El Sr. Bossu nacido el 24 de octubre 1713, en la parroquia de Plouvain en Artois, de la diócesis de Arras, fue recibido en la Congregación de la Misión, en París, el 7 de mayo de 1733. [566]
Desempeñó varios oficios que indican la confianza que sus superiores tuvieron en él desde un principio. Fue empleado como subdirector en dirección del noviciado o seminario interno de la Congregación. En 1746, era secretario general de la Congregación, cuando fue designado como vicario apostólico de la misión de Túnez y de Argel. Como es en esta misión cuando se dejaron ver en particular las cualidades que distinguieron al Sr. Bossu, y sobre todo su gran entrega, es en este periodo de su vida en el que mencionaremos las informaciones que se han conservado.
EL SR. BOSSU EN ARGEL.
El Sr. Bossu llegó a Argel, en calidad de vicario apostólico, el 3 de agosto de 1746, acompañado de otros dos sacerdotes de la Congregación de la Misión, los Srs. Groiselle y Donault.
Ibrahim Kodja reinaba en Argel desde el 20 de octubre de 1745. Este príncipe se mostró tan favorable a los franceses y a los cristianos como hostil se había mostrado su predecesor, su tío, en toda ocasión. Acogió con bondad a los nuevos misioneros y les prometió su protección.
El Sr. Bossu se hizo poner al corriente de todos los asuntos y de las costumbres de la Misión; con estos nuevos cohermanos, puso sus cuidados en el estudio de las lenguas, para estar en condiciones de continuar el difícil y glorioso apostolado de sus predecesores. Animado por el mismo espíritu de fe y de abnegación, él no cedió a ninguno de ellos en dedicación y en caridad compasiva con los esclavos de quienes acababa de ser establecido padre, consolador, sostén y refugio.
El nuevo vicario apostólico recogió todas las informaciones que halló en los papeles de sus predecesores y los puso en práctica, hasta que la experiencia le enseñó las modificaciones que sería conveniente introducir. Ya hasta 1753 no redactó el Consuetudinario, que tenemos todavía, sobre el que el Sr. Duchesne había redactado después de veintiséis años de residencia en Berbería, sirviéndose de las notas dejadas por los Srs. Le Vacher, Montmasson y Laurence. Este Consuetudinario está dividido en dos partes: la primera tiene por objeto lo temporal, la segunda tiene que ver con lo espiritual de la Misión.
La primera parte tiene cuatro capítulos 1º del origen y la fundación de la Misión; 2º de sus prerrogativas; 3º de sus cargos y obligaciones; 4º de sus haberes.
La segunda parte se compone de siete capítulos: 1º de los ejercicios espirituales de lis misioneros y de los extranjeros; 2º del servicio de las prisiones; 3º del hospital de Argel; 4º de la conducta que observar en relación con el capuchino capellán del cónsul imperial; 5º de la misión de Túnez; 6º de la misión de La Calle y del Bastión de Francia; 7º de las redenciones. Luego vienen algunos consejos destacados de mucha importancia. En su circular del 1º de enero de 1748, el Sr. Debras decía: «Nuestros misioneros de Argel trabajan con celo y con fruto; dan mucha edificación con su vida prudente y regular. Los comienzos han sido muy penosos, y es fácil comprenderlo, ya que recién llegados los tres, estaban sin experiencia en las funciones del país y no tenían ninguna práctica de las lenguas que hay que hablar allí; pero su celo entregado y constante les ha allanado el camino, en poco tiempo, y la prudencia regulando sus pasos, han sabido, sin reñir con nadie, mantener los derechos y prerrogativas de su Iglesia». El mismo Superior general decía también en la circular del 1º de enero de 1749: «Nuestros cohermanos de Argel gozan de buena salud, se entregan con tanto valor como fruto al cultiva de esta parcela de la viña del Señor que les está confiada. Su misión parece ser fervorosa; Dios derrama visiblemente sus bendiciones sobre sus trabajos y preocupaciones y se complace así en recompensar su celo industrioso por mantener la piedad entre los esclavos por todas las santas prácticas que autoriza la religión. Están por ahora bastante en paz por parte de los argelinos. El dey, más humano que sus predecesores, parece tener sentimientos de llenos de razón y de bondad, que son un recurso. Celoso sin embargo por los éxitos de sus súbditos en sus batidas contra los cristianos, anima de tal forma su ferocidad en esto, que no se podría decir cuánto multiplica esto el número de los pobres esclavos. Es a la vez, para nuestros queridos cohermanos un motivo de vivo dolor y un aumento de trabajo».
