VII. Algunos compromisos laicales frente a los «signos de los tiempos»
La percepción y aceptación (crítica) de los «signos de los tiempos» ha significado, si no un verdadero revulsivo, sí un válido y poderoso catalizador en el seno de la Iglesia. Después de siglos en los que el distanciamiento, los desencuentros y hasta el más radical enfrentamiento y antagonismo habían sido la tónica de las relaciones entre la Iglesia y el mundo1, la aceptación, por parte de Juan XXIII de los «signos de los tiempos»2, como verdadero `lugar teológico’ y como ‘lenguaje válido y significativo’ para una Iglesia servidora del hombre, representó un auténtico «kairós» (momento de gracia), el inicio de una actitud de conversión («aggiornamento» la llamó Juan XXIII) y hasta de reconciliación con el mundo actual y en especial con la cultura, de una Iglesia llamada a ser «en Cristo como un signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»3.
Hablando en términos generales se puede afirmar que, para la Iglesia «la existencia de los ‘signos de los tiempos’ es lo que permite afirmar que el Reino de Dios ya ha llegado, aunque todavía no en su plenitud»4. Ahora bien, «para comprender cristianamente el mundo, es decir, para leer los signos de los tiempos en el mundo, en ese mundo que ‘Dios ha amado tanto que le ha dado su propio Hijo’, es preciso mancharse las manos con él, es preciso arriesgarse en él, involucrarse en su historia, estar verdaderamente ‘en el mundo’, en el sentido joanneo de oposición al reino. Quien no se mezcla en la historia, quien no se arriesga en ella, quien no mira a los seres humanos desde ellos mismos, quien no comparte la suerte de los hermanos en todo lo que es mal y pecado, no puede comprender cristianamente la historia y tampoco los signos de los tiempos en ella porque no los comprende humanamente»5.
El Concilio Vaticano II, siguiendo la línea marcada por el Papa Juan XXIII en el Discurso de Inauguración del mismo Concilio6, y mostrando una gran sensibilidad frente a los «signos de los tiempos», hizo una profunda revisión de la vida y de la actividad de la Iglesia en clave esencialmente pastoral. A la luz de las directrices marcadas por el Concilio, es posible señalar algunas repercusiones de especial relieve que la realidad de los «signos de los tiempos» está llamada a tener en la vida de la Iglesia, en particular en la vocación y vida de los laicos. Estas consecuencias las puso de relieve ya en su día el Papa Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Christifideles Laici.
1. Promover la dignidad de la Persona y defender el inviolable derecho a la vida
1.1. Una convergencia que se observa fácilmente entre la comunidad eclesial de nuestros días con uno de los primeros y principales «signos de los tiempos» aceptados por los hombres en general y por el organismo internacional de Naciones Unidas, es precisamente la defensa inequívoca de la persona. Lo recordamos en el primer punto de nuestro trabajo. A este propósito recordó en su día Juan Pablo II que redescubrir y hacer redescubrir la dignidad inviolable de cada persona humana constituye una tarea esencial; es más, en cierto sentido es la tarea central y unificante del servicio que la Iglesia, y en ella los fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana7. Con la valentía de los primeros cristianos resulta hoy particularmente urgente proclamar que «el ser humano es siempre un valor en sí mismo y por sí mismo y como tal exige ser considerado y tratado. Y, al contrario, jamás puede ser tratado y considerado como un objeto utilizable, un instrumento, una cosa». Por eso precisamente, «el individuo nunca puede quedar reducido a todo aquello que lo querría aplastar y anular en el anonimato de la colectividad, de las instituciones, de las estructuras, del sistema»8.
1.2. Como aplicación específica de esta tarea ‘central y unificante’, está el compromiso de la lucha por una justa y verdadera equiparación de la mujer respecto del varón en todos los ámbitos de la vida: personal, social política y religiosa.
