Philippe Le Vacher (1662-1679)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, III.
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   El Sr. Philippe Le Vacher nació el 23 de marzo de 1662, en Écouen, diócesis de Paríos, de padres muy cristianos que se entregaron desde un principio a formar su corazón en la virtud.

El joven Philippe respondió perfectamente a los cuidados de que era objeto. Disposiciones tan felices comprometieron a sus padres a llevarle a estudiar para el estado eclesiástico, y fue probablemente por los consejos del Sr. Duval, pariente de ellos, confesor de san Vicente, la razón de enviarle a París al colegio de los Bons-Enfants, donde edificó con su piedad y su entrega al estudio. Por entonces, se enseñaba en esta casa no sólo las bellas artes sino también la teología.

I. –Su entrada en la Congregación. –Irlanda.

Más tarde se presentó con su hermano Jean a san Vicente para ser recibido en su congregación. El santo los admitió en el seminario interno, el 5 de octubre de 1643.

Después de los dos años de prueba, el Sr. Philippe Le Vacher fue admitido a hacer los votos, el 5 de agosto de 1646. Se encontraba en le Mans en octubre de este año, cuando recibió aviso de san Vicente que fuera a Nantes para ir a Irlanda.

No era entonces más que clérigo, y partió en compañía de otros siete misioneros  hacia finales de 1646. Al principio de su misión, fue probado por la disentería. A esta indisposición se unieron penas del alma y del corazón que le hicieron sufrir más: no por ello trabajó con menos constancia en compartir las obras de sus cohermanos en medio de la persecución. Tres años después, san Vicente habiendo llamado a Francia a cinco de los misioneros de Irlanda, el Sr. Le Vacher fue del número y llegó a París en el momento en que se conocía que el Sr. Dieppe había muerto en Argel el 2 de mayo de 1649.

En la urgencia que tenía la Misión de Argel de un misionero acostumbrado a las privaciones y a la fatiga, san Vicente puso los ojos en el Sr. Philippe Le Vacher, que no era más que diácono, y le mandó partir para Marsella para poder embarcarse en la primera ocasión que siguiera a su ordenación de sacerdote, que tuvo lugar en esta ciudad el 2 de abril de 1650.

II. –Argel.

Llegado a Argel hacia mediados de ese año, como misionero apostólico y gran vicario de Cartago, su apostolado fue señalado por las mismas obras que el de sus predecesores.

-El Sr. Philippe Le Vacher fue más tarde nombrado vicario apostólico de Argel, al mismo tiempo que su hermano lo era en Túnez. No podríamos precisar el año en que fueron honrados para este cargo, pero todo nos hace suponer que fue poco después de la llegada del Sr. Philippe Le Vacehr a Argel, habiéndose visto obligado san Vicente  a pedir que se renovaran los poderes concedidos tan sólo para cinco años. El Sr. Vicherat piensa en sus memorias que los dos hermanos fueron nombrados vicarios apostólicos en 1650.

III -.Apostolado entre los eclesiásticos.

Los eclesiásticos sobre todo fijaron la atención del Sr. Philippe Le Vacher, y caminando por las veredas de sus cohermanos, les prestó todos los servicios que dependían de él para sustraerlos a los rigores de la esclavitud; los vestía, los retiraba alguna vez a su casa y les hacía compartir su mesa  o proveía de un honroso mantenimiento. Varios, respondiendo a sus cuidados y agradecidos por la caridad de que eran objeto, se ponían a su disposición, para compartir sus trabajos con los cristianos; pero tuvo el dolor de ver a otros, insensibles a sus cuidados caritativos como a sus apremiantes exhortaciones, perseverar en sus desórdenes y con frecuencia no servirse de la libertad que se les conseguía más que para dejarse llevar a excesos más escandalosos. El misionero, informando a san Vicente sobre todos sus trabajos, de las reformas logradas y sobre las dificultades que encontraba  por parte de los eclesiásticos seculares o regulares, le contaba parte de sus vivas ansiedades, viendo el santo nombre de Dios blasfemado en esta tierra infiel, con ocasión de aquellos que, por el carácter augusto con el que estaban honrados, deberían haberle glorificado. San Vicente que conocía el celo ardiente de este misionero, que sabía que «tenía más bien necesidad de brida que de espuela», temió más de una vez que se dejara llevar  más allá de los límites de la prudencia.