El dey, cuya salud parecía prometer largos días, se encontró molesto el 1º de febrero de 1748. Se fue a pesar de todo al día siguiente a hacer su oración a la mezquita. La sorpresa de los extranjeros fue grande cuando el 3, hacia las tres de la tarde, oyeron el cañón de los fuertes de la marina y de los barcos anunciar su muerte y la elección del Escribano de los caballos.
A la noticia de la muerte de Ibrahim Kodia, la agitación más viva se apoderó de los habitantes, los comercios y las puertas de las casas se cerraron y los soldados corrían por las calles sable en mano; pero una vez que la noticia de la elección del Escribano de los caballos se difundió, el tumulto se suavizó al instante y la tranquilidad se instaló en todas partes. Ibrahim Kodia había tenido ya dos ataques de apoplejía y se lo habría llevado el tercero; pero por extraño que parezca, fueron los vómitos a consecuencia de los cuales murió y la prontitud con la que fue enterrado; lo llevaron al cementerio solo cuatro horas después de su deceso.
Se le atribuye haber ordenado a los turcos, en todas las caserías, apoderarse de los colorados y de los moros, el día del gran Beyram. El Escribano de los caballos, Mahammed Kodia, más humano, habría juzgado que era mejor librarse del dey. El complot estalló el 3 de febrero, y Ibahim fue estrangulado.
Al día siguiente de la elección de Mahammad Kodja, llamado el tuerto, el cónsul, acompañado de los Misioneros y de la nación francesa, fue a cumplimentarle; le encontraron muy triste, sea por el dolor que experimentaba por la muerte de su predecesor, sea por la responsabilidad que pesaba sobre él; debieron hacerle violencia, de alguna forma, para aceptar su nueva posición. Todos los extranjeros se alegraron mucho por este nombramiento; le sabían justo, humano y de una amplitud de espíritu superior a todos los que habrían podido pretender al trono.
Decidido a establecer el orden y la seguridad, no se echó atrás ante las medidas más enérgicas. No pasaba semana, en los primeros tiempos de su reino sin que hiciera estrangular y colgar a algún turco y algún moro incluso de los más importantes. Se mostró inexorable cuando los culpables se habían hecho merecedores de algunos castigos; quería que todas las mujeres pudieran ir solas hasta diez leguas alrededor de Argel, con tanta seguridad como si hubieran estado en sus habitaciones; por eso había establecido la pena de muerte contra quienquiera que les profiriera el menor insulto. Estas medidas enérgicas tuvieron buenos resultados; el cónsul de Francia constataba » que la ciudad de Argel estaba tan bien politizada como ninguna de Europa, lo que no ocurría bajo sus predecesores y sobre todo bajo el último dey, que dejaba vivir a los soldados con una licencia desenfrenada «.
Fiel a las tradiciones de sus predecesores, Mahammed favoreció la carrera de todo su poder y se entregó a aumentar las fuerzas de la República. Inglaterra Dinamarca, como España, Portugal y Suecia por los tributos que exigía a estas naciones, dotaban los arsenales. El Sr. Bossu ha redactado un informe sobre la Iglesia de Argel en 1749. Extraemos algunas informaciones que dan a conocer el campo sobre el que se ejercía su celo.
«En cuanto al clero, consta de un vicariato apostólico, dos misioneros apostólicos, Sacerdotes de la Misión; tres Padres Trinitarios, que gobiernan el hospital; cinco sacerdotes esclavos, de los que dos seculares y tres regulares. » En cuanto a los fieles de esta Iglesia, la población está compuesta de gentes libres y de esclavos. Entre los libres, hay dos cónsules, cinco o seis negociantes y diez o doce personas al servicio de los precedentes y de los protestantes. Los cónsules son el de Francia y el del emperador parecen los dos de buenas costumbres, tienen mucho espíritu y gusto por las buenas letras. Su mayor placer es el estudio y las conversaciones sabias; vivimos en paz con uno y otro; están muy unidos entre ellos; yo espero que continúe.
