A pesar de los dos apellidos era francés y murió, a los 63 años, en Santiago de Chile, el 27 de junio de 1983. En Chile transcurrió toda su vida misionera vicentina.
Para el Obispo de Rancagua «el P. Pablo fue un hombre excepcional». Para los sacerdotes de Rancagua, que lo conocieron durante 14 años como Párroco de la Estrella, el P. Pablo fue un hombre trabajador y lleno de amor por los pobres. Excepcional es sin duda el calificativo que mejor retrata y da la clave para la vida del P. Pablo. Excepcional desde luego en el trabajo y en el amor a los pobres.
Había nacido en Laval (Depto. de la Mayenne) el 24 de Julio de 1920. Sus padres, Facundo González y Lucía López. (Pablo acentuaría a lo francés sus apellidos Gonzaléz y Lopéz, como habría de acentuar siempre el deje y el humor ingenioso de los franceses). Tenía además una mente ágil y una palabra fácil, (con una voz poderosa).
En «La vida y la Muerte de San Pablo de La Estrella» –descripción alegórica de su vida–, Pablo dice que «se ordenó de sacerdote en una ciudad incógnita llamada Dax». Fue un 5 de Abril de 1947. En Enero del año siguiente llegaba a Chile. El describe así su venida: «…un día mientras pescaba truchas en el río Sena, una ballena de grandes proporciones tragó el anzuelo, el sedal, la caña y al nuestro santo hasta las botas de goma. Lo llevó por el mar, pero San Pablo era un hueso difícil de roer y al final la ballena lo arrojó en la costa del Perú».
A Perú había ido desde Valparaíso donde trabajó como Vicario y Misionero durante 4 años (1948-1951). En Perú estuvo 7 años (1952-1958), desempeñándose como Profesor, misionero, Asistente y Superior del seminario menor de Cajamarca. «En ese país, cuenta él, fundó la ciencia de la apicultura. Pero los indígenas no lo recibieron bien porque pensaban que el humo con el cual manejaba las abejas iba a contaminar la atmósfera. Entonces planificaron matarlo. Pero su tiempo todavía no había llegado y se escapó…».
«En esta manera, San Pablo se trasladó a un país al fin del mundo que se llamaba Chile y allí fundó la gran ciudad de La Estrella» (por Marchigue).
Antes de ir a La Estrella (en 1969), el P. Pablo estuvo adscrito a la comunidad de Santiago (1959-1963) trabajando como misionero y de Vicario en la Parroquia de San Antonio de Padua (1964-1965, Obispado de S. Felipe) y de Profesor y Misionero en Pichilemu (1966-1968) .
Fue ciertamente en La Estrella –pequeña parroquia rural de la Diócesis de Rancagua– donde Pablo trabajó más tiempo y más a gusto. En la pared de su desolada oficina parroquial está el mapa de la región –en rojo las 10 «capillas» grandes y marcados los más de 100 caseríos; capillas y caseríos que él visitaba con celo misionero. A La Estrella dedicó lo mejor de su vida; fue su enamorado. Se identificó con sus gentes y se sintió realizado como sacerdote vicentino, viviendo entre campesinos como uno más de ellos, (arrinconados sus libros en 5 lenguas y dejada de lado su vasta cultura). Es edificante constatar el cariño con que año a año, va anotando el número de los bautizos, primeras comuniones, etc. y de las salidas misioneras. En los números se percibe, más que la mera constancia estadística, el amor de un corazón de pastor de almas.
Para vivir trabajó el huerto de la Parroquia, cuidó colmenas y crió animales. Nunca pidió nada a los campesinos ni aceptó ayudas. Para sobrevivir obtuvo la ayuda de la Comunidad y de la Fundación Perboyre, que siempre fueron generosas, con él así como el Obispo de Rancagua, aun sabiendo que las ayudas eran más para los otros que para él.
Su estilo de vida, en cuanto a su persona y a su casa parroquial, más que acomodado al de los pobres, era de un verdadero pobre. Escasez de recursos, inseguridades, rigores de pobreza. Su cuerpo iba endureciéndose y su espíritu templándose. La entereza de su carácter se hacía dureza cuando y con quienes detentaban la autoridad como poder, según su modo de entender. Se hacía cada vez más bondad en el trato con los pobres y los humildes, para quienes era todo corazón. Así, se hizo temer de unos y amar de otros.
Alegóricamente escribe de sí mismo: «En La Estrella se interesó mucho por los conejos. Desde su criadero los conejos cubrían el país como una plaga. Los indígenas, en un arranque de rabia, indignados como estaban, le cortaron las venas. Así nuestro santo y martir derramó su sangre». (Está aludiendo, sin duda, a la golpiza que recibiera (de veras de la policía) por salir en defensa de los derechos conculcados de algunos campesinos de su Parroquia).
Por diversas razones –también por la necesidad de pasar un rato con los buenos amigos– visitaba la gran Ciudad. Refiriéndose a estos viajes escribe: «Mientras estaba en La Estrella se desarrollaba una gran devoción a Santiago e hizo peregrinaciones regulares a su santuario ubicado más o menos ciento veinte kilómetros al Norte»… Su última peregrinación a Santiago la hizo el 15 de Junio de 1983.
Llegó con el P. Madrid, después de hacerse ver en el hospital de Litueche. Se sentía ahogar y le dolía el pecho. En la Clínica Boston le examinaron a fondo y le tomaron electrocardiogramas. Después del almuerzo se retiró a descansar a Macul.
Considerado por todos como hombre fuerte y sano –nunca antes había estado enfermo–, sólo él presentía la gravedad de su mal. En el bolsillo del pantalón llevaba notas como ésta: «AVISAR. En caso de crisis o de muerte: Soy Pablo González, Sacerdote Vicentino. 63 años. Grupo sangre O Rh+. Avisar Iglesia San Vicente, Alameda 1632… Gracias».
La crisis le sobrevino en casa, la noche del 17, y fue llevado de emergencia a la Posta Central. Aquí fue internado en «Coronarias. Cuidados Intensivos» (50 piso). Su corazón estaba fallando por infarto al miocardio, complicado con dificultades respiratorias. Su resistencia y la situación estacionaria del paciente hicieron abrigar esperanzas, durante varios días. Esperanzas vanas, pues a los 10 días, en la noche del 27, sobrevino el desenlace fatal. El Señor habría preparado ya una mansión para Pablo en el cielo y vino a buscarlo. O como el mismo P. Pablo había escrito: «el alma de San Pablo Gonzalis fue llevada a los cielos por un enjambre de abejas»…
El velatorio y los funerales se tuvieron en la iglesia de San Vicente (Alameda 1632) en la Fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo. El día de su onomástico se convirtió en su dies natalis para el cielo. La misa, exequial fue presidida por el Sr. Obispo de Rancagua y concelebrada por 24 sacerdotes –casi todos los de la Comunidad y bastantes de la Diócesis. La iglesia estaba llena. De La Estrella, en el bus de línea de la comuna, habían llegado autoridades, delegaciones y amigos que lloraban su muerte. El cuerpo de Pablo descansa en paz en la Cripta que la Comunidad tiene en el Cementerio General; su alma está sin duda en La Estrella –esa Lámpara de la nueva Jerusalém que es el Cordero (Apo. 21, 23).
Se me figura que el P. Pablo está celebrando, con su humor de siempre, la última línea de su alegórica autobiografía: «Todavía no fue declarado santo por los escasos recursos de la Congregación a la que pertenecía».







