Juan Mª Odin, Arzobispo de Nueva Orleáns (1800-1870). Capítulo 5

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Author: Sr. Bouy · Year of first publication: 1893-1894 · Source: Anales Españoles.

Capítulo 5: Salida del Sr. Odin.—Llegada al puerto del Havre.— Relación de la trave sía.— Nueva Orleans. — Condición de los esclavos. — Visita a Pointe Coupée. — Seminario de Barrens.


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Capítulo quinto

Cumpliendo con su deber, el joven Odin obedecía ale­gremente a la voz de Dios, mas el corazón siempre se sentía lastimado. Desde París al Havre marchó sucesivamente en diversos coches, que debían conducirle al puerto en que se había de embarcar, habiendo con trabajo llegado a tiempo, pues el buque iba ya a partir en dirección a Nueva Orleans. Dejemos referir al Sr. Fillon este incidente, en la oración fúnebre que pronunció en Ambierle en 1870.

¿Le habéis oído contar, con la encantadora sencillez que le caracterizaba, cómo apenas pudo llegar a tiempo para tomar el buque que le había de conducir al Nuevo Mun­do? Habiendo bajado del carruaje para subir una áspera cuesta que se ofrecía en el camino, tomó una trocha y caminó por ella poco a poco, rezando el Oficio divino. ¿Anduvo extraviado, o  permaneció engolfado en la más fer­vorosa oración ? Lo ignoro: lo cierto es que al llegar a la cumbre de la montaña no encontró la diligencia, que había partido sin él. Viéndose en tal estado, echó a correr con gran ardor; y aunque a la sazón contaba veintidós años y era de constitución fuerte y robusta, no pudo dar alcance al carruaje; mas después de una trabajosa carrera de cinco o  seis leguas llegó al Havre, medio muerto, media hora antes de la partida del buque que le había de llevar tan lejos de su patria, a países salvajes. ¡Ved cómo le estrechaba el amor de Dios, y cuán tarde se le hacía el empezar su carrera apostó­lica!» Durante la navegación, en extremo larga, pues duró más de dos meses, y no menos peligrosa, se ocupó conti­nuamente en la consideración de los grandes pensamientos que le movían a alejarse de su patria para evangelizar a los salvajes de América. Así expone él en su diario los inciden­tes del viaje.

El día ir de Julio, después de una travesía de dos me­ses y tres días, llegamos por fin al puerto de Nueva Orleans. Los primeros treinta días de nuestra navegación han sido verdaderamente bonancibles; mas después, por espacio de una semana entera, hemos sido combatidos por vientos con­trarios; las calmas han retardado nuestra marcha, y cuatro cinco tempestades que nos han sorprendido, han sido la causa de que nuestra llegada se haya diferido más de lo que esperábamos. Han venido a bordo con nosotros cinco ecle­siásticos.»

En una carta dirigida a su hermana desde Nueva Or­leans, el 14 de Julio de 1822, da algunos pormenores acerca de los peligros a que se vieron expuestos.

«El día 14 de Junio—dice—descubrimos diferentes islas desiertas e inhabitadas, teniendo a nuestro alrededor quince buques. El 17, y a vista de la isla Orangs-Rey, una violenta y desecha tempestad sembró el espanto y consternación en toda la tripulación; mas la divina Providencia nos ha protegido en medio de los graves e inminentes peligros que por do quie­ra nos cercaban. El 20 entramos por fin en el golfo de Méjico, en donde la calma, las tormentas y el calor de la zona tórrida nos fatigaron sobremanera, e infundieron serios y fundados temores de perder la vida». Su bondadoso y agradecido co­razón no hallaba palabras ni obras para expresar el vivo y sincero reconocimiento hacia Dios, que en medio de tan in­minentes y gravísimos peligros les había librado, llevándole a puerto seguro. «Muchas veces—continúe—nos ha protegi­do Dios de una manera visible y manifiesta en medio de los innumerables peligros a que nos vimos expuestos en el mar; porque cuando se confía en su adorable Providencia, no puede menos de gozarse de una tranquilidad y paz inaltera­bles, aun entre las más desechas y formidables tempestades.» Muy bien experimentó esta fortaleza y dulce verdad del sal­mo que continuamente meditaba en su corazón: Deus noster refugium et virtus, adjutor in tribulationibus quae invene­runt nos nimis; o, como en otra parte dice:

«Nosotros no hubiéramos abrigado el más mínimo te­mor, aun cuando el mundo entero temblara a nuestros pies y las más elevadas montañas quedaran sepultadas en los abis­mos del mar.» Mientras duró la tempestad, su grande e im­pertérrita alma contemplaba extasiada los magníficos al par que terroríficos panoramas que a la vista del observador ofre­cían las alteradas e indomables aguas del mar y los vastos horizontes del Océano.

Así que llegó el subdiácono Odin a Nueva Orleans, fue  recibido con pruebas las más inequívocas de amistad y cari­ño. Esta ciudad, principalmente a principios de este siglo, y como en castigo del grave pecado que cometió al desterrar ignominiosamente al inocente y dignísimo clero , hallábase convertida en una sentina de vicios y foco de impiedad, que por do quiera esparcía irreligión, indiferencia y duda. Mon­señor Dubourg, nombrado Obispo en 1815, todavía no ha­bía tomado posesión de su sede, a consecuencia de la violen­ta e implacable oposición que a su llegada había encontra­do, causada por el desbordamiento de las más abyectas é- ignominiosas pasiones, viéndose precisado a retirarse a San Luis, en el Misouri, en donde a la sazón solamente había tres sacerdotes encargados de la dirección espiritual de milla­res de católicos de todos los países, entre los que predominaban los franceses y los mejicanos.

Situada a orillas del caudaloso Misisipí, que en este sitio mide un kilómetro de ancho, Nueva-Orleans es en ciertos distritos una ciudad entregada de lleno al tráfico y toda clase de negocios, en donde pululan comerciantes de todas las na­ciones, al par que en otros reina el más completo e imper­turbable silencio, y en donde los criollos viven muelle y rega­ladamente. Nuestro Misionero se cuidaba poco de admirar la belleza del sitio y de gustar la benignidad del clima; lo único que absorbía toda su atención, y le afligía sobrema­nera, era el triste y desconsolador estado moral de los escla­vos negros. «¡Cuán apremiantes y urgentes son las necesida­des de estos desventurados países! —escribía.—No se puede considerar, sin que el corazón se parta de dolor, el abandono de estos pobres pecadores, que viven en el olvido de Dios y de su salvación, y, sin embargo, la peor parroquia de nues­tra diócesis, comparada con la populosa Nueva Orleans, es un pueblo de santos. En esta ciudad no se conoce más Dios que las riquezas y los placeres, y, a excepción de un insigni­ficante y reducido número de almas, algún tanto fervorosas, las demás se hallan sumidas en la más crasa y completa igno­rancia de la religión del Crucificado.» Tal fue  la primera impresión que le causó la ciudad, cuya Silla arzobispal ha­bía de ocupar, cuarenta años después. Continúa así su carta: «Los sacerdotes encargados del gobierno espiritual de esta gran ciudad apenas tienen un instante de reposo; y si no aumenta el número de operarios evangélicos, se verán impo­sibilitados para desempeñar debidamente las múltiples ocu­paciones de su santo ministerio, cuales son la administración de los Sacramentos, la visita a los enfermos, los entierros, la predicación de la divina palabra, etc., etc.; e indudable­mente sucumbirán, como algunos otros sacerdotes, aunque jóvenes y robustos, ante los penosos trabajos del ministerio apostólico. En la campiña a veces un solo sacerdote se ve precisado a regentar una parroquia cuyo radio mide sesenta leguas; de suerte que, para el debido desempeño, tiene que viajar continuamente a caballo, atravesar espesos y peligrosos bosques, y soportar calores los más sofocantes y mortí­feros, que lo son tanto, que con frecuencia se encuentran en los caminos personas ¿tuertas por el excesivo calor del sol.. Por los pormenores que en esta carta comunicaba a su her­mana, pudo ésta venir en conocimiento de los trabajos y sufrimientos que había de arrostrar en sus nuevas tareas apostólicas; quien, por otra parte, sabía el ardiente celo por la salvación de las almas que devoraba el corazón de su her­mano, y cuán poco caso haría hasta de su misma vida, a trueque de salvar algunas de ellas.