«Los negociantes no frecuentan o poco los sacramentos en general, no hay escándalo ruidoso entre estos libres, pero hay poco espíritu de cristianismo; vivimos en buena inteligencia con todos, para serles útiles.
«En cuanto a los esclavos, se presume que hay seis o siete mil; hay dos clases, los del público y los de los particulares: aquellos aunque en menor número son los principales, entre ellos están las personas de distinción, sacerdotes, capitanes, oficiales, y tienen la ventaja de poder cumplir fácilmente los deberes de religión. (Sigue la enumeración de las funciones que los Misioneros realizan en las cárceles, se hace mención de ellas en otra parte).
«Los esclavos de los particulares, generalmente hablando, son los que más se han de ser objeto de compasión; los que no tienen trabajos duros están expuestos a las ocasiones más próximas, a las que raramente resisten; los que tienen trabajos se sienten abrumados, no les falta ocasión de ofender a Dios.
Los esclavos que más nos inquietan son las mujeres, los jóvenes y los niños. En general, las mujeres están terriblemente expuestas, no solo por parte de sus patronos que se creen que todo se les permite, pero también por parte de los esclavos que residen en la misma casa.
«Hemos tenido el dolor, este año, de ver a una veintena de cristianos tomar el turbán. Habría un número mucho mayor, si el dey no hubiera ordenado hacer prisioneros en el acto a los que entraran en las mezquitas para renegar. Es que esta gente prefieren todavía más el dinero que su religión; además quieren elegir a aquellos que les convienen. Hasta cuándo sufriremos tantos males!
«En cuanto a las capillas, existen seis lugares en esta ciudad donde se celebran los santos misterios: nuestra capilla vicarial, el hospital y las cuatro mazmorras. En general, todas estas iglesias están bastante bien provistas de todo lo que es necesario para celebrar el servicio divino con decencia. Para mantener las iglesias de las mazmorras, se elige todos los años a los mayordomos, por mayoría de votos. Estos adornan las capillas en las grandes fiestas, hacen las colectas principales en ciertos días del año, reciben los derechos que las iglesias tienen sobre las prensas y alambiques que les pertenecen, etc. Estos mayordomos cumplen bastante fielmente todos estos deberes. Estaríamos contentos si no fuesen taberneros o vivieran bien. Tal vez que con el tiempo podamos poner remedio a este inconveniente. Vamos despacio. Los esclavos no son fáciles de manejar, sobre todo en los comienzos».
Hemos transcrito estos detalles para que el lector pueda hacerse una idea general de la situación material de la religión entre esta población de cautivos cristianos. En la miseria de las prisiones en que vivían la mayor parte, bajo el agobio del trabajo, solo los pensamientos religiosos podían preservarlos de la desesperación y mantenerlos en el respeto de sí mismos y de su conciencia. Los socorros materiales eran, en primer lugar, las escasas limosnas que los sacerdotes distribuían. El Sr. Bossu envió a uno de estos cohermanos a Francia a pedir para este fin ; era también lo que se llamaba » las redenciones «, es decir la llegada de religiosos, comúnmente los Trinitarios y los Padres de la Merced, que venían, con el dinero recogido en país cristiano, a rescatar a un cierto número de esclavos. Una redención tuvo lugar en nombre de España en 1750, otra en nombre de Portugal en 1751. –El remedio verdadero era destruir esta guarida de malhechores apoderándose de Argel. La corte de Francia se hizo presentar una memoria con el fin de organizar una expedición en 1753; ninguno de los proyectos pareció satisfactorio: el hecho es que parecen sobre todo haber sido insuficientes. No debía ser hasta que en 1830 contra la insolencia y las vejaciones de estos piratas para con las naciones europeas una medida radical se debía adoptar: fue la expedición y la toma de Argel por los franceses. Por numerosas que fueran las redenciones de los Padres Trinitarios y de la Merced, el trabajo de los Misioneros no era por ello disminuido, como lo advierte el Sr. Debras en su circular del 1º de enero de 1751, porque el vacío se llenaba pronto por las frecuentes e incesantes presas que hacían los corsarios; pero su celo igualmente constante les hacía cultivar con un cuidado nuevo esta parte de la viña del Señor, por azotada que fuese. Los Misionarios recibían en