Mientras contenía su celo dentro de los límites de la caridad cristiana, el Sr. Philippe Le Vacher vio los desórdenes llevados a tal exceso por algunos eclesiásticos, que tuvo que desplegar con ellos una parte de la autoridad que se le confiaba, para vengar el honor de nuestra religión santa y prevenir  en cuanto él podía el escándalo de los débiles. Se presentaron quejas  al gobierno argelino por estos indignos ministros; ante la exposición que hicieron de los tratos de que eran objeto por parte del vicario general, lograron interesar a estos infieles a su favor y suscitar contradicciones y afrentas a su superior. El Sr. Phelippe Le Vacher habiendo hecho un día el relato de sus penas  a san Vicente, de él recibió la respuesta siguiente (17 de octubre  de 1653): «Felices aquellos que sufren por la justicia; y vos sois doblemente feliz, si la ejercéis con suavidad, en espíritu de caridad, y nunca por pasión».

IV.— Apostolat envers les enfants.

Los niños aumentaban la compasión del Sr. Philippe Le Vacher, porque los veía más expuestos; también no sabía retroceder ante ningún sacrificio para arrancarlos de las manos de estos bárbaros. Sólo citaremos algunos ejemplos. Un muchacho de ocho años, educado en la costa de Provenza por un corsario, fue llevado a Argel. Caído en las manos de un maestro que le atormentaba cada día para determinarle a renunciar  a Jesucristo y a tomar el turbante, se temía mucho que cayera en la tentación. El Sr. Le Vacher apenas se vio informado del peligro que corría este niño, corrió en su auxilio, trató de su rescate y tuvo la suerte de librarle al precio de 1000 libras. Una vez en sus manos, fue embarcado en el primer navío que iba a Marsella, donde fue devuelto a sus padres desolados.

A este acto de misericordia añadió otros dos que demuestran su conmiseración por los esclavos que sabía que se hallaban en un peligro más próximo de perder la fe y su alma Tres jóvenes hermanas, originarias de Vence, en Provenza, habían sido secuestradas cuando meno se lo pensaban y conducidas  a Argel. A su llegada, puestas a precio como animales, una de ellas fue comprada por el gobernador, que la destinaba a aumentar el número de sus mujeres. Para ganársela más fácilmente, halagó su vanidad haciéndola revestirse con ropas magníficas; los esclavos, que la veían, la daban ya por perdida para la religión. El Sr. Le Vacher alarmado, por los ruidos que corrían en cuanto a la salvación de esta alma, no vio otro medio para impedir que hiciera un triste naufragio que rescatarla. El Señor bendijo sus esfuerzos y el bárbaro avaricioso no pudiendo resistir a la vista del oro, soltó a su presa por 1 000 libras. La caridad del Misionero se extendió por igual a las otras dos hermanas que no corrían peligros menores, y tuvo la suerte de darles la libertad por otras dos mil libras. Cuando estuvieron reunidas las tres, las dirigió a Marsella, donde publicaron todas las bondades de su bienhechor.

Además, san Vicente animaba a sus hijos a no interrumpir el curso de sus buenas obras, y no se cansaba de proporcionarles los medios de continuarlas. Sabiendo el triste estado en que se hallaban los pobres enfermos, envió varias veces para el hospital sumas que debía sobre todo a la liberalidad de la Sra. duquesa de Aiguillon.

V.— Apostolat envers les infidèles.

El Sr. Philippe Le Vacher no limitó sus cuidados a los cristianos, trató de convertir a los turcos y hasta a los renegados. Aquí necesitaba de una reserva muy grande aparte de que un celo excesivo le habría llevado a la hoguera y habría privado a los fieles de los consuelos de su ministerio. Tenía que respetar las sabias prescripciones  de la Sede Apostólica, que prohíbe provocar a los musulmanes a las disputas religiosas y niega el título de mártir a quien se buscara la muerte mediante indiscretas declamaciones contra Mahoma.