La historia de la promoción de la mujer (del ‘feminismo’ como se conoce en la historia), es relativamente reciente. Iniciado a principios del siglo xx, se centró particular en la lucha por la consecución de dar a la mujer el derecho al voto en las naciones y sociedades democráficas9. Más tarde, en la década de los años sesenta del mismo siglo xx se formula y sistematiza de manera formal la reivindicación por la igualdad radical de la mujer respecto del varón. En la Iglesia, aparece por primera vez tanto el tema como la formulación del mismo en la Encíclica Pacem interris del Papa Juan XXIII. Hablando de tres «signos» que caracterizan nuestra época, reconoce como ‘hecho evidente’ la presencia de la mujer en la vida pública. Hace la constatación positiva de que «la mujer ha adquirido una conciencia cada día más clara de su propia dignidad. Por ello no tolera que se la trate como una cosa inanimada o un mero instrumento; exige, por el contrario, que, tanto en el ámbito de la vida doméstica como en el de la vida pública, se le reconozcan los derechos y obligaciones propios de la persona humana»10. En esta misma línea se movió el Concilio Vaticano II que en el Decreto dedicado expresamente a los laicos afirmó: «como en nuestros días las mujeres tienen una participación cada vez mayor en toda la vida de la sociedad, es de gran importancia su participación igualmente creciente, en los diversos campos del apostolado de la Iglesia»11. El Código de Derecho Canónico de 198312 y sobre todo el amplio Magisterio de Juan Pablo II13 han marcado pautas que, aunque resultan objetivamente mejorables en varios aspectos, marcan ciertamente, a lo laicos en particular, un compromiso activo y eficaz en el empeño de construir una sociedad y una Iglesia más justa e igualitaria entre todos sus miembros y a todos sus niveles.
1.3. El Concilio Vaticano II hizo en su día una condenación expresa de «todo aquello que atenta contra la vida»14. A la luz de la enseñanza conciliar el Papa Juan Pablo II ha sido el incansable defensor de la Vida, sobre todo en dos fases muy peculiares de la misma: la concepción y la ancianidad. «La Iglesia no se ha dado nunca por vencida frente a todas las violaciones que el derecho a la vida, propio de todo ser humano, ha recibido y continúa recibiendo por parte tanto de los individuos como de las mismas autoridades. El titular de tal derecho es el ser humano, en cada fase de su desarrollo, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural; y cualquiera que sea su condición, ya sea de salud que de enfermedad, de integridad física o de minusvalidez, de riqueza o de miseria»15. Pues bien, en una sociedad que parece empeñada en establecer y desarrollar una «cultura de la muerte», es de máxima importancia que los laicos cristianos —con la ayuda de toda la Iglesia— asuman la responsabilidad de hacer volver la cultura a los principios de un auténtico humanismo, con el fin de que la promoción y la defensa de los derechos humanos puedan encontrar fundamento dinámico y seguro en la misma esencia del hombre, aquella esencia que la predicación evangélica ha revelado a los hombres»16.
1.4. Posiblemente el don más precioso que el Creador haya dado al hombre sea precisamente el «don de la libertad». Es un don precioso pero, al mismo tiempo, «temible». No solo porque el hombre puede abusar de la libertad hasta límites insospechados y con consecuencias personales y sociales difícilmente valorables, sino ‘temible’ también, de forma particular, para todos aquellos que no toleran que los demás tengan y puedan gozar de la libertad que ellos quisieran sólo para sí. Por eso, la tendencia a suprimir la libertad de los otros está presente en el corazón de cada hombre, como también, de forma institucional, en aquellas autoridades que no toleran que la sociedad los critique o disientan de sus planteamientos y decisiones. La supresión de la libertad (de pensamiento, de cultura, de religión) es una de las tentaciones más cotidianas e inmediatas de todos aquellos regímenes que quieren adueñarse de la persona humana en su totalidad.
Pues bien, a los laicos, en su doble condición de creyentes y de miembros de la sociedad, toca de forma muy directa poner en juego y ejercer el don de la libertad: de forma personal y como grupos sociales organizados. Se parte aquí, de forma específica, de la convicción de que «la libertad religiosa, exigencia insuprimible de la dignidad de todo hombre, es piedra angular del edificio de los derechos humanos y, por tanto, es un factor insustituible del bien de la persona y de toda la sociedad, así como de la propia realización de cada uno»17.
