Francisco Régis Clet, biografía (05)

Francisco Javier Fernández ChentoFrancisco Régis CletLeave a Comment

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Author: Andrés Sylvestre, C.M. · Year of first publication: 2000 · Source: Ceme.
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5. La misión en Hu-Kuang

La vida de la Misión

Traslado a Hu-Kuang

Al cabo de un año de trabajo apostólico en Kiang-Si, el Padre Raux, Superior de los Padres Paúles en China, pide al Padre Clet que vaya a la provincia vecina, Hu-Kuang, donde se encuentran los Padres Aubin y Pesné, cuya salud está muy resentida. La provincia es inmensa. Tiene la reputación de ser granero del imperio. Desde 1818 estará dividida en dos, con Hupé al norte y Hunán al sur.

La residencia central de los misioneros cae no lejos de Ku-Chen, según Francisco Regis refiere a su hermano: «De Kiang-Si, me fui a la parte septentrional de Hu-Kuang, país montañoso, donde tengo a mi alrededor, a corta distancia, a más de dos mil cristianos. Aquí las conversiones de paganos son raras; testigos del escándalo de algunos malos cristianos, se niegan a instruirse en una religión tan mal practicada».

Esta residencia será también, cuarenta años después, la de Juan Gabriel Perboyre.

Los jóvenes hermanos franceses del Padre Clet

Estos dos misioneros van a acabar prematuramente. Uno, el Padre Aubin, llamado por el obispo de Chensí, del que dependía, será dete­nido durante el viaje, y morirá en prisión, a lo que se cree, por enve­nenamiento. El otro joven hermano de comunidad, Padre Pesné, mori­ría de agotamiento a los 29 años, de suerte que pronto se ve el Padre Clet solo para un territorio inmenso.

Esa misma carta a su hermano, describe el campo de su acción: «En este momento mi residencia más habitual está entre las montañas que, en una territorio de 7 a 8 leguas, comprenden a más de dos mil cristia­nos, divididos en más de veinte distritos, a los que se atiende sucesi­vamente; pero además, existe un gran número de cristianos alejados a 20, 40, 50 leguas, que hay que visitar también. Suponiéndome solo, como lo estoy en efecto desde hace tres años, tengo que recorrer un espacio de 200 leguas, que no incluye sin embargo más que a diez mil cristianos poco más o menos. Dos hermanos de comunidad europeos, muertos casi a la vez, uno en prisión, el otro a mi vista, me dejaron solo para desbrozar o cultivar un campo tan extenso«.

La secta del nenúfar blanco

Pero la actividad y los desplazamientos de nuestro misionero son estorbados por los saqueos de una facción rebelde al poder imperial tár­taro. Es la facción del Nenúfar Blanco, heredera lejana de la secta mul­tisecular de los Gorros Amarillos. Sus adeptos se declaran en contra del Imperio. Por donde pasan, sus bandas pillan, incendian y masacran a los que intentan resistirles. Sus correrías entorpecen no poco la acción de nuestro misionero: «Hace dos años y medio que no puedo hacer excur­siones distantes, a causa de una guerra civil que ha tenido a mi provin­cia por uno de sus teatros principales y continúa siéndolo. Los subleva­dos forman una secta infinitamente numerosa… Estos rebeldes, que queman todos los lugares por donde pasan y asesinan a cuantos no quie­ren tomar partido por ellos, se han acercado bastante a nuestras monta­ñas para tenernos en continuos sobresaltos. Pero tampoco han estado nunca más cerca de 5 a 6 leguas, que es suficiente...».

Una vez los rebeldes llegaron a saquear la residencia del Padre Clet; le consumieron el vino, y tan a su holgura, que no encontraron al misio­nero, el cual se había ocultado. Con el nombre chino de Pei-li-kiao, forman una tropa de ocho a diez mil. Como defensa contra sus asaltos, los chinos se han fortificado en algunos campamentos. Allí se refugian en caso de peligro, y descienden cuando ha pasado la tormenta. Hasta en la ciudad de Pekín lograron penetrar estos facciosos; pero faltos de disciplina, fueron vencidos, y presos y decapitados sus jefes.

Pero más de una vez cundió el infundio de que los cristianos hacían causa común con los rebeldes, incidente referido por el Padre Clet, en carta al Padre Letondal en Macao: «En mi cantón hace poco que nos han amenazado con una persecución. Algunos infieles han difundido malignamente el rumor de que los cristianos, en tal fecha fija, alzarían el estandarte de la revuelta; esta calumnia, de lo más absurdo, tenien­do en cuenta el reducido número de cristianos con relación al de los paganos, adquiere crédito y provoca grandes rumores. El mandarín del lugar llama a cristianos que declaran que siendo tan pocos en número, sería una locura por su parte revolucionarse, y que sería sin duda correr hacia la muerte. Tres calumniadores convictos son apresados y castigados con la muerte, como perturbadores de la paz pública. Así con­cluyó el asunto sin ningún cristiano enviado a prisión«.

