El sentido de la vida religiosa hoy

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Timothy Radcliffe; O.P. · Year of first publication: 2001 · Source: Ecos 2001.
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1. Buscando una historia

Se me ha pedido que les hable de «La vida religiosa, ¿qué sentido tiene hoy?». La cuestión se plantea con urgencia a los religiosos hoy, porque muchos de noso­tros nos preguntamos si el modo de vida en el que estamos comprometidos tiene el menor sentido. En Europa Occidental hay menos vocaciones que antes; en Francia, muchas congregaciones van disminuyendo en número y algunas mueren; ser religioso no aporta ya el mismo estatus ni el respeto que suscitaba. Damos la impresión de haber perdido nuestro cometido en una Iglesia que parece se ha hecho más clerical y de haber perdido nuestra importancia en una sociedad en la que los laicos hacen ahora tantas cosas que antes hacían en gran parte los reli­giosos. Con el nuevo sentir de la santidad del matrimonio, ya no se considera incluso que nuestro modo de vida sea más perfecto que otro y es comprensible que muchos religiosos pregunten: ‹<La vida religiosa, ¿,qué sentido tiene hoy?'».

En esta situación, sería natural tratar de encontrar el sentido de la vida religiosa en algo que nos es particular, algo que nosotros hacemos y que ningún otro hace, algo que nos dé nuestro lugar especial, nuestra identidad particular. Somos como herradores, en un mundo de automóviles, en búsqueda de un nuevo rol. Me parece que es una de las razones por las cuales nosotros, religiosos, hablamos a menudo con ardor de nosotros mismos como de profetas. Pretendemos ser la parte profé­tica de la vida de la Iglesia. Esto nos da una identidad, un rol, una etiqueta. Creo, efectivamente que la vida religiosa está llamada a ser profética, pero no como solución a nuestra crisis de identidad. Me gustaría más bien partir de otro punto, a saber de la crisis del sentido que atraviesa la sociedad occidental. Creo que la vida religiosa es más importante que antes debido a la manera como nos vemos llamados a afrontar la crisis de sentido de nuestros contemporáneos. Nuestra vida debe ser una respuesta a la pregunta: «La vida religiosa, ‘¿qué sentido tiene hoy?'». Quizá ha sido éste el testimonio esencial de la vida religiosa.

¿Cómo podemos solamente comenzar a reflexionar en una cuestión tan amplia como la crisis contemporánea de sentido? Para decir cualquier cosa apropiada, haría falta haber estudiado libros sobre lo moderno y lo post-moderno. Yo no los he leído. Mi excusa es que, como viajo con mucha frecuencia, no he tenido tiempo. Pero la verdad es que, si leyera esos libros, probablemente no los comprendería. ¡Están es­critos principalmente por Franceses inteligentes y superan el entendimiento de un Inglés! Voy a intentar, por el contrario, un enfoque más sencillo. Quisiera proponerles el contraste entre dos imágenes, dos historias implícitas de la vida humana.

Toda cultura tiene necesidad de historias para encarnar una comprensión de lo que significa un ser humano, de lo que es el modelo de la vida. Necesitamos historias que nos digan quiénes somos y adónde vamos. Cuando una sociedad vive una crisis de sentido, uno de sus síntomas es que las historias contadas por esta sociedad no dan ya sentido a nuestra experiencia. Ya no son adaptadas. Cuando una sociedad atraviesa un momento de profundo cambio, necesita un nuevo tipo de historias para dar sentido a su vida.

Voy a mostrar que la crisis fundamental de sentido en nuestra sociedad, es que la historia subyacente a la cultura europea no tiene sentido ya desde hace varios siglos. Es una historia de progreso, de una supervivencia del más adaptado, del triunfo del más fuerte. El héroe de esta historia es el yo moderno. Está solo (es generalmente un hombre) y libre. Es la historia implícita de nuestras novelas, de nuestras películas, de nuestra filosofía, de nuestra economía y de nuestra política. Pero ha dejado de dar sentido a nuestra experiencia. Voy a tomar como símbolo de esta historia el cartel de un oso que he visto con frecuencia en los muros de Roma.

Así, somos una sociedad sedienta de una nueva historia que de un sentido a nuestra identidad. Creo que el sentido de la vida religiosa consiste en responder a esta pregunta: : «La vida humana, ‘¿qué sentido tiene hoy?'». La gente debe poder reconocer en nuestras vidas una invitación a ser un humano de una nueva manera. El símbolo de esta otra historia será para mí una monja cantando en la oscuridad, al pie del cirio pascual.

Me gustaría, pues, proponer este contraste entre dos imágenes, dos historias, la de un oso y la de una monja. Me gustaría ponerlos en contraste considerando los tres elementos necesarios a toda historia: una intriga que evoluciona en el tiempo, los acontecimientos que hacen avanzar la acción y los actores. Si nuestros contemporáneos se sienten perdidos y desorientados, es porque las historias modernas no dan ya sentido a nuestra experiencia del tiempo, de los acontecimientos y de lo que significa ser un individuo. Nosotros, religiosos, deberíamos encarnar otra manera de ser en la vida.

