Juan Mª Odin, Arzobispo de Nueva Orleáns (1800-1870) Capítulo 6

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Author: Sr. Bouy · Year of first publication: 1893-1894 · Source: Anales españoles.

Capítulo 6: El Sr. Odin lazarista o misionero. — Es ordenado sacerdote. — Su piedad y vida interior.—Su regocijo al evangelizar a los salvajes.—Fervor de los católicos del Barréns.— Conversiones de protestantes en América en el año 1824.


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Capítulo sexto

La Congregación de la Misión, llamada de San Lázaro, fundada por San Vicente de Paúl para evangelizar a las po­bres gentes del campo, fue  muy presto conocida en diversos países, como puede cualquiera convencerse de ello con sólo leer las cartas de San Vicente. En ellas se descubren los grandiosos e incomparables designios del Santo, unidos con la más fina y delicada penetración y perspicacia, no menos que con la sabiduría de un administrador, mejor dicho, con el genio de un organizador incomparable. Ade­más se infiere que los lazaristas en el siglo XVII tenían Ca­sas fundadas en Italia, en Polonia, en Berbería y en Oriente. Esta Congregación permaneció digna de su Fundador, in­condicional y absolutamente afecta y unida a las tradiciones romanas, humilde, llena de celo, escondida, con temor de ser notada; infatigable y caritativa, no cesaba de hacer bien a todo el mundo, hasta la desencadenada Revolución francesa; la que no contenta todavía con la insaciable sed de sangre que interiormente le abrasaba, y que sació muy a sus an­chas, asesinando a unos, desterrando a otros, sembrando en todas partes la desolación y el exterminio, disolvió y aventó la doble familia de San V tente, la que fue  continuando, no obstante, las Misiones en Oriente, en China y en Italia, donde ha echado profundísimas raíces.

Cuando en 1802, v merced a las gestiones entabladas con el Sr. Francisco Brunet, Vicario general, se trató de resta­blecerla en París, de los 824 miembros de que se componía en 1789, y de 72 Casas, no se hallaron más que algunos sacerdotes, y la Casa de Valfleuri solamente en la diócesis de Lyon, santuario dedicado a la Santísima Virgen, adonde, desde muy antiguo, acudían los fieles en peregrinación.

Habiendo sido reconocida por un decreto imperial en 1804, fue  muy pronto disuelta de nuevo por la brutal voluntad de Napoleón, habiendo merecido el Sr. Hanon, Vicario gene­ral y sucesor en dicho cargo del Sr. Brunet, por la resisten­cia que opuso a los inicuos planes de Napoleón en este asun­to, compartir el destierro en Fenestrelles, hasta el año 1815, con el Cardenal Pacca.

En Febrero de 1816 fue  reconocida legalmente en Fran­cia la Congregación por Luis XVIII, contando a la sazón en su seno 60 Misioneros, y estableciéndose, un año después, en la calle de Sévres, núm. 95, en el antiguo palacio de Lorges, aunque permaneciendo desgraciadamente, por espa­cio de algunos años, dividida en dos bandos u obediencias, las cuales, aunque conservaban, por otra parte, el espíritu de San Vicente en toda su plenitud, carecían del vigor y fortaleza necesarios para dar a la Congregación nueva vida; vigor y fortaleza que sólo comunica y se halla en la unidad de régimen.

Hasta 1828 duró este estado de cosas, en cuyo interme­dio se habían encargado los lazaristas de Roma de las Misio­nes de América; y cuando llegó a ella el Sr. Odin, movido e impulsado por una verdadera y sólida vocación, ni siquie­ra conocía a los sacerdotes de San Vicente de Paúl. Hallán­dose ya en el Barréns conoció claramente que su vida de misionero no sería fecunda y abundante en frutos mientras no fuera santo, y que esta santidad en ninguna parte la podía adquirir tan fácilmente como en la vida de comu­nidad.

