3. Hacia China
La llamada de China
En 1783, el rey de Francia y el Papa habían pedido al Padre Jacquier, Superior General de la Congregación de la Misión, que enviara a China misioneros para reemplazar a los Jesuitas. Una primera expedición, de tres misioneros, fue en 1784; otra de dos en 1788. El Padre Cayla recibía de China noticias alentadoras, noticias que, a comienzos de 1790 y de 1791, comunicó en sendas cartas circulares a la Congregación. Preparó luego un nuevo envío de misioneros.
El Padre Clet ya había pedido ir a misiones, pero entonces se le creyó más útil en su papel como director del seminario. Apareciendo eI porvenir en Francia bastante inseguro, y sabedor el Padre Clet de que se preparaba una salida hacia China, acudió con una petición renovada al Superior General.
La partida de los misioneros estaba fijada para febrero de 1791. Dos W–enes diáconos debían formar parte de la expedición: los señores Pesné y Lamiot, más un sacerdote. Ambos diáconos estaban prestos, pero no el sacerdote, retenido en provincias por el arreglo de ciertos asuntos. El barco esperaría en Lorient hasta el 15 de marzo, no más. El Padre Cayla recibe de Lorient una carta tras otra, urgiéndole a que apure el envío de los misioneros. El Padre Clet ve en estas circunstancias una señal de la Providencia. Reitera su petición, que esta vez es aceptada. El horizonte en efecto se ensombrece para Francia, y el Padre Cayla ve acercarse el momento en que todos los miembros de la Congregación, en particular los seminaristas, serán dispersados y la casa de San Lázaro confiscada.
Como ya no había tiempo, falta a Francisco Regis la holgura necesaria para ir a despedirse de los parientes y ver de nuevo el Seminario de Annecy. Escribirá, pues, antes de zarpar varias cartas a María Teresa, su hermana mayor, quien para él representa a la familia.
Cartas de despedida
Los padres de nuestro misionero han muerto: Cesáreo Clet en 1783, y su esposa Claudina Bourquy en 1787. Así que es María Teresa, su hermana mayor a la vez que madrina, a quien escribe Francisco Regis para comunicar la gran nueva de que parte rumbo a China. Comprende que esta perspectiva imprevista va a sorprenderla dolorosamente, no menos que a toda la familia, pero está tomada su resolución. Con fecha 10 de marzo de 1791, le escribe: «No te propongas apartarme de este viaje, pues mi resolución está tomada, y sólo la imposibilidad de tomar el barco me impedirá realizarlo. Lejos de disuadirme, debes felicitarme porque Dios me ha concedido el favor insigne de trabajar en su obra…».
La encarga de gestionar la parte que le corresponde en la herencia paterna, de la cual deberá entregarle anualmente una renta para cubrir gastos de misión. Su hermana le contesta expresando la consternación que sentían todos por la próxima partida, pero ella sabe que su resolución es inquebrantable. Sin embargo, se hace intérprete de toda la familia en un intento por detenerle.
El responde antes de salir para Lorient, su puerto de embarque: «Aprovecho la noche precedente a mi partida para responder a tu carta tan enternecedora. Sin duda me esperaba que tu constante y viva amistad hacia mí no te iba a permitir hacer caso de la invitación mía de no intentar ningún esfuerzo para romper mis planes; pero una vez tomada la determinación antes de escribirte, me había preparado a resistir a los asaltos que librarían tu ternura y sensibilidad. Las cosas estaban entonces demasiado adelantadas para volverse atrás, y no me arrepiento de ello, no por falta de amistad hacia ti, sino porque creo seguir en ello las miras de la Providencia sobre mí… Salgo esta mañana para Lorient en carruaje con dos de los nuestros».
Este viaje equivalía a una penosa expedición. Los 400 kilómetros que separan París de Lorient llevaban tres o cuatro días. Se pasaba por Chartres, Le Mans, Laval y Rennes. Empotrados en las plazas de la diligencia, zarandeaban a los viajeros las sacudidas que causaban los baches. Los caballos iban al galope: se los cambiaba cada 12 kilómetros. Para cenar y pernoctar se hallaba alojamiento en alguna posada próxima a la posta. Los viajeros llegaban aturdidos: les atendía con premura el hospedero, con la ayuda de servidores y criadas.
