El humor hace más hermosa la vida (II)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Fernando Quintano, C.M. · Year of first publication: 2000 · Source: Ecos 2000.
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Para comprender la finalidad de este artículo, convendría tener presente lo dicho en el anterior sobre el carácter de San Vicente y las observaciones hechas allí a propósito de las conferencias que daba a las Hermanas.

En el artículo anterior entresacamos algunos párrafos referentes a las Hijas de la Caridad. En éste continuamos seleccionando otros, e incluimos también algunos referidos a los misioneros; y, en ambos casos, los clasificaremos por temas. Esta vez, la risa o la sonrisa nos la provocarán, sobre todo, los comentarios que San Vicente hace sobre las propiedades y efectos que, según las creencias de los campesinos, tienen ciertas plantas, animales y alimentos; y, también, la interpreta­ción de algunos textos de la Sagrada Escritura, así como la fina ironía en la correspondencia con los misioneros.

1. En las Conferencias a las Hermanas

a) Sobre la comida y bebida

  • Para San Vicente, una de las virtudes de las jóvenes campesinas era la sobrie­dad. Las Hijas de la Caridad también tienen que ser sobrias en la comida y en la bebida: «¿Sabéis, mis queridas Hermanas, de qué vivía la Santísima Virgen cuando estaba en la tierra, y de qué vivía Nuestro Señor? De pan. Entró en la casa del fariseo, nos dice la Sagrada Escritura, para comer pan; y en otros varios lugares lo mismo. Solamente se dice una vez que comió carne: fue cuando comió el cordero pascual con sus apóstoles; y otra vez que comió pescado asado. Bendito sea Dios».
  • Las Hijas de la Caridad no deben aspirar a comer mejores alimentos que los enfermos y los pobres a los que atienden. Y otra vez les pone el ejemplo de Cristo: «¿De qué se alimentaba el Hijo de Dios? De pan ¿Y qué es lo que pedía cuando llegaba a alguna casa?: Dadme pan». Y les añade el ejemplo de las carmelitas: «¿De qué creéis que viven, hijas mías? ¿De manjares bien preparados? Ni mucho menos. Comen sencillamente grandes platos de potaje y huevos podridos. Ese es su alimento, aunque sean de casas ricas y hayan vivido antes con delicadeza. Y no digo nada sin saberlo antes de buena tinta: los huevos que les sirven huelen como carroña. Y se los tienen que comer». San Vicente concluye la conferencia con esta oración: «Salvador mío, te lo pido de todo corazón: pon en nosotros el espíritu de la santa mortificación. Haz, Señor, que no vivamos como animales, sino como criaturas racionales. Así te lo prometemos».
  • Para exhortar a las Hermanas a la mortificación del gusto en la comida, in­cluso cuando sienten cierta repugnancia ante los alimentos que nos les gus­tan, les dice: «Hijas mías, tenéis que saber que hay cierta suavidad que Dios pone en las cosas desagradables y duras por sí mismas cuando se reciben por amor, y que yo no sabría explicar». San Vicente atribuye la fortaleza física de los turcos a que «no beben nunca vino» y «se alimentan de bacalao templado con leche: esto demuestra que el vino no es tan necesario a la vida como se cree».
  • Cuando habla a las Hermanas sobre los desacuerdos y desunión que surgen, a veces, en la vida comunitaria, acude a esta comparación: «¿No sucede lo mismo con nuestras entrañas? Habéis oído decir que, algunas veces, en nuestros intes­tinos hay alguna discordia; se revuelven entre si do tal manera que ocurren grandes males y de forma que algunas veces uno se muere. Lo mismo, Herma­nas mías: hay que vivir siempre en tan perfecta unión que no seáis capaces de enfadaros unas contra otras».
  • En la conferencia sobre la «explicación del reglamento», para exhortar a las Hermanas a que lo cumplan bien para agradar a Dios, argumenta de este modo: «Se considera un gran honor y contento agradar al rey; a un rey terreno, que según la naturaleza, no es más que los demás hombres, y que está sujeto a las mismas necesidades e incomodidades. Hemos tenido un ejemplo de ello estos últimos días en la persona de nuestro buen rey, de felicísima memoria, que ha sufrido tanto y que, después de su muerte han encontrado gusanos en el intes­tino y uno en el estómago». A quien tienen que agradar las Hijas de la Caridad es a Dios, Rey de reyes, que no está sujeto a la caducidad de Luis XIII.