la capilla de su casa a los esclavos que podían venir; iban a visitarlos y a confesarlos en las prisiones. El Sr. Bossu escribía sobre este asunto : «Es verdad que los esclavos tienen el viernes libre, pero aparte de que tienen toda la razón, en la mayor parte, de tomarse un poco de descanso, no sería posible confesarlos a todos ese día. Yendo a dormir a la prisión les quitamos todo pretexto; ellos convienen todos que si no cumplen su deber es pura falta de ellos. Por fin tenemos el consuelo de ver una buena cantidad de estas buenas gentes que se aprovechan de esta facilidad, unos se confiesan cada dos meses, otros cada quince días. Los hay que lo hacen todas las semanas y más a menudo; se confiesan por la tarde después de un pequeño descanso; comulgan al día siguiente en la misa. No pasa fiesta ni domingo que no se acerquen a la sagrada mesa, en número de doce, quince, veinte, treinta en las iglesias en que las comuniones eran muy raras en el pasado, y en que a veces incluso no se hacía una sola en todo el año, menos en el tiempo pascual, y aun entonces era en pequeño número. Estamos persuadidos que en poco tiempo se podría hacer de estas prisiones especies de comunidades muy regladas, si no hubiera tabernas. Además de los ejercicios de cofradías, hacemos que hagan la oración de la mañana y de la tarde; se da la señal del Agelus tres veces al día, y de la agonía el viernes. Hemos hecho a veces por la tarde prácticas de la oración mental. Todos los viernes a las tres o las cuatro se hace una instrucción de media hora. Todos los domingos y fiestas, homilía, panegírico o instrucción, etc. Hay unas mil almas en las tres prisiones, 600 en la que dirijo yo, 300 en la segunda y 100 en la tercera».
La peste, que estalló muchas veces en Argel mientras que el Sr. Bossu tenía la dirección de esta iglesia, fue la ocasión para él de desplegar su sabiduría y su dedicación.
Esto escribía a este propósito el Superior general de la Misión en su circular del 1º de enero de 1753. » La situación de nuestros cohermanos de Argel nos ha tenido desde el verano pasado en vivas inquietudes; nos había dicho que la peste se había declarado y se llevaba cada día a un gran número de personas. El temor del contagio mantenía a los mercaderes encerrados en sus casas, y el Sr. Bossu había exigido la misma reserva a sus cohermanos, creyéndose obligado a exponerse solo y el primero para la administración de los sacramentos. Su celo aun en esto nos ha parecido que debe ser moderado por consejos de precaución que le hemos dado «. Las pestes de 1752 y de 1753 fueron relativamente benignas pero en la de 1756, la plaga hizo terribles estragos; a últimos de agosto, más de diez mil personas habían sucumbido en Argel. Esta vez también gracias a la misericordia divina ningún misionero fue atacado de la enfermedad contagiosa. Se le debe sin duda en particular a los sabios reglamentos que fueron redactados por el vicario apostólico, el Sr. Bossu, para estos tiempos calamitosos, y que nos han sido conservados.
Fue en aquella época (hacia 1755), cuando el Sr. Bossu mandó comenzar la reconstrucción de la prisión del Beylic, en Argel; para esto, había enviado a uno de sus cohermanos a Francia para recoger las limosnas necesarias para esta reconstrucción.
El Sr. Bossu debió también ocuparse de una función delicada, la de gestionar el consulado de Francia, a petición del gobierno de Versalles, habiendo sido puesto el cónsul en cadenas por el dey, en 1756.
Este dey era Baba Aly. El dey precedente y el cazenadar fueron asesinados el 11 de diciembre de 1754, y se eligió a Baba Aly. Las masacres que tenían lugar con ocasión de las elecciones se renovaron en la de Baba Aly. Se había visto, en una circunstancia, a siete deys nombrados en un día, y a seis condenados a muerte inmediatamente. El 11 de diciembre de 1754, Baba Aly fue el quinto designado por la milicia. Estaba en el campo cuando fue elegido. No era de ninguna de las conjuras que habían masacrado a sus predecesores, rechazó incluso la corona, pero los que le llevaban al trono le forzaron a aceptar. Apenas instalado, se formaron partidos de nuevo, se urdieron conspiraciones y algunas precauciones que tomó el nuevo gobierno, los espíritus se calmaron por algún tiempo. Este dey no tenía ni buen sentido, ni capacidad, ni experiencia; hasta tenía accesos de locura y de imbecilidad que le hacían hacer cosas ridículas.