De madrugada, tras el descanso de la noche, sonaba una trompa, y se volvía a salir. Nuestros misioneros llegaban a Lorient unos días antes de que zarpase el barco. Esa mañana, 2 de abril de 1791, Francisco Regis escribe a María Teresa: «Ya estoy en Lorient hace algunos días. Llegué aquí felizmente y nuestra partida está fijada para hoy a las 11 h., si los vientos son favorables. Apenas me queda tiempo para respirar, de manera que te escribiré con toda brevedad. Por suerte no tengo nada nuevo que contarte sino volver a agradecerte las bondades para conmigo; recibirás cada año noticias mías en las que no faltarán detalles de mi situación… No te voy a repetir que estoy muy contento con mi destino… ¿No te sirve de consuelo pensar que un hermano tuyo está destinado al ministerio apostólico? Renueva mis recuerdos a mis queridas hermanas y a mis hermanos… Encomiéndame a las oraciones de mi tía y de mi hermana la carmelita y de toda la comunidad… «.
En principio, el barco debía levar anclas hacia las 11 horas del 2 de abril, si el viento era favorable. Pero hubo que esperar todavía a que terminara la operación de carga. Con el corazón encogido, nuestro misionero va a abandonar un país en plena ebullición y cuyo porvenir le parece muy sombrío. Parte hacia orillas desconocidas, en respuesta a la llamada del dueño de la mies. Ya había dicho san Vicente a los suyos: «Es cierto que el Hijo de Dios ha prometido que estaría en su Iglesia hasta el fin de los tiempos; pero no ha prometido que esta Iglesia estaría en Francia, o en España, etc. Y si había algún país en donde parece que debería haberla dejado, parece que no hay lugar más digno de preferencia que la Tierra Santa,… Sin embargo fue a aquella tierra, por la que tanto había hecho y tanto se había complacido, a la que quitó primero su Iglesia, para dársela a los gentiles… Debemos trabajar incesantemente por realizar nuevas conquistas y hacer que le reconozcan los pueblos más lejanos».
El viaje transcurrió sin incidente que contar, la mar estaba bastante tranquila y los vientos, con no ser siempre favorables, permitieron aun así que el navío sostuviera una boga apacible. Cierto, hubo que observar el paso del Ecuador, o sea, pagar un tributo de sencillas pruebas, a las que son sometidos quienes lo pasan por primera vez: no fue excesivo.
El barco tardó casi tres meses (del 10 de abril al 2 de julio) en avistar el Cabo de Buena Esperanza. Desde esta escala, nuestro misionero escribe a su hermana y la tranquiliza en cuanto a las condiciones del viaje: «Zarpamos de Lorient el 10 de abril y estamos hoy, 2 de julio, cerca del Cabo de Buena Esperanza, que avistamos el 29 de junio, pero que no hemos doblado todavía a causa de una calma que sobrevino. La mar no ha producido en mí los efectos que ocasiona de ordinario. Mientras que todos los navegantes nuevos pagan su tributo al mar con vómitos agotadores, yo no sentía más que cierto decaimiento que pronto desapareció. Siempre me ha ido bien hasta ahora, a pesar de la rápida sucesión de las estaciones templadas, abrasadoras y frías que hemos recorrido. Los vientos, a favor de los cuales hemos llegado al Cabo, no han sido muy favorables, pero al menos no podemos quejamos de ningún temporal»».
Un navío que volvía de las Indias y tomaba puerto en el Cabo, llevó esta carta a Francia. El viaje prosiguió sin incidente, y nuestros viajeros desembarcaban en Macao tres meses más tarde.
