Caridad personal y caridad colectiva

Francisco Javier Fernández ChentoAsociación Internacional de Caridades, Formación VicencianaLeave a Comment

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Author: Clara Delva · Translator: Víctor Landeras. · Year of first publication: 1976 · Source: IV Semana de Estudios Vicencianos.
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¿Quiere ser este título la expresión de una acción nueva, de una manera nueva de vivir el amor fraterno? ¿Vengo a habla-ros de una nueva invención en un mundo donde continuamente oímos hablar de novedades, de cambios, de agitaciones?

No, creo, simplemente, que podríamos reflexionar juntos, de qué manera, al presente, las voluntarias de la Asociación Internacional de Caridades (A.I.C.), 200.000 en 30 países, tra­tan de actualizar su mentalidad, su espíritu, sus métodos, su acción, para responder a la llamada de los pobres, para encon­trar respuestas dictadas siempre por el deseo de servir y amar.

La diferencia está en el modo nuevo de expresar y de rea­lizar una acción para hoy; el modo nuevo de encontrar reme­dios a las penas, a las miserias, a la pobreza que toman, hoy, formas y dimensiones diferentes.

Lo que aporto es el testimonio de una búsqueda, el anhelo de un camino emprendido especialmente estos últimos años por nuestra Asociación tanto en el plano nacional y local, como a un nivel internacional. No es una teoría establecida como una regla, una ley, de una vez por todas, sino la etapa que vivimos actualmente: ella forma parte del dinamismo de nuestra acción, de su movimiento. Es la caridad de siempre, pero con un anhe­lo constante de transformación, de progreso, en un proceso nunca acabado.

No me pertenece desarrollar el aspecto teológico y filosófico de la caridad. Otros lo han hecho, y muy bien, en la semana. Yo os diré por qué y cómo las voluntarias, nunca más las da­mas, de la A.I.C. contribuyen personal y colectivamente a la lucha contra la pobreza y a la vida de caridad y de amor a todos.

Os expondré la reflexión que ellas se hacen hoy y algunas de sus realizaciones.

I. El porqué de su compromiso y el contexto en que se sitúa

Fue al constatar la miseria de su tiempo cuando el Sr. Vi­cente fundó la primera «Caridad» reuniendo algunas personas del pueblo. Aquellas personas fueron las primeras voluntarias de acción social, comprometidas, luego formadas y organizadas por él para responder a la llamada de los más pobres. Como en todas sus fundaciones, es a partir de un problema, de una ne­cesidad constatada cómo San Vicente reagrupaba a unas perso­nas, las forma, las anima, crea unos servicios, unas comunida­des para responder a tales necesidades.

Hoy, es siempre por causa de los sufrimientos y de las mi­serias de toda suerte, en su sentido más amplio, por causa de las llamadas de los más indefensos como las voluntarias de la A.I.C. quedan comprometidas. Ellas observan lo que pasa a su alrededor, se informan, se organizan, se forman, colaboran con los demás, a fin de aportar respuestas adecuadas, solucio­nes adaptadas a esas llamadas.

Ellas toman conciencia mejor aún que los desvalidos, cons­ciente o inconscientemente piden más; ellos esperan, ellos tienen derecho a más: una curación a largo plazo, una solución defi­nitiva a sus problemas, la supresión de las causas y de las con­diciones que crean sin cesar nuevas formas de pobreza.

La pobreza de los demás debe ser reconocida como un es­tado temporal accidental, anormal, al cual no podemos resig­narnos. Es por completo diferente del espíritu de pobreza al que todos estamos llamados. Ambos no se deben confundir.

Todos los sufrimientos, pues, interpelan a los miembros de las «Caridades»: a menudo la pobreza, pero sobre todo y más cada vez todas las dificultades que vienen de causas más pro­fundas: falta de educación, de inteligencia, de salud, problemas familiares, aislamiento, desarraigo, etc. La pobreza material no es, en general, sino la consecuencia de problemas mucho más profundos. Además, es preciso observar que muchos de los nuevos problemas, de las nuevas clases de pobreza son engen­drados por la civilización cada vez más tecnificada en que vi­vimos.

Los pobres, los indigentes, los indefensos quedan cada vez más marginados (dados de lado) por lo que se llama progreso. Esa civilización de los países industrializados se extiende cada vez más, y no solamente en torno a las ciudades. Hace ya su aparición en los campos.

En el pliego que habéis recibido hemos enumerado algunas formas de pobreza que nos interpelan.

Son, pues, esas dificultades, esas miserias las que dan su fin, su motivación fundamental a la acción de las Caridades, y no, como a veces se ha dicho o pensado sin razón, el anhelo de santificación personal de los miembros, de las voluntarias. Es necesario buscar cada día hacerse mejores, pero no toman­do a los pobres como medio. Nuestra Asociación existe, pues, para ellos, no para nosotros.

