Francisco Régis Clet, biografía (07)

Francisco Javier Fernández ChentoFrancisco Régis CletLeave a Comment

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Author: Andrés Sylvestre, C.M. · Year of first publication: 2000 · Source: Ceme.
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7. La vida de la Misión

Una existencia marcada por la pobreza

A través de su correspondencia con el Padre Song, hemo podido darnos cuenta de la extrema pobreza en la que se debate el misionero. No se queja, pero lamenta no poder enviar a sus hermanos los auxilios que necesitan. Solicita de los superiores de Pekín algunos subsidios, «porque el hambre que se hace sentir por aquí nos ha empobrecido mucho… No me pide dinero, y hace bien, porque no tengo nada que mandarle. No quedan en plata o sapecas más que unos 18 Tiao, de los que hay que restar 10 ó 12 para el Padre Chen, porque los correos que vienen a llevárselo al llano no han traído ningún viático consigo: así a ojos vistas en 13 días no quedará una sapeca en casa».

Escribe al Padre Chislain en Pekín, en agosto de 1810: «Este año no hay maíz por causa de la sequía. Tendremos que comprarlo casi todo, y todo es caro. Mire a ver si tiene lo suficiente para ayudar a nuestra pobreza«.

Coloca la ayuda a los pobres en el primer lugar de sus preocupa­ciones, no despide nunca con las manos vacías a los desheredados que llaman a su puerta. Al conceder autorización al Padre Song para reci­bir regalos y hacer limosnas, «en cuanto no sea contrario a nuestro voto de pobreza. Recuerde, por lo demás las palabras de san Pablo, citadas como procedentes de Nuestro Señor: es más dichoso dar que recibir«.

Al Padre Richenet le escribe: «En la última carta olvidé recordarle que necesitamos dinero, pero pienso que lo imagina usted sobrada­mente, pues aunque se nos acuse de simonía, le podré asegurar que hay pocos lugares donde ejerzan el ministerio más gratuitamente que noso­tros…», y añade para poner en claro la escasez de recursos de su cris­tiandad: «Bajo nuestra dependencia no hay ricachones. Tampoco tene­mos comerciantes, lo que, dicho sea entre paréntesis, me causa mucho agrado (no le falta picardía cuando hace estas observaciones, él que era hijo de un comerciante grenoblés), porque en China más que en cual­quier otra parte mercader y granuja son casi sinónimos. Los que tene­mos son casi todos labradores, al menos dos tercios de los cuales no pueden cerrar las cuentas del año: estamos más bien en situación de dar, no de recibir…«.

Su pobreza se manifiesta en las condiciones de vivienda con las que se contenta. En varias ocasiones habla en sus cartas de nuestro castillo de puja. Designa con esta expresión jocosamente su residencia central en Tchai-Yuen-Kéu. Es una modesta casa de adobe, con piso de tierra batida y techo de paja; la iglesia está también construida con los mis­mos materiales.

Se preocupa por sus hermanos

Convoca cada año a todos sus hermanos que misionan a veces muy lejos, para que vengan a pasar algunas semanas juntos en su castillo de pqjcr, con objeto de llevar un poco una vida de comunidad y de reha­cerse corporal y espiritualmente. Estos encuentros mantenían el fervor de los misioneros y reavivaban su sentimiento de pertenecer a una Comunidad viva y preocupada por sus miembros.

Al final estas semanas de fraternidad pasadas en el castillo de paja, cada uno regresaba a su campo de apostolado, en Hu-Kuang y en las provincias vecinas Kiang-Si, Kiangnan y los distritos de la región.

Jefe de misión, el Padre Clet estitna necesario recordar a todos sus colaboradores un cierto número de principios que deben inspirar su acción. Lo hace mediante «Cartas circulares». Lamentablemente sólo nos quedan dos. De la primera con fecha de comienzos de 1811 tampoco nos quedan más que algunos fragmentos.

Recomienda a los misioneros paciencia y misericordia para con los pecadores en lugar de indignarse contra ellos: «Revistámonos pues, de ternura y de misericordia, de bondad, de humildad de paciencia«: Por­que «nosotros debemos, nosotros que somos más fuertes, sostener la flaqueza de los débiles y no complacernos en nosotros mismos…».

