Imaginación en el gobierno

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Benito Martínez · Year of first publication: 1997 · Source: CEME.
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La vida de la señorita Le Gras tenía de todo menos monotonía, a no ser que monoto­nía sea la complicada dirección de una Compañía reciente. Luisa no la consideraba mo­nótona. Cada fundación, le exigía nuevas inventivas acomodadas a las diferencias de los lugares y a las distintas situaciones. Todo envuelto en nuevas preocupaciones amortigua­das por el aplauso de la gente.

Montreuil-sur-Mer

A comienzos de 1647, las Hijas de la Caridad se establecieron en Chantilly, feudo de príncipes; antes, lo habían hecho en Fontainebleau, ciudad real. Las Hijas de la Caridad se estaban convirtiendo en necesarias o, al menos, convenientes para las obras sociales de beneficencia. También, en 1647, aumentaron los motivos para que Luisa se emocionara: el conde Carlos de Lannoy pidió Hermanas para atender a los pobres de Montreuil-sur­Mer, en la costa del norte, de donde era gobernador. El conde de Lannoy era el primer Maitre de la Casa del Rey y primo político de Margarita de Gondi, marquesa de Maigne­lay. La hija del conde, la hermosa y ligera Ana Isabel, se había casado con Enrique du Plessys, duque de la Roche-Guyon, el hijo de la duquesa de Liancourt, la familiar amiga de Luisa. El joven duque de la Roche-Guyon murió en el cerco de Mardyck el 13 de agos­to de 1646, y Ana Isabel, viuda de 22 años, bella y rica, tuvo algunas aventuras amoro­sas. Cierto día, el marqués de Vardes, de acuerdo con la joven viuda, preparó raptarla con vistas a un matrimonio. Enterados su católico padre, el conde de Lannoy, y su devoto sue­aro, el duque de Liancourt, pidieron ayuda al mariscal de Schomberg y una noche, al fren­te de cuarenta soldados a caballo, condujeron a la pasional Ana Isabel a Montreuil. Pri­sión dorada para una inquieta prisionera. Corría el año 1647. Este mismo año, llegaron las Hijas de la Caridad al palacio del conde de Lannoy en Montreuil. Montreuil-sur-Mer era plaza fuerte, puerta y defensa en la frontera con los dominios de la Casa de Austria. A los franceses, les sonaba importante por su situación estratégica.

Al leer las actas de los dos Consejos en los que se preparó el envío de dos Hijas de la Caridad, es agradable encontrar una simpática sintonía de pareceres y de sentimientos en­tre Luisa de Marillac y su superior. Por lo demás, a la veneración que Luisa profesaba a su director, correspondía admirablemente la benevolencia y el cariño que le tenía él. Lui­sa, hábilmente, va introduciendo en el diálogo los temas que le interesaban, del modo que prefería y dando la solución por boca del santo. Los dos se presentan en una compenetra­ción absoluta. A una pregunta de Luisa, responde él lo mismo que pensaba ella o, después de tantos diálogos, Luisa pensaba lo mismo que decía Vicente de Paúl. Cuando Luisa le preguntaba sobre una cuestión, ya sabía la respuesta, hasta conocía su parecer respecto a las situaciones difíciles en las que se encontrarían las Hermanas.

Por eso, los avisos que unos días después —el 26 de junio salieron sor Ana y sor Ma­ría— les entregó por escrito, coinciden con lo que dijo el santo en los dos Consejos: que busquen primero a Dios y luego el bien de los pobres, y sólo en tercer lugar, que se fijen en no perjudicar a la Compañía. Como el superior había recalcado largamente la necesi­dad imperiosa de vivir unidas, Luisa volvió a repetir idéntica necesidad, usando la misma imagen y el mismo modelo: la unión trinitaria. A ejemplo de la Trinidad, las Hijas de la Caridad no deben «ser más que un corazón y no actuar sino con un mismo espíritu, como las tres divinas personas» (E 55). Asimismo, el reglamento para los viajes, que les com­puso Luisa —convertido en norma para el futuro— lo redactó por mandato del superior en estos mismos Consejos.

Luisa consideraba casi obsesivamente la unión y la alegría en las comunidades como el calor de un cuerpo. Cuando falta, se convierte en cadáver. Después de 14 años de exis­tencia, la Compañía había crecido y se había establecido en ciudades lejanas. Las comu­nidades habían aumentado en número de Hermanas de carácter vivo, tímido, fuerte, me­lancólico, alegre, reservado…, unidas, no por el vínculo de la sangre sino por el espíritu de Jesucristo, por el amor a los pobres y el amor de amigas. Sentían el roce de otras mu­jeres a las que nunca habían visto y que conocieron por primera vez el día en que entra­ron en la Compañía. Los disgustos de Angers y de Nantes eran un ejemplo de lo que po­día suceder en el futuro.