2. La intriga y el tiempo

Permítanme que comience hablándoles de mi oso. Hace un año, los muros de Roma estaban llenos de carteles que representaban a un gran oso en cólera. Y la inscripción en el cartel decía: «La forza del prezzo giusto» (la fuerza del justo precio). Mientras esperaba al autobús, tuve toda la posibilidad de contemplar este oso que capta bien la historia de la modernidad.

En primer lugar, este oso sugiere que la trama fundamental de la historia es un progreso irresistible. Es un oso del que Darwin hubiera estado orgulloso, un vencedor en el proceso de evolución. La historia humana es una marcha hacia adelante. Es también un símbolo de la economía mundial, del mercado. Lo que hace avanzar la historia humana es la economía. «La forza del prezzo giusto» (la fuerza del justo pre­cio). La Historia, esto es el relato de un progreso inevitable, a través de la liberaliza­ción del mercado. El mejor sistema económico triunfa. El oso es el vencedor.

Cuando yo era niño (y al verles pienso que muchos de ustedes lo eran también en aquel entonces), podíamos muy bien creer que la humanidad estaba en camino hacia un porvenir radiante. Pero, ya se perfilaban las sombras. Yo nací una semana antes de que terminara una guerra que causó 50 millones de muertos. Nos hemos enterado poco a poco del holocausto y de los 6 millones de judíos muertos en los campos de concentración. Yo crecí bajo la amenaza de la bomba. Recuerdo cómo mi madre hacía reservas de botes de conserva en el sótano, para el caso en que estallara una guerra nuclear. Y sin embargo, era todavía posible acogerse a la idea de que la humanidad iba hacia adelante. Cada año veía la independencia que se iba concediendo a nuestras antiguas colonias, la medicina eliminaba las enferme­dades como la tuberculosis y la malaria. Con toda seguridad se vería muy pronto terminar también con la pobreza. Hasta los aviones y los coches iban más aprisa cada año. Las cosas irían mejorando aún.

Hoy estamos menos seguros de nosotros. El abismo entre ricos y pobres con­tinúa ensanchándose. La malaria y la tuberculosis se dan de nuevo y, dentro de un año, habrá probablemente 40 millones de personas afectadas por el sida. Solamen­te en Europa, el desempleo afecta a 20 millones de personas. Los sueños de un mundo justo parecen alejarse. ¿A dónde va la humanidad? Nuestra historia ¿tiene un sentido, una dirección? O estamos dando vueltas, vagando por el desierto, sin acercarnos siquiera un poco al mundo de la tierra prometida? Hasta la Iglesia, que parecía orientarse hacia una renovación y una nueva vida después del Concilio Vaticano II, no parece ahora saber a dónde va.

Hay, en el corazón de la modernidad, una contradicción y, por esto, su historia ya no es plausible. Por un lado, el oso es efectivamente irresistible. En todas partes, el mercado mundial triunfa de todos sus enemigos. El comunismo ha caído en Europa del Este e incluso en China parece que está a punto de sucumbir. Pero, por otro lado, la historia no nos conduce al Reino. Lo que tenemos ante la vista es la pobreza creciente y la guerra. Hasta los tigres asiáticos están enfermos. El oso es irresistible, pero nos está haciendo trizas. Así, la trama de los tiempos modernos contiene una insoportable contradicción. Ya no podemos encontrarnos en ella.

No podemos vivir sin historias. Como hemos llegado a dudar de la marcha hacia adelante de la humanidad, hacen falta otras historias para llenar el vacío. Serán quizá historias milenarias de fin del mundo, historias de extraterrestres, historias de victoria de la copa del mundo (bravo por Francia). Bastante a menudo, es solamen­te lo que llamamos en inglés «soap operas», las series insignificantes de la tele­visión. Recientemente, el último episodio de un «soap opera» ha sido contemplado en los Estados Unidos por 80 millones de personas. Los restaurantes cerraban al anochecer. El anuncio de que un asteroide gigante chocaría con la tierra el 26 de Octubre des 2028 suscitó menos interés. Como hemos dejado de creer en el mito del progreso, nos refugiamos en la ficción.

Es quizá la sed de una historia la que explica la extraordinaria reacción a la muer­te de la princesa Diana. Los ingleses son, como saben ustedes, gente poco emotiva, o al menos los Franceses se complacen en creerlo. Sin embargo, jamás he visto una pena semejante. Era como si la historia en el corazón de la humanidad hubiera llega­do a su fin bajo un puente de París. Millones de personas lloraron como si hubieran perdido a su esposa, a su hija o a su madre. Por todas partes adonde voy por el mundo, sé que al final la gente va a preguntarme por la princesa. Espero responder a preguntas sobre ella después de esta conferencia. En Vietnam me dijeron incluso que me parecía al príncipe William. Yo me sentía feliz, pero es que esas gentes son de una extrema cortesía. Era la soap opera del mundo. Quizá su historia hablaba a tantas personas porque en ella precisamente podíamos vernos a nosotros mismos. Era una persona buena pero no perfecta, que se interesaba realmente por los demás, cuya vida hubiera debido ser maravillosa y que, sin embargo, inexplicablemente, ha­bía sido un fracaso. Es una historia triste y fútil, que evocaba la futilidad sentida por tantas personas que se preguntan adónde va su propia vida.