Los pone en guardia contra el espíritu de lucro en la administración (le los sacramentos y el cumplimiento de su ministerio. «Que las riquezas de la salvación, la sabiduría, la ciencia y el temor de Dios sean todo tu tesoro…».

Anuncia por fin a los misioneros que la Santísima Virgen, bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, ha sido instituida por el Santo Padre como patrona principal de la provincia del Hu-Kuang.

La segunda Circular que tenemos’ data del 10 de abril de 1813. Está escrita en latín para ser bien entendida por todos, ya que algunos no aprecian del todo los matices del francés. Invita primero a sus her­manos a la unión entre sí «a fin de que todos estemos de acuerdo y uná­nimes en lo que se refiere al gobierno de nuestras ovejas y que de esta torna no formen «sino un solo rebaño», como no hay «sino un solo pastor» (Jn 10, 16) que es Nuestro Señor Jesucristo».

1. Trata de la instrucción religiosa y pide para ello que se haga leer cada domingo o fiesta de obligación la quinta parte del catecismo, y que le recuerden después las fiestas y ayunos de la semana. Además cada mes dos catequistas, un hombre y una mujer, presidirán los exámenes de catecismo a los que son sometidos los niños de siete a diecisiete años.

2. Recuerda la obligación para los cristianos de realizar todos los esfuerzos posibles para bautizar a los hijos de paganos que estuvieran en peligro de muerte. Habrá dos cristianos, un hombre y una mujer, particularmente encargados de ello en cada distrito. Pero es preciso también enseñar a cada uno a administrar el bautismo.

3. En las comidas, sobre todo las comidas de bodas, subsiste la enojosa costumbre de hacer beber a la gente más de lo razonable, de donde procede toda suerte de desórdenes. Hay que apartar absoluta­mente a los cristianos de estas costumbres deplorables, que respiran paganismo.

4. Existen reglamentos para la conducta de vida en diversas cir­cunstancias. Están impresos en chino en cuatro hojitas. Habrá que leer cada domingo la séptima parte para recordárselo oportunamente a los cristianos, a fin de que se acomoden a ellos.

Por fin los misioneros deberán servir de ejemplo vivo para sus fie­les y mantener en sí mismos el fervor por la fidelidad a sus ejercicios de piedad tales como la oración, el examen, la lectura del Evangelio y de los libros de devoción y los retiros.

La veneración con respecto al Padre Clet

De todo lo que el Padre Clet recomienda a sus hermanos él mismo es el primero en dar ejemplo, por eso todos le tienen en veneración, en particular el Padre Song, que ha tenido más que nadie tiempo de expe­rimentar la paciencia y la dulzura de su superior.

Mucho tiempo después de su muerte continuaba el recuerdo, en los distritos que había administrado, del santo Padre Liéou, nombre chino del Padre Clet. Un viejo cristiano cuyo testimonio se recogió en 1869, o sea 49 años después de su muerte, decía en relación con la acción del misionero. «Nuestro distrito, donde reinaban abusos y escándalos, cambió completamente de cara después de una visita del Padre Liéou. Con su prudencia y celo consiguió apaciguar las disputas, se desarrai­garon las costumbres supersticiosas y pudo reconducir al rebaño a los pecadores más endurecidos».

La irradiación del viejo misionero se extiende entre los paganos que tienen hacia él una especie de sentimiento religioso. Le atribuyen un poder extraordinario ante el Amo del Cielo. Se dirigen a él en sus penas, o bien cuando el país está desolado por alguna plaga, a fin de obtener por sus oraciones el cese de sus males.