Las Hijas de la Caridad habían sido llamadas a Montreuil, para atender a los pobres en­fermos de la ciudad y a los huérfanos acogidos en el hospital-hospicio, pero Luisa preveía que seguramente se les encargaría el cuidado de los enfermos del hospital. Del cuidado de los niños, ya se ocupaban unas empleadas que ahora quedarían a las órdenes de las Hijas de la Caridad. Luisa adivinó la situación tirante que se crearía entre aquellas mujeres que llevaban años organizándolo todo y estas advenedizas que quedaban como directoras.

Su santidad humana hacia aquellas trabajadoras, temerosas de que las Hermanas hu­bieran ido «para hacerlas saltar y salir del hospital», vio comprensibles las quejas y los improperios contra las Hermanas. Propuso a sus hijas comprensión y no replicarles. So­bre un papel, escribió unos consejos humanamente sobrenaturales exigidos en toda con­vivencia laboral: tratarlas con mucho respeto, amor y cordialidad; pedirles permiso hasta «para tomar un puchero o una sartén»; serles sumisas y, si fuera necesario, pedirles per­dón; humildad para presentarse como unas compañeras de trabajo y no como dueñas. Al tener puestos de responsabilidad, tendrán que dar cuenta al conde de la marcha del esta­blecimiento; es su obligación, pero siempre con «prudencia para no detenerse más que en las cosas importantes y no en cantidad de naderías que no merecen que se las mencione. Y lo que piensen que tienen obligación de decir, lo dirán con la mayor mansedumbre que puedan, pensando que no todo lo que tiene apariencia de mal lo sea siempre y que fre­cuentemente tan sólo lo es en nuestros sentimientos y opiniones». Como medio, sencilla­mente uno: desconfiar de ellas mismas y confiar únicamente en Dios. Bien lo aprendió ella, cuando era joven, para poder sobrevivir y salir adelante entre tantas capas sociales.

Como una madre despidiendo a sus hijas que se marchan lejos, no cesaba de darles consejos. Uno de los más necesarios era ganarse a la gente de la ciudad con su dulzura y cordialidad y, puesto que estarían solas, que acudiesen a Jesucristo, a la santísima Virgen y al Ángel de la guarda. Las familiaridades con los sacerdotes del hospital eran peligrosí­simas, y odioso abusar de la confianza del conde. Carlos de Lannoy, viudo desde 1642, abierto y jovial, daba confianza a cualquiera, pero las Hijas de la Caridad, de humilde ori­gen, debían respetarlo. ¡Jamás debían hablar mal de la compañera! Sin embargo, los con­sejos más entrañables se refieren al servicio de los enfermos:

«Por lo que se refiere a su comportamiento con los enfermos, ¡oh! que no sea para cumplir, sino con mucho afecto, hablándoles y sirviéndolos de corazón, in­formándose muy particularmente de sus necesidades, hablándoles con mansedum­bre y compasión, procurándoles, sin ser demasiado inoportuna ni cargante, los au­xilios a sus necesidades; pero, sobre todo, teniendo un gran cuidado de su salva­ción, no separándose jamás de un pobre ni de un enfermo sin haberle dicho una buena palabra; y cuando los vean en gran ignorancia, los animarán a hacer actos de fe, de contrición y de amor, como sería decir: creo todo lo que la santa Iglesia cree y quiero vivir y morir en esta creencia, y algunas veces animarlos a hacer por separado los actos de los principales artículos de nuestra fe».

Sumisas y apenadas por no recibir la bendición de su padre Vicente, el 26 de junio de 1647, por la mañana, las dos Hermanas salieron para Montreuil en el coche de Calais. Vi­cente de Paúl había tenido que marchar a Fréneville. La despedida se la dio la señorita Le Gras.

Luisa estuvo atenta a esta fundación. Frecuentemente, les escribía, dándoles directri­ces para una vida de Dios e indicarles la manera de actuar en circunstancias especiales. Un día, se enteró de que habían nombrado una directora seglar. Luisa pidió a las Herma­nas que la «obedecieran todo lo que pudiesen y que no pensasen que por humillarse iban a ser objeto de desprecio». Como a todas las madres, le daba miedo de que una Hermana se levantara sola de noche. Para que así sucediese, la necesidad debía ser grande. Tam­bién, como una madre, procuraba, con un orgullo inocente, que hiciesen bien las cosas. A veces, sus cartas son una lista de situaciones embarazosas y de soluciones rápidas e inin­terrumpidas:

«¡Por amor de Dios, querida Hermana, practique una gran mansedumbre con los pobres y con todo el mundo! Trate de contentar tanto de palabra como con los hechos; y esto le será fácil si conserva una gran estima del prójimo; de los ricos porque están por encima de usted, de los pobres porque son sus amos.