Nuestros lectores no se extrañarán de esta determinación de nuestro joven, puesto que las cartas escritas desde el Seminario, y de que ya hemos hecho mérito, revelan bien a las claras las disposiciones de su alma, las cuales nos obli­gan a creer que su ingreso en la Congregación era como el último paso de la marcha gradual y progresiva de su alma.

En una carta dirigida al Sr. Duplay el 3o de Marzo de 1823 da cuenta de esta resolución, como de una cosa nada extraña: «Hace cinco meses entré en el noviciado de la Con­gregación de la Misión,» escribía. Hízolo en el día 8 de No­viembre de 1822, pasando el noviciado atareado con faenas y padecimientos de todo género. «Parecíame —añadía— que no sería turbada en lo más mínimo mi permanencia en el Seminario; más bien pronto ha sucedido lo contrario, pues diariamente tengo que desempeñar tres clases, y en breve tendré que reemplazar a otro sacerdote (tal vez al Sr. Necke­re), que por sus pocas fuerzas se ve obligado a tomar algún descanso. Como he de andar entre los protestantes, trabajo sin descanso en disponerme para la controversia. Siento en mí un ardiente deseo de evangelizar a los salvajes; mas como son muchos los Misioneros que tienen las mismas aspira­ciones y deseos, no confío que se me conceda tal gracia«. Aunque el sacerdocio era para él el blanco de todas sus accio­nes, por lo que con más vehemencia suspiraba, conociendo, por otra parte, la gran santidad que requiere, desmayaba, y hasta cierto punto se retraía de él, al considerar su débil e insignificante virtud, según él, como lo demuestran estas pa­labras que escribía a un condiscípulo suyo del Seminario de Lyón: «Pronto —le dice— seré sacerdote, cuyo día veo llegar con gran temor y con indecible alegría. ¡Cuán consolador debe ser para un sacerdote subir todos los días al altar santo!«

Tres meses después recibía en San Luis la consagración sacerdotal, siéndole al fin concedido lo que tan humilde­mente había pedido a Dios. En qué estima y aprecio tuviera este nuevo e imponderable beneficio, puede conocerse por lo siguiente, que escribió a sus padres, en 22 de Mayo de 1823:

«¡Qué de gracias no me hace el Señor, queridos pa­dres! ¡Todos los días desciende Jesucristo desde el cielo a mis manos en el santo altar; lo tengo en mis propias manos y lo recibo en mi pecho! ¡He sido constituido depositario de los tesoros celestiales, se me ha concedido el reconciliar los pecadores con Dios, el curar las almas de las heridas del pecado! ¡Oh qué dicha, qué honra, qué dignidad! ¡Qué santidad será bastante para desempeñar dignamente tan su­blime y excelso ministerio! ¡Qué puras deben ser las manos en las que se inmola el Cordero sin mancilla, cuán abrasado de amor debe estar el que se alimenta todos los días con el manjar de los ángeles! Confío en que, al distribuir a los de­más las gracias del Señor, quedarán algunas en mí, y que estando tan próximo al Dios de toda santidad, pensaré y me determinaré a emprender una vida santa, digna de un minis­tro del Altísimo. Procuraré encomendaros a Él todos los días, pidiéndole en el augusto y tremendo sacrificio les col­me de gracias y favores sin límites, que les consuele en las miserias y penalidades de esta vida, que nos hallemos juntos en el cielo para gozar de su divina compañía por toda la eter­nidad».

