Panegírico de San Vicente de Paúl (sr. de Boulogne, Obispo de Troyes)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Sr. de Boulogne, Obispo de Troyes · Year of first publication: Desconocido · Source: Anales españoles, 1899.
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Spiritus Domini super me, ut mederer contritis corde, ut praedicarem captivis indulgentiam, ut consolarer omnes In­gentes.
Ha reposado sobre mí el espíritu del Señor, y me ha enviado para curar a los de corazón contrito y predicar la re­dención a los esclavos, y para consolar a todos los que lloran.
(Isaías, LXI, 1 y 2.)

san-vicente-de-paul-y-pobresTales son los conmovedores rasgos con que el Salvador del mundo nos declara el fin y los resultados de su misión.

Que los filósofos orgullosos traten de alucinar a los pueblos con brillantes discursos; que los conquistadores se dejen llevar de la ambición de acumular laureles al mismo tiempo que ruinas sobre ruinas; la gloria del Salvador consiste en romper las cadenas, y su triunfo en consolar a los afligidos. Si ha de manifestar predilección a algunos, estos serán los pobres; si ha de manifestar su poder, será en favor de los desgraciados, y su Corazón no quedará todavía satisfecho si no deja tras sí ministros de su misericordia, los cuales, revestidos de su espíritu, servirán, de edad en edad, de pruebas y testigos del siguiente oráculo del profeta: «El es­píritu del Señor ha descansado sobre mí, para curar a los contritos de corazón, predicar la libertad a los cautivos y consolar a todos cuantos lloran».

A vista de esta sublime caridad, amados cristianos, ya habéis repetido el nombre del más perfecto héroe de la misma, como también su más tierno modelo, y vuestros corazones se dirigen a Vicente de Paúl; Vicente de Paúl, a quien Dios concedió, según las palabras del Espíritu Santo, «aquella grandeza de corazón, aquella alma tan generosa y expansiva, que se dilata corno las playas del ir», la cual no rechaza súplica alguna y atiende a toda clase de necesidades; atormentado por la pasión de hacer a los hombres, emprende, al mismo tiempo que declara guerra a todos los vicios, proporcionar socorros a toda clase de infortunios; se consagra así a la gloria de los templos como a la conservación de las casas rústicas; se le ve ser Misionero de las campiñas y el oráculo de los Pontífices; el catequista de los niños y el legislador del Clero; el último de la casa de Dios y el protector de las iglesias; y cuya solemnidad, por decirlo así, ha llegado a ser una fiesta nacional, donde la Religión y la Patria parece que se disputan la gloria de tributarle altos honores y sublimes elogios.

Cristianos, ¿qué esperáis oír de mí? ¿Es por ventura un discurso? ¿Una historia? ¿Deseáis saber el espíritu de las virtudes de este gran Santo, o la relación de sus acciones? ¿Qué? ¿será necesario acumular en este lugar las reflexiones a los hechos? ¿Será preciso limitarse a narrar las cosas, o a conmover y halagar más a los oídos curiosos que a interesar los corazones sensibles? La historia de Vicente de Paúl, hermanos míos, os es harto conocida: no sabréis dar un paso por esta ciudad sin encontrar por doquier las señales de la caridad y de su celo; y si las lenguas pudieran alguna vez callar, las piedras clamarían y anunciarían su gloria y su triunfo. Entreguémonos, pues, más a los movimientos de la oratoria que a los pormenores propios del historiador, o más bien, que el orador no se atenga a reglas, sino que procure sólo mover los corazones: esforcémonos en alabar a Vicente sin arte alguno, del mismo modo que él amó sin medida; procuremos, si es preciso, convertir en elogio suyo una parte de aquella unción superabundante de que fue penetrada su alma, y no pongamos término en manera alguna al sentimiento, así como él no la puso al celo y a la ternura.

¡Lejos, pues, de este lugar esos espíritus soberbios que sólo saben conmoverse con estrepitosas revoluciones e imponentes espectáculos! En el elogio de Vicente de Paúl no se halla cosa alguna que pueda atraer sus miradas. Concretándonos a los sencillos sucesos de su vida, tan ocultos como su ministerio; hallándonos siempre obligados a seguirle entre pobres, enfermos, presos, niños abandonados, débiles ancianos, madres desconsoladas y no pudiendo alabar una sola de sus virtudes sin al mismo tiempo un mal y una miseria, no sabremos ofrecerles esos brillantes rasgos que encantan, o esos grandes estremecimientos que causan admiración; pero ¡qué nos importa su indiferencia! ¡Hagámonos oír y responder de las almas misericordiosas! ¡Desgraciados de nosotros si temiésemos referir lo que kla caridad no tuvo reparo en practicar, y si nos olvidásemos alguna vez que esta reina de las virtudes lo engrandece y ennoblece todo, tanto en el orador que la en­comia, como en el héroe que la práctica!

¿De quién mejor podré ocuparme, ni qué cuadro más expresivo puedo presentar para mover los corazones y arrebatar la admiración de todos? No hallo otro mejor que el espectáculo de un Sacerdote sencillo, de cuyas manos sa­lían, a manera de grandes olas, larguezas más que reales; que fue en Francia, durante medio siglo, la caridad pública y la Providencia visible; que por sí solo erigió más monu­mentos de beneficencia que cuantos pudo concebir y crear el genio más fecundo, cuyo atrevido celo luchó constante­mente contra las apiñadas borrascas y los conjurados ele­mentos, y cuya caridad activa y previsora al mismo tiempo, abrazando juntamente el presente y el porvenir, corres­ponde en algún modo a la bondad, grandeza, magnificen­cia y omnipotencia divina.

Tal es el doble aspecto bajo el cual vamos a presentaros a Vicente de Paúl. Os lo mostraremos como bienhechor de su siglo, como bienhechor de las generaciones futuras, y no menos admirable en el ejercicio que en los efectos de su misericordia; grande por todas las generosas virtudes que adornaban su alma, más grande todavía por esos magnífi­cos establecimientos que le deben su existencia. En dos palabras: caridad de Vicente de Paúl y todo lo que hizo al practicarla; caridad de Vicente de Paúl y todo lo que obró para perpetuarla: tal es el plan del presente discurso.

Punto primero

La Providencia, que velaba de una manera muy parti­cular por la gloria de Vicente, le otorgó el privilegio de nacer sin antepasados; ya fuese que ella se complaciera en confundir la vanidad humana mostrándonos la más exce­Iente alma, educada en el seno de la obscuridad; ya fuese que tuviese el designio de enseñarnos, por medio de un gran ejemplo, que la fortuna no tiene la menor importancia cuan­do se trata del héroe que forma e inspira la Religión; ya fuese, en fin, que quisiese ciar nuevo brillo a las obras de Vicente, en la distancia que separaba el punto de donde partía, del término a donde debía llegar : en la humilde vivienda de un labrador nació aquel que llegaría a ser el ornamento de su siglo y el bienhechor de su patria.

No esperéis os refiera aquí el encadenamiento de los su­cesos por los cuales le guió el Señor desde su tierna infan­cia hasta colocarle en el santuario; ni cómo, caído por un accidente imprevisto en manos de piratas y conducido a playas bárbaras, llevó los hierros del cautiverio. Nada dire­mos del milagro con que el Cielo deshizo las cadenas de aquel que había de romper y suavizar más tarde las cade­nas de tantos otros; no me detendré en exponeros cómo en dos años de esclavitud se ensayó en su apostolado, ha­ciendo volver a su amo a la fe de sus padres, mediante la saludable impresión de los cánticos divinos. Pasaremos en silencio sus heroicos trabajos en la Parroquia de Clichy, donde sólo los resultados de su predicación igualaron a los efectos de su caridad, y en la cual, en menos de un año, restableció el culto divino y levantó un augusto tem­plo. Nada tampoco diremos acerca de él como pastor de un nuevo rebaño en Chatillon-les-Dombes,donde obró nue­vas maravillas y llevó a cabo en el espacio de seis meses la total regeneración de una Parroquia abandonada hacía me­dio siglo; todo esto podría servir de panegírico de algún otro, pero para Vicente de Paúl esto es el menor resplan­dor y destello que despide su magnífica corona; mayores objetos nos llaman la atención; dirijámonos con él a la ca­pital de Francia, adonde le llama la Providencia. Colocado en medio del torbellino de negocios y placeres, Vicente no descubre más que grandes desórdenes que remediar, y grandes escándalos para destruirlos. Ya Francisco de Sales le distingue; ya estas dos almas sublimes se buscan, se entienden y unen la una a la otra. Vicente, atraído por la dulce majestad que brilla en la frente del santo Obispo de Ginebra, cree, según dice, contemplar en él al Salvador del mundo conversando con los hombres sobre la tierra. Francisco de Sales descubre en Vicente el celo unido a la prudencia, la ciencia embellecida por el candor y el divino arte de gobernar las almas. El uno toma por regla y modelo al más santo de los Prelados, y el otro confía al más pru­dente y virtuoso de los Sacerdotes el Instituto de las monjas de la Visitación, con que acababa de enriquecer a la Iglesia, y los progresos que hizo en la piedad le probaron muy presto que depósito tan precioso no había podido ser con­fiado a manos más hábiles.