En una cara fechada en Argel y dirigida al ministro en Versalles, el 29 de octubre de 1756, el Sr, Bossu escribía:
«El 11 de este mes, el Sr. cónsul ha sido puesto en cadenas. No puedo saber cómo se verá en la corte este procedimiento tan contrario al derecho de las gentes; ni qué partido se tomará. Pero vayan como vayan las cosas, estamos persuadidos aquí, bien sopesado todo, que no se puede dispensar de enviar a otro cónsul lo antes posible, a menos que no se quiera sacrificar a los pocos franceses que componen esta nación».
Cartas de algunos comerciantes franceses atribuían la desgracia del cónsul, Sr. Lemaire, a la violencia con la que él habría llevado el asunto de una galeota francesa tomada por los corsarios. Se habría esperado por parte del cónsul solamente recibir la orden de embarcarse, como consecuencia del descontento que provocaba; lo que le habría colmado de alegría, poniendo término a su penosa posición en este país.
Nadie parecía más apto que el Sr. Bossu para llevar, durante estas dificultades, el consulado. Él trató de apartar esta responsabilidad, y el cónsul prisionero escribía por su parte con fecha del 17 de octubre: «El vicario apostólico ha comprendido que la carga iba a caer sobre él; me ha expresado que sería imposible encargarse de ello: 1º porque sus superiores se lo habían impedido 2º porque si ocurrían nuevos debates, ponía en peligro de perder la fundación, lo que era mucho más importante a la religión y al Estado que la de un particular. Él no se ha atrevido a proponer a nadie «.
El Sr. Bossu debió ceder a la necesidad y a las órdenes llegadas de la corte de Francia; negoció y obtuvo la liberación del cónsul Lemaire. Pero enseguida pidió ser descargado de estas negociaciones que podían dañar a su ministerio espiritual.
Escribiendo al ministro para anunciar la partida del cónsul por fin liberado, el Sr. Bossu añadía: «El Sr Lemaire me ha devuelto todo lo que concierne al consulado, con la exactitud y el orden que acostumbra a guardar en todos los asuntos que pasan por sus manos. Para recuperar el honor de la nación, tan indignamente ultrajado en la persona del Sr, Lemaire, convendría que el nuevo cónsul se presentara en Argel, escoltado de algunas fragatas del rey. Eso produciría un muy buen efecto «.Termina suplicando al Sr. ministro que tenga a bien librarle lo antes posible de la misión que se le ha confiado, a fin de que pueda dedicarse a los deberes de su ministerio que, lejos de disminuir no hacen más que aumentar de día en día.
El ministro respondió al Sr. Bossu con la carta siguiente:
Versalles, 24 de enero de 1757.
Sr. Machault, ministro, al Sr. Bossu.
La tartana que le envié y que ha traído afortunadamente al Sr. Lemaire, me ha traído la carta que me ha escrito el 11 de diciembre pasado, para darme cuenta del modo como las órdenes que le había dado han sido ejecutadas y del resultado que han tenido.
» … Me disgusta que me demuestre tanta repugnancia para ser cargado por más tiempo con los asuntos que mira como una carga; pienso, al contrario, que no pueden estar en mejores manos que en las suyas, en este momento, en que no puedo sino excitar todo lo que tiene de celo y de recursos en usted mismo para conservar los intereses y el comercio de la nación, en medio de los obstáculos que el gobierno presente hace temer. Los sobrepasará con prudencia y reserva, y la nación le debe secundar.
Habría querido remplazar al Sr. Lemaire desde ahora, y es mi intención hacerlo cuando halle a un sujeto conveniente, puede tranquilizar al dey sobre esto».
El 25 de julio de 1757, el ministro de la marina escribía también al Sr. Bossu: «Puede comunicar al dey que el rey ha nombrado al Sr. Pérou al consulado de Argel (este cónsul se encargará de gestionar todos los asuntos que no están aún terminados), y que le llevará a los diez esclavos que ha pedido, para que la misión de este nuevo cónsul no se vea molestada por asuntos de quejas legítimas, y que pueda cimentar mejor la unión establecida por los tratados y por la reputación del dey «.