No había cosa que produjera más honda sensación en el alma del joven Odin, como la triste situación de los escla­vos; oigamos sus palabras: «¡Qué espectáculo tan digno de lástima el de los innumerables negros de este país. En su mayor parte son esclavos; se les trata como si fueran bestias destinadas al trabajo; andan estos infelices negros casi siem­pre desnudos por las tierras; su ignorancia en materia de re­ligión es tal, que he hallado a algunos que ignoran hasta, la existencia de Dios; no siendo, por consiguiente, de extra­ñar que se hallen encenagados en los más viles e inmundos vicios, viviendo más como bestias que como hombres.), En otra carta, escrita algunos meses después , se expresa en los siguientes términos: «Lo que más contrista mi alma es la es­clavitud de los negros. En la Baja Luisiana, los señores, en su mayor parte, ni siquiera pueden oír hablar acerca de la nece­sidad de instruir a sus esclavos, y muchos de ellos no les per­miten ni aun asistir a la iglesia. Por aquí podrás rastrear fá­cilmente los desórdenes que de esta conducta resultarán. Por lo que a mí hace, me hallo sumamente afligido desde que llegué, en vista de situación tan triste y lastimosa».

En las precedentes palabras descúbrese muy a las claras la más brillante y fervorosa apología, encaminada a abolir la bárbara esclavitud, sistema altamente repugnante que reduce a los sujetos a ella a tal estado de degradación, que los más elementales principios de justicia no pueden menos de con­denar y reprobar, no sólo en teoría, sino también, con mayor razón, en la práctica; pues que este estado de envile­cimiento conculca y aniquila los más sagrados derechos del hombre. Ellas asimismo testifican el buen sentido práctico que distinguía a este joven levita, y el sumo interés de que estuvo siempre animado por la instrucción moral y religio­sa del país que más tarde evangelizó y, para mejor conseguir lo que tanto deseaba, se dedicó con indecible ahínco y cons­tancia al estudio de la lengua inglesa, y a observar y exami­nar las costumbres y carácter especial del territorio america­no a cuyo bien se había consagrado.

En los primeros días de Agosto marchó con unos cuan­tos Misioneros al Seminario de Santa María de Barréns, en el Misouri, haciendo el viaje en lanchas a lo largo del Mi­sisipí. Las márgenes del caudaloso río ostentaban a de­recha e izquierda la más rica y exuberante vegetación, pre­sentando un aspecto verdaderamente bello y encantador, no habiendo hasta Natehez, distante de Nueva Orleans 400 mi­llas, más que alguna que otra pequeña montaña en aquellas vastas y dilatadas llanuras; aquí florecía el algodonero, allí el sauce; unas veces aparecían añosos sicómoros, otras ele­vados chopos; más adelante el lecho del Misisipí formaba pequeñas islas, cuyo verdor, reflejando en las diáfanas y cris­talinas aguas, ofrecía el más encantador espectáculo. El pro­fundo silencio que reinaba en aquellas inmensas llanuras, apenas interrumpido por el ruido de las lanchas o  por los bramidos de las fieras, tenía sumido al santo y joven Misio­nero en los más grandes pensamientos y en la contempla­ción de tanta belleza y hermosura que por do quiera se ofre­cía a su vista.