Al constatar el porqué de nuestro compromiso, no es sufi­ciente enumerar los problemas y darles una respuesta sin refle­xionar sobre ellos. Es necesario preguntarse en qué contextos de lugar y tiempo se sitúan, hoy, esas formas de pobreza y es indispensable para realizar las transformaciones necesarias en cuanto que una organización como la nuestra es muy antigua. No se puede ya rendir servicio en 1975 como se hacía hace 300, 50 ó hasta 10 años. No se puede ya hacerlo en las ciuda­des de hoy como se hacía en las aldeas de ayer.

El lugar. El prójimo en dificultad no vive solo, al menos físicamente. Vive ubicado en un lugar familiar, social, cívico que le sitúa en ciertas condiciones más o menos favorables a su dicha o a su desdicha, a su desarrollo personal o a su ruina. Quienes lo encuentran y buscan ayudarle, voluntarios o profesionales de la acción social, viven también ellos en ciertas comunidades de vida que influyen en sus mentalidades y en sus reacciones. Por eso es preciso observar en qué medida estos lugares: familia, profesión, pueblo, barrio, ciudad, país y hasta continente, con­dicionan la vida y el comportamiento de los unos y de los otros.

El tiempo. A la vez, es necesario reconocer que los unos y los otros viven en un período de la historia, que es el final del siglo xx, tiempo de profundas transformaciones, de mutaciones cada vez más rápidas, etapa de transición entre dos civilizacio­nes. Estas transformaciones provocan un cambio de mentali­dades, de condiciones de vida, de transtornos en todos los do­minios. Todo es sometido a cuestión y nadie puede eludir esta realidad, señalada ya por Juan mi’, al hablar de los «signos de los tiempos».

Estas nociones de lugar y de tiempo son muy importantes para nosotros. Ellas nos obligan a repensar por completo la manera de cumplir nuestra tarea. Y vemos, entonces, que el socorro material o financiero no aporta ya soluciones duraderas a los problemas de las formas actuales de pobreza, tan sólo pro­cura ayudas parciales, paliativos momentáneos. La ayuda ma­terial está, lo más frecuente, hasta contraindicada:

  • no estimula a quien la recibe y le humilla,
  • lo habitúa y mantiene en la dependencia e impide así su promoción,
  • con frecuencia deja una conciencia tranquila a quienes la dan,
  • a menudo reemplaza la obligación de los poderes pú­blicos, es decir, a la comunidad de los ciudadanos, de resolver los problemas.

En efecto, en numerosos países, se crean, cada vez más, le­yes y organismos para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, para prever y subsanar la carencia y dificultades de de los más pobres. A esto hay que apelar, es una cuestión de justicia; la noción de «derecho a la ayuda social» hace feliz­mente su aparición en muchos países. Se trata, además, de me­joras aportadas por la solidaridad, voluntaria u obligatoria, de los ciudadanos que contribuyen en ello pagando las cotizacio­nes de la seguridad social y los impuestos.

Hay que alegrarse de esto. Encontramos, a este respecto, un texto muy claro en el decreto sobre el Apostolado de los Laicos (A.A., 8): «Se ha de satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, no sea que se ofrezcan como don de la caridad lo que es ya deuda de justicia…»

No obstante, si por un lado se perfecciona la organización de la ayuda social, por otro lado, como ya hemos dicho, nuevas formas de pobreza son creadas por esa misma civilización en progreso. Al mismo tiempo, en numerosos lugares, faltan los servicios adecuados o son insuficientes para responder a esas nuevas dificultades; los beneficiarios de tales servicios los co­nocen mal y no saben cómo obtener las ventajas a las que tie­nen derecho. Y lo que es más fundamental, cuantos más ser­vicios hay, cuanto más se organiza la sociedad, tanto mayor es el riesgo, sobre todo para los débiles, los pequeños, de perder­se en el anonimato, de despersonalizarse.

Deben inventarse nuevos servicios, nuevas iniciativas con rapidez, flexibilidad, imaginación y dinamismo.

Es aquí donde se sitúa la tarea, la función específica del vo­luntariado de la acción social, la de las voluntarias de la A.I.C; es la forma renovada, actual, de la caridad, del amor al próji­mo. Es el paso de una asistencia que era sobre todo material, a una acción mucho más amplia, más diversificada, hecha necesa­ria por las condiciones diferentes de lugar y de tiempo.

Esta acción, que pueden y deben realizar los voluntarios, no se sitúa tampoco fuera de una acción social global; debe ser asumida en estrecha cooperación entre los que se llaman, cada vez más, de una parte trabajadores sociales profesionales y de otra parte trabajadores sociales voluntarios. Es en conjunto como deben buscar las soluciones a los problemas hallados y ponerlas por obra.