Algunos meses después, escribía el Sr. Cholleton, que residía en el Seminario lyonés, lo siguiente : «El día 4 de Mayo tuve la inefable dicha de ser sublimado al santo, consolador y excelso ministerio sacerdotal, pudiendo por consiguiente, ofrecer a Dios la Víctima santa todos los días. ¡Qué dicha para mí, cuando llega el feliz momento de cele­brar la santa Misa! ¡Son tantas las gracias que tengo que pedir! ¿Podría hallarme indiferente en un tiempo tan augusto e inefable?«. Después de esta sincera confesión de su piedad, continúa: «Al día siguiente de mi ordenación comencé a ejer­cer mi ministerio, teniendo que hablar siempre en inglés, pues no hay todavía franceses en este país. Tan embarazado me hallaba para ello, que pronunciaba alguna palabra que otra en inglés y con dificultad, viéndome precisado a asistir a los moribundos, á, confesar y predicar. Aunque era grande el aprieto y dificultad en que me hallaba, puse, sin embargo, mi confianza en Dios, y seguí adelante«. Su confianza en Dios, en efecto, estaba fundada en la más tierna piedad hacia Nuestro Señor. «Lo más consolador de las tareas apostóli­cas, decía, es la visita a los enfermos. Se nos viene a llamar con frecuencia para que les prestemos los auxilios espiritua­les, desde muy lejos, y siempre llevamos el Santísimo Sa­cramento con nosotros; de modo que nuestros viajes, ya de día, ya de noche, los hacemos acompañados del Hijo de Dios, escondido en ese augusto Sacramento. ¡Ah! Tengo gran sentimiento por no conservar mi corazón inflamado en las llamas del amor divino, cual lo requiere el ministerio que indignamente desempeño«. (2 de Agosto de 1822.)

Para experimentar tan santos deseos, sería menester vivir como nuestro santo Misionero, desprendido de sí mismo, animado de las más puras intenciones, y no buscar en las inmensas dificultades y sufrimientos anejos al ministerio apostólico más que a Dios y su gloria; en una palabra, no aspirar a otra cosa que a vivir íntima y estrechamente unido con Dios.

Véase cómo el Sr. Odin describe en algunas líneas el ideal del verdadero Misionero, el cual él no perdía de vista y se proponía realizar en sí mismo:

«Se requiere, por de pronto, mucho espíritu interior, porque no es aquí, como en Europa, en donde se hallan tan­tos ejemplos edificantes y socorros que fomentan y mantie­nen la piedad. Es inútil andar en busca de consuelos: con mucha frecuencia se trabaja sin obtener mucho fruto. No obstante, se encuentran Misioneros llenos del espíritu apos­tólico, los cuales obran maravillas en las tierras más incul­tas. Nuestro Señor les recompensa ya en esta vida las con­tradicciones que han tenido que sufrir.

«Por otra parte, es difícil el camino, y los peligros son sin número. Apenas somos cincuenta Misioneros para tra­bajar en la salvación de tantos pobrecitos. Se esperaba poder dar una misión a los salvajes en la primavera próxima, mas la muerte se ha llevado, después de mi llegada, a dos Misio­neros, y los puestos que han dejado necesitan ser reempla­zados; no será, pues, posible poder todavía penetrar entre los pobres infieles. Uno de estos Misioneros ha muerto már­tir de la caridad. Hallábase la villa de Nueva Orleans ex­puesta a los horrores de un mal epidémico, y fue  destinada con otros dos Misioneros para socorrer a los pobres mori­bundos. Muy pronto uno de ellos fue  atacado del mal co­mún, y así no podía trabajar; el otro no sabía la lengua inglesa, por lo que sólo podía prestar un socorro insignifi­cante; de modo que todo el trabajo recayó sobre el tercero. Cada día morían cuarenta o  cincuenta, y esto por espacio• de dos meses. Dios le concedió fuerza y valor para trabajar sin descanso hasta el momento en que cesó la peste; pero luego que ya no fue  tan necesario su ministerio, cayó enfer­mo, y a la edad de veintinueve años fue  a recibir la coro­na del martirio. El otro murió de una fiebre violenta a la edad de treinta y tres años. Dios, que es muy adorable en todos sus designios, no los dejará sin sucesores. Pidámosle, pues, que envíe obreros a su campo. ¡Oh! ¡Cuánta pena da el tener que diferir todavía la misión a los salvajes, manifes­tando ellos las mejores disposiciones para convertirse, pues han pedido sacerdotes a nuestro Sr. Obispo! Y habiendo un Misionero penetrado dos veces por algunos pueblecillos, ha sido bien recibido, logrando bautizar hasta .40 personas,’ inspirándoles deseos de instruirse más; pero se vio obligado a abandonarlos para restablecerse de una fiebre violenta que le había atormentado durante todo el tiempo de la misión. Los protestantes han enviado sus seudo-misioneros, mas Dios no ha permitido que conquistaran a ninguno.