Antes de llegar al Seminario de Barréns, el fervoroso Odin, acompañado de su compañero, Juan Bautista Blanc, hizo una visita, en Pointe Coupée, al antiguo Vicario de Ambierle, Sr. Antonio Blanc. He aquí cómo la refiere a su hermana: «El Sr. Blanc, escribe, ha experimentado un placer y contento indecibles al verme, preguntándome al punto y con el más vivo interés por cada uno de los miem­bros de nuestra familia, a quienes tiene muy presentes. Es incalculable el bien que hace en las Misiones; mas la parro­quia de que se halla encargado es tan crecida y numerosa, que no puede en manera alguna atender a los pueblos sal­vajes. Su salud, a pesar de las rudas faenas de su ministerio, permanece inquebrantable; no obstante, me parece que está más delgado y pálido que cuando le conocimos. » Después de haber permanecido algunos días en casa de éste su anti­guo y sincero amigo, llegó, por último, nuestro joven Odin al término de su viaje, esto es, al Seminario de Barréns, si­tuado en un lugar solitario y desierto, no lejos de San Luis.

Ya hemos referido en otro lugar, en la historia del señor Andréis, los humildes principios de esta Casa; sin necesidad de repetirlos, daremos, sin embargo, a conocer a los lectores el lugar en donde el fervoroso Odin va a pasar muchos años de su vida de misionero en América. Cuando Mons. Dubourg regresó de su primer viaje a Europa, trajo consigo algunos sacerdotes italianos, entre los cuales, dos sobre todo, los seño­res Andréis y Rosati, tanto por su santidad como por su cien­cia, habían de dejar gratos e imperecederos recuerdos en la restauración de la Religión en los Estados Unidos, a princi­pios del siglo XIX. Así el Sr. Andréis como el Sr. Rosati, pertenecían a la humilde Congregación de la Misión.

El Sr. Obispo, que no había podido fijar su residencia en Nueva Orleans, como dijimos anteriormente, se estable­ció en San Luis, en el Misouri. Después de haber provisto, en la medida de sus fuerzas, a las necesidades espirituales de las comarcas católicas, o , como se les llama en América, Congregaciones, tales como Santa Genoveva, Kaskakia, Poin­te Coupée, Petit-Rocher, etc…, de acuerdo con el Sr. An­dréis y algunos de sus Hermanos, creyó indispensable Mon­señor Dubourg fundar un Seminario para la formación del clero. Los católicos de estos países, y principalmente los de San Luis, ofrecieron a porfía cuantiosos donativos para la realización de tan santa obra, cediéndole algunas posesio­nes, con la condición de que permaneciera entre ellos algún sacerdote, con el objeto de que proveyese a las necesidades espirituales de toda la Congregación.

Extremada era la pobreza de estas pobres gentes; pero, en cambio, su fe era fervorosa, viva y ardiente. Sus antepa­sados, dirigidos por lord Baltimore, habían fundado en 1622 el Estado de Mariland; pero treinta años después fueron ignominiosamente arrojados por los ingratos protestantes, a quienes habían acogido antes con afabilidad y amor verda­deramente cristianos. Lord Baltimore, en efecto, huyendo de las sangrientas e inhumanas persecuciones suscitadas en Inglaterra contra los católicos de dicha nación, puso como base fundamental de su Estado la libertad para todos los cristianos. Mientras que todos los Estados protestantes del Nuevo Mundo cambiaban a cada paso de doctrina, los ca­tólicos permanecían imperturbables en su fe. Apenas los protestantes se vieron en posesión del poder supremo, cuan­do promulgaron las más inicuas e injustas leyes contra los católicos que les habían franqueado de par en par las puer­tas de su patria; leyes impregnadas y saturadas del más refi­nado y execrable odio contra sus hospitalarios bienhecho­res, reduciéndose, en compendio, a desterrar a los sacerdo­tes, a confiscar los bienes, a obligar a los padres católicos a que diesen a sus hijos que quisieran abrazar el protestan­tismo la herencia que de derecho les correspondiese, estando en todo su vigor esa infame legislación durante todo el siglo XVIII. Algunas familias a quienes se había despojado de sus bienes abandonaron sus propios hogares antes que perder el don precioso e inestimable de la fe, refugiándose al Misouri, en la Luisiana, colonizada por Francia a mediados del siglo XVII. A estos fervorosos católicos desterrados aco­gieron benignamente los del Barréns, concediéndoles pose­siones para que proveyesen a su subsistencia, a pesar de los cuantiosos gastos que les ocasionaba la erección de una igle­sia, de un Seminario después, y de un Colegio más tarde.