2. Comprometidos en el mundo secularizado
2.1. La primera forma de compromiso cristiano en una sociedad secular es, aunque parezca una paradoja y un compromiso excesivamente teórico, el testimoniar, antes con los hechos ante todo pero también con las palabras, que la solidaridad humana tiene su fundamento último y más firme precisamente en el Mandamiento cristiano del Amor18.
Recordando las enseñanzas de Juan Pablo II hemos escrito en otro lugar que «en un mundo que tiene como uno de los «signos de los tiempos» la solidaridad, los laicos están llamados a insertarse en el amplio campo de las iniciativas personales y grupales nacidas del hombre actual. Pero han de hacerlo desde un planteamiento abiertamente cristiano, es decir, desde el deber y el derecho inalienable que tiene todo cristiano al ‘Mandamiento del Amor’; desde el convencimiento de que la caridad es el más alto don que el Espíritu ofrece para la edificación de la Iglesia y del bien de la sociedad»19.
2.2. Un segundo ámbito de solidaridad (que existencialmente es el primero), es la Familia. En el supermercado social en que vive el hombre actual se ofrecen varios modelos de familia. Cada uno de ellos pretende realizar, a su forma, el concepto de familia. Es claro que el cristiano no puede imponer a nadie, y ni siquiera en la sociedad, su propio modelo de familia. Pero es igualmente claro, que, por hondo sentido de responsabilidad, los laicos cristianos no pueden perder la propia identidad tampoco en el concepto y en la configuración de familia como se ha vivido desde la misma tradición apostólica. Lo ha puesto de relieve, de forma insistente e inequívoca, el Papa Benedicto XVI en su reciente visita apostólica a Valencia20. En la Homilía de la Eucaristía conclusiva del V Encuentro Mundial de la Familia afirmó el Papa que «para avanzar en el camino de madurez humana, la Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana»21. Ya en su día había afirmado Juan Pablo II que «el compromiso apostólico de los fieles laicos con la familia es ante todo el de convencer a la misma familia de su identidad de primer núcleo social de base y de su original papel en la sociedad, para que se convierta cada vez más en protagonista activa y responsable del propio crecimiento y de la propia participación en la vida social. De este modo, la familia podrá y deberá exigir a todos —comenzando por las autoridades públicas— el respeto a los derechos que, salvando la familia, salvan la misma sociedad»22.
2.3. Un argumento que, con el andar del tiempo se ha convertido en verdadero centro del hombre actual, más allá del grado de formación que tenga, más allá del puesto que ocupe en una empresa, más allá de los programas que tengan los partidos políticos, más allá de los valores éticos o morales por los que pueda moverse, es el tema de la economía. Se puede afirmar que, en la actualidad, los problemas sociales dimanan o convergen en gran medida de los problemas que tienen como punto de referencia la economía. En estrecha relación con la economía está el fenómeno de la progresiva deshumanización que se observa sobre todo en los países del llamado primer mundo. Pues bien, «en el contexto de las perturbadoras transformaciones que hoy se dan en el mundo de la economía, los laicos han de comprometerse en primera fila, a resolver los gravísimos problemas de la reciente desocupación, a pelear por la más tempestiva superación de numerosas injusticias provenientes de deformadas organizaciones del trabajo, a convertir el lugar del trabajo en una comunidad de personas respetadas en su subjetividad y en su derecho a la participación, a desarrollar nuevas formas de solidaridad entre quienes participan en el trabajo común, a suscitar nuevas formas de iniciativa empresarial y a revisar los sistemas de comercio, de financiación y de intercambios tecnológicos»23.
2.4. En esta misma línea resulta lógico y necesario, al mismo tiempo, recordar el testimonio de ética y profesionalidad que están llamados a dar los laicos de forma irreprochable en el momento actual. Las palabras del Concilio Vaticano II a este propósito siguen teniendo plena vigencia: «Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el dinamismo seculares. Cuando actúan, individual o colectivamente, como ciudadanos del mundo, no solamente deben cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino que deben esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los campos. Gustosos colaboren con quienes buscan idénticos fines. Conscientes de las exigencias de la fe y vigorizados con sus energías, acometan sin vacilar, cuando sea necesario, nuevas iniciativas y llévenlas a buen término»24.