Los salvajes, para librarse de ellos, se han retirado muy lejos, diciendo, como acostumbran, que ellos tienen necesi­dad de ropas negras, esto es, de misioneros católicos«.

Poco después comunicaba la siguiente noticia al señor Odin su Prelado el Ilmo. Sr. Dubourg, quien había tratado -con el Gobierno de los Estados Unidos para restablecer las Misiones a los salvajes, la cual noticia escribía el Sr. Odin a sus padres, lleno de satisfacción:

«Nuestro Sr. Obispo ha llegado a San Luis a principios de Mayo, después de siete meses de ausencia, habiendo tra­bajado, durante su viaje, con buen resultado para el bien de la Religión. Hacía tiempo que le preocupaba la idea de dar misión a los salvajes; mas los gastos de tal empresa no se avenían bien con su pobreza. Lo Providencia lo ha dispues­to todo del modo más admirable, porque el Gobierno paga­rá las dos terceras partes de los gastos para levantar el establecimiento, y después de la apertura de la misión, asignará una pensión para la subsistencia de 101 Misioneros y coad­jutores. Nueve jesuitas se han encargado de los salvajes de Misouri, habiendo hecho lo propio otros sacerdotes del Seminario de Misisipí. No obstante, no se dará misión -alguna durante dos años, debiendo contentarnos, en este tiempo, en atención a nuestro corto número, con reco­ger algunos indios en el Colegio; se les instruirá y se procu­rará aprender con ellos la lengua.» (Carta del 12 de Febrero de 1825.)

También escribía en la misma época: «La mayor parte de los Misioneros viven muy pobremente, sobre todo en los viajes, viéndose obligados a pasar la noche sobre los árbo­les; mas todo esto es reputado por nada. La mayor priva­ción, y, sobre todo, la más sensible, es el aislamiento en que se encuentran algunas veces. Frecuentemente un Misionero está solo cuatro meses, hallándose más de cien leguas dis­tante de sus cohermanos. Hace algún tiempo, en la diócesis de Kentucky, un pobre Misionero, habiendo sido enviado muy lejos, cayó enfermo; en muchos años no pudo ver a sacerdote alguno, sin que pudiera tener alguno a su lado en el último trance de su vida; se hizo llevar a la iglesia, y des­pués de hacer una brevísima instrucción a los fieles que habían acudido, se dio la comunión con sus propias manos y al poco tiempo murió con la muerte dé los justos«.

Entretanto iban llegando a la Luisiana Misioneros de todas clases, religiosos y seglares, bien que despacio y con tiempo. El Sr. Dubourg escribía en Agosto de 1825 a su hermano, que habitaba en Burdeos:

«La buena adquisición que he hecho de los Padres jesui­tas para Misouri, me tranquiliza en gran manera por el bien que resultará para estos lejanos países. Estos buenos Padres están en posesión de mi hacienda de Florissan; han tenido que andar cuatrocientas millas a pie, muchas veces por terrenos inundados, llegándoles en ocasiones el agua a la cintura; y, en lugar de murmurar, bendecían a Dios, que les hacía recordar los trabajos apostólicos… El Superintendente de los trabajos de los indios los ha acogido con vivo y tierno interés, mostrándose decidido protector de su estable­cimiento«.