Breve memoria de las etapas de la evangelización de China
Los Nestorianos de origen persa
Los primeros mensajeros del Evangelio fueron unos monjes persas que llegaron a China en el siglo VI por una ruta de Asia central, la ruta de la seda. Llevaban consigo el cristianismo de su país, marcado por la doctrina de Nestorio. Este cristianismo, de origen y organización monacales, se extendió aun más allá de China, hasta Indonesia. Cierta estela descubierta hacia 1624 no lejos de Xian, la antigua capital, muestra una larga inscripción que data del año 781 de nuestra era, y que da fe de la benevolencia del emperador hacia el cristianismo. El texto presenta un resumen de la doctrina cristiana, traída de occidente, y menciona un decreto del emperador Taitsong, en el 638, que aprueba la difusión de la fe cristiana. Pero este cristianismo, cuyas relaciones con Persia se cortan con la presencia del Islam en Asia central, es también objeto, en los siglos siguientes, del desfavor y aun la persecución que gravan sobre el budismo.
En el siglo XIII, al extenderse por gran parte de Asia la dominación mongol, vuelve a haber contacto entre los cristianos de China y los de occidente. Un monje cristiano, Rabban Sauma, sale de China con un joven compañero, Marcos, en dirección a occidente. Se detienen en Bagdad, donde son recibidos por el patriarca de la iglesia nestoriana, que reside en Seleucia-Ctesifonte. Visitan los lugares santos de aquella región, como también los de Armenia. Pero muere entonces el patriarca, y se elige patriarca a Marcos, con el nombre de Mar-Yabalaha.
A raíz de estos sucesos, Rabban Sauma es enviado a Europa por el Khan mongol de Persia. Visita al rey de Francia, al rey de Inglaterra, y al Papa, con quien llega a un entendimiento ecuménico, acordando ambos la intercomunión de las iglesias nestoriana y católica. Comulga de manos del Papa y asiste a su misa. Regresa finalmente a Persia, y muere en Bagdad el año 1294.
Los misioneros franciscanos
En sentido inverso, occidente se vuelve hacia China. En 1245, el Papa manda en embajada ante el gran Khan a un franciscano, Juan de Plan Carpín. El rey san Luis, unos años más tarde, en 1253, envía a otro franciscano, Guillermo de Rubrouck, para que estudie las disposiciones de los mongoles.
Hacia finales de siglo, en 1289, el Papa Nicolás IV manda a China un hombre experimentado, Juan de Montecorvino, que llega por mar. Es bien recibido en Pekín (Khanbalik) por el gran Khan, y a pesar de la rivalidad de los cristianos nestorianos, logra reunir una pequeña cristiandad y construye una iglesia.
En 1305 escribe al Papa pidiendo refuerzos. Clemente V, papa de Aviñón, le envía siete franciscanos a los que ha consagrado obispos. Llevan el encargo de consagrar arzobispo a Juan de Montecorvino y ser sus sufragáneos. Con el favor del emperador, se organizan comunidades cristianas en las grandes ciudades: el viajero Marco Polo es testigo de esta vitalidad de la Iglesia. Hubo todavía un envío de 32 misioneros franciscanos en 1338, como respuesta a una petición del emperador y de los cristianos.
Pero la dinastía mongol se derrumba en 1368, y cesa el favor que disfrutaban los cristianos latinos y nestorianos. Las cristiandades que no son alimentadas con misioneros se agostan y desaparecen también.
En el XVI, los jesuitas
Se hace un nuevo esfuerzo de evangelización. El recién creado instituto de los Jesuitas envía al extremo oriente a uno de sus más ilustres miembros, Francisco Javier. Después de llevar la Buena Nueva a Japón, quería penetrar en China. No lo logró, sino que moriría de agotamiento en un islote rocoso, San-chung, frente a Macao, el 3 de diciembre de 1552. En Macao 9 prospera aun así una pequeña comunidad cristiana. La soberanía sobre este exiguo territorio era concedida a los portugueses en 1557. Allí surge una iglesia floreciente. Macao fue la puerta para los misioneros que entraban en China, y el asilo para los que se veían obligados a abandonar aquel territorio. Una comunidad de Jesuitas se estableció en Macao, pero las hubo también de Dominicos, Franciscanos y Agustinos.