Mas, al tiempo que se aplica a tan nobles tareas, viénele al pensamiento un nuevo designio que le aqueja; ve que todo se hace en favor de las ciudades y que abundan en ellas las enseñanzas, mientras que los habitantes de las campiñas envejecen en la ignorancia y mueren sin apenas consuelo. Conmovido con tantos males, Vicente clama con el Salva­dor del mundo: «Me compadezco de este pobre pueblo, de este buen pueblo tan ávido de enseñanza como susceptible de virtuosas impresiones: miserear super turba?.» Toda su solicitud se dirige hacia los habitantes de las campiñas; pero ¿qué podrá hacer por sí solo para arrancar el velo de la ig­norancia que las envuelve? Habla, y multitud de incansables operarios vienen a ponerse bajo su bandera y unirse a su celo apostólico. Fúndanse también por sus cuidados esas Conferencias en donde se reúne en su derredor todo lo más notable del santuario por su saber y virtud. En ellas, Bos­suet preludiaba sus triunfos, y esta águila, joven a la sazón, se ensayaba en tomar su sublime vuelo y en llevar el rayo. «Vi­cente, dice este grande hombre, era como el alma de estas reuniones, donde esparcía a la vez la unción y la luz: pium coetuin animabat Vincentius.» En ellas fue donde, elevando sus ideas a la altura de sus sentimientos, precisó las Escri­turas en su sentido genuino, redujo la Religión a su espíritu primitivo, el sacerdocio a sus reglas sagradas y la predica­ción a su verdadero objeto. ¿Qué les decía, pues, este santo Sacerdote? Que era menester preparar con la pureza de la vida los grandes efectos de los discursos, y que la autori­dad de la virtud por sí sola, podía sostener la autoridad de la palabra; que la ciencia hincha, pero que la caridad edifica; que la elocuencia verdadera desdeña la elocuencia, y que, en fin, «la oración es al predicador lo que es el arma al ca­pitán y al soldado».

Penetrados de estas sencillas máximas, más instructi­vas que los libros, se veía salir a esos hombres de Dios, de este nuevo cenáculo, para renovar los trabajos, así como también las maravillas de los primeros discípulos. Como ellos, recorrían las pequeñas aldeas, partiendo el pan de la divina palabra en las rústicas moradas: circuibant per cas­tella; como ellos, sembraban por todas partes, y por todas partes recogían abundantes mieses. «¡Oh, cuán hermosos son los pies de los que andan entre montañas, anunciando la paz y predicando los bienes eternos!» Escuchad esos prolongados gemidos impulsados por la compunción; mirad ese santo estremecimiento que se refleja en todos los semblantes, esos penitentes postrados a los pies de los alta­res; esos pecadores endurecidos que se vuelven a sus casas, como aquellos de que habla el Evangelio, hiriéndose los pechos; esas irreconciliables familias que se juran amistad indisoluble: tales son los efectos de su celo, sustentados por los milagros de su caridad. Débiles oradores de las capi­tales y de las cortes, ¿qué somos nosotros, comparados con estos hombres apostólicos? Aparecen al público, y les sigue un gentío inmenso; hablan, y se convierten las muchedumbres. Vicente los envía a instruir a nuestros guerreros y recordar las buenas costumbres en el seno mismo de la li­cencia de los campamentos; cuatro mil soldados se encor­van bajo el yugo de la penitencia y hacen revivir las vir­tudes de las primeras .legiones cristianas. Envíalos a los pueblos de Cevenne, donde parecen hallarse acantonados el error y la insubordinación; al oír su voz, el espíritu de cis­ma se detiene, los rebaños descarriados abandonan sus falsos pastores, y caen por tierra, corno las de Jericó, las murallas de la herejía, al sonido de sus trompas evangéli­cas. Emprenden visitar los hospitales para sembrar en ellos la instrucción cristiana, no menos necesaria que los soco­rros del arte; ochocientos mahometanos no tardan en abrir los ojos a la luz y en abjurar de su falso profeta: ¡tan eficaz y poderoso es el celo unido a la bondad! ¡Tanto es el se­creto de la persuasión por el imperio de la virtud y por el atractivo del buen ejemplo!

Pero ¿qué son esas otras colonias que van a marchar Mara nuevos climas? Vicente ha levantado sus ojos, si­rviendo la palabra del Evangelio, y a lo lejos ha descu­bierto mayores frutos que recoger, una mies más abun­dante, en sazón de segarse. En Irlanda ha visto a los hijos de la fe, expuestos a perderla por la sugestión o la violen­cia. En Polonia y en Italia, a los pobres y apestados, reclamando a grandes voces ministros que les presten consue­los; en Túnez y en Argel, las víctimas de la opresión, bañando con sus lágrimas las dolorosas cadenas; en Madagascar, una comarca inmensa sentada en las sombras de la muerte, no aguardando más que operarios para la propagación de la luz evangélica. Grandes son estos males y estas necesidades; pero su alma es mayor todavía, y a todos ellos proveerá. En vano Cromwel jura perder a los católicos; el ano hipócrita podrá bien impedir que los Reyes socorran un Rey; pero ciertamente no impedirá que Vicente so­rra a los pobres. Inútilmente la tierra y el cielo, los hombres y los elementos, contrariarán su celo en la Misión de Madagascar; en vano por tres veces los obreros que envíe serán sepultados bajo las olas; Vicente no mandará a los vientos y a la tempestad; pero a pesar de los vientos y de la tempestad, enviará nuevos obreros; y si sus resultados no coronan sus esfuerzos, él probará al menos que el cielo puede trastornar sus empresas, pero no su valor; que su caridad es tan fuerte como la muerte y que el océano es menos indomable que invencible su celo apostólico. Aquae multae non potuerunt extingzare caritatem.

Cristianos: ¿qué conviene admirar más aquí, a Vicente, que sabe siempre hacer salir y hallar para cada necesidad hombres apostólicos, o a esos hombres apostólicos siempre fieles y dóciles bajo la dirección de Vicente? ¿Por qué se­creto, o por qué encanto sabía inspirarles tanta virtud y tanto valor? Ensalcemos hoy a esos mártires de la miseri­cordia, a la par que de la verdad; alabanza y honor mil veces a esos conquistadores que el lenguaje sencillo llama Misioneros. ¿Qué misterioso resorte animaba sus almas su­blimes? Si la beneficencia, si la virtud, si la sana filosofía valen algo sobre la tierra, ¿qué cosa hay más admirable que sus heroicos trabajos? Renunciar al descanso; atravesar los torrentes, mares y desiertos inmensos; darse a entender a hombres para los cuales es enteramente mudo el espec­táculo de la naturaleza; reunir sus errantes familias, buscar­los en el interior de los bosques, y seguirlos a lo más alto de los montes y alcanzarlos a través de los abismos; hacer, no obstante su inconstancia, que permanezcan en un lugar; amansarlos, a pesar de su barbarie; formarles a la vez un corazón, un alma, una moral, un culto, una patria; y todos estos esfuerzos admirables, sin esperanza alguna de interés y sin ningún otro aguijón que el ansia de procurar el bien pasar de los hombres… ¡Ciertamente, cristianos, algo de su­blime y de divino se encuentra en todo esto! ¿Cómo la tierra entera no se postra ante esos hombres o esos dioses? Que brillantes aventureros, con la doble ambición de la fortuna y de la gloria, hayan emprendido conquistar el mundo, nada hay en ello que no sea humano y aun vulgar; pero que haya hombres que se expongan a tantos peligros y se sujeten a tantos sacrificios sin otro estímulo que el amor a la verdad, sin otra esperanza que el martirio, esto es el milagro mayor del heroísmo humano, esto es el triunfo más hermoso de la Religión que lo inspira.

Después de ser el Misionero de los pobres, Vicente de Paúl va a mostrarse su tutor y su padre; en adelante todas las necesidades de los desgraciados van a ser necesidades de su corazón a los ojos de una caridad ordinaria, los pobres son hombres; a los ojos de Vicente de Paúl, parece que no hay más hombres que los desvalidos; mientras que él los encuentre en la tierra, no gozará ni de alegría ni de reposo; y sirviéndonos de su tierna expresión, esta será «su pesadilla y su dolor». Mas ¿qué hará para consolarse, y qué podrá hacer contra tanta miseria? Comienza por interesar en su obra a ese sexo débil, que parece haber criado el Cielo para la sensibilidad, y él, de su misma flaqueza, saca el estímulo más poderoso para la piedad y conmiseración. Reúne a su alrededor todo cuanto hay de más puro y celoso entre las mujeres cristianas, y forma esas reuniones de ca­ridad, cuyo modelo no había hallado en parte alguna; me­dio, sin embargo, tan eficaz y sencillo, que parece extraño que alguien no hubiera pensado en él antes que Vicente. En ellas es donde bajo los auspicios de Vicente se tratan, no los intereses políticos, sino los intereses de la humani­dad. Allí acude el pobre a exponer sus aflicciones, seguro de ser escuchado y atendido. Era necesario recoger a los huérfanos, rescatar a los cautivos y dotar a las vírgenes; precisaba buscar trabajo para la industria indigente, esta­blecer una escuela para los campesinos o sostener un hos­pital que se hallaba en estado precario; reparar las pér­didas causadas por un naufragio o por el rigor de las estaciones; levantar una casa pajiza consumida por las llamas, o bien retraer a una familia de la pendiente de su ruina; desde aquellas reuniones, como desde el centro de su cari­dad, todo lo dirigía y a todo proveía Vicente de Paúl.