b) Animales

  • Las cosas no ocurren por casualidad. San Vicente atribuía a la divina Providencia el que él y Santa Luisa se libraran de ser aplastados al derrumbarse una casa. Y añade: «Un hombre, para huir de la predicción que se le había hecho de que caería una casa sobre su cabeza, se fue al campo. Una tortuga que llevaba un águila le cayó sobre la cabeza y le mató. Ved, Hijas mías, cómo en ninguna parte se puede estar seguros».
  • Como las madres están dispuestas a sufrir por sus hijos, así las Hijas de la Caridad tienen que ser como madres de los niños expósitos. Y una buena madre cuida de su hijo y le da todo lo que necesita. Ejemplo: «las madres de los animales, como las codornices madres, se dejan cazar por los cazadores expre­samente para salvar a sus pequeños».

Las Hijas de la Caridad no deben negarse a ir de un lugar a otro. Tienen que ser dóciles a lo que se les pide, como los caballos obedecen a quienes les guían: «Y vosotras, hijas, mías, ¿querríais que se os reproche que los caballos son mejores que vosotras en sumisión e indiferencia?»». Hablándoles sobre el mis­mo tema tres años más tarde, les pone como ejemplo la obediencia que da el pueblo cristiano en la procesión de los domingos: ¿No veis, mis queridas hijas, cómo los domingos el pueblo hace una manifestación pública de la obediencia que tiene que rendir a su pastor, al seguirle en la procesión? ¿Veis acaso a uno solo que se dé media vuelta? Cuando parten de la Iglesia no saben a dónde van, ni por qué camino quiere llevarles su párroco; muchas veces van sin saberlo; y esto se practica de esta forma para que se vea su disposición para ir a donde les quieren llevar, bien sea al destierro, bien sea a la misma muerte, para eso se han instituido las procesiones de los domingos».

  • Hay que huir de las tentaciones, pero, cuando vienen, se puede sacar provecho de ellas. Ejemplo: «¿No habéis oído alguna vez lo que se cuenta un las víboras? Es un veneno; basta con comerse una, por pequeña que sea para morir. Pero si está bien aderezada, es uno de los manjares más suculentos que se pueden desear. Lo mismo pasa con las tentaciones cuando se las usa bien.
  • Los pensamientos de envidia se deben rechazar inmediatamente: «El envidioso se puede comparar con un hombre que tiene una serpiente en el cuerpo. Ya sabéis cuánto sufren los que tienen una serpiente en el cuerpo: les va royendo el corazón y no les da descanso alguno. Pues bien, todos los que tienen envidia en el alma es como si tuviesen una serpiente».
  • ¿Cómo pueden hacer bien la oración? El ejemplo lo da un Hermano que decía a Nuestro Señor: «Yo soy como una bestia, pero deseo que me hables. ¡Cómo, Señor! ¿No me dirás nada? ¿Es que no quieres hablar con las bestias? No me moveré de aquí hasta que me hayas dicho alguna cosa».
  • Para inculcar a las Hermanas el rezo del rosario, San Vicente les explica el origen y la excelencia de esa devoción. «Los turcos lo han encontrado tan hermoso que también ellos llevan un rosario a veces al cuello y otras veces al cinturón. ¿Y sabéis como dicen ellos el rosario? No dicen como nosotros el Padrenuestro y el Avemaría, puesto que no creen en Nuestro Señor y no lo consideran como señor suyo, aunque le respeten mucho y a la Santísima Virgen, hasta el punto de que, si oyeran a alguien blasfemar contra Jesucristo, le darían muerte. Ellos tienen el rosario y van diciendo: «Allah, Allah; Dios mío, ten piedad de mi; Dios justo, Dios misericordioso, Dios poderoso. Esos son los epítetos con los que le invocan. Pues bien, si los turcos tienen esa especie de devoción o de rosario, ved si no es muy razonable que vosotras tengáis mucha devoción a la Santísima Virgen»‘.
  • Hay que reconocer y aceptar los buenos ejemplos, vengan de donde vengan. Los turcos nos enseñan a rezar el rosario y también a perdonarnos unos a otros. Un día discutían acaloradamente dos cristianos; un sacerdote intentaba reconciliar­los. Un turco que presenciaba la escena dice al sacerdote: «¿qué religión es la vuestra? ¿De dónde proviene que les cueste tanto reconciliarse? La verdad es que nosotros obramos de manera muy diferente, pues nunca dejamos que se ponga el sol sobre nuestra ira. Eso es lo que hacen los turcos. Por consiguiente, una Hija de la Caridad que guarda en su corazón el rencor contra su prójimo sin preocuparse de reconciliarse con él es peor que los turcos».