Esta función específica del voluntariado no puede, por tan­to, entrar en conflicto con la de los profesionales, no puede reemplazarla. Muy al contrario, ambas acciones deben comple­tarse gracias a los valores de los unos y de los otros.

Los profesionales (asistentes sociales, enfermeras, maestros, ayudantes domésticas…) prestan un tiempo y una continuidad más permanentes, una competencia debida a sus estudios y a su experiencia, la estabilidad de una profesión.

Los voluntarios aportan unos contactos más directos y más espontáneos con los habitantes de barrios y de parroquias don­de viven con frecuencia ellos mismos; gozan de una libertad de acción, necesaria a menudo para permitir imaginar iniciativas nuevas, rápidas, que pedirían demasiado tiempo a unos pro­fesionales, o no les estarían permitidas por las reglas de su pro­fesión. Estos nuevos servicios pueden, muchas veces, ser asu­midos luego por organismos públicos o profesionales. El papel de iniciador es típico del voluntariado y llega a ser hasta crea­dor de empleo para las profesiones de ayuda social y de ayuda sanitaria, aunque frecuentemente se haya creído lo contrario.

Si he querido hacer esta breve reflexión sobre las tareas de los profesionales y las de los voluntarios, es porque es impor­tante en nuestra reflexión. La A.I.C. no puede realizar su acción en pro de los más desvalidos, sin estar en plena concordancia con la prospectiva de la acción social global.

Es, pues, a partir de un análisis, enunciado aquí muy rápi­damente,

  • de su objetivo: los más pobres, a quienes se ha de res­ponder con el amor y el servicio,
  • del lugar y del tiempo actuales
  • de la función del voluntariado y
  • de su inserción dentro de una acción social global

como las responsables de la A. I.C. han realizado especialmen­te estos últimos años una reflexión y una toma de conciencia. No es siempre fácil reconocer y aceptar lo que ellas han des­cubierto y ello no está todavía realizado en todas partes, en to­dos los países, en todos los grupos o equipos de base. Pero el proceso, ciertamente, ha comenzado y se extiende cada vez más.

En su Consejo Internacional de 1973, y, este año, durante el Coloquio europeo de la primavera última, ellas han recono­cido que su acción se sitúa a tres niveles, que su caridad puede tomar tres dimensiones. No se trata de una teoría, sino de la manera como quieren ellas fijar sus objetivos en una perspec­tivava dinámica.

II. ¿Cuáles son estos tres niveles, estas tres dimensiones?

1. El nivel personal, la acción individual. Se trata de la acción más directa, más espontánea; ese contacto de persona a persona es indispensable y jamás podrá desaparecer.

Como hemos visto ya, lo que se llama progreso provoca el riesgo del anonimato, la pérdida de la responsabilidad perso­nal, el aislamiento, la despersonalización. Estas son, entre las más importantes, las causas de nuevas formas de pobreza.

  • El enfermo está solo en su casa, o en el hospital, porque los suyos trabajan o viven febrilmente.
  • El anciano es abandonado porque no produce ya y re­quiere, al contrario, cuidados y gestiones.
  • La madre soltera es rechazada porque la condena la sociedad.
  • La mujer abandonada o sola no está reconocida.
  • En los grandes bloques (habitaciones de alquiler mo­desto) la madre de familia está sola toda la jornada y cae en la depresión.
  • El alcoholizado, el drogadicto son marginados también.

La lista es mucho más larga, vosotros la conocéis bien. ¿Qué piden todos ellos? Ser reconocidos como personas, ser llamados por su nombre, poder, también ellos, realizar algo, en una palabra poder hacer y ser.

¿Cómo llegar a eso si algún otro, otra persona, no viene a ellos:

  • tomando el tiempo que hace falta,
  • escuchándoles,
  • aceptándoles, como son,
  • pidiéndoles algo, estableciendo así una relación de cambio,
  • ayudándoles a permanecer en la vida,
  • ¿reintegrándoles en la actividad de todos?

Para realizar esta atención a la persona del otro, nada pue­de reemplazar al contacto personal. Esta dimensión de la cari­dad ha existido siempre entre los miembros de nuestra Asocia­ción, incluso siendo incompleta e imperfecta. Esta acción se concreta, sobre todo, por las visitas a domicilio, en los hospi­tales, residencias de ancianos, en las prisiones, etc…

Este contacto individual provoca, evidentemente, el descu­brimiento de muchos problemas a los que es necesario encon­trar soluciones; a veces, una ayuda financiera o material, pero lo más raramente posible.

Está frecuentemente en la base de la creación de nuevas ini­ciativas de las que vamos a hablar ahora, pero es siempre y per­manecerá indispensable a fin de que cada hombre, cada mujer sean siempre reconocidos como personas.