Por otra parte, Mons. Dubourg podía ya por fin habitar en Nueva Orleans, habiéndosele recibido al empezar el año 1824, en medio de los transportes de alegría de la pobla­ción entera; porque la, silla de Nueva Orleans, que había sido erigida por Bula pontificia el 23 de Abril de 1793, no había estado ocupada más que desde 1794 a i800. Monseñor­ Dubourg , partiendo de San Luis, dejó a Mons. Rosati, laza­rista, Superior de Barréns, que había sido su coadjutor. Dos años después, en 1826, a cierta distancia de Nueva Orleans, fue creada la diócesis de Mobile, la cual tenía por Obispo un Misionero de Mons. Dubourg, el Sr. Portier, que partió de Lyón en 1817, precediendo así cinco años al Sr. Odin en la Misión de América. Dividida así la Luisiana, presentaba a los Misioneros un campo más determinado; el resultado de esta división debía ser multiplicar los Misioneros, aumen­tándose las responsabilidades.

Mons. Dubourg, por sí solo, había reunido desde 1815 a 1825 setenta y cinco colaboradores; pero desgraciada­mente la muerte había pasado haciendo víctimas, y en esta época no había más que 70 Misioneros. A pesar de estas pérdidas sucesivas, los Misioneros iban en aumento de año en año; el Seminario de Barréns vino a ser plantel muy fecundo. El Sr. Odin, después de la consagración de mon­señor Rosati, tenía la dirección efectiva del establecimiento; además de las lecciones de Teología que daba regularmente en el Seminario, estaba encargado del Colegio, en donde todos los trabajos materiales y espirituales recaían sobre él, que tenía la edad de veinticuatro años. La población de Ba­rrene recibía también sus socorros espirituales, y en este tiempo dicha población presentaba un espectáculo muy edificante.

«El fervor de estas buenas gentes —escribía el Sr. Odin­— trae a la memoria la piedad de los fieles de la primitiva Igle­sia. Todos los domingos andan cinco, seis y hasta diez leguas para venir a oír la santa Misa. Reciben con mucha frecuencia los Santos Sacramentos, y viven con tal pureza e inocencia de costumbres, que en todo lo restante de Améri­ca no será posible hallar un rincón de tierra tan favorecido con las bendiciones del cielo. Esto es debido al celo de un Misionero trapista, que tuvo necesidad de atravesar provi­dencialmente los bosques, y, después de caminar algún tiempo, descubrió una casa y entró en ella. Era el tiempo del rezo de las devociones de la noche, y como viese a toda la familia de rodillas, conoció fácilmente que se hallaba entre católicos. Le dan cuenta que había al menos ciento cincuenta familias en aquellos bosques; las busca, visita a todas, las instruye y acaba por reunirlas en una pequeña iglesia de madera, que es todavía al presente la iglesia de la parroquia. Tienen gran respeto al sacerdote, de suerte que al punto que le ven se postran pidiendo la bendición

En otra carta manifiesta el valor de estos celosos cristia­nos para asistir a los oficios del domingo: «He estado muy conmovido durante el invierno siendo testigo de la gran pie­dad de la Congregación o  parroquia de Barréns. El frío es sumamente riguroso; los bosques, ríos y montañas del Norte nos envían vientos, fríos y nieve en tanta abundancia, que he creído muchas veces que no se podía resistir. Y no obstante, vemos todos los domingos estos fervorosos fieles que andan muchas leguas para tener la honra de asistir a la Santa Misa. No podía dejar de admirar su ardiente piedad. Esta carta tar­dará sin duda mucho tiempo en llegar; no sé cómo enviarla al puerto de mar, porque hallándonos cercados y rodeados de nieve, no podemos comunicar con los países vecinos«.