Largo tiempo conservó este Seminario su espíritu y ob­servancia primitivos, como lo atestigua nuestro subdiácono Odin en lo que acerca de él escribió; a saber: «En el mes de Agosto de 1822 murió el Sr. Andréis, lleno de celo a vista de esta tierra de promisión, esto es, a vista de una región habi­tada por pueblos salvajes, a quienes tanto había deseado evangelizar, sin conseguirlo; aunque dejando, por otra par­te, el Seminario en el más lisonjero y feliz estado, pues que la disciplina se hallaba en todo su vigor, los estudios estaban convenientemente ordenados, y, en fin, la pobreza y priva­ciones a que se hallaba reducido, eran alegremente acepta­das por los quince o  veinte alumnos que a él asistían. Dejó- lo, sobre todo, embalsamado con el ambiente odorífero de sus heroicas virtudes, de un celo apostólico a toda prueba, de aquella presencia y unión tan íntima y estrecha con Dios, por las que era, y con razón, considerado como un Santo, poniendo digno remate a estos tan envidiables preliminares con una muerte que, a juzgar por ciertas señales que la pre­cedieron y siguieron, puede muy bien asegurarse fue  la de un predestinado.» Todavía permanecía viva su memoria a la llegada del Sr. Odin a América, impulsado por su decidida vocación y respondiendo generosa y prontamente al divino llamamiento; gracia, en verdad, singular la concedida a nues­tro joven subdiácono la de ser conducido por Dios a un lugar santificado con la presencia de insignes y admirables santos. Al Sr. Andréis había sucedido en la dirección del Seminario el Sr. Rosati, quien tenía en su compañía un joven lazaris­ta, al Sr. Nukere, cuyas bellas y relevantes cualidades ofre­cían para las Misiones los más felices auspicios. El Sr. Odin venía en calidad de profesor de Teología, para cuyo cargo le había elegido el Ilmo. Sr. Dubourg, por los buenos infor­mes que de él le habían dado en el Seminario de Lyon; habiendo de prepararse, ante de todo, para recibir los órdenes sagrados que le faltaban para llegar al sacerdocio. Oigamos a él mismo, y nos informaremos de su nueva vida. «Permíta­seme decir cuatro palabras acerca de nuestro Seminario,—es­cribía.—Hállase situado en medio de un extensísimo bosque, en un lugar no ha mucho tiempo ocupado por tribus sal­vajes. Es de madera, por lo que oyense en ciertos lugares violentos y fuertes silbidos, producidos por el viento al pe­netrar por sus hendeduras; no obstante, tenemos una capi­lla, una sala de estudio, y algunas otras habitaciones bas­tante cómodas, sobre todo si las comparamos con las que se vieron precisados a habitar los primeros Misioneros que aquí vinieron. Figuraos unos cuantos troncos de árboles amonto­nados unos sobre otros y formando un cuadrilongo de dieci­séis pies, y tendréis un concepto exacto y cabal de la choza en donde hicieron su noviciado veinticinco Misioneros : en esta choza tenían la capilla, el dormitorio, el comedor, la sala de estudio; su ajuar se componía de una pequeña mesa, algunos bancos, etc…; mas todo lo sufrían por Dios y por la salvación de las almas, lo cual bastaba y sobraba para que se consideraran en extremo felices y dichosos, y, lo que es más, aun hoy mismo, experimentan indecible alegría siempre que se reúnen en este modesto asilo, y, cuando se les ofrece ocasión, lo visitan hasta con cierta veneración y cariño. Acerca de nuestra alimentación, tenemos en abundancia to­cino, carne de vaca, leche y agua; y, aunque en América no se encuentran los sazonados y delicados frutos de Europa, en ciertos parajes, no obstante, hay melocotones, ciruelas y pequeñas peras, notándose una ausencia absoluta de legum­bres, por cuya razón nos vemos precisados a comer carne los sábados y toda la Cuaresma, exceptuando los miércoles y viernes. El sacerdote que está al frente del Seminario tiene también bajo su dirección espiritual unas dos mil personas, que viven en los bosques a gran distancia unas casas de otras.»