2.5. Finalmente, puesto que la sociedad se construye y transforma inevitablemente desde unos planteamientos y desde unas estructuras políticas, el laico cristiano no puede desentenderse de esta dimensión fundamental del hombre, «animal político» según Aristóteles. También sobre este argumento el Papa Juan Pablo II se manifestó con un realismo y una contundencia difíciles de eludir. Dirigiéndose a los laicos les recordaba que «para animar cristianamente el orden temporal, los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la ‘política’: es decir, de la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común». Por eso, «las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea un lugar necesario de peligro moral, no justifican lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública»25.
Además de los presentados aquí, quedarían otros campos sobre los cuales han incidido o están llamados a incidir los «signos de los tiempos» con consecuencias concretas para la Iglesia en general y para los laicos en particular. Algunos de esos campos son: la forma de concebir y vivir la vocación cristiana en una Iglesia en la que el sentido democrático está llamado a tener algún valor; la preocupación por el mundo de los pobres sobre todo en su dimensión promocional; la juventud como serio y trascendente problema pastoral; la vida cultual y sacramental como reto de participación activa; el mundo de la cultura como interlocutor imprescindible para poder transmitir el mensaje del evangelio al hombre de hoy. Son otros tantos retos a los que tendrá que dar respuesta sin dilación.
Conclusión. Desde una perspectiva formalmente teológica los «signos de los tiempos» serán verdadera voz de Dios para la Iglesia de cada momento histórico en la medida en que respondan:
- al sentido hondo de la creación que encuentra en Cristo su origen y su fin último (cfr. Jn 1,3; Col 1,15-17) y que, por eso mismo, redunda en el verdadero bien del hombre.
- al sentido pleno de la Encamación del Verbo de Dios, que garantiza la verdadera plenitud humana por el hecho de que asegura de forma objetiva —sin mezcla, sin confusión, sin división y sin separación—, una cercanía objetiva personal (= en la persona) a Dios, horizonte y sentido último del hombre.
- al sentido global de la historia que encuentra su finalismo verdadero y definitivo en Cristo Resucitado el Hombre Nuevo, primicia de la Nueva Humanidad.
Desde otras claves, estrictamente evangélicas, puede afirmarse que los «signos de los tiempos» son locución y ‘signos de Dios’ para la comunidad cristiana en la medida en que sirven y responden:
- al espíritu de las Bienaventuranzas.
- a la venida y construcción del Reino de Dios en este mundo.
Por lo demás, la extensa reflexión teológica realizada, pone de relieve que la aceptación por parte del Magisterio oficial de la Iglesia (Concilio Vaticano II, Juan XXIII, Pablo VI) de los «signos de los tiempos» como verdadero ‘lugar teológico’, conduce, ante todo, a la exigencia de actuar pastoralmente dando respuestas inteligibles, oportunas y eficaces al hombre contemporáneo. Debe asimismo renovar, desde una postura de fidelidad dinámica, la ‘inteligencia de la fe’: a saber, los aspectos confesantes de la fe. Creer aquí y ahora debe responder de forma concreta y tangible al desafío que experimenta el cristiano en este momento de la historia de la humanidad. Un desafío que puede expresarse con la pregunta de cómo ser perfectamente hombres de nuestro tiempo, y fervorosos y convencidos creyentes en Jesucristo; miembros adultos y comprometidos en una Iglesia que es «en Cristo, como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»26. La aceptación de los «signos de los tiempos» debe conducir, en particular, a la elaboración de una teología ‘genéticamente pastoral’: es decir, realizada a partir de una lectura asidua y atenta de los «signos de los tiempos» vistos a la luz de los criterios anteriormente expuestos. Una teología pastoral que lleve a toda la Iglesia, especialmente a los laicos, a actuaciones pastorales que, además de ser inteligibles para el hombre contemporáneo, sirvan con verdadera eficacia para la construcción del Reino de Dios aquí y ahora.
- Recordar, las actuaciones doctrinales, en pleno siglo xix, de los Papas Gregorio XVI con su Encíclica Mirari vos (15 de agosto de 1832: DH 2730-2731) y Pío IX con su Encíclica Quanta cura acompañada con el correspondiente Syllabus (ambos Documentos de 8 de diciembre de 1864: DH 2890-2980).