¿En qué sentido la vida religiosa puede sugerir otra trama, una contrahistoria?

Permítanme que les proponga otra imagen. Este año, he celebrado la Pascua en un monasterio de monjas contemplativas dominicas. El monasterio está construi­do en una colina detrás de Caracas, en Venezuela. La iglesia estaba llena de jóvenes. Encendimos el cirio pascual y lo colocamos en su soporte. Y una joven monja cantó, acompañando con la guitarra, un canto de amor al pie del cirio. El canto tenía toda la fuerza y la pasión de Andalucía. Confieso que quedé comple­tamente conmovido con esta imagen de una joven religiosa cantado en la oscuridad un canto de amor al fuego recién nacido. Esta imagen sugería que estamos cogidos por otro drama, otra historia. Aquí está nuestra historia, no es la del oso en cólera que devora a sus rivales.

En primer lugar, la monja que canta en la noche sugiere que la intriga funda­mental de la historia de la humanidad no es ya la que representaba el oso. Fuera, en el jardín, el celebrante había grabado el cirio diciendo estas palabras: «Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén».

La vida religiosa es quizá, ante todo, un vivo Amén a esta perspectiva temporal más larga. Es en esta extensión de la historia entre el alfa y la omega, de la creación del Reino, donde todo ser humano debe encontrar su sentido. Nosotros somos los que vivimos para el Reino, para el tiempo en que, como ha dicho Julián Norwich: «Todo estará bien, toda clase de cosas será buena».

La vocación que pone a la luz más radicalmente esta apertura hacia el futuro es la de los monjes y monjas contemplativos. Su vida no tiene ningún sentido si no están en el camino del Reino. El cardenal Basil Hume es el cristiano más respetado de Inglaterra, en parte porque es monje. Y ha escrito de los monjes lo siguiente: «No consideramos que tenemos una misión o una función especial en la Iglesia. No nos dedicamos a cambiar el curso de la Historia. Estamos ahí, eso es todo, casi por accidente desde un punto de vista humano. Y felizmente, continuamos «estan­do aquí, eso es todo».

Los monjes están allí, eso es todo, y su vida no tiene ningún sentido sino el de anunciar el cumplimiento de los tiempos, ese encuentro con Dios. Son como per­sonas que esperan la llegada del autobús. Sólo el hecho de que están allá, indica que el autobús, sin duda, va a llegar. No hay sentido provisional ni sentido parcial. Ni hijos, ni carrera, ni realizaciones, ni promoción, ni utilidad. Es a través de una ausencia de sentido como su vida revela una plenitud de sentido que nosotros no podemos definir. Lo mismo que el sepulcro vacío anuncia la resurrección, o el centelleo en la órbita de una estrella indica el invisible planeta.

El monaquismo occidental nació en un momento de crisis. Mientras que el Imperio Romano se moría lentamente bajo los asaltos bárbaros, Benito fue a Su­biaco y fundó una comunidad de monjes. Mientras que la historia de la humanidad parecía no ir a ninguna parte, Benito fundó una comunidad de personas cuya vida no tenía otro sentido que el de indicar este fin último, el Reino.

Se podría decir que la vida religiosa nos fuerza a vivir al descubierto la crisis moderna. La mayor parte de la gente sigue un modelo de vida y una historia que permite guardar a distancia la cuestión principal. Una vida puede tener su propio significado por el hecho de enamorarse, casarse, tener hijos y nietos. O bien, la historia de otro encontrará su sentido en una carrera, ascendiendo los grados de la promoción, haciendo fortuna e incluso ganando la notoriedad. Se pueden contar muchas historias para dar un modelo provisional y un sentido a nuestra estancia en a tierra. Y esto es justo y bueno. Pero nuestros votos no nos ofrecen este consuelo. Nosotros no tenemos matrimonio para dar forma a nuestra vida. No tenemos carrera. Nos encontramos desprovistos ante la cuestión: «La vida humana, ¿qué sentido tiene?»

Pero no basta con sentarse y esperar la venida del Reino. Los hermanos más jóvenes no están a veces de acuerdo conmigo, sin embargo hay que levantarse cada mañana para hacer algo. ¡Hasta los monjes y las monjas tienen que hacer algo! Re­cuerdo haber preguntado un día a un hermano, especialmente perezoso, qué hacía. Me respondió que él «era un signo escatológico», que esperaba la venida del Reino.

¿Cómo valorizamos lo que hacemos ahora? La mayor parte de entre nosotros pasan sus días en actividades útiles, enseñar, trabajar en los hospitales, ayudar en las parroquias, ocuparse de los olvidados. ¿Cómo nuestra vida cotidiana habla de la historia de la humanidad?

Volvamos de nuevo a aquella joven monja. Es de noche y ella canta ese canto lleno de emoción y de fuerza vital. Es de noche cuando canta las alabanzas de Dios. Incluso en la oscuridad, entre el comienzo y el fin, podemos encontrar a Dios y glori­ficarlo. Ahora es la hora. Mientras esperaba ser asesinado, Jesús dice a sus discípu­los: «En el mundo encontraréis dificultades y tendréis que sufrir, pero tened ánimo, yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Es ahora la hora de la victoria y de la alabanza.

