Capítulo séptimo
Cuando la voluntad’ de Dios está manifiesta de una manera muy clara, el seguirla es un deber, y el deber no se doblega jamás.
El piadoso misionero Odin fundaba la obligación de este deber en las siguientes palabras del santo Evangelio: «El que deja su casa, sus hermanos y hermanas, su padre, madre, su esposa, hijos y tierras por Dios, recibirá cien veces más en este mundo, y después poseerá la vida eterna.» (San Mateo, cap. XIX, vers. 29.) Él había obedecido puntualmente, pues no quería que se le aplicasen aquellas otras palabras: «el que ama a su padre o madre más que a mí, no es digno de mí«.
Esta ley ha parecido muy dura en todos los siglos a los espíritus ligeros y egoístas; y, no obstante, ¿no es ella la gran ley de los sacrificios que conservan las familias y protegen las naciones? Nosotros comprendemos su necesidad cuando la patria reclama la sangre de sus hijos para su defensa, y no podemos menos de aprobarla.
También la humanidad, necesita de soldados pacíficos, precisa de apóstoles, para dirigir su camino hacia Dios y la vida eterna. ¿Podremos dejar de admirar a aquellos hombres que lo sacrifican todo por este fin tan noble é indispensable? Por otra parte, si queremos hacer justicia a los sentimientos más delicados del corazón, nos será fácil convenir en que el Cristianismo sabe también conservar, ennoblecer y hacer vibrar más fuertes y más dulces los afectos legítimos sujetándolos a la ley del deber y de la voluntad de Dios. La relación que hemos hecho de la vida del Sr. Odin nos ha mostrado ya cómo todo estaba con gran armonía en su alma: la vocación divina y el afecto filial. Lejos de oprimir el corazón esta generosa obediencia, lo purifica, y no conocemos nada más dichoso en este mundo que el corazón sacrificado las lágrimas derramadas en el cumplimiento de su deber.
Hemos visto, según dejamos dicho, al Sr. Odin, hacia el fin de su vida, anciano, con los cabellos blancos, sucumbiendo bajo el peso de los trabajos de las misiones y siendo Arzobispo de Nueva-Orleans, referir los dolores de su partida a los seminaristas a quienes animaba a seguirle.
Era esta escena inolvidable y el verdadero argumento de una vida de sacrificio y sufrimientos.
Hemos citado ya pasajes de sus cartas en los cuales se esfuerza en hacer comprender a los que ama la’ voluntad de Dios para que la acepten con abnegación.
Pondremos además parte de la carta que escribía un año después de su llegada. En medio de todos los pensamientos de su ordenación, en el ardor del celo por evangelizar a los herejes y salvajes, consolando a sus parientes, sentía por ellos los rigores de la separación y las penas del alejamiento.
«El temor y aprensión de haberos dado algún pesar por mi partida me causan bastante inquietud, mas la voluntad de Dios me llamaba a seguir esta nueva carrera; ¿podría yo resistirle? ¡Cuántas circunstancias me han convencido, sin poder dudar, que Dios realmente se había dignado escogerme! ¡Oh padre mío! ¡Oh madre mía! ¡Si yo pudiera contentaros!«.
Todavía es más explícito con su madre, a quien escribía en 1823:
«Mi estimada madre: El respeto, el amor que siempre os he tenido no se ha extinguido en mí delante de Dios, y tenéis pruebas de que yo no me decidí a apartarme un punto tic vos sino para hacer la voluntad de nuestro Dios y Señor. Si hubiera consultado solamente a mi corazón, jamás hubiera tenido valor para tal separación; mas Dios lo exigía y me ha dado fuerzas para ejecutarlo. Cuando reflexiono sobre todas las circunstancias de mi partida, veo por todas partes la conducta de la divina Providencia. Dios Nuestro Señor, mi querida madre, no hay que dudarlo, os ha pedido uno de vuestros hijos, y no podíais de ningún modo negárselo. Si considero con los ojos del amor natural y de la sangre las aflicciones que padecéis desde algunos años, no puedo contener las lágrimas y me embarga profunda tristeza; mas si las examino con los ojos de la fe, al momento dejo de quejarme y suspirar, pues sé que todas las penas de esta miserable vida se cambiarán en una alegría que no sufrirá alteración alguna.
