Las Opciones de Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Dios, c.m. · Source: Caminos de Misión.
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France Vincent de Paul, choir habitUna vida tan larga y tan densa como la de Vicente de Paúl puede contarse de muchas maneras y de muchas maneras se ha contado. Esta vez vamos a tener en cuenta los caminos de Dios y las respuestas del hombre, las circunstancias y las opciones, «mi fe y mi experiencia», que diría el mismo Vicente.

¿Cuáles fueron las opciones del santo? Los pobres, los sacerdotes, los laicos y las mujeres. Si hoy nos preocupa sobremanera la adaptación de Reglas, Constituciones, ministerios a los tiempos actuales y sobre ello debatimos inasequibles al desaliento, Vicente de Paúl se adelantó a su tiempo con una naturalidad que pasma. Y eso es lo más importante que quiere resaltar esta pequeña semblanza suya,

1. Los pobres

Dijo Jesucristo que siempre tendremos a los pobres con nosotros (Mt 26,11). Es una afirmación indiscutible, no porque Dios lo quiera, sino porque lo quieren los poderosos. La población mundial ha basculado siempre hacia los pobres. Y en todo tiempo la Iglesia se ha preocupado por ellos, desde el principio hasta nuestros días. Pero, en la opción por los pobres, ha habido diversos grados de intensidad, espiritualidades afines y ajenas, cristianos conscientes y desentendidos.

Vicente de Paúl nació pobre, de familia campesina, aunque ésta poseyera casa y algunas tierras. Y parece que llegó a perderlo casi todo en aquel tiempo, como en todos, en que los pobres eran despojados de mil maneras por los que no lo eran. El caso es que Vicente dirá más tarde que sus parientes se habían visto reducidos a pedir limosna.

En absoluto le preocupaban los pobres cuando aún no era un santo. Su afán era enriquecerse. Quería un puesto, un beneficio que le asegurara buenas entradas para retirarse y vivir cómodamente su vida. Y aquí comenzaron sus proyectos meramente humanos, su escapada de Toulouse a Marsella en pos de una herencia insegura, y el episodio de su cautividad, cerrado con otra escapada desde Túnez a Avignon, cobijado allí y en Roma por el vicelegado pontificio, Pedro Montorio, que ningún beneficio le proporcionó.

De modo que a finales de 1608 entra Vicente por primera vez en París con las manos vacías y el espíritu humillado. Hombre de fe y de experiencia, tiene que darse cuenta de que Dios le pide otro camino y otras opciones. Vicente se pone en búsqueda de crecimiento espiritual y ministerial, de la parroquia de Clichy al palacio de los Gondi, del palacio de los Gondi a Chatillon-les-Dombes. Y antes de Clichy, como capellán de la exreina Margarita de Valois, sufre la noche oscura de la tentación contra la fe y de su experiencia del pobre en el Hospital de la Caridad. Y fue por entonces, según su primer biógrafo, cuando Vicente, «para más honrar a Jesucristo e imitarle más perfectamente, hizo la resolución firme e inviolable de entregar toda su vida, por amor suyo, al servicio de los pobres».

Sin precisar el día ni la hora, podemos ya llamar santo a Vicente de Paúl. Ya sobrepasa los treinta años. Se ha convertido, se ha entregado al Jesucristo-de-los-pobres o a los pobres-de-Jesucristo. Una entrega firme e inviolable. Nada le hará cambiar. Nacerán de su alma innumerables fundaciones, instituciones, acciones, todas ellas motivadas y encauzadas a los pobres. No hay manera de atisbar algo en este santo que desentone de esta ley general, de su amor afectivo y efectivo a los pobres por Jesucristo.

Hoy se habla mucho de «la opción por los pobres». Muchos la hacen y la han hecho. Pero, después de Jesucristo, nadie ha superado a la que hizo san Vicente de Paúl.

Y de esa opción príncipe, le nacieron las demás.

2. El Clero

San Vicente tuvo otra experiencia: la grandeza del sacerdocio y, por contraste, la miseria de muchos sacerdotes, no obstante los círculos de alta espiritualidad en que se solazaban en París las grandes figuras sacerdotales de su tiempo. El juicio de nuestro santo fue extremoso en ambos aspectos: El sacerdocio es lo más grande. Pero hay sacerdotes que pueden ser lo peor. Y los más perjudicados son los pobres. Como se llegaba al sacerdocio sin la debida preparación, impulsado por el obispo de Beauvais, Agustín Potier, inició en 1628 los Ejercicios a Ordenandos, un curso intensivo de formación espiritual y pastoral. De los que nacieron, unos años mas tarde, en 1633, las Conferencias de los Martes, cenáculo semanal de perseverancia en el fervor de los Ejercicios a Ordenandos y ayuda para las misiones o capellanías donde los sacerdotes de san Vicente no podían entrar por su dedicación exclusiva a los pobres del campo. Y de aquí saltó a los Seminarios, propugnados por el Concilio de Trento. Quizá el más antiguo en Francia fue el de Annecy, fundado por san Vicente en 1642. Siguió el de Bons Enfants y después otros muchos. La obra del santo en favor del clero culminó con su presencia en el Consejo de Conciencia de Ana de Austria y de Mazarino, donde contribuyó notablemente al nombramiento de un episcopado celoso y reformador de la Iglesia en Francia. Pero, antes de todo esto, san Vicente había fundado en 1625 la Congregación de la Misión, cuyo objetivo definió así su Fundador: «Dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el Reino de los cielos y que ese Reino es para ellos». Y, naturalmente, todo su empeño a favor de los sacerdotes, no pretendía otro fin que la evangelización de los pobres.