Este era el sitio en d que el joven levita Odin se pre paraba para recibir el sagrado orden del diaconado; mas una maligna y violenta fiebre que repentinamente le so­brevino le obligó a diferir esa acción tan santa, como hizo constar en un escrito, con fecha 21 de Octubre de 1822: «Hallábamonos en 3o de Agosto en número de seis, pues el Sr. Michaud fue  llamado unos días antes para ser ordenado de sacerdote, como también lo hubiera sido yo de diácono, a no haberme acometido una fiebre». El 10 de Octubre, habiendo llegado el Ilmo. Sr. Dubourg a Barréns, confirió el sagrado orden del sacerdocio al Sr. J. B. Blanc, y el del diaconado al Sr. Odin, quien da cuenta a su hermana de esta visita y del género de vida que hacían los Misioneros. «Durante el recreo—dice,—nos ocupamos ordinariamente en algunos trabajos de mano, tales como cortar madera u otra cosa semejante, siendo los sacerdotes los primeros en el trabajo, aunque no les van en zaga los Sres. Obispos, cuan­do residen en los Seminarios. En estos últimos días nos ha visitado nuestro dignísimo Prelado, quien se ha mostrado con Todos nosotros sumamente afable y bondadoso, al mis­mo tiempo que nos ha edificado con sus apostólicas y sóli­das virtudes; y, a pesar de sus achaques y padecimientos, ha permanecido casi siempre con nosotros, asistiendo a nuestro comedor y tomando los mismos pobres alimentos que nos servían a nosotros. Sus vestidos eran tan sencillos y pobres, que no se diferenciaba de los sacerdotes más que en el pec­toral. Él es quien me ha ordenado de diácono, y será pro­bablemente quien, en no lejano plazo, me elevará al subli­me y excelso grado del sacerdocio.

De aquí ha pasado a Baltimorel en donde piensa cele­brar un Concilio para poner fin a un cisma que causa gran daño a la Iglesia. En los diferentes viajes que he llevado a cabo, he contraído santas relaciones con la mayor parte de los misioneros, con cuyo trato he recibido inmenso júbilo y consuelo, principalmente cuando referían sus aventuras apostólicas; pues los unos se extravían en los bosques, vién­dose forzados a pasar días y noches en su viaje, sin hallar ni casa ni apenas alimento; otros, sobre todo en las Misio­nes algún tanto distantes de la residencia ordinaria, no tie­nen más lecho que el duro y desnudo suelo, ni más abrigo que la bóveda del cielo; ni faltan, en fin, quienes, no te­niendo criados, se ven en la imprescindible necesidad de guisar la comida, cuidar el caballo, etc., siendo los padeci­mientos anejos a esta santa vida el mayor consuelo del Mi­sionero.» Semejante manera de juzgar y apreciar la vida sacerdotal era en el Sr. Odin la señal más cierta e inequívoca de su verdadera vocación de apóstol, y juntamente de reli­gioso..

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