Un hombre llamado Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de Paúl, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Varios Autores · Year of first publication: 1985 · Source: Tomado de Imágenes de la Fe, número 195, año 1985. Número monográfico dedicado a san Vicente de Paúl..

Preparado por los padres paúles José Mª Ibáñez, Fernando Quintano y Celestino Fernández.


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El 24 de abril de 1581, en Pouy, pequeño pueblo del sur de las Landas, nacía el profeta de los pobres de la «Epoca Moderna».

Esta vida ha marcado la historia… Y en primer lugar, la de la caridad y la de la Iglesia: «El ha cambiado casi totalmente el rostro de la Iglesia», declaró monseñor Enrique Maupas du Tour, el 23 de noviembre de 1660. Pero ayer como hoy, no se puede transformar el rostro de la Iglesia, renovar en profundidad sus actitudes sin una ex­periencia profunda de Dios, sin un conocimien­to genuino del hombre, sin una opción realista y encarnada por los pobres. Se olvida con frecuen­cia que este creyente, convertido de la «pequeña periferia» de sus intereses a la aventura histórica del Evangelio de Jesucristo, es, al mismo tiempo, un místico de la acción y uno de los hombres mejor informados de su tiempo. No hay, pues, por qué extrañarse de que en su tiempo los po­bres y sencillos le adoraran; los grandes le con­sultaran; los maestros de la vida espiritual le tu­vieran por un «hombre prudente y consejero»; los partidos se lo disputaran, sin conseguir nin­guno de ellos tenerle entre sus militantes.

De buscador de beneficios…

Vicente de Paúl es un convertido a través de los acontecimientos previstos, imprevistos e impre­visibles. Olvidarlo, seria desconocer la sana vita­lidad de este creyente lúcido que, por añadidura, tuvo la suerte de prolongar la andadura de su vida durante ochenta años, o sea, el doble de lo que llegaba a hacerlo la mayoría de sus contem­poráneos.

Este tercero de los seis hijos de Juan de Paúl y de Beltrana de Moras vive su infancia como un mu­chacho normal de su tierra. La vivacidad de su inteligencia lleva a sus padres, no desprovistos de ambición, a hacerle estudiar en el colegio de los capuchinos de Dax. Para contribuir a los gas­tos de su pensión, el juez de Pouy, señor de Co­met, le nombra preceptor de sus hijos. En 1597 comienza los cursos en la Universidad de Tou­louse, y el 23 de septiembre de 1600 es ordenado sacerdote por el obispo de Perigueux, Francisco de Bourdeilles, en la capilla de su casa de campo, hoy Cháteau-l’Evéque. Después de su orde­nación y de un viaje a Roma continúa sus estu­dios en Toulouse, donde obtiene el título de ba­chiller en Teología el 12 de octubre de 1604.

Cuando Vicente de Paúl entra por primera vez en París, en 1608, sigue encontrándose en la mi­seria. Desde hace ocho años, este sacerdote de la diócesis de Dax —errante por Burdeos, Toulou­se, Marsella, Aviñón, Roma— persigue la fortu­na, pero ésta parece huirle y reírse de él. Para esta fecha, dos de sus cartas (27 de julio de 1607, 28 de febrero de 1608), llamadas de la «cautivi­dad», podrían fácilmente cautivarnos, pero difí­cilmente podrían tranquilizarnos. Como otros muchos gascones, que abundan y «vegetan, agrupados en buhardillas, poniendo en común su arrogancia, su penuria y su suerte», Vicente encuentra alojamiento en la habitación de otro gascón, el juez de Sore, en el arrabal de Saint­Germain, quizá el arrabal más miserable y de peor fama del París de la época, e intenta buscar fortuna. El nombramiento de limosnero (1610) en el fastuoso palacio de la reina Margarita, es­posa repudiada de Enrique IV, no es suficiente para enriquecerle. La pobreza le impulsa a bus­car, como a tantos y tantos clérigos arribistas de su tiempo, un «honorable beneficio».

Si es cierto que lenguaje y experiencia son la mejor traducción de lo cotidiano, ello significa que en estos años Vicente, según el contenido de una carta escrita a su madre, anda atrapado en un proyecto de vida que le enclaustra cada día más en sí mismo. En definitiva, Dios no es para Vicente de Paúl, en esta época, más que un obje­to capaz de satisfacer la voracidad de su «nece­sidad».

Desde el hambre de quien vive en carencia, Vi­cente pugna por salir de sí en busca, sin saberlo, de su propia identidad, de su propia vocación. La relación personal con Bérulle, hombre de gran prestigio en el mundo eclesiástico y en el mundo político, le permite en 1612 ejercer por primera vez un ministerio parroquial en Clichy. El nue­vo párroco se siente «feliz». Pero de nuevo la influencia de Bérulle le hace dejar lá parroquia para introducirle en la poderosa familia de los Gondi, como preceptor de sus dos hijos mayo­res.