Pérou llegó a Argel el 11 de noviembre de 1757, y el 28 de noviembre el Sr. Bossu informó al cónsul que sus superiores le llamaban a Francia. Pero se sintió muy afligido por esta resolución que, decía él, le privaba de las ayudas que su experiencia le ponía en situación de darle. Fue el 30 de noviembre de 1757 cuando el vicario apostólico se embarcó para Marsella. La causa de esta llamada, según nos lo recuerda la circular del 1º de enero de 1758, «fue la firmeza con la que sostuvo los intereses de Francia durante la gestión del consulado».
El Sr. Ferrand, Misionero, en una de sus cartas, nos comunica que lo que determinó sobre todo al Sr. Bossu a dejar esta misión inmediatamente, después de la llegada del Sr. Pérou, fue la obstinación del dey en no querer tratar más que con él de los asuntos que se referían al consulado, a pesar de la presencia del representante francés en Argel. La regencia habiendo sabido el embarque del vicario apostólico, se puso tan descontenta que no quiso cónsul laico que se vio en efecto la necesidad de pasar pronto a Francia. El Sr. Bossu había gestionado el consulado durante cerca de un año.
§ 2. M. BOSSU DIRECTEUR DU SEMINAIRE, A PARIS
De regreso a París, el Sr. Bossu fue encargado, hasta 1762, de la dirección del seminario interno de San Lázaro, cuyo cuidado, antes de su salida para Argel, ya había compartido en calidad de subdirector. Desempeñó las funciones de este fructuoso e importante oficio con el celo, la madurez, la edificación y toda la prudencia que el Superior general tenía motivos de esperar de su tierna entrega para la Compañía y la gloria del Señor. Uno de los seminaristas de esta época, el demasiado famoso Lamourette, nos va a decir lo que era el director interno.
«… Se han visto hombres nacidos mediocres hacerse grandes, y que no han debido esta victoria sobre la naturaleza más que a la costumbre de meditar y de practicarla religión. Pido aquí a mi lector el permiso de seguir el movimiento de mi gratitud y de mi tierna veneración, y de hablarle un momento de algunos hombres que el mundo no ha conocido nunca y cuya memoria será siempre preciosa en mi corazón. He tenido la suerte de pasar los días de mi infancia clerical bajo los ojos y bajo la dirección de un guía que me sorprende aún todas las veces que sus lecciones y su dirección vienen a reproducirse en mi espíritu.
«El Sr. Bossu (que así se llamaba este digno y austero imitador del Hombre-Dios), encargado del oficio de director del seminario de la comunidad de San Lázaro, no parecía un hombre superior más que cuando hablaba de Dios o ejercía en el santuario las funciones del sacerdote. Su comercio ordinario anunciaba un sentido recto, un buen espíritu, una razón sabia; pero no transpiraba nada que le hiciera distinto de la clase media, ni que supusiera una gran extensión de conocimientos. Su método para prepararse a las largas y frecuentes exhortaciones que tenía que hacer a sus alumnos era arrodillarse y estar profundamente recogido delante de su crucifijo. Recuperaba con ello un alma tan llena de Dios y tan ardiente hasta penetrar las de sus discípulos, que su rostro parecía irradiar con un brillo sobrenatural y celestial. Su aparición sola imprimía de pronto no sé qué sentimiento religioso y profundo; y se experimentaba, antes de que él hubiera pronunciado las primeras palabras, una especie de sacudida evangélica de la que los menos preparados a escuchar no podían defenderse.
«Su entrada era siempre tranquila, pero se veía que esa calma era la precaución de su extrema modestia, y que se esforzaba en convertirse en el dueño de su calor y de su abundancia. Por ello, se le veía al punto precipitar todas las gradaciones por donde los oradores ordinarios se elevan y se animan. De golpe, era un río de elocuencia en el que se mostraba en toda su dignidad y toda su fuerza, este espíritu que transforma nuestras inteligencias en sustancias por las que circula toda la vida de Dios. No se creía ya oír hablar a un hombre. Su porte, su mirada, su gesto, la rapidez y la majestad de sus palabras, todo procedía de él bajo una luz divina. No se respiraba ya más escuchándole; nos quedábamos cortados, embriagados; el alma toda entera de este hombre sorprendente se comunicaba a todos. Como el Hombre-Dios, parecía que estaba en el seno mismo de la soberana verdad que había sacado su doctrina y su fuerza, y que al hablar de Dios, él tenía la visión de su gloria y que se alimentaba dentro de toda la inmensidad de su luz… Hombre respetable y querido a quien debo la inapreciable felicidad de conocer y amar la religión, que no puedo revelar sus virtudes y sus obras de las que he sido el admirador y el testigo asiduo. Ah, el mundo conoce demasiado poco a los solos seres que hacen su gloria!