«¡Oh madre mía!, Si conocieseis las necesidades espirituales de tantas almas que perecen en este país, bendeciríais al Señor por haberse dignado escoger a uno de vuestros hijos para proporcionarles algún socorro. Mi querida madre, consolaos; yo procuraré apreciar y estimar la gran dicha de haber sido llamado a la vocación de misionero». Hemos creído deber insistir largamente sobre esta doble ley del Evangelio: Hemos suficientemente declarado la naturaleza íntima de nuestro misionero, en el que una sensibilidad tierna se unía a un carácter resuelto y determinado. Sigámosle, pues, en sus tareas apostólicas.
Una carta al Sr. Chotellon (1824) refiere su misión a los salvajes.
«No hemos podido visitar más que a los habitantes de Arkansas, que viven en la orilla de la ribera del mismo nombre, junto a una población francesa; nada hay más tierno y conmovedor que la amistad que nos mostraron. Uno de los jefes, anciano muy respetable, llamado Sarrasin, informado de nuestra llegada a la villa, vino al momento a visitarnos, acompañado de toda su familia. «¡Ah! decía, apretándome la mano; yo moriré contento al presente que he «visto mi Padre, la Ropa negra de Francia.» Tuvimos el gusto de cenar con él; nos refirió por medio de intérprete la historia de su religión y de su nación. Al día siguiente, que era domingo, los salvajes asistieron en gran número al santo sacrificio de la Misa. El principal jefe de la nación me dijo a mi llegada:»Padre, mi corazón se ha alegrado mucho al veros». Le prometí inmediatamente que celebraría los santos misterios en la villa.
El lunes, tan pronto corno llegó el momento designado, el buen jefe Sarrasin nos envió a sus hijos para ayudarnos a atravesar la ribera; él mismo vino en seguida, nos recibió a corta distancia de su cabaña y nos rogaba nos sentásemos sobre su estera. Partieron al punto los correos para anunciar nuestra llegada al jefe principal y a aquellos de la tribu que no estaban muy lejos; había tenido también cuidado de preparar lo necesario para el Santo Sacrificio. Arreglamos un pequeño altar campestre; los jefes se colocaron alrededor, les hicimos una breve explicación del misterio, y sobre, todo les prometí encomendarlos al Gran Espíritu. ¡Oh qué sentimientos tan dulces y compasivos me agitaron durante todo el tiempo de la celebración del Santo Sacrificio! No podía ver sin enternecerme a estos buenos salvajes, colocados a mi alrededor, prestando la más viva atención al Augusto Misterio: la Víctima que se iba a ofrecer era la misma que por su salvación se había inmolado en el Calvario: mas cuando reflexionaba que verosímilmente no tenían idea de nuestra santa Religión, se me partía el corazón de dolor. Al punto que el ayudante se puso de rodillas, se arrodillaron ellos también, haciéndolo sin duda por primera vez. Nada más conmovedor que verlos en esta posición. Como no tenían costumbre, no podían soportar largo tiempo la dureza de la tierra; ahora se apoyaban sobre una rodilla, después sobre la otra, o bien se ponían en cuclillas. Después de la celebración les ofrecí algunas imágenes, que recibieron con el más expresivo reconocimiento.
Y en prueba de ello nos introdujeron en sus cabañas, y hasta en el mismo asilo sagrado de los muertos, lugar donde no se permite entrar sino a personas de distinción. Nos hicieron ver hasta los objetos que tenían preparados contra el enemigo.