Hay que admitir, sin embargo, que, sola, esta dimensión será insuficiente. Raramente puede curar o promover, debe ser completada por otros medios. Debemos reconocer también que con demasiada frecuencia las voluntarias se quedan a este nivel de la acción, tienen dificultad en imaginar o concretar otras ayu­das, otras soluciones, no obstante necesarias. ¡Se queda uno tan fácilmente en lo que siempre se ha hecho! Hay miedo a comprometerse más lejos.

Es preciso, pues, alcanzar un segundo nivel, una segunda dimensión.

2. La dimensión colectiva. Observamos, cada vez más, en nuestros barrios, nuestras ciudades, nuestros países, que unos problemas se plantean a unos grupos de personas. Por el hecho de que alcanzan unas proporciones más amplias que los pro­blemas individuales, piden otra atención y otras respuestas.

No son ya solamente unas personas que están aisladas o se­paradas de la sociedad, de la comunidad; son grupos enteros que, en cuanto grupos, quedan marginados.

Si encontramos en esto las mismas personas, las mismas formas de pobreza ya enumeradas, si unas atenciones persona­les, les aportan ciertas mejoras, es fácil constatar que algunos tipos de pobreza, hechos colectivos, piden la creación de inicia­tivas, de servicios comunitarios. Lo exige la importancia numérica de las personas en dificultad; pero, sobre todo, la necesidad de reintegrar a esas personas en sus comunidades de vida.

  • Si un anciano está solo y sin ocupación y yo voy a verle hasta todas las semanas durante 2 horas, no podría de­dicarme durante esas 2 horas a otras numerosas perso­nas en la misma situación. Y, sobre todo, no podría rein­tegrarle dentro de su barrio, dentro de su medio de vida, dentro de la parroquia.
  • Si consagro 2 horas por semana a una mujer joven para enseñarle a administrar su presupuesto o a coser ¿quién se ocupará de cientos de otras que viven en torno a ella? Sobre todo, ¿cómo podré yo ayudarla a tomar contacto con otras, para superar su desorientación o su depresión?

Lo mismo también, por ejemplo, en cuanto a

  • los emigrantes, llegados del campo o de otros países, los cuales no conocen ni las costumbres ni la lengua,
  • los enfermos, lisiados, ancianos que deberían recibir comidas a domicilio, medio material necesario más también vínculo con el exterior, fuente de nuevos contactos.
  • las madres y ancianos que no van jamás de vacaciones,
  • las numerosas situaciones de familias en grandes difi­cultades que se denominan casos sociales complejos, y cantidad de otros…

Ante estas nuevas situaciones debemos inventar y realizar unos servicios colectivos portadores de respuestas duraderas, res­petuosas y con ansias de una mayor justicia. Algunos ejemplos de servicios asegurados por las voluntarias de la A. I. C.:

  • Un club reúne a 60 ancianos, y con frecuencia a mu­chos más, todas las semanas; 3 ó 4 voluntarias son su­ficientes para crear el club, organizarlo, animarlo en su comienzo y de allí lanzar otros servicios como: diversio­nes, excursiones, vacaciones, carbón económico, pedicura, gimnasia, etc. Poco a poco las voluntarias estimulan a los miembros del club a que lo lleven ellos mismos y ellas participan en las actividades como los miembros, sin ser sus dirigentes.
    Los ancianos vuelven a encontrar amigos en barrios don­de habían llegado a ser solitarios. Unos a otros se pres­tan servicios.
  • Cursos de lengua para emigrantes, talleres de costura o cocina, servicio de comidas llevadas a domicilio (de­nominadas comidas sobre ruedas) para lisiados o ancia­nos, clubs para madres o para personas en soledad, tien­das de vestir, etc., permitirán rendir unos servicios, ne­cesarios, a muchas personas, con algunas voluntarias y, sobre todo, darán a los clientes de estos servicios la po­sibilidad de participar en ellos personalmente y de rein­tegrarse en una vida normal.
  • Si el barrio o región no tienen servicio social ni posibili­dad de recibir a una Asistente social, las voluntarias crean el servicio social, buscan los recursos financieros necesarios, reciben las prestaciones con que puedan cumplir.

Es preciso notar que, para todos los servicios de que acabo de hablar muy rápidamente, salvo para el servicio social, se pi­de siempre a los beneficiarios una contribución financiera: los miembros del club pagan una cuota y economizan, a veces con un año de antelación, para la excursión que harán en verano; las comidas son pagadas en parte por los clientes; los vestidos, comprados en la tienda, a precio reducido desde luego, ya que están usados, pero siempre limpios y en buen estado.

Se nota cada vez más que los beneficiarios de estos servi­cios aprecian vivamente la posibilidad de aportar su cuota, por mínima que sea: su dignidad es respetada; personalmente se sienten más responsables de su club, de los vestidos que ellos han pagado, etc.