Lo que esto inspira es un nuevo sentimiento del tiempo. Lo que da su forma al tiempo no es la historia de la inevitable progresión hacia la riqueza y el éxito. La forma oculta de nuestra vida es el crecimiento en la amistad de Dios, en cómo lo encontramos en el camino y decimos Amén. No es sólo el final de la historia lo que le da un sentido. El modelo de mi vida es el encuentro con Dios y mi respuesta a su invitación. Es lo que hace de mi vida no una simple sucesión de acontecimientos sino un destino. Como ha dicho Cornelius Ernst, o.p.,: «El destino es la llamada y la invitación del Dios de Amor a que le respondamos mediante un consentimiento creador y lleno de amor»‘. Incluso en las tinieblas, en la desesperanza, cuando nada tiene sentido, podemos encontrar al Dios de Vida. Como escribía un filósofo judío: «Cada instante puede ser la pequeña puerta por la que el Mesías puede entrar». La historia de nuestras vidas es la historia de ese encuentro con el Dios que viene en la oscuridad como un amante. Es lo que celebramos al glorificarle.

Los momentos más emocionantes que he vivido en estos seis últimos años han sido posibilidades de compartir con mis hermanos y hermanas la alabanza de Dios en las circunstancias más difíciles: en un monasterio de Burundi, después de haber viajado a través de un país desgarrado por la violencia étnica; en Irak, en espera de las bombas; en Argelia, con nuestro hermano Pierre Claverie antes de su ase­sinato. Es esencial para la vida religiosa que cantemos las alabanzas de Dios, incluso en las tinieblas. Cantamos los Salmos, el tehillim, el libro de las alabanzas. Medimos la jornada por las horas del oficio divino, por la liturgia de los salmos, y no solamente por las horas mecánicas del reloj. «Siete veces al día te glorifico». Pues, bien, al menos dos veces la mayor parte de nosotros.

Recuerdo una historia que ilustra bien cómo el tiempo de la alabanza puede ejercer una interacción con el tiempo del reloj, el tiempo moderno. Cuando uno de mis hermanos era pequeño, en la escuela, un dentista vino un día a dar una clase de higiene dental a los niños. Preguntó a la clase cuándo hay que lavarse los dientes. Silencio absoluto. Insistió: «Vamos, vosotros sabéis muy bien cuándo debéis ¡avaros los dientes: por la mañana y por la noche….». Esto debió poner en funcionamiento un resorte en la mente de aquellos buenos pequeños católicos que sabían su catecismo y siguieron todos: «antes y después de las comidas». «Exce­lente», dijo el dentista; y los niños añadieron: «En la tentación y en la hora de nuestra muerte». Pues bien, si nos laváramos siempre los dientes en el momento de las tentaciones, podríamos evitar muchos pecados.

El ritmo regular de la alabanza es más que un simple optimismo, confiando que todo irá bien al final. Proclamamos que, desde ahora, en el desierto, el Señor de la Vida viene a nosotros y da forma a nuestra vida. En este sentido, la vida religiosa debería ser verdaderamente profética, pues el profeta es el que ve cómo el porvenir hace irrupción en el presente. Como dice Habacuc: «Aunque la higuera no eche sus brotes, ni den su fruto las viñas; aunque falle la cosecha del olivo, no produzcan nada los campos, (…) yo me alegraré en el Señor, tendré mi gozo en Dios mi Salvador» (3, 17-18).

Recientemente he hablado con los promotores de Justicia y Paz de la Orden en América Latina. Es una nueva generación, no viejos sesentones como yo. Jóvenes, hombres y mujeres, que tienen un sueño en su vida. Yo esperaba encontrarlos desanimados, vista la situación económica que empeora, la violencia que crece, la desintegración social en su continente. ¡En absoluto! Dicen que es precisamente ahora, cuando todas las utopías han desaparecido, cuando el Reino parece más lejos que nunca, cuando nosotros, religiosos, debemos cumplir nuestra misión. Nadie más podría soñar ahora. Pero batirse hoy en favor de un mundo más justo, mientras que se tiene la impresión de no progresar, significa que hay que ser una persona de profunda oración. Como ha escrito nuestro hermano brasileño Fray Betto, hay que ser un místico hoy para creer en la justicia y la paz.

3. La acción

Hay un segundo contraste que me gustaría marcar entre la historia del oso y la de la monja, con relación a cómo suceden las cosas. ¿Cuál es el motor de la historia? ¿Qué es lo que hace avanzar el relato? Necesitamos a la vez una trama y unos hechos.

Hemos visto ya que el oso representa la competición para sobrevivir. Lo que anima la historia es esa competición en la que el débil perece y el fuerte prospera. Ya estudiemos la evolución o la economía, es exactamente así como pasan las cosas. Es el principio básico de la historia moderna. El motor que impulsa la historia
es la libre competición que elimina al anormal, al desesperado, al no viable.