No penséis, sin embargo, que estas nuevas Paulas, estas nuevas Marcelas que animaba el sacerdote santo, solamente se distinguiesen por sus limosnas abundantes; Vicente de Paúl les decía frecuentemente «que era menester servir a Dios con sus propias manos y con el sudor de su rostro»; que ninguna fatiga había de serles penosa, ningún servicio arredradas cuando la caridad reclamase sus cuidados y sa­crificios. ¡Qué cosa tan agradable era contemplar esa confe­deración heroica de más de doscientas ilustres señoras, que, fortificadas con el código de caridad que Vicente les dio, toman por teatro de su celo el Hotel-Diere de la capital; concibe el generoso designio de desterrar todos los abusos, de res­tablecer la disciplina y de hacer de esa morada, desgracia­damente tan temible para el pobre, la dulce esperanza del remedio de su miseria y el término feliz de sus postreros días! Sin duda regocijose el Cielo, como se extrañó la tierra, a vista del espectáculo de tantas mujeres fuertes que re­corrían de uno en uno los lechos del dolor, «humillando su alma—como habla el Espíritu Santo— delante de pobres y enfermos», disputándose cada una el ser la más activa y cariñosa, y, como nobles rivales de las sagradas vírgenes, mezclar con todos los socorros humanos los consuelos del cristianismo. ¡Ah, entonces pudo bien llamarse y con justo título, a dicho asilo del dolor, la casa de Dios! ¡Oh templo de su Caridad! Todo habla en él de su bondad paternal; el pobre no duda ya de su Providencia, y por vez primera desea morir allí, dichoso, en sus últimos momentos, de percibir, entre los cuidados consoladores de estas almas divinas, las primicias y fruición anticipada de la misericor­dia eterna!

Pero la caridad de Vicente no debía limitarse a socorrer las miserias particulares, por muchas, múltiples y grandes que fuesen. Es poco para él aliviar a familias sin número, a parroquias enteras; su caridad siempre en aumento, su providencia infatigable, diría yo, va a sustentar los Esta­dos. Presa de cinco diferentes naciones, que se disputan la gloria o infamia de devastarlas, la Lorena y el Barrois no son más que teatro de horror, donde se encuentra repro­ducido todo cuanto han llorado las lamentaciones proféti­cas. No sólo se halla en dichos lugares tristemente obscurecida la hermosura de Sión, todos sus caminos en luto, sus templos derribados, llorosos sus Sacerdotes y desola­das sus vírgenes, sino que también todas las crueldades se encuentran juntas a todas las profanaciones, y el conjunto de todos los males de la anarquía con todas las plagas de la naturaleza. Las llamas han consumido cuanto se ha es­capado de la espada; el contagio ha devorado lo que se ha librado del hambre; no se ve en las campiñas más que desiertos y en las ciudades ruinas; por todas partes hom­bres… restos de hombres, de niños espirando en el regazo de sus madres; de madres… ¡oh cielos! ¿Contaré aquí su horroroso sustento? ¿Qué limosnas, qué socorros o qué mi­lagros bastarán, pues, para atender a calamidades seme­jantes? ¿Quién contará, para repararlas, con bastante fuerza y valor, bastante poderío y riquezas? El pobre Sacerdote Vicente. Nuevo José, salvará este nuevo Egipto. Verdad es que no ha previsto los días de hambre y esterilidad, como el ministro de Faraón; no tenía, como él, ni tesoros reuni­dos, ni siete años de recolecciones en reserva; pero tiene más todavía; su celo a toda prueba, su caridad, que’ basta para todo, y los caudales de la Providencia, que nunca le faltaron. En vano se le objeta que no haría bien en soco­rrer a los enemigos del reino: Vicente responde que si la Lorena es enemiga de Francia, los desgraciados que ella contiene son amigos de Dios. Adornado de tan sublime sentimiento, les envía ministros de paz, que hacen brillar el estandarte de la caridad en esas regiones de discordia, y llevan la vida a ese dilatado y espacioso sepulcro. Mé­dicos y Pastores a un tiempo, curan y enseñan; coloca­dos entre los moribundos y los muertos para consolar a los unos y dar sepultura a los otros, aquí distribuyen orna­mentos para los altares, allí instrumentos para el trabajo, levantan a la vez las casas y los templos, y por todas par­tes se muestran doblemente dignos de Vicente. Más de veinticinco poblaciones consoladas le colmaron de bendi­ciones; respira la Lorena entera; y lo que no pudo empren­der el poderío de los Reyes, lo lleva a término Vicente de Paúl, sin más apoyo que su virtud, sin otro crédito que su apostólico celo.

Nada he exagerado, hermanos míos, en lo que llevo dicho; ¿y no os parece, por ventura, que me dejo llevar menos de la verdad que del entusiasmo? No extrañaría, cristianos, que os sintierais tentados a no darme crédito; ¿cuál será, pues, el exceso de vuestra admiración cuando sepáis que estos socorros no fueron momentáneos o limos­nas pasajeras, por las cuales el Sacerdote santo se señaló en estos calamitosos tiempos, sino que sostuvo por muchos años esta carga inmensa; cuando tengáis noticia que al mismo tiempo que invertía en estas regiones innumerables cantidades, partían tesoros nuevos para el Artois, el Maine, Angoumois y Berri, y que, al mismo tiempo que sus hijos repartían a manos llenas los tesoros de la misericordia, él acogía, socorría, alimentaba a los emigrados de Irlanda que huían de la persecución, a los refugiados loreneses que escapaban de la miseria, a las numerosas comunidades privadas a la vez de asilo y sustento, a legiones enteras de guerreros que, derramando su sangre por el Estado, el Estado los tenía olvidados; caridad, munificencia verdade­ramente inconcebible, y que parecerían fabulosos, si no atestiguasen su existencia monumentos auténticos, y si, por decirlo así, no tocásemos con la generación que es testigo de ella. Pero es necesario, sin embargo, acostumbrarnos a los milagros, porque males nuevos harán que se manifiesten nuevas maravillas. La Picardía se halla en grandes apuros y la Champaña ve renovarse en su interior los males de la Lorena, esto es, la guerra por de fuera y la guerra por dentro. Pronto comprende Vicente de Paúl que todo re­presenta la imagen de la muerte, que no se encuentra allí más que fantasmas hambrientos, que la angustia ha llegado a su colmo, y que un solo instante de dilación podía ser causa de males incalculables. Todo lo comprende; y a buen seguro que aun cuando el mal esté por encima de todo lo que puede decirse, el remedio no estará sobre sus fuerzas. Muy pronto pone en movimiento su piadosa asocia­ción; da prisa, insta, conjura; si sus discursos no bastan, hace hablar las lágrimas; cuantas más dificultades se le presentan, más recursos encuentra; se cansará el Cielo primero de des­cargar castigos, que Vicente de Paúl de dar, asistir, expender y repartir socorros. Durante más de diez años estas infor­tunadas provincias vieron renacer sucesivamente sus mi­serias; durante más de diez años Vicente de Paúl prodigó los socorros y multiplicó sus larguezas. ¿Por qué admira­ble industria podía aumentar incesantemente esos me­dios a proporción de las necesidades? ¿Dónde poseía ese secreto mágico de sostener esa contribución eterna que no falta a mal alguno, y que es suficiente para todas las mise­rias? Cristianos, en el tesoro de sus economías, de sus sa­crificios y de sus privaciones, en las privaciones diarias im­puestas a sus propios hijos, a los cuales, como a él, faltaba a veces lo necesario; en aquella atractiva dulzura, a la cual nada podía rehusarse; en un no sé qué arte divino de en­señar, de inspirar la misericordia; en un rio sé qué abandona y confianza en Dios, que jamás le engañaba; en un no sé qué poder inefable, no de multiplicar los alimentos para las hambrientas muchedumbres; no de convertir las piedras en pan, pero sí de multiplicar las almas caritativas, y de cambiar los corazones de los ricos y tenerlos , por decirlo así, en sus manos, como el Ser Supremo tiene en las suyas los corazones de los reyes.