2. En las conferencias a los Padres

  • En la larga conferencia sobre el método que hay que seguir en las misiones, para confirmar los buenos resultados que con él se consiguen, cuenta lo ocurrido en varias aldeas de Italia donde los bandidos cometen toda clase de atropellos. Pues gracias a ese método todos se convirtieron y fueron a confesarse. Dicha confe­rencia tiene veintidós páginas. San Vicente confiesa que él no sabe muy bien en qué consiste ese método: «Pobre de mí, que he llegado a esta edad sin haberlo aprendido por culpa de mi pereza, de mi estupidez, de mi torpeza, pues soy un tonto y un estúpido, una bestia, una bestia pesada; ¡pobre bestia!». Llevaba hablando tres cuartos de hora y aún estaba a la mitad de la conferencia. Por eso pide a los Padres: «sopórtenme un poco más, por favor; sopórtenme, miserable». Y un poco después: «Pero ¡ay! Soy un miserable que no sabe ser breve. Soportadme todavía un poco más». «Habría mucho que decir, pero es demasiado tarde. Siem­pre me alargo demasiado, me entretengo mucho en las cosas; soy un pesado, como un animal bien gordo». Y la conferencia siguió tres páginas más. Incluso volvió sobre el mismo tema en la conferencia siguiente; y aún la termina diciendo: «Ya veremos si habrá que continuar. ¡Bendito sea Dios!».
  • Dirigiéndose a los confesores, les sugiere algunos medios para guardar la castidad. Uno de ellos es «que no se acerquen demasiado a las penitentes ya que, como veis y sabéis mucho mejor que yo, todas las cosas envían sus reflejos. Lo mismo que la lámpara encendida envía sus rayos y su resplandor, también de la cabeza, del rostro, de los vestidos de las penitentes salen ciertos reflejos que, mezclándose con los que salen de los confesores, dan fuego a la tentación y, si no se pone cuidado, hacen verdaderos estragos».
  • En la conferencia «sobre la finalidad de la Congregación de la Misión» advierte del peligro que supone el que, en el futuro, se dejen algunos ministerios: (¿Y quiénes serán los que nos intenten disuadirnos de estos bienes que hemos alcanzado? Serán espíritus libertinos, libertinos, libertinos, que sólo piensan en divertirse y, que con tal que hay de comer, no se preocupan de nada más. ¿Quiénes más? Serán… Más vale que no lo diga. Serán gentes comodonas (y decía esto cruzando sus brazos, imitando a los perezosos)». El que transcribió la conferencia añade aún la siguiente observación: «al decir esto, hacía ciertos gestos con las manos y con la cabeza, con cierta inflexión de la voz un poco despreciativa, de manera que con esos movimientos expresaba mejor que con sus palabras lo que quería decir»26.
  • Cuando algún misionero pide cambio de casa porque el clima no le va bien para su salud, San Vicente se pregunta: «¿Que es eso, hermanos míos? ¿Qué dire­mos de esas personas, sino que están apegadas a sí mismas, que tienen espíritu de damiselas que no quieren sufrir nada?».
  • Aconseja a los misioneros la sobriedad en la comida y en la bebida y poner agua en el vino, pues esos son «los que más avanzan en la perfección. Yo he podido observarlo: los que más agua ponen en el vino son los que mejor avanzan de virtud en virtud; esto se ve claramente». Y propone a los misioneros que, al día siguiente, hagan la meditación sobre ese tema, aunque sea la fiesta de San Bartolomé: «Porque San Bartolomé fue desollado vivo. Nosotros también empe­zaremos a desollar nuestra propia voluntad, nuestro apetito de beber el vino demasiado puro».
  • A la evangelización de los pobres del campo contribuyen tanto los Padres como los Hermanos. Sin la ayuda de estos, aquellos no podrían cumplir la misión espiritual. San Vicente argumenta así: «Las operaciones del espíritu no se rea­lizan ni mucho menos por medio del espíritu solamente; también ayuda a ello el estómago, el hígado, los pulmones, que sirven al entendimiento, a la recta razón y a las demás facultades intelectuales. Un cadáver no puede realizar las funcio­nes de un hombre vivo, ya que está privado de esas partes que constituyen la sangre y la respiración, principios de vida. Pero en un cuerpo animado, en una persona racional, existe cierta concavidad en la cabeza por donde los espíritus circulan, se forman las imágenes y se produce el razonamiento por medio de las partes inferiores, que envían sus vapores al cerebro, para ayudarle a ello. De la misma manera, los Hermanos, que son los miembros inferiores de ese cuerpo de la Compañía, contribuyen con sus trabajos corporales a las operaciones espirituales de los sacerdotes».
  • Durante el capítulo de acusación y aviso de faltas en el que un Hermano se acusó de lanzar suspiros en la oración, San Vicente dio esta explicación y advertencia: «Los suspiros pueden provenir de tres o cuatro causas: Hay suspiros que pro­vienen de un movimiento del Espíritu Santo…; estos no hay que reprobarlos; otros provienen de cierta enfermedad del bazo llamada flatulencia; otros provie­nen de algún hábito contraído por suspiros producidos por el calor y el fervor de la oración y devoción; otros son promovidos adrede para excitarse a la piedad». San Vicente precisó que en el capítulo se podía acusar y avisar de las tres últimas clases de suspiros.
  • Nos ha llegado un resumen de una conferencia o de una repetición de oración en la que San Vicente exhorta a los misioneros a ser valientes y sacrificados en su misión de evangelizadores. Y les pone el ejemplo de los Padres Duperroy y Desdames que han sido enviados a Polonia, los cuales no se han acobardado ante toda clase de dificultades: «Y nosotros estamos aquí tan tranquilos, sin corazón y sin celo. ¿Vemos cómo los demás se exponen a los peligros por el amor de Dios y nosotros somos como pollos mojados! ¡qué miseria! ¡Qué ruindad!».