No he citado más que algunos ejemplos de iniciativas o ser­vicios colectivos creados o asumidos por las voluntarias de la A.I.C., o en los que ellas colaboran, cuando existen.

Muchas otras posibilidades pueden ser desarrolladas o lo es­tán ya; dependen siempre de las necesidades que se encuentran. Ellas piden apertura de espíritu, imaginación, creatividad, dina­mismo, espíritu de equipo y unos esfuerzos mayores que para solo el nivel individual.

Este nivel colectivo aporta ya soluciones más eficaces y más duraderas, alcanza a más gente; permite la reintegración en la sociedad y la toma de responsabilidades por los desvalidos per­sonalmente; en una palabra, provoca y estimula más su promo­ción, su independencia, su liberación.

Puede también atraer la atención de la sociedad sobre los problemas colectivos, haciendo reconocer las nuevas formas de la pobreza y mostrando qué soluciones son capaces de aliviar y, sobre todo, suprimir las causas de la pobreza.

Pero, con demasiada frecuencia —es preciso repetirlo— nos quedamos en el nivel del alivio, de los paliativos; creemos que la miseria, que la pobreza, son fenómenos que se repetirán siempre.

Ahora bien, nosotros estamos comprometidos en una lucha contra todo tipo de pobreza, en seguimiento de San Vicente. El provocó a los que reunió de su época y a los que, desde entonces, han querido seguirle.

Y hoy, es fácil comprender que, ante la amplitud y las causas de los problemas actuales, quedarse en la dimensión personal y en la dimensión colectiva, sería ignorar la realidad, pasar al lado de los verdaderos problemas.

Por eso, aun cuando su acción no está realizada todavía en todas partes, los miembros de la A.I.C. quieren, al mismo tiem­po, llegar con más profundidad al corazón de los problemas.

Una tercera etapa debe ser franqueada.

3. La acción sobre las estructuras. Reconocemos que nue­vas dificultades alcanzan a los más pobres, que la vida actual segrega nuevas miserias, sobre todo, en nuestros países cada vez más industrializados.

Al mismo tiempo, se crean leyes y organismos para paliar estos nuevos problemas. Pero sí se realizan mejoras:

  • Hay todavía cantidad de situaciones para las que no existen respuestas;
  • Hay todavía multitud de personas que no llegan a hacer oír su voz;
  • Hay siempre causas para formas de pobreza y se renue­van sin cesar.

Cara a estas constataciones, las voluntarias de la A.I.C. es­tán convencidas de que también aquí deben tomar iniciativas, o cooperar con otras en este sentido. Tienen posibilidades que deben utilizar; tomar, cada vez más, conciencia de que se trata de una llamada a la justicia y que, si bien es una dimensión nueva y, a menudo, difícil de alcanzar, no pueden pasar al lado de ella, ignorarla.

He aquí algunos ejemplos entre otros:

— Un matrimonio ha contraído deudas importantes por di­ferentes motivos; es una pobreza muy actual.

Existen varios medios para ayudarle:

  • Se puede reembolsar sus deudas por él. Es la peor solución: volverá de nuevo y será todavía más desgraciado.
  • Se le puede ayudar a estudiar su propia situación. A sa­ber, por qué ha contraído esas deudas, enseñarle cómo reembolsarlas personalmente y cómo equilibrar su pre­supuesto. Es ya mucho mejor y favorecerá su propia promoción.
  • Uno puede también preguntarse por qué hay tantos en­deudados hoy: tentaciones, faltas de educación para ad­quisiciones a crédito; remontarse, por tanto, a las fuen­tes del mal. Y hacer gestiones —por ejemplo ante el ministerio de Educación— a fin de que los jóvenes sean educados para la utilización sana e inteligente del crédito.

Esto se efectúa por iniciativa de las voluntarias de la A.I.C

  • Los ancianos, los enfermos, los lisiados, deben ser cui­dados, alimentados, tratados medicalmente…, pero ellos ansían vivamente quedarse en sus casas, en su vivienda, en sus familias.
  • La respuesta actual es todavía, a menudo, colocarles en casas de retiro, en hogares con pago por la Seguridad Social, por la asistencia pública y por la familia.
  • Pero existe otra solución sin embargo: la de reembolsar a las familias, a los enfermos, a los ancianos, los gastos de cuidado a domicilio, de menaje, etc. Solución menos costosa para el Estado y mucho mejor para sus benefi­ciarios. Las voluntarias constatan estas situaciones por sus contactos directos: a ellas incumbe, con los que lu­chan por unas mejoras, intervenir ante los poderes pú­blicos y luchar por obtener los resultados.
  • Organizar transportes para los pensionados que no pue­den pagárselos es una buena cosa; pero obtener que esas personas se beneficien de tarifas reducidas en los trans­portes públicos es una solución mucho más duradera y más respetuosa para las personas.
  • Preocuparse de mejoras parciales para los emigrantes y los mal alojados está muy bien, pero estudiar el meca­nismo de la emigración, los efectos de la urbanización sobre el alojamiento de muchos pobres y alcanzar los niveles de decisión, las instancias públicas, permite ob­tener efectos más profundos y más estables.

