Nació en Sencelles, pueblo de la isla de Mallorca el día 1 de junio de 1781. El mismo día, fue bautizada siguiendo la costumbre de nuestros antepasados, por el reverendo Don Matías Verd. Recibió el nombre de Francinaina. Sus padres eran unos honrados y humildes campesinos llamados D. Juan Cirer y D.ª Juana Carbonell.
Ya de niña quiso entregar su corazón a Jesús y empezó una vida dedicada a conocer y a practicar las enseñanzas del Maestro.
Cuando era pequeña ayudaba a sus padres en las tareas del campo, su madre acostumbraba a darle merienda, un pedazo de pan con queso o con sobrassada. Ella al encontrarse con otros pastorcillos, que no llevaban comida suficiente o no tan sabrosa para la época, solía compartir con ellos la comida. También a su madre, le gustaba que fuera bien vestida, con el traje de payesa (sin excedencias) que la familia se podía permitir, pero a Francinaina le gustaba más llevar trajes de telas más modestas. Cuentan que salía de casa vestida, según los deseos de su madre y al llegar al domicilio de una amiga se cambiaba con un traje negro y se iba a la iglesia a rezar.
Al salir de la misma, se cambiaba para presentarse ante su madre, como había salido de casa. Pero un día, la madre pidió a un a amiga si le había gustado el vestido de Francinaina i la amiga le dijo que la había visto en la Iglesia, pero vestida humildemente con un vestido negro, como siempre. Al verse descubierta aceptó la reprimenda con paciencia.
A los 8 años, tuvo una visión. Se encontraba en casa de la Señora de Son Mansena, guardando un niño entre sus brazos, mirando distraídamente a dos hombres que estaban trabajando. De golpe cayó desmayada. Aquellos obreros la recogieron junto con el niño y la Señora de la casa la puso tendida en una cama. Al recobrar el sentido, le dijo a la Señora que había visto el infierno. El terror de aquella visión le quedó grabado en la mente y procuró toda su vida en evitar las ofensas al Señor e intentar convertir a todas las personas que iban por mal camino.
En la Iglesia, delante del Sagrario, estaba feliz. Así que, cuando hizo la Primera Comunión sintió como si Jesús hubiera bajado del cielo y estuviera junto a ella. Cada vez que comulgaba se quedaba rezando delante del Sagrario con tanta devoción que la gente que la veía se quedaban admirados.
Cuando las labores del campo requerían que la familia fuera a una casita de campo que tenia ( L´Erissal) , Francinaina se las ingeniaba para obtener permiso de su madre y recorrer los tres kilómetros que la separaban del pueblo, partiendo muy de mañana para oír misa y recibir la Comunión.
Desde la niñez se sintió llamada a consagrarse en la vida religiosa. Muy a pesar suyo, se lo impidieron innumerables y variadas dificultades.
Después de morir su madre, sus hermanos y más tarde su padre se quedó sola y empezó a llevar a cabo la vida que siempre había deseado. Entregándose totalmente a procurar el bien espiritual y si podía material a todas las personas, sin excepción de clases sociales ni edad.
Hasta que, en los últimos años de su vida pudo fundar en su propia casa, el convento de las Hermanas de la Caridad, verdadero refugio de todos los necesitados de Sencelles junto con una amiga Sor Magdalena Cirer Bennassar
Su caridad desinteresada y demás cualidades la ennoblecían y su acción se iba extendiendo cada día más, por los pueblos vecinos.
En su casa convento solía instruir y educar a los niños y a los jóvenes, cristianamente; a los pobres y enfermos les daba consuelo y si podía remedio y a los necesitados de todas clases sociales les animaba a obrar el bien, con acertados y muy oportunos consejos.
La imperturbable paz de su templado espíritu se traslucía al exterior de su persona. Era rigurosa consigo misma, dormía pocas horas, se imponía grandes penitencias, que le ocasionaron algunos problemas de salud. Todo esto lo hacia para rogar al Señor que le ayudara a convertir a algunas personas que iban por mal camino. En cambio era condescendiente y jovial con los demás. Franca y sencilla se hacia simpática a cuantos la trataban. Era la maestra, la consejera, la madre de todos. No sabía leer ni escribir, pero sabia inculcar a quien la escuchaba, los valores necesarios para la vida.
Los jóvenes, de ambos sexos, eran objeto de su eficaz apostolado. Sabía como ganarse su corazón; los entretenía con inocentes divertimentos en su casita de campo y en otras partes; les daba saludables consejos. Con su ejemplo, sus acertadas y oportunas lecciones, les enseñaba las practicas religiosas más esenciales, como rezar el rosario, el vía crucis etc… y todos se sentían bien, según ellos mismos confesaban. Con su trato peculiar, ameno y siempre apacible, atraía y cautivaba a todas las edades.