Tienen un cuerpo de tradiciones muy antiguo, que forma su religión. Tres o cuatro ancianos de los más respetables están encargados de este depósito. Creen que ha habido un tiempo en que toda la tierra estuvo inundada. Un Dios todo vestido de blanco y llevando un pequeño saco de tabaco sobre las espaldas, los sacó de este abismo, y se puso a su cabeza para ir a descubrir la tierra. Hallábase entonces todo cubierto de tinieblas; un castor se sumerge en el agua y les trae un poco de tierra, para mostrarles que bien pronto encontrarían lugar de reposo; algún tiempo después vieron aparecer un águila con una rama verde en su pico. El Dios blanco desapareció después de haberles dado algunos avisos. El país que descubrieron era extremadamente frío y al Norte: y avanzando hacia la costa del Sur decían que habían tenido que combatir a muchas naciones, a fin de poder establecerse en la ribera del Arkansas. Además reconocen al Señor de la vida, es decir, al Gran Espíritu, a quien adoran como al principal de sus dioses, pues tienen muchas divinidades inferiores; sobre todo la veneración al águila blanca es tan grande, que si al momento de partir para la guerra o para la caza la ven revolotear alrededor de ellos, se desbaratan todos sus proyectos y se acobardan súbitamente. Parece que tienen también idea de un tiempo en que los hombres empezaron a hablar diversas lenguas. Luego que el maíz y los melones están maduros, ofrecen las primicias al Señor de la vida. Los mismos niños morirían de hambre antes que tocar a los nuevos frutos destinados a esta ofrenda; la que se hace con tan extrañas ceremonias, que pueden inducir a creer que no son sin alguna comunicación con los demonios. Dividen el maíz y los melones, etc., en pequeños pedazos en presencia de los ancianos de la nación que pueden asistir a esta ceremonia. Traen luego un perro y lo dividen en pequeños trozos, sin quitar la piel y los huesos, y en seguida lo mezclan todo. Los ancianos hacen algunas ceremonias, se ponen a danzar, y al momento algunos jóvenes poseídos por un espíritu de vértigo, o más bien por un espíritu diabólico, se precipitan en la habitación, se arrojan sobre la ofrenda, haciéndola desaparecer todo en un instante. Entonces los ancianos los cogen y llevan a la ribera del Arkansas, en donde recobran en un instante su primera tranquilidad Admiten otra vida: según ellos, la carne muere, mas el espíritu no perece; el alma del buen salvaje pasa a un país, en donde los ciervos y los osos son abundantes, gordos y fáciles de matar; los malvados arkansas son enviados a una tierra, en donde la caza es poco común, flaca y difícil de encontrar. Piensan que el alma sigue siempre al sol, y por eso entierran los muertos con la cabeza vuelta hacia este astro. Durante un año llevan alimento a los muertos, y durante cuatro noches después de su muerte encienden fuego junto a su cabecera.
Sería demasiado largo referiros todo lo que hemos sabido de aquellos buenos indios; quieren a todo trance tener una «ropa negra» para aprender las oraciones y la agricultura y para civilizarse. Me dieron el encargo de hacerlo saber al Padre de las «ropas negras»; ellos cuidarán del Padre, y no le dejarán morir de hambre en su cabaña. El buen jefe Sarrasin, que entiende y habla algunas palabras en francés, vino a comunicarme sus penas en estos términos: «Aunque «seas muy joven, eres mi padre, me dijo; mi hermano el francés—añadió—puede venir aquí, y nosotros, arkansas, le daremos tierras. El francés ha sido bueno para el arkansas, le ha instruído, le ha alimentado, y jamás le ha maltratado: el francés y el arkansas siempre han andado sobre las líneas rectas. Mi hermano el español ha venido, el arkansas le ha recibido; el español ha sido bueno para el arkansas, le ha ayudado, y ambos han andado sobre dos líneas rectas. El americano ha venido, el arkansas le ha recibido y le ha dado todo lo que podía desear; y el americano está continuamente rechazando al arkansas, y echándole. En efecto: acaban de forzarles a entrar en un acomodamiento con los Estados Unidos, que les priva de todas sus tierras. Al principio se había convenido en dejarles, junto al río Arkansas, novecientas millas cuadradas; pero este primer tratado no fue sancionado en el Congreso. El Gobernador del territorio de Arkansas a quien hicimos una visita, nos dijo que el Presidente no quería adoptarlo, y que mandaba que se les hiciesen abandonar sus posesiones y que los enviasen a las riberas del río Rojo, entre los Cadoux. Todavía no hemos sabido cuál ha sido su resultado. Los salvajes tendrán mucha dificultad en someterse a aquel proyecto pues han, declarado muchas veces que más valía que los blancos, para quienes habían sido siempre buenos, les degollasen, que obligarlos a internarse entre las tribus enemigas, donde les esperaba una muerte segura. Nuestra partida les causó mucha pena, porque quieren mucho a los franceses; son mansos y pacíficos: no existe entre ellos la poligamia; sin duda se convertirán fácilmente.