En la conferencia sobre la indiferencia o disponibilidad que deben tener los misioneros para aceptar las tareas que el superior les encomienda, San Vicente cuenta lo que ha visto al volver de la ciudad: «Vi a diez o doce mulos cargados a la puerta de una cantina, esperando a los arrieros que seguramente habían entrado a beber en la cantina; yo miraba aquellos pobres animales, con la carga al lomo, sin rechistar, aguardando a sus amos y conductores». Y por si alguno de los oyentes no hubiese comprendido bien la intención de ese ejemplo, el que transcribió la conferencia añade al margen: «Este ejemplo hace ver que los animales, aunque irracionales, se dejan gobernar y se muestran indiferentes a lo que sus guías quieren de ellos, quedándose donde los ponen sin rechistar, a pesar de que los dejan con la carga sobre los hombros»‘.

3. En las cartas

  • A un misionero tentado de abandonar sus ministerios para ir a atender a su padre, San Vicente le escribe una larga carta en la que le expone las razones para que permanezca donde está. Y también que, en ese caso concreto, no se dan las circunstancias que justificarían el ir a atender a su padre, como serían su avanzada edad y la incapacidad para ganarse la vida. San Vicente conoce muy bien la situación y escribe al misionero: «Pero no es ese el caso de su padre, ya que sólo tiene 40 ó 45 años todo lo más y está bien de salud, puede trabajar y efectivamente trabaja; de lo contrario no hubiera vuelto a casarse, como lo ha hecho hace poco, con una joven de 18 años, de las más guapas de la ciudad.
  • El Hermano Pedro Le Clerc escribe a San Vicente odiándole destino a París, pues en su actual comunidad de Agen se aburre ya que hay otro hermano y no hay trabajo para los dos. Repuesta de San Vicente: «como me dice usted que a veces le falta trabajo y que se aburre, es muy fácil el remedio: sacaremos al otro Hermano y haga usted sólo el trabajo de los dos».
  • San Vicente escribe a Santa Luisa preocupada por la salud del señor administra­dor Miguel Le Gras: «Después de todo, se cree que los médicos hacen morir a más enfermos que a los que sanan, puesto que Dios quiere que lo reconozcamos como el médico soberano de las almas y de los cuerpos, sobre todo con los que no utilizan medicinas. Sin embargo, cuando uno está enfermo, hay que someter­se al médico y obedecerle». En la conferencia del 14 de junio de 1643, San Vicente dice a las Hermanas que deben obedecer a los médicos «no sólo porque son más sabios que vosotras, sino porque Dios os lo manda en la Santa Escri­tura: «Honrad a los médicos porque los necesitáis»».
  • San Vicente responde a la carta de un misionero: «Sobre lo que me dice, de que el honor no le produce vanidad, pero que el deshonor le entristece, le diré, Padre, que sabe usted mucho mejor que yo hacer la anatomía de la voluntad humana porque es usted sabio, mientras que yo soy una bestia».
  • El Superior de la comunidad de Varsovia informa a San Vicente que dos miem­bros de la comunidad quieren dejar la Congregación. Respuesta de San Vicente: «Quizá Dios haya permitido que el P. Guillot se haya torcido el pie para evitar que se tuerza su vocación».
  • El P. Felipe Le Vacher ha ido de Argel a París para tratar de conseguir el dinero que le permita pagar las deudas contraídas por otro misionero. San Vicente escribe al Superior de Argel contándole que algunas personas han organizado colectas en las parroquias de París. Sobre el resultado de esas colectas le dice: «está haciendo más ruido que fruto».
  • San Vicente envía un misionero a la comunidad de Le Mans. En una carta al Superior le dice: «El Padre va con buena voluntad. Creo que será conveniente que le busque usted ocupación, no sea que si la busca él, cambie sus buenas disposiciones. Con algunos espíritus pasa como con las ruedas de molino que dan vueltas sin que haya grano, que se recalientan y queman el molino».