La A.I.C. hizo una experiencia interesante mientras cele­braba su coloquio europeo.

Habían sido escogidos dos aspectos de pobreza particular­mente actuales en Europa: de ellos, el de los emigrantes. Los participantes en el Coloquio los estudiaron con unos expertos, tomaron contacto con las instancias públicas europeas de la ac­ción social; estas comprendieron que se trataba de una cuestión que no podía ser resuelta por pequeñas iniciativas, que hasta eran necesarias unas concertaciones entre los países de origen y los países de acogida, que era menester también alcanzar niveles de decisión desde el pueblo y municipio hasta el nivel de los organismos internacionales, como la Comisión de las Comu­nidades Europeas.

Se tomaron resoluciones que reflejan el favor de interés ha­cia los esfuerzos de la C.C.E. en la lucha contra las formas de pobreza en Europa.

Os he expuesto, de una manera esquemática, cómo en nues­tra Asociación, la A.I.C., se realiza, cada vez más, una toma de conciencia nueva de tres dimensiones. Os he dicho que todavía queda mucho por hacer, pero que el proceso está en marcha.

Querría completar esta reflexión, exponiendo algunas de las condiciones indispensables que estas voluntarias de la A.I.C. pueden y debe llenar para realizar una acción de valor y servi­cio de caridad verdaderamente promocionante.

III. Algunas condiciones de eficacia

Lo hemos dicho muchas veces: la persona del otro, el pró­jimo en situación de pobreza, es la razón de ser de nuestra acción, ese prójimo que vive, más o menos, en una comunidad.

El es el motivo y es para hacerle más feliz y, por tanto para amarle por lo que nos hemos comprometido.

Para obtenerle un apoyo, una ayuda y, sobre todo, una ver­dadera promoción que le haga feliz en cuanto responsable y li­bre, no basta la buena voluntad, la caridad exige reflexión de nuestra parte y constante readaptación. Se requieren unos es­fuerzos continuos para mejorar las respuestas, la atención a la persona, la eficacia de los servicios, una eventual acción sobre las estructuras. Una iniciativa, un método, buenos hoy, serán rápidamente superados si no son incesantemente modificados, renovados.

Tomemos de nuevo cada uno de los niveles expuestos.

A nivel personal

— Estar atento al otro, respetarle como tiene derecho a ser, promocionarle, me exige escucharle, confiar en él, no imponerle mi modo de concebir una solución, compartir con él, pues él también tiene que darme. Debo, así mismo, reformar todo mi vocabulario respeto a él…

¡Naturalmente esas actitudes no existen en mí si, por ejemplo, el otro es apático y yo dinámico, si él es agresivo a causa de sus preocupaciones y yo lle­go a él con toda mi buena voluntad!

¡No viviré las actitudes que indispensablemente se han de tener, no las conseguiré en un día; no las conseguiré quizá, jamás, plenamente!

A nivel colectivo

— Para observar los problemas colectivos en torno a mí, en mi comunidad de vida, de parroquia, de barrio; para responder a ellos inventando nuevas iniciativas, para co­operar con los servicios ya existentes, debo aceptar y hacer aceptar por mi grupo, mi equipo de caridad que:

no lo conocemos todo
no podemos trabajar solos
debemos estudiar, leer, informarnos
debemos aceptar el trabajo en equipo
debemos llamar a otros a preocuparse por los más desvalidos.

A nivel de estructuras (cívicas, políticas)

— Para conocer y alcanzar las diferentes instancias

Yo, y nosotros, debemos informarnos,
saber por quién y cómo llegar allá
conocer el mejor momento para hacerlo
la mejor manera de proceder,
concertamos, frecuentemente, con los otros, fuera de nuestra organización y juntar nuestros esfuer­zos a los suyos.

(En una palabra), ¿cómo unas voluntarias, animadas de la mejor buena voluntad, podrían volver su acción capaz de alcan­zar los resultados necesarios sin aceptar una información y una formación, y sin buscarla, quererla durante toda su vida?

Se trata de una formación amplia pero orientada, claro es­tá, hacia la acción social; es decir, desde el punto de vista so­cial, psicológico, intelectual, cívico y, a veces, político, una for­mación enteramente animada por la iluminación del Evangelio.

Esta formación no es la que reciben los trabajadores profe­sionales; las voluntarias no tienen la posibilidad y no es ese su objetivo —lo hemos dicho— no puede ni deben reemplazar a los profesionales. Pero su formación debe hacerlas capaces de obrar en el mismo sentido que los profesionales, a fin de poder cooperar con ellos, de no contrarrestar su acción, sobre todo, para que la acción por los desvalidos sea coherente frente a ellos.