En cuanto a los animales que tienen, si de verdad les roban el tiempo que de­ben emplear tanto con los enfermos como con los escolares, hay que quitarlos; y no tomen a nadie para que les ayude en su quehacer. No le moleste, Hermana, que le diga que hay que echar mano a todo, sin pensar que ustedes no están ahí nada más que de paso. Aun cuando no tuvieran que estar en un lugar más que ocho días, es preciso trabajar en él como si debiéramos estar toda la vida. Pero deben tener tan buena armonía que lo que una hace, contente a la otra, y no decir: a mí, me toca esto o aquello, sino que las dos echen mano a todo.

Le ruego, mi querida Hermana, que sea exacta en dar la enseñanza tanto del ca­tecismo como de las buenas costumbres y otras advertencias, y no usar esta frase: usted dará el catecismo o vengan al catecismo. No es nuestra forma de hablar ni nuestra manera de enseñar, sino más bien decir: haremos la lectura. Y después, co­giendo el libro, usted podrá hacer algunas explicaciones familiares, y nunca nada relevante. Bien sabe usted que uno se puede equivocar, y esto tendría gran impor­tancia si tiene muchos escolares y enfermos o mucha asistencia de chicas mayores a la lectura de las fiestas».

A Luisa, le llegaron noticias de los aplausos que recibían sus hijas y tuvo miedo de tanta alabanza. Les pedía humildad, aunque se sentía gozosa de la labor de sus jóvenes: «Las Hermanas de Montreuil hacen maravillas, por la gracia de Dios. El señor conde es­tá muy contento».

Chars y Valpuiseaux

Aún no estaban afianzadas las Hermanas en Montreuil y, sin saber cómo, se encontró organizando las comunidades de Chars y de Valpuiseaux. Necesitó imaginación para dar vida a unas Hijas de la Caridad que tenían poco que hacer. Hacia septiembre de 1647, una dama de la caridad, Carlota Ligny, señora de Herse, llamó a las Hijas de la Caridad para que atendieran a los pobres enfermos de Chars, pequeña ciudad al noroeste de París. La señora del lugar, María Luisa Séguier, marquesa de O y esposa de Luis Carlos Luines, se preocupó de que nada les faltase a las Hermanas. Para Luisa, fue una tranquilidad; pero también un temor, ¿no llevaría a las Hermanas a la vagancia? Así, debió ser, porque se enteró de que la Hermana joven, Sor Marta, había engordado bastante. Rápidamente, echó mano de un papel, escribió a Sor Turgis, la hermana sirviente, que todo debía ser a causa del poco trabajo y de las muchas comodidades, y las apremiaba a buscar «en los pueblos vecinos a los enfermos para cuidarlos», recordándoles que es una «práctica entre las Hi­jas de la Caridad trabajar para ganarse la vida»

Algunas cartas a Chars, nos recrean, viendo a Luisa como una sencilla ama de casa: envía una saya y ropa a Sor Turgis, bromea por los zuecos que les han comprado, les co­munica que la harina de trigo está cara y hay que mezclarla con la de centeno, les cuenta que las gallinas no ponen y por ello los huevos están caros, etc..

Tranquila fue también la vida de las Hijas de la Caridad en Valpuiseaux, al sur de Pa­rís, cerca de una comunidad de padres paúles. A Valpuiseaux, pertenecía la aldea de Fré­neville, donde los misioneros tenían una finca, Orsigny, que solía frecuentar Vicente de Paúl.

Los niños abandonados en Bicétre

No sólo imaginación, inventiva necesitó Luisa de Marillac para sacar adelante la obra de los niños abandonados. A Luisa, la fascinaban estos niños y sobre ellos volcó su ma­ternidad afectiva, a pesar de que, durante el año 1647, la agobiaron de trabajo. Agobio que se convertía en tormento cuando no veía claro su bienestar.

Un día de junio de 1643 se les ocurrió a las Damas de la Caridad pedir a la reina el castillo de Bicétre. La ocasión era propicia: desde hacía un mes, Ana de Austria gober­naba como regente de su hijo Luis XIV, y Vicente de Paúl hacía poco que había sido nom­brado miembro del Consejo de Conciencia.