Pero olvidemos, si es posible, todo cuanto ha hecho hasta aquí Vicente, y no aparecerá ni menos grande ni menos admirable. Lo dicho no es todavía más que «el comienzo de los dolores»; y para Vicente todavía no es más que un principio de trabajos y de gloria. Parece que el Cielo, para dar un espectáculo a la tierra, quiso aumentar entonces las miserias y calamidades, y se complació en igualar las nece­sidades a su compasión y ternura. Jamás se borrará de la memoria ese tiempo de aturdimiento y de vértigo nacio­nal, mezcla inexplicable de ridículas escenas y sangrientas catástrofes; tiempo de discordias civiles promovidas por los más descontentos, en las cuales cada cual, arrastrado más allá de sus propias intenciones, pasaba sin cesar, y a veces en un mismo día, de la insubordinación a la obedien­cia y de la obediencia a la revolución; en las cuales los me­jores espíritus marchaban ciegamente, sin saber adónde les impulsaban las pretensiones más opuestas; y en las cuales finalmente el Estado, conmovido casi en sus fundamentos, se agitaba en las convulsiones, tanto más deplorables, cuanto se ignoraba igualmente el origen del mal y la apli­cación del remedio: revolución extraña, la cual, por singu­laridad inaudita en nuestros anales, no fue menos calami­tosa en sus consecuencias que frívola en su objeto. Entre estas vagas agitaciones y tristes furores, a la vez tan crue­les y tan vanos, no tenemos que preguntar de qué lado se puso Vicente de Paúl. Hermanos míos, Vicente se puso de parte de Dios, del Rey y de los pobres; los pobres, que desgraciadamente siempre son víctimas de los grandes, en este tiempo mayormente pagaron con males lamentables sus fútiles pretensiones. Mientras maquinaban los prínci­pes, negociaban los ministros, los pobres desfallecían, to­cando a las puertas de la muerte. Nada se escapa a la vista de Vicente de Paúl: ve la multitud de inocentes confundi­dos en la proscripción con los culpables, la ciudad de las delicias sumergida repentinamente en un abismo de horro­res, y la princesa de las provincias convertida en un de­sierto de desolación y duelo. Conmuévense sus entrañas a vista de semejante espectáculo; se esfuerza en dirigir todos los espíritus hacia la paz, del mismo modo que los corazo­nes hacia la misericordia. Después de haber llorado al pie del Altar santo por las iniquidades del pueblo, va a gemir al pie del Trono por sus calamidades. El más humilde de los Sacerdotes se presenta con fortaleza santa delante de la Madre de su Rey, y mil veces más intrépido que dies­tro, y deferente con los cortesanos, le habla en favor de los pobres, con tanta verdad y valor como si se hubiera hallado, según dijo él mismo, en el tribunal del Divino Juez. ¡Hermosa y grande palabra! ¡Ah! no es, pues, cierto que sea débil la piedad, y que el menosprecio de sí mismo sea in­compatible con la grandeza verdadera. Mas ¿qué son los negocios de los pobres cuando se trata de los negocios del Estado? ¡Qué importa que el huérfano gima en el abandono y que la viuda perezca en la indigencia, a trueque de que la política triunfe, que el intrigante llegue a su fin y el ambi­cioso conserve su crédito y su puesto! Vicente, pues, ha hablado en vano, y los pobres sólo tienen a él por su salva­dor y su padre; a más de dos mil alimenta cada día en su propia casa; todos los días asiste por sus cuidados a catorce mil enfermos; el trigo faltará a los más ricos, pero no faltará a Vicente; lo que no tiene, lo pide prestado, lo que no puede hallar prestado, lo crea.

Allí muchos pueblos anegados vense socorridos al ins­tante; aquí provéense de Pastores las campiñas abandona­das; allá se erige bajo su protección un Monte de piedad, que pone en desesperación los pérfidos socorros de la ava­ricia; acá más de ocho mil jóvenes vense recogidas en el asilo de la virtud y libradas del peligro de la pobreza, que abre el camino para el crimen… ¡Maravillosa omnipotencia de la caridad de Vicente! ¿Qué más podremos añadir ahora para su gloria? Una gloria más grande todavía, cual es la de las cruces y pruebas, la de las calumnias de que es objeto y de las persecuciones que tiene que sufrir. Se le acusa de tener parte en las calamidades públicas, habiendo hecho tanto para prevenirlas y remediarlas; de favorecer los nue­vos impuestos, él, que tanto había gemido por los antiguos, ya tan costosos para el pobre; de fomentar la licencia de los cortesanos, él, que por su santa libertad con los gran des, se expuso a la desgracia de Mazarino, como diez años antes se expuso a la desgracia de Richelieu a estas imputaciones locas siguen los ultrajes, a los ultrajes los atenta­dos. Dos veces saquean horriblemente su casa; dos veces es insultada su persona; vese obligado a huir de Reunes y de Burdeos, y aquél, que ha salvado la vida a tantos des­graciados, hállase expuesto a perder la suya. ¡Cómo! ¿Y merecen los hombres, tan insensibles, que se les haga el bien a costa de tantos trabajos? ¿Y es posible que se dé tan horrible ingratitud? Efectivamente, hermanos míos. Y se la concibe, por poco que se reflexione sobre la perversidad humana. Pero lo que no se concibe es la dulzura imperturbable de Vicente entre tantas violencias; su resolución es vengarse por medio de nuevos beneficios; el partido que abraza es olvidar todos los agravios, para consolar y socorrer todas las miserias, y emplear, para obtener la gracia de los culpables, un crédito del cual jamás se quiso servir ni para sí ni para los suyos. «Dios mío — exclamaba un día Vicente de Paúl viendo al santo Obispo de Ginebra, Dios mío, si Francisco de Sales es tan bueno, preciso es que. Vos, Señor, seáis también muy bueno en Vos mismo! Consecuencia admirable; deduzcámosla también nosotros en este día, para gloria de Vicente. ¡No, gran Dios! no es sólo en los libros, ni en el espectáculo sublime de los cielos, donde es necesario aprender a conoceros, sino también en el alma del justo, en esas almas predestinadas y misericordiosas, a las cuales vuestra mano se complace en enriquecer; porque si la emanación es tan buena, ¿qué debe ser el principio de donde viene? y si la débil imagen es tan tierna y amable, ¿qué se deberá pensar de la substancia y del principio mismo?

No creamos, sin embargo, cristianos, que en Vicente de Paúl sólo hubo gran celo sin talento, y mucha bondad pero sin elevación. Lejos de nosotros este miserable concepto, no menos injurioso al genio que a la virtud, y que tristemente se complace en confundir corazones misericordiosos y sencillos. Por poco que se conoz­ca al santo Sacerdote que estamos ensalzando, no se igno­rará que sus conocimientos igualaban a sus beneficios, y que su genio no era menos sorprendente que su virtud. Y si no, decidme: ¿cómo llamaremos esa facilidad admirable a combinar los objetos más distintos, en dedicarse a ocupaciones las más opuestas, y pasar de unas a otras sin confusión en su multitud, como sin embarazo en sus dificultades. ¿Cómo nombraremos esa aptitud para elevarse y rebajarse a su vez, según los lugares que ocupa y las personas con quien trata, desde el hombre del pueblo al cual dirige, hasta el Monarca a quien asiste en sus últimos momentos; desde el hijo de la campiña con el cual habla sencillamente, hasta el Maestro en Israel, con quien habla el lenguaje de perfectos; desde el alma celestial, que dirige a las regiones más elevadas de la virtud, hasta el inveterado pecador a quien victoriosamente aparta del hediondo abismo de sus desórdenes? ¿Qué conocimiento no necesitaba para mos­trarse siempre superior a sí mismo, ya inspirase a sus alumnos los sentimientos dignos de su nacimiento, ya dirigiese a la virgen cristiana por los senderos humildes de la vida interior; ya gobernando una Parroquia u ocupando un lugar en el Consejo de los Reyes, ya resolviendo en sus Conferencias las más importantes cuestiones sobre el dogma y la moral; ya sea que, encargado cerca de Enrique el Grande de una espinosa negociación, se porte en ella con tanta ha­bilidad como buen éxito; ya sea, en fin, que combata los errores de su tiempo y quite la máscara a sus autores? ¡De qué talento tan singular no estaba dotado para atraer a sus discursos los primeros hombres de su tiempo, y obligar a decir al Príncipe de los oradores franceses que «cuando el santo Sacerdote hablaba se creía oír a Dios que se expre­saba por su boca!» No: el que tan bien sabía tratar los asuntos como las conciencias; que mezclaba tan bien la fortaleza con la dulzura, la actividad con la prudencia, el conocimiento de la Religión con el conocimiento del cora­zón humano; aquel a quien admiraba Richelieu, a quien es­timaba Mazarino, a quien honraba Conti, a quien consultaba el gran Condé; aquel a quien nunca salió mal una sola de sus empresas; que siempre supo conducir a su voluntad voluntades tan diferentes, y no sufrió equivocaciones en los consejos que dió ni en los medios que puso en práctica; este hombre, digo, no ha podido ser un hombre ordinario. Pero ¿qué hablamos de talento y de genio? Hermanos míos, Vicente tuvo el talento del celo y el genio de la misericordia; tuvo el talento de dar sin cesar y de no poseer cosa alguna, de privarse de todo para poder todavía dar; tuvo el don, no de hacer bajar del cielo el rocío y la lluvia, pero sí de suplir a la lluvia y el rocío, cuando el cielo los negaba.

No busquemos otra gloria, y en este día desaparezca toda otra hermosura a vista de la de su radiante caridad. No con­sideremos más que al único hombre cuyo amor por la po­breza igualó siempre a su amor por los pobres; que humilde a proporción que era más interesante, no se fiaba en sus pro­pios beneficios; y siendo nutricio de su nación, se disputaba hasta su propia subsistencia, y en el mismo tiempo que hacía correr por las cuatro partes del mundo el torrente de sus limosnas, todavía preguntaba a sus hijos si era verdad que mereciese vivir y comer el pan de los pobres, él, que nada hacía para ganar el suyo. ¿Lo habéis oído, Hermanos míos? No hacía nada para ganar el pan que comía. ¡Palabras sencillas, palabras admirables! Bien se puede decir aquí, con el gran Obispo de Meaux, «que ellas obscurecen los más excelentes discursos, y que era necesario no hablar más que este lenguaje». No, gran Santo; no, gran hombre; nada habéis hecho para ganar el pan, si pensamos en todo lo que todavía os queda que obrar. Vuestra gloria, vuestro triunfo singular e inmortal consiste en que los trabajos que bastarían para esclarecer muchas vidas ilustres, no son más que el ensayo y preludio de la vuestra.

Hasta el presente, hermanos míos, le hemos visto trabajar por el bien de sus contemporáneos; su alma inmensa se dedica también al servicio de las futuras generaciones. Ca­ridad de Vicente de Paúl y todo lo que hizo para practi­carla, era mi parte primera: caridad de Vicente de Paúl y todo cuanto hizo para perpetuarla: esta es mi segunda parte.