  • Al Superior de Génova, que experimenta una mejoría en su enfermedad, le escribe San Vicente: «Está usted delgado y débil… Con usted pasa como con la Señorita Le Gras, a la que considero muerta naturalmente desde hace diez años; y si uno la ve, diría que sale de la tumba, dada la debilidad de su cuerpo y la palidez de su rostro; pero Dios sabe la fuerza que posee… No tiene más vida que la que recibe de la gracia. Esa misma gracia es la que le da fuerza a usted y le santifica para que conforte a los demás en el camino de la salvación».
  • El superior de Marsella pide insistentemente a San Vicente que le descargue de ese oficio. Respuesta: «Como sigue usted con su humildad insistiendo en que le descargue de la dirección de la Casa de Marsella, yo seguiré insistiendo en pedirle lo contrario, que es que siga en su cargo según le he indicado». Y eso a pesar de que en la misma carta San Vicente le reprocha el que haya gastado más dinero de lo previsto sin haberle informado: «Le confieso, Padre, que me he quedado sorprendido de ello. Si fuera usted gascón o normando, no me parecería extraño; pero que un picardo y una persona de las más sinceras que conozco en la Compañía me haya ocultado esto, es algo que no puedo imaginarme, lo mismo que no se me ocurre la manera de pagar todo eso. ¡Dios mío! ¿Porqué no me lo ha dicho antes?».
  • El 8 de junio de 1650 San Vicente escribe al Vicario General de Toul: «Los cargos, de ordinario, honran a los que los ocupan; pero me atrevo a decir que usted honra a su cargo. Así pues, es usted ya deán, gran arcediano y vicario general de una gran diócesis, grande en piedad, grande en obras buenas, y finalmente grande ante Dios y ante los hombres»45. Nos quedamos sin saber si tales alabanzas eran merecidas, o inspiradas por lo que dice sigue diciendo en su carta: «Le agradezco particularmente la ayuda que nos presta usted en Roma y las cartas que nos ha prometido el señor Platel por intercesión de sus parientes…
  • Al superior de Richelieu le anuncia, en una larga carta, la inminente visita que hará el rey y su comitiva a la ciudad. Le explica, y le pide que se informe bien por expertos en esas ceremonias, cómo debe comportarse, qué elogios y reve­rencias debe hacer al rey y a la reina. Y añade: «Basta con unas palabras por el estilo para mover a sus huéspedes a concederles alguna gracia, como la de confirmar sus privilegios». Y como quizá tenga que alojar en la casa de la comunidad a algún obispo y a los capellanes que acompañan al rey, pide al Superior «que tenga preparadas varias camas, de las más decentes. Las perso­nas de la Compañía podrán ir a alojarse en algún salón todos juntos para dejar libres sus habitaciones». A San Vicente no se le escapaba ningún detalle para que todo saliese a las mil maravillas. ¿Cómo transcurrió todo? Lo único que sabemos es que el rey llegó a Richelieu antes que la carta.
  • Un religioso ilustre se dirige a San Vicente pidiéndole que ejerza su influencia, como miembro del Consejo de conciencia, para que le nombren obispo y así prestar mejores servicios a la Iglesia. Como pide la opinión de San Vicente, éste le responde: «Si la Providencia le llamase al episcopado no se dirigiría a usted para hacérselo buscar; se lo inspiraría más bien a los que tienen la facultad de nombrar los cargos y las dignidades eclesiásticas para que ellos le escogiesen a usted, sin que usted diera ningún paso para ello, y entonces su vocación sería sincera y segura. Pero si usted hace gestiones para ello, parece que podría criticarse la cosa y que no tendría usted motivos para esperar las bendiciones de Dios en ese cargo, que no puede ser deseado ni buscado por un alma verdade­ramente humilde como la suya».
  • Un misionero, decidido a dejar la Congregación e irse a su casa, va a comunicárselo a San Vicente. Éste, sonriendo le pregunta: «¿Cuándo piensa irse? ¿Cómo piensa hacer el viaje? ¿A pie o a caballo?». Esta respuesta inesperada desconcertó al misionero, pero le hizo cambiar de idea y se quedó.