3. Los laicos

La opción por los laicos es acaso la que más nos muestra la grandeza y la originalidad de san Vicente. El modelo de Iglesia era en su tiempo el del Concilio de Trento, que, en oposición a Lutero, tuvo que exaltar el estado sacerdotal, relegando al laicado más aún de lo que estaba. Sin desligarse de Trento ni mucho menos, san Vicente, por los pobres, lo sobrepasó. Recordemos su famosa arenga de los 800 años a las Damas de la Caridad: «Hace 800 años que ustedes no tienen ninguna ocupación pública en la Iglesia…» Y fue convocando a todos, mujeres y hombres, pobres y ricos, para la caridad eclesial. Su sensibilidad laical, que no existía en su tiempo, lo sitúa de lleno dentro del pensamiento del Concilio Vaticano II y de la «Chistifideles laici» de Juan Pablo II (1988).

4. Las mujeres

La mano derecha de san Vicente fueron las mujeres. Detrás de un gran hombre, se ha dicho, siempre hay una gran mujer. A nuestro santo le circundan una pléyade de grandes mujeres. Desde Francisca Bachet y Carlota de Brie en Chatillon-les-Dombes, pasando por la señora de Gondi, Luisa de Marillac, la señora de Goussault, la duquesa de Aiguillon y tantas otras en París, hasta llegar a las Hijas de la Cardad Margarita Naseau, Bárbara Angiboust, Maturina Guerin, Margarita Chetif… Unas u otras se hicieron cargo de la caridad en las aldeas, del Hotel-Dieu de París y de todas las obras que desde allí se emprendieron para, por ejemplo, ayudar a las víctimas de las guerras incesantes, de los hospitales, galeotes, escuelas, niños expósitos, enfermos, mendigos, ancianos… Sin ellas san Vicente no hubiera sido proclamado «el Gran Santo de la Caridad», pero, sin san Vicente, ellas no hubieran salido de una anodina mediocridad. ¿Cuál era el secreto de aquel magnetismo que irradiaba nuestro santo en las mujeres que le escuchaban y le acompañaban con verdadero sacrificio en la ayuda a los más necesitados? No podía ser otro que su autenticidad y santidad.

5. Más y más

Dentro de estas opciones, Vicente tuvo y quiso hacer otras. Por ejemplo, dentro de los ministerios de su Congregación, optó por el de las misiones campesinas. «Dios nos guarde de dejar las misiones», decía insistentemente a sus misioneros, cualquiera que fuera el ministerio o trabajo que tuvieran encomendado. Y, en continuidad con las misiones campesinas, optó más tarde por las misiones ad gentes. Cuando la Congregación de Propaganda Fide, fundada en 1622, le pide operarios, san Vicente escribe al superior de la casa de Roma: «He ido a celebrar la santa misa. Se me ha ocurrido el siguiente pensamiento, que, como el poder de enviar ad gentes reside en la tierra únicamente en la persona de Su Santidad, tiene por consiguiente el poder de enviar a todos los eclesiásticos por toda la tierra, y que todos los eclesiásticos tienen la obligación de obedecerle en esto; y, según este principio, le he ofrecido a su divina Majestad nuestra pobre compañía a ir a donde Su Santidad ordene».

Y comenzó el despliegue de los misioneros de san Vicente fuera de las fronteras de Francia. Hubo más proyectos, pero los que consiguieron desarrollarse fueron Berbería (Túnez y Argel) 1645-6, Madagascar 1648, Polonia 1651, e Irlanda-Escocia 1651, misiones agotadoras todas, especialmente la de Madagascar, a la que, de 18 misioneros enviados, sólo llegaron ocho, que murieron allí enseguida. Jamás se desalentó el santo; a uno de ellos le escribió: «La Compañía ha puesto en usted sus ojos como la mejor hostia que tiene para rendir homenaje a nuestro soberano Creador y hacerle este servicio. ¡Vocación tan grande y tan adorable como la de los mayores apóstoles y santos de la Iglesia de Dios!… Eche las redes con valentía».

El que echó las redes con valentía desde el momento de su «conversión» hasta el final de sus días fue el mismo san Vicente de Paúl. «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo», decía. Y fue capaz de todo lo que un ser humano puede hacer en favor de los de abajo. Cumplió sin fisuras aquella primera «resolución firme e inviolable de entregar toda su vida, por amor a Jesucristo, al servicio de los pobres».

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