…A realizador de los «asuntos» de Dios

Al mismo tiempo que obtiene en el aspecto eco­nómico el deseo de sus sueños por la acumula­ción de beneficios y la entrada en la casa seño­rial de los Gondi, Vicente, entre 1613 y 1617, se agita en una «noche oscura» del espíritu. Para reestructurarse en su fe, se esfuerza en testimo­niar por sus actos que cree en estas palabras de Jesús: «Cuantas veces hicisteis un servicio a uno de estos pequeñuelos, a rilí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). Los servicios realizados en favor de los desdichados, en quienes Dios y Cristo están pre­sentes, apaciguan su espíritu y lo iluminan. En esta situación «sé decidió un día a tomar un resolución firme e inviolable para honrar más a Jesucristo e imitarle más perfectamente de lo que hasta entonces lo había hecho, que fue dar toda su vida por su amor al servicio de los po­bres».

El día que Vicente de Paúl se compromete con Dios en el servicio de los pobres encuentra al «Dios vivo y verdadero»; descubre el Evangelio de quien fue enviado a los pobres para proclamar un año de gracia del Señor. A partir de este día, Vicente de Paúl comienza a ser otro hombre. Dios cambia a este buscador de beneficio en el realizador de los «asuntos» de Dios: Hagamos los negocios de Dios, El hará los nuestros, confe­sará más tarde. Para ello será necesario que Dios se instale en su vida de acuerdo con las consig­nas teocéntricas recibidas de Bérulle.

De un testigo lúcido

El acontecimiento que Vicente de Paúl vive el mes de enero de 1617 en Gannes-Folleville le hace constatar el bloqueo espiritual de los po­bres, abandonados por un clero abundante, pero ignorante e ineficaz. Un campesino, que se mue­re tanto en su cuerpo como en su espíritu, decla­ra confidencialmente, después de haberse confe­sado con él, que sin esta confesión general se hubiera condenado. Esto compromete a Vicente de Paúl a predicar el 25 de enero de 1617 un sermón, el primero de la «Misión», en la iglesia de Folleville, para invitar al pueblo a hacer una confesión general. Durante los días posteriores continúa la misión, pero sin terminar de descu­brir su camino.

Sus aspiraciones de volver a la experiencia pa­rroquial, le empujan a abandonar el ambiente de la seguridad aséptica de que goza en la casa de los Gondi. Se lo comunica a Bérulle, que le asig­na la parroquia de Chátillon-les-Dombes. Un nuevo acontecimiento le hace vivir una de las experiencias más decisivas de su existencia: el 20 de agosto de 1617, la señora de Chassaigne le informa de que todos los miembros de una fami­lia, sola y abandonada, se encuentran enfermos y en la miseria. El 23 del mismo mes, reúne a las personas más comprometidas en la acción cari­tativa y funda una institución de laicos: la Cofra­día de la Caridad.

Los Gondi insisten ante Bérulle para que haga volver a su casa al antiguo preceptor de sus hi­jos. Este vuelve. Pero desde este momento las relaciones entre Bérulle y Vicente se enfrían y distancian. Por ventura y en compensación conoce a Francisco de Sales en 1618, y al año si­guiente a Juana F. Fremiot de Chantal, funda­dores de la Visitación (Salesas). Después de estos encuentros le confiarán, en 1622, la dirección de los monasterios de la Visitación de París. En lu­gar de Bérulle aparece en la vida de Vicente un nuevo consejero y director: «el santo y sabio se­ñor Duval», gran teólogo de la Sorbona, y un nuevo amigo, Juan Duvergier de Hauranne, abad de Saint-Cyran, entra en su vida.

La vuelta a la casa de los Gondi se realiza con una condición imperiosa por parte de Vicente: ya no será el preceptor de los hijos de la familia, sino el misionero de los colonos que trabajan sus in­mensas propiedades en diferentes poblaciones. Y ello porque ha comprendido que su porvenir se encuentra en el servicio continuo a los pobres. Durante los ejercicios espirituales que hace en Soissons y en Valprofonde, intuye que no le que­da otro camino para ir a Dios más que el de los pobres. Para dar cuerpo y continuidad a sus dos preocupaciones: evangelizar a los pobres del campo y asistir y misionar a los condenados a galeras, de quienes Luis XIII le nombra capellán general (1619), se rodea de otros compañeros. Todos ellos son también, como él, amigos de los pobres, e intentan ser al mismo tiempo hombres de Dios. El 17 de abril de 1625, en la residencia de la calle Payé, de París, los Gondi firman un contrato de 45.000 libras, que permite a Vicente de Paúl fundar la Congregación de la Misión (PP. Paúles).

En adelante ya no podrá dudar más de su mi­sión: los pobres son sus «amos», a quienes debe obedecer y servir, y sus «maestros», de quienes tiene que aprender. Antes, en 1623, con ocasión de una visita que había hecho a su familia, vol­vió a sentir los bacilos de su antigua dolencia: ayudar económicamente a su familia. Esta pre­ocupación invadirá continuamente su espíritu durante «tres meses». Pedirá a Dios que le libere de esta tentación. Al sentirse liberado, entra en «la escuela de Jesucristo» a través del «despren­dimiento». De esta manera podrá apoyarse más en Dios y compartir más con los pobres, «ya que un eclesiástico que tiene algo —declara a su fa­milia— se lo debe a los pobres».