En 1582, dos Jesuitas italianos, Mateo Ricci y Miguel Ruggeri fueron durante algunos meses huéspedes del virrey en Zhaoqing, en la región de Cantón. Sus conocimientos de matemáticas y geografía les resultaron muy útiles. Al tiempo que se empapaba de la cultura china, Ricci consiguió que le fuese posibilitado el penetrar más adentro en aquella tierra. Estableció una residencia en Nanchang, y obtuvo por fin en 1601 la autorización de instalarse en Pekín. Adoptó el estilo de vida y vestido de los doctores confucianos. Hizo llegar al emperador diversos obsequios, así un reloj astronómico y un cuadro que representaba a la Virgen María y al Niño Jesús.
Ricci se granjeó numerosos amigos entre los letrados y logró no pocas conversiones. La residencia del Padre Ricci y sus hermanos de comunidad era muy frecuentada por los intelectuales. Pero Ricci murió en 1610. Por su preparación los Jesuitas se hicieron indispensables al emperador, que les asignó un cargo oficial, como matemáticos, astrónomos e ingenieros. Fue así como los Padres Schall y Verhicst ingresaron como miembros en la Oficina de Astronomía. Habían nacido, Schall en Colonia el año 1591, y Verbiest cerca de Courtrai en 1623.
La misión aparecía por entonces sólidamente establecida en Pekín y algunos otros lugares como Nankín, Shangai, Hangcheú, Nanchang, y Hukuang.
Los Franciscanos y los Dominicos lograron también penetrar en China, y la Congregación de Propaganda Fide les confió en China central y meridional extensas regiones para evangelizar. Nos los encontraremos en la vida misionera del Padre Clet, y más tarde en la del Padre Perboyre, a quienes prestarán fraterna ayuda.
El Padroado y la Congregación de Propaganda
Por acuerdo con el papa León X, el rey de Portugal obtuvo en 1516 el privilegio que llaman Padroado, es decir Patronato. Este facultaba para presentar candidatos a las sedes episcopales de las Indias y del extremo oriente. Sus titulares estaban bajo la jurisdicción del arzobispo de Goa. Sólo con el consentimiento del gobernador portugués de Macao era posible la entrada por Macao en China a un misionero. Para sustraerse a este monopolio molesto, la Congregación de Propaganda Fide optó por enviar misioneros propios, y nombrar vicarios apostólicos que dependieran directamente del Papa.
Por la Congregación de Propaganda Fide fueron enviados a China en 1684 los primeros Padres de las Misiones Extranjeras de París, entre ellos Monseñor Pallu. Lo fueron asimismo en 1685 algunos Franciscanos italianos, entre ellos Monseñor Della Chiesa, que llegó luego a arzobispo de Pekín.
Los primeros Padres Paúles
Entre los misioneros que la congregación romana envió figuran dos Sacerdotes de la Misión italianos: Luis Appiani y Teodorico Pedrini.
Luis Appiani, que había dirigido el colegio de Propaganda Fide en Génova, partió rumbo a China en 1697, acompañado de un alumno, Juan Müllener, sacerdote de origen alemán. Atravesaron Siria, Persia, y llegaron a Madrás, en la India. El joven Müllener pidió al Padre Appiani que le admitiera en la Congregación de la Misión. Fue recibido en Madrás el 25 de enero 1699. Ya en China, fueron a establecerse en Chongking (Sechuán). El Padre Müllener fundó allí un seminario; después, en 1715, fue vicario apostólico de Sechuán, y administrador de Hu-kuang, la provincia vecina. Se entregó hasta la muerte, que le sobrevino en 1742.
El Padre Appiani dejó Chongking en 1705, y fue a buscar en Cantón subsidios para la misión de Sechuán. Allí encontró al legado del Papa, Monseñor De Tournon, enviado a China con una embajada, que ensayase alguna solución al problema de los ritos chinos. El legado tomó al Padre Appiani como intérprete. Acompañante de Monseñor De Tournon, el Padre Appiani experimentará todo género de pruebas, y aun sufrirá veinte años de cárcel. Moría en 1732.