Nos habíamos propuesto visitar a gran número de católicos a lo largo de las orillas del río Rojo, del lado del Wonachita, en el Bayoux Saint-Pierre y en diferentes sitios, a la parte de los Attacapas; luego teníamos que pasar por entre los salvajes Chirokys, y de allí dirigirnos a la tribu de los Osages, y, en fin, volver a lo largo del Misouri por San Luis; pero el mal estado de nuestros caballos, la escasez de, dinero y una violenta calentura de que fuí atacado, desbarataron todos nuestros proyectos; la enfermedad fue tan seria, que hizo temer a mi compañero, que tiene algunos conocimientos de medicina, que moriría sin la asistencia de un sacerdote. Se necesitaban por lo menos doce días para ir donde de estaba el misionero más cercano al lugar donde yo me hallaba. La Providencia vino a socorrerme; al cabo de algunos días me vi en estado de continuar mi camino para el Seminario; sin embargo, la calentura quiso todavía acompañarme algo en el viaje.
¡Oh Señor, qué admirables han sido los cuidados de la Providencia para con nosotros! Los peligros que se corren en los largos viajes son bastante grandes: algunas, veces en los lugares de mal camino se caían los caballos, echándonos por tierra o en el agua, sin que tuviésemos jamás novedad, Algunas veces en los espantosos desiertos que nos fue necesario atravesar, andábamos, vagando a la ventura, sin camino, entre cañaverales, bosques espesos o pantanos, y siempre íbamos a parar a un punto favorable. Sorprendido por la noche, lejos de poblado, parece increíble que el horror de las tinieblas no me infundiera temor alguno. ¡Ah! Me hace, temer mucho cuando comparo, por una parte, señales tan sensibles de la protección de Dios, y por otra en mí tau, poco celo y ardor en hacer que sea conocido«.
El pensamiento fijo de sus responsabilidades tenía continuamente el alma del piadoso misionero en vela, dispuesto a hacer que aprovechase a los otros todo lo que podía edificarle. En prueba de ello citamos la siguiente carta:
«Dios nuestro Señor —escribía el Sr. Odin— nos ha llevado un sacerdote muy santo, un gran misionero, el Sr. Nerinkx, que vino de Flandes; era el segundo misionero que penetró en el Kentucky hace cerca de veinte años. Son increíbles los trabajos que pasó para la propagación de la fe. Hizo edificar a lo menos doce iglesias, fundó cinco monasterios, y en el momento en que la muerte lo arrebató, se ocupaba en la fundación de una Comunidad de hombres. Los frutos de su celo subsistirán largo tiempo después de su muerte; era muy exacto en el cumplimiento de todas sus obligaciones, tan puntual en todas sus prácticas de piedad, que nada era suficiente para hacérselas omitir. Cinco veces nada menos atravesó el Océano; recorrió casi todos los establecimientos, y a pesar de tantos viajes se mantenía siempre unido a su Dios ¡Cuántas noches pasó en los bosques! Ordinariamente llevaba un poco de pan para sí y un poco de pienso para su caballo, y no descansaba hasta haber hecho treinta leguas de camino. Entonces, si hallaba una casa, pedía que le alojasen en ella; si se hallaba en medio de los bosques, lo mismo se le daba: católicos, protestantes, francmasones, todos le apreciaban y le amaban. A mediados de Julio vino a visitar a nuestras religiosas.