§ 3. M. BOSSU EST NOMMIE VICAIRE APOSTOLIQUE EN SYRIE SA MORT.
Durante su vicariato en Argel, el Sr. Bossu había tenido relaciones frecuentes e íntimas sobre los asuntos que concernían a la religión, con la Sagrada Congregación de la Propaganda. «La prudencia de los proyectos que él proponía, leemos en la Circular del 1º de enero de 1763, su celo en ejecutar las órdenes que recibía y sobre todo la prudencia que mostró siempre en la ejecución, le adquirieron la estima de S. Eminencia el cardenal Spinelli. Ella no ha disminuido con el regreso del Sr. Bossu a Francia, y cuando la curia de Roma hubo resuelto sin demora enviar a Asia a un nuevo vicario apostólico, el cardenal dijo al Soberano Pontífice: «Conozco al hombre que se ha de enviar; no está ni en Roma, ni en Italia; está en París, en la casa de San Lázaro, este es su nombre…Vuestra Santidad no tiene más que pedírselo al Superior general de la Congregación de la Misión «. Al instante, el Sr. Tissot, encargado de nuestros asuntos en Roma, es llamado al palacio pontificio y encargado de escribir sin dilación. Yo recibí esta noticia con sorpresa. La petición me llenó de confusión; era tan respetable que no podía negarme, pero como tendía a privarnos de un sujeto que nos era extremadamente útil, yo no podía resolverme a concedérselo. Tomé el partido de dar algunas explicaciones respetuosas a S. Em. el cardenal Spinelli, y le supliqué que los apoyara ante Su Santidad. Yo alegaba la necesidad particular de nuestra Congregación, la ignorancia de la lengua del país, hice incluso valer a expensas del Sr. Bossu razones sacadas de una talla por debajo de la media, y una apariencia poco imponente. «Razones frívolas, dice el cardenal al Sr. Tissot, razones frívolas «. Cuando el Misionero que el Santo Padre pide estaba en Argel, nadie se acordó de San Lázaro, lo que entonces se hacía sin él, ¿acaso no se puede hoy también hacer sin él? No es la apariencia lo que se busca; el mérito no se mide por la talla ni por la toesa. Lo que se pide es el espíritu sólido, el espíritu de Dios, de dulzura, de inteligencia y de prudencia». El Papa lejos de escuchar favorablemente todas las excusas del Sr. General, no podría más que enfadarse; yo me cuidaré mucho de comunicárselas. Está tan persuadido de que se rendirán a sus deseos, que me preguntó ayer cuándo llegaría el Misionero a Roma. Escribid pues, Señor, escribid por el primer ordinario, que se la haga partir inmediatamente. No hubo modo de resistir más. Anunciamos al Sr. Bossu el destino que la Providencia le había preparado sin él y sin nosotros. Él recibió la noticia con más alborozo que el que siente un príncipe a quien se acaba de anunciar que sus ejércitos han logrado una victoria o que han conquistado una vasta provincia. Los hombres verdaderamente apostólicos están preparados a la primera señal de las órdenes de Dios. El Sr. Bossu habría salido inmediatamente, si lo hubiéramos consentido. Juzgamos conveniente retrasar su viaje hasta el 24 de abril para elegir a dos compañeros con los que podría vivir en comunidad en Asia. Nuestras miradas se fijaron en el Sr. Julienne, diácono, que sabíamos que estaba dispuesto a ir a trabajar a las playas más remotas y en nuestro hermano Louis Piorette. El momento fijado para la salida no fue ignorado por nadie en la casa; sacerdotes, estudiantes, seminaristas, hermanos coadjutores, todos se agolparon para el más tierno adiós. Jamás hubo espectáculo más enternecedor; Mons. el obispo de Coutances, que se encontró en San Lázaro, quiso ser el testigo excepcional. Quedó tan impresionado que derramó lágrimas y no pudo pronunciar las palabras de la bendición que los tres viajeros le pidieron. Se veía en ellos una serenidad, una alegría, un contento del que solo Dios podía ser el principio. En todos los demás había suspiros, sollozos, llantos que revelaban una ternura fraterna.