El Padre Pedrinill debía figurar en el grupo del legado, quien le había dado cita en Canarias, para hacerse todos a la mar en abril de 1703. Pedrini no pudo llegar a tiempo, por lo que se embarcó en el Saint-Malo, el cual le llevó a Perú. Desde aquí tomó otro barco para Acapulco en Méjico. Atravesó el Pacífico, llegó a Manila, y vencidos múltiples obstáculos, desembarcó en Macao a principios de 1710, o sea, 8 años después de dejar Italia.
Por sus talentos para la música, el emperador le llamó a la corte de Pekín, donde se le encomendó la formación musical de los hijos del príncipe. Se vio implicado en la querella de los ritos chinos, que expondremos más adelante. Esto le hizo sufrir muchas afrentas, y hasta la prisión, por su fidelidad al Papa. Muerto el emperador en 1722, y bajo los sucesores, Pedrini recuperó el puesto como músico oficial de la corte. Pero en 1741 enfermaba: murió en 1747.
Estos primeros Sacerdotes de la Misión formaron en Sechuán y en Macao a varias decenas de jóvenes, que llegaron a sacerdotes. Muchos Padres Paúles chinos, que serían excelentes misioneras, figuraron entre ellos.
Durante el siglo XVIII, agitó con fuerza al cristianismo de China la ya aludida «querella de los ritos». Las ceremonias oficiales chinas, con sus ritos en honor de los difuntos, ¿estaban o no viciadas por la superstición? Y en consecuencia ¿podían o no los cristianos participar en ellas, o en qué medida? Unos, entre ellos los Padres Jesuitas, pensaban que las ceremonias podían observarse, mientras que eran consideradas supersticiosas por la mayoría de loa demás misioneros.
La cuestión se remitió a Roma. Roma ordenó Una investigación. Según su fallo, las ceremonias merecían la censura de supersticiosas. El fallo de Roma fue mal recibido por los partidarios de los ritos: se molestó a los cristianos durante varios decenios. Hostigados por los partidarios de los ritos, el Padre Pedrini y Monseñor De Tournon hubieron de sufrir la cárcel y el destierro.
La sustitución de los Jesuitas
Por insistente petición de las cortes borbónicas de Europa, y obedeciendo más que nada a motivaciones políticas, decretaba el Santo Padre Clemente XIV, en el Breve Duminus ac Redemptor, del 21 de julio de 1773, la disolución de la Compañía de Jesús. Se asestaba un duro golpe a las misiones de China. En China, la decisión oficial fue notificada a los Jesuitas en noviembre de 1775.
La misión de Pekín estaba patrocinada, y en parte financiada, por el rey de Francia. Los Padres Jesuitas continuaron en sus puestos y en sus ministerios- pero había que preparar su reemplazo. Contactadas las Misiones Extranjeras de París, rechazaron la propuesta. El rey pensó primero en los Benedictinos o en los Oratorianos, mas luego acudió al Padre Jacquier, Superior General de la Congregación de la Misión.
El Padre Jacquier declinó esta oferta por dos veces, pero acabó aceptando, ante la insistencia del rey. El rey propuso esta solución a Pío VI, quien por Breve del 7 de diciembre de 1783, dio su conformidad con la solicitud.
Era preciso hallar hombres de ciencia que ocupasen los puestos oficiales en la corte de Pekín. El Padre Jacquier propuso los tres primeros candidatos: el superior, Padre Nicolás Raux, que había hecho estudios de astronomía, geografía, botánica e historia natural; el Padre Juan José Ghislain especializado en matemáticas y física; y el Hermano Carlos París, relojero, mecánico y tornero, que había recibido lecciones de clavecín.
Salidos de Brest el 2 de marzo de 1784, estos tres misioneros, desembarcaron en Cantón el 29 de agosto. Nada más llegar, escribieron a los Jesuitas de Pekín, de quienes recibieron una respuesta muy cordial. Llegaban a Pekín el 29 de abril de 1795, tras una estancia de cinco meses en Cantón.