Punto segundo

Uno de los más grandes y más nobles privilegios de la caridad divina es ese sello de inmortalidad, con el cual aparece constantemente a través de los trastornos y vicisitudes de los tiempos. Al paso que las otras virtudes parecen sucum­bir con el cuerpo y desaparecer con las sombras de la vida, la caridad, siempre llena de vida y siempre augusta, se for­talece por la destrucción y triunfa de la muerte misma; lo cual hizo decir al Apóstol que la caridad nunca muere: caritas nunquam excidit. Estaba reservado para Vicente de Paúl experimentar más que otro santo alguno la verdad de dicho oráculo, mostrándonos su caridad, toda resplan­deciente de la doble inmortalidad del cielo y de la tierra. No bastaban a su corazón ni limosnas transitorias ni soco­rros que acabasen con su muerte; quiso dar a todo el bien que hacía una acción duradera y fecunda, luchar, por hablar así, contra los tiempos, y asegurar, en cuanto le fuese posi­ble, hasta las últimas edades, la felicidad de sus conciudada­nos. Vamos a verle abrazar, con su previsión activa, la pos­teridad más atrasada, y, dominando el porvenir, perpetuar el apostolado de su caridad, el ministerio de su caridad, los monumentos de su caridad y la poderosa influencia de su caridad.

Digo primeramente perpetuar el apostolado de la cari­dad. Al oír esto, cristianos, cada uno de vosotros ha re­petido el nombre de Sacerdotes de la Misión. Bastantes otros habían fundado Congregaciones para el cultivo de las ciencias, para el cuidado de la educación, para dedicar­se a las piadosas meditaciones de la vida contemplativa. Vicente concibe el proyecto de una tribu sacerdotal, que se entregará totalmente a la enseñanza de los sencillos y al apostolado de las campiñas, la cual, destinada por razón de su estado a las humildes funciones de la casa de Dios, se prohibirá el ejercicio del ministerio en las grandes ciudades, y, poniendo en la salvación de los pobres su objeto prin­cipal, mirará como accesorio todo lo demás. Merced, pues, a Vicente de Paúl, existe todavía en la Iglesia una Asocia­ción donde se prefieren las cargas a las dignidades, la po­breza a las riquezas, las virtudes modestas al resplandor de los talentos, y la utilidad a la gloria; una Compañía, en la cual los trabajos no podrán ser más grandes, ni menores las recompensas; una Congregación tanto más querida para la Religión y el Estado, cuanto que sirve a la una sin pretensión y al otro sin interés; una Corporación, en fin, que, sin despreciar la ciencia, prefiere la sólida, sencilla, usual, y popular práctica. ¡Designio admirable, que sólo Dios pudo inspirar! ¡Oh, cuánta grandeza se halla en esta sublime sencillez! ¡Cuán lejos está esta popularidad divina de la gigantesca hinchazón de la sabiduría humana! ¡Cuán sublime es, pues, esta Religión Santa, que hace, de lo más débil y obscuro, objeto de su primera solicitud! ¿Qué otra Religión se ocupa del pobre pueblo? ¿Cuál otra ha dicho jamás: «Dejad que se acerquen a mí los niños; bienaven­turados los pobres de espíritu? ¿Qué sabio, qué legislador se ha creído nunca destinado por estado y profesión a la instrucción del hombre ignorante y rústico? Propio es de la filosofía el sobresalir, el querer distinguirse, el concentrarse en cierto número de espíritus, que llama privilegiados, y creerse tanto más esclarecida cuanto más dista de la capa­cidad del vulgo. ¿Qué otra cosa es, pues, ésta, sino aque­lla ciencia orgullosa, de la cual se hallan excluidos casi todos los hombres, por su estado o por su ignorancia? Pro­pio es de la Religión dilatarse, extenderse y abrazar-lo todo en sus enseñanzas, como el sol lo abarca todo con su ex­tensa luz; su grandeza consiste en ser común a todos, y su sublimidad en ser de todos entendida. La verdad, dicen los filósofos, no se ha hecho para el pueblo; y esto precisa­mente nos prueba que su filosofía no es verdadera.

Pero Vicente de Paúl no creería haber hecho aún cosa alguna, si después de asegurar el pasto de la instrucción de las ovejas, no diera también la misma estabilidad y duración a la educación de los Pastores. No contento con haber establecido ejercicios particulares, donde los sagrados ministros vayan a recogerse y renovarse todos los años en la gracia de su ordenación, abre también para los jóvenes levitas perpetuos asilos, donde serán alimentados con la leche de la piedad, tomarán gusto a las sagradas letras y se probarán sus talentos y su vocación. Estas Escuelas ecle­siásticas, mandadas ya fundar por el Concilio Tridentino, bosquejadas en Italia por el gran Borromeo, se establecie­ron y consolidaron en Francia por Vicente de Paúl. Más de sesenta Seminarios se erigieron por sus cuidados, cuyo número aumentóse en lo sucesivo por una santa emulación; a él se deben principalmente esos preciosos establecimientos, ri donde se ha perpetuado hasta nuestros días el espíritu sacerdotal, donde han germinado virtudes tan ilustres, de donde han salido tantas lumbreras y cuyo restablecimiento puede por sí solo resucitar la Iglesia en Francia, consolarla en sus reveses y reparar sus pérdidas, que desgraciada­mente podrían ser irremediables.

Para extender y perpetuar estas dichosas cunas de fieles ministros, trabajó sin descanso Vicente en procurar a la Iglesia excelentes y virtuosos Prelados. Puesto en el Con­sejo de la Regente, y agregado al importante Ministerio im­propiamente llamado de Gracias eclesiásticas, puesto que en esto no hay gracia y que la eterna ley del más digno debe decidir la elección, Vicente no puso a la cabeza de las Dió­cesis más que oráculos y modelos. ¡Lejos del santuario esa medianía presuntuosa que quería invadir el patrimonio de los talentos! ¡Más lejos todavía esa ambición intrigante y atrevida, que no se avergüenza de usurpar el sagrado dere­cho del trabajo y de la virtud! En los hospitales, en las misiones, entre los catequistas humildes y laboriosos ope­rarios, busca Vicente el mérito modesto que debe ascender a las Sedes episcopales. Cuando se le habla de las preten­siones del nacimiento y de las distinciones de carne y san­gre, responde que la real dignidad del Sacerdote, como la de Melquisedec, no tiene necesidad de nombre y de ge­nealogía, y que los verdaderos antepasados del Obispo son sus talentos y virtudes. ¡Oh, si pudiera referiros en este lu­gar la lista gloriosa de todos los Obispos santos que fueron elegidos por su voto! Veríais a casi todos brillar por los dones de la munificencia, a casi todos adquirir inmortales derechos al reconocimiento de los pueblos, a casi todos autores de esas leyes sinodales que todavía son la honra de nuestra disciplina, y a casi todos enriquecer sus iglesias con esos establecimientos utilísimos, que, por decirlo así, no han dejado cosa alguna que hacer a sus sucesores. De este modo, por elección de Vicente, la Iglesia en Francia alcanzó nuevo vigor; así se fue formando poco a poco ese célebre Clero, digno del siglo más grande de la monarquía; así queda para siempre ese ejemplo de la omnipotencia del dispensador de las sagradas dignidades, que parece tener en sus manos los dos incontrastables principios: de la resurrección y de la ruina; recompensa la virtud, y se multiplican las virtudes ; olvida los talentos, y mueren los talentos; y tiene tanto po­der para renovar el santuario, que parece mandar en él, como el Eterno manda en el Universo con los grandes mó­viles del temor y de la esperanza.

Siendo esto así, ¿cómo los mismos resortes no producen las mismas ventajas? Y por ventura, este Clero, en otro tiempo tan admirado y después privado de su grandeza, animado ahora con semejante medio, ¿no volvería a levan­tarse con honor y con gloria? ¿Qué momento más favora­ble puede darse, para entregarse a una dulce esperanza, que el presente, en que reina tan feliz y perfecto acuerdo entre el sucesor de San Pedro y el sucesor de San Luis? ¡Estré­chese, pues, más y más este sagrado lazo, tan propio para afianzar el poder mutuo y la prosperidad común! ¡Tenga fuerza bastante este nuevo convenio entre la Corona y la Tiara para conciliar todos los intereses, volver a los altares su primitiva dignidad, dar al trono nuevas columnas, a la moral nuevos defensores, a la impiedad nuevos diques, nueva vida a Francia, y, en fin, tenga virtud de comunicar al Rey y a su augusta prosapia nuevas gracias y bendiciones fecundas!