 

VI — Zèle.

Al Sr. Philippe Le Vacher le costaba mucho moderar su celo. Pasaba los dos tercios del año sin dormir casi por la noche, confesaba de mazmorra en mazmorra, y de casa en casa, a estos desdichados que no podía disponer de una hora de tregua durante el tiempo del trabajo; y por el día, descansaba en sus otras obras de caridad como la visita de los enfermos en sus casas  particulares y los cuidados que dedicaba a las familias de los comerciantes establecidos en la ciudad; de vez en cuando también iba a visitar al campo a sus queridos cautivos. Pero era sobre todo en las proximidades de Pascua y de las fiestas cuando su solicitud se redoblaba para procurarles el favor de participar en los santos misterios y disponerlos así a recibir las gracias de estas solemnidades. Entones los corazones más insensibles no podían resistirse a sus animadas exhortaciones y a la entrega absoluta con la que se ponía a su disposición para ganarlos a todos a Nuestro Señor. La actividad de su celo se hizo sentir también con los musulmanes y los renegados. Muchos, tocados con sus ejemplos se sintieron apremiados a conocer  y abrazar  una religión que inspiraba tales actos de abnegación de sí mismo algunos incluso que pertenecían a familias considerables, pidieron el bautismo. El Misionero entonces acordándose de los consejos de prudencia que había recibido de san Vicente, trabajaba con la mayor reserva: ocultaba en su morada a los recién convertidos hasta que se presentara una ocasión favorable de hacerles pasar a país cristiano, o bien esperaba a que se hallaran en el artículo de la muerte para conferirles el sacramento de la regeneración.

Cuántas conversiones cuyo recuerdo se ha perdido, pues el Misionero, por temor a que sus cartas fueran interceptadas, se veía obligado a callarlas o a no hablar de ellas más que con palabras encubiertas. Así fue como queriendo informar a san Vicente del regreso de dos renegados, se sirvió de la metáfora evangélica: Dios me ha hecho la gracia de recobrar dos piedras preciosas que se habían perdido; son de mucho precio y arrojan un brillo celestial.

Su abnegación constante edificaba incluso a los musulmanes que no se sentían agobiados de abjurar de sus errores  y a quienes circunstancias particulares llamaban a Argel. De regreso a su país, no podían por menos de manifestar  los buenos ejemplos de caridad de los que habían sido testigos; y llevaban a los jefes de sus gobiernos  a solicitar la venida de misioneros  parecidos a los de Argel y de Túnez.

 

VII — Sentiments de saint Vincent.

En sus cartas los Misioneros no se quejaban nunca de las fatigas, de las privaciones a las que estaban expuestos, de las afrentas que tenían que pasar por parte de los turcos, de la ingratitud  de que eran objeto a veces por parte de aquellos  a los cuales habían prodigado  los cuidados más tiernos y más continuados. «Por el contrario, asegura san Vicente, en una repetición de oración, en 1655; nosotros vemos que se encuentran contentos con sufrir y piden más, quieren todavía más sufrimientos; oh Salvador, pidamos a Dios que dé este espíritu a todo el cuerpo y el corazón de la Compañía, que nos haga el honor  de sufrir por él en algunos miembros de los nuestros».

Los trabajos, acompañados de las bendiciones más abundantes del cielo, consolaban a san Vicente y templaban el vivo dolor que le hacía experimentar la pérdida de un buen número de sus hijos que veía cosechados por la fuerza de la edad, por la peste, por los naufragios, las enfermedades en otros países, y las afrentas  casi continuas a las que los Misioneros estaban expuestos en esos países bárbaros. La generosidad del Sr. Philippe Le Vacher  le conmovía sobre todo profundamente. Decía de él un día:

«Es un hombre que es todo fuego, y que se expone hasta el punto que si se hubiera sabido lo que ha hecho, no debería esperarse a nada menos que a expirar en medio de los más crueles tormentos; y ello no sólo una vez, sino si hubiera tenido cien vidas, las hubiera perdido todas».