¿Cómo se da la información y la formación? Principalmente por:

  • Un trabajo de equipo entre voluntarias; en sus reunio­nes, con frecuencia mensuales; el cambio y la confron­tación de experiencias; el estudio de un tema anual; in­formación de todas las clases en torno a la acción; el estudio de textos. Son los medios utilizados, sobre todo, a nivel local.
  • cursos para las nuevas y otros para las antiguas. Son or­ganizados por ciudades o por regiones; cada vez más, por método de grupo y por método inductivo, es decir, a partir de casos vividos (citados —claro está— anó­nimamente).
  • jornadas de estudio, seminarios regionales, nacionales, por continentes jornadas de oración, de reflexión, reti­ros, etc.
  • en muchos países un boletín mensual o bimensual.
  • un nuevo medio comienza a extenderse: el dossier de formación, expedientes que da una información de base, y completado regularmente por informaciones, pensa­miento redactados en función de la acción propia de las voluntarias; trabajo realizado, a menudo, con ayuda de trabajadores profesionales, asistentes sociales principal­mente.

Otra condición de eficacia es ciertamente el Trabajo de equi­po. A fin de proseguir, de continuar, de mejorar una acción, a menudo difícil, es menester aceptar formar parte de un equipo, de un grupo, aceptar sus exigencias, una cierta organización, siendo esta tan flexible como sea posible. Acción y reflexión son casi imposibles de realizar, sobre todo en tal dominio, si uno las quiere cumplir solo, sin referencia y sin confrontaciones con otros comprometidos en la misma acción. Es difícil respecto a uno mismo, es difícil frente al prójimo, es difícil respecto a la comunidad responsable de ese prójimo.

Esta condición es válida a todos los niveles: local, regional, nacional, internacional.

Muchos de nosotros hemos pasado por la misma tentación de obrar a solas. Uno se atiene a su libertad, cree que así será más rápido, más eficaz. ¡No le gustan las reuniones! Pero muy frecuentemente uno no persevera, carece de nuevas ideas, pierde su dinamismo y su aliento. En un trabajo de equipo se aprenden también las exigencias del contacto, de la escucha, de la amis­tad con unas personas que uno no ha escogido.

Es preciso añadir también que los equipos, los grupos de la A.I.C. deben estar muy abiertos a todas las buenas volunta­des, aceptar a todos los que quieran comprometerse en el ser­vicio de los demás; personas de toda edad y de todas las cla­ses sociales; es preciso repetirlo, pues con demasiada frecuen­cia, se ha creído que el reclutamiento debía hacerse sólo entre ciertas clases; y a veces, sobre todo para tener personas en fun­ción de sus medios financieros. No ha de comprometerse uno en el servicio de los demás a partir de una situación de fortuna o de posición social; todos los que lo deseen pueden ser reclu­tados a condición de que acepten compromiso, formación y tra­bajo en equipo.

Hay otra condición de eficacia igualmente necesaria. He ha­blado otras veces de él. Es la COOPERACION con los demás fuera de nuestra asociación. Muchos organismos y servicios ya públicos, ya privados, existen en el cuadro de la acción social. Es indispensable informarse ante ellos de lo que existe y puede obtenerse para los desvalidos; apelar a sus servicios y ofrecer colaboración a algunas de sus actividades.

Sucede además que, cuando las voluntarias han creado unos servicios nuevos que faltaban, las instancias públicas o profe­sionales los toman a su cargo teniendo más medios o posibilida­des. Las voluntarias han sido, en esos casos, los elementos de creación y de estímulo.

Sin embargo, las organizaciones de voluntarias tienen tam­bién el derecho de hacer reconocer el valor de lo que han he­cho, y, con mucha frecuencia, de seguir asumiendo personal­mente ciertos servicios, obteniendo entonces ayudas de parte de las instancias públicas.

No voy a volver a hablar aquí de la importancia de la cola­boración entre Voluntarias y Profesionales, pues ya lo he evo­cado varias veces. Pero para nuestros miembros de la A.I.C. es una de las cooperaciones más necesarias.

Os propongo, por fin, una última reflexión sobre una de aquellas condiciones de eficacia que rápidamente expuse.

Participación

Antiguamente, los que se preocupaban de la situación de los más pobres soñaban demasiado poco en asociarles a las ac­ciones, a las iniciativas emprendidas en su favor. Durante largo tiempo, sin duda con la mejor buena voluntad, se quiso obrar para ellos, hacer en su lugar las gestiones necesarias, organizar todo para ellos: se creían más capaces o pensaban que esto era más caritativo.

Es, sin embargo, una laguna, un error, quizás hasta una fal­ta de omisión, pues es olvidarse de reconocerlas o negar las fa­cultades y posibilidades que ellos tienen en sí.