Aquellos festivos pasatiempos servían para apartarlos de ocasiones peligrosas. «Estoy segura que no cometen pecado alguno todo el tiempo que están conmigo» decía a algunas personas que le preguntaban, porque se rodeaba preferentemente de gente joven y de buen humor.
Su corazón se interesaba por la gente enferma. A los enfermos de gravedad les procuraba los auxilios espirituales necesarios. Todo el pueblo en masa sin distinción de clases sociales la respetaba, la veneraba y acudía a ella, con plena confianza. Para todos tenía una palabra de consuelo que muchas veces servia de eficaz remedio.
El que le dió a una niña porque su madre estaba enferma y no tenia a quien le fuera a comprar, a la farmacia del pueblo de Binisalem, lo que le había ordenado el médico. Sor Francinaina se quedó con la madre enferma y le dijo a la niña que fuera al pueblo vecino. Como llovía mucho le dejo su sombrero para que le sirviera de paraguas. A pesar de la distancia y la continua lluvia la niña regresó sin mojarse ni un solo hilo de su ropa.
Otro día recibió la visita de una mujer desconocida mostrándole una hija de pocos días que le nació ciega. Ella se puso a rezar y al momento la niña recobró la vista.
La fama de sus milagros se iba extendiendo por todas partes y desde pueblos distantes acudían a ella. Para admirar sus virtudes, pedir consejo, encomendarse a sus oraciones o para buscar salud.
Del lejano pueblo de Artá le presentaron a una niña llamada Margarita Femenias Tous, con el cuello exageradamente torcido. Los médicos no hallaban remedio, pero las oraciones de Sor Francinaina la curaron al instante.
Con los conocimientos sobrenaturales que le da el Señor, consuela a los afligidos. Como hizo con unos padres de Llucmajor que se les habían muerto varios hijos pequeños y tenían uno que no gozaba de buena salud, ella les dijo que éste no se moriría, porque este hijo llegaría a ser sacerdote. El Reverendo Don Guillermo Puigserver.
También evitaba hechos premeditados, como cuando se presentó de noche a cierta casa, al preciso tiempo en que el dueño abría la puerta para salir a cometer un robo. El sujeto sorprendido, al oír que ella lo reprendía por su mala intención, al mismo tiempo que le dió una limosna para que no tuviera necesidad de ir a robar.
Obediente a la voz de Jesús que la llamó tres veces, mientras descansaba, partió a altas horas de la noche, por la carretera que va de Sencelles a Inca y exactamente en el punto que la voz le indicaba, sorprendió a un padre y a su hijo que se estaban peleando.
Les recriminó lo que estaban haciendo y enteramente arrepentidos la acompañaron al convento. Una vez allí, se abrazaron y nunca más se volvieron a pelear.
Las innumerables obras de caridad eran recompensadas con innumerables favores celestiales. Con los cuales el Señor, la llenaba de dulzura con apariciones de la Virgen y de sus ángeles. Un día mientras ella y su compañera Magdalena estaban blanqueando con cal una pared de su casa, teniendo la puerta de la calle abierta como era la costumbre en los pueblos. Entró un hermoso niño, que se divertía haciendo unos trazos en la blanca pared con un trozo de carbón que llevaba en la mano. Ellas lo mandaron fuera una y otra vez. Mientras esto sucedía pasó el sacerdote del pueblo y les preguntó que les pasaba, pues parecía que aquellas sufridas mujeres estaban hablando con alguna persona. Ellas acusaron al niño de ensuciarles la pared, pero el buen sacerdote no veía a ningún niño. Lo que si, pudo hacer es descifrar los supuestos garabatos que había en la pared. Eran letras, que ellas por no saber leer, creían que eran manchas. Éstas decían: «Esta casa será casa de refugio». Ya entonces aquella casa era un verdadero «refugio» para los necesitados, pero debería serlo también en un futuro.
El Señor ya le había revelado que seria religiosa en su propia casa. Allí nació la casa de las Hermanas de la Caridad, una comunidad religiosa fundada por Sor Francinaina que sería el ejemplo, para todas las comunidades que continuaran su obra en el futuro. Siguiendo el ejemplo de la Madre Fundadora que en todo y siempre sirvió a todas las personas , sin distinción.