VIII. — Voyage à Paris.

Absorbido por las preocupaciones de un ministerio en el que no daba abasto. El Sr. Phlilippe Le Vacher se encontraba víctima de las graves alarmas por su cohermano el Sr. Barreau, de quien sabía que se hallaba metido en deudas cuyo cobro era cada vez más difícil, a causa de lo poco que le reportaba su cargo de cónsul en estos últimos años. Desde hacía algún tiempo, en efecto, casi todo el comercio había cesado entre las ciudades de la Provenza y de Argel debido a la avidez de Hamet Pacha quien,  con desprecio de los tratados concluidos  con la Regencia y de las capitulaciones reconocidas por la Puerta, hacía correr por los barcos franceses como por los de las naciones enemigas. Para sacar a su cohermano de embarazos y no exponerse él mismo a la brutalidad de los turcos, que no habrían deja do escapar sin hacerles compartir  la responsabilidad que hacían recaer, contra todo derecho, sobre el Sr. Barreau, se determinó a hacer el viaje  de París. La exposición que estaba a punto de hacer de la situación financiera del Cónsul, debía ser de tal manera que provocara recursos más abundantes por su completo desempeño.

Fue a primeros de agosto de 1657 cuando salió de Argel. Se dirigió a Livorno y llegó a San Lázaro a finales del mismo mes. Inmediatamente se puso a la obra para sacar los fondos que venía a solicitar; pero en esa época todas las bolsas estaban agotadas por los auxilios que las Damas y demás personas bienhechoras habían hecho llegar a las provincias desoladas. A pesar de todo le hicieron algunas promesas, le dieron algunas sumas escasas poco en relación de sus necesidades, y con mayor frecuencia sus esfuerzos multiplicados y sus solicitaciones más apremiantes no tenían resultados; La Corte misma no quiso comprometerse a nada. En este estado de cosas, no había otro remedio que recurrir a la caridad pública mediante una colecta organizada en todas las parroquias, para que no quedara por más tiempo comprometido el honor de Francia en la persona del representante de su Rey.

«El Cónsul de Argel, escribía san Vicente, con más tranquilidad de la que ha tenido entre los turcos, pero con mayor preocupación por lo que debe;  más nosotros todavía para encontrar con qué  desempeñarle. El Sr Le Vacher, que ha venido a Francia por ello, lleva de siete a ocho meses trabajando con un ardor sin igual, mas sin gran eficacia. Muchas personas, que sienten simpatía por nuestra Congregación, se han dedicado también y han obtenido permiso para hacer en todas las parroquias de París una colecta general, que produce más ruido que fruto; sin embargo existen motivos de esperar que la suma debida se alcanzará para Pascua, y que este buen sacerdote podrá volverse; y, después de liberar al Cónsul, remitirle a Francia».

A fuerza de solicitudes, la suma necesaria para liberar al Cónsul fue realizada por dádivas particulares y por el producto de la colecta general; desde entonces el Sr. Philippe se dispuso a partir.

Pero antes de seguirle a Marsella, no debemos olvidar una circunstancia de su estancia en París. Se encontró en una repetición de oración en que san Vicente, después de resaltar la excelencia  de la obra de la asistencia de los cautivos en Berbería, informó a la Comunidad sobre los trabajos  del Sr. Philippe Le Vacher, en Túnez. Vivamente enternecido por lo que decía su venerado Padre. el Sr Philippe Le Vacher no pudo aguantar más y se vio obligado a salir de la sala; viendo lo cual san Vicente, aprovechó para hablar también a los Misioneros de la entrega con la que se consagraba el Sr. Philippe a la salvación de los pobre esclavos. «Y, éste, saben ustedes muy bien  que se pasa cada año de siete a ocho meses sin dormir por la noche con el fin de oír las confesiones de los pobres esclavos, a los que va a buscar a los lugares a los que se han retirado, y pasa la noche con ellos, ya que esta pobre gente no tiene otro tiempo más que ése para confesarse, y los patronos no les permiten interrumpir el trabajo durante el día; es lo que me ha contado el Cónsul en varias ocasiones diciendo que si yo no le hiciera moderar sus vigilias, habría que temer que sucumbiera bajo el peso. Ahora, sobre esto les ruego que no le hablen, ni le digan que  lo que yo les he dicho de él; -tal vez haga mal en contarles esto; pero bueno, yo no podría dejar de contar el bien cuando lo veo».