Después de haber continuado el apostolado de su cari­dad, Vicente de Paúl trabaja en perpetuar el ministerio. Por desgracia mueren los bienhechores de la humanidad, pero la miseria jamás muere. Vicente legará a la posteridad una nueva Congregación, ornamento inmortal de la Iglesia cató­lica, una Asociación de heroínas cristianas, de la cual no será menos su inventor que su fundador; en ella hallarán los po­bres y desvalidos siervas, hermanas, madres cariñosas que jamás les faltarán. Se verá, pues, a las Hijas de la Caridad desempeñando a la vez los oficios de María y de Marta, mezclando felizmente la actividad del celo con el recogimiento santo de la vida contemplativa, practicando en medio de la sociedad las virtudes pacíficas del claustro, y juntando a la severidad más grande para consigo mismas la más tierna compasión para con los afligidos. ¡Oh singulares y conmove­doras maravillas de la piedad cristiana! ¿Podremos admirar bastantemente esa inalterable paciencia y magnánima for­taleza para superar todos los disgustos que parecen inven­cibles, y esa abnegación heroica entre los objetos que con­mueven los sentidos, y el enérgico valor que hace triunfar de la misma compasión que las anima? ¿Qué fuerza desco­nocida sostiene a ese sexo delicado? ¿Qué mano las defiende y aparta lejos de ellas los males que tratan de aliviar? ¿Por qué milagro salvan su vida del mismo modo que su virtud? ¿Es tal vez una columna protectora que camina ante ellas? ¿Es acaso un rayo de la gloria divina que resplandece a su vista? Los escritos públicos nada dicen de su valor habitual; no ensalzan ese continuo sacrificio de día y de noche; ¡ben­dito sea por esto el Cielo! Luego es cierto que existen almas sublimes, para las cuales obrar tanto bien es como un deber común y ordinario, del cual nadie se ocupa. Todo por Dios, todo por la virtud: nada por el amor propio, por el interés, por la fortuna, por la buena opinión. ¡Hijas respetables, oh Hermanas, mis venerables Hermanas, pues el sacerdocio os adopta, vosotras sois nuestras colaboradoras y colegas, dispensadoras augustas de la caridad; recibid hoy el tributo de reconocimiento que la humanidad os debe! A vosotras se os permite ser tan humildes y modestas como útiles y generosas; pero ¿nos sería permitido a nosotros ser ingratos? ¿Podríamos olvidar el sacrificio perpetuo de vuestra libertad, de vuestro descanso, de vuestra misma vida, y arrebatar así a la piedad su ejemplo más conmovedor, como a Vicente de Paúl su más hermosa corona?

Pero démonos prisa a referir sus obras, puesto que nuestro héroe no cesa de edificar y emprender otras nuevas.

Adornado siempre del espíritu de caridad, que jamás muere, concibe el proyecto sublime de dar a cada clase de miserables un asilo seguro, y de continuar los monumentos de su misericordia, como la fortuna perpetúa sus rigores y la naturaleza sus enfermedades. Veo en primer lugar, entre los desgraciados que mueven su piedad, a esos forzados culpables, que parece hacer indignos de la compasión pública el crimen mismo que les ha puesto las cadenas. Se acuerda de ellos, a ejemplo del Apóstol, como si estuviera encadenado con ellos, tamquam simul vineti; su corazón le ha transportado ya a los tristes lugares donde se encuentran encerra­dos. ¡Oh Dios! ¿Son estos lugares una prisión, o más bien un extenso sepulcro? Ve hombres, para los cuales el hambre, la desnudez, los bárbaros tratamientos, no hacen de su vida entera más que una lenta y cruel muerte; ve desdichados, que sólo conocen a la humanidad por la rabia que tienen a sus semejantes, que entienden el sentimiento por el dolor, y a Dios sólo por las blasfemias. A vista de tal espectáculo, amargas lágrimas corren por sus mejillas, y en los transportes santos de su alma oprimida promete al Cielo y a la tierra no perdonar nada para proporcionar al­gún consuelo a semejantes infelices; interesa en favor de ellos todas las almas tiernas y piadosas; solicita el valimiento del General de las galeras; pide socorros al Gobierno; re­clama altamente en favor de ellos los sagrados derechos de la Religión, que han echado al olvido, y de la humanidad que han ultrajado. Prepárales un asilo nuevo, más saluda­ble y más seguro; les envía ministros de paz que, no con­tentos con enseñarles a usar bien de las penas, trabajan con constancia en suavizárselas. Su corazón no quedaba aún satisfecho; lo que emprendió en la capital lo ejecutó muy pronto en las extremidades de Francia. Luis XIII, movido por los grandes bienes obrados por su celo, le nombró Ca­pellán General de las galeras; ¡dignidad nueva, grande y magnífica superintendencia, digna de ser creada para Vicente de Paúl, como Vicente de Paúl había creado una nueva misericordia! Ufano con un título que no le daba más que penas y que sólo le proporcionaba fatigas que de él sin cesar se originaban, partió para los diferentes puertos del Reino. Se le ve sucesivamente en Bayona, Marsella, Bur­deos, volar sobre esas prisiones flotantes y esparcir en ellas toda clase de saludables instrucciones, juntamente con toda clase de auxilios, como encuentra toda clase de males, juntos con toda clase de crímenes. ¡Cuál debió ser la sorpresa de estos tristes forzados cuando se les presentó Vicente por pri­mera vez, cuando vieron a este venerable Sacerdote, a este ángel del Cielo penetrar en sus obscuras moradas, tocar la paja húmeda que les sirve de cama, levantar sus pesadas ca­denas, ir de uno en uno para escuchar sus quejas y derra­mar en sus almas afligidas el bálsamo precioso de la resig­nación y de la paciencia! ¡Supremo poder de la caridad de Vicente! Los más desesperados se arrojan en sus brazos, le llaman su padre y le proclaman su amigo; esas almas endu­recidas, tanto por la enormidad de sus maldades cuanto por el exceso de sus tormentos, se abren a la compunción y se reducen a la virtud; y sus tiranos implacables se enterne­cen por primera vez; pues es sabido que después de la im­punidad no hay injusticia más grande que la extrema justi­cia. No diremos aquí que Vicente llevó las cadenas de un forzado que quería tornarse a sil familia. ¿Por qué aducir hechos menos ciertos en un discurso en que al orador no le queda lugar para referir las maravillas más auténticas, y en el cual, para ser elocuente, no necesita más que ser veraz? No es absolutamente cierto que para librar a un forzado se privase de su propia libertad; pero sí que es indudable que sus cuidados, su tiempo y su vida entera estuvieron, como uno de sus principales objetos, consagra­dos a la asistencia y alivio de estos desdichados, y no se creyó desobligado para con ellos hasta que les proporcionó saludables instrucciones, tan duraderas como los mismos socorros, les asignó fondos para misiones perpetuas; su ca­ridad, viviendo en lo venidero, les levanta en Marsella, del mismo modo que en la capital, un edificio para su alivio y solaz, y, en fin, con una real dotación obtenida por sus di­ligencias, da consistencia a esos asilos consoladores, donde sus hijos continúan aún los prodigios de su misericordia y nos ofrecen cada día el más hermoso de los espectáculos: el crimen consolado por las manos mismas de la virtud.

Mas, óyese un gran grito en Rama: Vox in Rama audita est. ¿De dónde vienen esas voces lastimeras y esos tristes acentos: ploratus et ululatus multus? ¿Serán, por ventura, todavía los gemidos de Raquel, inconsolable por haber perdido, a sus hijos? ¿Serán aún los gritos de los crueles raptores que acaban de arrancar los tiernos infantes de los brazos de sus temblorosas madres? ¡Por desgracia, las mis­mas madres son las que sacrifican tristemente a su honor perdido el fruto de sus entrañas! ¿Podremos escuchar sin estremecernos el estado a que se encuentran reducidas esas víctimas de la vergüenza y del crimen? Expuestos esos tiernos infantes en las plazas públicas, vendidos a bajo pre­cio, confiados a manos mercenarias que los destinan a usos inhumanos, sepultados con frecuencia palpitando todavía, siempre inciertos de su suerte y abandonados a la ventura, perecen sin remedio de hambre y de miseria. ¿Cómo la po­licía toleraba tales maldades o tales crímenes? ¿Cómo la hu­manidad, a vista de esto, no se indignaba? ¿Cómo la Reli­gión no fulminaba contra tales horrores todos sus anate­mas? ¿Cómo la patria misma, interesada en recoger estos infortunados, los miraba con indiferencia? Vanas cuestiones, cristianos, cuando nos quedan otras más arduas que resol­ver. ¡Ah! Pensemos más bien cómo a la grandeza de tantos males Vicente de Paúl supo llevar la grandeza del remedio; cómo muestra para con sus pobres niños un corazón mil veces más tierno que el corazón de sus madres; cómo, mien­tras que la humanidad y la naturaleza nada hablan por ellos, él supo buscarles a la vez tantas manos que les ali­mentasen; cómo, en fin, fue asaz afortunado para abrirles este respetable y magnífico asilo, cuya sola idea había sido desconocida antes de él, y del cual no se hallaba cosa se­mejante en pueblo alguno, y que él solo bastaría para in­mortalizar su memoria.

Pero ¡cuántos obstáculos y contrariedades surgieron a la vez contra una empresa tan útil e importante! ¿Qué es lo que veo? Aumentada la licencia de las costumbres, y con ella el número de estos niños abandonados; nuevos males traen consigo nuevas necesidades; acábanse los recursos de la caridad, el primer fervor se resfría. Aquellas mujeres generosas, cuyo celo antes Vicente tenía más bien que contener que excitar, se arrepienten al fin de haber emprendido tanto; por primera vez estas grandes almas le faltan. Vicente mismo, Vicente, acostumbrado a emprender lo imposible, siente conmoverse por las dificultades. ¿Qué digo? Mientras todo parece desesperado, él espera enton­ces, y la imposibilidad misma se tornará para él en recurso. Convoca en el primer templo de la corte al consejo general de estas heroínas cristianas, y allí, levantando de repente la voz como inspirado de lo alto, elocuente sin pretender serlo, mezclando felizmente a lo patético de un movimiento inesperado toda la autoridad del ministerio santo, les propone pronunciar la sentencia de estos niños: «de ser sus madres o sus jueces, y decidir al instante sobre su vida o su muerte.» Conmovidas a vista de semejante alternativa, y sin poder resistir a la virtud con que hablaba, no supieron responder más que con lágrimas. Vicente, en efecto, ha triunfado; toda su alma ha pasado a las entrañas de ellas; la obra de Dios se ha concluido rápidamente; todos aquellos niños quedan recogidos sin distinción y sin reserva, siendo proclamada con solemnidad la fiesta de su feliz adopción.