«Al día siguiente de su llegada a Roma, fueron admitidos a besar los pies del Santo Padre, que les concedió una acogida de las más distinguidas y los llenó con sus bendiciones. Ofrdenó que se expidiera al punto una dispensa extra témpora, para hacer dar al Sr. Julienne la unción sacerdotal. Mientras que este se preparaba a la ordenación y aprendía las ceremonias de la misa, el Sr Bossu no satisfacía su curiosidad con la vista con la vista de tantos y tan preciosos monumentos que hay en la capital del mundo cristiano; sino que se dedicaba a ponerse al día sobre el ministerio que se le iba a imponer. El recibió durante dos meses largas y frecuentes conferencias con los cardenales y los prelados que son de la Sagrada Congregación de la Propaganda. Asistió incluso a varias congregaciones.
Cuando vieron que estaba suficientemente instruido, le dieron tres breves con biblioteca escogida y que el Sr. Tissot aprecia en 1.000 escudos. Por el primero de estos breves, se constituye vicario apostólico del papa y de la Santa Sede en Alepo y en todo el patriarcado de Antioquía, de Jerusalén, de los de los Maronitas y de los Armenios. El segundo le da el poder de administrar el sacramento de la confirmación; y el tercero de dar la bendición in articulo mortis. Provisto de estos diplomas respetables, ya no pensaba más que en recibir la última bendición del Soberano Pontífice, en despedirse de los cardenales y de los prelados, de los ministros de Francia y de España y en dirigir su marcha hacia Livorno, donde creía poder embarcarse nada más llegar. Se equivocó en sus esperanzas, el barco no se hizo a la vela hasta seis semanas después. La Sagrada Congregación de la Propaganda fijó la estancia ordinaria de los Misioneros en Seyde, en lugar de Alepo que les había asignado en primer lugar».
Según el Sr. Ferrand, se habría querido consagrar obispo al Sr. Bossu; pero presentó tantas insistencias que no aceptaba esta misión más que con la condición que seguiría siendo misionero, que renunciaron a elevarle al episcopado. Después de cumplir la misión que le era confiada, a satisfacción de la Sagrada Congregación, regresó a San Lázaro, donde murió el 12 de diciembre de 1774. El Superior general, Sr. Jacquier, en su Circular del 1º de enero de 1775, hizo en estos términos el elogio del Sr. Bossu:
El 12 de diciembre ha sido para esta casa el motivo de una grande aflicción, porque ha perdido a un gran ejemplo de virtud en la persona del Sr. Arnould Bossu. Es una persuasión común en todos los que le han conocido, y sobre todo en los sujetos de esta casa que le han visto de más cerca, que hemos perdido a un verdadero santo, que hacía aquí nuestro gozo y nuestra edificación. Seminarista, estudiante, subdirector del seminario interno, luego prefecto apostólico en Argel y en Levante, director en jefe, por dos veces diferentes, de nuestro seminario: en todas partes y en todo tiempo ha sido un modelo raro en todas las virtudes, sin ser nunca desmentido ni siquiera relajado: lleno de piedad y de fervor, se creería ver a un querubín prosternado a los pies del trono de Dios, viéndole en sus ejercicios de piedad. Modesto, sencillo, dulce, humilde, mortificado en el más alto grado de perfección, presentaba a todos aquellos que estaban al alcance de ser sus testigos el espíritu, la vida, los sentimientos de san Vicente de Paúl. Nada sobre todo igualaba el espíritu de pobreza del que estaba animado y que le llevaba a desprenderse de todo. Gozaba de una pequeña pensión vitalicia de 300 libras: aunque la haya dedicado siempre únicamente y enteramente a los alivios de los pobres y demás buenas obras, temía que su corazón tuviera algún apego y, con este temor, me ha pedido siempre permiso para despojarse de ello por completo.
«Dios había visto bien, para acabar de purificarle y convertirle en una víctima digna de él, de afligirle con una enfermedad de las más desagradables y de las más dolorosas ; nada más admirable que la paz, la resignación, la paciencia que se han visto siempre en él, durante los más de dos años que ha durado. Ha muerto como ha vivido, provisto de todos los sacramentos de la Iglesia, con las prendas más preciosas de la predestinación». –Memorias ; Argelia.