En 1863 un misionero, el Padre Salvan, recogiendo testimonios sobre el Padre Clet escribía: «Nuestro venerable mártir el señor Clet gozaba en vida de tal reputación de santidad, que cristianos y paganos recurrían a él en las desgracias privadas y públicas. Se cuentan varias maravillas, frutos de sus oraciones. Una vez entre otras en tiempo de la sequía, la población de una aldea vino a pedirle que consiguiera llu­via. Enseguida envió a los cristianos al oratorio común y él mismo se encerró en su habitación. Siguió allí por lo menos dos horas rezando, v cuando salió con los ojos inundados de lágrimas, dijo a los cristianos que esperaban su respuesta: «Tendréis demasiada… demasiada…». Y efectivamente sobrevino una lluvia tan abundante que se convirtió en inundación»

La veneración popular le rodeaba como de una aureola sobrenatu­ral. Se contaba que una vez al regresar de una expedición misionera a una de sus cristiandades, una emboscada de algunos paganos le espe­raba en un lugar propicio para apoderarse de él, despojarle y desvali­jarle. Estos se quedaron estupefactos a la vista de un fenómeno extra­ordinario. Vieron al viejo misionero rodeado de luz y elevado dos palmos sobre el suelo. Vueltos en sí, le pidieron perdón por su actitud v sus malas intenciones. Son los propios paganos quienes contaron después lo sucedido a los cristianos.

Una carta del Padre Lamiot, que conocía bien al Padre Clet, dice de él que se le atribuía el don de leer en las conciencias, y hasta lo que parece increíble, de adivinar los pecados que los cristianos estaban a punto de cometer. Esta veneración hacia su misionero hizo que des­pués de su muerte los cristianos recogieran con piedad filial los objetos ­que le habían pertenecido y que tenían como reliquias.

El Vicario Apostólico de Chansí, Mons. De Madello, le tenía en grande estima y decía de él: «Las obras admirables del Padre Clet, su prudencia, su celo por la salvación de las almas, no necesitan que otro las exalte, estas cualidades son lo suficientemente conocidas… Confie­so públicamente mi estima hacia él. Ojalá tuviese veinte misioneros como él, todos mis sufrimientos se cambiarían en delicias. Debo este testimonio a su virtud…».

Más de quince años después de la muerte de nuestro mártir, Juan Gabriel Perboyre que se encontraba en los mismos lugares donde había vivido y se había sacrificado el Padre Clet, recogía a su vez entre la población testimonios de admiración por el Padre Clet, a quien tenía como su modelo. Lo había seguido por los mismos caminos, bien que algo más rápido. Había sido como el Padre Clet profesor en un semi­nario diocesano, luego director del noviciado y por fin misionero en China. Decía a sus seminaristas mostrándoles el hábito que llevaba el Padre Clet en el momento de su martirio: «Mirad el hábito de un már­tir, mirad el hábito del señor Clet, mirad la cuerda con que fue estran­gulado. ¡Que dicha para nosotros si un día tuviéramos la misma suer­te!… ¡Qué buen fin el del señor Clet! Rogad a Dios para que yo acabe como él«.

Juan Gabriel seguirá en los mismos lugares de misión los ejemplos de santidad heroica y de entrega del Padre Clet. Como él, será entre­gado- arrestado, llevado de un tribunal a otro, condenado a muerte, y como él estrangulado en una horca en forma de cruz, en el mismo Iugar. Sus tumbas serán vecinas en el cementerio de la Montaña Roja, fuera de los muros de la ciudad de U-Tchang-Fu.

La obra misionera del Padre Clet fue continuada por sus hermanos de Congregación chinos, pero el verdadero heredero de su acción, de su espíritu y de sus virtudes fue Juan Gabriel Perboyre. Su común recuerdo- en los sitios donde trabajaron sucesivamente, está rodeado de la misma veneración por los fieles, según confesión de Mons. Dong, actual arzobispo de Wuhan, la antigua U-Tchang-Fu, capital de lo que era entonces Hu-Kuang.

Relaciones del Padre Clet con los Superiores de Pekín

Para asegurar la substitución progresiva de los Jesuitas, llegaron los primeros Sacerdotes de la Misión a Pekín el 29 de abril de 1785. Eran tres: los Padres Raux, Ghislain y el Hermano Paris. El Padre Raux fue nombrado superior. Tomaron posesión de la parroquia de Petang. La prudencia y la bondad del Padre Raux facilitaron mucho la transición entre los ex-Jesuitas y los Padres Paúles. El Padre Ghislain fue encar­gado por el Padre Raux de formar a futuros sacerdotes, y a ello se entregó con éxito. El seminario que él dirigió y animó dio a la Congregación de la Misión excelentes vocaciones. Quince de ellos llegaron al sacerdocio en la Compañía y dos fueron hermanos coadjutores. Llegado en 1791 a Macao, el Padre Clet, después de algunos meses de aprendizaje del chino, recibió del Padre Raux su orden de misión para la provincia del Kiang-si.