El Sr. Odin en las cartas que dirige a su familia, refiere algunos hechos en gran manera edificantes: «Durante su via­je, escribía el 21 de Mayo de 1825, Ilmo. Sr. Dubourg ha te­nido que pasar muchos trabajos en medio de los bosques y desiertos. Durante tres días se ha visto reducido a mantenerse de huevos, de que el sacerdote que le acompañaba había cui­dado de proveerse. Cuando llegaba la noche no encontraban casas donde recogerse, o bien eran tan incómodas, que no podían defenderse de la inclemencia del tiempo. A veces se tenían por dichosos de hallar alguna piel de animales para echarse sobre ella; hacía de manta uno de sus manteos, col­gando el otro para defenderse del aire. A pesar de todo esto, vivían alegres y contentos. Predicaban frecuentemente en los lugares por donde pasaban. El sacerdote que acompañaba a Monseñor convirtió a cuatro protestantes y confundió a un ministro de la secta, haciéndole confesar que si no tuviera mujer y dos hijos, abrazaría al instante la religión católica.

Son Muchas las buenas noticias que se nos comunican acerca de los progresos de nuestra santa Religión entre los protestantes. Por todas partes por donde penetra el sacerdote católico, se ven muchas conversiones. El Obispo de Cin­cinnati tomó posesión de su Silla, acompañado de un solo sacerdote, y halló tan pocos católicos, que no tenían suficien­te ocupación para los dos. Empezaron a dar misiones, y al presente han formado parroquias considerables. El Sr. Kill, sacerdote de dicho Obispo es un general inglés que ha to­mado parte en las principales batallas dadas en los últimos tiempos. Al principio era protestante, mas habiendo tenido la dicha de conocer la verdad, la abrazó prontamente, con­virtió a toda su familia, se hizo sacerdote y se consagró a las misiones de América. Sus grandes talentos y el lugar impor­tante que había tenido en el mundo, le ganaron el respeto de todos, viniendo a ser el espanto y terror de los protestantes. En un solo día bautizó a setenta y dos metodistas herejes, los más obstinados de este país, y todos los días consigue nuevas conversiones, viéndose los mismos efectos y sucesos en otros Estados protestantes. Aquí una sola cosa hace falta: obreros. ¡Qué lástima! ¡Cuántos sacerdotes están sin hacer nada en Francia, y aquí las almas perecen faltas de socorros! Los mismos protestantes piden sacerdotes y predicadores católi­cos. Ayer un sacerdote de nuestra Misión viniendo al Semi­nario, halló a un luterano que le instó mucho para que fuese a dar misión a una villa, donde había más de cien familias protestantes, asegurándole que habían edificado una iglesia para recibir al primer predicador que puedan encontrar. No se levanta ninguna iglesia católica sin que los protestantes concurran con alguna cosa, y parece que el tiempo de mi­sericordia ha llegado para esta pobre gente. La capital de los Estados Unidos contaba hace algún tiempo muy pocos ca­tólicos; al presente las dos terceras partes profesan nuestra santa fe. Hemos tenido el consuelo de conferir el bautismo a un hombre de edad de veintidós años poco más o menos. Los dos primeros niños que he bautizado tenían cuatro años. Un cónsul americano, disgustado del mundo, va venir dentro unos días a nuestro Seminario para vivir en el retiro todo el tiempo que le quede de vida. Las Comunidades religiosas aumentan de día en día, siendo al presente casi todas muy numerosas.

Terminamos con una carta al Sr. Cholleton (5824), la cual nos dará idea de los trabajos de los Misioneros católicos y de las inmensas necesidades de estos pueblos abandonados a la ignorancia.