Pero la casa de la familia Cirer no reunía las condiciones para cobijar una Congregación. Que no debía dedicarse únicamente al servicio doméstico de los enfermos sino también a la enseñanza; necesitaban, por lo tanto, espacios aptos para una escuela.
Sor Francinaina no tenia dinero (se dice que sólo poseía, una onza de oro, ochenta pesetas de las de aquellos tiempos) para hacer frente a todo este gran proyecto. Pero da permiso para que empiecen las obras de reforma, esperando que el Señor la ayudaría acabarlas. Ella confiaba en que Jesús la ayudaría, pues otras veces habían sucedido cosas inexplicables. Como que brotaran flores de troncos secos que tenía en sus manos.
Así pues, los propietarios de una de las casas más ricas del pueblo, la llamada Casa Rayó, al ver que empezaba unas obras que era imposible que llegaran a fin. Le dijeron sintiéndose consejeros «¿ No ves que no podrás acabar las obras de la casa?, ¿Con qué dinero cuentas, para terminar todo esto que has mandado ?. Ella les contestó con su gracia habitual y segura en su esperanza «No puede todo el oro de la Casa Rayó, lo que con el Señor, puedo yo».
Logró que se terminaran las obras, sin deber nada a nadie. Pero en el tiempo que duraron las obras, fueron sucediendo continuos milagros: el agua de la cisterna apenas bastaba para empezar la obra, así pues nunca el agua faltó. Al ponerse el sol, cuando los obreros dejaban de trabajar y no tenían materiales de construcción para continuar, el día siguiente. Al llegar a la obra, se encontraban abundantes materiales para seguir. El yeso crecía en las manos de los obreros cuando escaseaba. El mismísimo Jesús, se dignaba aparecer a Sor Francinaina en actitud de trabajar en la construcción de aquella venerada casa.
Acabadas las obras indispensables, llegó el día ansiado. Con la autorización del Muy Ilustrísimo Sr. D. José Amengual y Hernández, Vicario General, el día 7 de Diciembre, segundo Domingo de Adviento del año 1851, cuando Sor Francinaina había cumplido los 70 años de edad, recibió devotamente el santo hábito junto con otras compañeras.
Con el nombre de Sor Francinaina de los Dolores de Maria Cirer, quiso empezar su camino como religiosa y puso al nuevo convento bajo la protección de los Dolores. Sus otras compañeras se llamaron: Sor magdalena de San Vicente de Paúl Cirer y Sor Concepción del Corazón de Jesús Serra.
En los votos religiosos, se obligaban a servir a los enfermos a domicilio, donde quiera que fuesen llamadas, a la enseñanza de la doctrina Cristiana de las niñas, tanto en el convento como en los distintos caseríos de la Parroquia.
Sor Francinaina fue nombrada Superiora de la naciente Comunidad, cargo que desempeño hasta su muerte. Desde entonces hasta hoy, en Sencelles la siguen llamando «La Madre Superiora».
Sus éxtasis, ignorados hasta entonces por muchos se hicieron más frecuentes siendo religiosa y a la vista de muchos testigos. Especialmente cuando rezaba el Vía Crucis ( Pasión y muerte del Señor) que tenia en imágenes, en las paredes del patio del convento o mientras estaba rezando en la iglesia del pueblo.
Después de haber dado claros indicios de conocer el día y las circunstancias de su muerte, el 27 de febrero de 1855 subió al cielo junto a su bien amado Jesús y la Virgen María. La noticia corrió con la velocidad del rayo. Todo el pueblo desfiló ante su cadáver. Una enorme multitud, de toda la isla, compareció a rendir tributo de admiración a la que consideraban ya coronada de la Gloria Inmortal. Mucha gente la besaba y ponían sobre ella rosarios u otros objetos, para después poder venerarlos. Todo esto enmarcado en un ambiente de gran tristeza, por tener que despedirse de tan admirable persona.
Pero la Caridad de la madre Superiora no se quedó en el sepulcro. El día 1 de Octubre del año 1989, el Papa Juan Pablo II beatificó a Sor Francinaina Cirer
Ahora ya como Beata y desde el cielo gozando de la Gloria Eterna. No se olvida de los que en la tierra la invocan y derrama a manos llenas sus bondades, sobre ellos.











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Desde pequeña supe siempre de los milagros de Sor Francinaina. Mi madre hizo una promesa cuando mi hermano menor enfermó siendo muy pequeño, no se si fue ella, pero si que el se curó. Como todos los devotos fueron a la casa de Sencelles a cumplir con su promesa.
Autora: Francisca Salvá Tomás.