Para conseguir el castillo, las señoras Souscarrier, Romilly y Traversay, mujeres en­tregadas a los niños, se movieron sin descanso, acudiendo a personajes de la corte y del gobierno. Luisa hacía de enlace entre ellas y Vicente de Paúl. El santo abrumado de tra­bajo se reservó tan sólo la última responsabilidad y descargó en Luisa la organización. Ella lo aceptó comprensiva y hasta le indicó el camino a seguir y los pasos que debía dar: que acuda a la reina él que tiene acceso y que le hable cuanto antes. No obstante la importan­cia del castillo, hábilmente le recordó de paso, que recordase a la reina cómo «el pueblo agradecerá enormemente la rebaja que hará el rey (del impuesto) de los portes del grano». Recuerdo oportuno, pues repercutía en la baja del precio del pan en favor de los pobres; sin olvidar que los transportistas solían hacer todos los años una donación a los niños, que sería mayor si bajaban los impuestos (c.94,100).

A Luisa, no le gustaba la idea de llevar los niños a Bicétre. Sobre ello, habló frecuen­temente con Vicente de Paúl. Éste le encargó un día que pusiera por escrito los inconve­nientes que veía. Dotada de criterio analítico y de facilidad para redactar, rápidamente es­cribió una valoración, que resultó mas bien negativa:

El castillo es enorme y no se llegaría a ocupar la mitad ni en dos años. El cas­tillo y sus alrededores han estado frecuentados, desde hace varios años, por toda clase de malhechores y gente de mala vida. El castillo está un tanto alejado de París y el camino es peligroso para las Hermanas que frecuentemente tendrán que ir y venir a la ciudad . A causa de los fríos y heladas, es peligroso llevar hasta allá a los niños en brazos o en montura por malos caminos. Se necesitarán mu­chas Hermanas para atender a los niños y para solucionar sus necesidades y las de la casa, con peligro para la sicología y la moral de las Hermanas, que podrí­an derrumbarse. Todo esto, más el acondicionamiento del castillo, abandonado desde hace muchos años, exigiría un gasto enorme. Las Hermanas no podrían acudir fácilmente a las reuniones de París ni los niños podrían ser visitados. Lle­var allá todas las Hermanas sería difícil por los inconvenientes que supondría pa­ra las Hermanas que tienen que visitar a los pobres de París.

Análisis objetivo de una realidad. Nada le quedó sin abrir, sin mirar y sin analizar. Lui­sa no tenía ningún interés en que los niños se quedaran en París. Tan sólo examinó y des­cubrió las dificultades que entrañaba Bicétre. Decidida, las expuso con claridad al supe­rior. Luisa tenía carácter y, al sentir las necesidades de unos pobres niños, habló con la fuerza que le daba el buscar lo que quería Dios, aunque fuera contra el idealismo de unas señoras nobles. Luisa se mostró como una vidente que percibía el porvenir, y el futuro le dio la razón.

47. El Consejo de Conciencia no formaba parte de los Consejos del rey. Ana de Austria lo instituyó poco después de la muerte de Luis XIII (14 de mayo de 1643) que ya había reunido a algunos eclesiásticos para con­sultarlos. En los comienzos, lo formaron Ana de Austria, Mazarino, Vicente de Paúl y los obispos de Lisieux y de Beauvais. La tarea del Consejo consistía, sobre todo, en la colación de los beneficios eclesiásticos y particu­larmente el nombramiento de los obispos.

A pesar de todo, era una mujer expulsada de la nobleza y conocía bien el orgullo aris­tocrático. Preveía que aquellas damas llevarían los niños a Bicétre y que ella obedecería. Precavida, buscó soluciones para cuando llegara el día:

«Si, no obstante todas estas dificultades, hay que ir allá, es necesario, al menos durante este invierno, que dos hombres vivan allí; que todos los días haya Misa en la capilla, en la que se podría mandar hacer una pila para bautizar a los niños, lo que llevaría las cincuenta libras que han dado para ello. Además, sería necesario tener un pequeño carruaje con un caballo para llevar allá a los niños, y esto solucionaría mu­cho; podría llevarlo uno de los hombres. Y, siendo esto así, sería necesario escoger bien a los hombres, ya que tendrían trato con las nodrizas y las Hermanas» (c.99).

El castillo de Bicétre fue construido en la Edad Media como fortaleza feudal. En el si­glo XV, cuando los «carbochiens» lo destruyeron con todas sus maravillosas riquezas, per­tenecía a los duques de Berry. Reconstruido en forma de caserón, pasó al cabildo de No­tre-Dame de París. A comienzo del siglo XVII, era propiedad de la corona. Abandonado, se convirtió en guarida de ladrones y vagabundos. En 1632, Luis XIII mandó derruirlo en­teramente y edificar de nueva planta un asilo para nobles empobrecidos y soldados muti­lados en servicio del rey. En 1643, hacía tiempo que habían concluido las obras, pero se­guía abandonado; convertido de nuevo en guarida de toda clase de malhechores que po­nían miedo en los alrededores. Luisa lo sabía y también Vicente de Paúl; de ahí, que las objeciones hicieran mella y los niños quedaran en París cuatro años más.