Vicente podrá dar ahora curso libre a su ternura. ¡Qué de medios va a probar para sustentarlos con poco gasto, distribuirlos en las campiñas, favorecer su insensible des­arrollo y proporcionar suave temperatura a sus cuerpos delicados! ¡Cuántos sinsabores y asiduos cuidados para ve­lar por su educación, dirigir su alma hacia el bien y ense­ñarlas a cultivar a la vez los talentos y la virtud! Me com­plazco sobre todo en contemplar a Vicente de Paúl con sus blancos cabellos recogiendo en sus brazos a esas cria­turas inocentes, estrechándolas contra su seno, inclinándose sobre ellas, a ejemplo de Eliseo, y, como él, aplicando sus manos a las manos de ellos, sus ojos a los de ellos, y repetirles en estos vivos y dulces abrazos aquellas palabras del profeta: «Aunque vuestra madre os haya abandonado, yo jamás os abandonaré.» ¡Gran Santo! yo correspondo a vuestros paternales sentimientos celebrando vuestros tier­nos cuidados por estas inocentes víctimas; paréceme que con sólo nombrarlas se reaniman vuestros sagrados restos y palpita aún ese gran corazón, donde se refugió toda la ternura maternal. ¡Oh si los pudiéramos reunir todos en este templo! ¡Oh si pudiéramos reunir alrededor de vues­tro altar todas las cunas de estos nuevos Moisés! Sin duda alguna que sus acentos lastimeros y sus gracias ingenuas hablarían aquí con mayor elocuencia que nuestros insigni­ficantes discursos, y todos esos trofeos de la misericordia, mil veces más brillantes que los de la victoria belicosa, pondrían el colmo al elogio de la caridad creadora que de ello en siglo traerá millares de niños a la Religión y otros ‘linares de apoyos a la patria: Ex ore infantium et lactentium perfecisti laudem.

Pero otra obra más grande aún estaba reservada a su ternura: ¿Qué es ese espacioso monumento, cuyo solo nombre inspira igualmente el horror y la lástima, y que sucesivamente desgarra el alma y la enternece, y en donde se produce el mal bajo sus aspectos más tétricos y el vicio bajo sus formas más odiosas? Por estos rasgos todos vendréis a reconocer el Hospital general de esta Corte. ¡Quién podrá sondearlas profundidades lamentables de este abismo de miseria, degradación e infortunios! Aquí se hallan encerrados esos ociosos farsantes que sorprenden la compasión pública; aquí esos hombres, más infelices que culpables, que han sido arruinados por la fortuna o la imprevisión; aquí esos jóvenes víctimas del error, a quienes un momento de debilidad los ha precipitado en el abismo; aquí esos monstruos de perversidad, que, por su permanencia habitual en el crimen, han perdido hasta el triste consuelo de los remordimientos. Por una parte esos furiosos privados de razón, privados hasta del instinto de humanidad, que riñen en medio de sus cadenas; por otra, esos cadáveres vivos, todos cubiertos de las llagas del oprobio, y mostrando a la vista conmovida hasta qué punto la corrupción ha podido castigarse a sí misma… ¡Ah! Dejemos todos estos tristes objetos, tan dolorosos a la vista como difíciles de describirlos, para considerar a Vicente de Paúl, que, concibiendo el designio de reunir en un solo lugar todas las miserias humanas, librando al mismo tiempo a la humanidad de esos espectáculos desconsoladores, a la sociedad de esas cargas peligrosas, al Estado de todos esos miembros degradados, levanta uno de los más fuertes baluartes para la pública tranquilidad. ¿Será tal vez que se haya debilitado» su espíritu de misericordia, o acaso la justicia, que algunas veces es más repugnante que el crimen mismo? Puede ser que no se encuentren sino muy raras veces esos cuidados consoladores para endulzar los pesares del infortunio. ¿Sería, en fin, olvido de lo que recomendaba el mismo: respetar la humanidad en los mismos que la envilecen, y convencerse bien de que no se tiene siempre el derecho de tornar desdichados aquellos mismos a quien no se ha podido convertir en buenos?

Mas cualesquiera que sean aquí los abusos que puedan figurarse las almas en exceso sensibles, no engrandeceremos menos al Sacerdote magnánimo que, tan sabio en la elección de los medios como intrépido en vencer los obs­táculos, llevó a cabo esta memorable empresa, que en vano habían intentado Enrique IV en su acendrado amor a la Francia, y Médicis en su espléndida magnificencia.

¡Oh si yo pudiera, cristianos, mostraros esas otras obras de beneficencia cristiana, de las cuales unas deben a Vicente su fundación o restablecimiento, otras su desarrollo! Vería­mosle: aquí levantar, con las mismas manos que prepararon tan dulces cunas para la infancia, un asilo seguro para cua­renta ancianos; allí abrir un refugio preservador de la ino­cencia; aquí un lugar de penitencia para ese sexo culpable que sacrifica el pudor a las necesidades, que el crimen aumenta, pero no satisface; por todas partes ciudades de re­fugio para la humanidad; en Sainte-Reine un hospicio reli­gioso para los viajeros; en la capital las Hijas huérfanas, las Hijas de la Magdalena, las Casas de la Providencia, de la Unión cristiana, de la Propagación de la Fe, la de las Hijas de Santa Genoveva y la de las Hijas de la Cruz. Casi más tiempo necesito yo para nombrarlas que él para construir­las, consolidarlas y proveerlas. Quién es, pues, este hom­bre extraordinario que emprende cuanto desea, que ejecuta cuanto emprende y eterniza cuanto ejecuta? ¿Qué puede ofrecer la historia antigua y moderna de los pueblos, com­parable al espectáculo de un ciudadano ignorado, que sólo con el ascendiente de su virtud hace salir un mundo nuevo de sus manos creadoras? Ya hemos visto que la reparación lolamente del Hotel-Dieu tuvo grandes dificultades para el mismo poder real. En vano esta noble empresa excitó el celo de las personas de bien; en vano para conseguirlo se creyó deber lisonjear la vanidad y alentar el amor propio; fue preciso renunciar a ello por largo tiempo, a causa de las dificultades que surgían sin cesar. ¿Qué concepto, pues, se ha de formar del hombre prodigioso que, dividiendo sus fuerzas sobre objetos tan costosos como útiles, los lleva a su perfección con igual facilidad, y reproduciendo su cari­dad bajo tantas formas como hay clases de miserias, lleva a cabo todos esos asilos tutelares que nos asombran por su número, no menos que por su grandeza?

Justo es reconocerlo: Vicente de Paúl encontró en su si­glo recursos que le habrían faltado en el nuestro. No obs­tante tantos escándalos y desgracias de que fue Por mucho tiempo testigo, se le ofrecieron miles de ocasiones para secundar felizmente su celo. En este tiempo, cuando se veían en la Corte, al lado de grandes debilidades, admirables conversiones; en la milicia, famosos héroes, que se gloriaban de ser cristianos; en la capital, revueltas y facciones, pero también principios y costumbres vigorosos; sobre el trono a Luis XIII, para quien fue siempre sagrada la justicia; Ana de Austria, cuyo nombre fue como inseparable del de la misericordia; al frente del Estado a Richelieu y Mazarino, cuyo talento laborioso alcanzaba siglos enteros; cuando figuraban en la Magistratura Molé, el apoyo del débil, menos que el terror del intrigante; Le Tellier y Lamoignon, cuyos talentos igualaban sus virtudes; Séguier, no menos amante de las letras que de los pobres; en el santuario, Francisco de Sales, Bérulle, Sourdis, La Rochefoucauld, Abelli y Godeau, Vialart y Solminiac, nombres ilustres y santos al mismo tiempo; y en otro orden menos eminente, Eudes y

Bourdoise, y Condren y aquel humilde Sacerdote Bernard, tan rico en fe y en buenas obras, y aquel Francisco de Regis, émulo del Apóstol de las Indias, y aquel virtuoso Ollier, tan digno de ser su amigo, y toda aquella numerosa de Sacerdotes tan notables, almas grandes y sencillas, que no escribían por el bien de la humanidad, sino que obraban cuanto bueno podían por ella. Mas notemos, para gloria de Vicente de Paúl, cómo supo él servirse de todos estos dig­nos y venerables personajes, y cómo éstos a su vez se asociaban a sus piadosos designios; cómo supo él ganar su mérito y su confianza, animar su celo y poner para provecho de los pobres, su estima; y fortalecido con todos estos ilustres apoyos y con todas sus poderosas ayudas, comen­zar, proseguir y perfeccionar el inmortal edificio de su mi­sericordia.

