurecer a su familia.
Y le digo en plural: Margarita Naseau, vaquera de Suresnes, hija del pueblo, amante de los pobres, virgen y mártir por amor a ellos, liberada y dócil, discípula de Dios, ¡ruega por nosotros!







One Comment on “Una flor llamada Margarita Naseau”
Gracias por tan hermosa y profunda biografía. Me ayuda mucho para un proyecto que estoy realizando de escribir un cuento para niñas y niños sobre Margarita Naseau.