Durante cuatro años, la obra de los niños abandonados aparecía afianzada y próspera. París se asombró de los resultados y comenzaron los celos y el deseo de popularidad. Da la sensación de que al cabildo, de quien dependió la Cuna, le dolía haber entregado la obra a la Caridad del Gran Hospital y pretendió retomar el control de los niños. Hubo disgus­to entre las Damas y amenazaron con abandonarlo todo. Intervinieron el canciller Séguier y los señores de la Alta Justicia, quienes redactaron un documento confirmando el primer contrato y reafirmando que la obra dependería, como hasta entonces, de las Damas de la Caridad. Sin pretenderlo, Luisa ocupó el puesto de mediadora ante San Vicente. A Santa Luisa, acudieron las damas como antesala del director y su mano derecha.

Luisa afrontó otros problemas parecidos. A imitación de la obra que llevaban las da­mas, surgieron varios hogares de niños abandonados, independientes de la dirección de Vicente de Paúl. Uno de estos hogares lo había fundado y lo dirigía la señorita Serque­manant. No funcionaba bien, sin embargo, y culpaba a las Damas de la Caridad. Las acu­saba de querer quitarle los niños y ponerlos con nodrizas en el campo, de impedir que le dieran donativos y, lo que era más grave, las acusó ante uno de los capellanes del rey, La­vocat, y ante el Primer Presidente, Mateo Molé. Era un rumor corriente que la señorita Serquemanant había cautivado al Primer Presidente con su labia. Se armó buen alboroto y en él quedaron atrapados Vicente de Paúl y las señoras Traversay y Romilly. De nuevo, sin pretenderlo, Luisa fue el enlace entre las señoras y el director Vicente. Luisa empleó su sagacidad para aplacar la situación (c.103) y parece que todo se solucionó, pues no se volvió a hablar de ello.

Mientras ocurrían estos sucesos que, de alguna manera, siempre recaían sobre Luisa, los niños vivían apretados en varias viviendas. Rechazado, por el momento, el castillo de Bicétre, hubo que buscar otros alojamientos. Vicente de Paúl encontró una solución. La Corte le había entregado 64.000 libras que había dejado el difunto Luis XIII. Sus intere­ses —2.000 libras anuales— serían suficientes para que seis padres paúles y dos Herma­nos misionaran Sedan y los pueblos vecinos. Vicente de Paúl recibió el dinero el 14 de junio de 1644, y al año siguiente, las había invertido en la construcción de 13 casitas en un terreno que tenía cerca de San Lázaro. Con las rentas del alquiler, se darían las misiones (X, n° 158). Dos de estas casitas, las arrendó a las Damas por 300 libras el 22 de agosto de 1645, como vivienda de un grupito de niños. Las otras casitas las alquiló a vecinos.

Pasaron dos años tranquilos. En 1647, Luisa pensaba indemnizar a un vecino para am­pliar los locales de los niños, cuando un día, nunca lo olvidaría, el 6 de setiembre de 1647, recibió una nota escrita por Vicente de Paúl:

«Las damas de la Caridad ruegan a la señorita Le Gras que envíe mañana, do­mingo, a la una de la tarde, cuatro niños, dos chicos y dos chicas, con dos Hijas de la Caridad, al castillo de Bicétre, con la ropa de los niños y todo lo necesario para pasar dos días, pero sin las mantas… Ellas tienen cierto motivo especial para obrar de este modo y les gustaría que la señorita Le Gras se encargara de ellos; pero creo que no puede pensarse en esto».

¡Por fin, las damas habían logrado su empeño! Cierto que, reunir los hogares de los ni­ños en uno solo resultaba más económico, pero aún persistían los inconvenientes que cua­tro años antes había descubierto Luisa. Al leer la nota, vemos que tanto las damas como Vicente de Paúl sospechaban que a Luisa no le agradaría lo más mínimo. Sin embargo, obedeció. Pasados unos días, Luisa fue a Bicétre y quedó descorazonada. Las damas pe­dían lo imposible a las Hijas de la Caridad. Como alojamiento de los niños, habían esco­gido habitaciones pequeñas, donde el aire se cargaba y se corrompía; no habían contrata­do capellán y querían que las Hermanas fueran a la Misa del pueblo, a Gentilly. Pero en­tretanto ¿quién cuidaría de los niños? ¿Y quién haría los trabajos? Para que Vicente de Paúl no pensara que eran quejas infundadas y suyas únicamente, le pidió que hablara con Sor Genoveva, la responsable de Bicétre, y le «escuchara el agotamiento de las Herma­nas y las pretensiones de las damas». Y se le escapó una frase cargada de pena: «tengo miedo de que tengamos que abandonar el servicio de estas pobres criaturitas» (c.203).