El agotamiento del misionero

El Padre Clet está de ordinario ocupado en exceso. Él mismo dice: «como yo no estoy revestido del espíritu de oración, no atraigo las bendiciones del cielo sobre mi ministerio. Mi gran ocupación es con­fesar de ordinario de 9 a 10 horas al día, si no tengo que ir a adminis­trar a los enfermos, cosa frecuente».

El superior de Pekín, Padre Raux, le invita a moderar su celo, y dice de él: «Sus cristianos no le dan reposo alguno; ocurre a menudo que a la diaria fatiga, llegan por la noche para rogarle que ande dos o tres leguas, y aun más, y asista a algún enfermo. Su celo, tan infatigable como tímido, teme siempre no llegar a tiempo… En una carta le decía que el bien general de la misión pedía de él poner límites al celo…«.

El Padre Clet no goza tampoco de una salud muy robusta: escribe al Padre Letondal en Macao: «Acabo de pasar una enfermedad que me ha llevado a las puertas de la muerte. Una fiebre periódica cada dos días y la hidropesía concurrían a trazarme el camino de la tumba. Caí enfermo el 1 de septiembre. Ahora gracias a Dios, estoy convalecien­do. Me siento muy débil y apenas puedo dar unos pasos, después me siento agotado…»

Los colaboradores chinos del Padre Clet

Los jóvenes misioneros, Padres Aubin y Pesné, habían muerto en 1795. Hallándose solo, el Padre Clet pidió auxilio al Padre Raux en Pekín. Mas éste, sabedor de los trastornos que provocaba la rebelión en Hu-Kuang, a nadie se atrevió a mandar por el momento. En el trans­curso del año 1798, el Padre Clet le dirige dos correos, para comuni­carle el desamparo en que encuentra la misión. Los hermanos de comunidad chinos, enviados como refuerzo a Hu-Kuart  han sido for­mados en Pekín por el Padre Ghislain, compañero del superior de los misioneros, Padre Raux.

En 1795, el Padre Raux enviaba como refuerzo al Padre Clet a un hermano de comunidad de 40 años, el Padre José Ly, converso de ori­gen musulmán. Este llega para descargar al Padre Clet de su atención a la misión en Kiang-Si, adonde fue a establecerse. Murió en 1827.

En 1799 llegó el Padre Juan Chang, que tenía 30 años. Había naci­do en Pekín de padres cristianos. Desde 1807, andaba por Kiana-Si y Kian-nan, y visitaba cada poco a los cristianos de Chckiang.

En 1800 fue Juventino Chang, que por desgracia murió prematura­mente en 1803, asistido por el Padre Clet.

En 1804, muerto el Padre Juventino Chang, llegó a Hu-Kuang Pablo Song. Tenía 30 años. Durante dieciséis, es decir hasta 1820, colaboró con el Padre Clet. Fue detenido en 1852 y murió en 1854. Este hermano de comunidad puso a prueba más de una vez la pacien­cia del Padre Clet.

En 1808, el Padre Clet recibió como refuerzo a un joven sacerdote de 27 años, natural de Pekín. Padre Ignacio Ho. Era muy piadoso y sirvió de consuelo al Padre Clet. Muerto el Padre Clet, juzgó prudente cambiar su nombre por el de Tong. Detenido en 1830, fue desterrado a Turkestán con su catequista. Para vivir, entre los dos abrieron una far­macia. Tong se ocupó de los cristianos en el exilio, y murió en 1844.

Al mismo tiempo que el Padre Ho, llego en 1808, Francisco Chen. Fue el compañero de cárcel al Padre Clet, y estuvo desterrado en Tur­kestán. Murió en 1825, masacrado por los rebeldes musulmanes, con los habitantes de la ciudad de su exilio.

El Padre Antonio Cheng, llegó en 1809 a Hu-Kuang; misionó allí por algún tiempo; luego fue enviado a Kiang-Si, donde murió en 1835.

El Padre Fatanislao Ngaï, natural de Hupé y enviado a su provincia de origen, trabajó en ella desde 1817 y murió en 1849. Admiraba las virtudes del Padre Clet y le sucedió en la administración de la misión. El Padre Rameaux, llegado a esta misión en 1832, dirá de él que tenía los dones del Espíritu Santo.

EI Padre Clet recibició, pues, de 1795 a I820, el retuerzo de ocho paúles chinos. Además se benefició de los servicios de un hermano que era procurador de la misión de Pekín, Pablo Wang, y que velaba también por los intereses de la misión de Hu-Kuang, sin quejarse nunca de los largos y pesados viajes.

EI Padre Clet, en sus cartas, tiene ocasión de hablar sobre unos y otros, y se ve que estima como preciosa su colaboración.

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