La transmisión de poderes se efectuó sin percance. Granjearon al Padre Raux la simpatía general su prudencia y su benevolencia. Quedaban apenas cinco ex-Jesuitas sacerdotes y un hermano. Entre las primeras preocupaciones del Padre Raux estaba la de abrir un seminario. Con unos quince alumnos, lo confió a su cohermano el Padre Ghislain. De aquel seminario saldrían muchos y excelentes sacerdotes, paúles y diocesanos.
En Pekín, los Padres Paúles debían asegurar la sucesión de los Jesuitas en la iglesia de Petang; debían también sucederles en diversas provincias, donde los vamos a encontrar: Kiang-Si, Hu-Kuang, CheKiang.
La segunda ola
El 21 de septiembre de 1788, desembarcaban en Macao dos jóvenes sacerdotes de la Misión, el Padre Hanna, irlandés, y el Padre Aubin, francés, que hubo de esperar dos años por una autorización para salir de territorio portugués. Sin embargo, el Padre Hanna quedó en Macao, para enseñar en el Seminario de San José, fundado por los Sacerdotes de la Misión portugueses, y el Padre Aubin salió ocultamente hacia Hu-Kuang. Allí se entregó de lleno, con los sacerdotes chinos, al servicio de los cristianos de la re-ión de Ku-Cheng. Fue detenido el 17 de marzo de 1795. Llevado ante los tribunales, no reveló nada que pudiese comprometer ni a los misioneros ni a los cristianos. Los mandarines le hicieron envenenar en la cárcel, y murió ese año, el 1 de agosto.
En Francia la Revolución invertía todos los valores. El Padre Clet, creyendo ser más útil en misiones que en Francia, se ofrece en 1791 al Superior General para ir a China. Zarpaba de Lorient con dos jóvenes hermanos de comunidad que eran sólo diáconos: Luis Lamiot y Agustín Pesné. Se embarcaron el 10 de abril; llegaban a Macao el 13 de octubre siguiente. Pero los volveremos a encontrar, según seguimos el itinerario misionero del Padre Clet.
Nuestros misioneros recibieron en Macao una carta del Padre Raux, superior de loa Padres Paúles, que residía en Pekín. Señalaba a cada uno su destino. El Padre Lamiot, como hombre de ciencia, debía ir a Pekín, mientras que los Padres Clet y Pesné irían a Hu-kuang.
La situación en China a finales del siglo XVIII
El 30 de diciembre de l722 moría el emperador Kangshi, tras un largo reinado de 60 años. Se inmiscuyó en la querella de los ritos chinos, y le había irritado lo que él estimaba una intromisión del Papa en los asuntos religiosos internos de China. Los Padres Appiani y Pedrini sufrieron las consecuencias, y estuvieron algún tiempo encarcelados, como también el legado del Papa, Monseñor De Tournon.
Fue el sucesor de Kangshi uno de sus hijos, que tomó por nombre Kucheng. Sacó de la cárcel al Padre Pedrini, que había sido su profesor de música, y dio también la libertad al Padre Appiani. Pero el jesuita Padre Morao tuvo parte en una conspiración y fue en consecuencia condenado a muerte. El emperador concibió cierta animosidad contra los misioneros y, salvo algunos que fueron tolerados en Pekín, los demás salieron expulsados en dirección a Macao el año 1735.
Sucedió a Kucheng uno de sus hijos, Kienlong. Este anuló las medidas que su padre había adoptado contra de los misioneros. Pero durante su reinado, hubo aquí y allí en las provincias, diversas persecuciones por iniciativa de los poderes locales, pues se sospechaba que los cristianos y los misioneros eran cómplices en la rebelión anti-manchú del Nenúfar Blanco. Sin embargo, un decreto imperial daba en 1785 la libertad a aquellos misioneros que habían sido encarcelados.
El emperador murió en 1796, tras un largo reinado de 61 años. Por entonces había apenas comenzado en Hu-Kuang la acción misionera del Padre Clet.