Tanto San Vicente como ella solían ir a Bicétre. Luisa lo hacía frecuentemente y allí pasaba semanas enteras, organizando la casa. No quería abandonar a sus hijas en los co­mienzos, siempre pesados, de una obra, fatigadas, además, por el trabajo diario de los ni­ños y por la repugnancia que les causaba encargarse de aquella clase de niños, fruto del pecado de la carne. ¡Así era el siglo XVII!

Luisa era realista. Aunque no le agradaba Bicétre, inmediatamente, comprendió que no había otra salida, que allí estarían varios años y procuró que lo pasasen lo más cómo­do posible: buscó leña gruesa y menuda para el fuego, bien medida y de buena calidad; pidió cien agujas, hilo, 25 ó 30 dedales, un centenar de libritos piadosos, algunas sábanas, media docena, apropiadas para hacer pañales. Todo era para los niños, para que apren­dieran a coser y a trabajar según su edad. ¡Cómo se acordaría de los años de su niñez y de lo que aprendió en la residencia de aquella señorita! Recordaría la experiencia que tu­v o hacía más de quince años, cuando iba por los pueblos enseñando a las niñas. Luisa era educadora por instinto. La educación consistía en saber leer, escribir, cálculo y, sobre to­do, aprender a vivir la piedad cristiana. Pero formación, para la señorita Le Gras, era tam­bién enseñar a ser útiles y a ganarse la vida, especialmente para aquellos niños que, de mayores, no tendrían más fortuna que lo aprendido con las Hijas de la Caridad. Para en­señar a leer y a escribir a los chicos, encargó al superior Vicente carteles alfabéticos impresos; para las chicas era distinto. Era muy conveniente enseñarlas a leer, pero no a es­cribir: ¡podrían tener correspondencia con chicos y peligrar su moralidad! Todo el mun­do estaba de acuerdo entonces, que una mujer no necesitaba saber escribir.

Por entonces, un día, se encontró con el señor Leroy, puesto por los señores de la Al­ta Justicia de la ciudad para administrar una renta de 1.200 a 1.400 libras que tenían los niños expósitos en la Cuna, antes de hacerse cargo de ellos las Caridades de Vicente de Paúl. Se quejó de las damas ante Luisa para que se lo contara al padre Vicente. Estaba do­lido porque las damas habían llevado a los niños a Bicétre sin que él lo supiera; porque él era el administrador y las damas no le daban las cuentas; y le indicó que era él quien de­bía nombrar al capellán de los niños; y otras muchas quejas. Pero Luisa, ladina, se excu­só diciéndole que no era ella, sino él quien debía decírselo a Vicente de Paúl.

No obstante, al llegar a casa, le escribió a su director contándoselo todo. De la con­versación con el señor Leroy, retuvo que el señor Leroy, «pretendía ir a Bicétre a dar la instrucción a los niños siempre que le pareciese bien, poner allí un capellán y tener él to­do el cuidado espiritual de los niños». Lo más que permitiría era que las damas presenta­sen al capellán, pero que sería él quien le daría el nombramiento; y que antes cedería la administración que dejar de ejercer este derecho. Con astucia femenina, Luisa se fingió asombrada, y le dijo que hasta entonces las damas «habían tenido el mismo cuidado por lo espiritual que por lo temporal». Con la viveza de siempre, percibe el peligro de esta in­tromisión y le propone la solución a Vicente de Paúl: que obtenga «de la reina este pues­to para la Congregación de la Misión, así se impedirían muchos obstáculos y se haría mu­cho bien». En lo tocante a la administración de las rentas, Luisa le dijo al señor Leroy que ella creía que los canónigos se habían descargado de la dirección de la obra en favor de las damas, «excepto de 1.200 libras de las que ellas les daban cuenta», que desde hacía 50 años ésta era la única suma que administraban los canónigos. De nuevo, usó su agudeza femenina y le aclaró que nunca les había oído hablar de ello a las damas y que ahora ha­blaba por sí sola, pues lo que había dicho «era de sentido común». Como quien no dice nada, le puso a San Vicente una postdata: «Al venirme a la mente la gran necesidad [en que estamos], le dije que creía que muy pronto se verían obligadas las damas a entregar la obra a quien la pudiese llevar. Todo el tiempo, estuvimos como buenos amigos, pues yo le hablaba como neutral».

