El Papa Francisco canonizó a los papas Juan XXIII (1881–1963) y Juan Pablo II (1929–2005) el 27 de abril de 2014 en Roma, en el contexto del 50 aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II convocado por el papa Roncalli, convirtiéndose así en los otros pontífices proclamados santos en los últimos 100 años junto con Pío X.
En ocasión de este acontecimiento importante de la Iglesia nos permite acercarnos a sus escritos para recordar sus palabras a la Familia Vicentina, especialmente a la Congregación de la Misión.
Juan XXII envió una carta el 20 de febrero de 1960 al P. William Slattery, Superior de la Congregación de la Misión en el III Centenario de la muerte de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac en la cual dice:
«De ordinario, después de cada uno de los concilios ecuménicos, han surgido héroes cristianos…¡Cuántos santos surgieron! Entre ellos, Vicente de Paúl, alma selecta entre tantos selectos, ¡cuánto bien proporcionó al pueblo cristiano! Ensanchó los pensamientos del espíritu humano y multiplicó los prodigios del Señor, que trabajaba maravillosamente. Diole Dios sabiduría y un gran entendimiento y anchura de corazón como la arena que está a orillas del mar (cf. III Reg. IV, 29)… Tenía un claro entendimiento para tratar los asuntos con asombrosa lucidez; poseía una increíble habilidad para solucionarlo todo; gozaba igualmente de gran firmeza y voluntad, pocas veces llevadas a tan alto grado, y ambas se unían felizmente en él para servir con ternura de alma. Abrasado por una perpetua llama de caridad, se desgastaba por Cristo, la Iglesia y los pobres y desgraciados, a los que llamaba sus «Amos»».
Y se refiere a la Familia Vicentina diciendo:
«Prueba de ello es la admirable fecundidad del árbol vicentino y su posteridad tan maravillosamente extendida. La Congregación de la Misión fue fundada por él para remediar urgentes y apremiantes necesidades. Se propuso con el mayor empeño… asegurar la formación del clero y mediante los Ejercicios Espirituales, promover continuos progresos en una forma de vida apostólica cada vez más pura. Organizó también misiones parroquiales… Las Hijas de la Caridad, consagradas a alimentar la llama del amor de Dios y que reconocen como Padre a San Vicente de Paúl… Damas de la Caridad y Luisas de Marillac, las «Pequeñas Amigas de los Pobres» y las Conferencias de San Vicente de Paúl, establecidas a impulsos de Federico Ozanam, sin olvidar innumerables asociaciones y obras de caridad extendidas por todo el mundo, se glorían con su patrocinio, con estar animadas de su espíritu y a veces de llevar el nombre de Vicente de Paúl o Luisa de Marillac. Muchos son los trabajos, emprendidos con alegría y entusiasmo, que los tienen como a impulsores y protectores. Por todas partes, este ejército pacífico, bajo el estandarte del Evangelio, lucha contra la multiplicidad de las miserias y multiplica sus consuelos entre los innumerables afligidos y desgraciados».
La caridad es el motor de las obras vicentinas:
«Esta caridad debe alimentarse y fundarse en los mismos motivos e intenciones sobrenaturales de los que estaba penetrado San Vicente de Paúl. Pero exige con claridad otras manifestaciones y otros medios… Que su espíritu se nos haga más familiar para levantar al que está caído, socorrer al que sufre y reanimar al que está oprimido por la dura necesidad».
El «Papa bueno» proclama en 1960 a Santa Luisa de Marillac «Patrona de los Asistentes Sociales» y el 17 de marzo de 1963 declara beata a Isabel Ana Seton, quien fue canonizada por el Papa Pablo VI el 14 de septiembre de 1975.
Por otra parte, Juan Pablo II se dirigió a la Familia Vicenciana en varias ocasiones. Para la Congregación de la Misión dio alocuciones y cartas a Asambleas Generales, diversos Discursos en ocasión de Canonizaciones de misioneros vicentinos, etc. Recordemos algunos de ellos:
En la Alocución a la XXXVII Asamblea General (1986) manifiesta su sorpresa de los asambleístas de avanzar en tres direcciones: «El compromiso más claro al servicio de los pobres, el relanzamiento de la vida comunitaria y la nece- sidad de recibir la formación para la misión».