Pero, una vez más, vemos ahí una contradicción. Pues este oso simboliza la libertad misma que está en el corazón de la modernidad: libertad de competencia en el libre mercado, donde cada uno es libre para escoger lo que quiere. Sin embargo, hemos visto que esta libertad es, también, en cierta medida, ilusoria. Porque estamos cogidos en una transformación general del mundo que nos hace impotentes y que nadie es capaz de detener, una transformación que destruye las comunidades y devora el planeta. Así se encuentra en el corazón de la historia moderna una doble contradicción. Se nos ofrece el progreso y encontramos la pobreza; se nos ofrece la libertad y nos encontramos impotentes. ¿Qué otra historia puede encarnar la vida religiosa?

Pero, consideremos otra vez a esta monja joven que canta su canto de amor en la oscuridad. Representa otra manera de contar. La historia que celebra es la de un hombre abatido por los fuertes pero que vive para siempre. El gran oso de Roma y de Jerusalén devoran al pequeño hombre de Galilea. Lo que celebramos en esta historia no es la fuerza superior de Dios, «el más grande oso» sino su absoluta creatividad en la Resurrección de Jesús de entre los muertos.

No hay historia más que si ocurre algo nuevo. Las historias cuentan cómo las cosas cambian. Pero el modelo del cambio de la era moderna es la supervivencia del más fuerte.

La evolución biológica o económica aportan transformaciones, pero a través de la competición para sobrevivir. Mientras que nuestra historia de la monja propone una novedad todavía más radical: el inimaginable don de una vida nueva. Glorifi­camos a Dios que dice: «He aquí que hago nuevas todas las cosas». Nosotros, los religiosos, estamos llamados a ser signos de la indecible novedad de Dios, de su inefable creatividad.

Como religiosos ¿cómo ser signos de esta extraña historia del Dios de muerte y de resurrección? La señal más evidente aparece en la presencia de todos esos reli­giosos que rehusan dejar lugares de muerte y de violencia, confiando en el Señor que resucita a los muertos. Por todas partes donde hace estragos la violencia, en Rwan­da, Burundi, en el Congo, en Chiapas, se encuentran religiosos y religiosas cuya pre­sencia es una señal de esta historia cantada por nuestra monja. Naturalmente, aquí, en Francia, pensamos en los numerosos religiosos muertos en Argelia. Todos uste­des deben de conocer muy bien aquellas palabras maravillosas de Christian de Cher­gé, prior de los monjes trapenses, cuando escribió su testamento espiritual poco an­tes de su muerte. Espero que me permitirán repetirlas una vez más:

«Cuando un A-Dios se vislumbra».

«Si me ocurriera un día —y eso podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que parece querer englobar ahora a todos los extranjeros que viven en Argelia, me gustaría que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recordaran que mi vida estaba dada a todos y a este país. Que acepten que el Único Dueño de toda vida no podría ser extraño a esta partida brutal. Que recen por mí: ¿cómo voy a ser encontrado digno de tal ofrenda? Que sepan asociar esta muerte a tantas otras también vio­lentas dejadas en la indiferencia del anonimato (…).

«Doy gracias a Dios porque esta vida perdida, totalmente mía, y totalmente suya, parece haberla querido toda entera para esta Alegría, contra todo y a pesar de todo».

La preparación de semejante testimonio consiste ciertamente en que toda co­munidad religiosa es un lugar donde se aprende cómo ir al mundo a través de la muerte y de la resurrección. Una de mis tías se hizo religiosa del Sagrado Corazón. A la edad de siete años, asustó a sus numerosas hermanas cuando la encontraron sujetando con alfileres, en la pared de la habitación de las niñas, una hoja de papel que decía: «Quiero ser disuelta y unida a Cristo». Dudo que, en nuestros días, muchos candidatos a la vida religiosa hagan este tipo de gesto, ¡gracias a Dios! Pero una comunidad religiosa debe ser un lugar donde aprendamos a morir y a resucitar, un lugar de transformación. No somos los prisioneros de nuestro pasado. Podemos crecer en santidad. Podemos morir y ser renovados.

Esto no ocurrirá probablemente si huimos el afrontar la muerte de nuestras propias instituciones. Hoy, en Europa occidental, muchas congregaciones, comuni­dades, monasterios y provincias deben hacer frente a la muerte. Hay muchas estrategias para evitar esta verdad. Se puede beatificar a un fundador, lanzar importantes programas de construcción, escribir magníficos documentos sobre pro­yectos que nunca se pondrán en marcha. Cuando enviamos hermanos y hermanas a Filipinas, Colombia, Brasil, ¿es con un repentino y nuevo celo misionero o porque queremos vocaciones para sobrevivir? Si no podemos afrontar la perspectiva de la muerte ¿qué tenemos entonces que decir del Señor de la Vida? Un día visitaba un monasterio de dominicas en Inglaterra con un hermano anciano. El monasterio tocaba con toda evidencia al fin de su vida, pero una de las monjas dijo a mi compañero: «¡Padre, ciertamente, nuestro querido Señor no podría dejar morir este monasterio!» A lo que Él respondió: «Sin embargo, ¿no dejó morir a su Hijo?».