IX. — Marseille. —Toulon. —Alger.

Fue en Marsella donde el Sr. Philippe recibió de san Vicente el aviso de no salir de esta ciudad hasta nueva orden. Aparte del proyecto de una nueva expedición a Berbería, que parecía estar dispuesto a ejecutar el capitán Paul, se acababa de conocer el encarcelamiento del Sr. de la Haye, embajador en Constantinopla, y el de su hijo, que había ido a suceder a su padre y se temía que el contragolpe de este suceso se dejaría sentir en Argel.

El Sr. Philippe Le Vacher entregó su tiempo a los galeotes, bien en Marsella, bien en Toulon, que duró más de lo previsto. Desde el año precedente (1657), Ibrahim Pacha había sucedido a Hamet Pacha en Argel. Su avaricia, como su odio contra los cristianos, le hacían mantener en los pabellones de todas las naciones una guerra a ultranza y más formidable todavía que la de su predecesor. Lo cual supuso un rompimiento casi absoluto de relaciones entre las costas de la Provenza y los Estados berberiscos.

Hasta su muerte, ocurrida el 27 de septiembre de 1660, san Vicente tuvo alguna esperanza que el capitán Paul se determinara a librar al Cónsul y a los esclavos franceses, y él seguía reteniendo al Sr. Philppe Le Vacher en Francia. Por último, el santo sacerdote se durmió en el Señor sin asistir a la realización de los deseos ardientes que tenía por la represión de la piratería. El Sr. Alméras, su sucesor, no contaba ya con la expedición contra Argel, hizo trasladarse, en 1661, a esta ciudad, al Sr. Philippe Le Vacher en compañía del Hermano Dubourdieu que debía reemplazar al Sr. Barreau en el consulado y liquidar todas las deudas.

X.— Retour en France.— Fontainebleau.

Después de arreglar todas las cosas en Argel, satisfechas todas las cantidades del Cónsul, salvo aquellas cuya injusticia habían reconocido los turcos, y entregado al Sr. Barreau un descargo por escrito, el Sr. Le Vacher volvió a Francia, llevándose más de setenta esclavos, que pudo rescatar, al menos en parte, con el plus de la suma que el Sr. Alméras le había enviado.

Fue el 17 de julio de 1662 cuando el Sr. Hguier sustituyó al Sr. Philippe Le Vacher para el vicariato apostólico de Argel, mediante un breve fechado ese día.

De regreso a Francia, fue enviado a la casa de Fontainebleau, de la que la Congregación había tomado posesión el 28 de noviembre de 1661. En acción de gracias por el nacimiento del Delfín y de la paz general que acababa de firmarse, Luis XIV había mandado erigir por Mons. el arzobispo de Sens el burgo de Fontainebleau en parroquia que había unido a la Congregación de la Misión, con el encargo, por el Superior general, de mantener allí a diez Misioneros para atender a la parroquia y al castillo, dar misiones en los lugares circunvecinos e instruir a la juventud. El Superior de los Misioneros, con dos o tres de sus cohermanos, estaba especialmente encargado de la administración de los sacramentos y del servicio de la parroquia, mientras que los demás se dedicaban a las demás funciones especificadas en el acta de fundación. El Sr. Philippe Le Vacher parece haber sido destinado a evangelizar a los pobres de los campos. Él se entregó a este trabajo mientras le permitieron las fuerzas consagrarse a esta clase de ministerio; su nombre figura raramente en las actas de bautismo de la parroquia, y tan solo a intervalos muy largos. La primera acta firmada de su puño y letra es del 20 de octubre de 1664, y la última del 6 de febrero de 1667. Acabó su carrera apostólica el 5 de agosto de 1679, a la edad de 59 años, después de recibir los sacramentos de Penitencia, de Eucaristía y de Extremaunción. Fue inhumado el 6 de dicho mes, en el coro de la iglesia, en lado de la epístola, entre el balaustre y la puerta de la sacristía, en presencia de toda la comunidad, –Memorias de la Congr. de la Misión; Argelia.

 

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