Actualmente, gracias a los esfuerzos desarrollados en este sentido por los profesionales, y la toma de conciencia lograda por los trabajadores, de sus propios valores, las voluntarias de la A.I.C. se preocupan cada vez más de favorecer esta partici­pación de todos a los que quieren ayudar y promocionar.

Con todo, debemos preguntarnos sin cesar sobre este par­ticular pues no es todavía habitual y eso requiere un esfuerzo de transformación, aquí también:

A nivel personal

Aunque reconociendo en aquel que encuentro, unas cuali­dades, unos valores con demasiada frecuencia me apresuro a darle consejos, le impido expresarse.

No me atrevo, ni pienso, no tengo la paciencia de hacerle descubrir sus facultades, sus responsabilidades, de hacerle to­mar decisiones.

A nivel colectivo

Inventamos iniciativas, servicios para los otros, pero ¿nos atrevemos a preguntar a los Ancianos, a los Lisiados, a los Emi­grantes, a los Clientes de los servicios sociales cómo deberían realizarse estas iniciativas? ¿nos atrevemos a pedirles que cola­boren en la administración de los servicios, que los lleven ellos personalmente, que hagan ellos mismos ciertas gestiones?

Hacemos demasiado en su lugar, no confiamos en ellos.

A nivel de estructuras

Hablamos en nombre de los pobres, en nombre de las ca­tegorías de desvalidos. Esto es con frecuencia necesario: hacen falta, ciertamente, unas acciones concertadas, preparadas. Sin embargo, ¿pensamos que sería menester, a veces dejarles pre­guntar o expresarse personalmente?

¿Nos atrevemos a ayudarles y hasta estimularles a una ver­dadera participación alli donde ellos son, como nosotros, ciuda­danos de una misma ciudad, de un mismo país?

Y he aquí que llego al término de este testimonio. He tra­tado de exponeros:

  • que son los problemas, las llamadas de los más pobres los que provocaron a las voluntarias de la A.I.C. a com­prometerse en su servicio,
  • que, a causa del tiempo en que vivimos, del lugar en que se encuentran los desvalidos y nosotros mismos, una profunda transformación de nuestra reflexión y de nues­tra acción está en marcha,
  • que gracias a un análisis de las formas de pobreza de hoy, las voluntarias de la A.I.C. observan, hoy, tres niveles en su acción y dan tres dimensiones a su caridad,
  • que son indispensables unas condiciones para realizar una acción eficaz. El todo en una Caridad cuyo mono­polio no poseen ellas sino que es responsabilidad de to­dos los hombres de buena voluntad.

Mientras redactaba esta exposición pensé con frecuencia en San Vicente y me propuse recordar fielmente en qué dominios él nos había provocado y mostrado el camino, cómo actuaba, cómo amaba. Luego, me he dado cuenta de que esta reflexión actual emprendida por nosotras está en la línea de toda su en­señanza, coherente con todo el impacto que él dio a la acción social.

Cuando él creaba algo de nuevo:

  • había observado las necesidades y buscado las respues­tas adecuadas,
  • insistía sobre la dignidad de cada persona, y sobre la promoción que era menester suscitar para cada uno,
  • inventaba servicios colectivos,
  • llegaba hasta las instancias públicas de su época, ya en las regiones, ya hasta en el Consejo de la Corona del que formaba parte.

En nuestra organización constatamos que, con mucha fre­cuencia, nuestra acción es insuficiente, a veces inadecuada; en­contramos dificultades a causa de nosotros mismos pero también de los otros; conocemos fracasos.

Pero hay también realizaciones de valor, esperanzas, éxitos que animan y provocan nuevos progresos.

Al comenzar este proceso de transformación estos últimos años, hemos querido trazarnos un plan, fijarnos nuevas etapas que franquear. Estamos convencidos de que la acción específica del voluntariado de la acción social es siempre necesaria a con­dición de salirse de los caminos trillados.

Cuando uno piensa en aquello que San Vicente se atrevió a hacer de su tiempo, en lo que se atrevió a transformar, seríamos imperdonables en reducir nuestra reflexión, en utilizar métodos superados, en no utilizar nuestra imaginación y nuestra creati­vidad, en limitar nuestro dinamismo.

Gracias a tales facultades promovidas y desarrolladas por San Vicente aquellos y aquellas que buscan proseguir su acción serán capaces de responder hoy y mañana, a las necesidades y problemas de hoy y de mañana.

Por encima de todo, una tal acción sólo puede y debe pensarse y realizarse dentro del dinamismo y a la luz del Evangelio. Voluntarias cristianas de acción social, creemos que el amor de Dios, infundido en todos los hombres es el motor de esta acción; Jesucristo es el testimonio y el modelo de todo nuestro comportamiento. A nosotras toca aportar nuestra cooperación para promover justicia y amor.

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