¡Oh cuánto gustaba yo de estar con él! Me recomendaba toda clase de prácticas piadosas para el adelantamiento de las almas; me recomendaba todo lo que su experiencia le había hecho descubrir de provechoso para la conversión de los herejes, y sobre todo me hablaba muchas veces la Santísima Virgen. Nos dejó para ir a San Luis a buscar unos muchachos salvajes, doce de los cuales van a venir a Barrens, a casa de las religiosas. Esas buenas religiosas tratan de aprender la lengua de aquellos pobres pueblos, é irán a fundar Comunidades entre ellos, luego que los misioneros hayan penetrado en aquellos lugares. A la vuelta de San Luis se detuvo entre los católicos, abandonados desde hace mucho tiempo por causa de la escasez de sacerdotes. Hizo una suscripción para fundar una iglesia en aquel lugar, y les prometió que se empeñaría con el Ilmo. Sr. Rosati para que les enviase un sacerdote de cuando en cuando. Aquella fue su última obra; en aquel paraje cayó enfermo, y se hizo trasladar a Santa Genoveva, para tener el consuelo de morir en los brazos de un sacerdote. Su santa vida fue coronada con una muerte preciosa. Nuestros Barrens tienen la fortuna de poseer su cuerpo, que fue enterrado en el cementerio de nuestras religiosas. Mucho le echamos de menos. El Ilmo. Sr. Flaget no podrá menos de sentir mucho la pérdida que ha tenido con su muerte.
En esa carta se ve toda la piedad del Sr. Odin, en la que se explaya pintando aquel santo misionero. Esas dos almas tenían unos mismos deseos, y ardían en el mismo amor divino. La misma carta trae pormenores curiosos sobre las religiosas, fundadas por el Sr. Nerinkx:
«Esas religiosas se llaman las «Amantes de María al pie de la Cruz». Sus reglas son bastante austeras, y las observan con fervor. Yo voy todos los días a su capilla a celebrar la santa Misa, y algunas veces las confieso; observan un silencio casi continuo. En verano van siempre con los pies descalzos; en invierno pueden llevar zapatos y calentarse al fuego; su cama es un sencillo jergón. Ellas mismas se fabrican hábitos que son de una tela muy basta en invierno, un poco más fina en verano; sin embargo, muy gruesa para un país donde son excesivos los calores. Hacen pocos ayunos, fuera de los que están prescritos por la Iglesia, pero su comida es muy frugal. Tienen una santa Superiora, que hace cinco años que está enferma. Como durante la ausencia de su ilustrísima se ha creído muchas veces que se hallaba en el artículo de la muerte, yo he tenido que verla y asistirla en esos momentos tan formidables para los mundanos. iOh qué espectáculo tan tierno! La sonrisa estaba habitualmente en sus labios, besaba amorosamente la cruz de su Salvador y disfrutaba de perfecta tranquilidad. Cuando le preguntaban si tenía necesidad de alguna cosa: «Oraciones, una santa muerte—me decía;—eso es todo lo que deseo«.
El Sr. Odin comprendía mejor que otros muchos cuánto contribuyen a la salvación de las almas esos secretos sacrificios y la unión íntima con Dios que las almas santas mantienen a la continua, considerando esas vidas de inmolación como perennes manantiales de abundantes gracias y de conversiones para sus misiones tan queridas. Por esto escribía al Sr. Cheleton para que le ayudase a encontrar de esas almas animadas del deseo del apostolado por medio del sacrificio de sí mismas, terminando su carta con las reflexiones siguientes: «Tengo para mí que lo más difícil y costoso para esas jóvenes que nos vengan de Francia ha de ser el acostumbrarse al calor, al frío y a las clases de alimento de este país, dificultades que por cierto no son insuperables. Haga usted el favor de ocuparse en tan buena obra, mandándonos aquellas buenas almas que encontrare usted dotadas de una vocación firme y sólida para llevar ese tenor de vida de sufrimiento. Al venir no dejen de proveerse bien de libros de piedad y de instrucción, y vean de procurarnos, de ciertas personas piadosas, algunos ornamentos para nuestra Capilla«.