Trabajó allí alrededor de un año. Pero en 1792 creyendo el Padre Raux que se necesitaba la presencia de un misionero europeo en la pro­vincia vecina de Hu-Kuang envió allá al Padre Clet, quien debía traba­jar con varios jóvenes hermanos de comunidad chinos, ya que dos com­pañeros franceses estaban fuera de circulación, el Padre Aubin encarcelado y el Padre Pesné muerto prematuramente por agotamiento.

Sólo tenemos un embrión de la carta del Padre Clet al Padre Raux. Le declara su voluntad de seguir firme en medio de sus cris­tianos.

Desgraciadamente el Padre Raux murió el 24 de noviembre de 1801, de un ataque de apoplejía, muy llorado por todos y hasta por los infieles, dice el Padre Ghislain y añade: «Verdaderamente tenía todas Ias virtudes y las cualidades que se pueden desear en un misionero y en un superior«.

Según los poderes que había recibido del Padre General, el Padre Raux nombró para sucederle, como superior de las misiones vicencia­nas, al Padre Ghislain, quien desempeñó el papel de superior de los misioneros de la Misión francesa de China hasta su muerte, acaecida en 1812. Pero continuó sobre todo la obra de los seminaristas chinos, sin abandonar las correrías misioneras por las cristiandades rurales de región de Pekín.

Si no nos queda más que una carta del Padre Clet al Padre Ghislain, sabemos por alusiones en otras cartas que se relacionaban no obstante por correos. Escribiendo a su colaborador el Padre Song se queja el Padre Clet varias veces de estar sin noticias del Padre Ghis­lain: «Si el Padre Ghislain sigue guardando silencio con nosotros, nos tendremos que decidir a mandarle dos correos en la luna undécima, para darle noticias nuestras, y pedirle un misionero y dinero...».

Era noviembre de 1807. Algunas semanas más tarde vuelve a escribir ­eI Padre Song: «La misión necesita dinero. De ahí que me parezca preferible el que, a primeros de la undécima luna, enviemos correos a la capital, si en el término de la décima no recibimos noticias del Padre Ghislain. A ver qué piensa. Si es usted de esta opinión, le ruego me lo escriba…».

En una carta del 14 de abril de 1809, el Padre Clet anuncia al Padre Song que ha recibido noticias del Padre Ghislain, quien le envía al hermano Wang para ser guardián y ecónomo de la casa y que es por­tador de un poco de dinero. Va acompañado de un laico que podrá ayudar en la casa, porque el Padre Ghislain no ha encontrado sacerdote que enviar de refuerzo… Nada de nuevo por Pekín: el Padre Ghislain no se encuentra bien…

En otra carta al Padre Song, del 17 de noviembre de 1809, el Padre Clet dice que ha recibido noticias de la capital y añade: «Los Padres Ghislain y Lamiot que no tienen tiempo de escribir, me encargan que le salude amigablemente de su parte».

En la única carta que tenemos del Padre Clet a su superior, Padre Ghislain, el Padre Clet le detalla el reparto que ha hecho de sus her­manos en las misiones de las que están encargados. El Padre Chen irá a Kiang-si. El Padre Tchang está en Kiangnan, el Padre Ho entre Kut­ching y Hanyang y el Padre Dumazel se quedará en el mismo lugar, para formar a tres o cuatro alumnos a los que hay que enseñar latín, para luego enviarlos a Pekín. El Padre Son- está de misión hace dos años en Chan-Tshin-Hien… El Padre Clet aprovecha esta carta para pedir ser relevado del cargo de superior de la misión. Se queja de la sequía que les va a obligar a comprarlo todo… Mire si tiene bastante para socorrer nuestra pobreza… Las relaciones del Padre Clet con el Padre Ghislain parecen ser muy cordiales, lo que nos hace echar de menos más cartas.

A partir de 1794, el Padre Ghislain recibió la ayuda, en su función de formador de sacerdotes, del Padre Lamiot, que le sucedió después de su muerte, como superior de los Sacerdotes de la Misión de China en 1812.

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