Vicente descubre el sentido de los pobres, cuan­do se da a ellos y asume su propia pobreza. El sufrimiento que le causa su propia existencia, le lleva a percibir más profundamente el rostro de los desdichados, y esta percepción le hace ser un excelente testigo y un cliente privilegiado de los pobres.

…A un creyente comprometido y arriesgado

Este hombre libre y arriesgado va a orientar su vida, especialmente a partir de 1633, a unir la Misión y la Caridad para que la una sostenga a la otra, eso que se llama hoy la «evangelización de todo el hombre». Para llevar a cabo esta em­presa comprometida y profética, Vicente hará una llamada a ricos y pobres, sacerdotes y reli­giosos, hombres y mujeres, campesinas, burgue­sas y nobles. Todos tienen cabida y nadie es ex­cluido. Es cierto que la experiencia de «las Cari­dades» le convencerá de algo muy claro: para «amar a Dios con el sudor de nuestra frente, con la fuerza de nuestros brazos», a tiempo comple­to, sin condiciones y sin rupturas se requería jó­venes realistas, pobres o decididas a serlo, deseo­sas de darse a Dios en el servicio de los pobres.

Una vez más los acontecimientos hablan a Vicente de Paúl. En 1625, Luisa de Marillac (1591-1660) se había dirigido a él. De esta viuda sensible y atormentada en sú conciencia hará una colaboradora inteligente, preparada, capaz de interpretar y desarrollar la intuición vicencia­na de la Compañía de las Hijas de la Caridad a partir de 1633: una Compañía abierta hacia toda miseria que degrade al hombre.

De 1633 a 1660 la actividad y las obras de este hombre profundamente evangélico adquieren una fuerza y una dimensión desconcertantes. Puesto que por lo más íntimo de él mismo se ha comprometido con Dios en el servicio de los po­bres, también deberá forjar las instituciones que permitan a otros prolongar en el futuro la mi­sión de Jesús, evangelizador y servidor de los pobres. De ahí que organice las misiones (1625), los ejercicios para ordenandos (1626), la asocia­ción de la «Conferencia de los martes» para sacerdotes (1633), los seminarios (1644) para po­ner en práctica los decretos del Concilio de Trento, la reforma del clero y del episcopado. Al mismo tiempo comienza la obra tan necesaria y urgente de los niños abandonados (1638); lanza, de 1639 a 1655, una campaña de prensa para sensibilizar y concientizar a la opinión pública; orienta y organiza la acción caritativa en París y en las provincias saqueadas y devastadas por la guerra de los Treinta Años y de la Fronda. Por el dinamismo de su corazón y a través de los brazos de sus primeras Hijas de la Caridad, de las andaduras de sus primeros misioneros, el campo de acción vicenciana se extenderá por Italia, Irlanda, Escocia, Polonia, Argelia, Túnez, Madagascar. También por aquellas tierras pulu­laban los pobres y era preciso asegurar una pre­sencia viva y testimonial de la Iglesia en circuns­tancias difíciles para ella.

Mientras tanto su figura evangélica y moral se impone hasta permitirle entrevistarse con Riche­lieu, cardenal y primer ministro, para pedirle abiertamente la paz y tener acceso a la corte. Al final de la vida de Luis XIII, se encuentra a la cabecera de su cama (15 de mayo de 1643). Du­rante la regencia de Ana de Austria, ésta le lla­ma al «Consejo de Conciencia» (1643-1653), destinado a esclarecer al rey y a orientarle en el ejercicio de la más peligrosa de sus prerrogati­vas: el nombramiento de obispós y de beneficia­rios mayores. Ello indica su influencia en la ac­ción y reforma del «alto clero».

Durante la Fronda del Parlamento (1648-1649) se opone públicamente, casi agresivamente, al cardenal y primer ministro Mazarino. Durante la Fronda de los Príncipes (1651-1653), el 11 de septiembre de 1652, le escribe para pedirle que salga del reino, porque le juzga el causante de la guerra y de las miserias que ésta engendra en el pueblo.

Estas actuaciones complejas y arriesgadas —él las llamaba «pequeños servicios a Dios y al pue­blo»— son reveladoras de la actitud de Vicente de Paúl por encarnar y «hacer efectivo el Evan­gelio», por realizar el «reino de Dios y su justi­cia» en favor de los desheredados de la tierra.

Su muerte, acaecida lentamente el 27 de sep­tiembre de 1660, a las 4,45 de la mañana, en el priorato de San Lázaro, de París, hizo gemir a muchas personas. Esta muerte abría también la era de las purificaciones y de las idealizaciones: historia y leyenda tratan desde entonces de apo­derarse de esta existencia y de prolongarla en el fondo de las conciencias para impedir enterrar a los seres que todavía respiran.

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