Una de nuestras maneras de vivir esta inimaginable historia de muerte y resu­rrección es indudablemente poner en el mundo una vida nueva en lugares inespe­rados. Nosotros debemos ser los que van al valle de la muerte y muestran su fe en el Dios que resucita a los muertos. Recuerdo a uno de mis hermanos escoce­ses, que era poeta y luchador, inverosímil asociación, pero era de todas formas un hombre inverosímil. Lanzó un programa en Escocia para iniciar a los presos en el arte. Estaba convencido de que si no creíamos en su creatividad, no se reharían nunca. Su primera tentativa tuvo lugar en una cárcel muy dura de Glasgow. Pre­guntó a los presos qué les gustaría probar: pintura, poesía, escultura, danza. ¡Pue­den ustedes imaginarse sus reacciones! Entonces se remangó y dijo: «¡Si alguno de vosotros piensa que el arte no es para verdaderos hombres, bien, me pelearé con él!». Y es lo que hizo… con cada uno de ellos. Y comenzaron todos clases de poesía y de pintura. Felizmente no es esa la única manera de llevar a la gente a la fe en el Dios que hace nuevas todas las cosas.

Otra manera, quizá más tradicional, de la que los religiosos han sido siempre un signo del Dios Eterno Creador, es a través de la belleza. Ustedes han sido conscientes de esto en Francia más que en otros países. Hace unas semanas, hablé en Alemania con un anciano dominico, pintor y escultor. Y le pregunté qué es lo que más le gusta hacer. Me contestó que siempre le ha gustado grabar piedras tumbales. Hay heridas tan profundas que sólo la belleza puede curar. Ante ciertos sufrimientos, la esperanza no se puede expresar más que a través del arte. Una piedra tumbal muy hermosa puede hablar con elocuencia de la esperanza en la resurrección, del Dios que sabe resucitar a los muertos.

Por último, está la belleza de la Liturgia, la belleza del canto de alabanza a Dios, que habla del Dios que transforma todas las cosas. Es la belleza por la que hemos comenzado, la de una monja joven que canta un canto de amor, en la noche, ante un cirio. Es la belleza de un canto lleno de la pasión de las gentes del sur de España lo que me conmovió. Esto me hace pensar en Pablo Neruda que decía que, entre los dramas del nacimiento y de la muerte, había escogido la guitarra.

4. El actor

Por último, no hay historia sin actores, sin personajes. Cada historia debe tener su héroe. Y ¿qué mejor imagen del yo moderno podríamos encontrar que nuestro oso, en cólera y solo? Pero el «yo moderno» está en crisis.

Este nuevo sentimiento de lo que significa un ser humano es fundamental para la era moderna; un yo separado y autónomo, desprendido y libre, y en fin de cuentas: solo. Es el fruto de una evolución que dura hace siglos, en que los lazos sociales se han disuelto y donde lo privado se ha hecho posible e incluso un ideal. Es nuestro héroe desde la época de Descartes. Lo vemos en cualquier western americano, figura solitaria.

La crisis de la modernidad es en parte debida a que este «yo moderno» encierra una contradicción. Porque no podemos ser un «yo» absolutamente solo. No pode­mos existir como un átomo solitario, autónomo. No podemos existir sin comunidad, sin personas a las que hablar, sin lo que Charles Taylor llama «redes de interlo­cución». Es la contradicción que está en el corazón de la Historia moderna: nos vemos como esencialmente solitarios, mientras que, de hecho, nadie puede ser un individuo fuera de toda forma de comunidad. No es posible ser largo tiempo un «yo moderno». El oso del cartel representa un ideal imposible. Solo, moriría.

Volvamos por última vez a nuestra monja que cantaba ante el cirio pascual. No está sola. Apenas visible al resplandor del cirio, está la multitud de jóvenes. La vigilia pascual es una reunión del pueblo de Dios. Lo que nace esa noche es una comunidad. Nos reunimos para recordar nuestro bautismo en el Cuerpo de Cristo y expresar juntos una Fe común. Esto representa otra visión de lo que significa ser persona.

«La vida humana, ¿`qué sentido tiene hoy’?» Una de las maneras de intentar responder a este interrogante en la vida religiosa, es vivir en comunidad. Encontrar la propia identidad en esta comunidad, como hermano, hermana, es vivir otra imagen del yo, otra manera de ser un humano. Encarna una `contrahistoria’ a la del héroe moderno. En los comienzos, se llamaba a una comunidad de dominicos una sacra predicatio, una «santa predicación». Vivir juntos como hermanos «con un solo corazón y un solo espíritu» era una predicación, incluso antes de que alguien hubiera pronunciado una sola palabra. Probablemente, los jóvenes son llevados a la vida religiosa más por la búsqueda de comunidad que por ninguna otra razón. Según la exhortación apostólica postsinodal sobre la vida religiosa, somos un signo de comunión para toda la Iglesia, un testimonio de la vida de la Santísima Trinidad.

Pero si es la comunidad lo que lleva a los jóvenes a la vida religiosa, es también la dificultad de la vida común lo que los lleva también a abandonarla. Aspiramos a la comunión y sin embargo, es muy dolorosa vivirla. Cuando encuentro a jóvenes dominicos en periodo de formación, les pregunto con frecuencia qué es lo mejor y lo peor que encuentran en la vida religiosa, y, en general, dan la misma respuesta a las dos preguntas: vivir en comunidad. Es que somos hijos de nuestra época, estamos modelados por su percepción del yo moderno. No somos lobos bajo piel de oveja. Somos osos bajo piel de monja.