Pero ¿por qué no he de enumerar, en alabanza suya, las incomparables matronas que tuvieron tanta parte en sus beneficios, lo mismo que en su gloria? Señoras D’Aligre, de Herse, Traversai, Lamoignón, Fouquet; y vos, ilustre señora de Gondí, primer instrumento de sus vastos desig­nios; y vos, ilustre Pollalión, siempre avara para con vos misma y siempre pródiga para con el pobre; y vos, piadosa Miramión, que, después de haberlo dado todo, aún encon­trabais medio de dar más; y vos, inmortal d’Aiguillón, que, a las inmensas desgracias, llevasteis inmensos recursos; y vos, gran Duquesa de Mantua, más grande todavía cuando vuestras manos servían a los pobres, que cuando llevaban el cetro; y vos, magnánima Luisa de Marillac, alma sublime, que siempre estuvisteis al nivel de la de Vi­cente; y vosotras todas, sus santas colaboradoras, que cada una según sus fuerzas, o mejor sobre sus fuerzas, sin cesar proveísteis al inagotable tesoro de sus magníficas limosnas, recibid en este día los desahogos de mi corazón y el tributo de nuestros obsequios; repártase entre todos el incienso que quemamos delante del altar, y que jamás se borre de nuestra memoria el recuerdo de vosotras juntas, como a vuestros grandes corazones estuvieron siempre unidos, en admirable concierto de celo y de virtud.

Y ahora venid, apóstoles modernos de la filantropía, y arrodillaos a los pies de Vicente. Compendiad en un solo punto de vista todos los monumentos de su celo; imaginad todos los sacrificios y privaciones que debieron costar, y los muchos obstáculos y dificultades que suponen. Calculad, si os es posible, sus larguezas acumuladas, los fondos desti­nados a las Misiones, los fondos destinados a los Semina­rios, los fondos destinados a los hospitales y los fondos destinados a las cárceles; y añadid a estas buenas obras, otras muchas que ocultaba su humildad; no os canséis de contar, como Vicente de Paúl no se cansaba de ejecutar; y luego haced que se toque delante de vosotros la trompeta, inscribid vuestros nombres en los monumentos de la Fama, enseñad al mundo entero los gloriosos progresos que ha hecho la humanidad, publicad a los cuatro vientos vues­tras fastuosas suscripciones, vuestros planes de economía salvadora, vuestros socorros tan bien calculados y las insignes obras de filantropía.

Mas, no; guardémonos de mezclar nada triste y amargo en un discurso consagrado al triunfo de la caridad cristiana. Deteneos más bien en contemplar esta Religión santa, toda embellecida por sus virtudes, toda resplandeciente por sus buenas obras. ¿Por qué resistir a sus atractivos? ¿Por qué atacarla con vanas sutilezas, cuando ella no os responde sino con obras de caridad? ¿Por qué os obstináis en cavilar cuando no hay necesidad sino de sentir? ¿Necesita, para probar su divinidad, de otro argumento que el bien que está haciendo sobre la tierra? «Decid lo que habéis visto—decía una vez Jesucristo a los discípulos de Juan:—los enfermos recobran la salud, los pobres son evangelizados». Pues a vos­otros dirigimos hoy el mismo lenguaje: mirad todos esos mi­lagros de la caridad, que todos los días y en todos los mo­mentos obra la Religión santa; mirad por cuán innumerables canales derrama el espíritu de vida en el cuerpo social; mirad cómo su moral ejerce poderoso atractivo hasta en las más humildes aldeas, y su dulce luz en las tinieblas de las cabañas, y sus generosos desvelos allí donde hace su asiento el infortunio. ¿De qué os sirve el disputar? ¿Qué fruto sacan de todo esto vuestros sofistas? «Los enfermos recobran la salud, los pobres son evangelizados». ¡Ah! un principio tan saludable, ¿es posible que no sea bueno? y un principio tan bueno, ¿puede no ser verdadero? Renunciate que vidistis: leprosi munclantur, pauperes evangelizantur.

Pero mientras recorremos la historia de tantas maravi­llas, olvidamos que se acumulan los años sobre Vicente, y que toca ya al término de su carrera. ¡Cuán breve es la existencia de los genios entre los mortales! ¿Y cómo, sin embargo, estos héroes de la humanidad, que tanto parti­cipan de la bondad y santidad de Dios, no se hallan exen­tos de la fragilidad y de la caducidad del barro? ¡Muere, pues, como el resto de los mortales, aquel cuyos alientos, durante toda su vida, no han sido otra cosa que arranques de amor hacia el pobre! Mas admiremos la Providencia, que no permitirá que, dejando de vivir Vicente, deje de ser útil a la humanidad. Muere, es cierto; pero la influencia de su caridad fecunda será eterna; aún más, sus huesos profe­tizarán como los de José, y del fondo mismo de su tumba radiarán los vivos rayos de luz que reanimarán el fuego sagrado de la misericordia en los corazones que están llama­dos a perpetuar el deseo de las obras benéficas, y a dar un nuevo impulso a la caridad pública. ¡Admirable revolución! El espíritu de Vicente se mezcla en todo. Sus fundaciones son causa de otras no menos abiertas a la miseria, y no me­nos favorables para el desgraciado. Colocados en los palacios reales sus humildes hijos, nos muestran el dichoso con­traste de la sencillez, aproximada al espectáculo de la gran­deza. Formado por los discípulos del santo Sacerdote, bien pronto aparece el Fundador venerable de las Escuelas Cristianas, donde el pueblo aprende esta ignorancia que lo sabe todo esto es: el amor de Dios y del trabajo.

Extiéndese y se perfecciona el gusto de saludables reformas, y arte de socorrer a los necesitados, se vuelve de día en día más activo e industrioso. Un siglo, fecundo en artes y letras, comienza por fin a ocuparse de los hombres, y Luis el Grande se persuade que no será verdaderamente digno de este nombre sino haciéndose amar de la humanidad por sus leyes tutelares, mil veces más gloriosas que sus conquistas. Por todas partes se levantan hospicios, por todas partes se multiplican las escuelas en favor de los pobres, y los depósitos hasta ahora desconocidos’ en favor de la mendicidad. Cada Pastor establece entre su rebaño asocia­ciones cristianas, formadas según el modelo de las de San Vicente. Las naciones extranjeras las adoptan con santa envidia, y en su noble emulación se glorían de tener tam­bién sus piadosas hospitalarias, que desde un extremo a otro de la Europa católica derraman, juntamente con el buen olor de sus virtudes, sus saludables socorros y aten­ciones para que nada falte a la gloria de Vicente de Paúl; las obras que ha fundado su celo, protegidas visiblemente desde el Cielo de una manera del todo particular, se verán sobrevivir a todas las tempestades pasadas entre nosotros, y escapando de este instinto de destrucción que lo ha ani­quilado todo con su furor impío, sobrenadar entre las rui­nas de todas las instituciones antiguas, y, herederas del es­píritu de su ilustre Padre, transmitirlo de generación en ge­neración, obligándonos a celebrar por siempre jamás su nombre y a bendecir su memoria: «Et justitia ejus manet in saeculum saeculi».

Así es como la mayor parte del bien que hoy día disfru­tan los pobres, es debido a Vicente de Paúl, digno de nues­tro eterno reconocimiento por los muchos servicios presta­dos a la humanidad durante su vida, y por todos los que aun después de su muerte le presta de continuo. Así que la pos­teridad no cesará de repetir que un solo Sacerdote, ani­mado del espíritu de su estado, que es el mismo espíritu de Dios, ha hecho más en bien de su Nación que el mayor de sus ministros y el más grande de sus Reyes. Por esto también los enemigos del sacerdocio serán los más ingra­tos de todos los culpables, cuando no los más inconsecuen­tes entre los sofistas, y muy bien podremos decir aquí, que la impiedad no es menos un vicio del corazón que un error del entendimiento. Además, con esto queda invencible­mente probada esta importante verdad, que si nosotros debemos a Vicente tan señalados beneficios, también debe Vicente a la Religión tantos bienes por él ejecutados. Real­mente, ella es la que hizo grande su corazón santificándole, y que, por el más sublime de los motivos, le inspiró el más sublime de los sentimientos.

En efecto, ¿pensáis que hubiera amado tanto a los hombres si no se hubiese sentido abrasado del amor de Dios? ¿Pensáis que hubiera arrostrado tantas contradicciones y vencido tantas dificultades y obstáculos, si no hubiera tenido otro guía que el entusiasmo de humanidad, tan fácil en inflamarse como pronto en debilitarse y extinguirse? ¿Pensáis, en fin, que hubiera hecho todo lo que hizo, sí no hubiera ‘tenido otra esperanza que el tiempo, otro aliento que el humo de la gloria y otra ambición que una vana estatua? ¡Una estatua! Pero ¡cómo! ¿Con este tan raquítico honor se ha de medir al hombre justo? ¿Con un precio tan miserable han de premiarse ochenta años de sa­crificios y de virtudes? ¿Qué tiene de común esta frívola recompensa, que el orgullo puede alcanzar y de que puede participar el vicio con la sencilla humildad, el heroico des­prendimiento y la atractiva modestia? Así, pues, que se afecte querer colocarle entre esos grandes hombres con los cuales nada tuvo de común, ni por el género de sus trabajos, ni menos por la elevación de sus miras; que se le atribuya una fútil gloria, por la cual él nada trabajó, y esos honores cívicos que él mismo hubiera rehusado: por nues­tra parte, le devengamos, en el nombre sagrado de la Re­ligión, como un. héroe que a ella sólo pertenece, que no vivió sino para ella, y no ha sido formado sino por ella y Mara ella; y prosternados, no delante de su estatua, sino delante de su altar, su digno y único monumento, le con­juramos que eleve nuestras almas a la altura de la suya; pro­metemos sobre su santo sepulcro amar, a su imitación, a los pobres; en fin, aquí vendremos a buscar, junto a sus sagra­das cenizas, esta celestial llama que arde en su corazón, esta santa caridad que, derivándose del seno de Dios, es siem­pre pura como su motivo, inmensa como su objeto e inmortal corno su recompensa.

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