Conclusión

San Vicente era un gascón. En sus conferencias y cartas se traslucen algunos de los rasgos que caracterizan a los originarios del sur de Francia: tendencia a la exageración, fina ironía, expresividad, etc. Era una persona con una sólida forma­ción, al mismo tiempo que tenía la mejor información, tanto sobre cuestiones reli­giosas como políticas y sociales. Pero era hijo de su época. En cuestiones bíblicas, morales, científicas, etc. opinaba como sus contemporáneos, como la clase popular campesina de la que procedía. Desde entonces hasta hoy ha evolucionado la exégesis bíblica, la moral, la medicina y demás ciencias. Es lógico que nos extra­ñen y nos hagan sonreír algunos de los comentarios, de las expresiones y compa­raciones que utilizaba, aunque tengamos que situarnos en su época para compren­derlos. Y sin olvidar lo que el mismo San Vicente pretendía al salpicar sus conferencias con anécdotas e historietas: hacer más amenas sus charlas, no abu­rrir a quienes le escuchaban y facilitar la comprensión de lo que quería enseñar.

Las enseñanzas que nos transmitió son válidas también hoy, aunque las expre­siones con que las presenta sean de otro tiempo. Es cuestión de saber leerle críticamente para distinguir lo que es fundamental de lo que es anecdótico.

Una Hermana que leyó el artículo anterior me escribió preguntándome con qué intención lo había escrito. Mi respuesta fue: para que se rían o sonrían al menos; porque reírse es muy sano. Nuestro fundador da para todo, incluso para que nos riamos con él. Un poema anónimo comienza así: «Tomad un tiempo para reír; es la música del alma».

En uno de los Boletines que recibo de las distintas Provincias venían estos pensamientos que confirman mi intención y con los que sintonizo:

El reír es sano,
El humor es sano.
¿Piensas suficientemente en este aspecto de tu salud?…

Si, a causa de tus preocupaciones,
tu corazón se arruga,

pronto también se arrugará tu rostro.

El reír libera,
el humor relaja.

El reír puede liberarte
de falsas seriedades.

El reír es el mejor cosmético para tu belleza exterior
y el mejor medicamento para tu vida interior.

Si por el hecho de reír tus músculos trabajan regularmente,
eso será bueno para tu digestión,

se estimulará tu apetito
y tu tensión arterial permanecerá estable.

El reír y el humor
te liberan de esa mortal seriedad
con sus problemas que pesan como el plomo.
Te liberan de la lamentable monotonía cotidiana.

El reír y el humor crean nuevos espacios
para alegrías de vivir desconocidas.

¡Es un día perdido el día en que no has reído!…

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