«¿Qué os diré, señor, de tantos americanos, infieles o herejes, que hemos encontrado en nuestra mar­cha? El Sr. Timón, celoso Misionero, le propuso como regla el anunciarnos como Misioneros católicos, lo cual ex­citó la curiosidad, y por todas partes éramos recibidos favo­rablemente y con alegría. Eran muchas las invitaciones que nos hacían de predicar sobre ciertas cuestiones acerca de nuestra doctrina, etc. Mi compañero no deja pasar ocasión alguna de enseñar sobre todos los misterios cuyo conoci­miento es absolutamente necesario. Mientras yo rezaba el ofi­cio divino, él estaba siempre rodeado de un tropel de niños. Las personas mayores venían a colocarse alrededor de él, y las instrucciones acerca de la religión se prolongaban fre­cuentemente hasta muy avanzada la noche, escuchándonos todos con gran placer, y pareciéndoles nuestra doctrina la más razonable. Nos pidieron encarecidamente que rogáse­mos al Sr. Obispo les mandase Misioneros católicos.

Muy pocos de estos herejes habían visto en su vida católico alguno. Algunas calumnias que habían oído de boca de sus ministros formaban todo el conocimiento que tenían de nuestra santa Religión. La vista del Crucifijo era espectáculo nuevo y verdaderamente interesante para ellos, causando gran placer el regalo de la imagen de la Virgen o de la Cruz. Querían ver los ornamentos sagrados y fue necesario hacer inventario de todo lo que servía para el culto divino, para contentarles satisfaciendo su curiosidad. Era esto para nosotros materia de alegría, pues se nos presentaba ocasión propicia para instruirles.

Nos han ocurrido algunas aventuras bastante curiosas. El Sr. Timón preguntó a una señora presbiteriana si conocía a los católicos de su vecindad: «No, señor; yo no quiero a los católicos,—contestó al momento.—Me choca verdaderamen­te,—replicó el Sr. Timón: ¿podría saber el motivo de su poco afecto para con ellos?—Porque son idólatras.— Es lástima que esté usted en esa preocupación; hay en el mundo más de doscientos ochenta millones de católicos, y entre ellos un nú­mero prodigioso de hombres muy esclarecidos y sabios: ¿po­drá usted creer que sean tan insensatos que adoren la obra de sus manos?—Parece razonable que no lo hagan–respondió la dama.»

Le enseñé el Crucifijo y le expliqué el fin de las imágenes, etc. La señora, toda admirada, preguntó con viveza: «¿Es ese el modo como murió Jesucristo? ¡Oh cuánto debió de padecer!». Enseguida llamó a sus hijos: «Venid, hijos míos, venid a ver cómo el buen Jesús ha padecido por nosotros!» Desde este momento se sintió reconciliada con el nombre católico.

Otra señora, después de haber considerado con atención nuestras cruces, haciéndonos explicar su significado, excla­mó: «¡Oh Señor!… ¡Quién hay tan duro de corazón, que al considerar esto pueda soportar semejante espectáculo y con­tinuar viviendo mal!» Estos hechos pueden haceros com­prender la ignorancia en que viven estas gentes.

Sin embargo, todos estos americanos discurren muy ten, y su ignorancia en materia de religión no puede atri­buirse sino a la falta de medios para instruirse. Es verdad que hay entre ellos algunos ministros, mas son tan ignorant­es que ellos mismos necesitan ser enseñados. Esta reflexión os hizo un presbiteriano.

Me extraña mucho—me dijo un americano, católico muy distinguido, que no había visto sacerdote alguno en gran número de años,—me extraña mucho ver que los mi­nistros de la verdadera religión no traten de hacer prosélitos, mientras que muchos hombres que no tienen otra ciencia que la de conducir el arado, se constituyen en predicadores; penetran por todas partes ganándose partidarios entre ciertas gentes; como que no conocen nada mejor que lo que les han predicado, abrazan y siguen su doctrina ciegamente.

«Cierto hereje me contó que un metodista se hizo predicador apenas aprendió a leer… «.

Por estas relaciones se comprende cuán vasto campo está abierto al celo de los misioneros; y que nada era más a propósito para excitar el ardor de los jóvenes levitas del Semina­rio mayor de Lyón que las cartas que venimos citando. Mas es necesario expatriarse, y el Sr. Odín sabe por experiencia mejor que nadie lo que esto cuesta al corazón.

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