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P. José Luis Echarte |
29-07-98 |
Pamplona |
BPZ, Noviembre 1998 |
En el umbral de dos fechas tan significativas como la de Todos los Santos y la de los Fieles Difuntos celebramos este funeral por el eterno descanso del P. José Luis Echarte, fallecido el sábado a los 57 años de edad. La solemnidad de Todos los Santos traía ayer a nuestra memoria de cristianos la alegría y el gozo de reconocer que la santidad de Dios alcanza a multitud de hermanos nuestros que nos han precedido en una vida de fe y de amor. Y la conmemoración hoy de los fieles difuntos reafirma nuestra esperanza porque asociamos a la muerte y resurrección de Cristo la muerte y resurrección de aquellos a quienes tanto hemos querido.
Del significado de las dos fiestas participa ya nuestro hermano José Luis, sacerdote y misionero. Nació en el cercano Valle de Aranguren, y concretamente en Tajonar, el 1 de Abril de 1941. Miembro de una familia numerosa, cristiana y del campo como la de casi todos nosotros, fueron sus padres Jerónimo y Maria.
Niño todavía, llegó a esta Casa de Pamplona, entonces Apostólica, y aquí cursó el Bachillerato hasta su traslado a Hortaleza para hacer el Noviciado el 25 de Septiembre de 1958. Dos años permaneció en ese barrio de Madrid. Otros dos en Cuenca iniciándose en la Filosofía. Y cuatro en Salamanca donde estudió Teología y donde fue ordenado sacerdote el 26 de Junio de 1966.
Comienza a partir de aquí una vida apostólica activa que le llevará un año a Londres, siete a la parroquia de la Santa Agonía en Nueva York, tres al Colegio de Las Palmas en Gran Canaria, diez a la parroquia de Talpa en Los Ángeles (California) y uno para estudios de actualización teológica entre Vitoria y Pamplona en 1988. Al año siguiente partió para Honduras como miembro del Equipo misionero que se hizo cargo de nuestra misión de Puerto Cortés. Y allí permaneció hasta 1995 en que hubo de trasladarse aquí con los primeros síntomas de su enfermedad. En periodo de recuperación y con mucha esperanza de ponerse bien para regresar a Honduras, fue destinado en 1996 a Madrid como superior de la casa que allí se abría. Y ya desde finales de 1997 hubo de volver de nuevo a Pamplona otra vez aquejado por la enfermedad que el sábado lo arrancaba de nosotros.
Destaca en esta rápida mirada a su vida sacerdotal la variedad de ministerios a que se ha dedicado (parroquias, ensenan misión) así como la universalidad de su presencia (Estados Unidos, España, Honduras). Pero, pese a toda esa variedad, hay algo que permanece siempre constante en su vida: el temple de su carácter sacerdotal y la atención continua a los pobres, personificados en ese mundo hispano de Estados Unidos y de Honduras que él tanto amó.
Tres cualidades han adornado, me parece, la personalidad de nuestro buen José Luis: la sencillez, que hacia de él un hombre cercano y amable a quien la gente quería; la disponibilidad, que le permita estar siempre pronto para acudir con presteza a cualquier lugar donde se le requería, y la entrega, que le llevaba a darse por entero a aquellos a quienes servia. Denotan estas tres cualidades en nuestro hermano un neto espíritu misionero que tanto le distinguía como paúl y como persona.
A la vista de este panorama y dado que la muerte proyecta su sombra no ya sobre el
más allá que desconocemos sino sobre este más acá que protagonizamos, hay quien se puede preguntar qué sentido tiene una vida como la de José Luis: ¿merece la pena tanto esfuerzo y tanta entrega para acabar así tan pronto? ¿no habrá perdido el tiempo y malgastado su breve existir?
La respuesta varía naturalmente en función del planteamiento vital que cada uno se hace. Y en esto es en lo que a mi me hace pensar el acontecimiento que nos reúne: no en la muerte, que desde mi fe cristiana sé con certeza que me va a llevar a la contemplación definitiva de Dios, sino en la vida: ¿cómo la concibo?, ¿cómo la vivo?, ¿dónde pongo los acentos?
Hoy hay muchos que ponen esos acentos en el ansia de lo desconocido, en el afán de nuevas sensaciones, en la agitación de un continuo cambio… Y corren, y se inquietan, y disfrutan, y buscan… Pero, ¿han vivido?, ¿cuál es la esencia de la vida?, ¿qué es lo que nos permite decir que la hemos vivido?: ¿el haber poseído?, ¿el haber trabajado?, ¿el haber gozado?… La vida no depende, me parece, ni de las emociones fuertes, ni de los sentimientos apasionados, ni de las posiciones conquistadas, ni tan siquiera de la calidad de los afectos… La vida se mide, más bien, por la densidad con que uno se trabaja a si mismo, por la intensidad con que uno se entrega al bien de los otros y por la capacidad que uno pone en la búsqueda de Dios. Y es desde esa densidad, intensidad y capacidad desde donde cada uno va madurando como persona y desde donde cada uno acaba encontrándose con el Dios al que aspiraba. Y ese Dios se le revela, y se lo lleva, y nos deja a los demás sobrecogidos sin comprender bien el suceso, pero aceptando por la fe que es el lugar y es el momento. Tened presente que nadie muere a destiempo. A cada uno lo llama el Señor cuando está maduro. Topamos ahí con el misterio, es verdad, y no entendemos los criterios; pero intuimos que están en función de una vida intensamente vivida. Una vida como la de nuestro hermano: desde Dios para los demás.
¡Y qué soporte tan fuerte para una vida así nos oí rece la Palabra de Dios! El soporte, con San Pablo, de la adhesión firme a Jesucristo el Señor. No se nos ha dado ningún otro nombre que pueda salvarnos: si morimos con él, viviremos con él; si perseveramos con él, reinaremos con él; si somos infieles, él permanece fiel. Y aquí está lo grande: que él nunca desmiente su palabra, que él nunca abandona a los suyos. Porque, como afirmaba el Evangelio, él es el Camino que nos conduce hasta el Padre; él es la Verdad que nos hace libres; él es la Vida que alienta en nosotros. Quien cree en él vive para siempre. Y quien le sigue a él alcanza la plenitud de la vida. Merece la pena, por eso, crecer, vivir y morir como Jesucristo porque supone crecer, vivir y alcanzar la gloria de Dios.
A esto somos llamados y en eso coincide nuestra común vocación a la santidad que ayer celebrábamos. Sólo vive de verdad, no lo olvidemos, el que vive esa vocación, el que escucha la voz que le llama a su auténtico ser en Jesucristo. Sólo vive de verdad el que no se conforma con que la vida le viva, sino que la cincela y la moldea según un modelo que brota de su interior y que le transciende. Sólo vive de verdad el que elige vivir, y vivir en plenitud, desde un ideal, con unos principios y hacia una meta. Resulta, es cierto, una experiencia complicada y hasta «anormal», porque son pocos los que se deciden a vivir la vida… Pero es una experiencia intensamente humana, íntimamente divina.
Así quiso vivir, José Luis: desde el ideal de la evangelización de los pobres, con unos principios basados en el Evangelio y hacia la meta del Reino de Dios. A esa meta ha llegado ya él en su andadura y a recorrer ese camino nos invita a cada uno de nosotros.
Que al encomendar ahora al Señor su eterno descanso, nos sintamos, sobre todo, emplazados a afirmar nuestra fe en Jesucristo y a vivir nuestra vida desde él en favor de nuestro prójimo.
Santiago Azcárate