Se podría decir que en la vida religiosa, vivimos en espejo la imagen de la crisis del yo moderno. El individuo moderno aspira a una autonomía, una libertad, un des­prendimiento que son imposibles, porque no se puede ser un humano solo. Para ser humanos, necesitamos pertenecer a comunidades, pensemos lo que pensemos. Pero, nosotros, religiosos, vivimos el reflejo de este drama. Entramos en la vida reli­giosa aspirando a la comunidad, deseando verdaderamente ser hermanos y herma­nas los unos de los otros, pero así y todo somos producto de la era moderna, esta­mos marcados por su individualismo, su miedo al compromiso, su sed de independencia. La mayor parte de nosotros han nacido en familias de 1,5 hijos y es duro vivir con la multitud. Por eso, el individuo moderno y el religioso son dos aspec­tos de una misma tensión. El individuo moderno sueña con una imposible autonomía y nosotros, religiosos, aspiramos a una comunidad que es dura de soportar.

El oso no puede hacerse monja en el espacio de un año de noviciado. Ha de darse la lenta educación para hacerse humano, para aprender a hablar y a escu­char, a romper el cerco del egocentrismo y del egoísmo, que hacen de mí el centro del mundo. Es el lento renacimiento que ha de hacerse por medio de la oración y la conversión, que me libera de las falsas imágenes de Dios y de los demás.

En esto vivimos, despojados, intensamente, el drama de la Iglesia moderna. Ja­más se había presentado antes la Iglesia con tanta insistencia como una comunidad.

La Koinonia es el corazón de todas las eclesiologías contemporáneas. Y, sin embar­go, jamás la Iglesia, al menos en la Europa occidental, había ofrecido antes tan poca comunión verdadera. Hablamos el lenguaje de la comunión, pero sólo la vivimos ra­ramente. El lenguaje y la realidad están separados. Uno de nuestros intentos para dar cuerpo a este sueño de comunión es, con toda seguridad, atreverse a construir comunidades en lugares imposibles, allá donde todos los demás los han abandona­do. Con frecuencia, en estos últimos años, he encontrado pequeñas comunidades de religiosos, en general mujeres, que formaban una comunidad allí donde todos los demás parecían desesperar, donde los seres humanos estaban aplastados y deses­perados por la violencia y la pobreza. Allá donde todo parece sin esperanza, encon­traremos algunas religiosas que instalan una casa con la puerta abierta.

Una sola imagen resumirá muchos recuerdos. Al día siguiente de la vigilia pas­cual, celebrada con aquella monja, en el monasterio, fui a visitar una pequeña capilla a cargo de los hermanos en Caracas, en uno de los barrios más violentos de América Latina. La Capilla estaba acribillada de agujeros de proyectiles. Como media, 28 per­sonas son asesinadas por bala cada fin de semana en la parroquia. En la pared de­trás del altar, hay un fresco pintado por los niños del barrio. Es una pintura de la Cena, con Jesús comiendo, rodeado de dominicos y de dominicas. Domingo acaricia a su perro. Pero el discípulo al que él amaba, reclinado sobre el costado de Jesús, es un niño del barrio, un niño de la calle. Símbolo del niño que al fin ha encontrado una pertenencia en este mundo violento, la promesa de un hogar.

5. Conclusión

Tengo que acabar. Afirmaba, al comenzar, que no podemos encontrar el sentido de la vida religiosa más que comprendiendo que es una respuesta a la búsqueda de sentido de la vida humana. He sugerido después que una de las maneras de comprender la actual crisis de sentido de la sociedad occidental se formula así: la historia fundamental que contamos para decir quiénes somos y adónde vamos ya no funciona. Esto está simbolizado por nuestro querido oso. Es una historia llena de contradicciones. Habla de progreso, pero parece llevarnos a la pobreza. Ofrece la libertad y sin embargo nos encontramos con frecuencia impotentes. Invita a ser el «yo moderno», autónomo y solitario, pero descubrimos que no podemos ser humanos sin comunidad.

Por eso la vida religiosa no puede responder a esta sed de sentido más que encarnando otra historia, otra visión de lo que es ser un humano, cuyo símbolo vemos en nuestra aún más querida monja, que canta ante el cirio en la noche. Es una historia que ofrece otro sentido del tiempo. No es tanto la inevitable marcha del progreso como el relato del cómo nos encontramos con el Señor que nos llama a Él. Y lo que anima esta historia, no es la libre competencia, sino la inimaginable creatividad de Dios que resucita a los muertos. Y el héroe de esta historia no es el héroe solitario de los tiempos modernos, sino el hermano y la hermana que se encuentran en comunidad y construyen para los demás una comunidad.