- Recordar lo dicho en las Notas 10 y 11 acerca de la Constitución apostólica Humanae salutis (1961) y de la Encíclica Pacem in terris (1962).
- LG 1.9.48; SC 2.5.26; GS 42.45; AG 1.5.
- L. GONZÁLEZ-CARVAJAL, 0.C., p.54; R. DÍAZ SALAZAR, El cristianismo, signo en el tiempo, en «Iglesia viva» 192(1997), pp. 13-27.
- G. GENNARI, a.c., p. 1298-1299.
- Cfr. CEE, Concilio Ecuménico Vaticano II, BAC 526, Madrid 1993, pp. 1089-1098.
- Juan Pablo II, Exhortación Christifideles laici (ChL) 37, en AAS 81 (1989), p. 459. Subrayado nuestro.
- Idem.
- Vgr. en el Reino Unido se logra en el año 1918; en los Estados Unidos en 1920; en España durante la II República en el año 1934. Cfr. M. MARTINELL, Feminismo, en C. Floristán-J. J. Tamayo (dirs.), Conceptos fundamentales de Pastoral, Cristiandad, Madrid 1983, pp. 388-399.
- Juan XXIII, Encíclica Pacem in terris, en AAS 55 (1963), pp. 267-268.
- Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam Actuositatem (AA) 9. Cf. AA 32; GS 52; Mensaje del Concilio Vaticano II a las mujeres, en el que después de recordar que son la mitad de la inmensa familia humana, se afirma de forma contundente su innata igualdad con el hombre, la inmensa ayuda que pueden prestar para que la humanidad no decaiga, el ruego de que velen por el porvenir de nuestra especie humana, su condición de primeras educadoras del género humano, etc.
- Son numerosos los cánones en los que el Nuevo Código hacen referencia, de forma implícita o explícita, a la mujer en la Iglesia: ccnn. 104; 112; 208-231; 766-767; 964; 1115; 1117; 1421.
- Entre las numerosas intervenciones de Juan Pablo II acerca de la mujer, dejamos constancia de tres de especial relieve: la Carta apostólica Mulieris dignitatem (AAS 80[1988], pp. 1653-1729), la Carta Las mujeres en medio del mundo, con motivo de la IV Conferencia Mundial sobre la mujer (Pekín, septiembre 1995), y la Carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis (22 de mayo de 1994: en «Ecclesia», n. 2688 [11 de junio de 1994], pp. 20-21), en que da por cerrada en sentido negativo la cuestión de la posible Ordenación presbiteral de las mujeres en la Iglesia católica.
- GS 27.
- Juan Pablo II, ChL 38, en AAS 81 (1989), p. 464.
- Sínodo sobre los laicos (Roma 1987), Proposición 36.
- Juan Pablo II, ChL 39, en AAS 81 (1989), p. 465.
- A mi parecer, este es el mensaje primero y principal que ha querido lanzar el Papa Benedicto XVI a toda la Iglesia al dedicar su primera Carta encíclica precisamente al Dios Amor: Deus caritas est. Entre otros muchos comentarios puede verse el de L. GONZÁLEZ-CARVAJAL SANTABÁRBARA, Un Papa que entiende de amores, en el Pliego de «Vida Nueva», n. 2.524 (24 de junio de 2006).
- A. M. CALERO, El laico en la Iglesia, CCS, Madrid 19982, p. 144. Cfr. ChL 41 en AAS 81(1989), p. 471.
- Cfr. todas las intervenciones del Papa en «Vida Nueva» (Pliego: Con las familias, en Valencia), n. 2.527 (15 de julio de 2006), pp. 23-30.
- Ver en «Vida Nueva», 1.c., p. 29.
- ChL 40, en AAS 81(1989), p. 469.
- ChL 43, en AAS 81(1989), pp. 476-477.
- GS 43; cf. GS 34.39; LG 31.36; AA 7.13.
- ChL 42, en AAS 81(1998), pp. 472-473.
- LG 1.