Al pasar los meses, la intuición rebelde que tuvo Luisa de que los niños permanece­rían en Bicétre varios años, se convirtió en convicción resignada. La actividad comenzó a empapar su cuerpo como si fuera sudor y su mente a pensar cómo sacar provecho de las tierras del castillo. Aquel año hubo gran cantidad de vino. Rechazó la idea de las damas de mezclarlo con vino de inferior calidad para venderlo como vino mediano. No com­pensaba mezclarlo, ya que las ganancias se las llevaría el obrero contratado para hacer las mezclas. Mejor era vender el excelente vino en Bicétre y sus alrededores, «en garrafas o en botellas, por el gran consumo en aquellos barrios, debido al número de soldados». Al­macenó trigo, lo mezcló con centeno y contrató a un obrero para acarrear, hacer el pan y trabajar la huerta. Pasados unos meses, su activa alegría se encontró con el dolor: la en­fermedad y la muerte de muchos niños. Su infancia y la de su querido hijo se le hicieron presente. En enero de 1643, cinco meses después de ir a Bicétre, habían muerto 52 niños, y 31 estaban muy malitos. Resignada con la realidad de aquel siglo y con la debilidad de aquellos niños, le decía al fundador: «Espero que, cuando todo esté bien acomodado, se­gún el deseo de estas damas, no se irán tan deprisa». ¿Ironía hacia la terquedad de las da­mas, o tristeza esperanzada?

Después, durante varios meses, la vida en Bicetre caminó tranquila con el horario que les dio la santa. Era un horario breve. Dios aparece como el centro del día: hay que reco­nocerlo como Dios, hay que adorarlo, darle gracias y pedirle sus bendiciones. La ocupación primordial es el cuidado material de los niños: limpieza, comida, clases y descanso. Todo gira alrededor de las clases y del catecismo. Se la ve como a una madre, por la edad como a una abuela de 56 años, clasificando las distintas comidas según la edad de los niños: pa­ra los de 3 y 4 años y para los de 5 a 8. En 1647, ningún niño pasaba de esa edad.

Los gastos

Cuando las Hermanas y las obras le dejaban tiempo libre, se encerraba en su cuarto para hacer los presupuestos y llevar las cuentas. Era una hábil organizadora e impecable administradora. Hizo el inventario de los pocos muebles y cacharros que tenían en la ca­lle Boulangers y le presentó al superior lo que costaban los niños de esa calle: 2.121 li­bras con 16 sueldos. Cuando Vicente de Paúl animaba las damas, les hablaba con las cuentas reales que le había entregado Luisa. Hubo momentos de economía débil y de pre­ocupación, pero, a pesar de la guerra que empobrecía a las familias, los siete primeros años fueron desahogados. La novedad de la obra, la religiosidad de aquellos años y la compa­sión que despertaban las pobres criaturas trajeron abundantes limosnas y muchas dona­ciones, como aquella de 8.000 libras en el mes de octubre de 1647.

Cuando las damas de la Caridad se comprometieron con todos los niños abandonados de París, la obra tenía unas rentas anuales de 1.200 a 1.400 libras, pero con el aumento de los niños se disparó el presupuesto. En 1647, había 820 niños, de ellos sólo 150 desteta­dos, para el resto hubo que buscarles nodrizas pagadas. Los gastos de tantos niños ascen­dían cada año a 40.000 libras. Todas las capas altas de la sociedad se encontraron com­prometidas en la empresa. En 1642, Luis XIII donó una renta anual de 4.000 libras; 3.000 para los niños y 1.000 para los gastos de las Hijas de la Caridad que los cuidaban. En 1644, Ana de Austria, regente desde el año anterior, añadió otra renta anual de 8.000 libras, pa­ra comenzarlas a cobrar el primer día del año 1646. En total, unas 11.000 libras fijas to­dos los años, más las 1.000 con que tenían que vivir las Hijas de la Caridad. Lo que fal­taba hasta 40.000, lo aportaba la gente con donaciones y colectas que se hacían en las igle­sias. El gobierno ayudaba por medio de exenciones fiscales y monopolios sobre el grano y el vino. Pero quienes se sacrificaron con el peso de los gastos y la responsabilidad fue­ron las Damas de la Caridad del Gran Hospital. En los esquemas de las conferencias que les daba Vicente de Paúl, aparece el esfuerzo que hacía el santo para convencerlas. Acu­día a ellas para todas las necesidades, muchas y grandes, que picoteaban Francia como una bandada de buitres sobre un cadáver. Eso, era Francia por las guerras y los desastres económicos. Vicente de Paúl necesitaba ingenio y corazón para conmoverlas. Cuando el anciano sacerdote ya no tenía dinero ni sabía de donde sacarlo, echaba mano de los bie­nes de su casa de San Lázaro, ante las protestas de algún misionero por dar a los niños lo que ellos necesitaban para vivir. Con entrañas de compasión y agobio de responsable, pre­guntaba a Luisa por el número de niños y se interesaba por el precio de cada nodriza. Luisa lo animaba a proseguir y le indicaba caminos que hoy consideramos ingeniosos y hasta ingenuamente avispados:

«Señor, si su caridad tuviese la bondad de acordarse de explicar el bien que hay al ayudar a continuar una buena obra comenzada, como la de los niños abandona­dos, tanto después de la muerte como mientras se trabaja en ella, en vida, cuando se emprende por amor de Dios; y que por eso, aquellos que hacen el bien por tes­tamento tienen el mismo mérito por esto, cuando lo hacen en caridad perfecta, que por lo que han hecho en vida, si han tenido la voluntad de hacerlo si hubiesen po­dido, [con tal de que sea de verdad]».

Las Hermanas no eran gravosas. Con 1.000 libras de renta al año, vivían  las diez o do­ce que cuidaban de los niños. En realidad, vivían con menos: Luisa corrigió al santo que eran «muchas más y que aún aumentarían por Todos los Santos», pues les iban a traer can­tidad de niños. La conciencia no le permitía que las Hermanas tomaran nada de los niños sin permiso de las Damas, ni siquiera un trozo de pan, aunque sobrara. Para que no las acusaran, exigía que las cuentas de los niños y de las Hermanas fueran claras y estuvie­ran separadas.

El trabajo de estas Hijas de la Caridad era duro. San Vicente lo sabía y solía visitar­las, lo mismo que las damas, pero era Luisa quien pasaba con ellas temporadas largas, lle­nándolas de ánimos y de regocijo. Por ellas, sentía un cariño predilecto. Cuando, en agos­to de 1646, se ausentó para hacerse cargo del Gran Hospital de Nantes, reforzó la comu­nidad con una Hermana enfermera, y estando en Nantes, se acordó de ellas: escribió a Sor Juana Lepeintre, su sustituta, que cuidara con esmero de aquellas «queridas Hermanas». También, pidió a Vicente de Paúl que atendiera con delicadeza a Sor Genoveva que esta­ba reponiéndose «de la fatiga que había tenido con los niños expósitos durante la cuares­ma». Un día, aclaró, precisamente, por qué les prestaba tanta atención: «Aquí, —les de­cía— el trabajo de las pobres Hermanas es increíble, no tanto por la dureza cuanto por la repugnancia que por naturaleza se tiene a esta labor; por ello, es justo ayudarlas a animarse y a que conozcan lo que hacen y lo que supone este trabajo ante Dios, y ayudarlas con oraciones». Frase extraña y áspera a nuestros oídos, pero común en aquella época: niños desnutridos, tarados y con anormalidades muchos de ellos, cientos de niños de cuna ali­mentados con biberón, cuidarlos de día y de noche, veinticuatro horas seguidas, sin des­canso semanal. Y sobre todo, la impresión de repugnancia que causaban por entonces los pecados de la carne en mujeres consagradas. Y ellas, mujeres puras, tenían que limpiar y alimentar a aquellos niños, fruto del pecado carnal.

Luisa comprendía a las Hermanas, pero no sintió repugnancia. Nunca olvidó que ella pudo haber sido una niña igual que ellos; se libró porque era hija de la nobleza. Sin olvi­dar que, por estos años, Luisa ya era santa. Con esos niños, pasó muchos días, enamora­da de ellos. En una carta, les decía a las Hermanas de París: «¡Oh, cómo me gustaría ver­las a todas aquí voluntarias, con los sentimientos que Dios me da por esta obra. Estoy to­da edificada al ver la unión de caridad con que nuestras buenas Hermanas desempeñan lo que Dios les pide en esta santa obra».

No es extraño que las damas, a pesar de no pertenecer a la misma clase social, aco­gieran sus consejos; tampoco sorprende que Vicente de Paúl le diera autoridad como a una de las principales: «En cuanto a los papeles de la señorita Viole, habrá que hacer mañana temprano los poderes que dice ella, a nombre de usted, y que usted los firme como una de las oficialas de la Caridad de los Niños expósitos. Pues también lo es usted, y de las más importantes».

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