«Desde el siglo XVII, las formas de pobreza han cambiado. Podríamos decir que éstas no han retrocedido. El progreso de la ciencia, de sus aplicaciones, el desarrollo industrial y el crecimiento a veces incoherente del mundo urbano, han engendrado nuevos pobres que sufren tanto y sin duda más que las poblaciones rurales y urbanas de los siglos pasados. Sin monopolizar la caridad y la acción social, Vicente removería cielo y tierra para ir en ayuda de lo pobres de hoy para evangelizarlos… Queridos Padres y Hermanos de la Misión: Más que nunca, con audacia, humildad y competencia, buscad las causas de la pobreza y estimulad las soluciones a corto y a largo plazo soluciones concretas, flexibles, eficaces. Si actuáis así cooperaréis a la credibilidad del Evangelio y de la Iglesia. Pero sin esperar más, vivid al lado de los pobres y actuad de manera que no se vean privados nunca de la Buena Nueva de Jesucristo».
Sobre la vida comunitaria afirma:
«Es propio de cada comunidad establecer bien su proyecto. Y cada miembro ha de ponerlo en práctica. Os animo vivamente a que reservéis un tiempo fuerte cada semana o cada quince días a profundizar el misterio de la oración para impregnaros de los escritos tan vivos de vuestro Fundador, para juzgar serenamente vuestras actividades apostólicas, para revisar con precisión la marcha de vuestra vida fraterna… Los miembros de una comunidad… tienen que ayudarle a mantener bien la orientación hacia las exigencias vicencianas con paciencia. ¡Que vuestros huéspedes, que los que habitan en vuestras residencias, sean testigos, incluso me atrevo a decir, transformadores, de vuestra sencillez de vida y de vuestra dignidad, de vuestra pobreza y de vuestra alegría, de vuestra comprensión de los problemas de este tiempo y de vuestro ardor apostólico!»
Y sobre la Formación anima:
«Para que realcéis y renovéis la formación para la misión. Sin la menor duda, si San Vicente viviera hoy mantendría contra viento y marea la intimidad con Dios, el sentido de Dios. Daría gran resonancia a los textos conciliares invitando a los sacerdotes a enraizar la: unidad de su vida y de su acción en la caridad pastoral de Cristo, el único Pastor. Y en el plan preciso de la formación habría acuñado abundantemente el decreto sobre la formación de los sacerdotes. Yo no insistiría en una evidencia, a saber, los cambios actuales y futuros de la sociedad. Pensemos sólo en las misiones populares… en la formación espiritual, doctrinal y pastoral profunda sólida y adaptada a las necesidades de nuestro tiempo».
El 2 de junio de 1996, con motivo de la canonización de San Juan Gabriel Perboyre, Juan Pablo II decía de él:
«Tenía una única pasión: Cristo y el anuncio de su Evangelio. Y por su fidelidad a esa pasión, también él se halló en- tre los humillados y los condenados; por eso la Iglesia puede proclamar hoy solemnemente su gloria en el coro de los santos del cielo».
En el mensaje del 18 de julio de 2004 de Juan Pablo II al P. Gregorio Gay, nuevo Superior General y a los miembros de la XL Asamblea General afirma:
«Su fundador estaba profundamente convencido de la eficacia de la caridad divina (cf. Vita Consecrata, 75) y animaba a todos sus hijos espirituales a ver, amar y servir a Cristo en los pobres. Confío que, manteniéndose fieles a la visión de San Vicente, estén más capacitados para formar a otros, laicos y clérigos, para la tarea de predicar el evangelio hoy».
«Hermanos míos, les apremio a que, al planificar su futuro, acojan en su corazón estas palabras. Recuerden que toda actividad apostólica encuentra su eficacia de la íntima relación personal con Cristo. Cuanto más se abreven en las fuentes de la vida cristiana y de la santidad, a través de un compromiso cada día más profundo en la oración personal y litúrgica, más profundamente se conformarán con Aquél a quien sirven. Con el corazón abierto al amor de Dios, serán capaces de ser testigos eficientes en un mundo que grita hambreando la curación que sólo Dios puede dar».
«Su Congregación está llamada a explorar nuevos caminos para comunicar el mensaje liberador del Evangelio a nuestros hermanos y hermanas que sufren. … es esencial destinar sacerdotes ejemplares a este trabajo: sacerdotes con madurez humana y espiritual, experiencia pastoral, competencia profesional, capaces de trabajar en equipo (cf. Pastores Dabo Vobis, 66)».
Concluye diciendo:
«Tienen «una gran historia por cumplir» (Vita Consecrata, 110)… Mientras buscan cómo vivir mejor el carisma vicenciano, mi mensaje es éste: «Duc in altum!», «¡Boguen mar adentro!» (Lc 5, 4). No teman arriesgarse, echen las redes para la pesca. ¡El Señor mismo será su guía!»
Sin duda que las palabras de estos dos papas santos han estimulado a toda la Familia Vicenciana la vivencia del carisma vicentino.