La vida religiosa no es otra cosa más que una tentativa de vivir esta otra historia, la historia pascual de la muerte y de la resurrección. Como ha escrito Bruno Chenu en su excelente libro, que he leído demasiado tarde: «Los religiosos quieren poner en práctica una cierta lógica del Bautismo, una vida en Cristo llevada hasta sus últimas consecuencias». Los votos no dan un sentido diferente o espe­cial a nuestra vida, hacen público y explícito nuestro rechazo de la historia del oso. La obediencia, por ejemplo, es un claro rechazo de la imagen del yo autónomo, solitario y liberado. Es una declaración de nuestra intención de vivir a través de esta otra historia, de descubrir quiénes somos en la vida común de los hermanos. Es un compromiso para liberarse de la insostenible carga del yo moderno y solitario. En la obediencia, rechazamos también la imagen de la vida como combate por la fuerza, lo mismo que en la pobreza, renunciamos públicamente a la competición por el éxito, el ‘puerto de arrebatacapas’ de la sociedad de consumo. En la casti­dad, aceptamos que la fertilidad más profunda que podamos jamás tener es la del Dios Creador que resucita a los muertos.

Estos votos nos dejan despojados y expuestos. Invierten cualquier otra historia que vendría a dar un sentido provisional a nuestra vida y a permitirnos continuar un día más. Prometemos abandonar carrera, éxito financiero, todos los escondites que pudieran sugerir que después de todo, el oso tiene razón. Si esta historia pascual no es verdadera, entonces nuestras vidas no tienen ningún sentido y «so­mos los más miserables de todos los hombres» (1 Co 15, 19).

No es fácil. Somos los hijos de la era moderna y hemos sido formados por sus historias, hemos compartido sus sueños. Sé, por ejemplo, que me parezco más al oso que a la monja. Mis respuestas instintivas son más a menudo las del yo solitario que las de un hermano. Sé que apenas he comenzado el proceso de renacimiento.

Mi imaginación sólo está refundida a medias. Cuando espero la parada del autobús en Roma y miro los carteles, es a mi mismo a quien estoy viendo.

De ello saco dos conclusiones. Primero, puedo al menos compartir con mis contemporáneos un combate para dejar la máscara del oso y tomar figura humana. Si no compartiera esta lucha, no tendría nada que responder a la pregunta: : «La vida humana, `¿,qué sentido tiene hoy?'». El religioso no es un ser celestial, que escapa a la modernidad, sino una persona cuyos votos han hecho inevitable y sin escapatoria el combate por renacer. Compartimos con los demás las angustias del renacimiento. Si somos honrados en nuestros combates, quizá los demás compar­tirán nuestra esperanza.

Después, como esto es difícil, debemos dedicarnos verdaderamente a construir comunidades donde esta nueva vida pascual sea posible. Una comunidad religiosa debe ser más que un lugar donde comer, decir algunas oraciones y entrar a dormir todas las noches. Es un lugar de muerte y de resurrección, donde nos ayudamos recíprocamente a hacernos nuevos. Comienzo a apreciar la idea de la vida religiosa como ecosistema, concepto que he desarrollado en otro lugar4. Un ecosistema es lo que permite existir a formas de vida extrañas. Toda forma de vida extraña necesita su ecosistema. Esto es particularmente verdadero para los jóvenes que vienen hoy a la vida religiosa, que con frecuencia han llegado a la fe en Dios, recientemente. Una rana, por ejemplo, no puede vivir, reproducirse y tener un futuro más que si dispone de todos elementos indispensables de su ecosistema: un es­tanque, sombra, diversas plantas, mucho barro, y otras ranas. Ser religioso, es escoger una forma de vida extraña y cada uno de nosotros necesitará su entorno que lo sostenga: oración, silencio, comunidad. Sin ello no podremos crecer. Por eso, un buen superior es un ecologista que ayuda a sus hermanos a construir los entornos necesarios para su buen desarrollo. Pero los ecosistemas no son peque­ñas cárceles que nos cortan del mundo moderno. Un ecosistema permite a una forma de vida florecer y reaccionar de manera creativa a otras formas de vida.

Necesitamos ecosistemas que sostengan en nosotros el sentido del tiempo pascual, el ritmo del año litúrgico que nos lleva de Adviento a Pentecostés. Nece­sitamos comunidades que estén marcadas por sus ritmos, por sus marcos de celebración y de ayuno. Necesitamos comunidades donde no nos limitemos a re­citar por obligación algunos salmos antes de ir a trabajar, sino donde sostengamos en nosotros mismos a aquel que, incluso en el desierto, terminará por cantar las alabanzas. Necesitamos construir comunidades en las que podamos compartir nuestra fe y nuestra desesperanza, con el fin de ayudarnos mutuamente a atrave­sar el desierto. Necesitamos comunidades en las que poder lentamente renacer como hermanos y hermanas, hijos del Dios vivo.

La monja canta en la oscuridad, como Domingo cantaba caminando en el sur de Francia. Esa es la vocación cristiana. San Agustín nos decía: «Seguid el cami­no. Cantad mientras camináis. Es lo que hacen los viajeros para aligerar su carga (…). Cantad un cántico nuevo. No dejéis que nadie venga a repetir sin cesar los viejos estribillos. Cantad cantos de amor de vuestro país (…). Como cantan los viajeros, y cantan con frecuencia durante la noche. Todos los ruidos que oyen alrededor son espantosos. Pero cantan incluso cuando tienen miedo de los bandi­dos». ¡O de los osos!

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